Roma 05 - César
La Galia de los cabelleras largas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Una idea brillante, César, la de reunir y editar tus Comentarios sobre la guerra en la Galia y ponerla al alcance de todo el mundo. Todos la están devorando y los boni, por no decir el Senado, se han puesto lívidos. No le corresponde, rugía Catón, a un procónsul que está al mando en una guerra que él dice que le fue impuesta a la fuerza, el anunciar a bombo y platillo su exaltado nombre y ensalzar sus hazañas por toda la ciudad. Pero nadie le hace ningún caso, pues las copias se agotan tan rápidamente que hay una lista de espera. No es de extrañar. Tus Comentarios son tan emocionantes como La Iliada de Homero, con la ventaja de que son reales y ocurren en nuestros días.
Tú sabes, naturalmente, que Marco Marcelo, el cónsul junior se está haciendo completamente odioso. Casi todo el mundo aplaudió cuando tus tribunos de la plebe le vetaron y le impidieron hablar de tus provincias en la Cámara en las calendas de marzo. Este año tienes buenos hombres en el banco de los tribunos.
Me asombró que Marcelo fuera mucho más allá y anunciase que la gente de la colonia que tú fundaste en Novum Comum no son ciudadanos romanos. Mantenía que tú no tenías poder legal para hacer eso, ¡aunque Pompeyo Magno lo tenga! Hablar de una ley para este hombre y de otra ley para aquel hombre… Marcelo ha perfeccionado ese arte. Pero para la Cámara es un suicidio decretar que las personas que viven en la orilla más alejada del Po en la Galia Cisalpina no son ciudadanos y que nunca lo serán. A pesar del veto tribunicio, Marcelo siguió adelante e hizo que el decreto se inscribiera en bronce y lo colgó públicamente en la tribuna de los oradores.
Lo que probablemente no sepas es que el resultado de todo esto es un enorme escalofrío de miedo que va desde los Alpes, en lo alto de la Galia Cisalpina, hasta la punta y el talón de Italia. La gente se muestra muy
desconfiada, César. En todas las ciudades de la Galia Cisalpina se dice que a quienes le han dado a Roma tantos miles de sus mejores soldados ahora el Senado les informa de que no son lo bastante buenos. Los que viven al sur del Po temen que les despojen de la ciudadanía, y los que viven al norte del Po temen que no se les conceda jamás. Ese sentimiento está por todas partes, César. En Campania he oído decir a cientos de personas que necesitan que César vuelva a Italia, que César es el más infatigable adalid de la gente corriente que Italia ha conocido nunca, que César no permitiría esos insultos y groseras injusticias senatoriales. Este sentimiento se está extendiendo, pero ¿puede alguien, otros o yo, meterles en la cabeza a esos adoquines del grupo de los boni que están jugando con fuego? No.
Mientras tanto ese complaciente idiota de Pompeyo está sentado como un sapo en un pozo negro, ignorándolo todo. Está feliz. Esa arpía de cara congelada que es Cornelia Metela le ha apretado tanto las tuercas que él asiente, se crispa, empuja y se revuelca cada vez que ella le da un codazo.
Y cuando digo codazo no me refiero a ninguna travesura, pues dudo de que hayan dormido alguna vez en la misma cama o que hayan echado un polvo contra la pared del atrio.
De modo que, ¿por qué te estoy escribiendo cuando en realidad nunca he sido amigo tuyo? Por varios motivos, y seré sincero acerca de todos ellos. El primero es que estoy muerto de asco de ver a los boni. Yo antes pensaba que cualquier grupo de hombres que tuviera tan cerca del corazón los intereses de la mos maiorum había de tener la razón de su parte, aun cuando cometieran asombrosos errores políticos. Pero supongo que en los últimos años he visto cómo son de verdad. Parlotean acerca de cosas de las que no tienen ni idea, y ésa es la única verdad. Es un mero disfraz para su propia incapacidad, para su total falta de sentido común. Si Roma empezara a desmoronarse materialmente alrededor de ellos, se limitarían a quedarse de pie parados y dirían que una parte de la mos maiorum había sido aplastada por una columna.
El segundo motivo es que aborrezco a Catón y a Bíbulo. Son los dos generales de salón más hipócritas que he conocido. Analizan tus Comentarios de la manera más experta, aunque ninguno de ellos podría mandar como jefe ni en una pelea de burdel. Que si hubieras podido hacer esto mejor o aquello con más rapidez, y cualquier cosa con más diplomacia, Y tampoco entiendo la ceguera del odio que te tienen. ¿Qué les
has hecho tú a ellos? Por lo que yo veo, simplemente has hecho que parezcan tan pequeños como son en realidad.
El tercer motivo es que tú te portaste bien con Publio Clodio cuando eras cónsul. Su destrucción la provocó él mismo. Me atrevo a decir que la vena de heterodoxia de los Claudios que había en Clodio se convirtió en una forma de locura. No tenía idea de cuándo parar. Hace ya más de un año que murió, pero yo sigo echándole de menos. Aunque al final nos habíamos alejado un poco.
El cuarto motivo es muy personal, aunque está muy relacionado con los tres primeros. Me encuentro terriblemente endeudado y no sé cómo salir del apuro. Cuando mi padre murió el año pasado, pensé que todo se arreglaría por sí solo. Pero no me dejó nada. No sé dónde fue a parar el dinero, pero desde luego no quedaba nada después de que mi padre dejara de sufrir. La casa es lo único que heredé, y tiene una enorme hipoteca. Los prestamistas me apremian sin piedad para que les pague, y la estimable casa de finanzas que tiene la hipoteca amenaza con extinguir el derecho a redimirla.
A todo lo cual hay que añadir que quiero casarme con Fulvia. ¡Bueno, ahí tienes! Parece que te lo estoy oyendo decir. La viuda de Publio Clodio es una de las mujeres más ricas de Roma, y cuando muera su madre, lo que no puede tardar demasiado en suceder, será mucho más rica. Pero no puedo hacer eso, César. No puedo amar a una mujer del modo como la he amado durante muchos años y casarme con ella lleno hasta las cejas de deudas. El asunto es que yo nunca me imaginé que Fulvia llegara a mirarme nunca, pero el otro día me tiró una indirecta tan clara que me dejó hecho polvo. Me muero de ganas de casarme con ella, pero no puedo hacerlo. No hasta que haya pagado lo que debo y pueda mirarla directamente a los ojos.
Así que he aquí mi proposición. Tal como van las cosas en Roma, vas a necesitar al más capaz y brillante tribuno de la plebe que Roma haya producido nunca, porque los demás están babeando ante la mera idea de las calendas de marzo del año que viene, cuando tus provincias salgan a debate en la Cámara. Dicen los rumores que los boni propondrán una moción para despojarte de ellas inmediatamente y, gracias a la ley de cinco años, mandarán a Enobarbo para que te sustituya. Éste nunca aceptó una provincia después de su consulado porque era demasiado rico y demasiado
perezoso para tomarse la molestia. Pero ahora sería capaz de ir andando cabeza abajo a Plasencia con tal de tener la oportunidad de sustituirte.
Si pagas mis deudas, César, te doy mi solemne palabra de Escribonio Curión de que seré el tribuno de la plebe más capaz y brillante que Roma ha visto jamás. Yde que siempre actuaré en defensa de tus intereses. Me pondré a la tarea de mantener a raya a los boni hasta que concluya el período de mi cargo, y no es una promesa yana. Necesito por lo menos cinco millones.
Durante largo rato después de leer la carta de Curión, César se quedó sentado sin moverse. La suerte estaba con él, y qué maravillosa suerte.
Curión como tribuno de la plebe comprado y pagado. Un hombre de gran honor, aunque eso en realidad no era algo que se hubiera de tener en consideración. Una de las normas más rigurosas de la conducta política romana era el código que gobernaba a aquellos que aceptaban sobornos.
Una vez que se compraba a un hombre, comprado quedaba. Porque el deshonor no estaba en que lo compraran, sino en no permanecer comprado.
Un hombre que aceptaba un soborno y luego faltaba a su palabra se convertía en un marginado social de entonces en adelante. La suerte estaba en que se le ofreciera un tribuno de la plebe del calibre de Curión. El hecho de si resultaba tan bueno como él pensaba que era no se ponía en duda; incluso aunque resultara la mitad de bueno de lo que él esperaba que fuera, seguiría siendo una perla que no tenía precio.
César se dio la vuelta en la silla para quedar de frente al escritorio, cogió la pluma, la mojó en el tintero y comenzó a escribir.
Mi querido Curión, estoy salvado. Nada me proporcionaría mayor placer que el que se me permita ayudarte a salir de tu apuro económico.
Por favor, créeme cuando te digo que no requiero ningún servicio de ti en pago por el privilegio de poder ayudarte en este asunto. La decisión queda, pues, por completo en tus manos.
No obstante, si quisieras tener la oportunidad de brillar como el más capaz e inteligente tribuno de la plebe, entonces a mí me honraría pensar que tú te esfuerzas por cuidar de mis intereses. Como muy bien dices, llevo a los boni alrededor del cuello como las serpientes de Medusa. Y tampoco tengo ni idea de por qué se han fijado en mí como blanco durante casi tantos años como llevo en el Senado. El porqué no es importante, lo
importante es el hecho de que verdaderamente yo soy el blanco a por el que van.
Pero si queremos bloquear a los boni cuando lleguen las calendas de marzo próximo, creo que nuestro pequeño pacto debe permanecer en secreto. Y tampoco deberías anunciar que te vas a presentar como candidato a tribuno de la plebe. ¿Por qué no te buscas a algún tipo necesitado (pero no en el Senado) que esté dispuesto a anunciar que desea presentarse como candidato pero que además esté preparado para retirarse en el último momento? A cambio, desde luego, de unos bonito s honorarios.
Eso lo dejo en tus manos. No tienes más que pedirle a Balbo los recursos necesarios. Cuando dicho tipo necesitado se retire justo antes de que comiencen las elecciones, da un paso adelante y ofrécete como candidato sustituto como si acabases de tener el impulso de hacerlo. Esto te convertirá en inocente de cualquier sospecha acerca de que estuvieras actuando en favor de los intereses de alguien.
Incluso cuando entres en el cargo de tribuno de la plebe, Curión, aparentarás que actúas por tu cuenta. Si quieres una lista de leyes útiles, te la proporcionaré con mucho gusto, aunque imagino que no tendrás dificultad para que se te ocurran unas cuantas que aprobar sin necesidad de mi guía. Cuando introduzcas tu veto en las calendas de marzo para bloquear el debate acerca de mis provincias, estoy seguro de que eso caerá sobre los boni como los proyectiles que lanza un escorpión en la guerra.
Dejo a tu criterio el idear una estrategia adecuada, no hay nada peor que un hombre que no dé a sus colegas suficiente cuerda. Pero si necesitas que hablemos de alguna estrategia, en mí tienes a tu servidor. Sólo quiero que te quede claro que no lo espero de ti.
Aunque te advierto de que los boni todavía no han gastado todas sus municiones. Antes de que accedas al cargo, se les ocurrirán muchas maneras más de hacerte la tarea más difícil. Y posiblemente más peligrosa.
Una de las marcas del verdadero gran tribuno de la plebe es el martirio. Tú me caes bien, Curión, y no quiero ver que los cuchillos del Foro centellean en tu dirección, ni cómo te arrojan desde el borde del monte Tarpeyo.
¿Te bastaría con diez millones para ser un hombre completamente libre? Si es así, los tendrás. En la misma bolsa que lleve esta carta le enviaré otra a Balbo, así que puedes hablar con él en cualquier momento después de que recibas la presente. A pesar de lo que parece una tendencia
al cotilleo, Balbo es la discreción personificada, y lo que decide diseminar por ahí ha sido todo cuidadosamente pensado de antemano.
Te felicito por tu buena elección de esposa. Fulvia es una mujer interesante, y las mujeres interesantes escasean. Ella cree con verdadera pasión, y se adherirá absolutamente a ti y a tus aspiraciones. Pero eso tú lo sabes mejor que yo. Por favor, dale mis mejores recuerdos y dile que estoy deseando verla cuando regrese a Roma.
Allí estaban diez millones bien gastados. Pero ¿cuándo le sería posible regresar a la Galia Cisalpina? Era junio, y la perspectiva de poder marcharse de la Galia Transalpina se iba haciendo, si acaso, cada vez más remota. Era probable que los belgas estuviesen ya completamente acabados, pero Ambiórix y Commio seguían en libertad. Por eso tendría que vapulear a los belgas una vez más. Las tribus de la Galia central estaban definitivamente acabadas; los arvernos y los eduos no volverían a escuchar nunca más a un Vercingetórix o a un Litavico. Al venirle a la cabeza el nombre de Litavico, César se estremeció, pues, a pesar de llevar cien años bajo el dominio de Roma, no por ello Litavico había dejado de sentirse galo. ¿Les sucedería eso también a todos los galos? La sabiduría decía que un gobierno continuo basado en el miedo y en el terror no beneficiaría ni a Roma ni a la Galia. Pero ¿cómo llevar a los galos hasta el punto donde pudieran ver por sí mismos dónde estaba su destino? ¿Ahora miedo y terror para que luego, cuando eso aflojase, se sintieran agradecidos? ¿Miedo y terror ahora para que los galos los tuvieran siempre presentes en el recuerdo, incluso cuando ese terror ya no existiera? La guerra era un asunto de pasión para los pueblos que no eran el romano, iban a la guerra furiosos de justo enojo, sedientos de matar enemigos. Pero esa clase de emociones son difíciles de sostener en su justo punto. Cuando ya todo estaba dicho y hecho, lo que deseaba cualquier pueblo era vivir en paz, seguir adelante con una vida corriente y agradable, ver crecer a sus hijos, comer en abundancia, estar calientes en invierno. Sólo Roma había convertido la guerra en un negocio. Por eso Roma siempre ganaba al final. Porque, aunque los soldados romanos aprendían a odiar a sus enemigos de una manera saludable, abordaban la guerra con la cabeza lo suficientemente fría como para hacer negocio: entrenados a conciencia, absolutamente pragmáticos y con una gran confianza en si mismos. Veían la diferencia entre perder una batalla y perder una guerra, y también comprendían que las batallas se
ganaban antes de que se arrojase el primer pilum, que las batallas se ganaban en el campo de prácticas y en el campamento de instrucción.
Disciplina, contención, pensamiento, valor. Orgullo por la calidad profesional. Ningún otro pueblo poseía esa actitud ante la guerra. Y ningún otro ejército romano poseía esa actitud de forma más profesional que el de César.
A principios de quinctilis llegaron de Roma noticias muy turbadoras.
César estaba todavía en Bibracte con Antonio y la duodécima legión, aunque ya le había enviado órdenes a Labieno de reducir a los tréveres, y estaba a punto de partir hacia las tierras de Ambiórix en Bélgica; los eburones, los atrebates y los belovacos tenían que entender de una vez por todas que cualquier resistencia era inútil.
Marco Claudio Marcelo, el cónsul junior, había flagelado públicamente a un ciudadano de la colonia de César en Novum Comum. No lo había hecho con sus propias manos, desde luego, pero la hazaña se hizo por orden suya. Y el daño era irreparable. No se podía flagelar a un ciudadano romano. Se le podía castigar y apalear con las varas que componían las fasces de un lictor, pero su espalda era inviolable, estaba legalmente protegida del contacto de un látigo de correas de cuero. Y Marco Marcelo iba diciendo a toda la Galia Cisalpina y a toda Italia que muchas personas que se consideraban a sí mismos ciudadanos en realidad no lo eran. Podían ser y serían flagelados.
–¡No estoy dispuesto a consentirlo! – les dijo César, blanco de ira, a Antonio, Décimo Bruto y Trebonio-. ¡Los habitantes de la Novum Comum son ciudadanos romanos! ¡ Son mis protegidos y les debo protección!
–Pues va a ocurrir cada vez más -terció Décimo Bruto con aspecto severo-. Todos los Claudios Marcelos están hechos con el mismo molde, y hay tres de ellos en edad de ser cónsules. Se comenta que todos lo serán: Marco este año, su primo hermano Cayo el año que viene y su hermano Cayo al año siguiente. Los boni están dominando ahora; dominan las elecciones de un modo tan completo que no se prevé que haya dos cónsules popularis que accedan al cargo hasta que tú seas cónsul, César. E incluso entonces ¿te pondrán otra vez un peso encima como era Bíbulo? ¡Oh, dioses! ¿Y si resulta que es el mismo Bíbulo?
Todavía tan enfadado que no era capaz de reír, César apretó los labios hasta que formaron una línea recta y puso una expresión feroz.
–¡No aguantaré a Bíbulo como colega, que quede bien claro! Tendré como colega a un hombre que yo quiera, no importa lo que ellos hagan para impedirlo. ¡Pero eso no cambia lo que está sucediendo ahora mismo en la Galia Cisalpina, en mi provincia, Décimo! ¿Cómo se atreve Marco Marcelo a invadir mi jurisdicción para azotar a mi gente?
–Es que tú no tienes un imperium maius completo -le recordó Trebonio.
–¡Oh, bueno, esa clase de imperium sólo se la conceden a Pompeyo! –
aceptó César con brusquedad.
–¿Qué puedes hacer? – le preguntó Antonio.
–Mucho -le aseguró César-. He mandado recado a Labieno y le he pedido que separe a la decimoquinta legión y la ponga al mando de Publio Vatinio. Labieno a cambio puede quedarse con la sexta.
Trebonio se irguió en el asiento.
–La decimoquinta está ya bien sangrada -observó-, aunque sus hombres sólo lleven un año en el frente. Y, si no recuerdo mal, todos proceden del otro lado del Po. Y muchos de ellos son de Novum Comum.
–Exacto -dijo César.
–Y Publio Vatinio es tu partidario más leal -observó Décimo Bruto pensativamente.
De alguna parte César sacó una sonrisa.
–No espero que nadie me sea más leal que tú o que Trebonio, Décimo.
–¿Y yo? – le preguntó Antonio, indignado.
–Tú eres de la familia, así que cállate -le dijo Trebonio sonriendo.
–Vas a enviar a la decimoquinta y a Publio Vatinio a proteger la Galia Cisalpina -dijo Décimo Bruto.
–Así es.
–Ya sé que no hay ningún aspecto legal que te impida hacerlo, César -
intervino Trebonio-, pero… ¿no tomarán eso Marco Marcelo y el Senado como una declaración de guerra? No me refiero a una guerra auténtica, me refiero a la clase de guerra que tiene lugar entre las mentes.
–Tengo una excusa válida -les informó César recobrando algo de su calma habitual-. El año pasado los japudes invadieron Tergeste y amenazaron la zona costera de Iliria, pero la milicia local los venció y no fue nada serio. Enviaré a Publio Vatinio y a la decimoquinta legión a la Galia Cisalpina, y cito al pie de la letra: «para proteger a las colonias de ciudadanos romanos del otro lado del río Po de las invasiones bárbaras».
–El único bárbaro a la vista es Marco Marcelo -comentó Antonio con deleite.
–Creo que interpretará las palabras de la forma correcta, Antonio.
–¿Qué órdenes le darás a Vatinio? – quiso saber Trebonio.
–Que actúe en mi nombre en toda la Galia Cisalpina e Iliria. Que impida que se azote a los ciudadanos romanos. Que dirima los pleitos. Que gobierne la Galia Cisalpina por mi del mismo modo que lo haría yo si estuviese allí -les explicó César.
–¿Y dónde pondrás a la decimoquinta? – le preguntó Décimo Bruto-.
¿Cerca de Iliria? ¿En Aquilea, quizá?
–Oh, no -dijo César-. En Plasencia.
–A un tiro de piedra de Novum Comum.
–Eso es.
–Lo que yo quiero saber es qué le parece a Pompeyo lo de la flagelación
-dijo Antonio-. Al fin y al cabo, él estableció colonias de ciudadanos al otro lado del Po, en la Galia Cisalpina también. Marco Marcelo pone en peligro a sus ciudadanos tanto como a los tuyos.
César arrugó los labios.
–Pompeyo no ha hecho ni ha dicho absolutamente nada. Está en Tarento. Asuntos privados, tengo entendido. Pero ha prometido asistir a una reunión del Senado fuera del pomerium más adelante este mismo mes, cuando pase por allí. El pretexto de la reunión es debatir la paga del ejército.
–¡Eso es una broma! – intervino Décimo Bruto-. El ejército no ha tenido nunca un aumento de sueldo en cien años, literalmente en cien años.
–Cierto. Y he estado pensando en ello -dijo César.
La guerra de desgaste continuó, y los belgas fueron invadidos una vez más, se quemaron sus hogares, las cosechas que empezaban a brotar se rastrillaron o se hundieron en el suelo, mataron a sus animales y las mujeres y los niños se quedaron sin techo. Tribus como los nervios, que habían sido capaces de reunir cincuenta mil hombres en los primeros años de campaña de César en la Galia, ahora apenas llegaban a contar con un millar; las mejores mujeres y los mejores niños se vendieron como esclavos; Bélgica se había convertido en una tierra de ancianos, druidas, lisiados y deficientes mentales. Al final de aquella invasión, César pudo estar seguro de que no quedaba nadie que pudiera tentar a Ambiórix o a Commio, y de que sus
propias tribus, tal como estaban, le temían demasiado a Roma para querer tener algo que ver con sus propios reyes anteriores. A Ambiórix, elusivo como siempre, no se le encontró ni se le capturó nunca. Y Commio se fue al este a ayudar a los tréveres en su lucha contra Labieno, que cuando estaba de campaña era casi tan concienzudo como César.
Se envió a Cayo Fabio con dos legiones para reforzar a Rebilo y a las dos suyas, que se encontraban entre los pictones y los andos, dos tribus que no sufrieron demasiado en Alesia ni estuvieron en primera línea en la resistencia contra Roma. Pero parecía como si, uno a uno, todos los pueblos de la Galia hubieran decidido dar un último golpe en su agonía, pensando quizá que el ejército de César, después de tantos años de guerra, con toda seguridad tenía que estar agotado y con muy poco interés ya. Una vez más se puso de manifiesto que no era así: doce mil andos murieron en una batalla junto a un puente sobre el Loira, y otros perdieron la vida en más combates de menor envergadura.
Lo cual significaba que, de forma lenta pero segura, la zona de la Galia aún era capaz de ofrecer resistencia. La lucha se iba reduciendo constantemente en dirección sur y en dirección oeste, en el territorio de Aquitania, donde Drapes, rey de los senones, se unió a Lucterio después de que su propio pueblo se negara a cobijarlo.
De todos los grandes líderes enemigos, quedaban pocos. Gutruato, de los carnutos, fue devuelto a César por su propio pueblo, que estaba demasiado aterrorizado por las represalias de Roma en el caso de que lo socorriesen. Como había asesinado a ciudadanos civiles en Genabo, su destino no estaba por entero en manos de César; también estaba involucrado en ello un consejo representativo del ejército. A pesar de todos los argumentos de César, que sostenía que Gutruato debía vivir para formar parte de su desfile triunfal, el ejército acabó saliéndose con la suya. A Gutruato se le azotó y luego se le decapitó.
Poco después, Commio se encontró por segunda vez con Cayo Voluseno Cuadrato. Mientras César se dirigía al sur con la caballería, Marco Antonio quedó al mando de Bélgica y acabó con los belovacos por completo e instaló un campamento en Nemetocena, en las tierras de los atrebates, el pueblo de Commio. Éstos tenían tanto miedo a que Roma continuase desgastándolos todavía más a base de guerras de agotamiento que se negaron a tener nada que ver con Commio; quien, después de haberse unido
a una banda de sugambros de ideas parecidas a las de los germanos, acabó buscando refugio en el bandidaje y se dedicó a hacer destrozos entre los nervios, que no estaban en condiciones de resistir. Cuando Antonio recibió una súplica pidiendo ayuda del siempre leal Verticón, le envió a Voluseno junto con una numerosa tropa de caballería para ayudarlo.
El tiempo no había disminuido ni una pizca el rencor que Voluseno sentía hacia Commio. Como sabía quién estaba al frente de los bandidos, Voluseno se puso a trabajar con salvaje entusiasmo y de forma sistemática llevó por donde quiso a Commio y a los sugambros del mismo modo que un pastor conduce a las ovejas, hasta que finalmente se encontraron. Se entabló un duelo lleno de odio entre los dos hombres, que cargaron el uno contra el otro con las lanzas en ristre. Ganó Commio y Voluseno cayó con la lanza de Commio atravesada justo en medio del muslo; tenía el fémur hecho astillas, la carne destrozada, los nervios y los vasos sanguíneos cortados. A la mayor parte de los hombres de Commio los mataron, pero él, que tenía el caballo más veloz, huyó mientras la atención general estaba concentrada en Voluseno, que se encontraba críticamente herido.
Lo llevaron a Nemetocena. Los cirujanos del ejército romano eran buenos, le amputaron la pierna por encima de la herida y Voluseno salvó la vida. Commio envió a un mensajero con una carta para ver a Marco Antonio.
Marco Antonio, ahora creo que César no tuvo nada que ver con la traición de ese Voluseno cabeza de lobo, pero he hecho la promesa de no volver a ponerme delante de un romano. Los Tuatha se han portado bien conmigo. Me entregaron a mi enemigo y yo lo he herido tan gravemente que él perderá la pierna, si no la vida. Mi honor está satisfecho.
Pero estoy cansado. Mi propio pueblo tiene tanto miedo a Roma que no me quiere dar comida ni agua ni techo. El bandidaje es una profesión innoble para un rey. Sólo quiero que se me deje en paz. Como rehenes para garantizar mi buena conducta te ofrezco a mis hijos, cinco chicos y dos chicas, no son todos de la misma madre, pero todos son atrebates y lo bastante jóvenes como para convertirse en romanos verdaderamente buenos.
Yo siempre serví bien a César antes de que Voluseno me traicionase. Y
por ese motivo te pido que me envíes a alguna parte donde pueda pasar el
resto de mis días sin necesidad de tener que volver a levantar una espada.
A algún lugar donde no haya romanos.
La carta le gustó a Antonio, quien tenía un modo más bien anticuado de considerar la valentía, el servicio, el código del verdadero guerrero. Le parecía que Commio era como Héctor y Voluseno como Paris. ¿De qué le serviría a César o a Roma matar a Commio y arrastrarlo detrás de la carroza del vencedor? Y no creía que César pensara de modo diferente, de modo que le mandó una carta a Commio junto con su enviado.
Commio, acepto tu ofrecimiento de rehenes, pues te considero un hombre honrado al que se ha agraviado. Tus hijos estarán al cuidado del propio César, y estoy seguro de que él los tratará como a los hijos de un rey.
Por la presente te sentencio al exilio en Britania. Cómo llegues allí es cosa tuya, aunque te adjunto un pasaporte que puedes presentar en Icio o a Gesoriaco. Britania es un lugar que tú conoces bien de los días que pasaste al servicio de César. Seguro que allí tendrás más amigos que enemigos.
Tan larga es la mano de Roma que no se me ocurre otro sitio adonde enviarte. Queda tranquilo porque allí no verás romanos. César detesta ese lugar. Vale.
El último aliento de rebelión ocurrió en Uxellodunum, una oppidum que pertenecía a los cardurcos.
Mientras Cayo Fabio se ponía en marcha para acabar de reducir a los senones, Cayo Caninio Rebilo se dirigía al sur, hacia Aquitania, consciente de que pronto llegarían refuerzos para aumentar sus dos legiones. Fabio tenía que regresar en el momento en que se hubiera convencido de que los senones estaban ya completamente acobardados.
Aunque tanto Drapes como Lucterio estuvieron al mando de contingentes en el ejército que acudió a ayudar a Alesia, no aprendieron la inutilidad de resistir el asedio. Al enterarse de la derrota de los andos y de que Rebilo se acercaba, se encerraron dentro de Uxellodunum, una fortaleza situada en la cima de una montaña altísima. Ésta quedaba rodeada por un meandro del río Oltis que desgraciadamente no contenía agua, pero que tenía dos fuentes cercanas, una del propio Oltis y la otra de un manantial permanente que brotaba de unas rocas situadas inmediatamente debajo de la sección más alta de las murallas.
Como sólo contaba con dos legiones, Rebilo, cuando llegó, no intentó repetir la táctica empleada por César en Alesia; además, el río Oltis, demasiado fuerte para construir una presa o desviarlo, hacía imposible la circunvalación de la fortaleza. Rebilo se contentó con asentarse en tres campamentos separados en terreno lo suficientemente elevado como para asegurarse de que el enemigo no pudiera llevar a cabo una evacuación secreta de la fortaleza.
Lo que Alesia sí les había enseñado a Drapes y a Lucterio era que una provisión de alimentos tan grande como una montaña era algo esencial para aguantar un asedio. Ambos hombres sabían que Uxellodunum no podía tomarse por asalto por muy brillante que fuera César, porque el risco sobre el cual se alzaba la fortaleza estaba rodeado de otras rocas demasiado difíciles para que las tropas pudieran escalarlas. Y tampoco funcionaría una plataforma de asedio como la que habían construido en Avarico, pues las murallas de Uxellodunum eran tan altas y resultaba tan peligroso aproximarse a ellas que ninguna hazaña de la impresionante ingeniería romana sería capaz de superarlas. Una vez asegurada la comida, Uxellodunum podía aguantar un asedio que durase hasta que el plazo de gobernador de las Galias de César expirase.
Por eso tenían que encontrar comida en enormes cantidades. Mientras Rebilo construía sus campamentos, y mucho antes de que pensase en hacer fortificaciones adicionales, Lucterio y Drapes guiaron a dos mil hombres fuera de la ciudadela y se adentraron en los campos de los alrededores. Los cardurcos se pusieron a trabajar con afán y consiguieron grano, puerco salado, tocino, alubias, garbanzos, tubérculos y jaulas de poíios, patos y gansos. Se encerró el ganado vacuno y las ovejas. Por desgracia el principal cultivo de los cardurcos no era comestible; eran famosos por su lino, y hacían el mejor tejido fuera de Egipto. Por lo cual hicieron incursiones en las tierras de los petrocorios y de otras tribus vecinas, que no mostraron ni mucho menos tanto entusiasmo ante la idea de darles comida a Drapes y a Lucterio como habían mostrado los cardurcos. Pero lo que no se les daba lo cogían, y cuando todas las mulas y carros de bueyes estuvieron bien repletos, Drapes y Lucterio volvieron a casa.
Mientras tenía lugar esta expedición de recogida de alimentos, los guerreros que se quedaron en la fortaleza le hicieron muy difícil la vida a Rebilo; noche tras noche atacaban uno u otro de los tres campamentos, y
con tanta habilidad que Rebilo desesperó de poder terminar ninguna fortificación destinada a constreñir Uxellodunum de una forma más concienzuda.
La enorme caravana de alimentos regresó e hizo un alto a unos veinte kilómetros de Uxellodunum, donde acampó bajo el mando de Drapes, que tenía que quedarse allí y defender el campamento de un posible ataque romano. Entonces algunos visitantes procedentes de la ciudadela aseguraron que los romanos no se habían dado cuenta todavía de la existencia de aquella caravana. La tarea de meter la comida dentro de Uxellodunum recayó sobre Lucterio, que conocía la zona al dedillo. No más carros, dijo.
Los últimos kilómetros había que hacerlos a lomos de mulas, ylos últimos centenares de pasos en plena noche y lo más lejos posible de los tres campamentos romanos.
Había muchos senderos en el bosque entre el campamento de la caravana de alimentos y la ciudadela. Lucterio guió a su contingente de mulas todo lo cerca que se atrevió y se puso a esperar. No se movió hasta cuatro horas después de medianoche, y lo hizo con tanto sigilo como le fue posible; las mulas llevaban una especie de zapatillas acolchadas de lino sobre los cascos, y los hombres les sujetaban los belfos con las manos para que no hiciesen ruido. El silencio era sorprendente. Lucterio iba confiado; seguro que los centinelas apostados en las torres de vigilancia del campamento romano más cercano, en realidad más cercano de lo que Lucterio habría deseado, estarían durmiendo.
Pero los centinelas romanos que estaban en las torres de vigilancia no tenían costumbre de dormitar cuando estaban de servicio, pues el castigo por ello era la muerte a golpes, y las inspecciones del servicio de vigilancia eran despiadadas y siempre por sorpresa.
Si hubiera estado lloviendo o hubiera hecho viento, Lucterio habría podido salirse con la suya. Pero la noche era tan tranquila que incluso el lejano sonido del Oltis se oía claramente en aquel lugar tan apartado del río.
Así que también resultaban claramente audibles otros ruidos extraños: tintineos, raspaduras, susurros apagados, crujidos.
–Despierta al general y haz menos ruido del que se oye ahí afuera -le dijo el jefe de vigilancia a uno de sus hombres.
Rebilo sospechó que se iba a producir un ataque por sorpresa, y mandó exploradores y movilizó el campamento con velocidad y en silencio. Justo
antes del amanecer, atacó tan calladamente que los hombres de Lucterio que cargaban los alimentos apenas se dieron cuenta de lo que ocurría. Invadidos por el pánico, escogieron huir hacia Uxellodunum y dejaron atrás las mulas; por qué Lucterio no hizo lo mismo siempre ha sido un misterio, pues aunque escapó y se adentró en el bosque, no hizo intento alguno de volver al lugar donde estaba Drapes para contarle lo ocurrido.
Rebilo supo dónde se encontraba el campamento de la caravana de alimentos por un cardurco de los que habían capturado, y envió a sus tropas germanas a atacarlo. Los jinetes ubios iban acompañados de guerreros de infantería también ubios, lo que era una combinación letal; y detrás de ellos marchaba velozmente una de las dos legiones de Rebilo. La contienda no llegó a ser tal. A Drapes y a sus hombres los hicieron prisioneros, y toda la comida que habían conseguido con tanto esfuerzo cayó en manos de los romanos.
–¡Y estoy muy contento de ello! – le comentó Rebilo a Fabio al día siguiente mientras le estrechaba la mano efusivamente-. Hay dos legiones más a las que alimentar, pero ya no tenemos que preocuparnos por buscar comida.
–Pues empecemos el sitio -dijo Fabio.
Cuando la noticia de la racha de buena suerte de Rebilo llegó hasta César, éste decidió seguir adelante con la caballería y dejar que Quinto Fufio Caleno, al frente de dos legiones, fuese a paso de marcha normal.
–Porque no creo que Rebilo y Fabio tengan que afrontar ningún peligro
-le dijo César-. Si encontráis algún brote de resistencia en vuestro camino, encárgate de ello sin la menor misericordia. Ya es hora de que la Galia ponga la cabeza bajo del yugo de una vez por todas.
Llegó a Uxellodunum y se encontró con que las fortificaciones de asedio progresaban a buen ritmo, aunque su llegada fue una sorpresa, pues ni Rebilo ni Fabio habían pensado que lo verían allí en persona y lo recibieron con gran alegría.
–Ninguno de nosotros dos es ingeniero, y no hay ingenieros con nosotros que merezcan tal nombre -le dijo Fabio.
–Queréis cortarles el agua -afirmó César.
–Yo creo que tenemos que hacerlo, César. De lo contrario vamos a tener que esperar hasta que el hambre los haga salir, y hay muchos indicios de
que no están escasos de comida, a pesar del intento de Lucterio de introducir más alimentos.
–Estoy de acuerdo, Fabio.
Se encontraban de pie en un montículo rocoso desde donde se veía todo el suministro de agua de Uxellodunum, el sendero que bajaba desde la ciudadela hasta el río y el manantial. Rebilo y Fabio ya habían empezado a tomar medidas en lo referente al sendero que conducía al río y habían apostado arqueros en lugares desde donde podían matar a los que acarreaban el agua sin que los arqueros o los lanceros que había en las murallas de la ciudadela pudiesen atacar a los tiradores romanos.
–No es suficiente -dijo César-. Adelantad las ballestas y cubrid el sendero con piedras de un kilo. Emplead también escorpiones.
Eso dejó a Uxellodunum sólo con el manantial, y llegar a él era tarea mucho más difícil para los romanos, pues quedaba justo debajo de la parte más elevada de las murallas de la ciudadela, y se accedía a él por una puerta que había en la base de las murallas inmediatamente adyacente al manantial. Atacarlo era inútil. El terreno era demasiado accidentado y estaba situado en un lugar en el que no cabían ni un par de cohortes de soldados.
–Me parece que estamos atascados -dijo Fabio suspirando.
César sonrió.
–¡Tonterías! Lo primero que vamos a hacer es construir una rampa con tierra y piedras desde donde estamos ahora hasta aquel punto de allí, a cincuenta pasos del manantial. Es todo cuesta arriba, pero nos proporcionará una plataforma de veinte metros sobre el nivel del suelo que tenemos en este momento. Encima de la rampa construiremos una torre de asedio de diez pisos de altura. Dará sobre el manantial y permitirá así que los escorpiones disparen a cualquiera que intente coger agua.
–Durante el día -puntualizó Rebilo abatido-. Pero ellos se acercarán al manantial cuando sea de noche. Además, nuestros hombres, mientras hacen los trabajos de construcción, se encontrarán al descubierto por completo.
–Para eso están los manteletes, Rebilo, como tú muy bien sabes. Lo importante es hacer que todo este trabajo parezca que es bueno -le dijo César con desenfado-. Como si lo estuviéramos haciendo en serio. Y eso a su vez significa que las tropas que hagan el trabajo deben estar convencidas de que va en serio. – Hizo una pausa con la mirada puesta en el manantial,