Redhouse

Lury Margud · Capítulo 6 de 16

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Redhouse

Capitulo 5

Londres, Marzo de 1805

LA temporada en Londres revivía la vida en la ciudad de Londres, cambiando su aspecto y sus hábitos. La llegada de la aristocracia grande y pequeña conseguía que se llenaran de gente, los parques, los comercios, los museos, los teatros y los clubs, los garitos de juego, los prostíbulos y los bailes.

A la fiesta de máscaras de las cortesanas, solían acudir la mayoría de los caballeros que se encontraban en Londres para la temporada, caballeros casados en su mayoría, aunque tampoco faltaban caballeretes en busca de mujeres fáciles con las que poder dar rienda suelta a sus bajos instintos. La diferencia entre unos y otros, era que los primeros solían buscar una querida que mantener con cierta discreción mientras los segundos pretendían conseguir una mujer con la que fornicar, a ser posible sin tener que pagar, y en el peor de los casos manosear a tantas mujeres como fuera posible en el atestado salón.

Las fiestas de las cortesanas, a veces terminaban en orgías, que degeneraban en tumultos, cuando algún caballero usaba y no pagaba, o pagaba y era otro el que tocaba.

Aquel fue el lugar que eligió Madame Celina para la reunión con los agentes franceses. Un lugar donde nadie se fijaba realmente en los hombres, a excepción de las cortesanas, algunos caballeros procuraban no ser descubiertos por sus conocidos, mientras otros precisamente iban a la fiesta para encontrarse allí con sus amigos. Las máscaras ayudaban también

a mantener las identidades de cada quien a salvo. En aquella fiesta menos el rostro, todo lo demás solía estar al descubierto.

Madame Celina llevaba una máscara que cubría la mitad de su cara, y que se adornaba con plumas de color verde, haciendo juego con un vestido transparente que mostraba claramente el corsé y la ropa interior. Su escote era tan bajo que los pezones, que llevaba pintados de rojo, quedaban a la vista. La acompañaba un séquito de prostitutas, mujeres que trabajaban en su local y que llevaban vestidos tan escandalosos como su patrona, aunque ni las hechuras ni las telas tenían la calidad de las ropas que vestían o desvestían a Madame Celina.

Lord Charles Horton, había sido uno de los que habían ido a la fiesta, no llevaba máscara porque no necesitaba esconder su verdadera naturaleza.

Recorrió la sala saludando a quienes reconocía, y devolvía el saludo de todos y de todas. Visito varias veces las habitaciones traseras, donde se practicaba el sexo, con distintas mujeres antes de encontrarse con Madame Celina que parecía algo molesta.

¿No puedes dejar de pensar ni una noche con tu bragueta?

—¿Qué tiene de malo que me ejercite un poco antes de la reunión?

—Nunca te tomas nada en serio.— protestó la mujer.

Del brazo de su amante recorrió el salón. Varios hombres se fueron uniendo a la comitiva, como adoradores del sol, que en este caso era Celina, se dirigieron a un rincón del gran salón donde estaban dispuestos varios divanes.

—¿Y bien?— preguntó uno de los hombres de la comitiva, un hombre que por su aspecto parecía el mayor de todos, y también el de menor estatura. Bastante regordete.

Tenemos al codificador.— dijo un hombre que vestía de negro y resultaba bastante intimidante por su estatura y su complexión física.

—Perfecto.— dijo el hombre regordete.— ¿Cuánto tardarás en conseguir que colabore?. Es difícil de saber, el código está realizado a partir de operaciones matemáticas, dice que le llevó un año hacer el código y el libro de claves, y que no recuerda bien el proceso, aún así se está mostrando bastante colaborador.

¿Dónde lo tienes?— preguntó otro de los hombres. Tanto su aspecto como sus movimientos, incluido el tono de su voz, mostraba claramente

que se trataba de un militar.

Cada cual se ocupa de sus asuntos.— contestó el gigante de negro.— El codificador es mi asunto.. Por favor, caballeros.— dijo el regordete.—

Necesitamos de la colaboración de todos para conseguir la información necesaria que nos permita ganar esta guerra. ¿Ha conseguido la información que le pedí?— preguntó al militar.

Aún no. Sólo he podido conseguir la posición y el número de tripulantes de los barcos que partirán hacia la Martinica. La ubicación del resto de los barcos de la armada en el Canal y en Gibraltar es imposible, se mueven libremente, hasta nueva orden del alto almirantazgo.

Bien, bien.— dijo el regordete y se volvió hacia Charles.— ¿tenemos las llaves? Charles se desató el pañuelo dejándolo caer a los lados de su cuello, y se sacó por la cabeza una cadena de la que pendían varias llaves.

—Todas están aquí.— se las entregó al hombre.. ¿Y usted, milord?— la pregunta se dirigía al último hombre del grupo, un hombre ataviado con ropas de caballero que llevaba una máscara veneciana, al contrario de sus compañeros, todos ellos llevaban una media mascara que les llegaba desde la punta de la nariz hasta el nacimiento del pelo, y a excepción de Charles, que no llevaba ninguna.

El hombre morirá como está previsto.— su voz sonaba a hueca por debajo de la porcelana que le cubría el rostro.. Charles.— le dijo el regordete.— Usted ayudará a Polifemo.

—No creo que lo haga.

Se hizo un silencio en el grupo, que se hizo palpable entre la algarabía de la fiesta.

¿Por qué razón no lo hará?— pregunto el regordete como si estuviera hablando con un niño.. No voy a matar a nadie.

—¿De qué cree que va todo esto?— siguió preguntando en el mismo tono de maestro de escuela a Charles.— Es la guerra. La gente muere.

Para mi tranquilidad, tanto la guerra como la gente que muere en ella, lo hace lo suficientemente lejos de mi para que no tenga que pensar demasiado en ello. Yo tengo otras virtudes.— miró a Celina sonriendo.

Trabajará conmigo.— dijo el gigante.

—Pensaba que le gustaba trabajar solo.— exclamó el militar molesto.

No estés celoso.— le dijo Celina al militar.— Si te gustan los hombres grandes yo puedo conseguirte uno para ti solito.

El militar hizo intento de golpear a la cortesana, pero tanto el gigante como Charles se lo impidieron, colocándose delante de la mujer.. Son ustedes peor que niños.— dijo el regordete negando con la cabeza.— Cada cual sabe lo que tiene que hacer, nos veremos el 15 de abril, se les indicará el lugar de reunión a través de Celina.

Se despidieron, y mientras Madame Celina paseaba del brazo de Lord Charles por el salón con ojos depredadores, los demás abandonaron la fiesta.

—Ese hombre es un estúpido.— comento Celina mientras se acercaban a la pista de baile.. Pídele a Prometeo que acabe con él.

—Seguramente lo haga, en cuanto nos consiga lo que queremos.

Bailaron un vals de un modo que consiguieron escandalizar a los presentes, lo que no era una tarea fácil teniendo en cuenta el lugar, y las actividades que se estaban llevando a cabo, tanto en los cuartos como en los rincones del propio salón de baile. Muchos hombres aquella noche, hubieran pagado todo lo que tenían, para tener la posibilidad de ser amados por Celina. Ella sonrió a todos los hombres de la reunión y con su mirada les advertía que estaba a la venta, aunque su precio era una pequeña fortuna.

Cuando acabó el baile, Charles se despidió de ella.

—Me esperan en otra parte, un placer como siempre.

¿Crees que encontraré alguien interesante aquí?— preguntó ella, Charles sonrió al darse cuenta que ella estaba intentando darle celos.

—Tú consigues que las personas sean interesantes, mi querida amiga.

Debido a que el vestuario que se había confeccionado con motivo de su boda le quedaba estrecho a causa del aumento de pecho y de cintura que estaba experimentado su cuerpo, y a su negativa a ceñirse el corsé para no perjudicar al bebe, la habían dejado sin nada que ponerse, lo que realmente no la importaba, porque no tenía ningún deseo de mostrarse en sociedad.

En primer lugar por la situación de incertidumbre que vivía respecto a su hermano Virgil. En segundo lugar, por la vulnerabilidad que sentía respecto de su situación con su marido, la idea de encontrarse con Lady Ocam la generaba tanta angustia que la revolvía el estómago, y la tercera

razón era su embarazo. Aunque aún no se notaba demasiado, seguía pareciéndole algo impropio mostrarse en su estado.

Finalmente y tras una dura negociación con los hombres de su familia, su marido, su padre y su suegro, accedió a estrenar cinco vestidos, destinados a los únicos bailes a los que asistiría durante la temporada.

El que daría el duque de Gloucester, abuelo de su marido, el del marqués de Surrey, tío de su marido, el de su suegro, el conde de Carrick del que sería anfitriona, el baile del almirantazgo, en casa de Lord Sterling, y al de su tío, el barón de Redclive. Ni siquiera Edmund consiguió convencerla para acompañarlo al teatro, o a cualquier otro evento de los muchos que se celebraban durante la temporada.

Rose estaba muy nerviosa, la relación con su marido era casi perfecta, quedaban muchas palabras por decir, pero sobre todo, en el corazón de Rose, pesaban las palabras que él la había dicho en aquella posada camino de Londres. Cuando estaban juntos y él se mostraba cariñoso, ella las olvidaba, pero no podía evitar recordarlas cuando se encontraba a solas. “si no existiera otra mujer, no te habría elegido a ti”.

La fiesta que se ofreció en la mansión del conde de Carrick, se celebro el 13 de marzo, las invitaciones habían sido enviadas, pero la nueva vizcondesa de Cortwind, que debería haberse estrenado como anfitriona tuvo que quedarse en cama.

Un terrible resfriado acompañado de dolor de cabeza, lagrimeo y estornudos constantes, dejaron su nariz y sus ojos rojos e hinchados. En su estado, el médico la prescribió reposo. A pesar de la música que llenaba la casa, y del miedo que sentía de lo que pudiera pasar entre su marido y Lady Ocam, que estaba invitada a la fiesta, se quedo dormida. No un sueño normal, ni febril, sino el sueño que los últimos días la atacaba dejándola casi inconsciente. El médico señaló, que al igual que el malestar matutino, aquel era otro síntoma de su estado, y que seguramente desaparecería en pocos meses.

Por su parte, el vizconde de Cortwind, junto a su padre, y a su tía la marquesa de Surrey, se mantuvo en la puerta hasta que la mayoría de los invitados llegaron a la fiesta.

Contestó mecánicamente a los que preguntaban por su esposa, y la disculpaba debido a un malestar, que resultaba cuanto menos misterioso

para la mayoría de los asistentes. Cuando la marquesa dio la orden, la orquesta empezó a tocar, los tres abandonaron la puerta para reunirse con el resto de los invitados.

Los condes de Ocam llegaron cuando ya se había iniciado el baile, la condesa parecía molesta y en su rostro se reflejaba un ceño que desapareció tan rápido como se acercaron a saludarlos. Mostrando su mejor sonrisa era una de las mujeres más hermosas del salón. Llevaba un vestido rojo, con un amplio escote que dejaba entrever la sombra de unos pezones de color rojo.

Edmund al verla no se conmovió más allá de sentirse avergonzado de su propia estupidez. Era consciente de su belleza, pero esta ya no le emocionaba, la decepción había borrado de golpe cualquier sentimiento de ternura hacia ella. Y al tenerla frente a él, sin ataduras morales, se dio cuenta que al lado de los sentimientos que le inspiraba su esposa, Elizabeth apenas había sido una tibia brisa de primavera.

Divisó a varios de sus primos, y se acerco al grupo, los hombres se callaron al verlo llegar.

—Soltadlo ya.— dijo Edmund.. Estábamos hablando de Lady Ocam y Charles.— confeso el vizconde Horton, su voz y su porte desprendían un halo de autoridad y saber estar, que le colocaban varios peldaños por encima del resto de los mortales. Quizás influyera que desde niño había sido separado del resto de sus hermanos y primos, para educarlo como al futuro duque de Gloucester, a pesar de las distancias físicas que tanto el abuelo como el padre habían tratado de poner entre el heredero y el mundo, todos los primos y hermanos tenían una conexión entre ellos que iba más allá de la amistad y el afecto.

¿Vais a contármelo, o pensáis que mi tierno corazón no podrá soportarlo?— bromeó. Casi pudo oír el suspiro de alivio de sus primos, junto al vizconde, estaban los hijos de su tío Lord Justin, Frederick y Marcus.

—No sabíamos como lo tomarías. Todos sabemos la relación que has mantenido con la condesa.

—Gracias a Dios eso es pasado.

—El abuelo va a llamar a Charles al orden.— dijo el vizconde de Horton.— Esta traspasando todos los límites.

—Yo le envidiaría si no tuviera tan mal gusto.— dijo Frederick.

—Yo veo que E.., lady Ocam es una mujer muy bella.— dijo Edmund que no supo porque sintió la necesidad de reivindicarla.. Por eso no se entiende, que pudiendo estar con Lady Ocam, o con cualquiera en realidad.

— dijo Marcus algo envidioso.— No sea algo más selectivo, pareciera que cualquier mujer sirve a nuestro adorable primo.

Edmund levantó las cejas de forma interrogativa, y su primo de manera poco elegante resopló, y continuó hablando, pero en susurros.

—Ha estado con Lady Sterling y con Lady Forsite que yo sepa. Y las dos mujeres que podrían ser su madre, se comportan con él como debutantes. Es repugnante. La música seguía sonando alegre, y las parejas bailaban una cuadrilla. Sus primos se dieron a la fuga en cuanto vieron acercarse a Lady Ocam, le dejaron solo. . ¿Sigues tan enfadado conmigo, que no me invitarás a bailar?— preguntó coqueta la condesa de Ocam.. Me parece que no seguimos el mismo ritmo, y no me sé los pasos de los bailes que parecen gustarte últimamente.

—Yo te enseñaré.— dijo insinuante y se inclinó hacia delante para que el pudiera apreciar su escote, y sus pezones.

Pasearon por el salón, la condesa de su brazo hasta que terminó la pieza, y entonces, se colocaron para bailar la nueva cuadrilla que empezó a sonar en cuanto las parejas estuvieron colocadas.

Durante los breves encuentros que les permitía la cuadrilla, ella se inclinaba mostrándole a él, y al resto de los asistentes el borde de sus pezones, que estaban más rojos de lo que recordaba. Finalmente se dio cuenta, como el resto de los presentes, de que la condesa se había pintado los pezones de un color parecido al que llevaba en los labios.

El rumor de que la condesa de Ocam se había coloreado los pezones, se extendió rápidamente por el salón. Las mujeres se abanicaban frenéticamente en señal de desaprobación mientras los caballeros trataban de conseguir acercarse lo suficiente para asomarse a mirar.

El conde de Ocam, parecía indiferente al escándalo que su mujer estaba provocando y se mantuvo dentro de un grupo de caballeros, entre los que estaba el marqués de Surrey y el conde de Carrick, ajenos al escándalo que recorría el salón se dirigieron a una sala para jugar a las cartas.

Lady Elizabeth, intentó todas sus mañas para mantenerse a la vista de Edmund, cuando la persecución se hizo evidente, la evitó sin sutilezas. No

pudo impedir sin embargo, que se sentase a su lado durante la cena.

Edmund estás resultando ser un hombre molesto, ¿Es que no vas a perdonarme nunca?, ¿No eres capaz de entender como me sentía?—

preguntó la mujer en un susurro, volviendo a mostrarle sus pechos maquillados.

No, a la primera pregunta y no a la segunda. Me pregunto si vendrá Charles esta noche o te reunirás con él y su puta después.. Estaba furiosa contigo.— dijo la mujer ignorando el tono duro del vizconde.— Me sentía vulnerable y Charles se aprovechó. Oh, Edmund, reconoce que nuestra cama se había vuelto terriblemente aburrida.— le pasó disimuladamente la mano por el muslo, el se la apartó bruscamente, pero deseo tanto volver a tu cama, que no me importará si esta tu esposa en ella.

La idea le repugnó. La idea de acostarse con dos mujeres, era una de esas fantasías con la que todo hombre jugaba, pero era algo que uno sólo podía plantearse realizar con prostitutas. La idea de Rose participando en algo así, terminó de revolverle el estómago y despertarle del sueño que le había mantenido atado a esa mujer.

Durante menos de dos segundos, se sintió tentado a probar con Elizabeth y quizás Madame Celina. Se imaginó a sí mismo en la misma posición en la que encontró a su primo, y la fantasía se desplomó. No pudo evitar preguntarse, si hubiera sido capaz de algo así antes de casarse. La respuesta sonó alto y claro en su cabeza, no.

Decididamente debía ser un hombre poco sofisticado, se dijo a sí mismo, al comprender que lo único que deseaba era que terminara la fiesta para poder acostarse junto a su mujer, a la que sólo podría abrazar teniendo en cuenta su estado. Durante el baile que seguía a la cena, consiguió ignorar a Lady Elizabeth lo suficiente para que ella se mostrara molesta, pero no lo suficiente para que dejara de perseguirlo.

Al llegar la medianoche, el conde de Carrick y su hijo detuvieron la música para anunciar a los invitados la llegada de un nuevo miembro a la familia. Las mujeres aplaudieron y los caballeros empezaron a gritar sus felicitaciones. Los músicos tocaron un vals, que si Rose hubiera estado en la fiesta habría bailado con ella, su tía, la marquesa de Surrey ocupó su lugar. Se le fueron uniendo más parejas y el salón se transformó en un estanque repleto de narcisos de colores.

La condesa de Ocam sintió que le volcaban un jarro de agua fría cuando se anunció el embarazo de la vizcondesa de Cortwind. Empezó a temblar de indignación y de rabia, trató de controlarse y discretamente, mientras todos murmuraban las noticias observando al vizconde danzar con su tía, se escabulló hasta la terraza, con el ceño fruncido se quedó mirando el jardín, sin verlo.

Se alejó unos pasos hacia la oscuridad, se agarró a la baranda con las manos apretadas hasta que los nudillos se le pusieron blancos y trato de contener las lágrimas mientras terminaba el vals.

Sintió un cuerpo masculino apretarse contra su espalda. Imagino que era Edmund, y se dejó arrastrar hasta el jardín. Trató de volverse para mirarle, pero el hombre enterró la cara en su cuello impidiéndola girarse a mirarlo, mientras pasaba sus manos por sus pechos, primero midiéndolos, pesándolos y después tomando sus pezones entre sus dedos. Ella empezó a gemir de necesidad y se apretó contra el cuerpo masculino.

Te he extrañado.— la dijo una voz ronca a su oído. Ella hubiera querido soltarse al reconocer la voz de Charles, no era a él a quien ella esperaba seducir aquella noche, pero como siempre, Charles parecía hipnotizarla con su tacto, y llevarla hasta un estado de excitación que la impedía pensar en otra cosa que no fuera el placer, nadie la había tocado nunca como Charles.

Estaba jadeando de necesidad y apenas presionaba sus pezones, pero estos transmitían una corriente nerviosa directamente a su entrepierna. Ese hombre parecía conocer todos los puntos sensibles de una mujer, como enervar el deseo hasta borrar de su cabeza cualquier prejuicio, cualquier reparo. Parecía un ingeniero montando un mecano. Encajando las piezas de forma magistral para alcanzar el máximo placer.

Cuando dejó de acariciarla, sintió que podría morirse, se miraron, él parecía divertido, levantándola las faldas del vestido por encima de la cintura, la penetro en una única envestida.

Has sido buena y te has pintado los pechos, y veo que tampoco llevas ropa interior como te pedí.— lamió su oído por dentro, dejándola temblando entre sus brazos, el permanecía inmóvil en su interior, ella trataba de moverse pero el peso del hombre se lo impedía.

La vio boquear impotente, buscando su boca y restregándose contra él, incitándole a que se moviera dentro de ella. Finalmente cedió, y

sosteniendo los muslos con sus antebrazos la levantó para dejarla en el aire, y empezó a entrar y salir de ella muy lentamente.

Ella se retorcía contra él, rasgándose el vestido contra el árbol que la sostenía por la espalda, empezó a mordisquearla los pezones y a beber de ellos, degustando el sabor de la pintura, empezó a moverse dentro de ella, profunda y rítmicamente, hasta que ella gritó, él se movió más rápido para alcanzar su placer. Apenas un gemido sordo indico que él también había alcanzado el final.

Salió de ella, el dejo que se resbalara hasta el suelo, se cerró los pantalones y dándole la espalda volvió a la fiesta. Lady Elizabeth con las faldas aún por encima de su cintura se dejo caer en el suelo, incapaz de sostenerse, completamente laxa como consecuencia del placer recibido. Se sentía terriblemente avergonzada, pero increíblemente viva.

Cuando Charles entró al salón de baile, absolutamente relajado, sonrió de manera inocente a un grupo de jovencitas que parecían admirarlo entre risitas histéricas. Las saludo con una inclinación de cabeza, pero no se acercó a ellas.

Cuando la fiesta terminó, Edmund se recostó contra su esposa, dormía.

Incluso con la nariz roja e hinchada, le pareció la más bella de las mujeres.

La abrazo contra él. . ¿La has visto?— dijo ella sobre la piel de su costado.

—Duérmete.— le dijo.— Y no pienses más en ella, no es importante para mí. Ni debe serlo para ti.. ¿Estás seguro?

—Bastante seguro.

Le beso la frente y se durmió. Rose no tardó mucho en seguirle al reino de los sueños resignada a no poder estar segura de nada.

Rose se recuperó del enfriamiento a tiempo para poder asistir a la fiesta del Duque de Gloucester, que se celebró cinco días después. La fiesta había sido organizada de manera espectacular, todo el que era alguien en la alta sociedad estaba invitado. Rose nunca antes había estado en la mansión, durante su primera y única temporada estuvo alojada en la casa de su tío, el barón Redclive, y en aquel breve periodo, sólo fueron invitados a eventos menos sofisticados, ideados especialmente para que las debutantes de su círculo social pudieran encontrar un marido perteneciente al mismo círculo, y el duque de Gloucester y el barón Redclive, nunca hubieran coincidido en el mismo ambiente, de no ser por el matrimonio de Rose.

El duque había mandado dos tipos de invitaciones. Para los miembros más prominentes de la alta sociedad, la invitación incluía un pequeño baile de bienvenida y la cena, y para el resto, la invitación se refería al baile que se celebraría después de la cena, en torno a la medianoche.

Por desgracia para Rose, los condes de Ocam estaban en el primer grupo de invitados, así que en cuanto tuvo ocasión buscó la compañía de su padre, y trató de mantenerse a su lado, hasta que la familia del duque dejo el hall de entrada con la llegada del último de los invitados.

La puerta se cerraría y no se dejaría entrar a nadie más, hasta pasada la medianoche en que empezaría la segunda sesión de baile. Si alguno de los invitados a la cena se retrasaba, sabía que no podría entrar hasta que las puertas volvieran a abrirse.

La elegancia sobria de Rose contrastaba con la exuberancia de los vestidos del resto de las damas, todas habían adornado sus vestidos con piedras preciosas o perlas, y lucían joyas que hubieran servido para el rescate de un rey. Por otra parte, el colorido de los vestidos que llevaban las damas, iban del rojo intenso al dorado, pasando por distintas tonalidades del azul y el verde. Las damas solteras vestían colores más tenues, pero todas ellas lucían unos escotes que mostraban más que ocultaban.

Ella llevaba un sencillo vestido de cintura alta, con un escote que le cubría completamente los senos, el color del vestido era gris perla y se adornaba con un sencillo bordado en negro debajo del pecho, en los puños y en los vuelos de la falda. Llevaba unos sencillos pendientes de oro con una perla. Ningún colgante, y únicamente su anillo de bodas.

Aun cuando su atuendo era elegante y su aspecto resultaba absolutamente impecable, no pudo evitar sentirse como un pato entre cisnes. Para su tranquilidad mental, observó que la condesa de Ocam no parecía prestar atención a su marido, ni este a ella.

De la mano de su padre, de su marido, de su suegro, del duque, del marqués y del vizconde de Horton, quienes parecían haberse puesto de acuerdo para no dejarla sola, fue conversando en distintos grupos, mientras en la pista de baile los colores de los danzantes vestían el lugar de una magia especial.

Edmund la encontró sentada con otras mujeres. Mientras se acercaba a ella no podía evitar compararla con el resto. Una ola de amor le recorría al

comprender que su esposa, su Rose, era superior a todas ellas.

Su belleza y su elegancia no hacían que un hombre se volviera a mirarla, pero él no deseaba que fuera deseada, sino admirada, y eso lo conseguía con su serenidad y su inteligencia. La pasión que ambos compartían era un secreto que nadie podía imaginar viéndoles tan discretos y comedidos en público.

Cuando Rose le vio acercarse se disculpó con las mujeres con las que conversaban y se encaminó hacia él. Sin palabras la condujo a la pista donde empezó a sonar el vals que precedía a la cena. De repente el mundo desapareció.

Bailaron mirándose a los ojos y sintiendo el calor y el deseo del otro, a pesar de mantener la distancia adecuada, sus cuerpos se rozaban en los giros, y una extraña euforia los invadió. Cuando caminaban después del baile hacia el comedor, el acarició la mano que ella mantenía enlazada a su codo.

Desearía tenerte en la cama, ahora.— le susurro. Ella asintió, avergonzada por reconocer frente a todos, aunque estos ni siquiera lo advirtieran, el deseo que sentía por su marido.

Después de medianoche, la mansión se llenó de gente, tuvieron que abrirse varias salas más, para dar cabida a la cantidad de personas que iban llegando. Había cuatro pequeñas salas donde se jugaba a las cartas, la biblioteca y el estudio se abrieron para que los caballeros pudieran fumar sus cigarros sin tener que salir al frio de la noche.

Durante la fiesta, a Lady Ocam no le importo ponerse en evidencia, pero esta vez el objeto de su persecución no fue Edmund, sino su primo Charles. Como dos niños jugando ella se acercaba y él se escapaba entre la multitud, cuando parecía que lo había perdido, una mano le apretaba una nalga, y le sorprendía sonriéndola de aquella manera que prometía otro tipo de placeres. Las caricias disimuladas no pasaron desapercibidas, y el rumor del escándalo se fue trasladando de boca en boca entre los asistentes.

Ella estaba tan excitada que cuando él cogió su mano, no la importó que lo hiciera delante del todo el mundo, no la importó que de aquella manera impropia la llevará a través de la galería, donde otras personas deambulaban en pequeños grupos conversando, y frente a todos la

empujara a uno de los salones, él no se molestó en cerrar la puerta. Eso la excitó aún más.

Este juego se juega a mi manera.— le dijo mientras le bajaba las mangas y el escote, dejando sus pechos al aire. La miró a los ojos, no la había tocado pero jadeaba expectante ante el contacto. El sopló sobre sus pezones, estos reaccionaron irguiéndose, mamó de cada uno de sus pechos como lo haría un bebé, pero jugando con su lengua y sus dientes. Ella se estaba derritiendo, la fue empujando hasta que quedo sentada sobre la mesa, se arrodillo frente a ella, y le fue levantando la falda hasta que solo quedaron a la vista las medias, como la vez anterior, no llevaba ropa interior.

Estaba paseando indolentemente los dedos por los muslos de la condesa, mientras esta parecía estar sufriendo una terrible agonía. Apenas había llegado a su centro húmedo y caliente con su pulgar cuando oyeron voces. El no dejaba de acariciarla mientras las voces se acercaban. Cuando estaban a punto de llegar, aceleró el movimiento haciendo que se estremeciera en un placer que la convulsionaba todo el cuerpo. Como la vez anterior la dejo sin una palabra.

Apenas le dio tiempo a esconderse detrás de las cortinas de terciopelo.

Con el rostro encendido, y hambrienta aún, se fue tranquilizando mientras los dos hombres que acababan de entrar, cerraban la puerta.

Miro por un hueco que dejaba las cortinas de la ventana, vio a dos hombres, reconoció a uno de ellos, Lord Chierton uno de aquellos nobles que se dedicaban a los negocios y que eran considerados mercenarios por mancharse las manos trabajando, se preguntó porque lo habría invitado el duque. Después recordó que era el hermano de la mujer de Lord Justin, el hijo del anfitrión.

Ya estás aquí.— le dijo Lord Chierton al hombre.— Ahora yo me lavo las manos. . No puedo acercarme a ella, no la dejan sola ni un momento.

Sólo tienes que decirle que la espero aquí. Lo que pase después no es asunto de nadie. Nadie lo sabrá.. Mortimer no insistas.

—Esperare aquí de todos modos.— le dijo suplicante a su amigo.— Si me ayudas puedo asegurarte que el banco te condonara la mitad de la deuda, y te concederá un plazo más que razonable para el resto.

Está bien.— resopló resignado Lord Mortimer no sabía que estaba siendo observado, por eso se dejó caer en una silla y apoyando los codos en las rodillas enterró la cara entre las manos, mostrándose tan vulnerable como se sentía.

Lord Chierton busco a la vizcondesa de Cortwind, consiguió introducirse en el grupo donde ella estaba conversando, tardó más de diez minutos en poder transmitirla el mensaje de Lord Mortimer. Lord Chierton le dio la espalda sin esperar a ver su reacción, Rose estaba indignada. Más que eso. Hubiera buscado a su marido para contárselo, pero no podría soportar la vergüenza de verse expuesta nuevamente a la humillación, así que buscó a su padre para que la acompañara.

Edmund que había estado observando a su esposa durante toda la noche, al igual que el resto de la familia, intentaron que no se sintiera intimidada por la grandiosidad de la familia de la que ya formaba parte, pero además la miraba porque había en ella una luz, que al parecer sólo el percibía, que le mantenía pendiente de cada gesto, cada baile y cada conversación en la que participaba.

Cuando la vio salir del brazo de su padre, sintió la necesidad de seguirlos y lo hizo. Se disculpo con el grupo con el que conversaba en ese momento, y se marchó pensando en la posibilidad de pasear con su esposa por el jardín y robarle un beso, o varios.

La galería estaba llena de gente que paseaba, conversaba en corrillos o admiraban las pinturas que se exponían en el amplio corredor. El apenas se entretuvo saludando con la cabeza, cuando estaba a punto de entrar en el cuarto donde lo habían hecho su mujer y su suegro, oyó la voz indignada de este.

¿Qué diablos pretende al citar a mi hija aquí?

—¿No podemos ser amigos, Rose?— dijo Lord Mortimer mirando fijamente a la mujer, ignorando a Redclive.

Edmund sintió que se le revolvía el estómago al oír que otro hombre llamaba a su esposa por su nombre. Se detuvo a escuchar desde el pasillo.

—No podemos.— oyó decir a su esposa, reconoció en su voz la misma dureza con la que le había hablado antes de su reconciliación.

—Te sigo amando. ¿Por qué no me esperaste? Te dije que volvería..

Esta conversación ha durado demasiado.— dijo Redclive realmente

enfadado.— Mi hija es una dama decente. Si se acerca a ella de nuevo, tomaré las medidas oportunas. Si no le reto en este momento a un duelo, es para evitar el escándalo. Pero se lo advierto, no vuelva a acercarse a mi hija.

Edmund se alejó de la puerta y se escondió en un recoveco de la galería, ni Redclive ni Rose advirtieron su presencia, caminaban airados de vuelta a la sala de baile. A pesar de la reacción de Rose, y de que acudió a la cita acompañada de su padre, no pudo evitar el mordisco de los celos.

Quizás ella todavía amara a ese hombre, y quizás ese hombre siguiera insistiendo hasta conseguir hacerla olvidar sus votos matrimoniales.

Observó a Lord Mortimer cuando salió del cuarto, le pareció un hombre que podía gustar a las mujeres. Apuesto y elegante, un rival a tener en cuenta. Se dirigió al salón en busca de Rose, pero el deseo de besarla en algún rincón oscuro del jardín dejó paso al deseo de alejarla de su rival, y del mundo.

Cuando Edmund la convenció de volver a Oxford, ella se sintió aliviada de alejarse de las fiestas y el bullicio de Londres, pero algo en la forma en que se comportaba su marido, la hizo sospechar que lo que quería en realidad era apartarla de su vida, para retomar su relación con Lady Ocam.

Los recelos que ambos mantenían para sí mismos, actuaban sobre su pasión como una corriente de aire frio. Seguían amándose pero cada cual retenía una parte que el otro echaba en falta. No era nada concreto, pero estaba allí, tan presente como la cama o los muebles de la habitación.

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