Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 12 de 13 · parte 8/8

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Roma 05 - César

El Oeste, Italia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Cleopatra no se fue por mar. Acompañada de Charmian, Iras y un gigantesco eunuco de piel negra llamado Apolodoro, Cleopatra salió del recinto real montada en un burro y ataviada con ropas de una dama alejandrina acomodada. Tras haber pasado por la puerta de Canope escasas horas antes de que la chusma irrumpiese en el palacio, subieron a bordo de una pequeña barcaza en la ciudad de Schedia, donde el canal que partía del lago Maretide, situado detrás de Alejandría, fluía hacia el brazo canópico del delta del Nilo. La distancia hasta Menfis, que estaba situada junto al propio Nilo justo antes de que éste se abriera en abanico y formase el delta, no era más que de ochocientos stadia griegos, cien millas romanas.

Menfis se había convertido de nuevo en el núcleo más poderoso de culto en Egipto. Centrada en el culto al dios creador Ptah bajo los primeros faraones, en su momento abrigó las bóvedas del tesoro

y a los sacerdotes más augustos. A partir de la época del faraón Senusret perdió favor, favor que Amón transfirió a Tebas; y el poder religioso se trasladó de Menfis a Tebas. Y lo mismo ocurrió con la custodia de los tesoros. Pero con las fluctuantes fortunas de Egipto, y después de que el último de los verdaderos faraones egipcios se hubo extinguido, también Amón decayó. Luego vinieron los Ptolomeos y Alejandría. Menfis empezó a subir de nuevo, quiza porque estaba mucho más cerca de Alejandría que Tebas; el primer Ptolomeo, un hombre brillante, concibió la idea de anexionar Alejandría a Egipto e hizo que el sumo sacerdote de Ptah, un hombre llamado Manetho, confeccionase una religión híbrida, en parte griega y en parte egipcia, bajo una divinidad mezcla de Zeus, de Osiris y de Apis y otra que era mezcla de Artemisa y de Isis a la vez.

La caída de Tebas tuvo lugar cuando se rebeló contra el gobierno ptolomeicO durante la época del noveno Ptolomeo, llamado Soter II en las inscripciones y Latiro (que significa Garbanzo) por sus súbditos. Garbanzo reunió un ejército judío y galeras de guerra de poco fondo y remó Nilo abajo para dar una lección a Tebas. La saqueó y la arrasó hasta no dejar piedra sobre piedra. Amón sufrió terriblemente.

Pero la jerarquía sacerdotal de Egipto, que tenía tres mil años de antigüedad, sabía todo lo que había que saber de saqueos. Todos los faraones a los que se había enterrado rodeados de increíbles riquezas eran el blanco de los profanadores de tumbas, que llegaban lo lejos que hiciera falta con tal de saquear a los muertos.

Mientras Egipto fue fuerte se mantuvo a raya a aquellos bandidos; después de que Egipto se convirtió en la presa de incursiones extranjeras, la mayoría de las tumbas reales fueron saqueadas. Sólo aquellas que se encontraban en lugares secretos permanecieron libres del pillaje. Lo mismo ocurrió con las bóvedas del tesoro.

En la época en que Ptolomeo Garbanzo hizo pedazos Tebas (buscando las bóvedas del tesoro), éstas volvían a estar en Menfis.

El faraón tenía una desesperada necesidad de dinero. La madre de Garbanzo, la tercera Cleopatra, era faraón, pero se aseguró de que él no lo fuera. Lo aborrecía y prefería a Alejandro, el hermano menor, a quien finalmente Cleopatra logró poner en el trono en el lugar de su hermano. Acción ésta que fue fatal para Egipto.

Después de que Alejandro asesinó a su madre, los dos hermanos se pusieron a guerrear por el trono. Cuando los dos hubieron muerto, Sila el dictador envió al hijo de Alejandro para que gobernase Egipto. Era el último varón legítimo de aquel linaje, pero no fue capaz de engendrar hijos. Su testamento legó Egipto a Roma, y desde entonces Egipto había vivido presa del miedo.

Cleopatra llegó a la costa en el margen oeste y cabalgó sobre su asno hasta la parte oeste de un recinto de kilómetro y medio cuadrado de extensión que comprendía el templo de Ptah, la casa en que se embalsamaban los toros Apis, un conglomerado de edificios dedicados a los sacerdotes y a sus variados deberes y numerosos templos más pequeños fundados en honor de faraones muertos hacía mucho tiempo. Debajo del recinto había laberintos de cámaras, habitaciones, túneles que se extendían hasta los campos de las pirámides que se hallaban a kilómetros de distancia.

La parte del laberinto a la que se accedía desde la casa dé embalsamar los toros Apis contenía las momias de todos los toros que habían existido, así como también gatos e ibises momificados.

La parte del laberinto a la que se entraba desde una habitación secreta dentro del templo de Ptah, propiamente dicho contenía las bóvedas del tesoro.

El Ue’b acudió a recibirla, acompañado del sacerdote relator llamado el cherheb, el tesorero, los funcionarios y los mete-en-sa, que eran los sacerdotes corrientes. Como no medía ni cinco pies romanos de altura y no pesaba más de un talento y medio,

Cleopatra permaneció allí de pie mientras doscientos hombres con la cabeza afeitada se postraban ante ella, con la frente apretada contra las pulidas baldosas de granito rojo.

–Diosa en la tierra, hija de Ra, encarnación de Isis, reina de reinas -la saludó el sumo sacerdote de Ptah, poniéndose en pie con una serie de reverencias adicionales cada vez más pequeñas que conseguía hacer con pericia mientras los sacerdotes permanecían postrados.

–Sem de Ptah, Neb-notru, wer-kherep-hemw, Seker-cha’bau, Ptahmose, Cha’em-uese -respondió la faraón con una sonrisa amorosa-. ¡Mi querido Cha’em, cuánto me alegro de verte!

La única pieza de su atavío que distinguía a Cha’em de sus subordinados era un collar. Por lo demás, se afeitaba la cabeza y no vestía nada más que una gruesa falda de lino blanca que empezaba justo debajo de los pezones y se acampanaba suavemente hasta media pantorrilla. El collar, que era el distintivo del cargo de sumo sacerdote de Ptah desde el primer faraón, era una ancha placa de oro que se extendía desde el cuello hasta la punta de los hombros y por abajo le llegaba hasta los pezones, como un pectoral. El ribete exterior tenía incrustaciones de lapislázuli, berilo y ónice en una banda mucho más gruesa de oro retorcida que adoptaba la forma de un chacal en la parte izquierda y de dos pies humanos y la garra de un león en la derecha. Dos líneas en zigzag de oro macizo iban desde los pezones hasta la garganta. Encima del mismo llevaba tres collares cuidadosamente distribuidos de cordón de oro que acababan en unos medallones tachonados de berilo; encima de éstos llevaba seis collares más de cordón de oro que acababan en cruces con piedras preciosas cuyos brazos eran iguales, tres más abajo, tres más arriba.

–Vas disfrazada -le dijo el sumo sacerdote en egipcio antiguo.

–Los alejandrinos me han depuesto.

–¡Ah!

Cha’em la condujo a su palacio, un edificio formado por un bloque pequeño de piedra caliza pintado con jeroglíficos y adornado con el cartucho con pergamino de cada uno de los sumos sacerdotes de Ptah que habían servido al dios creador que hizo a Ra, que también era Amón. Estatuas de la tríada de Ptah de Menfis flanqueaban la puerta: el propio Ptah, una figura humana recta coronada con un cráneo humano que estaba envuelta en vendas de momia hasta el cuello; Sekhmet, su esposa, con cabeza de leona; y Nefertem, el dios del loto, coronado con el loto sagrado azul y plumas blancas de avestruz.

El interior era fresco y blanco, pero cobraba vida con pinturas y ornamentos y estaba amueblado con sillas y mesas de marfil, ébano y oro. Una mujer entró en la habitación al oír el sonido de las voces; era muy egipcia, muy bella al estilo inexpresivo que la casta sacerdotal egipcia había perfeccionado con el paso de los milenios.

Llevaba una peluca negra cortada para dejar desnuda la parte superior de los hombros, unas enaguas en forma de tubo de lino blanco opaco, mangas acampanadas y un vestido de aquel fabuloso lino que solamente sabían hacer en Egipto: transparente y finamente plisado.

La mujer también se postró.

– Tach’a -la saludó Cleopatra al tiempo que la abrazaba-. Madre mía.

–Lo fui durante tres años, es cierto -convino la esposa de Cha’em-. ¿Tienes hambre?

–¿Tenéis comida suficiente?

–Nos las arreglamos, hija de Ra, incluso en estos tiempos difíciles. Mi huerto tiene un buen canal que llega hasta el Nilo, y mis Ícriados cultivan para nosotros.

–¿Puedes dar de comer a las personas que me acompañan? Sólo son tres, pero el pobre Apolodoro come mucho.

–Nos las arreglaremos. ¡Siéntate, siéntate!

Durante la sencilla comida, que consistió en pan plano, pescaditos fritos enteros y una fuente de dátiles, todo ello regado con cerveza de cebada, Cleopatra les contó su historia.

–¿Y qué piensas hacer? – le preguntó Cha’em con los ojos oscuros entornados.

–Ordenarte que me des dinero suficiente para comprar un ejército en Judea y en Nabatea. Y en Fenicia también. Poteino hablaba de saquear los graneros, así que me imagino que no me será difícil alistar buenos soldados. Cuando Metelo Escipión se fue de Siria el año pasado no dejó a nadie útil allí; Siria ha quedado a merced de sus propios medios. Si evito la costa, no tendré dificultades.

Tach’a se aclaró la garganta.

–Marido, tienes otra cosa que tratar con la faraón -dijo en ese tono que adquieren todas las esposas.

–¡Paciencia, mujer, paciencia! Acabemos primero este asunto.

¿Cómo podremos enfrentarnos a Alejandría? – le preguntó Cha’em-. Comprendo por qué la construyeron en su día y admito que es bueno tener un puerto que dé al mar Medio que sea menos vulnerable y menos enfangado que el viejo Pelusio. ¡Pero Alejandría es un parásito! Se lo coge todo a Egipto y no le da nada a cambio.

–Ya lo sé. ¿Y no me entrenaste tú para eso cuando yo vivía aquí? Si tuviera el trono asegurado ya estaría poniéndole remedio a eso. Pero tengo que asegurar mi trono. Sabes que Egipto no puede separarse de la Alejandría macedonia, Cha’em. El daño ya está hecho. Si yo como faraón la dejase y gobernase el verdadero Egipto desde Menfis, Alejandría simplemente importaría imponentes ejércitos y avanzaría para aplastarnos. Egipto es el Nilo. No hay ningún sitio adonde huir más allá del río. Sería muy fácil, ¿no lo demostró Garbanzo? Los vientos empujan las galeras de guerra desde el delta durante todo el trayecto hacia el sur hasta

la primera catarata, y la corriente del Nilo los empuja de vuelta. El verdadero Egipto se convertiría en esclavo de macedonios, híbridos y romanos. Porque serían romanos los ejércitos que vendrían.

–Lo cual me lleva, diosa en la Tierra, a un tema de la máxima delicadeza.

Los ojos amarilloverdosos de Cleopatra se entornaron, y la muchacha frunció el ceño.

–El codo de la muerte -murmuró.

–Dos veces seguidas. Este último de ocho pies solamente…

¡nunca se había oído cosa igual! La gente del Nilo ya empieza a murmurar.

–Acerca de la hambruna, claro.

–No, acerca de la faraón.

–Explícate.

Tach’a no se marchó. Como era sacerdotisa, músico del templo y esposa del Ue’b, tenía ese privilegio.

–Hija de Ra, se dice que el Nilo permanecerá en el codo de la muerte hasta que la faraón quede preñada y dé a luz un hijo varón.

Es deber de una faraón ser fecunda para aplacar al cocodrilo y al hipopótamo, para impedir que el cocodrilo y el hipopótamo absorban la inundación por las narices.

–¡Sé eso tan bien como tú, Cha’em! – le espetó Cleopatra con cierta acritud-. ¿Por qué te molestas en decirme cosas que me enseñaste repetidamente cuando era niña? ¡Me preocupo por eso día y noche! Pero ¿qué puedo hacer? Mi marido esposo es un niño y prefiere a su hermana de padre y madre antes que a mí. Mi sangre está contaminada por los de la estirpe de Mitrídates, no soy lo bastante ptolomea.

–Tienes que encontrar otro marido, diosa en la Tierra.

–No hay nadie. ¡Nadie! ¡Créeme, Cha’em, yo asesinaría a esa pequeña víbora en un momento si pudiera! Pero el linaje de los ptolomeos ha quedado reducido a cuatro de nosotros, dos

muchachas y dos muchachos. ¡No hay otros varones a los que yo pueda entregar mi virginidad, y no estoy dispuesta a copular en nombre de Egipto con nadie que no sea un dios! – Hizo rechinar los dientes, un sonido desagradable-. ¡Mi hermana Berenice lo intentó!

Pero el romano Aulo Gabinio frustró el intento y prefirió reinstaurar a mi padre. Berenice murió a manos de nuestro padre. Y

si yo no tengo cuidado, moriré también.

Un estrecho rayo de luz entraba por una abertura en la pared, y en él danzaban algunas motas de polvo. Cha’em extendió las manos largas, delgadas y oscuras, con los dedos abiertos formando una sombra en el suelo de baldosas. Puso una mano encima de la otra y formó un sol del que emanaban rayos. Luego quitó una mano e hizo que la sombra de la otra formase la silueta de la uraeus, la serpiente sagrada.

–Los augurios han sido extraños e insistentes -sentenció con aire soñador-. Una y otra vez hablan de un dios que vendrá del Oeste… de un dios que vendrá del Oeste. Un marido conveniente para la faraón.

La faraón se puso tensa y empezó a temblar.

–¿Del Oeste? – preguntó en tono de extrañeza-. ¿Del Reino de los Muertos? ¿Quieres decir que es Osiris que ha vuelto del reino de los Muertos para preñar a Isis-Hathor-Mut?

–Y para engendrar un hijo varón -le explicó Tach’a-. Horus.

Haroeris.

–Pero ¿cómo puede ser eso? – preguntó la Cleopatra mujer, no la faraón.

–Llegará a pasar -le aseguró Cha’em. Se puso en pie siguiendo el camino más largo, pues primero se postró ante ella-. Mientras tanto, oh, reina de reinas, debemos encargarnos de adquirir un buen ejército.

Durante dos meses Cleopatra estuvo viajando por Siria para alistar mercenarios. Todos los reinos de la vieja Siria habían hecho

un negocio lucrativo produciendo mercenarios que eran considerados universalmente los mejores soldados contratados del mundo. Idumeos y nabateos, aunque los mejores mercenarios de todos eran los judíos. Cleopatra se dirigió a Jerusalén. Allí por fin conoció al famoso Antípater… y le gustó. Con él se encontraba su segundo hijo, Herodes, un joven arrogante y feo del que ella no se fiaba tanto. Pero ambos eran extremadamente inteligentes y rapaces. Le dieron a entender que el oro de Cleopatra podría comprar sus servicios así como también soldados.

–Verás -le dijo Antípater, intrigado por el hecho de que aquel vástago delgado de una estirpe degenerada hablase un arameo impecable-, albergo serias dudas de que Pompeyo el Grande tenga alguna posibilidad de derrotar al misterioso hombre que viene del Oeste, Cayo Julio César.

–¿Un hombre que viene del Oeste? – le preguntó lentamente Cleopatra mientras mordía una deliciosa granada.

–Sí, así es como lo llamamos Herodes y yo. Sus conquistas han sido en el Oeste. Ahora veremos cómo le va en el Este.

–Cayo Julio César… sé poco de él excepto que le vendió a mi padre la condición de amigo y aliado y confirmó su posición en el trono, a cambio de un precio. Dime quién es ese César.

–¿Que quién es César? – Antípater se inclinó hacia un lado para lavarse las manos en una palangana dorada-. En cualquier otro lugar que no fuera Roma sería un rey, gran reina. Su familia es antigua y augusta. Dicen que desciende de Afrodita y de Ares a través de Eneas y de Rómulo.

Los ojos grandes, bellos y leoninos de Cleopatra parecieron sobresaltarse; las largas pestañas bajaron, velándolos.

–Entonces es un dios.

–No para nadie que sea de Judea como nosotros, aunque supongo que podría reivindicar cierto grado de divinidad -le

explicó perezosamente Herodes al tiempo que pasaba los dedos regordetes por un recipiente lleno de frutos secos.

¡Qué engreídos son estos hombres de los reinos menores de Siria!, pensó Cleopatra. Se comportan como si el ombligo del mundo estuviera aquí, en Jerusalén, en Petra o en Tiro. Pero no es así. El ombligo del mundo está en Roma. ¡Ojalá estuviera en Menfis! O incluso en Alejandría.

Con su ejército de veinte mil hombres engrosado sólo por voluntarios procedentes de la tierra de Onias, la reina de Alejandría y Egipto se puso en marcha desde Raphia por la carretera de la costa entre las grandes marismas de sal del lago Sir boni s y el mar, y luego se adentró en el flanco sirio del monte Casio, una duna de arena a sólo quince kilómetros de Pelusio. Aquél era el lugar apropiado para decidir quién se sentaría en el trono egipcio. Tenía agua pura y una buena línea de suministro hacia Siria, donde Antípater y su hijo Herodes estaban comprando alimentos y cobrando por ello una bonita comisión que Cleopatra no les echó en cara lo más mínimo.

Achillas y el ejército de Egipto avanzaron para contenerla, y a mediados de septiembre Achillas llegó al lado pelusio del monte Casio y se internó tierra adentro. Como era un soldado cuidadoso, quería agotar a Cleopatra antes de comenzar a atacarla. A mediados del verano, cuando el calor fuera agresivo y los mercenarios de Cleopatra estuvieran pensando en sus hogares frescos en contraposición con el sudor del combate, sería el momento oportuno para aplastarla.

¡Mediados de verano! ¡La próxima inundación! Cleopatra deambulaba por su casa de adobe y rabiaba por zanjar el asunto de una vez por todas. ¡El mundo se estaba haciendo pedazos! ¡El hombre que venía del Oeste había derrotado a Cneo Pompeyo Magno en Farsalia! Pero ¿cómo iba ella a convencerlo para que visitase Egipto mientras estuviese allí plantada en el monte Casio?

Para hacerlo necesitaba tener el trono bien asegurado y enviarle una invitación para que realizara una visita de estado. A los romanos les encantaba recorrer Egipto, exigían ver los cocodrilos y por lo menos un hipopótamo, deseaban quedar deslumbrados mirando el oro y las piedras preciosas, quedar atónitos por los imponentes templos. Mientras las lágrimas corrían por el chupado rostro, Cleopatra se hizo a la idea de una tercera inundación en el codo de la muerte. Los auspicios nunca se equivocaban cuando Cha’em los elegía por pureza. Cayo Julio César, el dios que vendría del Oeste llegaría con toda certeza. Pero no lo haría antes de que estuviesen a mediados de verano.

Pompeyo llegó por la mañana a las carreteras situadas frente a Pelusio dos días antes de su quincuagésimo octavo cumpleaños y se encontró aquel puerto viejo y descuidado abarrotado de galeras de guerra egipcias y barcos para el transporte de tropas. No había la menor esperanza de atracar en el puerto, ni siquiera de echar el ancla en alguna playa fangosa. Sexto y él se apoyaron en la barandilla del barco y miraron con fascinación aquel pandemonium.

–Pues debe de ser cierto que hay una guerra civil -comentó Sexto.

–Bien, pues desde luego a mí no me beneficia -afirmó su padre con una sonrisa-. Será mejor que enviemos a alguien que nos haga de explorador y luego decidiremos qué hacer.

–¿Quieres decir seguir navegando hacia Alejandría?

–Quizá, pero mis tres capitanes me dicen que andamos escasos de comida y de agua, así que tendremos que quedarnos aquí el tiempo suficiente para hacer el avituallamiento.

–Iré yo -se ofreció Sexto.

–No, enviaré a Felipe.

Sexto pareció ofendido y su padre le dio un ligero puñetazo en el hombro.

–Te está bien empleado, Sexto, por no hacer tus deberes de griego hace años. Voy a enviar a Felipe porque es un griego sirio y podrá comunicarse perfectamente. Si no es en ático, aquí estás perdido.

Cneo Pompeyo Felipe, uno de los esclavos libertos de Pompeyo, acudió para recibir instrucciones. Era un hombre grande y rubio que estuvo escuchando atentamente lo que Pompeyo le decía, y después asintió sin hacer preguntas y saltó por la borda del barco para subir a su bote.

–Hay una batalla en perspectiva, Cneo Pompeyo -le comunicó cuando regresó dos horas después-. Medio Egipto se encuentra en estas cercanías. El ejército de la reina está acampado al otro lado del monte Casio, mientras que el ejército del rey está acampado del lado de acá. En Pelusio se dice que entrarán en combate en cuestión de días.

–¿Cómo saben en Pelusio cuándo van a pelear? – le preguntó Pompeyo.

–El pequeño rey ha llegado aquí, acontecimiento que es muy raro. Es demasiado joven para ser líder de guerra, por lo que el líder es un general llamado Achillas, pero por lo visto la batalla no será oficial si él no está presente.

Pompeyo se sentó y le escribió una carta al rey Ptolomeo donde le pedía una audiencia inmediatamente.

Transcurrió el resto del día sin que Pompeyo recibiera respuesta alguna, lo que le proporcionó a Pompeyo algunas cosas nuevas en que pensar y tener en cuenta. Dos años antes, una carta suya habría actuado como el pinchazo de una lanza en el podex aunque fuera dirigida a los que gobiernan en el monte Olimpo. Y ahora un rey niño se tomaba la libertad de contestarla cuando le diera la gana.

–Me pregunto cuánto tiempo hubiera tardado César en recibir una respuesta -le comentó Pompeyo a Cornelia Metela no sin cierta amargura.

Ésta le dio unas palmaditas en la mano.

–Magno, no vale la pena preocuparse por eso. Esta gente es rara, sus costumbres también deben de ser raras. Además aquí nadie debe de haberse enterado todavía de lo de Farsalia.

–Eso no lo creo, Cornelia. Creo que a estas horas hasta en el reino de los partos debe de saberse lo de Farsalia.

–Ven a la cama y duérmete. Seguro que la respuesta llega mañana.

Entregada por Felipe al empleado más humilde, la carta de Pompeyo tardó horas en ascender la escalera de la jerarquía burocrática; Egipto, según se decía, podía dar lecciones de burocracia a los griegos de Asia. Poco después de la puesta de sol llegó a manos del secretario del secretario de Poteino, el señor alto chambelán. Examinó el sello con curiosidad, y luego se puso tieso.

¿Una cabeza de león y las letras CN POMP MG alrededor de la melena?

–¡Serapis! ¡Serapis!

Salió corriendo a ver al secretario de Poteino, quien corrió a ver a éste.

–¡Señor alto chambelán! – dijo el hombre jadeante, entregándole el pequeño rollo-. ¡Una carta de Cneo Pompeyo Magno!

Ataviado con una vaporosa túnica de lino granate para estar reclinado, pues había dado por terminados los asuntos de aquel día, Poteino se desenroscó del canapé en un solo movimiento, le arrebató el rollo y se quedó mirando el sello con incredulidad. ¡Era cierto! ¡Tenía que ser cierto!

–Manda llamar a Teodoto y a Achillas -le ordenó escuetamente al hombre.

Luego se sentó ante el escritorio y rompió el brillante sello rojo.

Con manos temblorosas desenrolló la única hoja de papel y empezó

a tratar de descifrar aquel griego desparramado como patas de araña.

Cuando acudieron Teodoto y Achillas ya había terminado de leer y estaba sentado mirando fijamente por la ventana, que daba hacia el oeste y al puerto de Pelusio, que todavía era un hormiguero de actividad. Observaba los tres hermosos trirremes que estaban anclados en medio de las rutas marítimas.

–¿Qué ocurre? – le preguntó Achíllas.

Era un hombre híbrido de egipcio y macedonio con el tamaño de sus antepasados macedonios y la tez oscura de sus antepasados egipcios. Hombre ágil en mitad de la treintena y soldado profesional toda la vida, era bien consciente de que tenía que derrotar a la reina antes o después; si no lo hacía, se enfrentaría al exilio y a la ruina.

–¿Veis esos tres barcos? – preguntó Poteino señalando hacia ellos.

–Construidos en Panfilia, por el aspecto de las proas.

–¿Sabéis quién está a bordo de uno de ellos?

–Ni la menor idea.

–Cneo Pompeyo Magno.

Teodoto lanzó un graznido y se sentó lánguidamente en una silla.

Achillas f lex íonó los músculos de los antebrazos desnudos y después se puso las manos contra el pecho de la dura coraza de cuero.

–¡Serapis!

–Desde luego -convino el señor alto chambelán.

–¿Qué quiere?

–Una audiencia con el rey y pasaje sin peligros hasta Alejandría.

–Deberíamos hacer venir al rey -dijo Teodoto mientras se ponía en pie tambaleante-. Lo traeré.

Ni Poteino ni Achillas protestaron; fuera lo que fuera lo que iban a hacer, lo harían en nombre del rey, que tenía derecho a escuchar a sus consejeros en reunión. No tendría nada que decir, desde luego, pero tenía derecho a escuchar.

El decimotercer Ptolomeo se había dado un atracón de dulces y estaba bastante empachado; cuando le informaron de quién estaba a bordo de uno de aquellos tres trirremes, la náusea le desapareció al instante y fue sustituida por un ávido interés.

–¡Oh! ¿Podré verlo, Teodoto?

–Eso está por ver -le indicó su tutor-. Ahora siéntate, escucha con atención y no interrumpas… gran rey -añadió como si se le hubiera ocurrido después.

Poteino tomó la presidencia de la reunión y le hizo un gesto con la cabeza a Achillas.

–Quiero saber tu opinión primero, Achillas. ¿Qué hacemos con Cneo Pompeyo?

–Bien, su carta no nos dice mucho, se limita a pedir audiencia y un pase para Alejandría. Tiene tres barcos de guerra, y sin duda también un puñado de soldados. Pero nada de lo que tengamos que preocuparnos. Mi opinión es que le concedamos la audiencia y lo enviemos a Alejandría -dijo Achillas-. Supongo que se dirige a Africa para reunirse con sus amigos.

–Pero mientras tanto se sabrá que ha solicitado ayuda aquí, que lo hemos recibido aquí, que ha visto al rey aquí -observó Teodoto, agitado-. No ganó en Farsalia. ¡Perdió en Farsalia! ¿Podemos permitirnos el lujo de ofender a su conquistador, el poderoso Cayo Julio César?

Con aquel atractivo rostro suyo impasible, Poteino le prestó tanta atención a Teodoto como a Achillas.

–De momento creo que es más acertado lo que dice Teodoto -

les explicó, ¿Qué te parece a ti, gran rey?

El rey de Egipto, que tenía doce años de edad, frunció el ceño con solemnidad.

–Estoy de acuerdo contigo, Poteino.

–¡Bien, bien! Continúa, Teodoto.

–¡Consideradlo, por favor! Pompeyo Magno ha perdido la batalla por mantener su supremacía en Roma, la nación más poderosa al oeste del reino de los partos. El testamento del difunto rey Ptolomeo Alejandro, que le fue entregado al dictador romano Sila, legaba Egipto a Roma. Nosotros en Alejandría trastocamos ese testamento y buscamos al padre de nuestro actual rey para ponerlo en el trono. Marco Craso intentó anexionar Egipto.

Nosotros lo evitamos y luego sobornamos al mismo Cayo César para que confirmase a Auletes en el trono. – Aquel rostro delgado, pintado y febril se retorció a causa de la ansiedad-. Pero ahora ese Cayo César es el gobernador del mundo, lo podemos decir con toda seguridad. ¿Cómo vamos a permitirnos el lujo de ofenderle? Con tan sólo un chasquido de dedos nos Puede quitar lo que antes dio: la independencia de Egipto. Nos puede despojar de nuestro propio destino, de mantener la posesión de nuestros tesoros y de nuestro estilo de vida. ¡Estamos caminando por el filo de una navaja! No podemos permitirnos ofender a Roma en la persona de Cayo César.

–Tienes razón, Teodoto -intervino Achillas bruscamente. Se llevó los nudillos a la boca y los mordió-. Tenemos aqui nuestra propia guerra… ¡una guerra secreta! No nos atrevemos a atraer la atención de Roma hacia ella. ¿Y si Roma decidiera que somos incapaces de manejar nuestros propios asuntos? Ese viejo testamento todavía existe. Sigue estando en Roma. Yo digo que le enviemos un mensaje a Cneo Pompeyo Magno mañana al amanecer y le digamos que se vaya. Que no le concedamos nada.

–¿Qué te parece, gran rey? – le preguntó Poteino.

–¡Que Achillas tiene razón! – exclamó el decimotercer Ptolomeo, y luego dejó escapar un suspiro-. ¡Oh, pero cuánto me

habría gustado verlo!

–Teodoto, ¿tienes algo más que decir?

–Sí, Poteino. – El tutor se levantó de la silla, dio la vuelta a la mesa para ponerse detrás del pequeño rey, y comenzó a acariciar con las manos el pelo espeso y de color dorado oscuro del muchacho, deslizando poco a poco los dedos hacia el suave cuello joven-. No creo que lo que Achillas sugiere sea lo bastante sólido.

Naturalmente, el poderoso César no va a venir en persona persiguiendo a Pompeyo; el gobernador del mundo tiene flotas y legiones para eso, cientos de legados a quienes confiar esa misión.

Como sabemos, de momento está recorriendo la provincia romana de Asia como un rey. ¿Dónde estará ahora? Dicen que se encuentra en Ilión, el hogar de sus ancestros, la antigua Troya.

Los ojos del pequeño rey se cerraron; se recostó en Teodoto y se fue quedando dormido.

–¿Por qué no le enviamos al poderoso Cayo César un regalo en nombre del rey de Egipto? – preguntó Teodoto tensando los labios pintados de carmín-. ¿Por qué no le enviamos al poderoso César la cabeza de su enemigo? – Parpadeó agitando las pestañas pintadas de negro- Los muertos, según dicen, no muerden.

Se hizo un silencio.

Poteino cruzó las manos sobre la mesa delante de él y se las miró fijamente mientras ref lex ionaba. Luego levantó la vista y abrió mucho los hermosos ojos grises, muy quieto.

–Así es, Teodoto, los muertos no muerden. Le enviaremos la cabeza de su enemigo a Cayo César.

–Pero… ¿cómo vamos a llevar a cabo esa acción? – quiso saber Teodoto, que estaba encantado de que aquella idea se le hubiera ocurrido a él.

–Dejadme eso a mí -les aseguró Achillas enérgicamente-.

Poteino, escribe una carta a Pompeyo Magno en nombre del rey

para decirle que le concedes una audiencia. Se la llevaré yo mismo y le tenderé una emboscada en la costa.

–Es posible que no quiera venir sin la compañía de algunos guardaespaldas -observó Poteino.

–Sí, lo hará. Veréis, resulta que yo conozco a un hombre, un romano, cuyo rostro Pompeyo reconocerá. Un hombre en el que Pompeyo confía.

Llegó el alba. Pompeyo, Sexto y Cornelia comieron pan rancio con esa falta de entusiasmo que una dieta monótona hace inevitable y bebieron agua que tenía un sabor algo salobre.

–Esperemos que por lo menos podamos abastecer nuestros barcos en Pelusio -comentó Cornelia.

Felipe, el esclavo liberto, apareció muy sonriente.

–¡Cneo Pompeyo, ha llegado una carta del rey de Egipto!

¡Hermoso papel!

Pompeyo rompió el sello, extendió la única hoja de caro papiro (sí, desde luego era un papel hermoso) murmurando algo entre dientes mientras recorría el breve texto en griego y luego levantó la vista.

–Bueno, van a concederme audiencia. Un bote me recogerá dentro de una hora. – Pareció sobresaltado-. ¡Oh, dioses, necesito un afeitado y mi toga praetexta! Felipe, envíame a mi criado, por favor.

Estaba de pie, adecuadamente vestido con la túnica de procónsul del Senado y el pueblo de Roma; Cornelia Metela y Sexto estaban uno a cada lado. Todos esperaban a que alguna barca maravillosamente decorada con oro y con la vela de color púrpura acudiera desde la costa.

–Sexto -dijo Pompeyo de pronto.

–¿Sí, padre?

–¿Y si te buscas algo que hacer durante unos momentos?

–¿Qué?

–¡Vete a orinar por la borda al otro lado, Sexto! ¡O a hurgarte la nariz! ¡Cualquier cosa que me permita quedarme a solas con tu madrastra un rato!

–¡Ah! – exclamó Sexto sonriendo-. Sí, padre, claro. Por supuesto, padre.

–Sexto es un buen muchacho, aunque un poco espeso -observó PomPeyo.

Tres meses atrás Cornelia hubiera encontrado aquella conversación pueril, pero aquel día se echó a reír.

–Anoche me hiciste un hombre muy feliz, Cornelia -le dijo Pompeyo mientras se acercaba a ella lo suficiente como para tocarle el costado.

–Tú me hiciste a mí una mujer muy feliz, Magno.

–Quizás, amor mío, deberíamos hacer más viajes por mar juntos. No sé qué habría hecho sin ti desde Mitilene.

–Y sin Sexto -puntualizó ella rápidamente-. Es un muchacho maravilloso.

–¡Y más de tu edad que yo! Mañana cumpliré cincuenta y ocho años.

–Lo quiero mucho, pero Sexto es un muchacho. Me gustan los hombres mayores. En realidad he llegado a la conclusión de que tú tienes exactamente la edad adecuada para mí.

–¡En Serica será maravilloso!

–Eso creo.

Se apoyaron el uno en el otro con afecto hasta que regresó Sexto con el ceño fruncido.

–Ha pasado ya más de una hora, padre, pero no veo ninguna barcaza real. Sólo ese bote.

–Pues se dirige hacia nosotros -indicó Cornelia Metela.

–Entonces, a lo mejor es ésa -observó Pompeyo.

–¿Para recogerte a ti? ¡Ni hablar! – sentenció su esposa en tono helado.

–Debes recordar que ya no soy el primer hombre de Roma.

Sólo un viejo procónsul romano cansado.

–¡Pues para mí no eres eso! – le aseguró Sexto hablando entre dientes.

La barca de remos, en realidad poco mayor que un bote, estaba ya al lado del barco; el hombre con coraza que iba en la popa levantó la cabeza.

–¡Busco a Cneo Pompeyo Magno! – gritó.

–¿Quién pregunta por él? – preguntó Sexto.

–El general Achillas, comandante en jefe del ejército del rey de Egipto.

–¡Sube a bordo! – gritó Pompeyo señalando hacia la escalera de cuerda.

Cornelia Metela apretaba con ambas manos el antebrazo de Pompeyo. Éste la miró sorprendido.

–¿Qué te pasa?

–¡Magno, esto no me gusta! ¡Sea lo que sea lo que quiera ese hombre, dile que se vaya! ¡Por favor, levemos el ancla y vayámonos! ¡Prefiero vivir a base de pan rancio todo el trayecto hasta Utica que quedarme aquí!

–Sssh, no pasa nada -la tranquilizó Pompeyo desprendiéndose de las manos de su esposa mientras Achillas subía fácilmente por la escala y saltaba por la barandilla. Se adelantó hacia ellos con una sonrisa en los labios-. Bienvenido, general Achillas. Soy Cneo Pompeyo Magno.

–Eso veo. Un rostro que todo el mundo reconoce. ¡Tus estatuas y bustos están por todo el mundo! Incluso en Ecbatana, según dicen los rumores.

–No por mucho tiempo. Yo diría que ahora mismo estarán derribándome a mí y poniendo a César.

–No en Egipto, Cneo Pompeyo. Tú eres el héroe de nuestro pequeño rey, él siempre sigue tus andanzas con avidez. Está tan

nervioso con la perspectiva de conocerte que anoche no consiguió dormir.

–¿No podías haber traído nada mejor que un bote? – le preguntó Sexto en tono de sentirse desairado.

–Ah, bueno, eso se debe al caos que hay en el puerto -les informó Achillas con amabilidad-. Hay barcos de guerra por todas partes. Uno de ellos chocó contra la barcaza del rey por accidente y desgraciadamente la agujereó. ¿Y cuál ha sido el resultado? Pues éste.

–No me mojaré la toga, ¿verdad? No puedo reunirme con el rey de Egipto con pinta de harapiento -le indicó Pompeyo, que comenzó a hablar con jovialidad.

–Llegarás seco como un hueso viejo -le aseguró Achillas.

–¡Magno, por favor, no! – le susurró Cornelia Metela.

–Yo estoy de acuerdo con ella, padre. ¡No vayas en este insulto!

–Verdaderamente han sido las circunstancias las que han dictado el medio de transporte, nada más -les aseguró Achillas revelando al sonreír que había perdido dos de los dientes delanteros-. Pero mira, he traído conmigo un rostro que te es familiar para calmar así cualquier temor que puedas tener. ¿Ves a ese tipo de ahí vestido de centurión?

Pompeyo no tenía muy buena vista últimamente, pero había aprendido que si cerraba uno de ellos en sus tres cuartas partes, el otro enfocaba debidamente. Llevó a cabo ese truco y lanzó un enorme alarido picentino de júbilo; un alarido galo, lo habría llamado César.

–¡Oh, no me lo puedo creer! – Se dio la vuelta hacia Cornelia Metela y Sexto con el rostro iluminado-. ¿Sabéis quién es ése que está ahí abajo en la barca? ¡Lucio Septimio! ¡Un primus pilus fimbriano de los viejos tiempos de Ponto y Armenia! Lo condecoré varias veces, y luego él y yo fuimos caminando hasta llegar casi al

mar Caspio. Pero nos volvimos porque no nos gustaron los reptiles.

¡Vaya! ¡Lucio Septimio!

Después de aquello parecía una vergüenza echarle a perder el júbilo. Cornelia Metela se contentó con advertirle que tuviera cuidado, mientras Sexto tenía una conversación con los dos centuriones de la primera legión que habían insistido en ir con él cuando encontraron a Pompeyo en Pafos.

–No lo perdáis de vista -les susurró Sexto.

–¡Venga, Felipe, date prisa! – le pidió Pompeyo mientras saltaba por la barandilla sin hacerse un lío a pesar de la toga con los ribetes de púrpura.

Achillas, que había bajado el primero, acompañó a Pompeyo al único asiento que había en la proa.

–Es el lugar más seco -le dijo.

–¡Septimio, sinvergüenza, ven a sentarte aquí, justo detrás de mí! – le pidió Pompeyo mientras se colocaba pulcramente-. ¡Oh, qué placer verte! Pero ¿qué haces tú en Pelusio?

Felipe y el esclavo de Pompeyo se sentaron en la parte central del barco, entre dos de los seis remeros, con los dos centuriones de Pompeyo detrás de ellos y Achillas en la popa.

–Me retiré aquí después de que Aulo Gabinio dejó una guarnición en Alejandría -le explicó Septimio, un veterano muy canoso y ciego de un ojo-. Todo se hizo añicos después de un roce con los hijos de Bíbulo… bueno, tú ya sabes eso. A los soldados rasos los enviaron a Antioquía y a los cabecillas los ejecutaron a todos, pero al general Achillas se le antojó quedarse con los centuriones. Así que aquí estoy, de primus pilus en una legión llena de judíos.

Pompeyo estuvo charlando con él durante un buen rato, pero la travesía era muy lenta y estaba un poco preocupado con el discurso que tenía que hacer; redactar un discurso florido en griego para pronunciarlo ante un muchacho de doce años le había resultado

bastante difícil. Se dio la vuelta en el asiento que ocupaba en la proa y llamó a Felipe.

–Pásame el discurso, ¿quieres?

Felipe le pasó el discurso. Pompeyo lo desenrolló, se encorvó y empezó a repasarlo de nuevo.

La playa apareció de pronto; había estado tan absorto en el discurso que no se percató de su proximidad.

–¡Espero que alejemos esta cosa del agua lo bastante para que no me enfangue los zapatos! – comentó, y se echó a reír mirando a Septimio mientras se sujetaba a causa de la sacudida.

Los remeros lo hicieron bien, la barca subió por la playa sucia y enfangada más allá de la línea del agua y se detuvo en terreno llano.

¡Arriba!, se dijo Pompeyo a si mismo, curiosamente feliz. La noche con Cornelia había sido sensual, seguro que vendrían más noches sensuales y tenía ilusión por llegar a Serica y empezar una nueva vida en un lugar donde un viejo soldado podía enseñar a un pueblo exótico los trucos romanos. Decían que allí había hombres a quienes la cabeza les crecía en el pecho, hombres con dos cabezas, hombres con un ojo, serpientes marinas… Oh, ¿qué no podría encontrar él más allá del sol naciente?

¡Puedes quedarte con el Oeste, César! ¡Yo me voy al Este! ¡A Serica y a la libertad! ¿Qué saben o qué les importa a los de Serica el Piceno, qué saben o qué les importa Roma? ¡A los habitantes de Serica un advenedizo picentino como yo les parecerá lo mismo que cualquiera de los julios o de los cornelios!

Entonces algo se rasgó, crujió y se rompió. Pompeyo, que ya tenía medio cuerpo fuera del bote, volvió la cabeza y vio a Lucio Septimio justo detrás de él. Un líquido caliente le chorreaba por las piernas y, durante unos instantes, Pompeyo pensó que debía de haberse orinado, pero luego el olor inconfundible le llegó a la nariz.

Era sangre. ¿Suya? ¡Pero no sentía dolor alguno! Las piernas le

cedieron y cayó cuan largo era en el barro sucio y seco. ¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando? Más que verlo, sintió que Septimio le daba la vuelta, notó una espada que se alzaba por encima de su pecho.

Soy un noble romano. No deben verme la cara mientras muero.

¡Debo morir como un noble romano!

Pompeyo hizo un último esfuerzo convulsivo. Con una mano se tiró de la toga púdicamente hacia abajo para cubrirse los muslos, con la otra se tapó la cara con uno de los pliegues. La punta de la espada penetró en su pecho con fuerza y destreza. Pompeyo no se movió más.

Achillas intentó apuñalar a los dos centuriones por la espalda, pero es difícil matar a dos hombres a la vez. Comenzaron a pelear y los remeros de la parte posterior se acercaron para ayudar. Todavía pegados a sus asientos, Felipe y el esclavo se dieron cuenta de pronto de que iban a morir. Se levantaron de un salto, salieron del bote y huyeron.

–Yo iré tras ellos -dijo Septimio con un gruñido.

–¿Por dos griegos tontos? – le preguntó Achillas-. ¿Qué pueden hacer?

Un pequeño grupo de esclavos esperaba cerca de allí con una gran vasija de barro a los pies. Achillas levantó la mano y los esclavos cogieron la vasija, que parecía muy pesada, y se acercaron.

Mientras tanto Septimio apartó la toga del rostro de Pompeyo y dejó al descubierto sus facciones: pacíficas, sin estropear. Puso la punta de la espada ensangrentada debajo del cuello de la túnica con la ancha franja granate en el hombro derecho y la rasgó hasta la cintura. El segundo golpe había sido certero, la herida estaba en el corazón.

–Es un poco difícil cortar una cabeza si tiene el cuerpo asi -

observó Septimio- Que alguien se encargue de traerme un tajo de

madera.

Encontraron el tajo de madera. Septimio lo colocó bajo el cuello de Pompeyo, levantó la espada y dio un tajo. Pulcro y limpio. La cabeza rodó un poco y el cuerpo cayó en el barro.

–Nunca pensé que sería yo quien lo matara. Es extraño, eso…

un buen general, tal como están los generales… pero vivo no me sirve de nada. ¿Queréis la cabeza en esa tinaja?

Achillas asintió, más conmovido que aquel centurión romano.

Cuando Septimio levantó la cabeza sujetándola por el abundante cabello plateado, Achillas notó que los ojos se le iban hacia ella.

Soñando… pero ¿con qué?

La vasija estaba llena casi hasta el borde de carbonato sódico, el líquido en el que los embalsamadores sumergían los cuerpos sin vísceras durante meses como parte del proceso de momificación.

Uno de los esclavos le quitó el tapón de madera; Septimío dejó caer la cabeza dentro y se echó hacia atrás rápidamente para evitar el súbito desbordamiento.

Achillas asintió. Los esclavos levantaron la tinaja por las asas de cuerda y comenzaron a caminar delante de su amo llevándola a cuestas. Los remeros habían empujado el bote al agua y estaban muy atareados remando para alejarlo de allí, Lucio Septimio clavó la espada en el barro seco para limpiarla, volvió a meterla en la vaina y echó a andar detrás de los demás.

Horas después Felipe y el esclavo se acercaron sigilosamente al lugar donde el cuerpo decapitado de Pompeyo yacía en la playa desierta, la toga era un color carmesí que se iba volviendo marrón al envejecer la sangre que todavía rezumaba por la porosa fibra de lana.

–Estamos atascados en Egipto -observó el esclavo.

Agotado de tanto llorar, Felipe levantó la vista del cuerpo de Pompeyo con apatía.

–¿Atascados?

–Sí, atascados. Nuestros barcos se han hecho a la mar. Yo los he visto.

–Entonces, no queda nadie excepto nosotros para ocuparse de él. – Felipe miró a su alrededor e hizo un gesto de asentimiento-.

Por lo menos hay algunos maderos que han llegado a la deriva. No es de extrañar que desembarcaran aquí para hacer lo que han hecho, es un lugar muy solitario.

Los dos hombres trabajaron afanosamente hasta que acabaron de construir una pira de casi dos metros de altura; poner el cuerpo encima no fue fácil, pero se las arreglaron.

–No tenemos fuego -dijo el esclavo.

–Pues ve a pedírselo a alguien.

La oscuridad estaba cayendo cuando el esclavo regresó acarreando un cubo pequeño que humeaba.

–No querían darme el cubo, pero les dije que queríamos quemar a Cneo Pompeyo Magno -le explicó el esclavo-. Entonces me dijeron que podía llevarme el cubo.

Felipe esparció las brasas por la red abierta que formaban las ramas plateadas por el mar; después se aseguró de que la toga estuviera bien remetida y retrocedió con el esclavo para ver si la madera prendía.

Tardó un poco pero cuando lo hizo, los maderos que había traído la corriente ardieron con tanta fuerza que fue suficiente para secar las lágrimas de Felipe.

Exhaustos, se tumbaron a cierta distancia para dormir, pues en aquel aire lánguido una hoguera daba demasiado calor. Y al alba, al encontrar la pira reducida a escombros ennegrecidos, utilizaron el cubo de metal para apagar las brasas con agua del mar y luego rebuscaron en ella las cenizas de Pompeyo.

–No sé cómo distinguir las cenizas de Pompeyo de las de la madera -comentó el esclavo.

–Pues hay diferencia -le explicó Felipe con paciencia-.La madera se deshace. Los huesos no. Si encuentras algo que no estás seguro de qué es, pregúntame.

Metieron en el cubo de metal lo que encontraron.

–¿Qué hacemos ahora? – quiso saber el esclavo, una pobre criatura cuyo trabajo consistía en lavar y fregar.

–Nos vamos andando a Alejandría -le respondió Felipe.

–No tenemos dinero -dijo el esclavo.

–Yo le llevaba la bolsa a Pompeyo. Tendremos para comer.

Felipe cogió el cubo, sujetó al esclavo de la mano lacia y echó a andar por la playa alejándose del agitado Pelusio.

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