Redhouse

Lury Margud · Capítulo 4 de 16

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Redhouse

Capitulo 3

Londres, Enero de 1805

LORD Charles Horton, era el tercer hijo varón del marqués de Surrey, y el que nació en quinto lugar. Tenía veinticuatro años, y su fama de mujeriego y pervertido le perseguía desde que cumplió los veintidós años, edad a la que la cortesana más famosa de Londres le acogió en su seno y en su cama.

Madame Celina había hecho correr el rumor que era la hija de un conde francés, que fue guillotinado en Francia, eso le daba un “saber estar” que todos parecían valorar. Era una mujer hermosa, pasaba los treinta años, pero su cuerpo era escultural, sus pechos eran enormes y destacaban sobre una cintura delgada y unas caderas anchas. Era la dueña del “Celina”, un local que ofrecía en los salones de la primera planta, juego, bebida y conversación con las chicas, con las que los hombres podían subir a la segunda planta. Pero también facilitaba otro tipo de servicios, más exclusivos.

Sus habitaciones estaban en un edificio anexo al local, un lugar al que sólo se podía acceder a través del club y de sortear varios matones especialmente sanguinarios, que eran los encargados de mantener la paz en el local.

Lord Charles Horton se había trasladado a vivir allí desde abril del año anterior, desde que su padre, le negó la asignación para obligarlo a cambiar de vida. Faltaban seis meses para que cumpliera los veinticinco y tener acceso a la herencia que le había dejado su abuela, la duquesa de

Gloucester y mientras tanto era conocido en Londres, por ser el mantenido de una cortesana.

Ni siquiera juntos, él y su hermano Peter parecerían de la misma familia. Mientras Peter tenía el pelo rubio oscuro y ojos azules, una apostura militar que llamaba la atención tanto con su uniforme como sin él.

Charles, en cambio, era moreno y tenía los ojos pardos, de un gris oscuro y su boca tenía una media sonrisa permanente, que lo hacía parecer perverso e indolente. Cuando conoció a Madame Celina, era poco más que un imberbe que no había tenido más experiencia con las mujeres que unos manoseos con alguna criada, o un polvo rápido con alguna prostituta.

Durante mucho tiempo estuvo encadenado a Celina por sus manos y su boca, ella le enseño como satisfacer a una mujer, y como una mujer podía volver a un hombre del revés. Fue en esa época cuando Celina le cobraba los servicios sexuales con favores.

Así fue como Lord Charles Horton empezó a colaborar con los franceses. Al principio, ni siquiera sabía que lo estaba haciendo. Se limitaba a entregar cartas, mensajes, paquetes, a viajar a Calais, para reunirse con amigos de Celina que a su vez le entregaban cartas, paquetes, mensajes y dinero.

Cuando se enteró, no pareció importarle, con el mismo aspecto indolente e indiferente con el que se conducía en la vida, le pidió a Celina una retribución económica por su participación.

Si van a colgarme por traidor.— le dijo.— Al menos quiero disfrutar de una buena vida, y eso es algo que el dinero me puede conseguir.

—No seas avaricioso, mi querido amigo.— le ronroneó Celina paladeando su acento francés.— Este asunto es peligroso, mejor es no saber.

Es peligroso y emocionante. Y puede ser muy lucrativo. ¿Por qué no me permites entrar?.. Te aprecio, mi buen amigo. Si entras no podrás salir.

Ahora todos piensan que te estoy utilizando y que eres tan estúpido que no sospechas nada. Ahora haces recados, si entras, tendrás obligaciones, misiones, que te llevaran a la muerte si fracasas.

Entonces supongo que estaréis faltos de personal.— bromeó. Ella no pudo evitar sonreírle divertida, realmente sentía debilidad por aquel hombre al que había diseñado a la medida de su propio placer.— ¿Supongo

que no me mandaran asesinar al regente?. Aunque no tenga oportunidad de acercarme a él lo suficiente para dispararle, soy ingenioso, y podría estar mandándole dulces hasta que muriese de una indigestión.

Eres terrible, mi pequeño demonio. Hablare con Le Maison. Pero no podré protegerte, así que piénsalo bien. No lo pensó bien, pero aun así Le Maison acordó un encuentro en una casa abandonada de Londres, muy cerca del local de Celina. Ambos hombres se estudiaron detenidamente, hablaron del tiempo y de la caza, como si en lugar de estar en una casa semiderruida estuvieran en un club de caballeros.

No admitimos desertores, ni perdonamos la traición.— le dijo finalmente Le Maison enfrentando su mirada fijamente.. Ya soy un traidor, como supongo que sabe, y si me descubren seré colgado por traidor por mucho que justifique que soy un pobre estúpido al que han engañado parecía reírse de sí mismo mientras hablaba con el francés.— Pongo mis pocas capacidades a su servicio, pero espero a cambio algún tipo de gratificación.

Sellaron el acuerdo con un apretón de manos.. Celina asegura que usted no tiene lealtades y que es un amante irresistible, capaz de que una mujer pierda el control y la voluntad. Al igual que Celina usted usara ese

“encanto” para nosotros.

Todo mi encanto a su servicio.— le dijo haciendo una reverencia.

Dos semanas después de aquella primera entrevista, Lord Charles Horton empezó a trabajar de manera oficial para la inteligencia francesa.

Un trabajo fácil y cómodo. Fue fácil para él, seducir a las esposas de aquellos hombres que poseían información importante sobre la guerra, y más fácil convencerlas para que contrataran un lacayo o una sirvienta para facilitar no sólo los encuentros clandestinos, sino también el acceso a dicha información.

Cuando su padre le cortó su asignación, fue debido a que había coronado a la mitad de sus amigos, y un buen número de personas influyentes. La fama de Lord Charles Horton como buen amante se extendía por la alta sociedad como el aceite sobre el agua, y los rumores sobre su perversidad en la cama, le llevaban a recibir más proposiciones de las que podía aceptar. Aunque lo intentaba.

…El vizconde Cortwind, a pesar de que su primera idea había sido galopar hasta Londres para encontrarse con Elizabeth y recuperar la cordura, desvió su trayectoria hacia Bristol. Dado su estado de ánimo, era muy posible que acabara discutiendo con Elizabeth también, su enfrentamiento con Rose le había dejado un vacío que no tenía sentido para él. Apenas la conocía, y aunque era cierto que parecía una mujer dulce había resultado toda una arpía, por supuesto que entendía el enfado, pero desde luego era una conducta que no podía tolerar, aunque no sabía que haría exactamente para no tolerarla.

Dejarla sola no era una opción, la echaba terriblemente de menos a pesar de que sólo habían pasado tres días desde que la dejo en la posada.

Por supuesto que la tendría, pero no a la fuerza, así que tendría que convencerla de la conveniencia de llevarse bien. Era una mujer inteligente y era su esposa.

Se dio cuenta que estaba buscando excusas para recuperar a Rose y que estaba evitando enfrentarse con Elizabeth. Temía que su amante se diera cuenta de lo mucho que le gustaba Rose. Se sintió terriblemente cansado al pensar en las explicaciones que tendría que darle a Elizabeth para justificar su afición por su esposa, y a esta para explicar su relación con Elizabeth.

¿Desde cuándo un hombre daba explicaciones a su esposa o a su amante?.

Ellas tendrían que aceptar lo que les diese. Elizabeth le quería, pues le tendría, pero sin reclamos, se lo dejaría bien claro, y si Rose deseaba lucir el titulo de vizcondesa tendría que aceptarlo en la cama, o no disfrutaría ni de ese, ni del de condesa, aunque tuviera que desterrarla a Fowey.

Cuando finalmente llego a Bristol, estaba seguro de haber encontrado la solución a sus problemas, y pudo centrarse por fin en lo que le había llevado hasta allí. Era el día siete de enero, desde el principio supo que no llegaría a tiempo para observar a Lord Sterling en acción, pero era especialista en recoger información y chismorreos, y la detención del espía francés seguramente no pasó desapercibida.

La posada donde se alojaba era de las mejores del lugar. Allí se alojaban comerciantes que acompañaban su mercancía hasta el puerto, oficiales de alta graduación a punto de embarcar hacia el continente, y algunos otros huéspedes que parecían esperar un barco para irse o para recibir a sus familiares y amigos.

En cuanto esgrimía su título y su porte aristocrático le hacían sitio en las mesas, y después de dos días, tuvo suerte. Estaba cenando con el Comandante Jefferson y varios de sus oficiales, y entonces vieron entrar a un hombre de aspecto siniestro. Casi un gigante que vestía totalmente de negro, se sentó en una mesa junto a la pared del fondo de la posada, y con la espalda pegada a la pared parecía observar a todo el mundo.

Qué hombre más desagradable.— comentó el Comandante.

—¿Lo conoce?

—Estuvo implicado en un desagradable incidente que tuvo lugar en el puerto la semana pasada. Pensé que estaría en la cárcel.

—¿Qué fue lo que ocurrió?— preguntó Edmund esperanzado de que tuviera algo que ver con su asunto.. No sabría decirle, hubo desembarcando, algo con documentación cuando el pasajero intento un soborno, entonces le arrestaron y fue entonces cuando ese hombre golpeó a los agentes y facilitó la huida del pasajero. Se necesitaron cinco hombres para reducirle, me sorprende que le hayan dejado libre.

¿Cuánto tiempo hace de eso? ¿Cinco días, seis?

—No lo recuerdo, pero fue antes de reyes, eso seguro.

Edmund observó al hombre de negro durante toda la noche, y este debió darse cuenta porque en un momento ambos se encontraron mirándose fijamente como midiéndose, Edmund sabía que no era sensato ser tan evidente en su interés, pero algo en la actitud del hombre parecía desafiarlo, y no pudo evitar enfrentar la mirada, aquel duelo terminó cuando unos huéspedes rompieron el contacto visual al situarse en medio de los hombres, cuando se apartaron el hombre de negro se había marchado ya.

Estuvo dos días más merodeando por la ciudad tratando de encontrar al hombre, pero nadie supo decirle nada, ni del hombre, ni del altercado que hubo en los muelles, así que decidió volver a casa, y tardó una hora en decidir, si quería ir a Londres o a Oxford.

Finalmente se encaminó hacia Londres, cuando llegó le entregaron varios mensajes que Elizabeth le había enviado a su casa de la ciudad.

Después de leerlos, se sintió de nuevo inseguro de su decisión de ir a verla.

Los leyó por orden de llegada, cada mensaje era más amenazante e insultante que el anterior. Se preguntó si Elizabeth recuperaría la dulzura

que lo enamoró en el pasado, o si tendría que cargar con una amante amargada y exigente, no quiso pensar en ello, y se consoló pensando que todo se arreglaría finalmente tanto con Rose como con Elizabeth. Aunque ciertamente no tenía idea de cómo iba a lograr semejante hazaña.

Había viajado a Londres porque deseaba encontrar en los brazos de Elizabeth el deseo, la comodidad y la complicidad que habían compartido antes de que él decidiera casarse. La imagen de una Elizabeth enfadada apagó su deseo. A pesar de todo necesitaba verla, extrañaba la sensación de paz que recordaba haber sentido entre sus brazos.

Estaba en el club incapaz de decidir qué hacer, después de media botella del mejor brandy, acabó convencido de que sus dudas y sus remordimientos terminarían en cuanto abrazara a su Elizabeth.

Media botella después, tuvo la necesidad de ir a visitarla, no pensó en que el conde pudiera haber regresado, sólo podía sentir que necesitaba algo desesperadamente, y aunque no sabía que era, estaba convencido que lo encontraría en la cama de Elizabeth.

un problema con uno de los pasajeros que estaba

sus papeles, los agentes estaban revisando la Ni siquiera avisó de su llegada, no hubiera podido hacerlo a las dos de la madrugada, imagino que la encontraría dormida, seguramente impaciente y enfadada por haber tardado tanto en ir a verla, pero la sorprendería con sus caricias, y después de amarla, no habría lugar para las recriminaciones. Su cuerpo no parecía sentirse tan entusiasmado como él con la idea, culpo al alcohol de su falta de deseo, sin embargo estaba seguro que su cuerpo reaccionaría cuando viera a Elizabeth, sus pechos eran grandes y sus pezones se extendían como una mancha rosada sobre ellos. Sus caderas y sus nalgas eran deliciosas y cuando se arrodillaba dándole la espalda, le recordaba un corazón perfecto, se fue calentando con la expectación.

Cuando faltaban dos manzanas para llegar, se encamino a la parte trasera de la casa, a través de las callejuelas, desde donde se accedía a las puertas de servicio de varias mansiones, separadas tan solo por una pequeña tapia entre ellas.

No había nadie por las calles, ni en las callejas que le llevaron hasta la zona de servicio de la mansión del conde de Ocam. Con su erección casi completa, deseó poder olvidarse de los ojos de su esposa, de la añoranza

que sentía de su piel. Le pareció bastante inconveniente no haber pensado en Elizabeth cuando le hacía el amor a su esposa, y no poder alejar a esta de su pensamiento mientras se proponía gozar con su amante, con su amada, se rectificó.

Entró por la puerta de la cocina, no había nadie en aquella zona de la casa, por la hora debían estar todos acostados, subió las escaleras sin hacer ruido, cuando llego a la puerta del dormitorio de Elizabeth miró a ambos lados del pasillo, y después entró con el mismo sigilo al dormitorio.

Ni en su peor pesadilla hubiera imaginado que la mujer que creía amar era una de las dos mujeres que estaba en la cama. Pero era ella.

Un hombre estaba con ellas, haciéndolas gemir a ambas de placer.

Reconoció a Madame Celina, al hombre no le pudo reconocer hasta que no saco la cabeza para respirar de entre los cuatro senos que parecían enterrarlo. Era su primo Charles.

Se sentía asqueado, pero extrañamente excitado por lo que veía.

Estaban tan absortos en lo que estaban haciendo, que no se dieron cuenta de su presencia. Se quedó apoyado contra la pared a la espera de que el trío terminara de jugar.

Su erección desapareció a los pocos segundos, cuando la sordidez de la escena tuvo entrada en su cerebro. Su primo boqueaba como un pez ahogándose entre los pechos de las dos mujeres, mientras con sus manos las proporcionaba placer al mismo tiempo, ellas le acariciaban a cuatro manos, mientras se besaban compartiendo los gemidos.

La certeza que esperaba encontrar en aquella casa, le encontró a él. No sintió el dolor que esperaba, solo decepción y asco.

Ahora sabía dónde se encontraba su futuro. Tenía una esposa, que aun cuando el no la hubiera elegido personalmente, había llenado su vida de pequeñas cosas, cosas que estaba empezando a valorar y que le descubrieron que su confusión era producto de los sentimientos que Rose le inspiraba y que no había querido ver.

Se sintió liberado de las ataduras de la culpa y el remordimiento. Se sintió liberado de Elizabeth.

—Siento molestar.— dijo elevando la voz para llamar la atención de los tres amantes. Pero tengo un poco de prisa.

Madame Celina le miró con ojos depredadores, esbozó una sonrisa que era toda una invitación. Elizabeth por su parte, retiró a Charles de entre sus piernas y de un salto se cubrió con su bata, se paró frente a él, todavía sonrojada por el placer que acababa de recibir apenas unos segundos antes.

Parecía estar buscando alguna excusa que pudiera justificar lo que acababa de suceder. Comprendió que no se habían inventado las palabras que pudieran explicar algo así.

No es bueno dejar a una mujer sola.— dijo Madame Celina con su acento francés, susurrando cada palabra.— La soledad hace extraños compañeros de cama.. A pesar de que la situación pueda parecer apropiada para las confidencias, no se equivoque.— su mirada atravesó a la mujer.

Después miró a su primo que parecía ajeno a la escena, y de manera descuidada seguía acariciando a la cortesana.

Edmund.— pudo por fin decir Elizabeth.

—En cuanto a ti. No eres más que una zorra. Supongo que no es necesario decirlo, pero hemos terminado, querida.

—La culpa es tuya.— gimió Elizabeth.— Si no te hubieras casado nada de esto habría pasado.

—Extraño razonamiento. Por cierto, Charles.— dijo a su primo.— Será mejor que nos evitemos durante una temporada.

—Por supuesto.— dijo titubeante.— ¿Te importaría cerrar la puerta al salir? Aun no hemos terminado.

—Sera un placer. Salió por la puerta de servicio. Escucho la voz de Elizabeth que le llamaba, pero ni sus gritos ni sus amenazas, gritadas a su espalda, significaban ya nada para él. Una de las cuerdas que le había mantenido oscilando en el aire, como un títere, acababa de romperse, y había recuperado la voluntad para dirigir su futuro.

De vuelta a casa, comprendió que había idealizado a Elizabeth hasta ponerla por encima de cualquier otra mujer. Era una mujer que había cubierto sus necesidades físicas y sentimentales. Se había entregado a ella en cuerpo y alma en sus encuentros clandestinos, una plenitud ficticia.

Descubrir que había sacrificado media juventud por ella y echado por tierra sus principios, le hizo sentirse como un desconocido en su piel. No pudo evitar sentir el dolor de la decepción ni cuando trató de buscar las razones,

que en su momento le parecieron importantes, para justificar su relación adúltera con la condesa de Ocam.

Pensar en el conde le hizo sentir mucho más miserable aún. Era un hombre agradable y no se merecía el bochorno y la humillación al que él le había sometido en los últimos años. ¿Pero cómo se le pedía perdón a un hombre por haber usado a su mujer?

No le consoló que hubiera sido ella quien había tomado la iniciativa de convertirse en amantes, pese a que al principio fue reacio a mantener una relación adúltera con una mujer casada, amaba a Elizabeth, y lo demás dejó de importar en aquel entonces, y después no volvió a cuestionarse su conducta.

¿Cómo diablos había llegado Elizabeth a mantener una relación tan sórdida, con una cortesana y su primo?. Era incapaz de imaginar la respuesta por más que lo intentó. Su familia conocía su relación con la condesa y estaba seguro, que Charles debía conocerla también, ¿Por qué se prestó a participar con la mujer de su primo?, porque era así como él veía a Elizabeth hasta aquella noche, como su mujer.

La imagen de su primo y Madame Celina acariciándola mientras Elizabeth se estremecía de placer, le llevó a sentir asco por ella y asco de sí mismo. Pensar en Rose le reconfortó. A pesar de lo poco que la conocía, supo con certeza, que ella respetaría sus votos matrimoniales, pese a que no existía amor entre ellos y a pesar de lo que había sucedido, nunca se buscaría un amante, y por más que lo intento no fue capaz de imaginarla en algo tan sórdido como lo que acababa de ver.

Se reprochó la frialdad que había mantenido con su esposa, una distancia calculada para evitar que su esposa llegara a amarle, para evitar que él pudiera llegar a amarla, y todo para descubrir lo que su corazón parecía saber antes que él mismo, no quería la distancia con Rose. En aquel momento deseó poder tenerla a su lado, sólo ella podría exorcizar los demonios de su decepción.

Quizás no era demasiado tarde y podrían comenzar de nuevo, hacer de su matrimonio uno de verdad, no un simple acuerdo. Pensar en eso le mantenía a este lado de la cordura. Con tristeza comprendió, que sus últimos diez años se habían convertido en polvo, su cuerpo y su espíritu se

habían desmoronado, su pensamiento invocó a Rose, y entre los escombros de su vida vislumbró la esperanza.

Intentaría conocerla, y mostrarse a ella como era realmente, compartían una pasión suficiente para mantenerlos a los dos dentro de los confines del matrimonio, no sabía si sería capaz de entregarse de nuevo, pero ahora estaba en condiciones de ofrecerle a Rose, su Rose, un matrimonio de verdad.

Dos días después preparó su equipaje para viajar a Oxford. Le había dejado a su padre, un mensaje codificado con el nuevo fit y hacerlo le llevó más de medio día para poder contarle su encuentro con Peter y su viaje a Bristol. Le pedía que intentara averiguar en que andaba metido su cuñado, Virgil. El intentaría averiguar algo en Oxford.

Hizo el camino de regreso a Corthouse en el carruaje, y pensó en todo lo que tendría que aclarar con Rose. Ella le perdonaría, pensó, al fin y al cabo y pese a todo, no le había sido infiel, aunque no mencionaría que se debiera más a las circunstancias que a su voluntad, lo cierto es que no había estado con más mujer que su esposa desde su matrimonio.

Durante el trayecto ensayó mentalmente el discurso que estaba seguro le permitiría recuperar a Rose. El suyo había sido un matrimonio acordado, y si la objeción de Rose para volver con él era su amante, ya no existía dicho obstáculo. Estaba moderadamente contento cuando finalmente llego a Corthouse.

Llegó a la finca familiar deseando poder soltar su discurso, repleto de reflexiones sobre el deber y el afecto, con el que esperaba reconciliarse con su mujer. No preguntó por ella, decidido a visitarla en cuanto se hubiera aseado y cambiado de ropa, quería estar lo más presentable posible para defender sus argumentos y conseguir así la reconciliación, y quizás con suerte un matrimonio auténtico entre ellos dos.

Su padre salió a su encuentro apenas entró al vestíbulo. Estaba muy enfadado, Edmund no deseaba una confrontación pero no encontró la forma de evitarla. . Tenemos que hablar.— le ordenó su padre, le siguió al estudio.. ¿Ocurre algo?— preguntó sentándose frente al escritorio, su padre estaba al otro lado de la mesa, como si quisiera mantener la distancia entre ellos, le recordó al padre de su infancia cuando cometía alguna travesura y

era invitado a reflexionar sobre la falta cometida y el castigo. Se sintió como aquel niño.

Han ocurrido muchas cosas en tu ausencia. Te preguntaría como has permitido que Rose volviera sola de su luna de miel, y la razón por la que se niega vivir en esta casa, pero dejaremos los asuntos personales para después.

¿No está aquí?

—No, volvió directamente a la casa de su padre. Ese no es el asunto ahora, aunque está relacionado por supuesto.

—¿Qué quieres decir?. Lord Sterling tuvo una reunión conmigo hace dos semanas, al parecer, el inventor de los códigos es tu suegro. Redhouse es Redclive. Jamás lo hubiera sospechado, me molesta haber estado tan ciego, pero dejando vanidades aparte, Sterling ha pedido mi ayuda para protegerlo, se ha convertido en un objetivo para los franceses. Desean contar con sus servicios, su talento ha impresionado al jefe de la inteligencia francesa, pero a pesar de eso, si no consigue hacerse con sus servicios, lo matará. Han interceptado algunos de los mensajes con el nuevo código, y parece ser que no han sido capaces de descifrarlo, por suerte las claves del fit, están perfectamente localizadas y custodiadas.

¿Has hablado con Redclive sobre el asunto?

—Por supuesto que no. Tenemos hombres vigilando la casa y el pueblo.

Sterling y yo estamos de acuerdo, en que nadie sospecha que Redhouse y Redclive son la misma persona, y si él ignora que están tras su pista se seguirá comportando con normalidad, y evitará llamar la atención sobre sí mismo.

Edmund le contó entonces lo que Peter le había contado en su encuentro, y de su viaje a Bristol y del misterioso caballero de negro, también le explicó que todo ello constaba en el informe codificado que había dejado en Londres.

¿Así que no has estado con “esa mujer”?

—Hemos terminado.— dijo con aquel tono de voz que invitaba a no seguir con el tema, pero el hombre que tenía delante, era su padre.

—¿Por fin has entrado en razón o es sólo un disgusto pasajero?

—Nunca entendí tu antipatía por lady Ocam—dijo para evitar tener que dar explicaciones.. Por su culpa hiciste cornudo a un buen hombre.

—Ya la odiabas antes de que se casase con el conde de Ocam.

Nunca la he odiado, pero me desagradaba entonces y ahora no me inspira más simpatía, al contrario. Supongo que no me gustó ver como mi hijo se convertía en un pelele cuando me había esforzado tanto en hacer de ti un hombre de principios.

Sigues sin contestar a mi pregunta. Entiendo que desde que se casara con Ocam y reanudé mi relación con ella, pudieras pensar que yo era un pelele, pero antes, éramos dos críos. ¿Qué te llevó a impedir mi boda con ella?

Eso fue cosa de tu madre. Desgraciadamente no está aquí para contestar a tus preguntas, y los hechos le dieron la razón.. ¿Fue mi madre quien se opuso al matrimonio?

—Así es. La pregunta es, ¿qué piensas hacer con Rose?

Traerla de vuelta a casa, por supuesto, y más ahora que podría correr peligro en la casa de su padre.

Se estremeció al imaginar que Rose pudiera sufrir algún daño.

En cuanto termino la conversación con su padre mandó ensillar su caballo y después de asearse y cambiarse, se dirigió a la casa de su suegro.

El Sr. Redclive salió a su encuentro en cuanto lo vio llegar y ambos hombres se encontraron en el pequeño vestíbulo.. ¿Dónde está mi esposa?

—Buenos días. Ella se encuentra bien, gracias.

Miró a su suegro con aquella mirada que hubiera intimidado a cualquier otro, y volvió a preguntar, esta vez su tono fue levemente más bajo y contenía una amenaza indefinida. Su suegro le llevo casi a la fuerza a su despacho, le sirvió una copita de oporto, única bebida que había en la casa, y después se sentó en uno de los sillones que había frente a la chimenea. El vizconde se sentó en la pareja, de otro modo hubiera mantenido la conversación con el respaldo del sillón.

Ella no desea verlo.— dijo El Sr. Redclive.— Y si usted fuera sensato dejaría que ella terminara de escupir la rabia que siente.

—¿Cuánto tiempo?. En el tiempo que lleva aquí ha desaparecido parte del daño, pero no todo. Conozco a mi hija, cuando haya conseguido comprender la situación estará más receptiva, mucho me temo que si le ve ahora es capaz de morderle y envenenarle.

Las palabras del honorable señor Redclive reflejaban un profundo sentido del humor, consiguieron su propósito en parte, relajar al vizconde..

Cometí algunos errores.— dijo Edmund, su confesión le sorprendió incluso a él. Estaba equivocado en muchas cosas, pero deseo un matrimonio que funcione, y que se base al menos en el respeto.

Ella no volverá con usted mientras siga manteniendo su relación con Lady Ocam. . ¿Ella se lo dijo?— pregunto molesto.— No me gusta que mi vida privada se airee de manera pública.. No, lo hizo su padre. Para él era una tara de su personalidad, y no quería engañarme al ofrecerme el acuerdo matrimonial. Yo no le dije nada a Rose, seguramente no hubiera aceptado un acuerdo así, pensé que usted seria lo suficientemente discreto para que ella no se enterara.

Ella intercepto una carta.. Me lo contó. Creo que mi hija le ha cogido afecto, sino no estaría tan triste y enfadada. Pero si me permite un consejo, trataría de conseguirla como amiga antes que volver a tenerla como esposa.

Más que su infidelidad, le dolió que ni siquiera se hubiese tomado la molestia de conocerla ni antes ni después de la boda.

Aunque no lo crea, trate de mantenerme distante para evitar precisamente que ella pudiera encariñarse conmigo.. Desde luego, no parece muy encariñada en este momento. — bromeó. . Me gustaría de todos modos verla y tratar de hablar con ella.

El Sr. Redclive se encogió de hombros. Y le acompañó hasta el jardín donde Rose con más violencia de la necesaria y ayudada por un pequeño cuchillo de podar, parecía estar asesinando una hilera de rosales.

Creo que volveré en unos días.— le dijo el vizconde a Redclive.

—Hombre sensato.— se rio su suegro mientras le palmeaba la espalda.

Tres días después, volvió Edmund a la casa de su suegro, en la mano llevaba los esquejes de unos rosales que le había entregado el jardinero jefe de su casa. Era un regalo que pretendía sustituir los rosales asesinados a manos de su esposa.

Durante esos tres días y sus tres noches, tuvo tiempo suficiente para pensar en el matrimonio que deseaba, e incluso, pensó en el matrimonio que podría querer Rose. También pensó en Elizabeth y si realmente había sido un pelele tal y como le definió su padre. Por desgracia para su autoestima, tuvo que concluir que efectivamente se había dejado llevar por

su amante en demasiadas ocasiones, en su momento y viéndolo con la perspectiva del tiempo y la desilusión, comprendió todas las veces que ella, en nombre del amor que no había podido ser, le guiaba hasta llevarle a tomar decisiones que no hubiera tomado de otro modo.

Y no sólo con respecto a la relación que mantenían, incluso llegó a usar su influencia para favorecer o perjudicar a aquellas personas que ella le indicaba. Trató de recordar algunas de estas veces, pero fueron tantas en aquellos años, que su memoria había desechado la mayoría de ellas. En aquel momento vio tan clara la manipulación a la que había estado sometido, lo ciego que había sido, que no pudo evitar preguntarse cómo no había sospechado antes, cuando los indicios estaban allí, para que él pudiera unirlos e interpretarlos, ese era su principal cometido para la red, y

“esa mujer” había conseguido incluso desposeerlo de su mayor habilidad.

Camino de vuelta a casa, no pudo evitar sentir horrorizado la decisión que había tomado en Fowey de entregarle a Elizabeth sus secretos, sintió vértigo al imaginar las consecuencias que hubiera provocado su confidencia.

Cuando Edmund entró en la casa, fue directamente al estudio, ante la pregunta silenciosa, Redclive contestó.

—Debe estar abonando el jardín, como todas las mañanas.— No entendió el humor que parecía encerrarse en aquel mensaje. No la vio inmediatamente hasta que un sonido llamó su atención. Al girarse para comprobar el origen, la vio ligeramente doblada hacia delante. Estaba vaciando su estomago. Rápidamente se acercó a ella.

¿Te encuentras bien?— le preguntó. Ella con un gesto de la mano, le indicó que se marchara mientras trataba de controlar las arcadas. El permaneció junto a ella, sin tocarla, esperando a que terminara. Ella se limpio con un pañuelo que llevaba en la mano, y se dejo caer en un banco de madera que estaba a pocos metros. Parecía angustiada. Se sentó junto a ella y volvió a preguntar.

Supongo que sí. Gracias.— contestó ella.

—He venido para llevarte a casa.— le dijo, ella le miró abriendo sus grandes ojos de gacela. Parecía sorprendida de verlo.

—Prefiero quedarme aquí.— dijo retirando la mirada.. Sé que he sido un tonto.— empezó el discurso que tenia ensayado.— un hombre nunca

valora lo que tiene de bueno, suele valorar aquello que piensa que puede perder…He sido desconsiderado contigo, pero estoy dispuesto a intentar que nuestro matrimonio se base en la amistad, nuestra vida sería muy agradable si…

Lo siento.— dijo ella y sus ojos le miraron fijamente. — No voy a volver contigo. . Sé que leíste la carta de Elizabeth, lady Ocam, pero…

¿Por qué tenemos que hablar de cosas tan desagradables?— preguntó mientras se levantaba y se encaminaba a la casa, asomó la cabeza en la cocina y pidió un té, después seguida por su esposo entró al saloncito familiar.

Parecía agotada, vio como se dejaba caer sobre el sofá y respiraba profundamente.. Es necesario que hablemos, apenas llevamos dos meses casados, no podemos rendirnos tan pronto. Debemos superar lo que ha pasado e intentar que nuestro matrimonio resulte agradable para ambos.

Supongo que has venido tan pronto te has enterado de mi embarazo.—

le recriminó ella.— Pero eso no cambia nada, al contrario. Tendrás tu heredero y viviremos cada uno nuestra vida, tal y como tenías planeado desde el principio.

Una criada entró con el servicio del té. Ella se sirvió una taza, y después de endulzarlo hasta casi convertirlo en melaza, empezó a beberlo en pequeños sorbos.. Bueno, no nos conocíamos.— dijo él tratando de recordar todos los argumentos que le habían parecido convincentes cuando decidió ir a buscarla, estaba confuso por la noticia del embarazo, casi feliz, no podía estar seguro.— Ahora tengo deseos de hacerlo, debemos hacerlo por nuestro hijo.

Ahora tú tienes deseos de hacerlo.— se quedo pensativa unos momentos, y después de deleitarse con el sabor del té, continuó.— Lástima que yo no comparta sus deseos, milord.

Podría obligarte.

—Me gustaría ver como lo intentas.

El se levantó, estaba perdiendo la paciencia, lo que nunca le pasaba. Se acercó a la chimenea, después de concentrarse en la llamas para tranquilizarse, se volvió a mirarla.

Ella se comportaba como si la conversación hubiera finalizado. Se estaba sirviendo otra taza de té, él sintió deseos de volcar el té en el

azucarero, para ahorrarle el trabajo de trasladar el azúcar hasta la taza a pequeñas cucharadas. Contó siete.

No quisiera tener que llegar a eso.— claudicó el vizconde.— Tiene que haber alguna forma en que podamos arreglar esto.

—¿Te has peleado con tu amante, no es cierto? El creció unos pocos milímetros, adoptando aquella actitud de aristócrata al que nadie podía llegar. Miro a los ojos de su esposa, seguía sorbiendo de la taza sin dejar de mirarle.

Eso no tiene nada que ver.

—Tiene que ver, por supuesto, pero no tienes que contestar. Ella terminó el té, e hizo amago de ir a levantarse. El dio un paso adelante. . Si.

Esa relación se ha terminado. . Entiendo.

No lo entiendes.— dijo y empezó de nuevo su discurso.— Ninguno de los dos eligió este matrimonio…, Por favor.— dijo ella levantándose.— No estoy de humor para escuchar estupideces. Tú te casaste para tener un heredero, este ya está en camino. Si el bebe, fuera una niña, quizás solo quizás, te permitiría volver a intentar tener el varón que necesitas. Si tuviera que responderte a eso ahora, seguramente te quedarías sin heredero.

Se quedó tan anonadado que fue incapaz siquiera de detener su marcha.

Era la primera vez que él recordara que alguien se había atrevido a llamarle estúpido y dejarle con la palabra en la boca.

Confuso, enfadado y extrañamente feliz por la próxima paternidad, se dirigió al estudio para encontrarse con Redclive.. ¿Qué tal le ha ido?—

preguntó su suegro.

—Nunca imagine que pudiera tener tanto carácter.

Apenas ha enseñado la patita.— bromeó el padre de Rose.— De hecho creo que está siendo bastante razonable, dadas las circunstancias. ¿Le ha dicho ya que está embarazada?

Supongo, claro que me lo ha dicho.— sonrió.— los hijos eran algo hipotético, saber que un hijo mío pronto vendrá a este mundo, me hace sentir diferente, no sabría explicarlo.

No lo intente, he pasado por eso dos veces. .— bromeo Redclive..

Deseo que nuestros hijos tengan un hogar.— confesó el vizconde.— Deseo que crezcan con sus padres, los dos, y deseo sobre todas las cosas recuperar la confianza de su hija.

Para las personas como yo, y como mi hija, los deseos solo se consiguen luchando por ellos, ¿luchará usted?

—Sí. Y tal y como están las cosas espero que no le importe que me traslade a vivir aquí. Redclive le miró curioso. Después se echó a reír.

—Supongo que así será más cómodo para usted protegerme.

Edmund no pudo evitar que asomara el asombro a sus ojos, aunque enseguida recuperó su aire impasible.

—Eso también, pero sobre todo porque ella y mi hijo podrían verse involucrados en este asunto, ya que parece saber el peligro que corre, ¿no sería más sensato convencer a Rose para que vuelva conmigo a Corthouse?

Sinceramente, es bastante improbable que alguien descubra la identidad de Redhouse. Y si lo hicieran, sus hombres y los de Lord Sterling son suficientes para tomar Versalles. Así que no dudo de que puedan mantenernos a salvo.

Entonces, tendrá que permitir que me traslade aquí.. Espero que la habitación de invitados sea de su agrado. Y le advierto que si trata de obligar a Rose a cualquier cosa que ella no desee, le dispararé mientras duerme. ¿Le parece un acuerdo razonable?

Tendrá que serlo. Se instaló aquella misma noche, y no, no le gustó su habitación, esta estaba al final de un corredor, en la parte baja de la casa.

Dedujo que debía haber sido en algún tiempo, la del administrador, pero no protestó. Su mujer valoraría los esfuerzos que él estaba dispuesto a realizar por ella. Por ellos.

Lord Edmund Cortwind estaba tomando de su propia medicina, Rose se mantenía en su habitación la mayor parte del tiempo, sólo coincidían durante las comidas, y ella le ignoraba abiertamente, le dejaba con la palabra en la boca como él había hecho con ella durante su estancia en Fowey.

Aun cuando hubiera querido tomar parte en las conversaciones entre padre e hija, le resultaba casi imposible. Redclive le planteaba problemas matemáticos a su hija, que resolvía divertida, al parecer con acierto, dada la reacción de su padre, cuando él ni siquiera entendía el enunciado. Una profunda admiración por Rose empezó a nacerle en el pecho.

Rose estaba terriblemente enamorada, lo supo en cuanto le vio acercarse a ella el día que estaba vomitando sobre los rosales. Pensó que

ignorarlo conseguiría que Edmund se sintiera como un estúpido y volvería a su casa o a Londres con su querida.

Habían pasado casi tres semanas, y aún permanecía en la casa, a pesar de la habitación que ocupaba, poco soleada y terriblemente húmeda al estar orientada hacia el norte, a pesar de que le ignoraba hasta el absurdo, llegando a veces a mantener conversaciones a través de su padre. A pesar de todo eso, él la miraba con algo parecido a la ternura, y se estremecía cuando la tomaba de la mano para subir o bajar del carruaje todos los domingos cuando iban a la iglesia.

Cada día que pasaba se sentía más tentada de aceptarlo de nuevo.

Algunas noches mientras esperaba el sueño, jugaba con la idea de atreverse a buscarlo, pero su orgullo recuperaba el mando de su voluntad, se daba la vuelta en la cama y empezaba a divagar sobre la teoría de los números imaginarios.

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