Redhouse

Lury Margud · Capítulo 3 de 16

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Redhouse

Capitulo 2.

Fowey. Diciembre de 1804.

SU relación cambió a pesar de ellos mismos.

Por la noche, después de los fuegos artificiales que estallaban en sus sentidos, su marido la dejaba sola en la cama, Rose se sentía cada vez más esperanzada de alcanzar su corazón. Su mente lógica analizaba aquellos encuentros, y no encontró en ellos nada que pudiera ser objetable, más bien al contrario, la pasión que compartían era algo que, estaba convencida, no podría alcanzarse sin algún tipo de amor. Ella ya empezaba a notar el cosquilleo en su corazón, quizás a él también le estaba naciendo el amor, pensaba ella cada noche, aún cuando le disgustaba que él abandonase la cama tan rápido como se reponía. No le dio importancia, pues el único conocimiento sobre el matrimonio que llevo a su boda, era que los esposos tenían habitaciones separadas.

Por el contrario, él trataba de convencerse, cada noche, que su corazón pertenecía a Lady Ocam, y que sólo estaba engendrando un heredero para el título, una tarea que cada noche le gustaba más, y que hacía que se olvidase hasta de sí mismo. Apenas regresaba a su cuarto, trataba de pensar en Elizabeth, pero la imagen de Rose apasionada en sus brazos empezaba a difuminar sus sentimientos por la condesa de Ocam. Pero no quiso pensar en eso, él había prometido a Elizabeth que no la olvidaría, ni la dejaría y él siempre cumplía sus promesas.

Ella dejó de intentar comprenderle, disfrutaba de sus noches, y aunque la ignoraba durante la mayor parte del día, al menos, durante la comida y la cena conversaban. Algo que a los dos les resultó fácil, a pesar del equipaje

de silencio que ambos arrastraban, ya que los temas que trataban nunca eran personales.

Hablaban de la casa, de los conocidos que ambos tenían en Londres, o de los planes de Rose para construir “su rincón” en Oxford. Él la escuchaba, pero a veces perdía el interés por completo y se levantaba dejándola con la palabra en la boca. Al principio se desconcertó, después se enfadó, y por último se resignó a no terminar ninguna conversación con su marido.

Pensó que él tenía alguna especie de tara, lo que explicaría la forma en que la había elegido para casarse, quizás tuviera problemas para comunicarse, o las mujeres le ponían nervioso. Aunque a un nivel más primitivo, más básico, cuando se dejaba llevar por la pasión y no había palabras que se interpusieran entre ellos, la comunicación no podía ser más perfecta.

Se acercaba la navidad, y a pesar que Jenny le daba toda la conversación que necesitaba, se aburría mortalmente, así que empezó a trabajar en sus libros. En cuanto su padre le habló de que el antiguo código había sido descubierto, se le ocurrió una forma para identificar a la persona que mandaba el mensaje.

Ahora estaba trabajando en la firma y en un nuevo código, quizás resultara demasiado complicado para su uso, pero le mantenía la mente ocupada y apartaba de su alma la soledad que le producía el silencio de su marido. Cada palabra cifrada se correspondía con una operación aritmética que se multiplicaba o dividía por un número que se correspondía con el codificador. De esta manera, no hacía falta un libro de claves donde las palabras simplemente se trasladaban de un papel a otro señalándose su significado. Para descodificar el nuevo sistema, habría que hacer una serie de operaciones que harían cada mensaje único, y la posibilidad de descubrir el código por los enemigos casi imposible.

Por fortuna, el no sé qué, que había faltado en sus primeras relaciones con su marido, se presento por sorpresa una de aquellas noches, dejándola en un estado de idiotez profunda, aun cuando descubrió la esencia de lo que acababa de encontrar, seguía refiriéndose a eso, como el no sé qué, una definición privada para unas sensaciones que la hacían explotar por dentro y por fuera, dejándola sin respiración y sin energía. El no sé qué, se hizo

presente todas las noches, dejándola en un estado de aturdimiento puro que no le permitía pensar con claridad, se dormía tan rápido que ni siquiera era consciente de cuando su marido volvía a su propia habitación.

No pensaba demasiado en lo que sentía. Su piel y su cuerpo amaban a su marido, eso era algo que no podía negarse, aunque tratara de convencerse de que aquel amor no alcanzaba órganos internos y sólo existía en la superficie de su piel.

Poco después de navidad tuvieron la visita de dos hombres, aunque a uno de ellos ni siquiera alcanzó a verlo. El otro le fue presentado como Lord Peter Horton, hijo del marqués de Surrey al que había conocido el día de su boda.

Tuviste que conocer a todos mis hermanos, somos ocho. Yo soy el segundo varón, el repuesto del heredero. Hay un segundo repuesto, mi hermano Charles, pero me temo que esta echado a perder. No sirve ni para marqués ni para duque.

Mi tío, el marqués de Surrey es el heredero del duque de Gloucester.—

le explicó Edmund. Rose ya lo sabía. Pero aun cuando no se lo hubieran dicho antes de la boda, era capaz de recordar a todos los invitados, sus nombres, sus títulos y hasta el color de sus trajes.

La navidad fue menos triste con la presencia de Lord Horton. Este era bastante divertido, y conseguía hacerla reír contándole muchas de las cosas que le habían pasado a lo largo de su vida.

Por las mañanas, los primos se reunían en el estudio a puerta cerrada, mientras Rose salía a pasear por el bosque, hacia su valle secreto.. Es encantadora.— le dijo Peter una mañana.— ¿Es familia de Virgil Redclive?

. Su hermana.

—¿Sabías que Virgil también trabaja para Lord Sterling?

—¿Virgil?

—El mismo. Trabaja directamente con Redhouse, el codificador de Sterling.

No lo sabía, pero no me sorprende es una de las personas más inteligentes que conozco.

—Bien. Vayamos a lo nuestro. Antes de que se me olvide, quiero que guardes esto bien.— sacó una carta lacrada y se la entregó.— Es mi testamento, por si acaso algo pasara. Está codificado.

Así que piensas morirte dando trabajo.— bromeó Edmund.. No pienso morirme. Pero es una posibilidad. El comandante Blanche quiere a Redhouse, así que cuando vuelvas a casa vigila a Virgil. Sterling lo sabe también, así que me imagino que habrá tomado medidas. Por otra parte hemos infiltrado a un hombre en la red francesa que opera en Londres. Yo soy el único enlace, si algo me pasara, en la carta encontrarás la forma de ponerte en contacto con él.

¿Por qué eres tú el único enlace?. No es lo habitual.

—Digamos que esa persona sólo trabajara conmigo. Pero no deseo que quede al descubierto si algo me pasa. Y confió en que hagas lo que puedas por ayudarle. . Por supuesto.. Se espera que se produzca una reunión en breve, durante la primavera en Londres. Entre los que asistirán a la reunión hay dos personas que se conocen como Prometeo y Perseo.— Al ver la expresión de su primo, se rió.— No me preguntes porque no tengo ni idea de por qué.

No iba a preguntar.. Mejor. Se sospecha que uno de ellos es un militar británico con acceso a información reservada y el otro es un aristócrata, posiblemente francés o belga. Mi contacto ha intentado seguirlos en varias ocasiones, pero sólo tiene una mera descripción de ambos. Perseo sería el militar, de unos treinta y pocos años, educado sin llegar a ser un verdadero caballero, aunque no se descarta que pueda ser hijo de algún noble empobrecido. Alto, rubio, ojos azules. Una aguja en un pajar.

¿Y el otro?. Prometeo es un hombre de unos cuarenta y muchos años, no demasiado alto, obeso y sus ropas son de muy buena calidad, pero viste con mucha sencillez, por lo menos a las reuniones donde va. Tiene un anillo con una letra, una S, Las joyerías de Londres han perdido la cuenta de los anillos que venden a diario con alguna inicial. Así que esta no será una búsqueda fácil.

¿Tenemos alguna idea de lo que andan buscando?. Planos de situaciones de tropas, barcos de guerra, y a Redhouse, Aunque a este último lo busca también un hombre de Blanche, aún no hemos podido identificarle, pero no creo que sea difícil, se espera que desembarque en Bristol el próximo día 4 de enero. Sterling tiene hombres esperando su llegada.

Durante la comida de aquel día, Peter y Rose descubrieron su afición por la jardinería y la joven vizcondesa pudo, por fin, hablar abiertamente de su proyecto de realizar un jardín, así como la forma en que desviaría el agua del río para proceder a su riego de manera natural.

Edmund estaba cada vez más molesto por aquella afinidad entre su primo y su esposa. Aunque reconocía el tema, Rose había empezado a contárselo, y él había sentido deseos de involucrarse en el proyecto hasta que la imagen de Elizabeth rompió el momento, y se marchó bruscamente para romper el hechizo que Rose solía tejer con cada una de las palabras.

No participó en ninguna de las conversaciones que mantuvieron Peter y Rose durante las veladas en las que Lord Horton permaneció en la casa, aunque descubrió muchas cosas de la mujer con la que se había casado.

Cosas que desearía no saber porque conocerla hacía que le gustase bastante más de lo que ya le gustaba.

Por fin, Peter y el hombre que le había acompañado se dispusieron a irse. . Despídeme de Rose.— dijo Peter.

Cuídate. Nos veremos en Londres. Mañana nos iremos. Así que lo que sea, envíalo a Corthouse. Poco después el posadero de Fowey trajo unas cartas y unos paquetes. Edmund examinó el correo y separó una carta del Sr. Redclive para su hija. Procedió a abrir el paquete y en su interior encontró un retrato de Elizabeth y una carta. Reconoció la miniatura, representaba a una Elizabeth de la época en que la conoció. Y el pintor había sabido captar toda la belleza de sus rasgos. Por alguna razón, su belleza no le conmovía de la misma manera, aun así no pudo evitar fantasear con ella, con tenerla en sus brazos.

Metió el retrato en la caja, y lo puso sobre la mesa para no olvidar guardarlo y llevarlo a Londres con él. No reconoció a Elizabeth en la carta que estaba leyendo. “Estimado Vizconde de Cortwind, supongo que las promesas hechas a una mujer enamorada no tienen ninguna validez y no se pueden reclamar ante un tribunal. Pero yo te reclamo. Eres mío así como yo soy tuya. Me prometiste que tu matrimonio no cambiaría nada en nuestras vidas, y pronto habrá pasado un mes, y ni siquiera me has escrito, no sé cuando volverás a Londres, o si volverás a mí.

Ocam se ha marchado a Escocia con un grupo de extranjeros. Yo me he quedado en Londres para esperarte, pero te advierto que si no estás en

Londres para año nuevo, encontraras otro hombre ocupando tu lugar.

¿Te importa?. Espero que sí, porque a mí me importa que en tu cama haya otra mujer. ¿Te dolería? Espero que te mate, como a mí me está matando. No me consuela tu promesa de pensar en mi cuando estés en su cama.

Puede que ella lleve tu anillo, pero yo soy tu mujer, y te exijo que vuelvas a casa de inmediato o te juro que lo lamentarás.

Firmado. Lady Elizabeth, condesa de Ocam.”La ira empezó a treparle.

Durante su relación, Elizabeth siempre se había mostrado como una mujer vulnerable, que le necesitaba, pero no reconocía a la mujer que reclamaba, exigía y amenazaba.

Metió la carta en la caja, junto al retrato, y revisó el resto de la correspondencia, comprobó que eran facturas en su mayoría, miró la caja casi con rabia, y la metió en uno de los cajones del escritorio. Estaba impaciente por salir de allí y calmar la furia, no se dio cuenta de que una de las solapas de la caja quedo encajada, y el cajón quedo medio abierto.

Cuando Rose volvió de su paseo, el Sr. Paul le informo que había llegado una carta para ella y que estaba en el estudio. Se sentó tras el escritorio donde aún permanecía el olor a sándalo de Edmund, durante unos instantes saboreó el aroma, y rememoró el ardor de sus noches, cabeceó para desprenderse de las sensaciones y se puso cómoda para leer la carta.

Estaba codificada, por supuesto.

Su padre le hizo una divertida narración de anécdotas cotidianas que habían ocurrido durante su ausencia. Le informaba que su hermano había sido llamado por el Lord del Almirantazgo y que le habían dado un puesto importante en el ministerio de la guerra, desde el que podía aspirar a puestos políticos si conseguía no defraudar la confianza que se había depositado en él. La fortuna de los Redclive era moderada y su linaje, aunque tan rancio como él que más no le daba acceso a las altas esferas, pero si Virgil conseguía entrar en el gobierno, era bastante probable que consiguiera un título de caballero.

Deseaba tanto regresar a casa, pero temía que al hacerlo perdiera aquellas noches de intimidad. Seguramente una vez en Corthouse, su marido viviría en Londres y la visitaría simplemente para completar su objetivo, suponiendo que no hubiera cumplido con él en aquellas noches.

Pensó en la posibilidad de estar en cinta y se sintió entusiasmada con la idea. Aunque aquello podría significar el fin de su intimidad.

Le invadió el desánimo. Trato de encontrar ventajas a su situación, el título de condesa que heredaría algún día, no lo consideraba una ventaja, pero lo sumó, la libertad de vivir a menos de diez minutos de la casa de su padre, y la libertad de poder seguir trabajando con él, y su jardín, por supuesto, uno que aunque inexistente en la realidad, estaba perfectamente trazado en sus más mínimos detalles en su cabeza.

Imaginó a su hermano Virgil casado y a los hijos de ambos jugando juntos en “su jardín”, ya había previsto un pequeño estanque donde podrían bañarse y nadar. ¿Qué importaba lo que no tendría en su vida, cuando podía llenarla de tantas cosas estupendas? Rompió la carta en pedacitos, y la depositó en un cenicero, abrió un cajón para buscar cerillas y quemar los restos de papel, cuando se dio cuenta de la caja encajada, la sacó para volver a meterla de nuevo y entonces, vio el retrato. Y después vio la carta.

Y la leyó. Y el mundo se derrumbó.

Deseó encerrarse en su habitación, pero la idea de estar donde su marido la había tocado pensando en otra mujer, la espantó hasta la repugnancia. Entendió entonces claramente todos los signos que no había sabido interpretar antes de leer aquella carta. El maldito gato por fin se apareció.

Su esposo sólo era complaciente cuando imaginaba a otra mujer en su cuerpo, ni siquiera la soportaba cuando la veía a ella misma, por eso huía a su habitación después de hacerle el amor y se marchaba antes que ella pudiera terminar una frase. Que estúpida se sentía.

Se sintió usada. Sucia. Insegura y dolida. Comprendió de golpe por qué su marido la había elegido a ella. Casi se rió. Le pidió al mayordomo de nuevo su capa y se dirigió al acantilado, pero esta vez no se detuvo en su valle escondido, caminó bordeando y saltando las piedras que conducían a la playa. Llevaba botas de suela dura y apenas tuvo problemas en llegar a la arena. El viento lanzaba la arena contra su cuerpo y su cara como pequeños proyectiles, el dolor de las pequeñas laceraciones casi fue un alivio. Trató de racionalizar la situación.

Comparó aquel dolor sordo que sentía en aquel momento, con el otro, el que sintió cuando en su primera temporada el hombre que amaba, y que

decía amarla la había abandonado, decepcionado y humillado.

Amó a Lord Mortimer con un corazón entregado, pero apenas se conocían y olvidarlo no fue tan difícil, perdonar la ofensa le seguía resultando imposible. Arrastrada por el viento, y golpeada por la arena sentía un cierto consuelo, eran el abrazó que nadie más le daría en aquel momento, empezó a recordar sus últimos momentos con Lord Mortimer, su pensamiento lo trajo de vuelta como para demostrarse que estaba condenada a no ser amada.

Jenny la había ayudado a ponerse el vestido de paseo color lavanda, ambas estaban riéndose, felices porque esperaban la llegada de Lord Mortimer. Cuando bajó al salón, vio que una dama lo acompañaba.

Al principio no la reconoció, sólo tenía ojos para su enamorado. Qué hermoso le parecía Lord Mortimer, en aquel entonces.

Se sorprendió al reconocer a la dama que acompañaba a su pretendiente, era la señorita Crouser, hija de un banquero americano.

No tuvo tiempo de ofrecerles un refrigerio, Lord Mortimer dio un paso hacia ella, y con una voz que no reconocía empezó su discurso.. Espero que sepa disculpar mi falta de tacto.— aun podía verle envarado, vestido con un traje que delineaba un cuerpo esplendido.— Mi prometida considera, que quizás usted se haya imaginado que tengo un interés romántico hacia usted.

Estando próximos a casarnos, he decidió decirle frente a ella que nunca ha sido así, y si mi comportamiento cortés, le hizo pensar otra cosa, lo lamento profundamente.

Vio como la joven pareció satisfecha, y ambos se fueron dejándola aturdida y confusa. Siendo aquel un golpe duro de aceptar, lo hizo utilizando toda su capacidad de comprensión. Lord Mortimer era el segundo hijo de un vizconde sin futuro propio, dependiendo de la buena voluntad de los demás. El la había hecho partícipe de sus sueños, y conseguir un puesto de administrador o secretario que, junto con su dote sería suficiente para un futuro agradable. La joven era inmensamente rica, la única hija de un banquero y magnate americano. ¿Cómo no iba a comprender que él decidiera asegurar su futuro?. Pero, ¿era necesario humillarla frente a ella?

Pero lo que no pudo comprender ni perdonar, fue la proposición que el mismo hombre se había atrevido a realizarla tres días después.. Me caso

con ella por el dinero.— la dijo.— Es algo bastante común, pero lo que siento por ti es extraordinario, algo a lo que no puedo renunciar. Pasaremos una temporada en América y a mi regreso, viviremos nuestro amor.

¿Estás loco?. No debería decírtelo, pero la señorita Crouser tiene una grave enfermedad, no vivirá mucho tiempo, por eso su padre esta tan decidido a casarla con quien ella quiera. Quizás a mi regreso sea un viudo rico. ¿Me esperarás?

No lo haré. Pero si me amas, olvídate del dinero. Saldremos adelante. .

No depende sólo de mí. La familia, las deudas. Mi hermana. Por Dios prométeme que me esperarás, o me volveré loco.

—No te esperaré. Puedes tenerme y sin embargo me abandonas. No, no te esperaré y te olvidare tan pronto como te hayas ido. Y así fue, sus sentimientos por Lord Mortimer desaparecieron a fuerza de voluntad y de idear códigos que la mantenían el pensamiento ocupado. Pero el engaño y la humillación no se lo perdonó nunca. Le resultó obvio que había cortejado a la heredera al mismo tiempo que la hablaba de amor. Y para una persona con los principios de Rose, el simple hecho de haberla propuesto una relación adúltera, acabo con todo el respeto que le tenía.

Decidió desterrar la esperanza de su vida. Cada vez que una luz se encendía en su corazón, se apagaba sin haber llegado a iluminar lo suficiente para que valiera la pena.

Después de concluir que no tenía capacidad para interpretar el comportamiento del género masculino, adoptó la única decisión que le pareció sensata y la única que podría protegerla de los hombres en general y de su marido en particular.

De regreso a la mansión, siguió reflexionando, seguramente su marido decidiría volver a Londres, pero ella no se quedaría allí, aunque tuviera que escapar a escondidas, ella volvería a Oxford, a la casa de su padre. Viviría allí el resto de su vida, sola y aislada de un mundo que no comprendía, un mundo inexacto del que no podía deducirse el resultado con la mera observación de los hechos.

Siguió enumerándose todas las verdades que debía asumir. Su marido no sentía ningún afecto por ella. La pasión no era más que el reflejo de la que él sentía por lady Ocam. Fue capaz de controlar su imaginación para evitar que se formaran imágenes de su marido con otra mujer, por fortuna,

no recordaba a Lady Ocam de su breve temporada social, pero el maldito retrato hizo que aquellas imágenes fueran aún más dolientes, la mujer era bellísima. Se detuvo, sorbió las últimas lágrimas que estaba dispuesta a derramar por su fallecido matrimonio y respiro profundamente.

Establecidas las pautas de actuación, se reprochó todos los anhelos y las esperanzas que había alentado durante su breve matrimonio, en especial el deseo de llamarle por su nombre, Edmund. La rabia ocupó el lugar de la pena.

Cuando entró a la casa, su marido estaba enojado. Un matiz en su rostro impermeable, un ligero estrechamiento de los ojos al mirarla y una pequeña rigidez en la boca. Deseo ser el doble de grande para poder golpearle.

¿De dónde vienes?— le preguntó.. Estuve paseando por los acantilados.

— Evitó mirarle para mantener la compostura, quería llorar como una niña y golpearle como una fiera, se controlo para no hacer ninguna de esas cosas.

Prepara el equipaje. Regresamos a Londres. ¿Cómo es posible que el corazón pueda romperse dos veces, acaso el corazón es un órgano estúpido?, se preguntó. Sintió cada frágil pedazo de su voluntad tirar de las riendas. Por supuesto, después de la carta, desearía poder encontrarse con su amante aprovechando que el pobre marido estaba ausente. Le miró sin poder evitar el desprecio que le inspiraba.

¿Me dejarás en Oxford?

—¿Es eso lo que quieres?— preguntó él indiferente.

—Sí.

—Nos marchamos en una hora.— dijo dándole la espalda.

Se encerró en el estudio, tratando de tranquilizar sus demonios. Él mismo acababa de regresar después de haberla buscado por los acantilados.

Sabía que había leído la carta de Elizabeth. La caja no estaba en el cajón donde la había dejado sino encima de la mesa. No pudo soportar imaginar lo que ella pensaría de él, al descubrir la carta de su amante.

Ni quería, ni deseaba contarle a su esposa sobre Elizabeth en aquel momento, estaba enfadado con las dos, por haberlo confundido y ser incapaz de reconocer sus propios sentimientos hacia ellas. Elizabeth había sido su único amor durante demasiado tiempo, y si no la amara todavía, no hubiera sentido la rabia que sintió, cuando le anunció que se buscaría un

amante. Sin embargo, Rose, era cálida y acogedora y la idea de lastimarla le había vuelto loco. Hasta que se topó con su indiferencia y su desprecio.

Una indiferencia que no esperaba que le molestase tanto.

El viaje de vuelta fue silencioso, pero esta vez fue un silencio diferente.

Un silencio cargado de dolor y de remordimientos.

—Preferiría no sufrir las molestias de la intimidad durante el viaje de vuelta a casa.— le dijo ella.. Creo que debemos aclarar algunos asuntos. —

Su voz era dura.— Este es un matrimonio acordado, no sé qué esperabas conseguir tú, pero yo me casé para conseguir un heredero. Lamento que te hayas enterado de la existencia de Elizabeth, pero así son las cosas.

—Si hubiera sabido que existía otra mujer no me habría casado contigo.

Si no existiera otra mujer, yo no te habría elegido a ti.— Estaba enfadado con él, con ella y con Elizabeth, y aunque sabía que estaba siendo especialmente cruel con sus palabras, necesitaba desahogarse.

Ella se dolió del golpe. Le miró con desprecio.. Es posible que ya haya cumplido mi parte del acuerdo.— le dijo.— Si no estuviera embarazada, lo que sabré en unos pocos días, una semana a lo sumo, te dejare volver a mi cama. Así son las cosas.

El se acercó a ella, la tomó bruscamente por los brazos y la besó con furia. Ella se resistió al principio, cuanto más peleaba ella para soltarse, más se excitaba Edmund, pareció que ella finalmente se relajó entre sus brazos, y sus besos se hicieron menos agresivos. En el momento que la soltó los brazos para quitarle la ropa, sintió el rodillazo en su entrepierna.

Tendido en el suelo, ella le siguió golpeando con los pies desnudos en las costillas, cuando comprobó que se estaba haciendo más daño que el que provocaba, buscó por la habitación y encontró un zapato, lo cogió y empezó a golpearle en la espalda mientras él, más recuperado, empezó a levantarse.

No tuvo problemas en desarmarla.

—Te tendré cuando te desee.— Dijo y dios dos pasos hacia ella, ella retrocedió.

Si te atreves a tocarme juro por Dios, que lo pagarás. Te avergonzaré y te humillaré, y después te mataré.— Edmund se dio cuenta de que hablaba en serio y el odio que vio en los ojos de Rose, le paralizó.

Las palabras de alguna manera le hicieron comprender lo que parecía estar a punto de hacer. El deseo y la rabia habían tomado el control de su mente, respiro profundamente para tranquilizarse.

Esperaremos a saber si estás o no embarazada. Si no lo estás cuando volvamos a Londres, vete haciendo a la idea de que compartiremos la cama. Sólo me he casado para tener hijos legítimos, y tú aceptaste eso cuando te casaste conmigo. Lamento que te hayas enterado de mi relación con Elizabeth, pero es algo que debes afrontar y asumir.

Si no estoy embarazada, te admitiré en mi cama. Pero no ahora, ni dentro de unas semanas. Te avisaré cuando se me haya pasado el asco que me das. Las palabras de Elizabeth y de su padre llegaron a su memoria en una sola frase de dos voces, aun siendo conversaciones diferentes, “Ocam me da repugnancia”,” ¿quieres esperar a que otra mujer haga de ti lo que tú has hecho con Ocam?”. Sintió que el estomago se le revolvía. La idea de que Rose pudiera buscar a otro hombre era algo que le desangraba por dentro y hacia correr la rabia por sus venas.

Deseó poder tomarla contra su voluntad y reclamarla como un antiguo guerrero primitivo, atarla a la cama, la rabia y el deseo se agolpaban en su mente y en sus genitales, la deseaba como nunca antes había deseado a ninguna otra mujer. Supo que si no estuviera Elizabeth en su vida, la habría reclamado con su cuerpo y su vida.

Cuando llegó a su habitación estaba terriblemente afectado y confuso.

Trató de convencerse que el amor de su vida era Elizabeth, una mujer a la que había amado durante más de diez años, olvidándose de sus principios y de su voluntad, un amor diferente lleno de ternura y de un sentimiento etéreo y dulce, como la propia Elizabeth.

De repente la relación con su amante, su amor, le pareció una cuerda atada a su cuello. Algo que le impedía maniobrar sin ahogarse. Rose había resultado mejor de lo que esperaba, pero ahora, no podía cambiar los términos del acuerdo, en cuanto ella le proporcionara el heredero reclamaría la libertad prometida. Se convenció a sí mismo que así tenía que ser. Y que tenía que volver a los brazos de Elizabeth para recuperar la paz mental y física, pero no quería renunciar a Rose.

Ensilló su caballo, y se marchó dando órdenes a los criados y al cochero, que llevaran a su esposa directamente a Oxford.

Cinco días de trayecto en la soledad del carruaje terminaron de convertir en certeza todos sus miedos. La ayudaron a decidir sobre su futuro, también. Cuando Rose llegó a su antigua casa, su padre la recibió en un abrazo de oso. Nunca imaginó que pudiera sentirse tan reconfortada, se apretó contra él. Y abrazados entraron en la casa. Los criados y el coche cargado con sus baúles quedaron esperando en la entrada de la pequeña casa familiar.

Me alegra que hayas pasado por aquí antes de ir a Corthouse.— dijo su padre sentándose junto a ella en el sofá que había frente a un cálido fuego en la sala de visitas.

Quiero quedarme aquí.— dijo mirándole, sus ojos dejaron asomar la tristeza y el dolor que había estado conteniendo durante el viaje.. ¿Qué ha ocurrido?— preguntó tratando de mantener la calma, pero con deseos de aplastar el cráneo del vizconde por haberla causado el daño que se reflejaba claramente en su mirada. Seguramente si hubiera estado allí, lo hubiera hecho, pero solo podía preguntar.

No deseo continuar mi matrimonio. He decidido abandonar a mi marido. ¿Me permitirás quedarme contigo? como si fuera un animal herido, su padre le acarició la espalda, ver el dolor de su hija le hizo desear matar al hombre que, erróneamente, pensó podía ser un buen marido para su pequeña. Y deseó matar al conde, y matarse él mismo.

Cuando el conde de Carrick y él pensaron que aquel matrimonio podía darles a sus hijos una oportunidad para olvidar el pasado, no esperó ni remotamente que pudiera ver a su hija tan infeliz.

¿Te ha lastimado de alguna forma?

—¿Sabías que tiene una amante?

La expresión de su padre, le dijo que lo sabía. Durante un momento lo miro como si fuera un traidor. Se deshizo de su abrazo.. Muchos caballeros tienen amantes. ¿Y qué importancia tiene que busquen una amante durante el matrimonio, o que la tengan antes de casarse?.— dijo más tranquilo y tratando de explicar su opinión, sus palabras no tuvieron sentido para ella, porque solo reflejaban el punto de vista de un hombre, un género, que decididamente ella era incapaz de comprender. A todos los efectos, tú serás su esposa, la madre de sus hijos, vivirás a pocos minutos de tu familia. Si él tiene una amante, mejor para ti, eso te permitirá disfrutar de tu libertad.

Debiste decírmelo. Seguramente no lo hubiera aceptado, o quizás sí, no lo sé, pero mi actitud hubiera sido diferente, no hubiera tratado de complacerle para que pudiera sentirse cómodo en este matrimonio, si lo hubiera sabido, habría protegido mi corazón y mi orgullo.

Los hombres somos volubles dijo su padre. Y egoístas, y especialmente estúpidos. Pero tú eres un verdadero diamante. No teníamos dudas de que cuando te conociera se sentiría atraído por ti.

Ni siquiera ha tratado de conocerme, sólo me ha usado mientras pensaba en ella escupió con rabia.

—¿Eso te ha dicho?— preguntó enfadado.. ¿Decirme?.— estaba rabiosa.— No recuerdo haber mantenido una conversación con él tan profunda, apenas me hablaba durante las comidas, el resto del tiempo lo he pasado sola.— Por un segundo recordó las noches, pero borró las imágenes de su memoria.— Encontré una carta de su amante. Tuvimos una discusión y le eché de mi cama.

¿Puedes estar embarazada? . Es pronto para saberlo.

Diez minutos después, el honorable Sr. Redclive ordenaba al cochero que descargaran el equipaje de su hija, y los envió a la casa del conde.

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