Redhouse
Capitulo 14
HABÍAN transcurrido ocho días desde que la condesa viuda de Ocam había sido instalada en la mansión del conde de Carrick, las costillas rotas por la paliza no le permitían abandonar la cama, las magulladuras de su rostro habían desaparecido.
Edmund la visitaba por las mañanas y por las tardes, Rose por su parte se sentía como un alfiletero donde estaban clavadas decenas de alfileres que le llenaban de sentimientos dolorosos e inseguridades. Aun cuando no advirtió ningún interés especial en su marido respecto de su antigua amante, había conseguido una cierta serenidad mental que le permitió ser capaz de distanciarse de sus emociones para analizar la situación. No siempre lo conseguía.
Durante todo el tiempo que había permanecido allí, Lady Elizabeth se había mantenido alejada tanto de la invitada como de su marido, ese día fue algo especial, habían llegado dos mensajes, de Peter y de Virgil.
Mientras Edmund sacaba de la caja fuerte los libros de tapas negras donde se encontraban las claves para descifrar los mensajes, Rose los había descifrado.. Tenemos que mandar urgentemente el mensaje al almirantazgo.
— dijo Rose.— No es que me guste alardear, pero finalmente resultó que tenía razón, y en cuanto nuestros barcos dejen el canal de la Mancha, el comandante Walter se retirará de su puesto para abrirle un pasillo a los franceses para que puedan alcanzar Inglaterra.
Su marido, le sonrió dulcemente, desde que llegaron a Fowey no habían vuelto a compartir intimidades a pesar de compartir la cama cada noche, su relación parecía haberse transformado en una tibia amistad, algo más que una mera camaradería.
Edmund tardó algo más de una hora en descifrar ambos mensajes, y se tuvo que morder la lengua para no mostrar su total y absoluta admiración por su mujer. Desde su última conversación había tomado la determinación de cortejarla, seducirla y enamorarla para borrar cualquier rastro de reserva o inseguridad, y a la vista de los últimos acontecimientos era una tarea que tenía que ser postergada, aún así no podía evitar que su mirada o sus manos volaran hacia su esposa en cada ocasión que ambos estaban juntos. Rose por su parte, prefería fingir que no se daba cuenta de las primeras, y que no le afectaban las segundas.
Es una pena que no puedas ver la cara de Lord Sterling ni de mi padre cuando se enteren de las noticias. Tienes que mandarles un mensaje donde simplemente digas. “Se lo dije”.
Ella sonrió con los ojos, y empezó a cifrar el mensaje, lo que le llevó apenas diez minutos. Edmund de todos modos utilizó los códigos para cerciorarse de la exactitud del mensaje, lo que le llevó una hora, después de la cual, selló el mensaje, y se lo entregó al Sr. Paul.
Debe llegar a Londres en tres días.— le dijo y el mayordomo le hizo una señal de asentimiento, entre ellos se cruzó una mirada de entendimiento.
Aquel mismo día Lady Elizabeth decidió bajar al salón a cenar, ayudada por su doncella, consiguió sentarse controlando bastante el dolor que parecía estar sufriendo. Cuando Rose la vio, miro a Edmund esperando una reacción frente a la intromisión de su antigua amante en sus momentos de privacidad.
Me alegra ver que te encuentras bien.— dijo Edmund.— Eso significa que pronto podrás regresar a Londres.. Aún no me encuentro recuperada para viajar.— contestó la mujer y adoptando una actitud arrepentida, se dirigió a Rose.— Espero que no te moleste que haya bajado, pero llevo demasiado tiempo encerrada en mi habitación.
Ciertamente me molesta.— contestó Rose.— Imagino que para que tú te sientas a gusto debo ser yo la que se sienta fuera de lugar en mi propia casa. Ambas mujeres miraron a Edmund para que fuera él quien decidiera si Elizabeth se quedaba o debía retornar a su habitación, con gesto galante tomó la mano de su mujer y le ayudó a sentarse frente a Elizabeth, a
continuación tomó asiento en la cabecera de la mesa, con ambas mujeres a cada lado.
No puedo imaginar algo mejor que cenar con las dos mujeres que amo.
Rose pudo oír el sonido de cristales rotos en su alma, Elizabeth en cambio sonrió y su rostro se iluminó convirtiéndola en alguien diferente, su belleza se había trasformado en algo sublime con una simple sonrisa. Rose comprobó que a pesar de todo, no se muere ni de amor, ni de rabia, ni de celos. Luchó consigo misma para permanecer sentada a la mesa. No pensaba huir de lo que fuera que descubriera en aquella cena, pero sería definitivo para ayudarle a tomar la decisión de abandonar a su marido, una voluntad que flaqueaba constantemente.
Todos cometemos errores.— dijo Elizabeth mientras apartaba los guisantes a la orilla del plato.— Pero las personas civilizadas discuten los problemas y buscan soluciones.. No acabo de entender a que se refiere.—
dijo Rose tensa como la cuerda de un arco, y con verdaderas ganas de asesinar a la mujer, que con las palabras de Edmund parecía ser ella la dueña de la casa.
Creo que Edmund nos quiere a las dos. Yo estoy dispuesta a compartirlo ya que no lo puedo tener solo para mí.
—Claro que puedes.— dijo Rose que había empezado a sentir un zumbido que le nacía en los oídos y le alcanzaba los dedos de los pies.—
Yo te doy mi parte. . Eres muy amable.— dijo con ironía la condesa.. Me parece que no estoy dispuesto a dividirme en partes, así que tendrán que tomarme entero por turnos.— dijo Edmund con la misma entonación con la que hablaría del calor de las tardes de verano.— Es evidente que mi esposa no está en condiciones de aguantar mi peso, eso le haría daño al niño…
Las orejas de Rose estuvieron a punto de salir disparadas de su cabeza, de repente todo se volvió rojo sangre, sin ser consciente realmente de lo que estaba haciendo, cogió el cuchillo de la carne y lo clavó en el antebrazo de su marido. Edmund con reflejos de gato la tomo de la muñeca y la desarmó, sus miradas se encontraron. La sorpresa y el dolor brillaban tras la mirada de Edmund, el odio se concentraba en los ojos de Rose.
A penas le soltó la muñeca, ella huyo del salón.. Creo que es mejor para todos que se vaya.— dijo Elizabeth con aquella dulzura que durante tantos
años le había mantenido en sus redes.— En su estado no es bueno para el bebé que sufra disgustos.
Será lo mejor.— dijo quitándose la chaqueta con ayuda de uno de los lacayos, mientras el otro había salido en busca del mayordomo. En cuanto el Sr. Paul apareció con una bandeja en la que traía vendas, y una crema para la herida. Elizabeth continúo comiendo mientras Edmund era atendido en la cabecera de la mesa, la manga de la camisa por encima de su codo, estaba arruinada por la sangre de la herida.
Que preparen el equipaje de mi mujer, se marchará por la mañana. El rostro del mayordomo no podía estar más impasible, se limitó a asentir con la cabeza. Con el antebrazo vendado, y en mangas de camisa, prosiguió la cena como si nunca hubiera sido apuñalado.
Rose no había regresado a la habitación, necesitaba huir a un lugar donde nadie pudiera encontrarla, salió a la noche y caminó deprisa balanceando su enorme cuerpo a los lados. La oscuridad y el viento cálido consiguieron calmar parte de la desesperación, sus pasos la llevaron sin querer al pequeño valle escondido. Al bajar por la pendiente resbaló, y cayó sobre su trasero, al tratar de levantarse una de las manos donde apoyaba su peso perdió el apoyo sobre la piedra, y al resbalar esta, se torció la mano haciéndola caer hacia ese lado.
La inercia la llevó medio metro por la pendiente, cuando consiguió frenarse, se quedó quieta, recuperando la razón. De repente se encontró completamente agotada, y pensó que si se tumbaba sobre el suelo la muerte la encontraría, no era capaz de articular ningún pensamiento lógico, sólo podía ver las imágenes de su marido y Elizabeth juntos.
Media hora después de haber llorado hasta la extenuación, fue llegando el alivio. A pesar de la calidez de la noche, su cuerpo estaba temblando de un frio que venía de dentro a fuera.
No podía volver a la mansión, y comprendió que tampoco podría pasar la noche a la intemperie, a pesar de que poco antes había deseado morir no lo deseaba en ese momento. Se levantó con cuidado y ascendió la pendiente a cuatro patas, la barriga le desestabilizaba en algunos momentos y entonces tenía que arrodillarse para no dejarse caer de nuevo hacia abajo.
Con fuerza de voluntad y bastante esfuerzo llegó al camino, desde allí podía ver las luces de la casa, se orientó y tomó el sendero que la llevaría
hasta el camino del pueblo. Eran cinco kilómetros de camino, pero era más fácil caminar hacia un objetivo que pararse a pensar, regresar estaba descartado de su mente. Los cascos de unos caballos rompieron su concentración, por suerte el camino estaba bordeado por zonas arboladas, no le fue difícil esconderse en la maleza a tiempo para que el jinete pasara por su lado sin percibir su presencia. Desde la oscuridad de su escondite no pudo distinguir la identidad del hombre que galopaba como el diablo en dirección al pueblo. Imaginar que era Edmund la lleno de una sensación de amarga alegría, y de nuevo, las lágrimas empezaron a desbordarla. Se quedó sentada un buen rato recostada sobre el árbol que le había servido de parapeto, cuando consiguió calmarse se puso en pie con cierta dificultad, el bebé que llevaba en sus entrañas parecía decidido a balancearse dentro de ella y poner en peligro su estabilidad.
Finalmente decidió seguir el camino en paralelo, y eso le costó tropezar con el saliente de una roca, el dedo gordo de su píe empezó a gritar un dolor agudo, haciéndole olvidar, por un momento, del dolor sordo de su muñeca. Regresó al camino.
La noche sólo permitía ver las siluetas de los árboles a la vereda del camino, y este parecía desaparecer en cada curva de su trayectoria, pero al menos, era de tierra aplastada y sus pies embutidos en unos zapatos de seda solamente padecían los dolores de las secuelas de su aventura en la pendiente. Rose percibía las consecuencias de su huida como leves molestias en comparación con el caos devorador que le recorría las venas.
Repentinamente un caballo se cruzó en su camino, ella trató de girar y volver al bosque pero antes de que pudiera hacerlo, unos brazos enormes la colocaron sobre el caballo, el terror se hizo hueco entre el tumulto caótico de pensamientos y sentimientos, cuando comprendió que el hombre que se alejaba con ella no era ni su marido ni nadie que ella hubiera visto antes.
Después de la cena Edmund y Elizabeth pasaron al salón, cuando el lacayo les sirvió unas bebidas, brandy para él, oporto para ella, se marcho dejándolos solos. Elizabeth se transformó de nuevo en la criatura cálida y amorosa que Edmund recordaba.
Te extrañé.— dijo él.. Lamento mucho lo que pasó.— dijo ella evitando su mirada.— Seguramente no sea el mejor momento para hablar de esto, pero nada de lo que dijo Ocam en su testamento era cierto. Puede que mi
comportamiento posterior a tu boda haya contribuido a que las mentiras hayan sido más fáciles de creer. Pero estaba consumida por los celos y la rabia, esa es mi única excusa.
Eso ya no importa.— dijo él sentándose en una silla frente al diván donde ella se había acomodado. He tomado cariño a mi esposa, y no deseo que sufra innecesariamente, creo que me ama, y no creo que acepte nuestra relación, así que debemos ser discretos.
Una ráfaga de malicia atravesó la mirada de la mujer, que enseguida se torno blanda. . Desde luego.
Necesito a Rose para conseguir un heredero, y al menos un repuesto.—
le sonrió de un modo íntimo.— Podemos prescindir de la discreción en cuanto mi esposa me dé los hijos que necesito.
—No discutiré contigo, dijo ella demasiado sumisa, incluso para la antigua Elizabeth.— Pero entenderás que no me sienta feliz, al imaginarte en su cama.
Si Rose fuera otra clase de mujer…Ambos se miraron entendiéndose mutuamente, la mujer le miró intensamente y Edmund pudo ver su excitación más allá de su mirada. La respiración de Elizabeth se hizo más profunda y sus pechos llenaron hasta rebosar el escote nada discreto de su vestido, Edmund los miro como si estuviera decidiendo cuál de ellos comería primero.
Tendremos que esperar a que se marche mañana para completar nuestra reconciliación.— dijo resignado. Elizabeth se inclinó hacia él, intentando mostrar más de su cuerpo, y pasó sus manos en una lenta caricia por las piernas de Edmund, desde la rodilla hasta la entrepierna, el cogió sus manos entre las suyas antes de llegar a su objetivo.
Con los dedos entrelazados empezaron a juguetear con los dedos, él le acariciaba la palma con los pulgares.
—Ella me perdonará si cree que sólo he recuperado una vieja amistad, por mucho que pueda dolerle, pero no lo hará si comprueba que duermo contigo.. ¿Cómo podría comprobarlo?
—Mi esposa y yo dormimos juntos.
—Nunca imaginé algo así.— dijo Elizabeth casi divertida.— ¿No es un poco burgués? . Ciertamente.
No creo que sea seguro para ti dormir esta noche con ella.— le señaló la herida con un gesto.
—Seguramente este profundamente dormida cuando me acueste. El embarazo, ya sabes. Elizabeth no percibió el tono irónico de la última frase de Edmund, trató de zafar sus manos para poder acariciarle, pero él las llevó a su boca, y fue besando y lamiendo cada uno de sus dedos.
La puerta se abrió, y entro el Sr, Paul, su rostro estaba lívido, los miró y su malestar se manifestó con un ceño que le hacía juntar las cejas sobre la nariz.
—¿Ocurre algo?— preguntó Edmund molesto por la interrupción y por el desagrado manifiesto del mayordomo, con desgana soltó las manos de Elizabeth. . Milady ha desaparecido.
Los ojos de Edmund se convirtieron en dos diamantes grises, su mirada tan fría y cortante como la piedra.. ¿Cómo ha podido desaparecer en plena noche?
—No lo sé, milord. Acabo de ver a Jenny en la cocina y al preguntarle cómo se encontraba la señora me ha dicho que no había subido a su habitación, por lo que había regresado a la cocina.
¿Habéis registrado la casa?
—Sí, milord. Hemos revisado los establos y no falta ningún caballo.
¿A qué estás esperando?. Organiza a todos los criados de la casa para que la busquen por los alrededores?
—Por supuesto, milord.
Edmund se levanto de la silla, ayudo a Elizabeth a ponerse en pie y deposito un beso suave sobre su nariz.
—Si algo le pasa a mi esposa.— le dijo con dulzura.— Te matare. La expresión de Elizabeth cambio al comprender las palabras de Edmund, le miró directamente a los ojos tratando de comprender si había escuchado bien. En ese momento se dio cuenta que Edmund podía llegar a cumplir su amenaza, sin pestañear.
Los criados estaban reunidos en el vestíbulo de la mansión esperando órdenes, Elizabeth le siguió con el desconcierto pintado en su cara.. Verty.
— ordenó Edmund a uno de los lacayos.— Vigilarás que la condesa de Ocam no salga de sus habitaciones hasta que mi esposa regrese. Si intenta huir se lo impedirás de cualquier modo, si es necesario, mátala.
No será necesario.— titubeó Elizabeth que parecía comprender finalmente la trampa donde ella misma se había metido.
—Por supuesto que es necesario.— le dijo Edmund con un tono aterciopelado más propio de un amante.
Capítulo 15.Las noticias de Fowey llegaron a Londres el día 12 de julio de 1805, Lord Sterling y el conde de Carrick se reunieron con el primer ministro apenas media hora después de haber decodificado los mensajes, a pesar de que Rose no había seguido el consejo de su marido, las miradas de los jefes de la redes parecían sentir el “ya te lo dije” como un reproche silencioso.
Rápidamente las órdenes fueron impartidas, el “Tempos” el barco más veloz de la armada británica tendría que ir en busca de los barcos que se dirigían a la Martinica para ordenar su regreso al mar Cantábrico. Varios emisarios salieron hacia el norte de España y Gibraltar para transmitir las nuevas órdenes al resto de la flota.
Las actividades del alto almirantazgo, como una reacción en cadena, movilizaron a los agentes franceses en su afán por advertir a Francia de los planes británicos, la red silenciosa de Carrick actuó en suelo británico, mientras la de Sterling empezó a moverse a lo largo del continente, alertando a los altos cargos de los regimientos que permanecían en el continente.
Perseo había ocupado su cargo como ayudante del almirante Walter, y se encontraba en cubierta observando las gaviotas que indicaban que la Martinica estaba a pocos días de distancia, el vigía avistó un barco francés que emprendía el regreso de vuelta a casa y dio la alarma.
En el camarote del almirante Walter, sus oficiales trataban de decidir entre dirigirse a la Martinica o perseguir al barco francés y proceder al ataque del mismo. . Las órdenes son claras.— dijo el capitán.— Debemos proteger y custodiar la Martinica. . No podemos dejar marchar el barco francés. comentó el teniente. Independientemente de las órdenes estamos en guerra con Francia, debemos atacar. El capitán se encontró solo en su tesis, la conversación entre los oficiales se fue calentando ante el empecinamiento del capitán, el almirante tuvo que intervenir cuando como uno solo, los oficiales insinuaron la cobardía del capitán.
Seguiremos al barco francés, y si la mar es propicia atacaremos. Si los vientos nos separan del objetivo, daremos la vuelta para cumplir las órdenes. El malestar se había instalado entre los oficiales, y el capitán no estaba nada contento con las insinuaciones del resto de sus camaradas.
Durante dos días los vientos fueron propicios para ambos barcos, y poco a poco, las distancias se fueron reduciendo aunque no lo suficiente para entrar en acción.
Cada día la tensión parecía crepitar en torno a los hombres, no sólo los oficiales parecían mantener una guerra soterrada, también los marineros aprovecharon estas diferencias entre los mandos para obtener ventajas, que se traducían en el descuido de sus propias tareas.
El almirante Walter veía el resultado de aquella tensión, pero no terminaba de adivinar cuál era la verdadera causa, no siempre sus oficiales se habían mostrado de acuerdo en las decisiones que finalmente se adoptaban, pero ver que las disputas alcanzaban a los marineros, le llevó a reunir de nuevo a los oficiales de su fragata. . Una indisciplina más por parte de alguien de la marinería, y procederé al arresto inmediato del oficial al mando. Una pelea más entre sus subalternos y serán castigados de manera ejemplarizante. ¿He sido suficientemente claro, señores?
Todos asintieron, pero para su desconcierto, lo que pretendía ser una amonestación había incrementado la tensión y la desconfianza. Al día siguiente una vela de la mayor se soltó haciéndoles perder el viento durante más de una hora, lo que propició una considerable ventaja para el enemigo.
Aquella misma tarde, cuando prácticamente estaban a punto de dar la vuelta de regreso a la Martinica les abordó el capitán del “Tempos”, le entregó las órdenes del Alto almirantazgo, que se leyeron frente a todos los oficiales.
Nadie advirtió la palidez extrema del capitán cuando se disculpó para transmitir las órdenes sobre el rumbo a su segundo. El barco francés desapareció en el horizonte aprovechando la ventaja, el día 20 de julio había conseguido acercarse a la costa española, el mal tiempo no le permitió acercarse a tierra y cuando el temporal remitió, y emprendió de nuevo su camino para encontrarse con el resto de las fragatas, fue rodeado por barcos enemigos que no tardaron en atacar, a pesar de la distancia, a tiro de cañón que los barcos mantenían entre sí, el barco francés consiguió
hacer blanco dos veces, mientras los británicos sólo habían conseguido quebrar su palo mayor. Cabalgando sobre la mar en calma chicha se fueron acercando mas fragatas, francesas e inglesas, el cielo y el mar se llenaron de humo y pólvora. Danzando un extraño baile las fragatas se acercaban y alejaban al ritmo de los cañones, parecían haber llegado a un punto muerto, donde la mayoría de las naves ardían por alguna parte, y como desarrapadas sin futuro, se acercaban tratando de abordarse con la desesperación y dolor pintada en la cara de los combatientes.
El almirante Walter fue herido y retirado del puente de mando, el capitán Jeremy Saltten asumió el mando, retirando la fragata del combate y llevándola hasta las costas españolas, entre el caos, el humo del fuego y el humo de los cañones no fue difícil pasar inadvertida, lo difícil fue no encontrarse alguno de aquellos disparos que se lanzaban al azar.
El día 22 de julio frente a las costas de Finisterre, la flota francesa amaneció destruida, la batalla había resultado dura, y la armada británica no parecía capaz de afrontar una nueva escaramuza, pero varias fragatas provenientes de Gibraltar terminaron de sellar el destino de los franceses, y de sus planes de invadir Inglaterra.
Dos semanas tardaron Peter y Virgil en conseguir la información que hubiera podido evitar la batalla y la matanza. Pero por fin habían cazado a Perseo. En una pequeña casa de pescadores de la costa de Fowey, en una playa escondida a la sombra de los acantilados, se encontraba Rose. Había tenido tiempo para reflexionar sobre lo sucedido en la última semana, durante los primeros dos días se había sumido en un sueño reparador producto del agotamiento físico y mental.
Su salvador o secuestrador había sido brusco desde el momento en que la bajo del caballo y la arrastró al interior de la cabaña, donde la dejó sobre el pequeño camastro que ocupaba el único cuarto de la casa. Tuvo recuerdos intermitentes de esos primeros dos días, donde era despertada para tomar sopa de pescado, y té demasiado amargo para su gusto.
Al tercer día de su estancia allí, despertó con una lucidez nueva, un hombre estaba sentado en una de las dos sillas, en la mesa que había frente al fogón. Observó el entorno antes de llamar la atención del hombre.
La casa se componía de aquella única estancia, la cama iba de pared a pared en el fondo, tenía la puerta frente a ella, pero la mesa y las sillas
obstaculizarían su huida en el caso de que hubiera querido intentarlo. .
¿Cómo se encuentra?— la voz del hombre era tan seca como la recordaba, pero parecía ser su tono normal.
Cuando este se volvió a mirarla descubrió que tenía el rostro cubierto por una máscara de carnaval, sólo sus labios y su barbilla sobresalían..
Supongo que bien. ¿Quién es usted?
—Eso depende del día.— contestó sin variar la aspereza de su voz.
—¿Qué piensa hacer conmigo?— dijo sentándose al borde de la cama.
Será mi rehén durante un tiempo.— dijo el hombre.— Le traeré comida todos los días, y si trata de escapar me obligará a utilizar la violencia, lo que me desagradaría teniendo en cuenta el estado en el que se encuentra.
Después de aquella primera conversación no hubo más, el hombre salió de la casa, y sólo aparecía para dejar en la mesa la comida, marchándose a continuación. Dos días después de haberse despertado, se atrevió a salir fuera de la cabaña para tratar de situar el lugar en el que se encontraba. No fueron necesarias las palabras para hacerla regresar a la seguridad de la cabaña. Apenas puso un pie fuera, escuchó el sonido de una pistola y un segundo después la sintió sobre su oreja.
Los días y las noches pasaron a paso de caracol, los minutos se arrastraban dejando tras de sí una estela de incertidumbre. Rose vivió cada minuto, hora y día que pasaba sin que nadie fuera a rescatarla con la certeza de que moriría allí.
Entregadas las órdenes y cumplidas por quienes debían llevarlas a cabo, tanto Carrick como Sterling se centraron en la búsqueda de Redhouse.
Todos los agentes habían sido movilizados, mientras Edmund mantenía a Elizabeth vigilada en la casa, día tras día recorrió cada camino y sendero que partía de la casa hacia el pueblo. Preguntó a todos y cada uno de los habitantes de Fowey, y con ayuda de la mayoría de los lacayos y las gentes del pueblo fueron examinando los acantilados, incluso llegaron a descolgar al hijo del posadero por algunos de ellos durante la marea baja.
No había rastro de Rose ni viva ni muerta. La desesperación de Edmund le impedía dormir más de tres horas por día, y sólo comía al despertar, de madrugada y antes de que las partidas de búsqueda se reunieran, se adelantaba a estas, en su desesperación por encontrarla.
Si sólo hubiera desaparecido Lady Rose, vizcondesa de Cortwind, hubiera podido templar sus nervios y controlar el pánico, pero su esposa era Redhouse, la codificadora buscada por los franceses, y estos estaban allí, o de lo contrario no hubieran enviado a Elizabeth para intercambiar los mensajes.
Por sus venas corría una niebla helada que había conseguido desterrar cualquier atisbo de compasión, al regresar del cuarto día de búsqueda, decidió que solo tenía un camino que recorrer. Elizabeth.
Con el aspecto de un ser nacido del mismo infierno, subió hasta la habitación de Elizabeth donde esta gozaba de las comodidades de su casa, durante su cautiverio sólo le había negado la salida del cuarto, pero eso estaba a punto de cambiar.
Si sabes lo que te conviene colaborarás conmigo, y lo harás sin subterfugios. . No entiendo de qué hablas. Edmund realmente estás siendo bastante irracional. Si este es el trato que piensas darme, sería mejor que me marchara.. Te marcharás al infierno, pero antes haré que me supliques.
Ella le miró desconcertada.
—¿Dónde está mi esposa?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
En un salto llegó hasta ella, la cargó sobre su hombro, ante el rostro asombrado de la mayoría de los criados de la casa, la subió hasta el tercer piso. Entró en una habitación y mientras con una mano inmovilizaba el cuerpo de la condesa, con la otra abrió la ventana.
Antes de que la mujer pudiera adivinar qué estaba pasando, se vio lanzada al vacio, las manos de Edmund la tenían cogida por los tobillos.
Por primera vez Lady Elizabeth comprendió que no se trataba de una mera amenaza. Supo que de nada le serviría fingir o desentenderse confiando en que Edmund sería incapaz de lastimarla seriamente, el terror la inundó cuando él la hizo balancearse hacia los lados, la falda del vestido caía sobre su cabeza.
Te diré lo que sé, pero por Dios, no me sueltes.
—Empieza.— dijo deteniendo el leve balanceo.— Estoy muy cansado, y si no te das prisa es posible que no pueda sostenerte el tiempo suficiente.
—Un hombre vino a verme a Londres, llegamos a un acuerdo, pero no tengo nada que ver con la desaparición de tu esposa.
—¿Fue él quien te golpeó?. Sí. Sabíamos que no me dejarías en la posada, aunque sólo fuera para que yo no pudiera acusarte de haberme golpeado.— Elizabeth daba sus explicaciones con el tono agudo del terror.
¿Dónde puedo localizarlo?
—No lo sé.
El cuerpo de Elizabeth empezó a oscilar en el vacío. Una mano de Edmund empezó a deslizarse desde el tobillo al pie.
—Se escondía en una casa abandonada, una casa de pescadores, te juro que no sé nada más.— Por primera vez escuchó llorar a la mujer sinceramente, derrotada. La subió sin cuidado de que el cuerpo de la mujer no se golpeara o arañase con la áspera pared. Apenas la puso dentro de la habitación, cayó desplomada sobre sus piernas, a pesar de su estado de ánimo, comprobar que la mujer le tenía miedo, fue la única satisfacción que consiguió ese día.
Cuando llegaron Peter y Virgil, en la mansión sólo estaban el Sr. Paul, la cocinera y el lacayo que vigilaba a Lady Elizabeth. Tras ser informados de lo que estaba ocurriendo se unieron a las partidas de rastreo. Se encontraron con Edmund golpeando matojos en una zona de bosque a tres kilómetros de la mansión, Virgil comprendió que no era a su hermana sino a su cadáver lo que andaban buscando.
Edmund levantó la vista hacia los recién llegados, pero no fue hacia ellos, espero que llegaran a su altura.. ¿Qué diablos ha pasado?— preguntó Virgil. Estaba furioso, y si la expresión de Edmund no hubiera sido tan triste y desesperada, seguramente se hubiera enzarzado con él en una pelea de puñetazos y patadas.
Hace diez días que Rose desapareció.. Pensé que podrías ser un buen marido para mi hermana.— dijo con rabia.— has resultado una gran decepción para mí y para mi familia.— Respiró profundamente para controlar el nudo que se le había formado en la garganta. Cuando la encontremos no voy a permitir que vuelva contigo.
Edmund se envaró, pero encontró la excusa perfecta para desahogar toda su rabia, y quizás marido y hermano de la desaparecida hubieran acabado matándose, si Peter no se hubiera interpuesto entre ellos.
¿Has ido a la cala de Lowy?— preguntó Peter a su primo.
—Es imposible que este allí…Mierda.— gritó y se encaminó hacia su caballo.
Los recién llegados le siguieron, galoparon en dirección oeste tres kilómetros, después tuvieron que desmontar para ascender por una loma, desde la cima pudieron ver la casa de Lowy, llegar allí era imposible si no se conocía el camino. Había un sendero de bajada, que era engañoso, pues se iba desviando hacia la derecha hasta quedar prácticamente al aire sobre la roca, recordaban que había una especie de cueva.
Voy a volver al pueblo.— dijo Edmund.— Tratare de llegar a la cabaña por el mar, tú, le dijo a Peter ¿Recuerdas la cueva?— su primo asintió, después se dirigió a Virgil. Tu quédate aquí y vigila cualquier cosa que pase.
Virgil asintió de mala gana, sacó la pistola que colocó en su regazo después de sentarse. Durante dos horas estuvo mirando el mar, la playa, la casita y los acantilados perforando con su mirada a través del aire para descubrir cualquier cosa, pero todo a su alrededor transmitía calma, y como una premonición empezó a sentirse aliviado.
No tardó en divisar una pequeña embarcación con varios hombres en la playa, dio por supuesto que era Edmund hasta que descubrió un gigante entre ellos, el mismo que le había secuestrado unos meses antes. De la sombra de los acantilados surgió un hombre que se encaminó hacia los recién llegados.
El primero en lanzarse al agua fue el gigante, le siguieron tres hombres, en cuanto alcanzaron la playa el hombre de los acantilados se acercó a ellos, estuvieron hablando y señalando la cabaña, el gigante cabeceo mostrando su acuerdo. Desde donde estaba no podía distinguir el rostro de ninguno de ellos.
Otro barco se acercaba al primero, pero sólo iban Edmund y dos hombres más, los del primer barco dispararon a los tripulantes de la nave que se acercaba, los hombres se tiraron al suelo dejando el barco a la deriva que se fue alejando de la playa, cuando el barco que había llevado al gigante se disponía a perseguir al otro, oyeron un grito ronco y seco, la orden del gigante les corto las intenciones.
Virgil se había levantado al ver salir a su hermana de la cabaña. De repente le pareció que no podía quedarse allí simplemente mirando, tomo el
sendero que le pareció era el camino más evidente, por suerte el camino le obligaba a caminar despacio, obligándole a fijarse en donde ponía los pies, y pudo ver el peligro antes de caer en el vacío.
Regresó sobre sus pasos y trató de imaginar el camino que había seguido Peter, comprendió la conversación entre los primos, y buscó la entrada de una cueva, había varias, algunas se terminaban a dos metros de la entrada, otras continuaban en total oscuridad hacia las entrañas de la tierra.
Se dio por vencido y regresó a la cima para al menos ser testigo de lo que fuera que estaba pasando. Vio la barca de su cuñado llegar a la playa, la otra había desaparecido de su vista, y ya no quedaba nadie en la playa.
Desesperanzado se dejo caer de nuevo sobre la cima, cuando Edmund llegó hasta él una hora después a través de las cuevas lo encontró sollozando.
Todo está bien, Virgil.— le dijo.— Son de los nuestros.
Capitulo 16.
Mientras Rose era examinada por el médico, Edmund esperaba en el pasillo, finalmente el doctor confirmó lo que ella había adelantado, que no tenía ningún daño. Los dos se encaminaron hacia el estudio donde esperaban Peter, Virgil y el gigante que la había llevado en brazos hasta el barco. A pesar del resultado de la aventura, Rose no pudo impedir que un escalofrío le recorriera la espalda, cuando el gigante la cogió en brazos para llevarla hasta el barco, sintió verdadero miedo de no volver a ver a sus seres queridos, especialmente a Edmund, pero cuando descubrió a Peter en el pasaje su cuerpo se desplomó, o se hubiera desplomado de no tenerla el gigante entre sus manos.
¿Se encuentra mejor?— preguntó Mcanein intentando una sonrisa.
—Mucho mejor, gracias.
Virgil la estrechó entre sus brazos en un abrazo incompleto porque la enorme barriga de Rose impedía la aproximación. Edmund se sirvió una copa para estar a la par con el resto de los caballeros presentes, el Sr. Paul llegó casi al instante con una bandeja de té, había una enorme tetera junto con una taza y dos azucareros, Rose miro al hombre con una gran sonrisa.
Me temo que Polifemo ha escapado.— dijo Peter y preguntó a Rose.—
¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Suponiendo que fuera el hombre que me llevo a la cabaña, esta mañana entró a dejarme la comida del día.
—¿Suponiendo?— preguntó Virgil con una ceja levantada, conocía demasiado bien a su hermana para dejar pasar el tono que ella había empleado.. El hombre que me secuestró, y los que me han estado llevando la comida a la cabaña no eran el mismo, de hecho, creo que eran cuatro diferentes, no pude verles el rostro, por la máscara, pero aunque físicamente eran muy parecidos, hay detalles que me hacen pensar lo contrario.
¿Qué detalles?— preguntó Peter.
—El hombre que me secuestró era bastante fuerte, pero no tanto como Mcanein. . Nadie es más fuerte que yo.— bromeó el escocés.
Lo que quiero decir, uno de los hombres era zurdo y los otros eran diestros. Otro tenía una verruga en la doblez de la barbilla. El resto de las diferencias eran más sutiles…
¿Una verruga en la barbilla?— preguntaron al unísono Peter y Edmund.
. ¿Sospecháis de alguien?— preguntó Rose, adelantándose a los otros dos.
Es el nieto de Lowy. Supongo que fue él quien escogió la cabaña para mantenerla oculta.— dijo Edmund.— Tenía que haber pensado en él, pero estaba demasiado aturdido y desesperado para pensar con claridad.
—¿Qué vamos a hacer con ella?— preguntó Rose.
Me la llevaré a Francia.— dijo Mcanein. Todos le miraron sorprendidos.
Por supuestos ustedes me van a permitir rescatarla, y ponerla a salvo.—
Su voz era absolutamente irónica.
Todos quedaron callados durante un momento, después fue Peter quien asintió con la cabeza, a continuación Virgil, y Edmund, solo Rose parecía reflexionar. . No funcionará.— dijo tajante.
—¿Por qué no?— preguntó el gigante.— Yo seré su superior, aunque me diga sus identidades yo ya las conozco, no existe realmente un gran riesgo.. Por favor no se ofenda.— dijo Rose.— Usted no es capaz de controlar a Elizabeth, ella encontrará la forma de dominarlo a usted, o a cualquiera que pueda serle de utilidad. No me parece una mujer que se dé por vencida con facilidad.
Ahora que Celina ha muerto… — insistió Mcanein.
—Ya lo tengo.— dijo Edmund con una sonrisa gatuna.— Ya sé lo que haremos con ella.
Dos semanas después volvieron a reunirse en Corthouse, todos bebían brandy de contrabando en el estudio del conde, acompañados de este y de Redclive, mientras Rose en su habitación había decidido maldecir a los hombres en general y a su marido en particular.
Con cada contracción las maldiciones iban aumentando en intensidad y volumen. Hora y cuarto después de haberse puesto de parto, nació el bebé.
—El parto ha sido muy fácil.— dijo la matrona sonriendo.
—Si esto ha sido fácil, no quiero imaginar un parto complicado, sinceramente no creo que pudiera soportarlo. En cuanto se anunció la llegada del nuevo miembro de la familia Cortwind, todos los hombres del estudio a excepción de Edmund que subió corriendo hacia la habitación, empezaron a brindar por Rose y el bebé.
Edmund tuvo que esperar a que adecentaran a la madre y al pequeño, Jenny fue la única que encontró la fuerza para impedir que entrase a la habitación. Cuando por fin estuvieron listos se acerco a la cama, besó a una adormilada Rose en los labios, ella trato de mantenerse despierta.
Aquí tiene a su heredero, milord.— le dijo ella señalando el paquetito blanco que descansaba sobre su hombro.
—Me hubiera gustado que hubiera sido una niña como su madre.
—Si quieres una niña, la tendrás que tener tú. El sonrió, recogió el paquete y lo abrió para ver una carita redonda y arrugada de la que sobresalía una gran nariz, las manitas del bebé empezaron a buscar en el aire, el vizconde le entregó su dedo, y sintió una emoción nueva al ver a su hijo amarrado a él.
¿Has pensado un nombre?— preguntó Rose.
—No. ¿Tienes alguna preferencia?— Ella negó con la cabeza.
—Gabriel, ¿Te gusta?
—Me gusta. Gabriel
Cuando Rose se quedó dormida saboreando el nombre de su hijo, Edmund bajó a la planta baja donde todos esperaban para conocer a Lord Gabriel Cortwind, barón de Sefard.
La matrona no permitió que el padre se apropiara del niño más que unos cuantos minutos, acompañada de Jenny como fuerza de apoyo, consiguió quitarle el bebé, Edmund estuvo tentado de tirar de él como un perro que pelea por un hueso, pero se lo entregó a la mujer.
El brandy y los mejores puros se repartieron entre los caballeros, todos estaban sentados de manera informal en la biblioteca, donde se habían retirado después de que la matrona se llevara al niño.
Bueno señores, hoy es un gran día para esta familia.— dijo el conde alzando su copa.— Brindo por mi nieto.
—Por mi nieto.— se unió Redclive.
La imagen de los dos hombres levemente achispados hizo que el resto no pudiera evitar sonreír al verlos comportarse como dos adolescentes en su primera parranda. . Por fortuna.— dijo Peter.— La guerra sigue estando lejos de nuestro suelo, y Gabriel tendrá una buena infancia.
—¿Es cierto que le han retirado el título a la condesa de Ocam?—
preguntó Redclive al conde.. En cuanto el parlamento “supo” de su implicación en el crimen de su marido, y su participación en el de la cortesana y el francés, aceleraron los trámites de la nulidad del matrimonio de Elizabeth Charlton con el anterior conde. Cuando el fiscal la ofreció la posibilidad de declararse culpable para cambiar la horca por la deportación no lo dudó ni un segundo. Todos hemos estado presionando para limpiar el nombre de Charles, así que en breve todo estará solucionado. Incluyendo lo del título.
¿Le dan un titulo a Charles?— preguntaron al mismo tiempo Virgil y el gigante sin poder disimular su asombro.
—No a él, a mí. A primeros de septiembre seré conocido y reconocido como Lord Peter Manning, decimotercer conde de Ocam.
—Enhorabuena.— dijo el gigante palmeándole la espalda.— ¿Te quedaras en casa a cuidar de tu nuevo título?
¿Acaso te has quedado tú en tu casa, cuidando del tuyo?
—¿Tienes un título?— preguntó Virgil al gigante, con el que seguía manteniendo las distancia.. Soy Lord Ewan Mcanein, onceavo duque de Berwitch. Creo que tengo trece títulos más, algunos de ellos ingleses y alguno irlandés también.— Hizo una reverencia de presentación.
Todos quedaron mudos de asombro, pero no tanto por la calidad del título sino por el cambio radical que se había producido en él, había adoptado una pose mas aristocrática y su enorme cuerpo no parecía brutal sino elegante y la expresión de su rostro había dejado de ser salvaje para convertirse en un gesto de aristócrata altanero al mirarlos a todos con la ceja levantada.
Puede que hayan absuelto a Charles.— dijo Peter.— pero no podrá librarse de las sospechas, al fin y al cabo, fue el amante de Elizabeth. La familia lo ha vuelto a admitir, pero todos le hemos pedido que se quede en Escocia todo el tiempo que pueda aguantar.
Es lo más sensato, ¿Qué problemas puede encontrarse allí?— dijo el conde de Carrick.
—¿En Escocia?— preguntó Mcanein con una carcajada.— Los problemas le encontrarán a él.
—Sólo queda pendiente el tema de Polifemo.— dijo el conde devolviendo a la reunión la seriedad inicial.— ¿Qué es exactamente lo que sabe?. En realidad no mucho.— dijo de nuevo el duque.— al secuestrar a la vizcondesa lo que en realidad pretendía era darle tiempo a Elizabeth para seducir a Edmund y conseguir información a través de él, ni siquiera sospechaba que tuvo a Redhouse en su poder.
¿Pero sabemos algo que nos permita identificarle?— preguntó Virgil..
Sólo una descripción física, la que nos dieron Elizabeth y el nieto de Lowy.
Un hombre de unos cuarenta años, con apariencia de caballero y el rostro con algunas marcas en la frente, ojos claros y pelo rubio. Todo parece indicar que es inglés.— dijo el conde de Carrick Está en Francia. Yo me ocupare de localizarlo allí.— dijo el gigante.
Cuando Lord Peter Horton pasó a ser de manera oficial Lord Peter Manning, Conde de Ocam se celebró con una fiesta por todo lo grande en la casa del duque de Gloucester, asistió toda la familia menos Charles, quien no había podido trasladarse a Londres, por estar recuperándose de un accidente de caza.
La fiesta fue prácticamente familiar pues la mayoría de los miembros de la aristocracia se encontraban repartidos a lo largo de la geografía disfrutando del verano en sus casas de campo, pero fue tan memorable, que
aquellos que no pudieron asistir lo estuvieron lamentando durante largo tiempo.
OceanofPDF.com