Roma 05 - César
La Galia de los cabelleras largas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
una noble cascada que salía con presión, y continuó hablando-: Pero todo esto no es más que una pantalla de humo. He visto muchos manantiales como éste antes, sobre todo en Anatolia. Lo minaremos. Está alimentado por varios ríos subterráneos de distintos tamaños. Los zapadores empezarán a hacer un túnel de inmediato y desviarán hacia el Oltis cada afluente subterráneo que encuentren. No tengo ni idea de cuánto tiempo durará la obra, pero cuando se haya desviado el último afluente, el manantial se secará.
Fabio y Rebilo lo miraban fijamente, impresionados y llenos de respeto.
–¿Y no podemos minarlo sin hacer la farsa por encima de la tierra?
–¿Y permitir que se den cuenta de lo que estamos haciendo? Hay minas de plata y cobre en toda esta parte de la Galia, Rebilo. Imagino que en la ciudadela habrá hombres expertos en minería. Y no quiero que se repita lo que ocurrió cuando asediamos a los atuatucos: minas y contraminas que se retorcían unas alrededor de otras y que se encontraban unas con otras como los túneles de un escuadrón de topos enloquecidos. Aquí las excavaciones han de hacerse en absoluto secreto. Los únicos hombres de nuestro ejército que sabrán de su existencia son los zapadores. Por eso la rampa y la torre de asedio tienen que convencer a los asediados de que es un problema muy grande. No me gusta perder hombres y haremos todo lo posible por no perderlos, pero quiero que acabe este asunto y quiero que acabe cuanto antes -concluyó César.
Así que la rampa se levantó cuesta arriba y después empezó a erigirse la torre de asedio. Los asombrados y aterrados habitantes de Uxellodunum se tomaron la revancha con lanzas, flechas, piedras y proyectiles de fuego.
Cuando comprendieron que ya se había construido la última plataforma de la torre, salieron por la puerta de la muralla y atacaron en masa. La lucha fue feroz, pues las tropas romanas creían realmente en la eficacia de lo que estaban haciendo y defendieron su posición con gran esfuerzo. Pronto la torre ardió y los manteletes y fortificaciones a ambos lados de la rampa se encontraron seriamente amenazados.
Como el frente era tan limitado en extensión, la mayor parte de los soldados romanos no se vieron implicados en la lucha; se apretujaban cuanto podían y animaban a sus camaradas mientras dentro de la ciudadela los cardurcos se alineaban en la muralla y también animaban a los suyos.
En pleno fragor del combate, César hizo que los soldados que estaban de
espectadores se dispersasen al darles órdenes de que se pusieran alrededor del perímetro de la fortaleza y originasen un ruido enorme, como si por todas partes se estuviera montando un ataque a gran escala.
La estratagema dio resultado y los cardurcos se retiraron para hacer frente a aquella nueva amenaza, lo que proporcionó tiempo a los romanos para apagar los incendios.
La torre de asedio de diez pisos empezó a levantarse de nuevo, pero no llegó a utilizarse, pues bajo tierra las minas fueron avanzando inexorablemente, y uno a uno los ríos que alimentaban el manantial se desviaron. Aproximadamente al mismo tiempo que la torre podría haber sido equipada con la artillería y puesta en funcionamiento, el magnífico manantial que daba agua a Uxellodunum se secó por primera vez en la historia.
La noticia cayó como un rayo del cielo despejado, y algo vital dentro de los sitiados desapareció. Porque el mensaje estaba implícito: los Tuatha se inclinaban ante el poder de Roma, los Tuatha abandonaban a la Galia por amor a César. ¿Para qué seguir luchando cuando hasta los Tuatha sonreían a César y a los romanos?
Uxellodunum se rindió.
A la mañana siguiente, César convocó un consejo formado por todos los legados, prefectos, tribunos militares y centuriones presentes; el motivo era que pudiesen participar en el último estertor de la Galia. Incluido Aulo Hircio, que había viajado con las dos legiones que Quinto Fufio Caleno llevó después de que hubo empezado el ataque al manantial.
–Seré breve -comenzó a decir sentado en su silla curul, vestido con el traje completo de militar y con la vara de su imperium apoyada en el antebrazo derecho.
Quizá fuera la luz del salón de reuniones de la ciudadela, que entraba por una gran abertura sin postigos situada detrás de los quinientos hombres allí reunidos y caía directamente sobre el rostro de César, lo que le dio ese aspecto. Aún no había cumplido cincuenta años, pero tenía el largo cuello profundamente surcado de arrugas, aunque ninguna flaccidez de la piel le estropeaba la fortaleza de la mandíbula. Las arrugas cruzaban su frente, se desplegaban como abanicos en los lados externos de los ojos, tallaban fisuras a ambos lados de la nariz y enfatizaban los altos pómulos agudamente definidos al surcar la piel del rostro debajo de ellos. Cuando
estaba de campaña no se molestaba lo más mínimo por el cada vez más escaso cabello, pero aquel día llevaba puesta la corona cívica de hojas de roble porque quería dar la impresión de autoridad indiscutible; cuando entraba en una sala con ella puesta todas las personas tenían que levantarse y aplaudirle, incluso Bíbulo y Catón. A causa de aquella corona, César entró en el Senado a la edad de veinte años; a causa de ella todos los soldados que sirvieron bajo su mando sabían que César luchó en primera línea con espada y escudo, aunque los hombres de sus legiones galas le vieron en primera línea luchando junto a ellos en muchas ocasiones y no hacía falta que se lo recordasen.
Tenía un aspecto desesperadamente cansado, pero ninguno de los presentes confundió esos signos con el cansancio físico; estaba en una forma soberbia y era un hombre extremadamente fuerte. No, estaba sufriendo un agotamiento mental y emocional. Todos se daban cuenta de ello. Y les extrañaba.
–Estamos a finales de septiembre. Es verano -dijo con un acento terso y sucinto que despojaba a las cadencias de su latín exquisitamente elegido de cualquier intención poética-, y si hubiera sido hace dos o tres años, uno diría que la guerra de la Galia había acabado por fin. Pero todos los que estamos hoy sentados aquí sabemos que no es así. ¿Cuándo admitirá la Galia Comata su derrota? ¿Cuándo decidirán instalarse bajo la ligera mano de la supervisión romana y admitirán que están más seguros, más protegidos, más unidos de lo que nunca habían estado antes? La Galia es un toro al que le han sacado los ojos, pero no le han quitado la ira. Y embiste ciegamente una y otra vez, destrozándose a sí mismo contra muros, rocas, árboles. Y cada vez queda más débil, pero nunca más tranquilo. Hasta que al final tiene que morir, sin dejar de embestir, y se hace pedazos a sí mismo.
La habitación estaba en completo silencio; nadie se movía, nadie se atrevía a carraspear. Fuese lo que fuese lo que se avecinaba, iba a ser algo importante.
–¿Cómo podemos calmar a ese toro? ¿Cómo podemos convencerle de que se esté quieto, de que nos deje aplicarle ungüentos para curarlo? –
Cambió el tono de voz, que se hizo más sombrío-. Ninguno de vosotros, incluido el centurión de más baja graduación, no deja de percatarse de las terribles dificultades que afronta Roma. El Senado está pidiendo mi sangre, mis huesos, mi espíritu… y mi dignitas, mi parte personal de valor y
posición públicos. Y ello significa también vuestra dignitas, porque vosotros sois mi gente. Los tendones de mi amado ejército. Si yo caigo, vosotros caéis. Si a mí se me deshonra, se os deshonra a vosotros. Ésa es una amenaza omnipresente, pero no estoy hablando por esto, pues es sólo una consecuencia. Lo menciono para reforzar lo que estoy a punto de decir.
– Respiró profundamente-. No me prolongarán el mandato. En las calendas de marzo del año siguiente al año que viene, terminará. Puede ser que acabe en las calendas de marzo del año que viene, aunque yo pondré hasta el último gramo de mi persona para impedirlo. Necesito el año que viene para hacer el trabajo administrativo necesario para transformar la Galia Comata en una provincia romana como es debido. Por eso, al acabar este año debe acabar también esta guerra inútil, sin sentido, que es un desperdicio, de una vez por todas. No me produce ningún placer ver los campos de batalla después de la lucha, porque en esos campos de batalla también yacen cadáveres romanos. Y muchos, muchos, galos, belgas y también celtas, muertos por ningún otro motivo que no sea un sueño que no pueden hacer realidad porque no poseen ni la educación ni la previsión que hacen falta. Y
eso lo habría averiguado Vercingetórix de haber sido él el vencedor.
Se puso en pie y se quedó parado con las manos a la espalda y el ceño fruncido.
–Quiero ver cómo esta guerra acaba este año. No me refiero a un simple cese de las hostilidades, sino a una paz auténtica. Una paz que durará más tiempo del que viviremos los hombres que estamos en esta sala, y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. Si eso no ocurre, los germanos la conquistarán, y la historia de la Galia será una historia diferente. Y también lo será la historia de nuestra amada Italia, porque los germanos no descansarán con la conquista de la Galia. La última vez que vinieron, Roma les lanzó a Cayo Mario. Yo creo que Roma me ha puesto a mi en este momento y en este lugar para asegurarse de que los germanos no regresen nunca más. La Galia Comata es la frontera natural, no los Alpes. Debemos mantener a los germanos al otro lado del Rin si nuestro mundo, incluido el mundo de la Galia, ha de prosperar.
Paseó un poco, volvió a ponerse en el centro y los miró desde debajo de aquellas cejas rubias suyas. Una mirada larga, mesurada, inmensamente seria.
–La mayoría de vosotros ha servido conmigo el tiempo suficiente para saber qué clase de hombre soy. No soy cruel por naturaleza. No me produce placer ver cómo se inflige daño o tener que ordenar que se inflija. Pero he llegado a la conclusión de que la Galia de los cabelleras largas necesita una lección tan horrible, tan severa y tan espantosa que el recuerdo perdure a través de las generaciones y sirva para desanimar futuros levantamientos.
Por ese motivo os he convocado aquí hoy, para daros mi solución. No para pediros permiso. Yo soy el comandante en jefe y la decisión me corresponde tomarla a mi solamente. Y la he tomado. El asunto no está en vuestras manos. Los griegos creen que sólo el hombre que comete el hecho es culpable del crimen si el hecho es un crimen. Por ello la culpa descansa enteramente sobre mis hombros. Ninguno de vosotros tiene parte en ello, ninguno de vosotros sufrirá por ello. Yo soy el que lleva la carga. A menudo me habéis oído decir que el recuerdo de la crueldad es un pobre consuelo en la vejez, pero hay motivos por los cuales yo no temo ese destino como lo temía hasta que hablé con el druida Cathbad.
Caminó hasta la silla curul y se sentó en ella en posición formal.
–Mañana veré a los hombres que han defendido Uxellodunum. Creo que hay unos cuatro mil. Sí, hay más, pero con cuatro mil bastará. Y a aquellos que nos pongan peor cara, que nos miren con más odio, les amputaré ambas manos -dijo con calma.
Un débil suspiró resonó por la habitación. ¡Qué bien que ni Décimo Bruto ni Cayo Trebonio estuvieran allí! Pero Hircio lo estaba mirando con los ojos llenos de lágrimas, y a César eso se le hizo dificil. Se vio obligado a tragar, y confió en que no se le hubiera notado mucho. Luego continuó hablando.
–No le pediré a ningún romano que lo haga, pues algunos ciudadanos de Uxellodunum pueden hacerlo, los voluntarios. Ochenta hombres, cada uno de los cuales cercenará las manos a cincuenta hombres. Les ofreceré salvar las manos a todos aquellos que se ofrezcan voluntarios. Saldrán bastantes.
Los artificieros están ahora trabajando en una herramienta especial que yo he ideado, un poco parecida a un escoplo afilado de quince centímetros de ancho en el filo. Se colocará a lo ancho del dorso de la mano, justo por debajo de los huesos de la muñeca, y se le golpeará una vez con un martillo.
El flujo de la sangre será cortado por una correa que se les pondrá alrededor del antebrazo. En el momento en que se haga la amputación, la muñeca se
sumergirá en brea. Puede que algunos mueran desangrados pero la mayoría vivirá.
César ya hablaba con fluidez, con facilidad, pues estaba fuera del reino de las ideas y había entrado en el terreno de lo práctico.
–A esos cuatro mil mancos se les mandará luego al exilio para que vagabundeen y pidan limosna por todo este vasto país. Y cualquiera que vea a un hombre sin manos pensará en la lección aprendida después del asedio de Uxellodunum. Cuando las legiones se dispersen, cosa que harán en breve, cada una se llevará a algunos de estos hombres adondequiera que vaya a pasar el invierno. Así nos aseguraremos de que los mancos estén bien repartidos. Porque la lección no servirá para nada a menos que se tenga prueba de ello en todas partes.
»Para terminar os daré alguna información que ha sido recogida y compilada por mis héroes oficinistas, galantes pero poco ensalzados. Los ocho años de guerra en la Galia Comata han costado a los galos un millón de guerreros muertos, un millón de personas se han vendido como esclavos, cuatrocientas mil mujeres y niños han muerto, y un cuarto de millón de familias galas han quedado sin hogar. La suma de todo ello es igual a toda la población de Italia. Lo que es una espantosa indicación de la ceguera y la ira del toro. ¡Y eso tiene que acabar! Y tiene que acabar ahora. Tiene que acabar aqui, en Uxellodunum. Cuando yo deje el mando de los galos, la Galia Comata estará en paz.
Hizo un gesto de despedida con la cabeza y todos los hombres salieron en silencio, todos sin mirar a César. Sólo Hircio se quedó.
–¡No digas ni una palabra! – le pidió bruscamente César.
–No tengo intención de decirla -repuso Hircio.
Después de rendirse Uxellodunum, César decidió que visitaría todas las tribus de Aquitania, la única parte de la Galia de los cabelleras largas que había estado poco involucrada en la guerra, y por ello la única parte del país capaz de poner en el campo de batalla un complemento entero de guerreros.
Con él se llevó a algunas de las víctimas sin manos de Uxellodunum como testimonio viviente de la determinación de Roma de poner fin a la oposición.
El avance fue pacífico. Las diferentes tribus lo recibían con bienvenidas febriles, desviaban la mirada de los que no tenían manos, firmaban cualquier tratado que él les pidiera y hacían poderosos juramentos de
adherirse a Roma por siempre. En conjunto, César estaba dispuesto a creerles. Porque un arverno, nada menos, le había entregado a Lucterio unos días después de que éste se pusiera en marcha hacia Burdigala como primera etapa de su gira por Aquitania, lo cual era una indicación de que ninguna tribu de la Galia estaba dispuesta a dar cobijo a uno de los lugartenientes de Vercingetórix. Aquello significaba que uno de los dos defensores de Uxellodunum tomaría parte en el desfile triunfal de César; el otro, Drapes, de los senones, se negó a beber y a comer y murió todavía resueltamente en contra de la presencia de Roma en la Galia de los cabelleras largas.
Lucio César fue a ver a su primo, que se encontraba en Tolosa, hacia finales de octubre. Le llevaba importantes noticias.
–El Senado se reunió a finales de septiembre -le comunicó a César con la boca tensa-. Confieso que estoy decepcionado con el cónsul senior, al cual yo tenía por un hombre más racional que su colega junior.
–Servio Sulpicio es más racional que Marco Marcelo, si, pero no está menos determinado que éste a verme caer -le dijo César-. ¿Qué pasó?
–La Cámara resolvió que en las calendas de marzo del año que viene debatiría el asunto de tus provincias. Marco Marcelo informó de que la guerra en la Galia Comata había acabado definitivamente, lo cual significa que no hay absolutamente ningún motivo por el cual no se te deba despojar de tu imperium, de tus provincias y de tu ejército en esa fecha. La nueva ley de los cinco años, dijo, proporciona una cantera de gobernadores en potencia que están en situación de ir a sustituirte inmediatamente.
Retrasarlo es prueba de debilidad por parte del Senado, y algo completamente intolerable. Luego concluyó diciendo que de una vez por todas había que enseñarte que tú eres un servidor del Senado, no su amo. Y
ante esta afirmación recibió grandes voces de ayuda de Catón.
–Tendrían que ser muy fuertes las voces, puesto que Bíbulo está en Siria, o por lo menos de camino hacia allí. Continúa, Lucio. Por tu cara adivino que se avecina algo peor.
–¡Mucho peor! Después la Cámara decretó que si algún tribuno de la plebe veta el debate sobre tus provincias en las calendas de marzo próximo, dicho veto será considerado como un acto de traición. Al tribuno de la plebe culpable se le detendrá y se le juzgará sumariamente.
–¡Eso es enteramente inconstitucional! – exclamó César bruscamente-.
¡Nadie puede impedir que un tribuno de la plebe cumpla con su deber! Ni negarse a hacer honor al veto a menos que esté vigente un senatus consultum ultimum. ¿Significa que eso es lo que se propone hacer el Senado en las calendas del próximo marzo? ¿Operar bajo un decreto último?
–Quizá, aunque eso no se dijo.
–¿Es eso todo?
–No -contestó Lucio César sin que su voz se alterase en absoluto-. La Cámara aprobó también otro decreto: se reserva para sí el derecho a decidir en qué fecha se licenciará a los veteranos de tu ejército que hayan cumplido el tiempo de permanencia en filas.
–¡Oh, ya comprendo! He sentado un precedente, Lucio, ¿verdad? Hasta este momento en la historia de Roma nadie ha tenido el derecho a decidir cuándo los soldados cuyo tiempo en filas ha expirado han de terminar su servicio en las legiones, nadie excepto su comandante en jefe. Imagino, entonces, que en las calendas de marzo próximo el Senado decretará que todos mis veteranos sean licenciados en el acto.
–Eso parece, Cayo.
Era extraño, pensó Lucio, que César no pareciese preocupado; incluso le dirigió una sonrisa auténtica.
–¿De verdad piensan que pueden derrotarme con esa clase de medidas?
– preguntó-. Meados de caballo, Lucio. – Se levantó de la silla y le tendió una mano a su primo-. Te agradezco las noticias, de verdad, pero basta ya de eso. Tengo ganas de estirar las piernas entre los lagos sagrados.
Pero Lucio César no estaba dispuesto a dejar el asunto así y siguió obedientemente a Cayo mientras decía:
–¿Qué vas a hacer para contrarrestar a los boni?
–Haré lo que tenga que hacer -fue lo único que César quiso decirle.
Las disposiciones para el invierno estaban hechas. Cayo Trebonio, Publio Vatinio y Marco Antonio llevaron cuatro legiones a Nemetocena, la de los atrebates, para guarnecer Bélgica; dos legiones fueron a Bibracte. en el territorio de los eduos; otras dos fueron destinadas al territorio de los turones, cerca de los carnutos, hacia el oeste; y dos más fueron a las tierras de los lemosines, al sudeste de los arvernos. No había ninguna parte de la Galia que no tuviera cerca un ejército. Con Lucio César, César terminó una
gira por la Provenza y después se reunió con Trebonio, Vatinio y Marco Antonio en Nemetocena para pasar el invierno.
A mediados de diciembre el ejército de César recibió una sorpresa agradable e inesperada: el general aumentó la paga de los soldados rasos de cuatrocientos ochenta sestercios al año a novecientos; era la primera vez en más de un siglo que se le subía el sueldo a un ejército romano. Al mismo tiempo le dio a cada hombre una prima en metálico e informó a los soldados de que la parte del botín que correspondía al ejército sería mayor.
–¿A expensas de quién? – le preguntó Cayo Trebonio a Publio Vatinio-.
¿Del Tesoro? ¡Seguro que no!
–Pues claro que no -le respondió Vatinio-. César es siempre muy escrupuloso con los asuntos legales. No, es a expensas de su propio bolsillo, de su parte del botín. – El pequeño y tullido Vatinio frunció el ceño, pues no había estado presente cuando César recibió la respuesta del Senado a su petición de que le trataran como habían tratado a Pompeyo-. Ya sé que es un hombre fabulosamente rico, pero también gasta a manos llenas. ¿Puede permitirse mostrarse tan generoso, Trebonio?
–Oh, yo creo que sí. Ha sacado veinte mil talentos sólo de la venta de esclavos.
–¿Veinte mil? ¡Por Júpiter! ¡A Craso se le consideraba el hombre más rico de Roma y sólo dejó siete mil talentos!
–Marco Craso presumía mucho de su dinero, pero ¿has oído alguna vez a Pompeyo Magno decir cuánto tiene? – le preguntó Trebonio-. ¿Por qué crees que los banqueros se arremolinan alrededor de César últimamente, ansiosos por satisfacer todos sus caprichos? Balbo ha sido siempre su hombre de confianza y Opio le va a la zaga. Se remontan a tus tiempos, Vatinio. No obstante, hombres como Atico son muy recientes.
–Rabino Póstumo le debe a César haber podido empezar una nueva vida
-observó Vatinio.
–Sí, pero después de que César empezó a prosperar en la Galia. El tesoro germano que encontró entre los atuatucos fue fabuloso. Su parte del mismo ascenderá a miles de talentos. – Trebonio sonrió-. Y si anda un poco corto, los tesoros de Carnutum dejarán de ser sacrosantos. Los ha dejado en reserva. A César no le gusta ser el payaso de nadie. Sabe que el próximo gobernador de la Galia Comata se apoderará dé todo lo que hay en
Carnutum. Y por eso te apúesto lo que quieras a que lo que hay en Carnutum desaparecerá antes de que llegue el nuevo gobernador.
–Las cartas que recibo desde Roma dicen que probablemen·te… ¡oh, dioses, cómo pasa el tiempo…! Dicen que lo más probable es que lo releven dentro de poco más de tres meses. ¡Las calendas de marzo avanzan hacia él al galope! ¿Qué hará entonces César? En el momento en que se le despoje de su imperium lo procesarán en cien tribunales. Y caerá, Trebonio.
–Oh, es muy probable -convino Trebonio plácidamente.
Vatinio tampoco era el payaso de nadie.
–No está dispuesto a permitir que las cosas lleguen tan lejos, ¿verdad?
–No, Vatinio, en efecto.
Se hizo un silencio. Vatinio observó el rostro afligido que tenía ante sí mordiéndose el labio. Sus ojos se encontraron y sostuvieron la mirada.
–Entonces tengo razón -dijo Vatinio-. César ha consolidado los vínculos con su ejército.
–Por completo.
–Y si se ve obligado a hacerlo, marchará contra Roma.
–Sólo si se ve obligado. César no es un rebelde por naturaleza, le encanta hacerlo todo in suo anno, nada de mandos especiales o extraordinarios, diez años entre consulados, todo legal. Si tiene que marchar contra Roma, Vatinio, eso matará algo dentro de él. Es una alternativa que César sabe perfectamente que está a su alcance, y ¿crees tú que ni por un momento le tiene miedo al Senado? ¿A alguno de ellos? ¿Incluido el muy cacareado Pompeyo Magno? ¡No! Ellos caerán ante César como dianas en un campo de prácticas delante de lanceros germanos. Y él lo sabe, pero no quiere que las cosas sean así. Él quiere lo que se le debe, pero lo quiere legalmente. Marchar contra Roma es el recurso que utilizará cuando ya no tenga ningún otro, y combatirá con todas las fuerzas hasta el último momento antes de hacerlo. Su hoja de servicios es intachable. Y César quiere que siga así.
–Siempre quiso ser perfecto -comentó Vatinio con tristeza, y se estremeció-. Por Júpiter, Trebonio, ¿qué les hará si le obligan a ello?
–No quiero ni pensarlo.
–Lo mejor será que hagamos ofrendas para que los boni entren en razón.
–Yo llevo meses haciéndolas. Y creo que quizá los boni entrarían en razón si no fuera por un factor.
–Catón -apuntó Vatinio al instante.
–Catón -repitió Trebonio.
Se hizo otro silencio; Vatinio suspiró.
–Bueno, yo soy partidario de César en lo bueno y en lo malo -le dijo a Trebonio.
–Y yo.
–¿Y quién más?
–Pues Décimo, y también Fabio, y Sextio, y Antonio, y Rebilo, y Caleno, y Basilo, y Planeo, y Sulpicio y Lucio César -enumeró Trebonio.
–¿Labieno no?
Trebonio movió la cabeza enfáticamente de un lado al otro como señal de negación.
–No.
–¿Porque así lo decide Labieno?
–Porque así lo decide César.
–Pero él no dice nada despectivo de Labieno.
–Ni lo dirá nunca. Labieno todavía confía en llegar a ser cónsul con él, aunque sabe que César no aprueba sus métodos. Pero no dice nada en los despachos senatoriales, así que Labieno todavía tiene esperanzas. Durará hasta que llegue la decisión final. Si César decide marchar contra Roma, les hará un regalo a los boni: Tito Labieno.
–¡Oh, Trebonio, reza todo lo que puedas para que no estalle una guerra civil!
César también rezaba por eso mientras trataba de hacer acopio de todo su ingenio para enfrentarse a los boni dentro de los límites de la constitución no escrita de Roma, la mos maiorum. Los cónsules para el año siguiente eran Lucio Emilio Lépido Paulo como senior y Cayo Claudio Marcelo como junior. Cayo Marcelo era primo hermano del actual cónsul junior, Marco Marcelo, y también del hombre que se predecía que sería cónsul el año después del año siguiente, otro Cayo Marcelo. Por ese motivo a menudo se referían a él como Cayo Marcelo el Viejo, y a su primo como Cayo Marcelo el Joven. Terco enemigo de César, de Cayo Marcelo el Viejo no se podía esperar nada. Paulo era diferente. Exiliado por tomar parte en la rebelión de su padre, Lépido había llegado un poco tarde a la silla curul de cónsul, y lo había logrado reconstruyendo la basílica Emilia, que era, con gran diferencia, el edificio más importante del Foro Romano. Luego llegó el
desastre el día en que el cuerpo de Publio Clodio ardió envuelto en llamas en la casa del Senado; la casi acabada basílica Emilia ardió también, y Paulo se encontró sin dinero para volver a empezar.
Paulo era un hombre de paja, y éste era un hecho del que César estaba al corriente. Pero así y todo lo compró. Valía la pena ser el amo del cónsul senior. Paulo recibió mil seiscientos talentos de César durante el mes de diciembre, entró como hombre de César en las nóminas que llevaba Balbo, y la basílica Emilia pudo reconstruirse aún con mayor esplendor. De más importancia era Curión, que fue comprado por sólo quinientos talentos e hizo exactamente lo que César le había sugerido, fingir que se presentaba al tribunato de la plebe en el último momento y, cosa que no era difícil tratándose de un Escribonio Curión, fue elegido con el mayor número de votos.
César también puso en marcha otros proyectos. Todas las ciudades importantes de la Galia Cisalpina recibieron enormes cantidades de dinero para erigir edificios públicos o para reconstruir sus plazas de mercado, como hicieron los pueblos y ciudades de Provenza y de la propia Italia.
Pero todas esas poblaciones tenían una cosa en común: le habían manifestado su apoyo a César. Durante algún tiempo pensó en donar edificios a las Hispanias, a la provincia de Asia y a Grecia, pero luego decidió que tal inversión no sería apoyo suficiente para él si Pompeyo, un patrón mucho mayor en aquellos lugares, elegía no permitir que sus protegidos apoyaran a César. Nada de todo aquello se hizo para ganar los favores en el caso de que estallase una guerra civil, sino para atraer a los influyentes plutócratas locales al terreno de César y para animarlos a que sugirieran a los boni que ellos no verían con agrado que a César se le tratase mal. La guerra civil era la última alternativa, y César creía realmente que era una alternativa tan abominable, incluso para los boni, que nunca se llegaría a tal extremo. Y el modo de ganar era hacer imposible a los boni ir en contra de los deseos de la mayoría de Roma, Italia, Galia Cisalpina, Iliria y la provincia gala romana.
César comprendía la mayoría de las idioteces, pero no podía, ni siquiera cuando se hallaba en estados de ánimo muy pesimistas, creer que un pequeño grupo de senadores romanos prefirieran precipitarse a una guerra civil antes que enfrentarse a lo inevitable y darle a César lo que, al fin y al cabo, no era más que lo que se le debía. Ser legalmente cónsul por segunda
vez, libre de procesamientos, el primer hombre de Roma y el primer nombre en los libros de historia. Estas cosas se las debía él a su familia, a su dignitas, a la posteridad. No dejaría ningún hijo, pero un hijo no era necesario a menos que éste tuviera la habilidad de subir aún más alto. Eso no solía ocurrir, todo el mundo lo sabía. Los hijos de los grandes hombres nunca eran grandes. Como ejemplos estaban el Joven Mario y Fausto Sila…
Mientras tanto había qúe pensar en la nueva provincia romana de la Galia Comata. Forjar, cribar a los mejores hombres locales. Y unos cuantos problemas que resolver de naturaleza más prudente, incluido el de deshacerse de dos mil galos que César no creía se inclinaran ante Roma durante más tiempo que el que durase su mandato en la nueva provincia.
Mil de ellos eran esclavos que César no se había atrevido a vender por temor a represalias sangrientas, bien fuera contra sus nuevos dueños o en insurrecciones parecidas a la de Espartaco. El segundo millar estaba compuesto por galos libres, en su mayoría jefes de tribu, que no se habían acobardado ni siquiera después de producirse la amputación de manos en las víctimas de Uxellodunum.
Acabó mandándolos a pie a Masilia y cargándolos a bordo de transportes bajo una fuerte vigilancia. Los mil esclavos fueron enviados al rey Deiotaro de Galacia, que era galo él también y siempre estaba necesitado de buenos hombres de caballería; sin duda, cuando llegaran, Deiotaro los haría libres y les presionaría para que prestaran servicio de armas. Los mil galos libres los envió al rey Ariobárzanes de Capadocia.
Ambos lotes de hombres eran regalos, una pequeña ofrenda en el altar de la diosa Fortuna. La suerte era señal de que se gozaba del favor de los dioses, pero nunca estaba de más forjarse la suerte por sí mismo. Atribuir el éxito a la suerte era una manera de pensar muy vulgar, y nadie sabia mejor que César que detrás de la suerte había mares de trabajo duro y pensamiento profundo. Sus tropas podían alardear de la suerte que tenía César; eso a él no le importaba lo más mínimo. Mientras pensasen que él tenía suerte, no tenían miedo, con tal de que él estuviera allí para lanzar sobre ellos el manto de su protección. Fue una suerte vencer al pobre Marco Craso, que tuvo los días contados desde el momento en que sus tropas decidieron que era gafe. Ningún hombre estaba libre de cierta clase de superstición, pero los hombres de humilde cuna y educación escasa eran supersticiosos en grado sumo. César jugaba con eso conscientemente. Porque si la suerte
provenía de los dioses y se pensaba que un gran hombre la tenía, lógicamente ese hombre adquiría una especie de reflejo de la divinidad, y no hacía daño que los soldados pensasen que su general se hallaba sólo un poco más abajo que los dioses.
Justo antes de final de año, César recibió una carta de Quinto Cicerón, legado senior al servicio de su hermano mayor, el gobernador de Cilicia.
No hacía falta que te dejase tan pronto, César. Ése es uno de los castigos por trabajar para un hombre que se mueve a tanta velocidad como tú. No sé por qué supuse que mi hermano Marco se apresuraría a partir hacia Cilicia, pero no fue así. Se marchó de Roma a primeros de mayo y tardó casi dos meses en llegar a Atenas. ¿Por qué adula tanto a Pompeyo Magno? Tiene algo que ver con la época en que él tenía diecisiete años y era cadete en el ejército de Pompeyo Estrabón, ya lo sé, pero me parece que la deuda que a Marco se le antoja que tiene con Pompeyo Magno por la protección que le dio entonces es tremendamente exagerada. Por esta carta percibirás que ya en ruta tuve que sufrir dos días en la casa que tiene Magno en Tarentum. No puedo, por mucho que lo intente, simpatizar con ese hombre.
En Atenas (donde estuvimos esperando que llegase Pomptino, el legado militar de Marco… yo hubiera sido un general para Marco mucho más competente, ya sabes, pero él no se fiaba de mí) nos enteramos de que Marco Marcelo había azotado a un ciudadano de tu colonia de Novum Comum. Una verdadera desgracia, César. Mi hermano se indignó igualmente, aunque tenía los pensamientos, en su mayor parte, ocupados por la amenaza de los partos. De ahí que se negase en redondo a marcharse de Atenas hasta que Pomptino llegase.
Tardamos otro mes en cruzar la frontera para entrar en Cilicia por Laodicea. ¡ Un lugar muy bonito , con todas esas deslumbrantes terrazas de cristal que caen sobre precipicios! Entre las charcas de agua pura y templada que hay encima, los lugareños han construido unos pequeños pero lujosos refugios de mármol para personas como Marco y yo, agotados por el calor y el polvo que encontramos durante todo el camino desde Éfeso hasta Laodicea. Fue delicioso pasar unos días empapándonos en las aguas (por lo visto son buenas para los huesos) y jugueteando como peces.
Pero luego, al proseguir el viaje, descubrimos la clase de honor que Léntulo Spinther y luego Apio Claudio habían impuesto a la pobre y
devastada Cilicia. Mi hermano dijo que era «una verdadera ruina y desolación», y no es ninguna exageración. La provincia ha sido saqueada, explotada y violada. Todo y todos han sido acribillados a impuestos; entre otros, por el hijo de tu querida amiga Servilia. Sí, siento decirlo, pero Bruto parece haber trabajado en la misma onda que su suegro Apio Claudio en toda clase de asuntos censurables. Aunque se reprime mucho de ofender a gente importante, mi hermano le dijo a Atico en una carta que consideraba despreciable la conducta de Apio Claudio en su provincia. Tampoco le complació que Apio Claudio lo esquivase.
Permanecimos en Tarso sólo unos cuantos días, pues Marco estaba ansioso por empezar la temporada de campaña y Pomptino también. Los partos habían atacado a lo largo del Éufrates, y el rey Ariobarzanes de Capadocia se encontraba en una situación muy apurada, debido en gran parte a un ejército casi tan pobre como las dos legiones que encontramos en Cilicia. ¿Porqué ambos ejércitos estaban tan menguados? Por falta de dinero. Uno ha de deducir que Apio Claudio se guardó para sí la mayor parte del dinero destinado a pagar las semanadas del ejército, y que no se preocupó por incrementar la fuerza de cada legión mientras estaba pagando la mitad de hombres que sus libros decían que pagaba. El rey Ariobarzanes de Capadocia no tenía dinero suficiente para pagar un ejército decente, principalmente debido al hecho de que el joven Bruto, ese pilar de rectitud romana, le había prestado dinero a un astronómico interés compuesto. Mi hermano se enfadó muchísimo.
Pero, en fin, pasamos los tres meses siguientes de campaña en Capadocia, un asunto muy cansado. ¡Oh, Pomptino está loco! Tarda días y días en entrar en una aldea patéticamente fortificada que tú tardarías tres horas en tomar. Pero, claro, mi hermano no sabe cómo se ha de manejar una guerra, así que está muy satisfecho.
Bíbulo tardó muchísimo en llegar a Siria, lo que significa que tuvimos que esperar a que se pusiera en orden antes de empezar nuestra campaña con junta desde ambos lados de las laderas del A mano. En realidad ahora estamos a punto de comenzarla. Supongo que llegó a Antioquía en sextilis y le metió prisa al joven Cayo Casio en su camino de regreso a Roma con mucha frialdad. Naturalmente, tiene a sus dos hijos con él. Marco Bíbulo tiene poco más de veinte años, y Cneo Bíbulo unos diecinueve. Los tres Bibulos se enojaron mucho al descubrir que Casio se las había arreglado
muy bien con la amenaza de los partos, incluyendo una emboscada que llevó a cabo en el do Orontes que hizo que Pacoro y su ejército parto se fueran a casa con mucha prisa.
Este fervor no es muy del gusto de Bíbulo, creo yo. Su método para tratar con los partos es bastante diferente al de Casio, ciertamente. En lugar de tomar en consideración la guerra, ha contratado a un parto llamado Ornadapates y le está pagando para que le deje caer al oído al rey Orodes el rumor de que Pacoro, el hijo preferido de Orodes, tiene intención de usurpar el trono de su padre. Inteligente pero no admirable, ¿no te parece?
Echo mucho de menos la Galia Comata, César. Echo de menos la clase de guerra que nosotros solíamos llevar a cabo, una guerra tan viva y tan práctica, tan desprovista de maquinaciones dentro del alto mando. Por aquí me parece que me paso tanto tiempo tratando de aplacar a Pomptino como haciendo cualquier otra cosa más productiva. Escríbeme, por favor.
Necesito que me animen.
¡Pobre Quinto Cicerón! Pasó algún tiempo antes de que César pudiera sentarse a contestar esta carta más bien triste. Típico de Cicerón, preferir a una nulidad dispuesta siempre a darle coba como Cayo Pomptino antes que a su propio hermano. Porque Quinto Cicerón tenía razón; él habría resultado un general mucho más capaz que Pomptino.
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