Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 2 de 13 · parte 5/5

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Roma 05 - César

La Galia de los cabelleras largas.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

»No te molestes en contestar esta carta. Me desagrada el hecho de que te consideres a ti misma como una de las mujeres de César.

No eres ni más ni menos que un mero recurso circunstancial.»

El escriba dejó que el papel se enrollase solo.

–Eso explica claramente qué lugar nos corresponde a los bárbaros, ¿verdad? – dijo él en tono exigente, enfadado.

Rhiannon le arrebató la carta y empezó a romperla en pedazos diminutos.

–¡Márchate! – gruñó.

Mientras las lágrimas le caían por el rostro, se fue a ver a Orgetórix, que había quedado al cuidado de la niñera, una de las criadas de Rhiannon. Estaba atareado en remolcar una reproducción del caballo de Troya que César le había regalado. Le había enseñado que uno de los costados se abría para que salieran

por allí los griegos, cincuenta figuras perfectamente talladas y pintadas cada una de las cuales llevaba un nombre: Menelao, el del cabello rojo; Odiseo, el de las piernas cortas y cabello rojo; Neoptolemo el hermoso, el hijo del muerto Aquiles; e incluso uno, Equión, cuya cabeza caía hacia adelante, rota, después de golpearse contra las baldosas. César había empezado a enseñarle la leyenda y los nombres, pero el pequeño Orgetórix no tenía ni la memoria ni la inteligencia suficientes para sumergirse en Homero, de modo que César se dio por vencido. Si el niño se deleitaba con aquel regalo, era por motivos infantiles: un juguete espléndido que se movía, ocultaba cosas, podía rellenarlo o vaciarlo y levantaba la envidia y la admiración de cuantos lo veían.

–¡Mamá! – dijo el niño dejando caer el cordel que estaba atado al caballo y tendiéndole los brazos.

Las lágrimas de la mujer se secaron, y llevó al niño hasta una silla y lo sentó en su regazo.

–No te preocupes -le dijo mientras ponía la mejilla sobre los rizos brillantes del niño-. Tú no eres romano, eres galo. ¡Pero serás el rey de los helvecios! ¡Y eres hijo de César! – La respiración le silbaba y los labios se le estiraron hacia atrás dejando ver los dientes-. ¡Yo te maldigo, Servilia! ¡Tú nunca volverás a tenerlo!

¡Esta noche iré a la sacerdotisa de la torre de las calaveras y le compraré una maldición, la maldición de una larga vida pasada en el sufrimiento!

La noticia llegó al día siguiente, y la trajo Labieno: finalmente Ambiórix estaba teniendo cierto éxito entre los germanos suevos, y los tréveres, lejos de someterse, estaban en plena efervescencia.

–Hircio, quiero que Trogo y tú continuéis la conferencia -dijo César al tiempo que le entregaba la caja que contenía el fajín de su imperium a Trailo, que le estaba haciendo el equipaje-. Mis cuatro legiones han llegado hasta los eduos, y he mandado un mensaje en el que doy instrucciones de que marchen hacia los senones, a

quienes pienso dar un susto de muerte. La décima y la duodécima irán conmigo a su encuentro.

–¿Y qué hay de Samarobriva? – preguntó Hircio.

–Trebonio puede quedarse para protegerla con la octava, pero creo que será prudente trasladar la sede de la conferencia a un lugar menos tentador para los carnutos, nuestros amigos ausentes.

Traslada a los delegados a Lutecia, en el territorio de los parisienses. Es una isla, y por lo tanto resulta fácil de defender.

Sigue intentando que los galos entren en razón… y llévate contigo a la quinta alauda. Llévate también a Silano y a Antistio.

–¿Es la guerra a gran escala?

–Espero que todavía no. Preferiría tener tiempo para sacar algunas cohortes de reclutas novatos de las legiones nuevas y meter en ellas a algunos de mis veteranos. – Sonrió-. Podrías decir, para citar las palabras del joven Vercingetórix, que estoy a punto de embarcarme en un farol gigantesco. Aunque dudo que los cabelleras largas lo vean de ese modo.

El tiempo pasaba a toda velocidad, pero tenía que despedirse de Rhiannon. La encontró en la sala de estar… ¡Ah, no estaba sola!

Vercingetórix estaba con ella. ¡Diosa Fortuna, tú siempre me traes suerte!

Se detuvo en el umbral sin que advirtieran su presencia, pues aquélla era la primera oportunidad que se le presentaba de observar a Vercingetórix de cerca. Su rango quedaba de manifiesto en el número de condecoraciones de oro macizo y brazaletes que llevaba puestos, en el cinturón y la banda en diagonal con incrustaciones de zafiros, en el tamaño del zafiro que llevaba en el broche. Que fuera afeitado del todo intrigaba bastante a César, pues era cosa muy rara entre los celtas. El pelo, al estar enjuagado en agua caliza, se había vuelto casi blanco y lo llevaba peinado imitando la melena de un león; el rostro, completamente a la vista, era todo huesos, cadavérico. Tenía las pestañas y las cejas negras… ¡oh, aquel

hombre era diferente! También el cuerpo lo tenía delgado. Un tipo que vive de sus nervios, pensó César mientras entraba en la habitación. Un salto atrás. Muy peligroso.

A Rhiannon se le iluminó el rostro, pero luego se desmoronó al ver que César llevaba el equipo de cuero.

–¿Adónde vas, César?

–A recibir a mis nuevas legiones -respondió al tiempo que le tendía la mano derecha a Vercingetórix.

Éste se había levantado para mostrarle que pasaba del metro ochenta, cosa bastante frecuente entre los celtas. Tenía los ojos de color azul oscuro y miró la mano de César con cautela.

–¡Oh, vamos! – le instó César con simpatía-. ¡No vas a morir envenenado porque me toques!

Tendió una mano larga y frágil; los dos hombres llevaron a cabo el ritual universal de saludo, y ninguno de ellos fue lo bastante imprudente como para convertirlo en un concurso de fuerza. Firme, breve, no excesivo.

César levantó las cejas y miró a Rhiannon.

–¿Os conocéis? – preguntó sin sentarse.

–Vercingetórix es mi primo hermano -contestó la mujer conteniendo el aliento-. Su madre y mi madre eran hermanas.

Arvernas. ¿No te lo había dicho? Pues tenía pensado hacerlo, César. Las dos se casaron con reyes: mi madre con el rey Orgetórix; la suya con el rey Celtilo.

–Ah, sí -convino César amablemente-. Celtilo. Yo diría que intentó ser rey, más que serlo. ¿No lo mataron por ello los arvernos, Vercingetórix?

–En efecto. Hablas bien el arverno, César.

–Mi niñera, Cardixa, era arverna. Mi tutor, Marco Antonio Gnifón, era medio saluviano. Y había inquilinos eduos en los pisos superiores de la ínsula de mi madre. Podría decirse que crecí entre el sonido de las lenguas gálicas.

–Nos la jugaste bien durante aquellos dos primeros años al utilizar siempre un intérprete.

–¡Sé justo! No hablo ningún idioma germánico, y gran parte de mi primer año lo dediqué a Ariovisto. Tampoco entendía muy bien a los secuanos. Me ha llevado tiempo aprender las lenguas belgas, aunque la de los druidas me resultó bastante fácil.

–Tú no eres lo que pareces -le dijo Vercingetórix mientras volvía a sentarse.

–¿Y alguien lo es? – le preguntó César.

Y de pronto decidió sentarse él también. Unos minutos empleados en charlar con Vercingetórix quizá fueran unos minutos bien empleados.

–Probablemente no, César. ¿Qué piensas que soy?

–Un joven exaltado con mucho valor y algo de inteligencia.

Careces de sutileza. No es inteligente poner en situación embarazosa a tus mayores en una asamblea importante.

–¡Alguien tenía que hablar! De lo contrario habrían estado todos allí sentados escuchando igual que un montón de estudiantes escuchan a un famoso druida. Conseguí tocarles alguna fibra a muchos -concluyó Vercingetórix con aire satisfecho.

César movió despacio la cabeza a ambos lados.

–Si, es verdad que lo hiciste -reconoció-. Pero eso no es prudente. Una de mis metas es evitar el derramamiento de sangre; no me produce ningún placer verter océanos de sangre. Deberías pensar las cosas bien, Vercingetórix. Al final lo que quedará será el gobierno romano, no te quepa la menor duda de ello. Por lo tanto,

¿para qué encabritarte? ¡Eres un hombre, no un caballo salvaje!

Tienes la habilidad de reunir en torno a ti a muchos partidarios, de hacerte una gran clientela. De modo que procura conducir a tu pueblo con sabiduría. No me obligues a adoptar medidas que no quiero tomar.

–Que guíe a mi pueblo hacia la cautividad perpetua, eso es lo que en realidad estás diciendo, César.

–No, no es eso. Guialos hacia la paz y la prosperidad.

Vercingetórix se inclinó hacia adelante; los ojos le resplandecían con la misma intensidad que el zafiro que llevaba en el broche.

–¡Sí que los guiaré, César! Pero no a la cautividad. Hacia la libertad, hacia las costumbres antiguas, un regreso a los reyes y los héroes. ¡Y nosotros desdeñaremos vuestro mar! Algunas de las cosas que dijiste ayer tienen sentido. Nosotros los galos necesitamos ser un único pueblo, no muchos pueblos. Yo puedo hacer eso realidad. ¡Yo lo conseguiré! Te sobreviviremos, César. Te expulsaremos de nuestra tierra, y lo mismo haremos con todo aquel que intente seguir tu ejemplo. Yo también dije verdades. Dije que Roma enviará a algún tonto para sustituirte. Así es el estilo de las democracias, que ofrecen a idiotas sin mente una elección de candidatos, y luego les extraña que los que salen elegidos sean tontos. Un pueblo necesita un rey, no hombres que cambien cada vez que alguien parpadea. Así se beneficia un grupo y luego otro, pero nunca todo el pueblo. Un rey es la única solución.

–Un rey no es nunca la solución.

Vercingetórix se echó a reír; era una risa que sonaba aguda y ligeramente enloquecida.

–¡Pero tú eres un rey, César! En la manera cómo te mueves, en el modo cómo miras, se ve el poder que te han otorgado los electores. Después de ti todo se reducirá a cenizas.

–No -dijo César sonriendo con gentileza-. Yo no soy Alejandro el Grande. Sólo soy una parte del brillante espectáculo que Roma ha puesto en marcha. Una parte importante, lo sé. Espero que en épocas futuras los hombres digan que he sido la parte más importante. Pero únicamente una parte. Cuando Alejandro el Grande murió, Macedonia murió. Su país pereció con él. Renunció

a ser griego y trasladó el ombligo de su imperio porque pensaba como un rey. Él fue la causa de la grandeza de su país. Hacia lo que le placía e iba donde le placía. ¡Él pensaba como un rey, Vercingetórix! Se confundió a sí mismo con una idea. Para que ello diera fruto permanente, él habría tenido que vivir eternamente.

Mientras que yo sirvo a mi país. Roma es mucho más grande que cualquier hombre que ella produzca. Cuando yo esté muerto, Roma seguirá produciendo otros muchos grandes hombres. Yo dejaré a Roma más fuerte, más rica, más poderosa. Lo que haga será utilizado y mejorado por los que vengan después de mi. Tontos y sabios en igual cantidad, y eso es mejor que aquello de lo que pueda jactarse un linaje de reyes. Por cada gran rey, hay una docena de completas nulidades.

Vercingetórix no dijo nada; se recostó en su silla y cerró los ojos.

–No estoy de acuerdo -dijo finalmente.

César se levantó.

–Entonces esperemos, Vercingetórix, que nunca tengamos que dejar clara esta cuestión en un campo de batalla. Porque si es así, ten la seguridad de que tú caerás. – La voz se le hizo más afectuosa-. ¡Trabaja conmigo, no contra mi!

–No -respondió Vercingetórix sin abrir los ojos.

César salió de la habitación y marchó al encuentro de Aulo Hircio.

–Rhiannon resulta cada vez más interesante -le confió César-.

Ese joven extremista, Vercingetórix, es primo hermano suyo. Se ve que a ese respecto los nobles galos son exactamente iguales que los nobles romanos. Todos están emparentados entre si. Vigílamela, Hircio.

–¿Significa eso que ha de venir a Lutecia conmigo?

–Oh, sí. Debemos darle toda clase de oportunidades para que se reúna con su primo Vercingetórix.

El rostro pequeño y poco atractivo de Hircio se contrajo, suplicando con los ojos castaños.

–Verdaderamente, César, no creo que ella te traicione, no importa quiénes sean sus parientes. Te idolatra.

–Ya lo sé. Pero es una mujer. Habla demasiado y hace tonterías como escribirle a Servilia… ¿es difícil pensar en una acción más estúpida? Mientras yo esté ausente, no le permitas que se entere de nada que yo no quiera que sepa.

Como todos los demás que estaban al corriente del secreto, Hircio se estaba muriendo por saber qué habí a dicho Servilia, pero César abrió él mismo la carta y volvió a sellarla con el anillo de Quinto Cicerón antes de que nadie tuviera oportunidad de leerla.

Cuando César apareció al frente de seis legiones, los senones se desmoronaron y capitularon sin luchar. Entregaron rehenes, suplicaron perdón y luego se apresuraron a enviar algunos delegados a Lutecia, donde los galos, bajo la relajada supervisión de Aulo Hircio, reñían, alborotaban, bebían y se daban banquetes.

Aterrorizados a causa de la pronta llegada de aquellas cuatro nuevas legiones, de su aire metódico, de las brillantes armaduras y de la artillería último modelo, también enviaron frenéticos avisos a los carnutos. Fueron los eduos quienes le suplicaron a César que fuera bondadoso con los senones; ahora los remos le suplicaban que lo fuera con los carnutos.

–Muy bien -les dijo a Coto, de los eduos, y a Dórix, de los remos-, seré misericordioso con ellos. De todos modos, ¿qué otra cosa puedo hacer? Nadie ha levantado una espada. Aunque estaría más contento si me creyera que lo que dicen lo dicen en serio. Pero no me lo creo.

–Necesitan tiempo, César -imploró Dórix-. Son como niños que nunca han sido contradichos en nada, pero ahora tienen un padrastro que insiste en que sean obedientes.

–Son niños, ciertamente -dijo César interrogando a Dórix con las cejas.

–Lo mío no ha sido más que una metáfora -le explicó éste con dignidad.

–Y éste no es momento para utilizar el sentido del humor. Ya sé lo que quieres decir. Pero comoquiera que los miremos, amigos míos, su bienestar futuro depende de que respeten los tratados que han firmado. Eso es especialmente cierto con los senones y los carnutos. Los tréveres son un caso perdido; no habrá más remedio que someterlos por la fuerza. Pero los celtas de la Galia Comata central son lo bastante sofisticados como para comprender la importancia de los tratados y de los códigos que dictan. No quisiera tener que ejecutar a hombres como Acón, de los senones, o Gutruato, de los carnutos, pero si me traicionan, lo haré. ¡No tengáis la menor duda de que lo haré!

–No te traicionarán, César -lo tranquilizó Coto-. Como tú dices, son celtas, no belgas.

César estuvo a punto de levantar la mano y mesarse el cabello con el gesto natural de la exasperación y el cansancio; pero se detuvo antes de llegar al cuero cabelludo y, en lugar de eso, se pasó la mano por la cara. No podía permitir que nada le desordenase el escaso cabello, cuidadosamente peinado. Suspiró, se recostó en el asiento y miró a los dos galos.

–¿Creéis que no sé que cada vez que tengo que tomar represalias se considera esa acción como si el pesado pie de Roma pisoteara sus derechos? Yo me doblego para complacerles, y a cambio ellos me engañan, me traicionan y me tratan con desprecio.

La metáfora de los niños que has hecho no es en modo alguno inapropiada, Dórix. – Respiró profundamente-. Os estoy advirtiendo a vosotros dos porque ambos os adelantáis para interceder por otras tribus, pero si esos nuevos acuerdos no se respetan, actuaré con dureza. ¡Q Ue’b rantar acuerdos solemnes

hechos bajo juramento es traición! Y si son asesinados ciudadanos romanos civiles, ejecutaré a los culpables como Roma ejecuta a todos los no ciudadanos Líderes y asesinos; los azotaré y los decapitaré. Y no estoy hablando de los secuaces. Ejecutaré a los jefes de tribu, sea por traición o por asesinato. ¿Está claro?

César no había sacado el genio, pero en la habitación el ambiente se hizo muy frío. Coto y Dórix intercambiaron miradas azoradas.

–Si, César.

–Pues aseguraos de que se difunda mi opinión. Especialmente que llegue a los jefes de los senones y de los carnutos. – Se levantó y añadió sonriendo-: Y ahora puedo dedicar toda mi atención y todas mis energías a la guerra contra los tréveres y Ambiórix.

Incluso antes de que César se marchara del cuartel general ya tenía conocimiento de que Acón, jefe de los senones, había violado el tratado que había firmado sólo unos días antes. ¿Qué se podía hacer con unos nobles que eran innobles? ¿Con unos hombres que permitían que otros hombres intercedieran por ellos, que le suplicaran misericordia a César, y luego q Ue’b rantaban el tratado recién firmado como si no significara absolutamente nada? ¿Cuál era exactamente el concepto del honor para un galo? ¿Cómo funcionaba el honor galo? ¿Por qué los eduos iban a garantizar el buen comportamiento de Acón cuando Coto, por fuerza, tenía que haber sabido que Acón no era un hombre honorable? ¿Y qué pensar de Gutruato, de los carnutos? ¿Actuaría él también como Acón?

Pero primero los belgas. César marchó con siete legiones y la caravana de impedimenta hacia Nemetocena, en las tierras de los atrebates de Commio. Desde allí le envió la caravana de bagaje y dos legiones a Labieno, que se encontraba en el Mosa. Commio y las otras cinco legiones lo acompañaron hacia el norte, a lo largo del río Escalda, hasta el interior de las tierras de los menapios, que salieron huyendo sin pelear y se internaron en las marismas que

había junto a las costas del océano germano. Las represalias fueron indirectas, pero espantosas. Cayó una ringlera de robles menapios y todas las casas ardieron envueltas en llamas. Se rastrilló el suelo sembrado y se destrozaron las cosechas; al ganado, ovejas y cerdos, se les sacrificó; a los pollos, gansos y patos les retorcieron el cuello. Las legiones comieron bien y los menapios se quedaron sin nada.

Los menapios pidieron la paz y entregaron rehenes. A cambio, César permitió que el rey Commio y su caballería atrebate guardasen aquel lugar: un significativo modo de explicar que a Commio acababa de hacérsele el regalo de las tierras de los menapios para añadirlas a las suyas.

Labieno tenía sus propios problemas; cuando llegaron César y sus cinco legiones, había luchado contra los tréveres y había logrado una gran victoria.

–No hubiera podido hacerlo sin las dos legiones que me enviaste -le confesó alegremente a César, bien consciente de que aquel regalo no iba a disminuir su propio mérito-. Ambiórix está al frente de los tréveres estos días, y ya lo tenía todo dispuesto para atacar, cuando aparecieron esas dos legiones más. De manera que decidió retirarse y esperar a que llegasen sus refuerzos germanos desde el otro lado del Rin.

–¿Y llegaron?

–Si llegaron, dieron media vuelta y regresaron a casa de nuevo.

No quisé esperarlos, naturalmente.

–Naturalmente -convino César esbozando el fantasma de una sonrisa.

–Los engañé. Nunca deja de asombrarme, César, que caigan en la misma trampa una y otra vez. Dejé que los espías tréveres que hay entre mis soldados de caballería creyeran que yo estaba asustado y que tenía intención de retirarme… -movió la cabeza de un lado al otro con extrañeza- pero esta vez me puse en marcha de

verdad. Cayeron sobre mi columna como siempre, en hordas indisciplinadas; mis hombres dieron la vuelta, lanzaron pila y luego cargaron contra ellos. Los matamos a miles. En realidad matamos a tantos que dudo que vuelvan a darnos problemas nunca más. Los tréveres que quedan estarán demasiado atareados en el norte tratando de mantener a raya a los germanos.

–¿Y Ambiórix?

–Huyó y cruzó el Rin junto con algunos de los parientes próximos de Induciomaro. Ahora Cingetórix vuelve a estar al frente de los tréveres.

–Hum… -musitó César pensativamente-. Bueno, Labieno, mientras los tréveres están lamiéndose las heridas quizá sea una buena idea construir otro puente que cruce el Rin. ¿Te apetece hacer un viaje a Germania?

–Después de meses y meses en este campamento apestoso, César, ¡agradecería hasta un viaje a Hades!

–Me da en la nariz, Tito, que hay tanta mierda en ese terreno que tiene que dar cuatrocientas veces más trigo durante los próximos diez años -comentó César-. Le diré a Dórix que se apodere de él antes de que lo hagan los tréveres.

Nunca más contento que cuando tenía una imponente tarea de ingeniería que abordar, César construyó el puente sobre el Rin un poco más allá, corriente arriba, del lugar donde lo había hecho dos años antes. Los maderos todavía estaban apilados en la orilla gala del gran río y, como eran de roble, se habían curado en lugar de pudrirse.

Si el primer puente había sido una construcción pesada, el segundo lo fue aún más, porque en esta ocasión César no tenía intención de demolerlo por completo cuando se marchase. Durante ocho días las legiones trabajaron con energía; llevaron montones de tierra al lecho del río y levantaron los pila res que sujetarían la carretera, y, para protegerlos de la rápida corriente, colocaron

enormes contrafuertes angulosos por el lado por el que venían las aguas a fin de dividirlas y con ello desviar la fuerza de la corriente.

–¿Hay algo que no sepa hacer? – le preguntó Quinto Cicerón a Cayo Trebonio.

–Si lo hay, yo no sé qué es. Incluso puede quitarte a tu esposa si se le antoja. Pero creo que lo que más le gusta es la ingeniería. Una de sus mayores decepciones es que los galos todavía no le hayan dado la oportunidad de hacer que el asedio de Numancia parezca una noche fácil en un burdel. Si quieres hacerlo hablar, pregúntale por la forma de aproximarse de Escipión Emiliano al asediar Cartago: te dirá exactamente lo que Emiliano hizo mal.

–Saca provecho de todo, ya ves -comentó Fabio sonriendo.

–¿Tú crees que me quitaría a Pomponia si la vistiera bien y se la pusiera delante de la nariz? – preguntó Quinto Cicerón en un tono lleno de tristeza.

Trebonio y Fabio estallaron en grandes risotadas.

Marco Junio Silano los miró agriamente.

–Si queréis que os diga mi opinión, todo esto me parece una completa pérdida de tiempo. Deberíamos atravesar el río en barcas

-apuntó-. El puente no sirve nada más que para la gloria personal de César.

Los veteranos se dieron la vuelta y lo miraron con desprecio; Silano era uno de aquellos hombres a quienes César nunca les pediría que se quedasen con él.

–Sí, podríamos cruzarlo en barca -reconoció Trebonio lentamente-. Pero entonces tendríamos que regresar también en barca. ¿Y si los suevos, o los ubios, da igual, salen del bosque a millones y cargan contra nosotros? César nunca corre riesgos estúpidos, Silano. ¿Ves cómo ha colocado la artillería en el lado galo? Si tenemos que batirnos en retirada apresuradamente, hará astillas el puente antes de que lo cruce un solo germano. Uno de los

secretos de César es la velocidad. Otro es estar preparado para cualquier eventualidad concebible.

Labieno estaba olfateando el aire, con aquella nariz, semejante al pico de un águila, muy abierta.

–¡Puedo oler a los cunni! – exclamó alegremente-. ¡Oh, no hay nada como hacer que un germano desee estar ardiendo dentro de una jaula de mimbre!

Antes de que ninguno de los presentes pudiera encontrar una respuesta apropiada para aquello, se les acercó César, que sonreía con deleite.

–¡Formad las tropas, muchachos! – les ordenó-. Ha llegado el momento de perseguir a los suevos y de obligarles a meterse en sus bosques.

–¿A qué te refieres exactamente al decir perseguir? – le preguntó Labieno.

César se echó a reír.

–A menos que me haya equivocado en mis cálculos, Tito, no vamos a hacer otra cosa.

Las legiones se pusieron en marcha formadas en columnas normales de ocho hombres de ancho y atravesaron el gran puente, mientras el rítmico resonar de los pies, amplificado hasta parecer un redoble de tambor rugiente, hacía vibrar los tablones y el eco rebotaba en el agua. Que su llegada se oía desde varios kilómetros de distancia era evidente cuando las legiones se desviaron a ambos lados sobre suelo germano. Los jefes ubios estaban esperando en grupo, pero detrás de ellos no había ningún guerrero germano.

–¡No hemos sido nosotros! – gritó el líder, cuyo nombre, inevitablemente, era Herman-. ¡Te lo juramos, César! ¡Fueron los suevos los que mandaron hombres a ayudar a los tréveres, no nosotros! ¡Ni un solo guerrero ubio ha cruzado el río para ayudar a los tréveres, te lo juramos!

–Cálmate, Arminio -le dijo César valiéndose de su intérprete y llamando al agitado portavoz por la versión latina de su nombre-.

Si es así, no tenéis nada que temer.

Entre los líderes ubios se encontraba otro aristócrata cuya ropa negra proclamaba que pertenecía a los queruscos, una poderosa tribu que vivía entre los sugambros y el río Elba. César no hacía más que mirarlo, fascinado. Tenía la piel blanca, rizos de color oro rojo y un evidente parecido con Lucio Cornelio Sila; quien había espiado entre los germanos para Cayo Mario, recordó César que le habían contado, junto con Quinto Sertorio. ¿Cuántos años tendría aquel hombre? Era difícil decirlo tratándose de germanos, que tenían cierto aire blando y en consecuencia mantenían la piel joven.

Pero podría tener sesenta. Sí, muy posiblemente.

–¿Cómo te llamas? – le preguntó César mediante el intérprete.

–Cornel -repuso el querusco.

–¿Tienes un hermano gemelo?

Los ojos pálidos de aquel hombre, muy parecidos a los de César, se abrieron mucho, llenos de respeto.

–Lo tenía. Mi hermano murió en una guerra con los suevos.

–¿Y tu padre?

–Un gran jefe, según decía mi madre. Era celta.

–¿Cómo se llamaba?

–Cornel.

–Y ahora tú eres el jefe de los queruscos.

–Sí.

–¿Piensas hacerle la guerra a Roma?

–Nunca.

Al oir aquella respuesta César sonrió y se volvió para mirar a Herman.

–¡Cálmate, Arminio! – repitió-. Acepto tu palabra. De manera que retiraos a vuestras fortalezas, poned a salvo vuestros víveres y no hagáis nada. Yo busco a Ambiórix, no hacer la guerra.

–La noticia corrió de boca en boca río abajo mientras tu puente se estaba construyendo, César. Ambiórix se ha ido con su propio pueblo, los eburones. Los suevos lo han estado repitiendo a voces constantemente.

–Eso es muy considerado por parte de los suevos -dijo César sonriendo-. Sin embargo, Arminio, mientras estés aquí tengo una proposición que hacerte. Los ubios son soldados a caballo, dicen que los mejores de Germania y mucho mejores que ninguna tribu belga. ¿Estoy mal informado?

Herman se hinchó de orgullo.

–No.

–Pero te resultará bastante difícil conseguir buenos caballos,

¿no es así?

–En efecto, César. Algunos los sacamos del Quersoneso címbrico, donde los antiguos cimbros criaron enormes bestias. Y

nuestras incursiones en Bélgica rara vez son para apoderarnos de tierras. Vamos a buscar caballos italianos e hispánicos.

–En ese caso -le dijo César del modo más amistoso-, quizá yo esté en posición de ayudarte, Armínio.

–¿Ayudarme tú a mi?

–Si. Cuando llegue el próximo invierno envíame a

cuatrocientos de tus mejores soldados a caballo a un lugar llamado Viena, en la Provenza romana. No te molestes en proporcionarles buenas monturas porque se encontrarán con que les esperan ochocientos caballos remos de los mejores, y si llegan a Viena con tiempo suficiente, podrán además domarlos. Y también te mandaré otro regalo, otros mil caballos remos entre los cuales habrá sementales de buena raza. Yo les pagaré a los remos de mi propio bolsillo. ¿Te interesa?

–¡Si! ¡Si!

–¡Excelente! Volveremos a hablar de ello más adelante, cuando me vaya.

· Luego César se acercó despacio a Cornel, que había estado esperando a una distancia prudencial, fuera del alcance del oído, con el resto de los jefes y el superintendente de los intérpretes de César, Cneo Pompeyo Trogo.

–Todavía una cosa más, Cornel -le dijo César-. ¿Tienes hijos varones?

–Veintitrés, de once esposas.

–¿Y ellos tienen hijos varones?

–Los que son lo suficientemente mayores, si.

–¡Oh, cómo le gustaría eso a Sila! – comentó César echándose a reír-. ¿Y tienes hijas?

–Seis a las que permití vivir. Las más bonitas. Precisamente por eso estoy aquí, porque una de ellas va casarse con el hijo mayor de Herman.

–Tienes razón -dijo César asintiendo sabiamente-. Seis son más que suficientes para hacer matrimonios útiles. ¡Qué tipo más previsor eres! – Se irguió y se puso serio-. Quédate aquí, Cornel.

En mi camino de regreso a la Galia Comata necesitaré tratados de paz y amistad con los ubios. Y sería enormemente grato para un gran romano, muerto hace mucho tiempo, si también estableciera un tratado de paz y amistad con los queruscos.

–Pero nosotros ya tenemos uno, César -le recordó Cornel.

–¿De veras? ¿Cuándo se hizo?

–Aproximadamente cuando yo nací. Todavía lo tengo.

–Y yo no he hecho los deberes. Sin duda está clavado en la pared en el templo de Júpiter Feretrio, justo donde Sila lo puso. A menos que desapareciera en el incendio.

El hijo germano de Sila estaba perdido, pero César no tenía intención de iluminarlo. En lugar de eso, paseó la mirada a su alrededor con perplejidad fingida.

–¡Pero no veo a los sugambros! ¿Dónde están?

Herman tragó saliva.

–Estarán aquí cuando regreses, César.

Los suevos se habían retirado al abrigo del bosque Bacenes, una extensión de hayas, robles y abedules sin límite que se fundía con otro bosque aún más poderoso, la selva Hercinia, y se perdía durante mil seiscientos kilómetros hasta la lejana Dacia y el nacimiento de los fabulosos ríos que fluían hacia el mar Euxino. Se decía que un hombre podía caminar durante sesenta días sin atravesar siquiera la mitad de él.

Dondequiera que hubiera robles y bellotas, también había cerdos; en aquella impenetrable espesura los jabalíes eran enormes, tenían colmillos y vivían salvajes. Los lobos erraban por todas partes cazando en manadas, sin temerle a nada. En los bosques de la Galia, en particular las Ardenas, todavía había muchos jabalíes y lobos, pero los bosques de Germania contenían mitos y fábulas porque los hombres todavía no les habían obligado a retirarse hacia el este. ¡Allí vivían horripilantes seres! Enormes alces que tenían que apoyarse en los árboles para dormir de tan pesados como eran sus cuernos; uros del tamaño de elefantes pequeños; y osos gigantescos, dotados de garras tan largas como los dedos de un hombre y de dientes mayores que los de un león, y más altos que un hombre cuando se erguían en posición vertical. Ciervos, vacas salvajes y ovejas eran su alimento, pero no le hacían ascos a los humanos. Los germanos los cazaban por las pieles, muy apreciadas para dormir caliente y muy valiosas como piezas para comercíar.

No es de sorprender, pues, que las tropas mirasen los bordes del bosque Bacenes con cierta excitación y prometiesen innumerables y ricas ofrendas a Sol Indiges y a Telo para que estos dioses le metieran a César en la cabeza que no querían penetrar allí. Porque estaban dispuestos a seguirle, pero llenos de temor.

–Bien, como los germanos no son druidas no hace falta talar los árboles -les comentó César a sus aprensivos legados-. Tampoco tengo intención de llevar a mis soldados a esa clase de horror.

Hemos mostrado nuestros colmillos y eso es cuanto podemos hacer, creo yo. Regresemos a la Galia Comata.

No obstante, esta vez el puente no se derribó por completo.

Sólo se demolieron los sesenta metros que quedaban más próximos a la orilla germánica. César dejó en pie el resto, instaló un campamento, lo fortificó fuertemente y lo equipó con una torre lo bastante alta como para ver varios kilómetros de territorio germano. Y dejó como guarnición del mismo a la quinta alauda bajo el mando de Cayo Volcacio Tulo.

Estaban a finales de septiembre, pero según las estaciones todavía era pleno verano. Los belgas ya estaban de rodillas, pero hacía falta una campaña más para poner fin definitivamente a la resistencia. Desde el puente sobre el Rin, César se dirigió hacia el oeste y se adentró en la tierra de los eburones, ya devastada. Si Ambiórix estaba allí, había que capturarlo. Los eburones eran su gente, y a un rey le resulta imposible gobernar si su pueblo ya no existe. Por tanto los eburones desaparecerían del catálogo de los druidas. Objetivo que el rey Commio de los atrebates aplaudía, pues el tamaño de sus tierras estaba aumentando con rapidez y él tenía gente para llenarlas. El título de alto rey de los belgas cada vez estaba más cerca.

Sin embargo, Quinto Cicerón no era tan afortunado. Como tenía muy buena mano con los soldados, César le había dado el mando de la decimoquinta legión, la única que todavía estaba formada por soldados novatos que nunca habían entrado en combate. La noticia del exterminio de los eburones había cruzado el río y había llegado a Germania, con el resultado de que los sugambros habían decidido ayudar a César de manera no oficial.

Pasaron el río en barca hasta Bélgica y contribuyeron con su granito de arena a la miseria belga. Por desgracia, la visión de una columna romana pobremente formada e indisciplinada fue demasiado para ellos; los sugambros cayeron sobre la

decimoquinta llenos de júbilo, y cundió tanto el pánico entre las filas romanas que Quinto Cicerón y sus tribunos no pudieron hacer nada.

Dos cohortes murieron innecesariamente en medio de aquella confusión, pero antes de que los sugambros pudieran aniquilar a más soldados, llegó César con la décima legión. Gritando con una mezcla de alarma y gozo, los sugambros huyeron en desbandada y dejaron que César y Quinto Cicerón restaurasen el orden. Y en hacer esto tardaron todo el día.

–Te he dejado en mal lugar -le dijo Quinto Cicerón con los ojos llenos de lágrimas.

–No, nada de eso. Son soldados que aún no habían visto sangre y estaban nerviosos. Y ese bosque germano. Estas cosas pasan, Quinto. De haber estado yo con ellos, dudo que las cosas hubieran sido de otro modo. La culpa es de los centuriones infames que tenían, no de mi legado.

–Si tú hubieras estado al frente, habrías visto de quién era la culpa y no les hubieras permitido caer en el desorden total durante la marcha -comentó Quinto Cicerón, desconsolado.

César le echó un brazo por los hombros y se los apretó suavemente.

–Quizá -convino-, pero no es seguro. De todos modos, ya veremos qué hay de verdad en todo ello. Puedes quedarte con la décima legión. La decimoquinta va a quedarse conmigo durante varios meses a partir de este momento. Tendré que atravesar los Alpes hasta la Galia Cisalpina este otoño, y la decimoquinta vendrá conmigo. Los haré marchar hasta que pierdan el conocimiento y les obligaré a hacer instrucción hasta convertirlos en marionetas.

Incluidos a sus relajados centuriones.

–¿Significa eso que tengo que hacer mis baúles junto con Silano? – le preguntó Quinto Cicerón.

–¡Sinceramente, espero que no, Quinto! Tú te quedas conmigo hasta que me pidas marchar. – Lo abrazó y le dio un apretón con la mano-. Ya ves, Quinto, he llegado a pensar en ti como el gran hermano mayor de Cicerón. Puede que él actúe de manera soberbia en el Foro, pero en el campo de batalla no sería capaz ni de salir de un saco. A cada uno lo suyo. Tú eres el Cicerón al que yo prefiero en cualquier circunstancia.

Palabras que quedaron grabadas en Quinto Cicerón durante los años siguientes, y palabras que habían de causar mucho dolor, y mayor amargura, así como horribles desavenencias en la familia Tulio Cicerón. Porque Quinto nunca fue capaz de olvidarlas ni de disciplinarse a sí mismo para no amar al hombre que las pronunció.

La sangre gobernaba. Pero a pesar de ello los corazones dolían.

¡Oh, quizá hubiera sido mejor no haber servido nunca con César!

Pero, de no haberlo hecho, el gran Cicerón siempre habría estado dictándole hasta el último de sus pensamientos. Y Quinto nunca hubiera sido el mismo.

Y así acabó aquel año desgarrado por las contiendas de César.

Situó a las legiones muy pronto en los campamentos de invierno, dos de ellas con Labieno en un campamento nuevo entre los tréveres, dos en las tierras de los siempre leales lingones, a lo largo del río Sequana, y otras seis alrededor de Agedincum, la mayor oppidum de los senones.

Se preparó para partir hacia la Galia Cisalpina y pensó en escoltar a Rhiannon y a su hijo hasta la villa situada a las afueras de Arausio y también en encontrar un pedagogo para el muchacho.

¿Qué era lo que le pasaba a aquel muchacho, que no tenía interés por los griegos que habían pasado diez años largos en la playa de Ilión, ni por la rivalidad entre Aquiles y Héctor, ni por la locura de Ayax, ni por la traición de Tersites? Si le hubiera preguntado esas cosas a Rhiannon, ésta quizá le hubiera respondido agriamente que Orgetórix todavía no tenía cuatro años; pero como no le dijo nada a

la mujer, César continuó interpretando la conducta del niño desde el punto de vista de cómo había sido él a la misma edad, y no acababa de comprender que el hijo de un genio podía resultar ser un niño corriente.

A finales de noviembre convocó otra asamblea de toda la Galia, esta vez en la oppidum que los remos tenían en Durocortoro. El motivo de la asamblea no era meramente hablar de algún asunto.

César acusó a Acón, el cabecilla de los senones, de conspiración y de incitar a la insurrección. Organizó un juicio romano formal de la manera prescrita, aunque se hizo en una vista solamente: los testigos, el interrogatorio de los testigos, un jurado compuesto por veintiséis romanos y veinticinco galos, el abogado de la acusación y el abogado de la defensa. El presidente fue el propio César, con Coto, de los eduos, que había intercedido por los senones, a su derecha.

Acudieron todos los celtas y algunos belgas, aunque los remos eran más numerosos que todos los demás delegados (y además eran seis de los veinticinco miembros galos del jurado). Al frente de los arvernos iban Gobanición y Critognato, sus vergobretos, pero en el grupo estaba también -cómo no, pensó César para sus adentros mientras daba un suspiro- Vercingetórix. Y éste desafió al tribunal inmediatamente.

–Si éste ha de ser un juicio justo -le dijo a César-, ¿por qué hay un romano más en el jurado?

César abrió mucho los ojos.

–Es costumbre que el número de los miembros del jurado sea impar para evitar el empate en la decisión que tomen -le informó con suavidad-. Se echó a suertes. Tú mismo lo has visto, Vercingetórix. Y además, y en lo referente a los propósitos de este juicio, todos los miembros del jurado han de ser considerados romanos, y todos tienen el mismo voto.

–¿Cómo puede ser igual cuando hay veintiséis romanos y sólo veinticinco galos?

–¿Te quedarías más tranquilo si yo pusiera un galo más en el jurado? – le preguntó César con paciencia.

–¡Si! – respondió bruscamente Vercingetórix al tiempo que se daba cuenta con incomodidad de que los legados romanos se estaban riendo de él con la mirada.

–Pues entonces eso haré. Y ahora siéntate, Vercingetórix.

Gobanición se puso en pie.

–¿Sí? – preguntó César, seguro de su hombre.

–Debo pedir disculpas por la conducta de mi sobrino, César. No volverá a ocurrir.

–Me alivias, Gobanición. Y ahora, ¿podemos proceder?

La corte procedió con los testigos y abogados (con un maravilloso discurso en defensa de Acón hecho por Quinto Cicerón, notó César complacido; ¡a ver si Vercingetórix se quejaba de aquello!) hasta alcanzar el veredicto, lo que les llevó la mayor parte del día.

Treinta y tres jurados votaron CONDEMNO y diecinueve ABSOLVO. Todos los miembros del jurado romanos, seis remos y uno de los lingones habían ganado aquel día. Pero diecinueve galos, incluidos los tres eduos, habían votado absolución.

–La sentencia es automática -dijo César sin mostrar la menor alteración en la voz-. Acón será azotado y decapitado.

Inmediatamente. Aquellos que deseen presenciar la ejecución pueden hacerlo. Sinceramente, espero que esta lección se aprenda y no se olvide. No estoy dispuesto a consentir que se q Ue’b ranten más tratados.

Como el juicio se había llevado a cabo enteramente en latín, sólo cuando la guardia romana se puso en formación a cada uno de sus lados, Acón comprendió verdaderamente cuál era la sentencia que se le había impuesto.

–¡Soy un hombre libre en un país libre! – gritó.

Luego se puso en pie y salió de la sala entre los soldados.

Vercingetórix comenzó a vitorear, y Gobanición le abofeteó la cara con fuerza.

–¡Cállate, tonto! – le dijo-. ¿No es bastante ya?

Vercingetórix salió de la sala y se alejó lo suficiente para no ver

·ni oir lo que le hacían a Acón.

–Dicen que eso mismo fue lo que dijo Dumnórix justo antes de que Labieno lo abatiera -comentó Gutruato de los carnutos.

–¿Qué? – preguntó Vercingetórix, que estaba temblando y tenía el rostro bañado en un sudor frío-. ¿Qué dijo?

–«¡Soy un hombre libre en un país libre!» es lo que gritó Dumnórix antes de que Labieno lo abatiera. Y ahora su mujer es la consorte de César. Éste no es un país libre, y nosotros no somos hombres libres.

–No hace falta que me lo digas, Gutruato. ¡Mi propio tío me ha abofeteado delante de César! ¿Por qué lo ha hecho? ¿Se supone que tenemos que temblar de miedo, ponernos de rodillas y suplicar perdón a César?

–Es la manera que tiene César de decirnos que no somos hombres libres en un país libre.

–¡Oh, juro por Dagda, por Taranis y por Esus que por esto colgaré la cabeza de César en la puerta de mi casa! – exclamó Vercingetórix-. ¿Cómo se atreve a disfrazar de semejante modo sus acciones?

–Se atreve porque es un hombre brillante al mando de un ejército brillante -le dijo Gutruato entre dientes-. ¡Lleva cinco largos años pisoteándonos, Vercingetórix, y nosotros no hemos llegado a ninguna parte! Bien puedes decir que ha acabado con los belgas, y la única razón por la que no ha acabado con los celtas es que nosotros no hemos ido a la guerra contra él como hicieron los

belgas. Excepto los pobres armóricos… ¡y míralos! Los vénetos vendidos en esclavitud y los esubios reducidos a la nada.

Aparecieron Litavico y Coto, de los eduos, con expresión fúnebre; Lucterio, de los cardurcos se unió a ellos, y también Sedulio, vergobreto de los lemosines.

–¡Ése es el asunto, precisamente! – exclamó Vercingetórix, que hablaba a todo su auditorio-. Mirad a los belgas… César los fue cogiendo pueblo a pueblo. Nunca muchos pueblos juntos. Los eburones en una campaña, los morimos otra, los nervios, los belovacos, los atuatucos, los menapios, incluso los tréveres. ¡Uno a uno! Pero ¿que habría pasado con César si los nervios, los belovacos, los eburones y los tréveres hubieran unido sus fuerzas y hubieran atacado como un solo ejército? ¡SI, César es brillante! ¡Sí, tiene un ejército brillante! ¡Pero, por Dagda, que no lo es! Él habría caído… y nunca habría vuelto a levantarse.

–Lo que quieres decir -intervino Lucterio despacio- es que los celtas tenemos que unirnos.

–Eso es exactamente lo que quiero decir.

Coto puso mala cara.

–¿Y bajo el liderazgo de quién? – preguntó con agresividad-.

¿Esperas que los eduos, por ejemplo, luchen por un líder arverno, por ejemplo tú mismo, Vercingetórix?

–Si los eduos quieren formar parte del nuevo estado de la Galia, sí, Coto, espero que los eduos luchen por quienquiera que sea nombrado líder. – Los ojos de color azul oscuro en aquella cara parecida a una calavera resplandecieron bajo las extrañas cejas marrones-. Quizá el líder sea yo, un arverno y por lo tanto el enemigo tradicional de los eduos. Quizá el líder sea un eduo, en cuyo caso yo esperaría que todos los arvernos luchasen bajo su mando, como lo haría yo mismo. ¡Coto, Coto; abre los ojos! ¿No lo ves? ¡Son las divisiones entre nosotros, los ancestrales feudos, lo que hará que nos pongamos de rodillas! ¡Nosotros somos más

numerosos que ellos! ¿Son ellos más valientes? ¡No! Están mejor organizados, eso es todo. Trabajan juntos como una gran máquina, girando como piezas de una rueda dentada: ¡media vuelta, vuelta, formar cuadro, lanzar jabalina, cargar, marchar al paso! Bien, eso no podemos cambiarlo. Eso no tenemos tiempo de aprenderlo. Pero lo que sí tenemos son los números. ¡Si estamos unidos, los números no pueden perder!

Lucterio respiró profundamente.

–¡Yo estoy contigo, Vercingetórix! – dijo de pronto.

–Yo también -dijo Gutruato. Y sonrió-. Y conozco a alguien más que estará contigo. Cathbad, el druida.

Vercingetórix lo miró, atónito.

–¿Cathbad? ¡Entonces habla con él en el mismo momento en que llegues a casa, Gutruato! Si Cathbad estuviera dispuesto a organizar a todos los druidas de todos los pueblos… para que engatusasen, camelasen y convenciesen… la mitad de nuestro trabajo estaría hecho.

Pero Coto parecía mucho más asustado, Litavico estaba descompuesto y Sedulio se mostraba cauto.

–Pues hará falta algo más que palabras de los druidas para mover a los eduos -comentó Coto mientras tragaba saliva-.

Nosotros no tomamos muy en serio nuestra condición de amigos y aliados del pueblo romano.

Vercingetórix comenzó a burlarse.

–¡Ah, entonces es que sois tontos! – exclamó-. No hace tantos años, Coto, que César hizo llover caros regalos sobre ese cerdo germano de Ariovisto y le proporcionó el título de Amigo y Aliado de parte del Senado romano! Y sabía que Ariovisto estaba atacando a los amigos y aliados eduos: ¡que les estaba robando el ganado, las ovejas, las mujeres, las tierras! ¿Se preocupé por los eduos César?

¡No! ¡Lo único que quería era una provincia pacífica! – Apreté los puños y luego los levanté hacia el cielo, agitándolos-. Os lo digo

yo: cada vez que pronuncia esa promesa santurrona de protegernos de los germanos, me acuerdo de aquello. Y silos eduos tuvieran algo de sensatez, también se acordarían.

Litavico cogió aire y asintió.

–De acuerdo, yo también estoy contigo -dijo-. No puedo hablar por Coto; él es mi superior, por no decir que el año que viene será vergobreto con Convictolavo. Pero yo trabajaré para ti, Vercingetórix.

–Yo no puedo prometerlo -dijo Coto-, pero no trabajaré en tu contra. Ni se lo diré a los romanos.

–De momento no pido más que eso, Coto -dijo Vercingetórix-.

Pero piénsalo. – Sonrió sin humor-. Hay otras maneras de estorbar a César además de en las batallas. Él tiene plena confianza en los eduos. Cuando chasquea los dedos espera una respuesta edua:

¡dadme más trigo, dadme más caballería, dadme más de todo!

Comprendo que un hombre viejo como tú no quiera sacar la espada, Coto. Pero si quieres ser un hombre libre en un país libre, será mejor que pienses en otras maneras de luchar contra Cayo Julio César.

–Yo también estoy contigo -le aseguró Sedulio, el último en contestar.

Vercingetórix extendió la mano delgada con la palma hacia arriba; Gutruato puso la suya encima, también con la palma hacia arriba; luego lo hizo Litavico; luego Sedulio; luego Lucterio; y, finalmente, Coto.

–Hombres libres en un país libre -repitió Vercingetórix-. ¿De acuerdo?

–De acuerdo -dijeron todos.

De haberse demorado César uno o dos días más, parte de aquelío hubiera podido llegar a sus oídos a través de Rhiannon.

Pero de pronto la Galia de las cabelleras largas se convirtió en el último lugar donde César quería estar. Al amanecer del día

siguiente salió hacia la Galia Cisalpina, con la desventurada decimoquinta legión a su espalda, junto con Rhiannon, que iba en su caballo italiano de paso alto. Ella no había visto a Vercingetórix, ni comprendía qué era lo que hacía que César estuviese tan seco, tan distante. ¿Habría otra mujer? ¡Siempre, tratándose de él! Pero las mujeres nunca importaban, y ninguna de ellas le había dado un hijo. El único hijo viajaba con la niñera en una carreta, apretando contra sí todo lo que podía el gran caballo de Troya. No, al niño no le importaba nada Menelao, ni Odiseo, ni Aquiles, ni Ayax. Pero el caballo de Troya era el animal más maravilloso del mundo, y era suyo.

No llevaban ni un día de camino cuando César ya se había distanciado mucho de ellos, volando como el viento en su calesín enganchado a cuatro mulas, viajando al trote y dictándole un despacho senatorial a un secretario de cara verde, y una carta para el hermano mayor de Cicerón al otro secretario. Y sin equivocarse nunca, reforzando con Cicerón la considerablemente modificada versión para el Senado de lo acaecido entre Quinto Cicerón y los sugambros. Todos aquellos tontos del Senado creían que él manipulaba la verdad, pero nunca sospecharían de la versión oficial sobre Quinto Cicerón y los sugambros.

Siguió dictando, y sólo se detuvo pacientemente cuando un secretario tuvo que asomarse fuera del calesín para vomitar.

Cualquier cosa con tal de borrar el recuerdo de aquella escena en el salón de Durocortoro. Cualquier cosa con tal de olvidarse de Acón y de aquel grito que hacía eco del de Dumnórix. Él no había querido elegir a Acón como víctima, pero ¿de qué otra forma iban aquellos hombres a aprender el protocolo y la etiqueta de los pueblos civilizados? Hablar únicamente no funcionaba. Y el ejemplo tampoco funcionaba.

¿De qué otro modo puedo obligar a los celtas a aprender la lección que no me quedó más remedio que enseñar a los belgas con

letras de sangre? Porque no puedo marcharme con la tarea sin hacer, ylos años pasan volando. Tampoco puedo regresar a Roma sin mi dignitas realzada por una victoria total. Ahora soy un héroe mayor de lo que lo fue Pompeyo Magno en la cima de su gloria, y toda Roma está a mis pies. Haré lo que tenga que hacer, no importa el precio. ¡Ah, pero el recuerdo de la crueldad es un pobre consuelo en la vejez!

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