Redhouse
Capitulo 12
Londres, Junio 1805
LA llegada de Virgil Redclive a la casa del conde de Carrick en Londres, reunió a todos los que estaban implicados en la red de Surrey y de Sterling.
Incluyendo a Rose y exceptuando a Charles, que se había marchado a la propiedad recientemente heredada. Supuso que Ocam no sólo le había entregado un futuro sino también un lugar donde podría permanecer escondido mientras las sospechas del triple asesinato recaían directamente sobre él. Nadie, a excepción de la viuda de Ocam y su propia familia, conocía la existencia del legado.
Fue Peter quien consiguió liberarme.— explico Virgil a todos, quienes se volvieron directamente hacia el futuro conde de Ocam.. En realidad nunca estuvo realmente en manos de los franceses, pero había que desmantelar la red de Prometeo, aunque me parece que hemos dejado varios cabos sueltos.
¿Perseo?— pregunto Lord Sterling.— No es importante.— Me parece que Polifemo puede ser bastante más peligroso.. Yo pienso que puede llegar a serlo.— intervino tímidamente Rose.— Polifemo es un agente francés que tiene una misión que realizar, descubrir a Redhouse, lo que como todos sabemos es difícil de conseguir, espero, sin embargo Perseo puede proporcionar al enemigo información que puede poner en un serio problema a la Corona.
¿Por qué lo crees?— preguntó Virgil con naturalidad, mientras que al resto de los hombres les recorría la incomodidad de tratar ese tipo de
asuntos con una mujer, por muy buena codificadora que hubiera resultado ser.
Todos los mensajes de los franceses se refieren a movimientos de barcos de la armada, y la misión de Perseo era conseguir la información sobre la posición de nuestros barcos. Es evidente que se prepara una ofensiva por mar.
Lo sabemos.— dijo Lord Sterling sin poder evitar darle a su tono un cierto aire condescendiente.— Pretenden desviar nuestra atención a los intereses británicos en la Martinica para sortear el bloqueo británico.
Pienso que es algo más que eso. Si se llevan barcos de nuestra armada hacia América, no sólo consiguen evitar el bloqueo, sino que consiguen una vía de entrada a nuestro país. Tenemos demasiadas costas para poder prevenir cualquier tipo de invasión, máxime cuando la mayoría de nuestros regimientos están luchando en el continente.
Eso nunca va a pasar.— dijo Sterling rotundo.
—Tiene sentido.— dijo Virgil.
—No es descabellado en absoluto.— apoyó Peter.— ¿Qué te ha llevado a esa suposición?
Todos los mensajes que se han interceptado a los franceses, hablan de actividad de sus barcos y siempre hacen mención de los movimientos de los regimientos enemigos por tierra.
Infantería.— corrigió Lord Sterling.
Edmund lanzo una mirada de advertencia al Lord del almirantazgo.
Este no quiso darse por aludido.. Bueno, ¿qué sentido tiene que la infantería, varios regimientos, tengan órdenes de estar preparados en la costa del norte de España, cuando nuestros barcos posiblemente se encuentren en Jamaica?
Ellos no pueden saber donde estarán nuestros barcos.— dijo un impaciente Lord Sterling.
Rose se mantuvo en silencio, su hermano Virgil la guiñó un ojo y se encogió de hombros, pero ella no estaba nada contenta.
—Creo que sería conveniente tener algún agente en la costa española.
— señaló Peter.. Desde luego será conveniente, pero para avisar a nuestras tropas de los movimientos franceses, no para desmantelar una operación que no va a producirse. ¿Quieres encargarte?— Peter asintió.
Me gustaría acompañarte, si no te importa.— propuso Virgil.
—Estaré encantado.
—¿Qué hay de Perseo?— se atrevió a preguntar Rose.
—Deja ese asunto en nuestras manos.— dijo el marqués sin ocultar que la interferencia de Rose, le parecía tan inoportuna como cuando un niño interrumpe a los mayores. . Si me disculpan.— dijo Rose dirigiéndose a todos, pero sin mirar a nadie.. Puede que ustedes la vean como una mujer, demasiado frágil para involucrarse en los asuntos de estado, quizás la consideren vulnerable por su estado.— dijo el Sr. Redclive.— Pero les aseguro que hasta la fecha nunca ha errado en un juicio.
Mi hermana y yo compartimos todos los méritos que me he llevado en los últimos años, y les aseguro que si los examináramos detenidamente, seguramente todos ellos los recibí por el trabajo de mi hermana.
Ella es Redhouse, por Dios santo.— exclamó Edmund uniéndose al bando de su esposa.— Sólo por eso merece ser escuchada con toda atención y respeto.. Es evidente que es una mujer especial, y con muchas virtudes, no me cabe duda.— se defendió Lord Sterling.— Pero la guerra no es un tema que me resulte cómodo tratar con una mujer.
Pues tenemos un problema.— dijo Edmund serio.— Si mi mujer no puede manifestar libremente su opinión, por su delicada naturaleza, no debemos permitir tampoco que ponga su vida en peligro ideando códigos que la señalan como objetivo para los franceses.
—Eso es distinto.— intervino el conde claramente del lado de Sterling en ese asunto.— A veces decidimos sobre la vida o la muerte de otras personas, ¿Crees que ella tiene estomago para aguantar tal cosa?
No es estúpida y estamos en guerra. Claro que asume que gente morirá a causa de las decisiones que tomemos.— intervino Virgil.— Pero sin su ayuda, habría muchos más muertos de este lado.
Le pediré disculpas.— dijo Sterling.— Pero la idea de una invasión es ridícula. ¿Qué posibilidades existen de que ganen a nuestra armada?
—Si nuestra armada no está donde debe estar, las posibilidades de una invasión no son tan remotas.
—¿Tú qué opinas?— pidió ayuda al conde.
—No soy partidario de curar heridas inexistentes, pero nada perdemos con mantenernos alerta.
Con aquella frase que no significaba nada realmente, se termino la reunión. El marqués de Surrey junto con los Garrison, dos empleados de estos, y la ayuda de los criados de la casa, estaban realizando el inventario de las pertenencias del Conde de Ocam. Lady Elizabeth se había marchado el mismo día que se dio lectura al testamento, saberla en paradero desconocido, les hacía sospechar que la viuda pretendía ocasionarles problemas en el futuro. Pero todos estaban preparados para dicha eventualidad, de hecho, pese a la intención del marqués de respetar el legado del conde para su esposa, los Garrison se mostraron como tres montañas inamovibles, y habían procedido con los trámites para declarar nulo el matrimonio del conde, varios de los amantes de la condesa viuda habían sido interrogados por el magistrado encargado del asunto. Y todo parecía indicar que en un par de meses, Lady Ocam volvería a ser la Señorita Elizabeth Charlton.
Por otra parte, la sucesión de su hijo en el titulo progresaba de manera bastante satisfactoria, y hasta su padre el duque de Gloucester había sacado toda su artillería pesada en el parlamento para conseguir agilizar los trámites. Sólo quedaba negociar el pago. Y los Garrison eran los encargados del regateo.
La posibilidad de que Lady Elizabeth se hubiera marchado con Charles le congelaba la sangre. A pesar de todo lo que sabía, gracias a su amigo, la familia seguía manteniendo las distancias con su hijo, por orden del duque.
Una orden que en aquel momento podría ser beneficiosa para su hijo, independientemente de los servicios que hubiera podido prestar a la Corona a través de su hermano.
El marqués se había sentido tentado de informar a su padre, el duque de Gloucester y a su heredero, la verdadera naturaleza de los servicios prestados por Charles a la corona, pero se convenció a sí mismo que era más seguro para su hijo, mantener dicha información en secreto.
Volvía de la casa de su amigo cuando le anunciaron que su hijo Peter le estaba esperando.. Quería hablar contigo.— le saludó este.
—Eso me han dicho. ¿Te quedarás a comer? . Por supuesto.
Entonces hablemos antes de que tus hermanas y tus sobrinos nos descubran. Vamos al estudio.. Me voy a España. . Deberías dejar tu comisión en el ejército, pronto serás un conde. . De eso quería hablarte. ¿Si
algo me pasara, que ocurriría con el título? . Me parece que no me va a gustar esta conversación. . Contesta, hay alguna posibilidad de que pueda dejárselo a Charles.
Ahora no puedes legar lo que no es tuyo. Deberías esperar al menos a que la cámara de los Lores lo apruebe.
—¿Cuánto tiempo tardarán?
—La última sesión es el 30 de junio. Si no lo aprueban antes de esa fecha, habrá que esperar al otoño cuando se reanuden las sesiones.
—Bueno, si algo me pasara, quiero que intentes que el titulo recaiga sobre Charles. ¿Sera necesario un testamento formal, o algo parecido?
—No puedes legar lo que no tienes.— insistió su padre.
—Pero puede pasar que muera después de que me hayan concedido formalmente el titulo, ¿entonces sería posible?
—En teoría, si.
—Entonces, retira a los Garrison de la negociación, paga lo que pidan para que el título este en mi poder lo antes posible.
—Como quieras.— dijo al final de un silencio demasiado largo. El embarazo de Rose la había convertido en una especie de pato danzarín. El bebé parecía haberse instalado cómodamente en el vientre de su madre de canto, y la tripa sobresalía bajo sus pechos medio metro por delante de ella, hasta quince días antes su vientre apenas estaba abultado en una curva que se disimulaba a la perfección en los vestidos de talle alto.
El marqués había ordenado a Edmund ir a Fowey a esperar la noticias de Peter y Virgil, y durante varios días, estuvieron discutiendo sobre si sería conveniente el viaje a Fowey en el estado de Rose.
La idea de separarse de Rose le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, sin embargo, al verla tan oronda y patosa, consideró que era puro egoísmo el llevarla con él y que ella estaría más cómoda en Londres, o en Oxford.
Antes de marcharse, Edmund le enseñó los juegos de joyas que había heredado del Conde, no quería introducir a Elizabeth en ninguna de sus conversaciones, pero debía hacerlo. Le conto todo mientras le fue mostrando las joyas.
Había colocado las joyas sobre la cama, y aunque a Rose le parecían maravillosas, las miraba mordiéndose el labio inferior, su marido supo que no las quería, e intuyó la razón.
No me gustaría que te acordaras de ella, cuando las llevara.— dijo al fin. . Eso no pasará.
La rotundidad de Edmund, no la convenció de todos modos. Lo hubiera comprendido si él hubiera confesado la única verdad que tenían pendiente entre ellos, los hijos que Elizabeth pudo haber engendrado durante los dos primeros años de su matrimonio, no podían ser suyos, por la simple razón de que él nunca la tomo hasta su regreso de Escocia.
Yo creo que si pasará. Puede que no pienses en ella con amor, pero inevitablemente te acordarás de los hijos que pudiste haber tenido con ella.
No, no me gustan. Realmente creo que se las ha ganado, como te dijo.
Si pienso en ella, será para compararla contigo y eso me hará, quererte más, si eso es posible.
—De todos modos, no las quiero.. Las guardaré para las hijas que tengamos. Ellas no tienen que saber la historia, sólo las lucirán, cada juego vale una pequeña fortuna. ¿No pretenderás negarle el beneficio a nuestras hijas por un orgullo que en este caso no tiene sentido?
Vino Virgil a despedirse.— dijo, cambiando de tema.
—Lo sé. ¿Te preocupa su seguridad?
Me preocupa su fe en mí. Quizás tu padre y Lord Sterling tengan razón, puede que no esté preparada para asumir que mis decisiones pueden llevar a gente a la muerte.. Nadie está preparado para algo así. En cualquier caso, tú no decides. Simplemente utilizas esa mente maravillosa para sacar conclusiones. Las decisiones están por encima de nosotros. Y nuestro único deber es intentar que cuenten con el mayor número de informaciones veraces, para que la decisión que finalmente se adopte sea la mejor para Inglaterra.
¿Tú no decides?— le preguntó ella mirándole incrédula.. Realmente, es mi padre quien decide, y Lord Sterling, y por encima de ellos el Ministro de la guerra. Y cuando este lo hace, tiene en cuenta otras opiniones como las del consejo de guerra, incluso el ministro de hacienda interviene para regatear el dinero que se necesita.
Visto así, me parece hasta extraño que puedan acertar alguna vez.
Las joyas fueron guardadas en la caja fuerte del vestidor de Edmund, y a pesar de lo que le había dicho a Rose, siempre le harían recordar lo estúpido que puede llegar a ser un hombre cuando se enamora de la mujer equivocada.
El día anterior a la marcha de Edmund a Fowey, Rose comprendió que no deseaba permanecer cómodamente esperando su regreso. Así que dio la orden a Jenny para que preparase su equipaje.
Me voy contigo. Estoy segura que seré más útil en Fowey que en Londres o en Oxford, donde ni siquiera puedo pasear con esta enorme barriga. En Fowey podre ser de mas utilidad aunque no me levante del sillón.
Allí solo me tendrás a mí para entretenerte.
—No necesito a nadie más.
El viaje a Fowey les llevó dos días más que la vez anterior. Pero a diferencia del primero que hicieran, las palabras llenaban algo más que los silencios, y las noches se llenaban de caricias mutuas que aunque no alcanzaban la altura de la pasión que habían estado compartiendo, llenaba sus noches de placer y ternura.
La piel de Rose recibía las caricias con una sensibilidad nueva, ambos temían hacer daño al bebe con el movimiento del amor, y alcanzaban el placer por turnos, gozando tanto al dar como al recibir. Era una nueva forma de amar que habían descubierto juntos, aun cuando las caricias fueran eternas en el tiempo y entre hombres y mujeres a lo largo de la historia, ellos las sentían diferentes porque era la piel del ser amado el tocado y las manos y los labios del amante, quien tocaba. El cielo les esperaba cada noche y llegaban a él por todos los caminos de la piel.
Cuando el carruaje paró frente a la casa de Fowey, el mayordomo salió a recibirles, en su expresión siempre tosca, había esta vez una indignación difícil de justificar. . ¿Qué ocurre?— preguntó Edmund.
—Tiene visita, milord.— se limitó a decir, y antes de que pudiera preguntar o añadir algo más a su escueta contestación, entró en la casa.
La incertidumbre les duró poco. Lady Elizabeth había salido a recibirles a la puerta. El rostro de Edmund se crispó y un músculo de la garganta empezó a palpitarle. . ¿Qué demonios haces aquí?— le pregunto.
Rose los miró a ambos, y no pudo encontrar en la lógica de su mente la explicación a lo que estaba viendo, así que se limito a mirarlos.
—No sabía que la traerías contigo.— dijo Elizabeth ignorando deliberadamente la pregunta.— Pensaba que pasaríamos una temporada juntos.— miro a Rose.— Y solos. . No sé qué estás tramando, pero te quiero fuera de mi casa, ahora mismo.. No puedo irme en mi estado, y lo sabes. Los primeros meses son los peores, el médico me ha prohibido viajar en todo caso.
—Pues deberías haberte quedado en tu casa. O en la del padre de la criatura, sea quien sea.
Al menos reconoce tu parte.
—Creo que será mejor que entre.— dijo Rose pasando al lado de Elizabeth, esta la cogió del brazo y le enfrentó la mirada.
—Siento las molestias, pero me aseguró que usted no vendría..
Lamento haberles fastidiado la diversión.— contestó mirándole con una frialdad que podría haber congelado la mano que la sujetaba del brazo, Elizabeth la soltó.— Hay una posada en el pueblo, estoy segura que recibirá allí el trato que se merece.
Puede que lo haga.— le contestó sonriendo, satisfecha de ver el daño que sus palabras habían causado— Con usted aquí, no será lo mismo de todos modos. . Sr. Paul.— gritó Edmund, el mayordomo apareció enseguida.
—Espero que se ocupe de sacar a esta mujer y sus cosas de mi casa, después me gustaría oír porque se le permitió quedarse. Edmund pasó al lado de Elizabeth sin mirarla, y subió las escaleras hacia la habitación de Rose. La puerta estaba cerrada, lo intentó entrando por la puerta de comunicación entre ambas habitaciones. Cerrada.
Golpeó la puerta.
—No es verdad.— gritó a través de la madera, como si los gritos pudieran derribarla.
La señora necesita descansar.— oyó decir a Jenny a través de la puerta.
— Le agradecería Milord que no gritara, no la moleste en este momento.
Cuando bajó a la planta baja para encararse con Lady Elizabeth esta estaba sentada en uno de los sofás de la sala, esperando que una de las criadas le sirviera una taza de té.
¿Te has vuelto completamente loca?— bramó Edmund.
—Supongo que no pensarías que me iba a conformar. He consultado un abogado.
No me interesan tus problemas. Si no te vas, te juro que te arrastro fuera de esta casa.
—No seas antipático, Edmund. Me marcharé, pero después de hablar.
El se acercó a la ventana, con el sol a medio camino en el cielo, podía ver más allá del bosque, la forma de los acantilados. Trató de acompasar los latidos de su corazón a su respiración pausada. Se obligó a controlar el deseo de golpearla que le quemaba en las manos.
Di lo que tengas que decir. Te doy un minuto.
—No tardaré tanto.— dijo dejando sobre la mesa la taza de té.— Hasta que no se descarte que puedo estar embarazada, nadie puede tocar la herencia de Ocam, un heredero legítimo convertiría en nulo el ridículo testamento anterior.
No dudo que puedas estar embarazada, pero Ocam jamás te tocó.
—Eso lo dices tú.
Eso lo dice él en su testamento. De hecho si impugnas el testamento, se impugnará el acuerdo matrimonial. Y te aseguro que mi tío no descansará hasta declararlo nulo, si te empeñas.
Habrá que esperar de todos modos a lo que resulte de mi embarazo.—
dijo desafiante. . Espera si quieres, pero en otra parte.
Quiero las joyas.— dijo levantándose.— Me pertenecen. Además no se las merece, puede que te haya engañado haciéndote creer que es honorable, pero se rumorea en Londres que trato de escaparse con Mortimer. Ya ves que no somos tan diferentes.
Por supuesto que no puedes ver la diferencia. Tú eres incapaz de reconocer la honorabilidad y la decencia, querida.
—¿Acaso no te convencí de mi honorabilidad por diez largos años?—
preguntó ella desafiante.— ¿Es eso lo que no puedes perdonarme?, verdad,
¿el haberte engañado?. Eso es algo que no puedo perdonarme a mí mismo.
Tú has dejado de formar parte de mi vida y de mis pensamientos hace mucho. Lamento comunicarte que tu minuto ha terminado.
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