Roma 05 - César
La Galia de los cabelleras largas.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
La belleza, no obstante, no estaba muy arriba en la lista de prioridades de César cuando se encontraba de campaña; Samarobriva le venía extremadamente bien. Aunque la Galia de los belgas no era rica en piedra y los galos eran unos canteros pobres en el mejor de los casos, las murallas eran altas y de piedra, y no habría resultado difícil fortificarlas algo más a la manera romana. Ahora estaban erizadas de torres desde las cuales se podía divisar las fuerzas enemigas a varios kilómetros de distancia, las puertas, varias, se encontraban detrás de rampas adicionales y un campamento del ejército formidablemente equipado con defensas se extendía detrás de la fortaleza.
Dentro de los muros de piedra el lugar era espacioso, pero no resultaba inspirador. Allí normalmente no vivía gente; era un lugar dedicado al almacenamiento de comida y tesoros tribales. No había calles como es debido, sólo almacenes sin ventanas y graneros altos que se hallaban diseminados al azar. La fortaleza sí que contenía una gran casa de madera
de dos pisos de altura; en tiempos de guerra el jefe y sus nobles vivían en ella, y en todas las épocas servía de sala de reuniones para la tribu. Allí, en el piso superior, tenía su domicilio César con muchas menos comodidades de las que disfrutaba Trebonio, que, durante una ocupación previa, se hizo construir una casa de piedra situada encima de un horno de vapor de carbones que calentaban el suelo. Además instaló un gran baño y tomó una amante ambiana.
Ninguna de las dos viviendas poseía una letrina que estuviese ·situada por encima de un torrente de agua corriente para que se ·llevara los excrementos a una alcantarilla o a un río. A ese respec·to las tropas estaban bastante mejor; no había ningún campamento de César que no tuviera este tipo de instalaciones. Los fosos que servían de letrina eran aceptables para los campamentos de campaña siempre que se cavasen lo bastante profundos y que el fondo se cubriera a diario con una fina capa de tierra y cal. Pero incluso en invierno estos pozos acababan por producir a largo plazo enfermedades, porque contaminaban el agua del subsuelo. Y los soldados tenían que estar en forma, no enfermos. Aquél no era un problema que los galos comprendieran, porque ellos nunca se congregaban en ciudades, preferían vivir en aldeas pequeñas o en casas aisladas en el campo. Iban a la guerra unos días y se llevaban consigo a sus mujeres y a sus esclavos para que se ocuparan de las funciones corporales. Sólo los siervos se quedaban en casa y los druidas en sus retiros en el bosque.
La escalera de planchas de madera que llevaba al salón de reuniones del piso superior se encontraba en el exterior del edificio, protegida un poco de los elementos por un alero voladizo. Debajo de las escaleras, César construyó una letrina tan profunda que era más bien un pozo; cayó hacia abajo hasta que encontró un arroyo subterráneo que dragó a través de un túnel tan largo que entraba en el río Samara. No era del todo satisfactorio, pero fue lo mejor que pudo hacer. Aquella instalación la usaba también Trebonio. Un trato justo, decía César, a cambio de poder usar su baño.
El tejado era de paja, pues ése es el material que ponían los ga·los en un edificio de cualquier tamaño, pero César tenía el horror ·que todos los romanos tienen al fuego, así como una particular repugnancia a las ratas y a los piojos de los pájaros, animales que pensaban que la paja se había inventado para que ellos disfrutasen. Así que la paja se había sustituido por losas de pizarra que César había hecho traer de las estribaciones de los
Pirineos. Por ello la casa era fría, húmeda y estaba mal ventilada, pues las ventanas se hallaban protegidas por contraventanas de madera maciza en lugar de las contraventanas trasteadas italianas que permiten la renovación del aire. No las cambió porque no tenía la costumbre de permanecer en la Galia de los cabelleras largas durante toda la licencia de seis meses que las estaciones proporcionaban a las tropas. En circunstancias normales se quedaba en cualquier oppidum que hubiera elegido como cuartel general de invierno durante unos días antes de partir hacia la Galia Cisalpina e Iliria, donde atendía a aquellas provincias absolutamente romanas sumido en el exquisito grado de comodidad que le proporcionaba el hombre más rico de cualquier ciudad donde él se hallase de visita.
Aquel invierno sería diferente. No pensaba ir a la Galia Cisalpina y a Iliria; Samarobriva sería su hogar durante los próximos seis meses. Nada de pésames, especialmente ahora que sabía que su madre también estaba muerta. ¿Quién sería el tercero? Sin embargo, pensándolo bien, en su vida las muertes ocurrían a pares, no de tres en tres. Cayo Mario y su padre.
Cinnilla y su tía Julia. Ahora Julia y mater. Sí, a pares. Y además, ¿quién quedaba?
Su esclavo manumitido, Cayo Julio Trasilo, estaba esperando a la puerta, en lo alto de la escalera, y sonreía inclinando la cabeza.
–Vengo a pasar todo el invierno, Trasilo. ¿Qué podemos hacer para convertir esto en un lugar más agradable? – le preguntó César al tiempo que le entregaba la capa escarlata.
Había dos criados esperando para desabrocharle las hebillas de la coraza de cuero y la falda exterior de tiras, pero primero César tenía que despojarse de la faja escarlata que indicaba su elevado imperium; él y sólo él podía tocarla. Cuando estuvo desanudada, César la dobló con cuidado y la colocó en la caja enjoyada que le tendía Trasilo. Su ropa interior era de lino escarlata acolchado con un relleno de lana entre costuras en forma de rombo, lo bastante gruesa para empapar el sudor de la marcha (había muchos generales que preferían usar una túnica en la marcha, aunque viajasen en calesín, pero los soldados tenían que marchar embutidos en cota de malla, así que César llevaba aquella coraza) y lo bastante gruesa para no tener frío. Los sirvientes le quitaron las botas y le pusieron zapatillas de fieltro ligur en los pies; luego retiraron la impedimenta militar para guardarla.
–Sugiero que construyas una casa como es debido, igual que la de Cayo Trebonio, César -le dijo Trasilo.
–Tienes razón, así lo haré. Mañana mismo buscaré un lugar apropiado.
César le dirigió una sonrisa y después desapareció en una gran sala donde se encontraban diseminados varios canapés y otros m Ue’b les romanos.
Ella no estaba allí, pero podía oírla hablando con Orgetórix en la habitación contigua. Lo mejor era encontrarse con ella cuando estaba ocupada, así no podía abrumarlo con su afecto. Había veces en que a César eso le gustaba, pero aquella noche no. Estaba magullado espiritualmente.
Allí. Cerca de la cama plegable, con aquella fabulosa melena de cabello rojo que le caía hacia adelante de modo que él no podía ver de su hijo más que un par de calcetines de lana de color púrpura. ¿Por qué se empeñaba en vestir al niño de púrpura? En muchas ocasiones César le había expresado que ello no era de su agrado, pero ella no lo comprendía, pues era la hija de un rey. Para ella el niño era el futuro rey de los helvecios; por lo tanto el color que le correspondía era el púrpura.
Ella, más que ver a César, notó su presencia y se incorporó inmediatamente con una cara que era toda ojos y dientes, de tan grande que era el placer que sentía. Luego frunció el ceño al verle la barba.
–¡ Tata! – balbuceó el niño tendiéndole los brazos. El niño se parecía más a tía Julia que al propio César, y eso era bastante para que a César se le derritiese el corazón. Los mismos grandes ojos grises, la misma forma de la cara y, por suerte, la misma tez cremosa en lugar de aquel pálido, rosado y pecoso tegumento galo. Pero el pelo lo tenía enteramente suyo, muy parecido al color del cabello que había tenido Sila, ni rojo ni dorado. Y
prometía merecer el cognomen de César, que significaba una buena cabeza con cabello espeso. ¡Cómo habían utilizado los enemigos de César su escaso cabello para ridiculizarlo! Lástima, pues, que aquel niño nunca pudiera llevar el nombre de César. Ella le había puesto el nombre de su padre, que había sido rey de los helvecios: Orgetórix.
Ella había sido la esposa principal de Dumnórix en los días en que éste se ocultaba en un segundo plano mientras odiaba a su hermano, magistrado vergobreto de los eduos.
Después de que los supervivientes del intento de migración helvecia fueron devueltos a sus tierras alpinas y de que César también se las vio con
el rey Ariovisto de los germanos s Ue’b os, había recorrido las tierras de los eduos para familiarizarse con la gente, porque la importancia que tenían en su plan había aumentado. Eran celtas, pero bastante romanizados, y también eran el pueblo más populoso, así como el más rico, de toda la Galia Transalpina; la nobleza hablaba latín y se había ganado el título de Amigo y Aliado del Pueblo Romano. También le proporcionaban a Roma caballería.
La intención de César en un principio, cuando había ido al galope a Ginebra, había sido poner fin a la migración helvecia y a las incursiones germánicas del otro lado del Rin. En cuanto eso estuviera hecho, pensaba comenzar la conquista a lo largo del río Danubio, desde su nacimiento hasta su desembocadura. Pero para cuando terminó la primera campaña de la Galia de los cabelleras largas, sus planes habían cambiado. El Danubio podía esperar. Primero se cercioraría de la seguridad de Italia en el oeste pacificando toda la Galia Transalpina y convirtiéndola en un amortiguador completamente leal entre el Mare Nostrum y los germanos. Había sido Ariovisto el germano quien había producido aquel cambio tan radical; a menos que Roma conquistase y romanizase todas las tribus de la Galia, ésta caería en poder de los germanos. Y lo siguiente en caer sería Italia.
Dumnórix había tramado sustituir a su hermano como hombre más influyente entre los eduos, pero después de la derrota de los aliados helvecios (él había cimentado aquella alianza con un matrimonio) se retiró a su propio feudo cerca de Matisco para lamerse las heridas. Fue allí donde César lo encontró cuando regresaba a la Galia Cisalpina a reorganizar sus pensamientos y su ejército. Había sido bien recibido por el administrador, lo habían conducido a unos aposentos y lo habían dejado en privado hasta que desease reunirse con Dumnórix en la sala de recepción.
Pero entró en la sala de recepción de Dumnórix en el peor momento posible, aquel en que una mujer corpulenta, escupiendo maldiciones sin parar, echaba hacia atrás su poderoso brazo blanco y le atizaba un puñetazo a Dumnórix en la mandíbula con tanta fuerza que César le oyó entrechocar los dientes. Dumnórix cayó cuan largo era en el suelo mientras la mujer, con una fantástica nube de cabello rojo que se le arremolinaba alrededor como si se tratase de la capa de un general, empezaba a darle patadas.
Dumnórix se levantó tambaleándose, pero fue derribado por segunda vez y pateado de nuevo, sin que la mujer escatimara las fuerzas. Otra mujer igualmente grande pero más joven irrumpió en la sala; no recibió mejor
trato por parte de Cabello Rojo, quien le bloqueó el paso y le asestó un gancho a la cara que la arrojó al suelo patas arriba y sin sentido.
Enormemente divertido, César se apoyó en la pared y se puso a mirar.
Dumnórix se retorció hasta ponerse fuera del alcance de aquellos pies mortíferos, se apoyó sobre una rodilla con ojos asesinos y vio al visitante.
–No te preocupes por mí -le dijo César-. Como si no estuviera aquí.
Pero aquello fue la señal del final de aquel asalto, aunque no del combate. Cabello Rojo le plantó un malintencionado puntapié al inanimado cuerpo de su segunda víctima y luego se retiró, mientras sus magníficos pechos subían y bajaban, y sus ojos azul oscuro destellaban, para acabar por plantarse y ponerse a mirar fijamente la incongruente visión de un romano vestido con la toga ribeteada de púrpura que indicaba su elevada condición.
–¡Yo no… te esperaba… tan pronto! – jadeó Dumnórix.
–Eso deduzco. La señora boxea mucho mejor que los atletas en los juegos. Sin embargo, si gustas, regresaré a mis habitaciones y te dejaré que arregles en paz tu crisis doméstica. Si es que paz es la palabra apropiada.
–¡No, no! – Dumnórix se puso bien la camisa, recogió el chal y descubrió que la mujer se lo había arrancado con tanta violencia que el broche que se lo sujetaba al hombro izquierdo le había descosido la manga por la sisa. Miró enojado a Cabello Rojo y levantó un puño-: ¡Te mataré, mujer!
Ella frunció el labio superior con desprecio, pero no dijo ni una palabra.
–¿Puedo hacer de árbitro? – preguntó César al tiempo que se separaba de la pared y caminaba pausadamente para ir a colocarse en una posición estratégica entre Dumnórix y Cabello Rojo.
–Gracias, César, pero prefiero que no. Acabo de divorciarme de esta loba.
–Loba. Rómulo y Remo fueron criados por una loba. Te sugiero que la pongas en el campo de batalla. No tendría problemas para darles una buena paliza a los germanos.
Los ojos de la mujer se habían abierto mucho al oír el nombre del general, y se adelantó hacia César con paso majestuoso hasta que se colocó a sólo unos cuantos centímetros de él y sacó hacia afuera la barbilla.
–¡Soy una esposa agraviada! – exclamó-. ¡Mi pueblo ya no le resulta útil ahora que ha sido derrotado y ha vuelto a sus propias tierras, así que se ha divorciado de mí! ¡Por ningún motivo más que por su propia
conveniencia! ¡No soy infiel, no soy pobre, no soy una sierva! ¡Se ha divorciado de mí sin ningún motivo válido! ¡Soy una esposa agraviada!
–¿Es ésa la competencia? – le preguntó César a la mujer apuntando hacia la muchacha que estaba tendida en el suelo.
El labio de la mujer subió de nuevo.
–¡Puag! – escupió.
·-¿Tienes hijos con esta mujer, Dumnórix?
–¡No, es estéril! – exclamó Dumnórix con énfasis.
–¡No soy estéril! ¿Qué te crees, que los bebés salen de la nada en un altar druida? ¡Entre las putas y el vino, Dumnórix, no eres lo bastante hombre como para cumplir como es debido con ninguna de tus esposas!
Y levantó el puño.
Dumnórix retrocedió.
–¡Tócame si te atreves, mujer, y te rajaré la garganta de oreja a oreja!
Y sacó un cuchillo.
–Vamos, vamos -intervino César en tono de reprobación-. Un asesinato siempre es un asesinato, y es mejor cometerlo en cualquier otro lugar donde no esté presente un procónsul de Roma. Sin embargo, si queréis seguir boxeando, yo estoy dispuesto a hacer de juez. Igualdad de armas, Dumnórix. ¿O la señora tiene también un cuchillo?
–¡Sí! – dijo ella siseando entre dientes.
Cualquier cosa que se hubiera podido hacer o decir a continuación no se hizo ni se dijo, porque la muchacha que estaba en el suelo empezó a gemir.
Dumnórix, claramente prendado de ella, se apresuró a arrodillarse a su lado.
Cabello Rojo se volvió para mirar mientras César, a su vez, la miraba a ella. ¡Oh, era algo digno de verse! Alta y fornida, y sin embargo esbelta y femenina. La cintura, que llevaba ceñida con un cinturón dorado, era diminuta entre dos pechos enormes y dos caderas grandes; y las piernas, pensó César, le conferían la mayor parte de aquella estatura imponente.
Pero era el cabello lo que le cautivaba. Le caía en ríos de fuego sobre los hombros y le bajaba por la espalda hasta bien por debajo de las rodillas, y era tan espeso y rico que tenía vida propia. La mayoría de las mujeres galas tenían un cabello maravilloso, pero ninguna tanto ni tan brillante como el de aquella mujer.
–Tú eres de los helvecios -le dijo César.
La mujer se dio la vuelta hasta quedar frente a él, y de pronto pareció ver más que una toga ribeteada de púrpura.
–¿Tú eres César? – le preguntó.
–Sí. Pero tú no has respondido a mi pregunta.
–Mi padre era el rey Orgetórix.
–Ah, si. Se suicidó antes de la migración.
–Lo obligaron a hacerlo.
–¿Significa esto que volverás con tu gente?
–No puedo.
–¿Por qué?
–Me ha repudiado. Nadie me querrá.
–Sí, eso se merece un puñetazo o dos.
–¡Me ha ofendido! ¡No me lo merecía!
Dumnórix había logrado poner en pie a la muchacha y le rodeaba la cintura con el brazo.
–¡Sal de mi casa! – le rugió a Cabello Rojo.
–¡No hasta que me devuelvas la dote!
–¡Te he repudiado, tengo derecho a quedármela!
–Oh, venga ya, Dumnórix -dijo César con aire agradable-. Eres un hombre rico, no necesitas la dote. La señora dice que no puede regresar con su pueblo. Lo menos que puedes hacer es facilitarle que viva en algún sitio con comodidad. – Se volvió hacia Cabello Rojo-. ¿Cuánto te debe? – le preguntó.
–Doscientas vacas, dos toros, quinientas ovejas, mi cama y la ropa de cama, mi mesa, mi silla, mis joyas, mi caballo, mis criados y mil monedas de oro -recitó la mujer.
–Devuélvele la dote, Dumnórix -le pidió César en un tono que no admitía discusión-. Yo la acompañaré hasta que esté fuera de tus tierras, en la Provenza, y la instalaré en algún lugar lejos de los eduos.
Dumnórix se debatió.
–¡César, yo no podría causarte esa molestia!
–No es molestia, te lo aseguro. Me cae de camino.
Y así se había arreglado. Cuando César partió de las tierras de los eduos iba acompañado de doscientas vacas, dos toros, quinientas ovejas, un carromato lleno de m Ue’b les y cofres, una pequeña multitud de esclavos y Cabello Rojo montada en su caballo italiano de altas ancas.
Lo que el propio séquito de César pensase de aquel circo se lo guardaron para si, agradecidos de que, por una vez, el general no viajase sentado en un calesín mientras les iba dictando a dos secretarios a toda velocidad. En vez de eso cabalgaba al lado de la dama a paso tranquilo, y estuvo hablando con ella todo el camino desde Matisco hasta Arausio, donde supervisó la compra de una ·propiedad lo bastante grande como para que en ella pudieran apacentar doscientas vacas, dos toros y quinientas ovejas, e instaló a Cabello Rojo y a su equipo de sirvientes en la cómoda casa que se alzaba en la propiedad.
–¡Pero ahora no tengo ni marido ni protector! – se quejó la mujer.
–¡Tonterías! – le dijo César riendo-. Esto es la Provenza y pertenece a Roma. ¿Crees que todo el distrito de Arausio no se da cuenta de quién te ha instalado aquí? Yo soy el gobernador. Nadie te tocará. Al contrario, todos doblarán la espalda para ayudarte. Estarás inundada de ofrecimientos de ayuda.
–Te pertenezco.
–Eso es lo que ellos pensarán, ciertamente.
Durante el viaje ella había estado de mal humor más tiempo del que había sonreído, pero entonces sonrió, mostrando al hacerlo todos sus espléndidos dientes.
–¿Y qué piensas tú? – le preguntó a César.
–Pienso que me gustaría usar tu cabello como toga.
–Lo peinaré.
–No -le indicó César al tiempo que se subía a su caballo de viaje-.
Lávalo. Por eso me aseguré de que tu casa tuviera una bañera como es debido. Aprende a utilizarla cada día. Te veré en la primavera, Rhiannon.
La mujer frunció el ceño.
–¿Rhiannon? Ése no es mi nombre, César. Tú ya sabes cómo me llamo.
–Demasiadas equis para que sea un placer lingüístico para mí, Rhiannon.
–Y esa palabra significa…
–Esposa agraviada. Precisamente.
César espoleó el caballo y se alejó al trote, pero regresó en primavera, tal como había prometido.
Lo que pensase Dumnórix cuando su mujer agraviada regresó a la tierra de los eduos con la comitiva de César no lo dijo, pero causó recelo.
Especialmente cuando se convirtió en un delicioso chiste entre los eduos.
La esposa agraviada quedó embarazada en seguida y le dio a César un hijo al invierno siguiente en su casa de Arausio. Lo cual no le impidió a ella viajar en la caravana de bagaje la primavera y el verano siguientes.
Dondequiera que se estableciera el cuartel general, se instalaban la mujer y su hijo y esperaban a César. Era un arreglo que funcionaba bien; César la veía lo suficiente como para seguir fascinado por ella, y Rhiannon había cogido la indirecta y se mantenía a sí misma y al bebé tan lavados que relucían.
César levantó al niño de la cuna y le dio un beso; acercó la carita parecida a una flor a su rostro rasposo y luego le levantó una manita para besarle los dedos gordezuelos.
–Me ha reconocido a pesar de la barba.
–Yo creo que el niño te reconocería aunque te volvieras de otro color.
–Mi hija y mi madre han muerto.
–Sí. Trebonio me lo dijo.
–No hablaremos de ello.
–Trebonio me dijo que pensaba que te quedarías aquí a pasar el invierno.
–¿Preferirías regresar a la Provenza? Puedo enviarte allí, aunque no te lleve yo.
–No.
–Construiremos una casa mejor antes de que llegue la nieve.
–Eso me gustaría mucho.
Mientras continuaban hablando tranquilamente, César caminaba arriba y abajo por la habitación llevando al niño en la doblez del brazo, y le acariciaba los rizos de un dorado rojizo, la piel sin tacha, el abanico de pestañas que caían sobre la sonrosada mejilla.
–Está dormido, César.
–Entonces supongo que debo acostarlo.
Lo metió en la cuna bien envuelto en lana suave de color púrpura y le apoyó la cabeza sobre una almohada púrpura. César permaneció contemplándolo durante unos instantes, y luego rodeó con un brazo a Rhiannon y salió con ella de la habitación.
–Es tarde, pero tengo un poco de cena preparada por si tienes hambre.
César le cogió una trenza de pelo.
–Siempre, en cuanto te veo.
–Primero la cena. No eres un hombre al que le guste mucho la comida, así que tengo que obligarte a comer todo lo que pueda. Hay venado asado y cerdo asado con la piel convertida en burbujas. Y pan crujiente todavía caliente del horno, y seis verduras diferentes de mi huerto.
Era una maravillosa ama de casa, pero de un modo muy diferente a como lo era una mujer romana. Aunque era de sangre real, se arrodillaba en el huerto, hacía el queso ella misma o le daba la vuelta al colchón de su cama, que siempre iba con ella, lo mismo que la mesa y la silla.
La habitación estaba caldeada por varios braseros que resplandecían en medio de las sombras, y de las paredes colgaban pieles de oso y pellejos de lobo en aquellos lugares donde los tablones se habían encogido y el viento entraba silbando a través de ellos, a pesar de que todavía no era invierno.
Comieron abrazados en el mismo canapé, un contacto más amistoso que carnal, y luego Rhiannon cogió el arpa, se la puso sobre las rodillas y comenzó a tocar.
César pensó que quizá aquél fuese otro motivo por el cual esa mujer lo deleitaba. Los galos de cabellera larga sabían hacer una música realmente maravillosa y pulsaban con los dedos muchas más cuerdas de las que tenía una lira; era una música a la vez salvaje y delicada, apasionada y conmovedora. ¡Y, oh, cómo cantaba Rhiannon! Ella empezó a cantar una tonada suave y quejumbrosa tanto en el sonido como en las palabras, pura emoción. La música italiana era más melódica, pero carecía de aquella improvisación indomada; la música griega era más perfecta matemáticamente, pero carecía del poder y de las lágrimas. Esta era una música en la que las palabras no importaban, pero la voz sí. Y César, que amaba la música aún más que la literatura o las artes, la escuchaba extasiado.
Después, hacer el amor con ella era como una extensión de la música.
César era el viento rugiendo por el cielo, el viajero en un océano de estrellas… y hallaba curación en la canción que era el cuerpo de Rhiannon.
Al principio daba la impresión de que la incipiente tormenta gala sería celta después de todo. César llevaba un mes cómodamente instalado en su nueva casa de piedra cuando llegó la noticia de que los ancianos carnutos, incitados por los druidas, habían matado a Tasgetio, su rey. Normalmente una cosa así no era motivo de preocupación, pero en este caso sí que lo era
porque fue la influencia de César lo que llevó a Tasgetio al trono. Los carnutos eran particularmente importantes, dejando aparte su número y su riqueza, porque el centro de la telaraña de los druidas, que se extendía por toda la Galia de los cabelleras largas, estaba localizado en sus tierras, en un lugar llamado Carnutum, que era el ombligo de la tierra de los druidas.
Carnutum no era ni oppidum ni ciudad, sino más bien una colección de bosquecillos de robles, serbales y avellanos cuidadosamente orientados, entremezclados con pequeñas aldeas de moradas de druidas.
La oposición de los druidas a Roma era implacable. Roma representaba una apostasía nueva, diferente y fascinante destinada sin duda alguna a chocar con el carácter druídico y a destruirlo. Y no a causa de la llegada de César. Este sentimiento y esta actitud contrarios a Roma estaban bien arraigados en esa época como resultado de casi doscientos años de ver cómo las tribus galas del sur sucumbían a la romanización. Los griegos habían estado en la Provenza durante mucho más tiempo, pero habían permanecido en el interior, alrededor de Masilia, y habían preferido ser indiferentes a los bárbaros. Mientras que los romanos eran un pueblo incurablemente activo, tenían la habilidad de establecer su modelo y su estilo de vida dondequiera que se asentaran y tenían la costumbre de extender su apreciada ciudadanía a aquellos que cooperaban con ellos y les prestaban buen servicio. Libraban enérgicas batallas para eliminar características indeseables, como cortar cabezas (pasatiempo favorito de los saluvianos, que vivían entre Masilia y Liguria), y siempre regresaban para librar otra guerra si la última no les había salido demasiado bien. Fueron los griegos quienes llevaron la vid y el olivo al sur, pero habían sido los romanos los que habían transformado a los nativos de la Provenza en pensadores romanos: gente que ya no honraba a los druidas y que enviaba a sus hijos a estudiar a Roma en lugar de a Carnutum.
Así pues, la llegada de César fue una culminación más que una causa de raíz. Como era pontífice máximo y por ello la cabeza de la religión romana, el druida jefe solicitó una entrevista con él durante su visita a las tierras de los carnutos en aquel primer año en que Rhiannon viajó con él.
–Si el arverno es aceptable puedes decirle al intérprete que se vaya -dijo César.
–He oído que hablas varias de núestras lenguas, pero ¿por qué arverno?
– le preguntó el druida jefe.
–Mi madre tenía una sirviente, Cardixa, que pertenecía al pueblo arverno.
Una débil manifestación de ira cruzó el rostro del druida.
–Una esclava.
–En un principio si, pero no por muchos años.
César miró de arriba abajo al druida jefe: era un hombre apuesto de pelo amarillo, que debía de estar al final de la cuarentena y que iba vestido simplemente con una túnica blanca y larga de lino; estaba pulcramente afeitado e iba desprovisto de adornos.
–¿Tienes nombre, jefe druida?
–Cathbad.
–Me imaginaba que serías más viejo, Cathbad.
–Lo mismo podría decir yo, César. – A César le llegó el turno de que lo mirasen de arriba abajo-. Eres rubio como los galos. ¿Es raro eso?
–No mucho. En realidad es más raro ser muy moreno. Eso es algo que se puede saber por nuestro tercer nombre, que a menudo hace referencia a alguna característica física. Rufo, que significa cabello rojo, es un cognomen bastante común. Flavio y Albino indican cabello rubio. Un hombre con ojos y cabello completamente negros es Niger.
–Y tú eres el alto sacerdote.
–Sí.
–¿Heredaste el puesto?
–No. Me eligieron pontífice máximo. La duración del cargo es vitalicia, y lo mismo ocurre en el caso de nuestros sacerdotes y augures, que son todos electos. Mientras que nuestros magistrados son elegidos para un mandato de un año solamente.
Cathbad parpadeó lentamente.
–También a mí me eligieron. ¿Y realmente diriges las ceremonias rituales de tu pueblo?
–Cuando estoy en Roma, si.
–Pues eso me confunde. Has sido el magistrado más alto de tu pueblo y ahora lideras ejércitos. Pero sin embargo eres el alto sacerdote. Para nosotros eso es una contradicción.
–Los dos puestos no son incompatibles para el Senado y el pueblo de Roma -le explicó César afablemente-. Por otra parte, tengo entendido que
los druidas constituyen un grupo exclusivo dentro de la tribu. Lo que podríamos llamar los intelectuales.
–Somos los sacerdotes, los médicos, los abogados y también los poetas -
repuso Cathbad esforzándose por mostrarse afable.
–¡Ah, los profesionales! ¿Os especializáis?
–Un poco, en particular los que quieren ser médicos. Pero todos nosotros conocemos la ley, los rituales, la historia y las canciones de nuestro pueblo. Si no, no somos druidas. Hacen falta veinte años para llegar a serlo.
Estaban conversando en el salón principal del edificio público en Genabum, y completamente a solas ahora que habían despedido al intérprete. César había elegido vestir la toga y la túnica de pontífice máximo, unas prendas de magnífico aspecto con amplias franjas de color escarlata y púrpura.
–Tengo entendido que vosotros no escribís nada -dijo César-, que si a todos los druidas de la Galia los matasen el mismo día, los conocimientos también morirían. ¡Pero estoy seguro de que habréis conservado vuestras tradiciones en bronce, en piedra o en papel! La escritura no es algo desconocido aquí.
–Aunque todos los druidas sabemos leer y escribir, no escribimos nada que pertenezca a nuestra profesión. Eso lo memorizamos. Se tarda veinte años.
–¡Muy inteligente! – comentó César con apreciación.
Cathbad frunció el ceño.
–¿Inteligente?
–Es un excelente modo de conservar la vida y el exclusivismo. Así nadie se atreverá a haceros daño. No es de extrañar que un druida pueda caminar sin temor en medio de un campo de batalla y detener la lucha.
–¡No lo hacemos por eso! – exclamó Cathbad.
–Ya lo comprendo. Pero aun así es algo inteligente. – César introdujo otro tema delicado-. Los druidas no pagan impuestos de ningún tipo, ¿no es cierto?
–No pagamos impuesto alguno, es cierto -reconoció Cathbad en actitud sutilmente más rígida, pero con el rostro obstinadamente impasible.
–¿Ni servís en el ejército?
–No, tampoco servimos como guerreros.
–Ni hacéis ninguna tarea servil con vuestras propias manos.
–Eres tú quien es inteligente, César. Tus palabras nos hacen quedar mal.
Pero nosotros servimos a los demás, nos ganamos nuestras recompensas. Ya te lo he dicho, somos los sacerdotes, los médicos, los abogados y los poetas.
–¿Os casáis?
–Sí, nos casamos.
–Y las personas que trabajan os mantienen.
Cathbad no se alteró.
–A cambio de nuestros servicios, que son insustituibles.
–Sí, ya comprendo. ¡Muy inteligente!
–Había supuesto que tenías más tacto, César. ¿Por qué te molestas en insultarnos?
–No os insulto, Cathbad. Sólo quiero saber cómo son las cosas de verdad. Nosotros, los romanos, sabemos muy poco de la estructura de la vida en las tribus galas que hasta ahora no se han puesto en contacto con nosotros. Polibio ha escrito un poco acerca de vosotros, los druidas, y algún que otro historiador os menciona. Pero es mi deber informar de estas cosas al Senado, y la mejor manera de averiguar algo sobre ellas es preguntando -
dijo César sonriendo, aunque sin encanto. Cathbad se mostró impermeable-.
Háblame de las mujeres.
–¿Las mujeres?
–Sí. He observado que a las mujeres, como a los esclavos, se las puede torturar. Mientras que a ningún hombre libre, por baja que sea su posición, se le puede torturar. Y también observo que está permitida la poligamia.
Cathbad se irguió.
–Tenemos diez grados diferentes de matrimonio, César -le dijo con dignidad-. Esto permite una cierta libertad acerca del número de esposas que un hombre puede adquirir. Nosotros los galos somos belicosos. Los hombres mueren en combate. Y en consecuencia esto significa que hay más mujeres en nuestro pueblo que hombres. Nuestras leyes y costumbres se idearon para nosotros, no para los romanos.
–Desde luego.
Cathbad respiró hondo de forma muy audible.
–Las mujeres tienen su lugar. Como los hombres, tienen alma, cambian de lugar entre la tierra y el otro mundo. Y hay sacerdotisas.
–¿Druidas?
–No, druidas no.
–Por cada diferencia hay una similitud -observó César con la sonrisa reflejada en la mirada-. Nosotros elegimos a nuestros sacerdotes, una similitud. Nosotros no permitimos que las mujeres ostenten sacerdocios que son importantes para los hombres, otra similitud. Las diferencias están en nuestra posición como hombres: servicio militar, cargos públicos, pago de impuestos. – La sonrisa desapareció-. Cathbad, no es política romana molestar a los dioses y adoptar cultos de otros pueblos. Los tuyos y tú no corréis peligro alguno por mi parte o por parte de los romanos. Excepto en un único aspecto. Los sacrificios humanos tienen que terminar. Los hombres se matan unos a otros en todas partes y en todas las naciones. Pero ningún pueblo de alrededor de las márgenes del Mare Nostrum mata a hombres ni a mujeres para complacer a los dioses. Los dioses no exigen sacrificios humanos, y los sacerdotes que creen esto están engañados.
–¡Los hombres que nosotros sacrificamos o son prisioneros de guerra o esclavos comprados para ese propósito específico! – replicó Cathbad con brusquedad.
–Aun así, eso tiene que cesar.
–¡Mientes, César! ¡Roma y tú sí que constituís una amenaza para el modo de vida de los galos! ¡Sois una amenaza para las almas de nuestro pueblo!
–No habrá más sacrificios humanos -repitió César, impasible e inf lex ible.
Así continuaron durante varias horas más, cada uno aprendiendo cosas acerca de la forma de pensar del otro. Pero cuando aquel encuentro terminó, Cathbad se marchó bastante preocupado. Si Roma continuaba infiltrándose en la Galia de los cabelleras largas, todo cambiaría; el druidismo iría debilitándose y acabaría por desaparecer. Por eso había que expulsar a los romanos de allí.
La respuesta de César fue empezar a negociar para elevar a Tasgecio al trono de los carnutos, vacante por casualidad. Entre los belgas un combate habría decidido aquel asunto, pero entre los celtas, incluidos los carnutos, los ancianos decidían en consejo, con los druidas vigilando muy atentamente y presionando. El veredicto fue favorable a Tasgecio por un estrecho margen, su innegable linaje fue decisivo. César lo necesitaba porque Tasgecio había pasado cuatro años en Roma de niño como rehén y
conocía los peligros de conducir a su pueblo a una guerra abierta contra Roma.
Ahora todo aquello había acabado. Tasgecio estaba muerto y Cathbad, el druida jefe, era quien dirigía los consejos.
–De modo que -le explicó César a su legado Lucio Munacio Planco-intentaremos una medida disuasoria. Los carnutos son un pueblo bastante sofisticado y el asesinato de Tasgecio puede que no se haya llevado a cabo con intención de empezar una guerra. Quizá lo hayan matado simplemente por motivos tribales. Coge a la duodécima legión y marcha con ella hacia Genabum, la capital. Monta un campamento de invierno en el exterior de las murallas, en el terreno más cercano a ellas que puedas encontrar, y quédate allí vigilando. Afortunadamente no hay mucho bosque, así que en principio no tienen por qué sorprenderte. Estáte preparado para afrontar problemas, Planco.
Planco era otro de los protegidos de César, un hombre que, como Trebonio e Hircio, confiaba muchísimo en el general para avanzar en su carrera.
–¿Y los druidas? – le preguntó.
–Déjalos, a ellos y a Carnutum, rigurosamente en paz, Planco. No quiero que esta guerra tenga nada que ver con la religión porque eso hace más rígida la resistencia. Particularmente detesto a los druidas, pero no entra en mi política provocar su enemistad más de lo que sea necesario.
Partieron Planco y la duodécima, lo cual dejó a César y a la décima como guarnición de Samarobriva. Durante un rato, César jugueteó con la idea de enviar a Marco Craso y a la octava al campamento junto con la décima, pues estaba a sólo cuarenta kilómetros de distancia, pero luego decidió dejarlos donde estaban. Su instinto seguía diciéndole que la revuelta se estaba tramando entre los belgas, no entre los celtas.
Su instinto no se equivocaba. Cuando un adversario es lo suficientemente importante suele producir hombres capaces de oponerse a César, y un hombre así de capaz estaba emergiendo. Se llamaba Ambiórix y era cogobernante de los belgas eburones, la mismísima tribu en cuyas tierras la decimotercera legión, compuesta por soldados novatos, estaba invernando en el interior de la fortaleza de Atuatuca bajo el mando conjunto
«exactamente igual» de Sabino y Cotta.
La Galia de los cabelleras largas distaba mucho de estar unida, en particular cuando se trataba de reunir a los belgas, en parte germanos y en parte celtas, del norte y del noroeste con las tribus de celtas puros del sur.
Esta falta de alianza había beneficiado muchísimo a César, e iba a continuar haciéndolo durante el año siguiente, protagonizado por la guerra. Como Ambiórix no buscaba aliados entre los celtas, acudió a sus colegas belgas.
Y esto le permitió a César luchar contra pueblos distintos en lugar de hacerlo contra un solo pueblo unido. Los atuatucos quedaban reducidos a un puñado, no había aliados allí puesto que César había vendido como esclavos al grueso de la tribu. Tampoco podía Ambiórix esperar cooperación por parte de los atrebates, cuyo rey era Commio, una marioneta romana que confabulaba para utilizar a los romanos como palanca para crear un título nuevo, el de alto rey de los belgas. Los nervios habían sucumbido en su mayor parte varios años antes, pero era una tribu muy grande y populosa que todavía estaba en condiciones de enviar al campo de batalla a un aterrador número de guerreros. Desgraciadamente los nervios luchaban siempre a pie, y Ambiórix era un jinete. Valía la pena ver qué maldades era capaz de tramar allí, pero los nervios nunca seguirían a un líder que iba a caballo. Ambiórix necesitaba a los tréveres, en cuyas filas los soldados a caballo no tenían rival; los tréveres eran, además, el pueblo más numeroso y el más poderoso de entre los belgas.
Ambiórix era un hombre sutil, cosa rara entre los belgas, y tenía una presencia realmente imponente. Era tan alto como un germano de pura sangre y llevaba el cabello, tan rubio como el lino, tieso a base de cal, lo que hacía que le sobresaliera como los rayos alrededor de la cabeza de Helios, el dios del sol; lucía un gran bigote rubio que le caía casi hasta los hombros, y la cara, en la que se encontraban unos feroces ojos azules, resultaba noblemente atractiva. Los pantalones estrechos y la camisa larga que llevaba eran negros, pero el gran chal rectangular, que iba prendido sobre el hombro derecho, con que se cubría el cuerpo, tenía el dibujo a cuadros de los eburones, negro y escarlata, sobre un fondo de amarillo azafrán vivo. Justo por encima del codo llevaba puestos unos brazaletes tan gruesos como serpientes, y en las muñecas se veían dos esposas gemelas incrustadas de ámbar brillante; alrededor de su cuello brillaba un enorme collar dorado con una cabeza de caballo en cada extremo. El broche que le sujetaba el chal era un gran pedazo de ámbar, redondeado y pulido, qúe iba
montado en oro, y el cinturón y la banda que le cruzaba el pecho en diagonal estaban hechos de placas de oro unidas con bisagras y también incrustadas de ámbar, igual que las vainas de su larga espada y de su daga.
Cada centímetro de él parecía el de un rey.
Pero antes de que pudiera adquirir el poder suficiente para convencer a otras tribus de que se unieran a sus eburones, Ambiórix necesitaba una victoria. ¿Y qué necesidad había de buscar más allá de sus propias tierras para encontrarla? Allí, como un regalo, estaban Sabino, Cotta y la decimotercera legión. El problema era el campamento; la amarga experiencia había enseñado a los galos que era prácticamente imposible asaltar y tomar un campamento de invierno fortificado como es debido. En especial cuando, como ocurría en este caso, estaba construido sobre los restos de una formidable oppidum gala que la pericia romana había convertido en inexpugnable. Tampoco serviría de nada rodear Atuatuca y asediarla para que sus moradores se murieran de hambre, pues los romanos contaban con que el enemigo era suficientemente inteligente para hacer aquello. Un campamento romano estaba abastecido de agua potable en abundancia, de grandes cantidades de comida y de instalaciones sanitarias que garantizaban poder mantener a raya las enfermedades. Lo que Ambiórix tenía que hacer era engañar a los romanos para hacerlos salir de Atuatuca. Y el modo de asegurarse de que eso sucediera era atacar Atuatuca teniendo cuidado de mantener a sus eburones fuera del camino para que no les hicieran daño.
Lo que no se esperaba era que Sabino le proporcionara una oportunidad perfecta al enviar una delegación para preguntarle con indignación al rey qué se pensaba que estaba haciendo. Ambiórix se apresuró a contestarle en persona.
–Pero… ¡no pensarás salir ahí afuera tú solo para hablar con él! – le advirtió Cotta cuando vio que Sabino empezaba a ponerse la armadura.
–Pues claro que sí. Y tú deberías venir conmigo, pues también eres comandante.
–¡Yo no!
Así pues Sabino fue solo, acompañado de un intérprete y de una guardia de honor. El encuentro tuvo lugar justo delante de la puerta principal de Atuatuca; Ambiórix estaba acompañado de menos hombres de los que
Sabino llevaba consigo. No había peligro, no había ningún peligro. ¿De qué se preocupaba Cotta?
–¿Por qué has atacado mi campamento? – le preguntó Sabino con exigencia y enojo a través del intérprete.
Ambiórix se encogió de hombros con un gesto exagerado y luego extendió las manos, con los ojos muy abiertos en una expresión de sorpresa.
–Pero, noble Sabino, yo sólo estaba haciendo lo que todos los reyes y jefes de tribu están haciendo de una punta a otra de la Galia Comata -le respondió.
Sabino notó que la sangre se le retiraba de la cara.
–¿Qué quieres decir? – le preguntó al tiempo que se humedecía los labios.
–La Galia Comata está en rebelión, noble Sabino.
–¿Mientras César en persona está instalado en Samarobriva? ¡Mentira!
Otra vez Ambiórix se encogió de hombros, y otra vez abrió mucho los ojos azules.
–César no se encuentra en Samarobriva, noble Sabino. ¿No lo sabías?
Cambió de idea y partió para la Galia Cisalpina hace un mes. En cuanto se hubo marchado, los carnutos asesinaron al rey Tasgecio, y así comenzó la revuelta. Samarobriva se encuentra bajo un ataque tan fuerte que se espera que caiga de un momento a otro. A Marco Craso lo masacraron allí cerca, Tito Labieno está bajo asedio, Quinto Cicerón y la novena legión han muerto y Lucio Fabio y Lucio Roscio se han retirado a Tolosa, en la Provenza romana. Estás solo, noble Sabino.
Con la cara pálida, Sabino asintió bruscamente.
–Comprendo. Te agradezco tu franqueza, rey Ambiórix.
Dio media vuelta y estuvo a punto de echar a correr para entrar en el campamento, con las rodillas temblando, para contárselo a Cotta.
Éste se quedó mirando a Sabino con la boca abierta.
–¡No me creo una palabra de todo eso!
–Más vale que te lo creas, Cotta. ¡Oh, dioses! Marco Craso y Quinto Cicerón están muertos, y sus legiones también.
–Si César hubiera cambiado de idea en lo referente a irse a la Galia Cisalpina, Sabino, ten la seguridad de que nos lo habría comunicado -
insistió Cotta.
–Quizá lo haya hecho. Quizá no hayamos llegado a recibir el mensaje.
–¡Créeme, Sabino, César sigue en Samarobriva! Te han contado una sarta de mentiras para ver si decidimos batirnos en retirada. ¡No hagas caso de lo que te ha dicho Ambiórix! Está jugando al gato y al ratón.
–¡Tenemos que marcharnos antes de que Ambiórix vuelva! ¡Hay que hacerlo ahora mismo!
Sólo hubo otro hombre presente en aquella conversación; se trataba del centurión primipilus, conocido como Gorgona porque con la mirada dejaba a los soldados de piedra. Canoso veterano que había estado en las legiones romanas desde la guerra de Pompeyo contra Sertorio en Hispania, Gorgona había recibido de César el mando de la decimotercera legión por su talento para entrenar y su dureza de carácter.
Cotta lo miró, apelando a él.
–¿A ti qué te parece, Gorgona?
Éste movió afirmativamente varias veces la cabeza, que llevaba cubierta con el fantástico casco dotado de un gran penacho rígido hacia un lado.
–Lucio Cotta tiene razón, Quinto Sabino -dijo-. Ambiórix está mintiendo. Quiere que nos invada el pánico y abandonemos el campamento.
Dentro de este campamento no puede tocarnos, pero en el momento en que estemos en marcha seremos muy vulnerables. Si aguantamos aquí todo el invierno, sobreviviremos. Si nos marchamos, somos hombres muertos.
Estos muchachos son verdaderamente buenos, pero están aún un poco verdes. Necesitan una batalla bien organizada por un buen general que les haga madurar. Pero si se les llama a la lucha sin que algunas legiones veteranas formen en línea con ellos, caerán como moscas. Y yo no quiero ver eso, Quinto Sabino, porque son buenos chicos.
–¡Pues yo os digo que tenemos que ponernos en marcha! ¡Y cuanto antes! – voceó Sabino.
Tras una hora de razonar y discutir, Sabino seguía insistiendo en batirse en retirada. Pero tampoco daban su brazo a torcer Cotta y Gorgona. Al cabo de otra hora seguían insistiendo en que la decimotercera resistiera en el campamento de invierno.
Sabino salió bruscamente de la estancia en busca de un poco de comida, y dejó a Cotta y a Gorgona mirándose el uno al otro llenos de consternación.
–¡El muy chalado! – gritó Cotta sin importarle insultar a un legado en presencia de un centurión-. A menos que tú y yo le convenzamos para que
cambie de opinión acerca de la retirada, hará que nos maten a todos.
–El problema es -opinó Gorgona pensativamente- que Sabino ganó una batalla él solo, sin ayuda de nadie, y por eso ahora cree que conoce el manual militar mejor que Rutilio Rufo, que fue quien lo escribió. Pero los venelos no son belgas, y Viridóvix era el típico galo torpe. Pero Ambiórix no es típico, ni tampoco torpe. Es un hombre muy peligroso.
Cotta suspiró.
–Entonces tenemos que seguir intentándolo, Gorgona.
Y siguieron intentándolo. Cayó la noche y Cotta y Gorgona seguían insistiendo mientras Sabino se enfadaba cada vez más y se ponía más testarudo.
–¡Oh, cede ya de una vez! – le gritó al final Gorgona, a quien se le había agotado la paciencia-. ¡Por Marte, trata de comprender la verdad, Quinto Sabino! ¡Si salimos de este campamento somos todos hombres muertos!
¡Eso te incluye a ti igual que a mí! ¡Y puede que tú estés dispuesto a morir, pero yo no! Ten la seguridad de que César está asentado en Samarobriva. ¡Y
que todos los dioses te ayuden cuando se entere de lo que ha estado pasando aquí en las últimas doce horas!
El hombre que no aguantaba la asistencia del rey Commio a una asamblea romana ciertamente no estaba dispuesto a aguantar aquello de un simple centurión, fuese un veterano primi pilum o no. Con la cara de color púrpura, Sabino se acercó a él con un brazo levantado y lo abofeteó con la palma de la mano. Aquello fue demasiado para Cotta, que se interpuso entre ellos y atacó a Sabino haciéndolo caer; luego se arrojó sobre él y empezó a golpearlo sin piedad.
Fue Gorgona quien los separó, horrorizado.
–¡Por favor, por favor! – exclamó-. ¿Creéis que mis muchachos son mudos, sordos y ciegos? ¡Ya saben lo que está pasando entre nosotros! ¡Sea lo que sea lo que decidáis, decididlo ya! ¡Esta clase de cosas a ellos no van a ayudarles!
A punto ya de echarse a llorar, Cotta miró a Sabino muy fijamente.
–¡Muy bien, Sabino, tú ganas! ¡Ni el propio César podría razonar contigo una vez que has decidido lo que sea que se te pasa por la cabeza!
Tardaron dos días en organizar la retirada porque las tropas, formadas en su totalidad por soldados muy jóvenes e inexpertos, no se dejaban convencer por los centuriones de que no cargasen demasiado los petates con
tesoros personales y recuerdos, ni de que no dejasen su equipo extra y sus recuerdos en las carretas. Nada de ello valía un sestercio, pero para unos muchachos de diecisiete años eran muy preciados para cimentar con recuerdos sus anheladas carreras militares.
Al principio la marcha fue penosamente lenta, y empeoró las cosas un aguanieve que les llegaba de cara traído por un viento ululante que procedía directamente del océano germano; el suelo estaba a la vez empapado y helado, por lo que los carros no hacían más que hundirse hasta los ejes y era muy difícil sacarlos. Aun así, transcurrió el día y las accidentadas alturas de Atuatuca desaparecieron detrás de las cambiantes brumas. Sabino empezó a jactarse ante Cotta, quien decidió apretar los labios y guardar silencio.
Pero Ambiórix y los eburones estaban allí, detrás de la lluvia de aguanieve, aguardando el momento oportuno con la complacencia que les proporcionaba el saber que conocían el terreno muchísimo mejor que los romanos.
El plan de Ambiórix salió redondo. No podía permitir que la columna romana, que marchaba siguiendo el curso del Mosa, se alejase lo suficiente de Atuatuca como para encontrarse con alguno de los hombres de Quinto Cicerón, porque éste y la novena legión estaban vivitos y coleando. En el momento en que Sabino condujo a la decimotercera al interior de un desfiladero angosto, Ambiórix envió a sus soldados a pie para que bloqueasen el avance romano y situó a sus soldados a caballo en la retaguardia de la columna; cuando ésta volvió sobre sus pasos, les impidieron la retirada y la salida de aquel barranco de paredes empinadas, perfecto para los propósitos de Ambiórix.
La reacción inicial fue un pánico ciego cuando las hordas de eburones, que gritaban sin parar, aparecieron como hormigas por los dos lados del desfiladero tras abandonar los chales de color amarillo, parecían sombras negras salidas del infierno. Las inexpertas tropas de la decimotercera legión rompieron la formación y trataron de darse a la fuga. Peor le fue a Sabino, a quien el miedo y la consternación le borraron las ideas militares de la cabeza.
Pero cuando pasó el susto inicial, la decimotercera se serenó y se salvó de la inminente masacre gracias a los estrechos confines en los cuales tuvo lugar el ataque. No había adónde huir, y una vez que Cotta, Gorgona y sus centuriones consiguieron que los reclutas en desorden volvieran a formar