Redhouse

Lury Margud · Capítulo 14 de 16

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Redhouse

Capitulo 13

Fowey, julio 1805

ROSE se mantuvo encerrada en su habitación durante dos días y dos noches, Jenny intentó inútilmente durante ese tiempo que comiera algo, pero Rose lloraba, dormía y bebía té con mucho azúcar. A pesar de los intentos de Edmund de hablar con ella, Jenny resultó ser el mejor perro guardián de su señora, hasta que empezó a preocuparse por la falta de apetito de Rose. Sólo entonces se alió contra su enemigo natural, el vizconde de Cortwind. Al tercer día le permitió entrar en la habitación, Rose estaba tan débil que no pudo impedírselo, él se arrodilló al lado de la cama.

Rose.— la llamó cogiendo su mano, ella trató de retirarla de su contacto, pero parecía que las fuerzas la habían abandonado por completo.

— Te amo.

—Ya no importa.— dijo casi sin voz, las lágrimas se acumulaban entre sus pestañas. No tengo fuerzas para creer en ti, para luchar por ti.. Yo lucharé por los dos. Te amo.

—No deseo tu amor. No deseo nada de ti.

—¿Cómo puedes creerla después de lo que ha pasado entre nosotros?

—Estaba aquí, y tú querías dejarme en Londres. ¿Cómo podría no creerla?

Debes confiar en mí.— le dijo besándola castamente sobre los labios, apenas un leve contacto.. Preferiría que volviéramos a nuestro acuerdo originario.— dijo ella, su mirada se encontró con la de su marido,

reconoció el dolor que se reflejaba en los ojos de su esposo, pero su propio dolor le impedía comprenderle.

Al menos come algo, por nuestro hijo.— ella no reaccionó, así que Edmund ordenó a Jenny.— Trae una bandeja. Rose deseaba negarse, pero ya no le alcazaba la rabia para luchar, así que tomó una taza de té muy azucarada y mordisqueó una tostada con mermelada, que le sabía amarga al paladar. Edmund indicó a Jenny que se marchara, después de un instante de duda, la doncella salió del cuarto.

No tengo nada que ver con la presencia de Elizabeth aquí. Piensa, Rose,

¿Me crees capaz de traerte conmigo sabiendo que me esperaba ella?

—Tú no querías que yo viniese.— murmuró.

—No, no quería, pero por tu salud. Pero, por el amor de Dios, ¿qué tipo de persona crees que soy para invitar a mi amante a mi propia casa?

—¿Tu amante?

—Sabes a lo que me refiero. También sabes que ella no significa nada para mí, te amo Rose. Daría mi vida por ti.

La tostada empezó a tener un sabor más dulce a medida que se desmenuzaba entre sus dientes. Vio algo en su mirada que le hizo recuperar su confianza en él. Sin embargo, eso no hizo desaparecer el dolor que sentía en su pecho.

¿Qué pretende entonces?— preguntó tratando de incorporarse, él la ayudo a sentarse en la cama, y la coloco varias almohadas a la espalda. Una vez instalada, le puso la bandeja en el regazo, le sirvió un té con cinco cucharadas de azúcar.

¿Por qué se comporta de ese modo?

—Quiere las joyas que nos lego Ocam, piensa utilizarlas para pagar al abogado e impugnar el testamento.. Debes avisar a tu tío.

—Lo sé. ¿Dónde está ella ahora?

—Supongo que estará en la posada.

—¿Iras a verla?

No. He dado orden de que no la permitan entrar en la casa, y he avisado al guarda para que tampoco le permita entrar en las tierras, pero…

—¿Pero?. No estoy orgulloso de lo que esa mujer ha hecho conmigo, Rose. He confiado en ella y la he amado.— Vio el respingo que dio su

esposa. Creí haberla amado. Rectificó entrelazando sus dedos con los de ella.— Me duele más el engaño que el desamor. ¿Lo entiendes?

Sí.

—¿Confías en mí?

Sí, pero a veces recuerdo la razón por la que nos casamos, tengo miedo de que simplemente estés enojado con ella, quizás en el futuro te des cuenta de que es a ella a la que amas.

Eso no pasará. No puede haber amor sin respeto, eso lo he aprendido contigo. Edmund vio que Rose se estaba quedando dormida, permaneció en la habitación con su mano entrelazada con la de su esposa, hasta que ella se durmió. Salió al pasillo y encontró a Jenny apoyada sobre la pared, esperando. . Quédate con ella. Volveré a la hora de la comida con otra bandeja.

—Sí, milord.

—Cualquier cosa, estaré en el estudio.

Sobre la mesa del estudio le esperaban varias cartas y algunos mensajes codificados que su hombre le había dejado vueltos del revés. Procedió a ordenar el correo, las facturas a un lado, y las cartas a otro. Se centro entonces en los mensajes, y comprobó que tanto Peter como Virgil habían estado ocupados en el norte de España. Por un momento dudo pedirle ayuda a Rose, pero prefirió no molestarla, y durante el resto del día se pasó descodificando los mensajes. Sólo descansó para comer y cenar, lo que hacía en la habitación de Rose, con ella.

Al llegar la noche, Rose estaba completamente recuperada del viaje, del disgusto y de los dos días que llevaba sin comer. El se recostó a su lado en la cama, pero se limitaron a comentar el contenido de los mensajes hasta que el sueño les alcanzó.

Al día siguiente, los dos bajaron al estudio donde esperaban varios mensajes más, el ceño de Rose advirtió a Edmund de que algo le preocupaba.

—¿Qué piensas?

—Ninguno de estos mensajes es de mi hermano. Y eso me hace sospechar que seguramente tampoco son de Peter.. Están usando el nuevo código. Los franceses aún no lo han descubierto. . Es posible que sí lo hayan hecho.

Rose despejó el centro de la mesa y tomó los mensajes codificados en una de sus manos. Ella advirtió la mirada de orgullo y reconocimiento con que su marido la contemplaba, algo que le gustaba más incluso que las miradas de deseo que compartían en sus noches apasionadas.

Mi hermano siempre utiliza una palabra clave en todos sus mensajes, una especie de firma.

—¿Una firma?

—Así es. Eligió la palabra “tumbado”. No es una palabra común en el contenido de los mensajes, pero es fácil de conectar. Ninguno de estos mensajes es suyo. . Pero su nombre aparece codificado al final.—

argumentó Edmund.

—Lo que nos lleva a dos cuestiones, o alguien está mandando esos mensajes haciéndose pasar por Peter y Virgil, alguien con acceso al código, y a la misión, o…, Están prisioneros.— termino Edmund.

—Eso creo.

La mayoría habla de las órdenes dadas por Napoleón de atacar los intereses ingleses en las colonias, e insisten en que el canal está seguro.

—Sigues pensando que la idea de Napoleón es invadir Inglaterra..

Estoy segura. Hasta ahora solo ha conseguido perjudicar económicamente a Inglaterra impidiendo la llegada de barcos mercantes a nuestra costa, atacando nuestras colonias en América, pero Napoleón quiere el control de toda Europa. Ha demostrado ser brillante, y en cuanto consiga abrir un camino en el canal, y desembarcar sus hombres en suelo inglés no tendrá demasiados problemas en llegar hasta Londres.

—Supongamos que tienes razón. ¿Qué crees que deberíamos hacer?

Dejarnos engañar. Es evidente que Perseo debe ocupar un puesto importante para haber llegado tan lejos, así que la orden que debe salir del almirantazgo es la de mandar a nuestra armada a las colonias, dejar que nos vean los franceses en el Atlántico y volver de inmediato a defender las costas inglesas.

Cariño.— le dijo Edmund sonriéndole.— No tienes que convencerme, estoy totalmente de acuerdo con que esas son las intenciones de los franceses, y que seguramente la forma más inteligente de actuar sea la que propones, pero esas decisiones no nos corresponden, aunque presionaré para que se adopten las medidas adecuadas. La cuestión que me preocupa,

es, si los mensajes no los han enviado ni tu hermano ni mi primo, ¿cómo han llegado a estar sobre la mesa de mi estudio?

Ambos se quedaron mirando durante menos de una fracción de segundo. . ¿Sabía ella…?.— No le dio tiempo a Rose a terminar de formular la pregunta.

Por supuesto que no, no por mí en todo caso.— aunque sus ojos se nublaron cuando recordó lo cerca que había estado de confiarle los secretos de Inglaterra a su amante. Ocam era uno de los nuestros, eso explicaría la forma en que se hicieron con el código.— dijo más para sí que para su esposa.— Aunque sinceramente me cuesta imaginar a Elizabeth en algo así.

¿Por qué no?

—Siempre me pareció demasiado vulnerable.

—¿Estúpida?

Lo cierto, es que el único estúpido en esa relación era yo. Ella solo lo parecía.— se sonrió tristemente.

—Si estamos en lo cierto, debemos dejar que crea que ha conseguido engañarnos. . Pero no podemos dejar que se marche sin averiguar qué sabe y con quién está colaborando, aunque no dudo de su inteligencia, no creo que este sola en esto.. Tendríamos que tenderle alguna especie de trampa.

Debes ir a verla. Edmund miró a Rose y pudo ver la inseguridad que se reflejaba en su rostro. . ¿No desconfiarás?

He decidido confiar en ti. Lo que no significa que no tenga miedo de que puedas volver a sentir algo por ella. Pero es necesario que ella piense que de alguna manera ha recuperado tu interés.

No será necesario llegar a tanto, en este momento a Elizabeth le importan más las joyas que me dejo el conde que recuperar su relación conmigo.. Yo no estaría tan segura.

—En todo caso, las joyas serán nuestro señuelo.

—¿Cabe la posibilidad de que alguno de los criados esté colaborando con ella?

Yo he pensado eso también, pero todos los criados de la casa han sido cuidadosamente seleccionados debido a que esta casa suele ser un punto de reunión de la red.

¿Explícame entonces por qué la dejaron entrar? dijo Rose. El se mostró avergonzado.

—Supongo que dieron por hecho que seguía siendo mi amante.— dijo evitando su mirada. La rabia renació en el pecho de Rose, y a su pesar, supo que no podía perdonarle, le amaba, quizás más de lo que nunca sería capaz de amar, su mente lógica le perdonaba, pero su corazón era un órgano distinto, sus sentimientos estaban en carne viva, y de repente comprendió que su relación con su marido no era algo entre ellos dos, sino consecuencia del desamor y la rabia que él sentía por su amante.

Trató de convencerse que la magnitud con la que se manifestaban sus sentimientos los últimos días era producto de su estado de gestación, pero ni el pensamiento más lógico podía evitar que las emociones le salieran disparadas como bombas de cañón.

Unos minutos de silencio entre ellos les parecieron siglos, mientras Rose trataba de tragar las lágrimas de la rabia y la desesperanza, Edmund trataba de adivinar los daños que su relación con Elizabeth había causado a su matrimonio, y la forma en que debería luchar para borrar de Rose cualquier dolor en el futuro.

Mañana me iré a Londres.— dijo Rose al final.— Informaré a mi padre y al tuyo de lo que ha sucedido, y creo que deberías hacer creer a Elizabeth que estás nuevamente interesado en ella. En este momento confío plenamente en ti, sé que tus sentimientos no interferirán en el objetivo de descubrir que tiene qué ver la condesa con los mensajes falsos.

No quiero que te vayas.. Te amo.— dijo Rose.— Pero no lo suficiente para olvidar todas las acciones egoístas y desconsideradas que has tenido conmigo, de alguna manera, creo que no habías quedado con ella aquí, pero aún así, sigo sintiendo rencor por ti. Sé que seguramente este exagerando mis sentimientos debido a mi estado, pero no puedo evitarlo.

Te amo.

—También la amabas a ella apenas unos meses atrás.

La conversación se vio interrumpida por el mayordomo, Sr Paul.

—La condesa viuda de Ocam ha enviado un mensaje. Están esperando una respuesta.

El Sr. Paul colocó la bandeja donde se encontraba el sobre delante del vizconde. Rose miro al Sr. Paul, quien parecía manifestar con aquel gesto

que no mantendría secretos para la dueña de la casa, una lealtad que a Rose, como el amor de su marido, le llegaba tarde, porque nunca debió permitir que la condesa se alojase en su casa en primer lugar. Cuando Edmund termino de leer la nota, se la pasó a Rose. “Edmund querido, estoy desesperada, entiendo tu desprecio, tu rencor, pero si alguna vez me amaste, si alguna vez fui digna de tu amor, ayúdame. Ven a verme a la posada, mi vida corre peligro”.

El impulso de Edmund cuando terminó de leer la carta, fue levantarse y correr hacia la posada, no porque el amor le moviese a partir a la llamada de su antigua amante, por un instinto más primario de protección. Ya no la amaba, pero Elizabeth a pesar de todo, era parte de su vida, y si estaba involucrada con los agentes franceses, no dudó que su vida peligrase. Tuvo que reprimir el impulso y en su lugar mantener la calma y entregarle la nota a Rose, la observó mientras la leía, no pudo adivinar que pensaba ella.

¿Quién ha traído el mensaje?— preguntó Rose al mayordomo.

—El hijo del posadero.

Que le diga a la condesa que la veré en media hora.— dijo el vizconde sin dejar de mirar a Rose.

El mayordomo se estiró y su gesto podría haber correspondido fácilmente con la orden de remover el estiércol en los campos, asintió levemente. Media hora después, Edmund era conducido a la habitación de la primera planta de la posada, donde la condesa viuda de Ocam le esperaba. Las contraventanas de madera de la habitación estaban cerradas, la habitación estaba en penumbra.

¿Elizabeth?— preguntó al cuerpo que parecía acurrucado sobre la cama. Se dirigió a la ventana y abrió los portillos, la luz recorrió el cuarto.

La mirada de Edmund se enfocó en el cuerpo de la mujer.

—Estoy aquí.— dijo molesto por la falta de respuesta del cuerpo. Se acerco más, y la volteó empujándola suavemente del hombro. La cara de Edmund palideció. . ¿Quién te ha hecho eso?— preguntó, mirando la cara hinchada y amoratada de la mujer.. Oh Dios, Edmund.— gimió la mujer, su voz entrecortada, los labios presentaban costras de sangre en una de las comisuras, y en el centro del labio inferior. Si no conociera tan bien a la mujer, hubiera dudado incluso que fuera ella, de lo irreconocible que estaba.

¿Te ha visto el médico?— preguntó sentándose en la cama, su mano acariciando suavemente su espalda. Ella negó con la cabeza, las lágrimas trataban de hacerse hueco a través de las rendijas que eran sus ojos.

Edmund se levantó, y desde la puerta gritó al posadero que fuera a buscar un médico. Volvió a su lado.

¿Quién te ha hecho esto?— preguntó. Ella escondió la cara en la almohada, el acariciaba su cabeza tratando de consolarla del dolor que debía estar sufriendo, apenas cinco minutos después, se oyeron golpes en la puerta, Edmund abrió, y entró el Doctor Emerson, ambos se saludaron estrechando sus manos.

¿Qué ha pasado?— preguntó el doctor a Edmund.

—Ha tratado de matarme.— dijo Elizabeth dirigiéndose al doctor.

La expresión de Edmund reflejó la incredulidad, miró al doctor al que conocía de toda la vida, este le miró y en sus ojos adivinó la condena.

Luchó contra las ganas de golpearla de verdad y las de marcharse, finalmente permaneció en el cuarto mientras el doctor reconocía a la condesa. Ni el doctor le pidió que se marchase, ni ella tampoco, cuando el médico comenzó a desvestirla para tratar de examinar el alcance de la paliza.

Tiene dos costillas rotas, y múltiples magulladuras en todo el cuerpo.

¿Qué diablos ha pasado?. Créeme cuando te digo que la encontré así. Ella me mandó llamar, en cuanto la vi, avisé al posadero para que te buscase.—

La frialdad en el tono del vizconde, no convenció al médico, un poco más de compasión por parte del vizconde, quizás le hubiera hecho dudar de la afirmación de su paciente.

¿Quién te agredió?— preguntó el doctor a la condesa.

—El.— dijo señalando a Edmund.

Eres una zorra mentirosa.— dijo Edmund.— Había venido a tratar de perdonarte, pero…

—¿Es eso cierto?— la mujer trató de mirarle a través de las rendijas que eran sus ojos. Edmund, amor.— dijo ella tendiéndole una de sus manos.

—¿Es o no cierto que el vizconde la ha golpeado tan salvajemente?

—Supuse que era él. .— dijo ella entre dientes, mover los labios parecía doler bastante. Fue uno de tus criados, entonces ha sido tu esposa

quien lo ha mandado…, Le daré láudano para que pueda pasar unas pocas horas sin dolor. Es mejor que no hable o le sangraran los labios nuevamente.— El doctor realizó las curas sin enfrentar la mirada de la pareja.

Edmund quédate conmigo.— dijo ella mientras el láudano hacia efecto.

. Lo haré, pero antes dime, ¿cuál de mis criados te hizo esto?

O el láudano hizo su efecto, o Elizabeth fingió dormir para no tener que contestar.

Dos horas después Lady Elizabeth estaba siendo instalada en la habitación de invitados de la mansión, Rose no pudo evitar sentir lástima por la mujer al ver el estado en el que se encontraba.

A pesar de su inconstante estado permanecer en Fowey. El instinto acontecimientos, le hicieron empezar a cuestionarse el verdadero objetivo de Lady Elizabeth o de la gente para la que trabajaba. Sus sentimientos personales quedaron de ánimo respecto de su marido, decidió o la falta de comprensión acerca de los relegados y su mente lógica empezó a trabajar buscando todas las implicaciones de los hechos acaecidos en los últimos días.

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