Roma 05 - César
El Oeste, Italia
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Cleopatra había ascendido al trono a los diecisiete años de edad, y ahora tenía ya casi veinte.
Los dos años de su reinado habían estado cargados de éxitos y peligros: primero la gloria de bajar por el Nilo en aquella enorme barcaza dorada con la vela granate bordada en oro; los egipcios nativos se postraban ante
Cleopatra mientras ella permanecía de pie con su hermano y también marido de nueve años a su lado (pero un peldaño más abajo). En Hermontis le habían llevado el toro Buchis, famoso porque los rizos de su largo pelo sin tacha crecían al revés; Cleopatra, ataviada con las galas solemnes de faraón pero sólo con la corona del Alto Egipto, estaba en su bajel, que flotaba entre un mar de barcazas cuyas cubiertas se encontraban alfombradas de flores. El viaje junto a las ruinas de Tebas hasta la primera catarata y la isla Elefantina, para estar en el primero y más importante nilómetro el mismo día en que las aguas crecidas predecirían la altura final de la inundación.
Cada año, al principio del verano, el Nilo crecía misteriosamente, desbordaba sus márgenes y extendía una capa de barro negro y espeso repleto de nutrientes sobre los campos de aquel extraño reino, una capa de mil cien kilómetros de longitud pero de sólo siete u ocho de anchura, excepto en el valle de Ta-she, en el lago Moris y en el delta. Había tres clases de inundación: el codo de la saturación, el codo de la abundancia y el codo de la muerte. Medidos en nilómetros, había una serie de pozos graduados excavados a un lado del poderoso río. La subida de su nivel tardaba un mes en recorrer la distancia existente entre la primera catarata y el delta, que era por lo que la lectura del nilómetro de Elefantina era tan importante: avisaba al resto del reino de qué clase de inundación experimentaría aquel verano. En otoño el Nilo iba retrocediendo hasta quedar dentro de sus márgenes, lo que dejaba el suelo profundamente regado y enriquecido.
Aquel primer año de su reinado la lectura había sido baja en el codo de abundancia, un buen augurio para un nuevo monarca. Cualquier nivel por encima de treinta y tres pies romanos estaba en el codo de la saturación, lo cual significaba una inundación desastrosa. Cualquier nivel entre diecisiete y treinta y dos pies romanos estaba en el codo de la abundancia, lo cual significaba una inundación buena; el nivel ideal de la inundación eran veintisiete pies romanos. Por debajo de diecisiete pies yacía el codo de la muerte, cuando el Nilo no crecía lo suficiente para desbordar sus márgenes y el resultado inevitable era la hambruna.
Aquel primer año el verdadero Egipto, el Egipto del río, no el delta, pareció revivir bajo el gobierno de su nueva reina, que también era faraón…
el dios en la tierra que su padre, el rey Ptolomeo Auletes, nunca había sido.
La inmensamente poderosa facción que formaban los sacerdotes, egipcios nativos todos ellos, controlaban gran parte del destino de los gobernantes Ptolomeos de Egipto, descendientes de uno de los mariscales de Alejandro el Grande, el primer Ptolomeo. Sólo cumpliendo los verdaderos criterios religiosos y ganándose la bendición de los sacerdotes podían el rey y la reina ser coronados faraones. Porque los títulos de rey y reina eran macedonios, mientras que el título de faraón pertenecía a la impresionante intemporalidad del propio Egipto. El ankh de faraón era la clave de una sanción más que religiosa, era también la llave de las inmensas bóvedas del tesoro que había debajo del templo de Menfis, pues estaban bajo custodia de los sacerdotes y no guardaban relación con Alejandría, donde el rey y la reina llevaban una vida orientada al estilo macedonio.
Pero la séptima Cleopatra pertenecía a los sacerdotes. Había pasado tres años de su infancia bajo la custodia de éstos en Menfis, hablaba egipcio formal y demótico y había subido al trono como faraón. Era la primera de los Ptolomeos de la dinastía que hablaba egipcio. Ser faraón significaba tener autoridad completa, como una diosa, desde un extremo al otro de Egipto; también significaba que tenía acceso, sí llegaba a necesitarlo alguna vez, a las bóvedas del tesoro. Mientras que en una Alejandría no egipcia ser faraón no podía realzar la posición de Cleopatra. Y la economía de Egipto y Alejandría no dependía del contenido de las bóvedas del tesoro; los ingresos públicos del monarca alcanzaban los seis mil talentos al año, y los ingresos privados otro tanto. En Egipto no había nada que fuera propiedad privada, todo iba a parar al monarca y a los sacerdotes.
Y así los triunfos de los dos primeros años de Cleopatra estuvieron más relacionados con Egipto que con Alejandría, aislada al oeste del Nilo canópico, el brazo más occidental del delta. También estaban relacionados con un enclave místico de gente que habitaba el delta oriental, la tierra de Onias, separada y autosuficiente y que no le debía lealtad a las creencias religiosas de Macedonia ni de Egipto. La tierra de Onias era la patria de los judíos que habían huido de la Judea helenizada después de negarse a reconocer a un alto sacerdote cismático, y conservaba aún su ferviente judaísmo. También suministraba a Egipto el grueso de su ejército y controlaba Pelusio, el otro puerto importante que Egipto poseía en las costas del Mare Nostrum. Y Cleopatra, que hablaba hebreo y arameo con fluidez, era muy querida en la tierra de Onias.
El primer peligro, el asesinato de los dos hijos de Bíbulo, había conseguido sortearlo bien. Pero el peligro actual era mucho más serio.
Cuando llegó el momento de la segunda inundación de su reinado, ésta cayó en el codo de la muerte. El Nilo no desbordó sus orillas, el agua fangosa no fluyó sobre los campos y los sembrados no pudieron asomar sus hojas de un verde vivo por encima del suelo apergaminado. Porque el sol resplandecía sobre el reino de Egipto todos los días y todos los años; el agua que daba la vida era el don del Nilo, no de los cielos, y el faraón era la personificación deificada del río.
Cuando Cneo Pompeyo entró con sus barcos en el puerto real de Alejandría, la ciudad se agitaba amenazadoramente. Hacían falta dos o tres períodos de hambruna seguidos para privar a los egipcios nativos de todas las fuentes de alimentos, pero no era así en Alejandría, que producía poca cosa excepto burócratas, hombres de negocios y criados vinculados.
Alejandría era la quintaesencia del intermediario: improductiva en sí misma, pero sin embargo la que hacía más dinero. Fabricaba artículos de lujo, como el asombroso vidrio hecho de vetas multicolores muy finas, producía los mejores eruditos del mundo, controlaba el papel del mundo. Y
no era capaz de alimentarse a sí misma. Eso Egipto esperaba que lo hiciera el Nilo.
Los habitantes eran de varias clases: los macedonios puros que formaban la aristocracia y guardaban celosamente todos los puestos elevados de la burocracia; los comerciantes, fabricantes y otras personas del mundo del comercio que eran una mezcla híbrida de egipcios y macedonios; había un gueto judío considerable en el extremo oriental de la ciudad, en el distrito del delta, y la mayoría de sus habitantes eran artesanos, artífices, obreros especializados y eruditos; los griegos, más que los macedonios, eran escribas y empleados que llenaban los escalones inferiores de la burocracia, trabajaban como albañiles y escultores, maestros, tutores… y manejaban los remos de los barcos mercantiles y de guerra; y había incluso algunos caballeros romanos. El idioma que se utilizaba era el griego, y la ciudadanía era alejandrina, no egipcia. Sólo los trescientos mil nobles macedonios tenían plena ciudadanía alejandrina, lo cual era motivo de quejas y amargo resentimiento entre los demás grupos de la población; excepto para los romanos, que levantaban la nariz con desdén
ante una clase de ciudadanía tan inferior, pues ser romano era ser mejor que nada y que nadie, incluidos los alejandrinos.
Todavía había alimentos en abundancia, ya que la reina importaba grano y otros productos de Chipre, Siria y Judea. Lo que causaba aquella amenazadora agitación era la subida de los precios. Por desgracia, los alejandrinos de todos los estratos, menos los pacíficos e introvertidos judíos, eran agresivos, extremadamente independientes y no se acobardaban lo más mínimo ante los monarcas. Repetidamente se habían sublevado y habían expulsado a algún Ptolomeo del trono para sustituirlo por otro Ptolomeo diferente, y luego habían vuelto a empezar todo de nuevo en el momento en que la prosperidad temblaba o el coste de la vida subía.
De ello era bien consciente la reina Cleopatra mientras se preparaba para recibir en audiencia a Cneo Pompeyo.
Y todo aquello se complicaba aún más porque su hermano y marido ya tenía casi doce años y no podía dejársele de lado como a un simple niño.
Todavía no había alcanzado la pubertad, aparte de aquellos primeros temblores físicos que preceden a los cambios generales que aún habían de producirse, pero el decimotercer Ptolomeo cada vez resultaba más difícil de controlar. Y esto se debía principalmente a la influencia perniciosa que sobre él ejercían los dos hombres que dominaban su vida: Teodoto, su tutor, y Poteino, el señor alto chambelán.
Ya estaban en el salón de audiencias cuando la reina entró con paso majestuoso; había descubierto que hacerlo así demostraba confianza y autoridad, cosas que no se veían reforzadas por sus diminutos atributos físicos. El pequeño rey se encontraba sentado en su trono, de tamaño más pequeño que el gran sillón de oro y ébano que era el de Cleopatra y situado un escalón por debajo. Hasta que él no hubiera demostrado su virilidad dejando embarazada a su hermana y esposa, no se le elevaría a una posición más alta. Ataviado con la túnica y la esclavina de color granate propia de los reyes macedonios, resultaba un muchacho atractivo de un estilo muy macedonio, rubio, de ojos azules y más tracio que griego. Su madre era hermanastra de su padre, cuya madre fue una princesa árabe de Nabatea.
Pero la sangre semita no se notaba nada en el decimotercer Ptolomeo, mientras que en Cleopatra, que era su hermanastra, sí. La madre de ésta era la hija del impresionante rey Mitrídates de Ponto, una mujer alta y corpulenta con el cabello amarillo oscuro y aquellos ojos de color ámbar
peculiares de la estirpe de Mitrídates. Por lo tanto, el decimotercer Ptolomeo tenía más sangre semita que su hermanastra y sin embargo, era ella la que tenía aspecto semita.
Un cojín de color granate de Tiro incrustado de oro y perlas hacía posible que la reina de Alejandría y de Egipto se sentase en aquel trono demasiado grande y pusiera los pies en algo sólido, pues los dedos de los pies no llegaban a tocar el estrado de mármol, igualmente de color granate.
–¿Viene ya de camino Cneo Pompeyo? – quiso saber la reina.
–Sí, señora.
Cleopatra no era capaz de decidir cuál de los dos le desagradaba más, si Poteino o Teodoto. El señor alto chambelán era el más imponente, y era la prueba de que los eunucos no necesariamente eran bajos, rechonchos y afeminados. Le extirparon los testículos cuando tenía catorce años, quizá un poco tarde, por indicación de su padre, un aristócrata macedonio muy ambicioso en lo referente al futuro de su inteligente hijo. Señor alto chambelán era el puesto más elevado de la corte, sólo podía ocuparlo un eunuco y era el peculiar resultado del cruce de las culturas egipcia y macedonia; única mente se podía emascular a alguien de pura sangre macedonia porque así lo dictaban las ancestrales tradiciones egipcias.
Poteino era un hombre sutil, cruel y muy peligroso. Llevaba rizos de color ratón y tenía los ojos estrechos y grises y las facciones atractivas.
Naturalmente, tramaba derrocar a Cleopatra del trono y sustituirla por su hermanastra Arsinoe, que era hermana de padre y madre del decimotercer Ptolomeo.
Teodoto era el afeminado, a pesar de tener los testículos intactos.
Esbelto, pálido y con un engañoso aspecto cansado; no era un buen erudito ni un verdadero maestro, pero había sido un gran íntimo de Auletes, el padre de Cleopatra, y debía su posición a aquella feliz casualidad. Lo que quiera que le enseñase al decimotercer Ptolomeo no tenía nada que ver con historia¡, geografía, retórica o matemáticas. Le gustaban los muchachos, y uno de los hechos más mortificantes de la vida de Cleopatra era saber que Teodoto habría iniciado sexualmente a su hermano mucho antes de que se considerase que el joven era lo bastante mayor para consumar el matrimonio.
Tendré que conformarme con tan sólo las sobras de Teodoto, pensaba ella. Si es que vivo para ello. Teodoto también quiere sustituirme por
Arsinoe. Poteino y él saben que no pueden manipularme. ¡Qué tontos son!
¿No comprenden que a Arsinoe tampoco podrán manejarla? Sí, la guerra por poseer Egipto ha empezado. ¿Me matarán ellos a mí o los mataré yo a ellos? Pero una cosa he prometido: el día que mueran Poteino y Teodoto, mi hermano morirá también. ¡Es una pequeña víbora!
La sala de audiencias no era la sala del trono. En aquel extenso conglomerado de edificios había estancias para cada tipo de función y de funcionario, incluso había palacios dentro del palacio. La sala del trono hubiera dejado atónito a Craso, pero para dejar atónito a Cneo Pompeyo era suficiente. La arquitectura del complejo era griega tanto por dentro como por fuera, pero Egipto también tenía algo que ver, pues gran parte de la decoración caía en suerte a los artistas sacerdotes de Menfis. Y así las paredes de la sala de audiencias estaban revestidas en parte de pan de oro y en parte de murales de una clase que a aquel embajador romano le resultaba desconocida. Eran muy planos y artificiales y representaban personas, animales, palmeras y lotos en dos dimensiones. No había estatuas ni m Ue’b les exceptuando los dos tronos situados sobre el estrado.
A cada lado del estrado se alzaba un hombre gigantesco y extravagante del tipo de gente que Cneo Pompeyo sólo conocía de oídas, aparte de una mujer que vio en un espectáculo de segunda en el circo durante los días de su infancia; aunque la mujer era muy hermosa, no podía compararse a aquellos dos hombres. Iban ataviados con sandalias de oro y llevaban collares del mismo metal que destellaban llenos de joyas alrededor de la garganta. Cada uno de ellos manejaba un abanico enorme prendido de una vara larga de oro, cuya base estaba incrustada de más piedras preciosas; al dar aire, los abanicos mostraban unas plumas maravillosas, enormes y teñidas de muchos colores. Pero aquello no era nada comparado con la belleza de la piel de los hombres, que eran negros. No marrones, negros.
Como una lustrosa uva negra, aunque un poco empañada por el moho, pensó Cneo Pompeyo. ¡Una piel del mismo color púrpura de Tiro! Él había visto rostros como los de aquellos hombres en alguna ocasión en estatuas pequeñas; cuando un buen escultor griego o italiano tenía la suerte de ver a Pompeyo.
–¡Cneo Pompeyo Magno! – masculló Poteino al tiempo que corría hacia adelante vestido con la túnica granate y la capa chlamys con la cadena que indicaba su alto rango colgada de los hombros-. ¡Bienvenido, bienvenido!
–¡Yo no soy Magno! – le indicó con brusquedad Cneo PompeYo muy molesto-. ¡Soy Cneo Pompeyo a secas! ¨Quién eres tú, el príncipe de la corona?
La mujer que estaba sentada en el trono más grande y más alto habló con voz fuerte y melódica:
–Éste hombre es Poteino, nuestro señor alto chambelán -le explicó-.
Nos somos Cleopatra, reina de Alejandría y de Egipto. En nombre de Alejandría y de Egipto os damos la bienvenida. En cuanto a ti, Poteino, si quieres quedarte, retrocede y no hables hasta que se te dirija la palabra.
¡Oh!, pensó Cneo Pompeyo. No le cae bien. Y a él no le gusta ni pizca recibir órdenes de esta mujer.
–Es un gran honor para mí, gran reina -dijo Cneo Pompeyo, que tenía tres lictores a cada lado-. Y supongo que éste es el rey Ptolomeo.
–Sí -repuso la reina secamente.
Aquella mujer pesaría más o menos lo mismo que una bayeta mojada, fue el veredicto de Cneo Pompeyo, y probablemente no mediría ni cinco pies romanos cuando estuviera de pie. Tenía unos brazos pequeños y delgados y el cuello también pequeño y flaco. Una piel bonita de color oliva oscuro, aunque lo bastante transparente para que se vieran debajo las venas azules. El cabello era de color castaño claro y estaba peinado de un modo muy peculiar que consistía en una serie de mechones de un par de centímetros de ancho recogidos desde la frente hasta formar un moño en la nuca, a Cneo Pompeyo le recordó la corteza de un melón de verano, tenía las mismas estrías. Cleopatra llevaba la diadema de soberana formada por una cinta blanca que no le cruzaba la frente, sino que le pasaba por detrás del nacimiento del pelo; iba vestida con sencillez al estilo griego, aunque la túnica era de la más fina púrpura de Tiro. No llevaba encima ninguna cosa de valor excepto las sandalias, que parecían no estar diseñadas para caminar nunca, tan fino era el oro del que estaban hechas.
La luz, que penetraba por aberturas sin postigos situadas en lo alto de las paredes, era lo bastante buena como para permitir que Cneo Pompeyo viera que el rostro de ella era deprimentemente feo, y que el único encanto era la juventud, que lo suavizaba un poco. Ojos grandes que a él se le antojaron de color verde dorado, o quizá de color avellana. Una boca que no estaría mal para besarla de no ser porque la tenía firmemente apretada en un gesto severo. Y una nariz que podía rivalizar en tamaño con la de Catón, un
poderoso pico encorvado igual a la nariz de un judío. Resultaba difícil apreciar rasgos macedonios en aquella joven, pues era de un tipo puramente oriental.
–Es un gran honor recibirte en audiencia, Cneo Pompeyo -continuó diciendo la reina en perfecto griego ático con aquella poderosa voz meliflua-. Lamentamos no poder hablarte en latí¡n, pero es que nunca hemos tenido ocasión de aprenderlo. ¨Qué podemos hacer por ti?
–Imagino, gran reina, que incluso en este remoto extremo del Mare Nostrum sabéis que Roma está metida en una guerra civil. Mi padre, que es quien se llama Magno, se ha visto obligado a huir de Italia en compañía del legítimo gobierno de Roma. En este momento se encuentra en Tesalónica preparándose para enfrentarse al traidor Cayo Julio César.
–Claro que lo sabemos, Cneo Pompeyo. Y tenéis todas nuestras simpatías.
–Eso es un buen comienzo, pero no basta -le dijo Cneo Pompeyo con toda la alegre falta de modales que su padre había hecho famosa-. Estoy aquí para pedir ayuda material, no para recibir expresiones de simpatía o de condolencia.
–Desde luego. Hay un largo camino hasta Alejandría para venir sólo a pedir unas cuantas expresiones de condolencia. Ya suponíamos que has venido a solicitar… eh… ayuda material. ¿Y qué clase de ayuda deseas?
–Necesito una flota compuesta por lo menos por diez barcos de guerra superiores, sesenta buenos barcos de transporte, marineros y remeros en número suficiente para impulsarlos, y que cada uno de los sesenta barcos de transporte esté lleno a rebosar de trigo y de otros alimentos -recitó Cneo Pompeyo.
El pequeño rey se movió en su trono menor, volvió la cabeza, en la que llevaba también la cinta blanca de la diadema, y miró al señor alto chambelán y al hombre afeminado y esbelto que se encontraba detrás de él.
Su hermana mayor, que también era su esposa (¡qué decadentemente complicadas eran aquellas monarquías orientales!), reaccionó con prontitud exactamente como lo hubiera hecho una hermana mayor romana. Sostenía un cetro de oro y marfil y lo utilizó para darle con él en los nudillos tan fuerte que el pequeño rey soltó un grito de dolor. Haciendo un puchero, volvió la hermosa cara hacia adelante y permaneció así, parpadeando con los bonitos ojos azules para ahuyentar las lágrimas.
–Estamos encantados de que nos pidas ayuda material, Cneo Pompeyo.
Te concedemos todos los barcos que pides. Hay diez excelentes quinquerremes en los cobertizos para barcos anexos al puerto Ciboto, todos muy maniobrables, diseñados para llevar artillería en abundancia, y todos dotados con los mejores arietes de roble. Sus tripulaciones están rigurosamente entrenadas. También requisaremos sesenta bajeles de carga grandes y robustos de entre los que nos pertenecen. Poseemos todos los barcos de Egipto, tanto comerciales como de guerra, aunque no poseemos todos los barcos mercantes de Alejandría. – La reina hizo una pausa y se puso muy seria… y muy fea-. Sin embargo, Cneo Pompeyo, no podemos darte el trigo ni ningún otro alimento. Egipto est atravesando una época de hambruna. La crecida se quedó en el codo de la muerte, y no ha germinado ninguna planta. Ni siquiera tenemos suficiente para dar de comer a nuestro propio pueblo, en particular a los habitantes de Alejandría.
Cneo Pompeyo, que se parecía mucho a su padre en todo menos en el pelo que, aunque lo llevaba igualmente muy corto, era de un color oro más oscuro, se mordió los labios y movió la cabeza de un lado al otro.
–¡Eso no me conviene! – ladró-. ¡Quiero grano y quiero alimentos! ¡Y
no aceptaré un no por respuesta!
–Es que no tenemos grano, Cneo Pompeyo. Y tampoco tenemos alimentos. No estamos en situación de complacerte, como acabo de explicarte.
–En realidad no tienes elección en este asunto -le dijo Cneo Pompeyo como sin darle importancia-. Siento mucho que tu gente se muera de hambre, pero eso no es cosa mía. El gobernador Quinto Cecilio Metelo Pío Escipión Nasica sigue en Siria y tiene buenas tropas romanas más que suficientes para marchar hacia el sur y aplastar Egipto como a un escarabajo. Eres lo bastante mayor como para acordarte de la llegada de Aulo Gabinio y de lo que ocurrió entonces. Lo único que tengo que hacer es mandar un mensajero a Siria y te invadirán. ¡Y no pienses en hacerme a mí lo mismo que les hiciste a los hijos de Bíbulo! Yo soy el hijo de Magno, Mátame a mí o a alguno de los míos y todos vosotros moriréis de forma muy dolorosa. En muchos aspectos la anexión sería lo mejor para mi padre y para el gobierno en el exilio. Egipto se convertiría en una provincia de Roma y todo lo que Egipto posee iría a parar a Roma, personificada en mi padre. Piénsalo bien, reina Cleopatra. Volveré mañana.
Los lictores giraron sobre sus talones y salieron con el rostro impasible, y Cneo Pompeyo se fue caminando tranquilamente detrás de ellos.
–¡Qué arrogancia! – exclamó Teodoto con voz ahogada mientras aleteaba en el aire con las manos-. ¡Oh, no me puedo creer semejante arrogancia!
–¡Frena la lengua, tutor! – le ordenó bruscamente la reina.
–¿Puedo irme? – preguntó el pequeño rey con las lágrimas asomándole en los ojos.
–¡Sí, vete, pequeño sapo! ¡Y llévate contigo a Teodoto!
Salieron los dos, mientras el hombre rodeaba con un brazo posesivo los hombros del muchacho, que subían y bajaban a causa del llanto.
–Tendrás que hacer lo que te ha ordenado Pompeyo -ronroneó Poteino.
–¡Ya me doy cuenta de eso, gusano satisfecho de ti mismo!
–Y también reza, poderosa faraón, Isis en la Tierra, Hija de Ra, para que este verano el Nilo crezca y llegue al codo de la abundancia.
–Pienso rezar. ¡Sin duda tú y Teodoto, y también tu secuaz Achillas, comandante en jefe de mi ejército, pensáis rezar con la misma firmeza a Serapis para que el Nilo permanezca en el codo de la muerte! Dos inundaciones malas seguidas secarían el Ta-she y el lago Moris. Nadie en Egipto comería. Mis ingresos se encogerían hasta quedar reducidos a un punto, por lo que poco dinero podría encontrar yo para comprar alimentos e importarlos, Poteino. Si es que hay grano en algún sitio para importar, pues la sequía se extiende desde Macedonia y Grecia hasta Siria y Egipto. Los precios de los alimentos seguirán subiendo hasta que el Nilo crezca.
Mientras tanto tú y tus dos compinches alentáis una tercera subida: el levantamiento de los alejandrinos contra mí.
–Como faraón, oh, reina, tienes la llave de las bóvedas del tesoro de Menfis -le recordó Poteino con suavidad.
La reina mostró desprecio.
–¡Ciertamente, señor alto chambelán! Sabes perfectamente que los sacerdotes no me permitirán gastar los tesoros egipcios para salvar a Alejandría de morirse de hambre. ¿Por qué habrían de hacerlo? A ningún egipcio nativo se le permite vivir en Alejandría, y mucho menos tener su ciudadanía. Cosa que yo no pienso cambiar por un buen motivo, y es que no quiero que mis mejores y más leales súbditos contraigan la enfermedad alejandrina.
–Pues entonces el futuro no se te presenta muy prometedor, oh, reina.
–Me tienes por una mujer débil, Poteino. Y ése es un error muy grave.
Será mejor que empieces a pensar en mí como Egipto, pues yo soy Egipto.
Cleopatra tenía cientos y cientos de criados, pero en realidad sólo apreciaba a dos, dos mujeres llamadas Charmian e Iras. Hijas de aristócratas macedonios, le habían sido entregadas a Cleopatra cuando las tres eran niñas para que fueran las compañeras reales de la segunda hija del rey Ptolomeo Auletes y de la reina Cleopatra Tryphaena, hija del rey Mitrídates de Ponto y de su reina. Eran de la misma edad que Cleopatra y habían pasado con ella todos aquellos tormentosos años… el divorcio de Ptolomeo Auletes y Cleopatra Tryphaena y la llegada de una madrastra… el destierro de Auletes… los tres años de exilio en Menfis mientras Berenice, la hija mayor, reinaba con su madre, Cleopatra Tryphaena… el espantoso período después de la muerte de Cleopatra Tryphaena en que Berenice buscó frenéticamente un marido aceptable para los alejandrinos… el retorno de Ptolomeo Auletes y su reinstauración en el trono… el día que Auletes asesinó a Berenice, su propia hija… los dos primeros años del reinado de Cleopatra… ¡Tanto tiempo!
Las dos criadas eran sus únicas confidentes, así que fue a ellas a quienes les contó toda la historia de su audiencia con Cneo Pompeyo.
–Poteino se está poniendo inaguantable con esa insufrible confianza en sí mismo -les dijo.
–Lo que significa que ese hombre hará todo lo posible por destronarte en cuanto pueda -le dijo Charmian, que era morena y muy bonita.
–Oh, sí. Tengo que viajar a Menfis para hacer un verdadero sacrificio a los dioses verdaderos, pero no me atrevo -les confió Cleopatra, un poco apurada-. Abandonar Alejandría sería un error fatal.
–¿Serviría de ayuda escribirle a Antípater a la corte del rey Hircano para pedirle consejo?
–No creo que sirviera de nada. Está completamente a favor de los romanos.
–¨Cómo es Cneo Pompeyo? – le preguntó Iras, que siempre pensaba en las personalidades y nunca en la política. Era una muchacha rubia y muy bonita.
–Está hecho del mismo molde que el gran Alejandro, es completamente macedonio.
–¿Te ha gustado? – insistió Iras con los ojos azules cariñosos y húmedos.
Cleopatra se exasperó.
–¡A decir verdad, Iras, ese hombre me desagrada intensamente! ¨Por qué haces unas preguntas tan tontas? Soy faraón. Mi himen le pertenece a alguien que sea mi igual en sangre y deidad. Si se te antoja Cneo Pompeyo, ve y acuéstate con él. Eres una muchacha joven y tienes derecho a casarte.
Pero yo soy faraón, dios en la Tierra. Cuando me empareje, lo haré por Egipto, no por mi propio placer. – La cara se le torció-. ¡Créeme, por ningún motivo inferior a Egipto reuniré la fortaleza necesaria para entregarle mi cuerpo intacto a la pequeña víbora!
Con una sensación de enorme alivio, Pompeyo el Grande emprendió la marcha a principios del mes de diciembre para dirigirse al oeste por la vía Egnacia hasta Dyrrachium. El hecho de haber tenido que compartir el palacio de Tesalónica con más de la mitad de los miembros del Senado romano le había resultado una verdadera pesadilla. Porque todo el mundo había regresado, por supuesto, desde Catón hasta su amado hijo mayor, que había vuelto de Alejandría con una flota soberbia de diez quinquerremes y sesenta barcos de transporte, estos últimos cargados de víveres hasta los topes. Se suponía que la carga tenía que ser de trigo, cebada, alubias y garbanzos, pero resultó que consistía principalmente en dátiles. Fruto éste muy dulce y sabroso para un tentempié epicúreo, aunque para el paladar de los soldados resultaba una comida realmente insoportable.
–¡Esa loba monstruosa y tacaña! – gruñó Cneo Pompeyo al descubrir que sólo diez de los barcos de carga estaban llenos de trigo y que las otras cincuenta naves contenían dátiles en las mismas tinajas que él había visto llenas de trigo-. ¡Me ha engañado!
Su padre, agotado por la combinación que suponían Catón y Cicerón juntos, optó por ver el lado gracioso del asunto y se estuvo riendo hasta derramar las lágrimas que no podía derramar de otro modo.
–No te preocupes, cuando hayamos derrotado a César nos marcharemos a Egipto y le haremos pagar esta guerra a Cleopatra con el tesoro de Egipto
-le dijo a su airado hijo intentando tranquilizarlo.
–¡Me dará gran placer torturarla personalmente!
–¡Tch, tch! – le corrigió Pompeyo, que todavía se reía-. ¡No es un lenguaje propio de un amante, Cneo! Corre el rumor de que la has poseído.
–¡La única manera como yo tomaría a esa mujer sería asada y rellena de dátiles!
Esta respuesta hizo que Pompeyo Magno se echase a reír de nuevo.
Catón regresó justo antes que Cneo Pompeyo muy complacido con el éxito de su misión en Rodas, y repetía sin cesar la historia del reencuentro con su hermanastra Servililla, que estaba divorciada del difunto Lúculo, y con el hijo de ésta, Marco Licinio Lúculo.
–No la comprendo más de lo que comprendo a Servilia -decía frunciendo el ceño-. Cuando me encontré con Servililla en Atenas… por lo visto creyó que la proscribirían si se quedaba en Roma… me juró no volver a abandonarme nunca. Estuvo navegando conmigo por el Egeo, llegó hasta Rodas. Empezó a reñir con Atenodoro Cordilión y con Estatilo. Pero cuando llegó el momento de marcharse de Rodas, dijo que ella se quedaba allí.
–Las mujeres son peces muy raros, Catón -le explicó Pompeyo-. ¡Y
ahora, márchate!
–No me marcharé hasta que accedas a imponer disciplina entre la caballería galacia y la de Capadocia. Se están comportando ignominiosamente.
–Están aquí para ayudarnos a derrotar a César, Catón, y no tenemos que pagar su manutención. Por lo que a mí respecta, pueden violar a toda la población femenina de Macedonia, y además apalear a la población masculina. ¡Y ahora vete!
A continuación llegó Cicerón acompañado de su hijo. Exhausto, desgraciado, lleno de quejas acerca de todo el mundo, desde su hermano y su sobrino, los Quintos, hasta Atico, que se negaba a hablar en contra de César y estaba muy atareado allanándole a éste el camino en Roma.
–¡He estado rodeado de traidores por todas partes! – le aseguró de modo fulminante a Pompeyo; le lloraban los ojos, que tenía rojos y llenos de costras-. Me ha costado meses lograr escapar, y encima he tenido que marcharme sin Tirón.
–Sí, sí -convino Pompeyo con cansancio-. Hay una sabia maravillosa que vive a las afueras de la puerta Larisa, Cicerón. Ve a que te mire esos ojos. ¡Ahora! ¡Por favor!
En octubre llegaron de Hispania Lucio Afranio y Marco Petreyo, que eran heraldos de su propia perdición. Llevaban consigo unas cuantas
cohortes de soldados, cosa que no fue consuelo para Pompeyo, que estaba destrozado por la noticia de que ya no existía su ejército hispánico… y de que César había conseguido otra victoria casi incruenta. Para empeorar las cosas, la llegada de Afranio y Petreyo provocó una furia frenética en hombres como Léntulo Crus, que había regresado de la provincia de Asia.
–¡Son unos traidores! – le gritó al oído Léntulo Crus a Pompeyo-. ¡Exijo que nuestro Senado los juzgue y los condene!
–¡Oh, cierra la boca, Crus! – le dijo Tito Labieno-. Por lo menos Afranio y Petreyo saben encontrar el camino en un campo de batalla, que es más de lo que puede decirse de ti.
–Magno, ¿quién es este gusano rastrero? – quiso saber con voz ahogada Léntulo Crus, que se sintió ultrajado-. ¿Por qué tenemos que tolerarlo? ¿Por qué yo, un patricio Cornelio, tengo que verme insultado por hombres que no sirven ni para limpiarme las botas? ¡Dile que se quite de en medio!
–¡Quítate de en medio, Léntulo! – le respondió Pompeyo a punto de llorar.
Aquellas lágrimas Por fin se derramaron de noche sobre la almohada de Pompeyo después de que Lucio Domicio Enobarbo llegó por mar con la noticia de que Masilia se había rendido a César y que éste tenía el control completo de todas las tierras situadas al oeste de Italia.
–No obstante, tengo una buena flotilla y pienso hacer uso de ella -le dijo Enobarbo.
Bíbulo marchó a finales de diciembre y encontró a Pompeyo cuando su enorme ejército atravesaba penosamente los elevados pasos de Candavia.
–¿Cómo es que estás aquí? – le preguntó Pompeyo lleno de nerviosismo.
–¡Cálmate, Magno! César no desembarcará en Epiro ni en Macedonia en un futuro próximo -le explicó Bíbulo cómodamente-. Por una parte no hay, ni mucho menos, suficientes barcos de transporte en Brundisium para que César pueda traer a sus tropas a este lado del Adriático, Y por otra parte tengo la flota de tu hijo en el Adriático, además de mis otras dos flotas bajo el mando de Octavio y Libón, y Enobarbo patrulla el mar Jónico.
–Desde luego, sabrás que a César se le ha nombrado dictador, que toda Italia est a su favor y que no tiene intención de proscribir a nadie, ¨no?
–Sí, ya lo sé. Pero anímate, Magno, no todo va mal. He enviado a Cayo Casio y a esos setenta barcos sirios bien pertrechados al mar Toscano con
órdenes de patrullar entre Mesana y Vibo y de bloquear todos los envíos de grano procedente de Sicilia. Su presencia impedirá también que César envíe alguna de sus tropas a Epiro desde la costa oeste.
–¡Oh, ésa es una buena noticia! – exclamó Pompeyo.
–Ya lo creo. – Bíbulo esbozó una refrenada sonrisa de auténtica satisfacción-. Si podemos retenerlo en Brundisium, ¨te imaginas cómo se sentirá Italia si el campo tiene que dar de comer a doce legiones durante todo el invierno? Cuando llegue Cayo Casio con la provisión de grano, César tendrá bastantes problemas para dar de comer al populacho civil. Y
además tenemos en nuestro poder Africa, no lo olvides.
–Eso es cierto. – Pompeyo volvió a hundirse en el pesimismo-. No obstante, Bíbulo, yo sería mucho más feliz si hubiera recibido esas dos legiones sirias de Metelo Escipión antes de marcharme de Tesalónica. Voy a necesitarlas si César logra cruzar el mar. Ocho de sus legiones son completamente veteranas.
–¨Qué es lo que ha impedido que las legiones sirias lleguen hasta ti?
–Según la última carta de Escipión, se ve que tiene horribles problemas para atravesar el Amano. Los árabes esquenitas se han instalado en los pasos y están obligándole a abrirse camino luchando por ganar cada centímetro. Bueno, tú ya conoces el Amano. Tú luchaste allí.
Bíbulo frunció el ceño.
–Entonces todavía le queda por recorrer todo el trayecto de Anatolia antes de llegar al Helesponto. Dudo de que veas a Escipión antes de la primavera.
–Entonces esperemos no ver tampoco a César, Bibulo.
Esperanza vana. Pompeyo estaba todavía en Candavia atravesando las alturas que hay al norte del lago Ochris cuando Lucio Vibulio Rufo lo localizó a principios de enero.
–¨Qué estás haciendo tú aquí? – le preguntó Pompeyo, atónito-.
¡Creíamos que estabas en Hispania Citerior!
–Soy la primera prueba de lo que le ocurre a un hombre que, tras haber sido perdonado por César después de Corfinio, vuelve a oponérsele. Me cogió prisionero en Ilerda y desde entonces me tiene consigo.
Pompeyo notó que se ponía pálido.
–¿Quieres decir…?
–Sí, quiero decir que César cargó cuatro legiones en todos los barcos que pudo encontrar y se hizo a la mar en Brundisium el día antes de las nonas. – Vibulio sonrió sin alegría-. No ha visto ni un solo barco de guerra y ha desembarcado sano y salvo en la costa de Paleste.
–¿En Paleste?
–Entre Orico y Corcira. Lo primero que hizo fue enviarme a Corcira a ver a Bíbulo… para informarle de que había perdido la oportunidad. Y para preguntarle por tu paradero. Ves en mí al embajador de César el dictador.
–¡Oh, dioses, qué pellejo tiene! ¿Con cuatro legiones? ¿Nada más?
–Nada más.
–¨Qué mensaje me traes de su parte?
–Que ya se ha derramado bastante sangre romana. Que ya es hora de establecer las condiciones para llegar a un acuerdo de paz. Dice que ambos bandos están igualados, pero no alineados.
–Igualados -repitió Pompeyo muy lentamente-. ¡Con cuatro legiones!
–Ésas son sus palabras, Magno.
–¿Y sus condiciones?
–Que tú y él acudáis al Senado y al pueblo de Roma para que imponga las condiciones. Después de que ambos, él y tú, hayáis despedido a vuestros ejércitos. Lo cual pide que se haga tres días después de que yo vuelva junto a él.
–El Senado y el pueblo de Roma. Su Senado. Su pueblo -dijo Pompeyo entre dientes- Ha sido elegido cónsul senior, y no es dictador. Todos en Italia y en Roma lo consideran una maravilla. ¡Desde luego, no es Sila!
–Sí, él gobierna mediante palabras hermosas, no por medios sucios.
¡Oh, qué inteligente es! Y todos esos tontos de Roma y de Italia se lo tragan.
–Bien, Vibulio, César es el héroe del momento. Hace diez años lo era yo. También hay modas en cuestión de héroes públicos. Hace diez años, el prodigio picentino. Hoy, el príncipe patricio. – El ademán de Pompeyo cambió-. Dime, ¿a quién ha dejado a cargo de Brundisium?
–A Marco Antonio y a Quinto Fufio Caleno.
–Así que no se ha llevado consigo caballería a Epiro.
–Muy poca. Dos o tres escuadrones de galos.
–Se dirigirá a Dyrrachium.
–Sin duda.
–Entonces, será mejor que convoque a mis legados y ponga en marcha a este ejército a paso ligero. Tengo que llegar antes que él a Dyrrachium, de lo contrario César conseguirá el campamento y el acceso a la ciudad.
Vibulio se puso en pie, pues se tomó aquello como una despedida.
–¿Qué respuesta le doy a César?
–¡Que silbe! – le contestó Pompeyo-. Quédate aquí y sé útil.
Pompeyo llegó a Dyrrachium antes que César, pero sólo por muy poco.
La costa occidental de la masa de tierra que comprendía Grecia, Epiro y Macedonia estaba demarcada sólo vagamente; la frontera meridional de Epiro se consideraba en general como la orilla norte del golfo de Corinto, pero eso era también la Acarnania griega; y la frontera septentrional de Epiro era en su mayor parte cualquier lugar que se le antojase a un individuo. Para un general romano la vía Egnacia, que recorría un trayecto de casi mil doscientos kilómetros desde el Helesponto hasta el Adriático, atravesando Tracia y Macedonia, estaba decididamente en Macedonia. A unos veinticinco kilómetros de la costa oeste se bifurcaba hacia el norte y hacia el sur; la rama del norte terminaba en Dyrrachium y la rama sur en Apolonia. Por ello, la mayoría de los generales romanos consideraban Dyrrachium y Apolonia como parte de Macedonia, no como parte de Epiro.
Para Pompeyo, que llegó con prisas y en desorden a Dyrrachium, fue una impresión colosal descubrir que toda la zona de Epiro propiamente dicha se había inclinado a favor de César, y lo mismo había hecho Apolonia, el tramo meridional de la vía Egnacia. En realidad, todo el territorio situado al sur del río Apso ahora le pertenecía a César, que había expulsado a Torcuato de Orico y a Estaberio de Apolonia sin derramamiento de sangre y del modo más simple: los habitantes del lugar habían vitoreado a César y le habían hecho la vida demasiado difícil a la guarnición. Desde el lugar donde había desembarcado en Paleste, la carretera local, pobremente proyectada y construida, que llevaba a Dyrrachium, alcanzaba una longitud de poco más de ciento sesenta kilómetros, por lo que César estuvo a punto de llegar antes que Pompeyo, que marchaba por la romana vía Egnacia.
Para hacerle las cosas más agobiantes a Pompeyo, Dyrrachium también decidió apoyar a César. Los reclutas oriundos de allí y los habitantes de la ciudad se negaron a cooperar con el gobierno romano en el exilio y empezaron a programar una acción subversiva. Con siete mil caballos y casi
ocho mil mulas que alimentar, Pompeyo no podía permitirse establecerse en territorio hostil.
–Deja que yo me encargue de ellos -le dijo Tito Labieno con una expresión en aquellos fieros ojos oscuros suyos que César, Trebonio, Fabio o Décimo Bruto, daba igual, hubieran reconocido inmediatamente como lo que era: avidez de salvajismo.
Como no era consciente del alcance de aquella vena bárbara en Labieno, Pompeyo le hizo una pregunta inocente.
–¿Cómo piensas encargarte de ellos? ¿Conoces algún modo que otros no puedan llevar a cabo?
Labieno enseñó los dientes grandes y amarillos al esbozar una sonrisa de desprecio.
–Les daré a probar una muestra de lo que los tréveres llegaron a temer.
–Muy bien, pues -aceptó Pompeyo al tiempo que se encogía de hombros-. Hazlo.
Después de varios cientos de cuerpos de epirotas horriblemente mutilados, Dyrrachium y los habitantes del campo que la rodeaban llegaron a la conclusión de que, decididamente, era más prudente continuar con Pompeyo, quien, después de haber oído los rumores que circulaban por aquel enorme campamento suyo, decidió no decir ni hacer nada.
Cuando César se retiró a la orilla sur del Apso, Pompeyo y su ejército continuaron a fin de establecer el campamento en la orilla norte, justo enfrente; en aquel vado del gran río, la rama sur de la vía Egnacia cruzaba en su camino hacia Apolonia.
Nada más que una corriente de agua entre César y él… Seis legiones de tropas romanas, siete mil soldados a caballo, diez mil auxiliares extranjeros, dos mil arqueros y mil tiradores con honda; contra cuatro legiones veteranas de la Galia, la séptima, la novena, la décima y la duodécima. ¡Pompeyo tenía una enorme ventaja numérica! ¡Seguro, seguro, que con aquello había más que suficiente!
¿Cómo podía caer un ejército como aquél en una batalla contra cuatro legiones de infantería romana? Era imposible. Simplemente era imposible.
¡Tenía que ganar por fuerza!
Sin embargo, Pompeyo permaneció sentado en la orilla norte del Apso, tan cerca de las fortificaciones del campamento de César que podría haber
lanzado una piedra y darle en el yelmo a algún veterano de la décima. Pero no se movió.
Volvía a estar mentalmente en las Hispanias enfrentado a Quinto Sertorio, que era capaz de salir de la nada eludiendo a todos los exploradores, infligir una terrible derrota a un ejército relativamente grande y luego desaparecer de nuevo en la nada. Pompeyo volvía a estar bajo las murallas de Lauro, volvía a estar contemplando Osca, volvía a estar arrastrando el rabo entre las piernas mientras se retiraba atravesando el Ebro, volvía a ver cómo Metelo Pío ganaba los laureles.
Y Lucio Afranio y Marco Petreyo, que debieron haber ejercido presión sobre Pompeyo, también volvían a estar mentalmente en la Hispania Citerior enfrentándose igualmente a Sertorio y recordando además con qué facilidad, casi irrisoria, César loshabía dejado fuera de combate en Hispania Citerior hacía sólo seis meses. Y tampoco estaba allí Labieno para despreciar a César de aquella habitual manera suya y fortalecer así la decisión que le faltaba a Pompeyo, pues se había quedado atrás para guardar Dyrrachium y mantener leales a sus habitantes. Junto con aquellos latosos generales de salón: Catón, Cicerón, Léntulo Crus, Léntulo Spinther y Marco Favonio. En realidad, ninguno de los que estaban acampados con Pompeyo tenía ni la visión ni la fortaleza suficientes para enfrentarse a éste, que se hallaba en una disposición de ánimo dubitativa.
–No -les dijo finalmente a Afranio y a Petreyo después de varias nundinae de inactividad-. Esperaré a Escipión y a las legiones sirias antes de entablar batalla. Mientras tanto me quedaré aquí, conteniéndolo.
–Buena estrategia -le concedió Afranio con alivio-. César está sufriendo, Magno, está sufriendo mucho. Bíbulo casi ha conseguido estrangularle las líneas marítimas de abastecimiento, de manera que César tiene que confiar en lo que llega por tierra desde Grecia y el sur de Epiro.
–Muy bien. El invierno hará que se mueran de hambre. Este año llega temprano, está viniendo de prisa.
Pero no lo bastante temprano ni lo bastante de prisa, y César tenía consigo a Publio Vatinio. La proximidad de los dos campamentos significaba que existía cierto grado de comunicación de una orilla a la otra del pequeño río entre los centinelas de ambos bandos; esta comunicación se extendió a los legionarios que disponían de tiempo libre, y fue para ventaja de César. Sus hombres, tan alabados y admirados por su valor e inf lex ible
determinación durante la Guerra de las Galias, se convirtieron en el blanco de muchas preguntas por parte de los curiosos pompeyanos. Observando aquella reverencia en gran parte inconsciente, César envió a Publio Vatinio a la torre de fortificación más cercana e hizo que les hablase a los pompeyanos. ¿Por qué seguir derramando sangre romana? ¿Por qué soñar con derrotar al absolutamente imbatible César? ¿Por qué Pompeyo no presentaba batalla si no era porque le aterraba perder? ¿ Por qué estaban ellos allí?
Cuando se enteró de lo que estaba pasando, la reacción de Pompeyo fue enviar a alguien a Dyrrachium a buscar a Labieno, que era quien le resolvía los problemas principalmente, con una petición especial para Cicerón: que acudiera él también por si era necesario un orador que contestase a Publio Vatinio. El resultado fue que todos los generales de sofá decidieron acudir (¡tan aburridos estaban!), incluido Léntulo Crus, que por entonces empezaba a dejarse atrapar por la sutil persuasión en forma de ofertas de dinero que le hacía Balbo el Joven, a quien César había enviado para que se lo ganara. Rezando por que nadie en el campamento de Pompeyo lo reconociera, Balbo el Joven se vio obligado también a acudir.
Labieno llegó el mismo día en que estaba programado el comienzo de las negociaciones entre César y una delegación de pompeyanos encabezada por uno de los Terencios Varrones. La conferencia no llegó a celebrarse, pues la estropeó la llegada de Labieno, quien le habló a voces a Vatinio y luego arrojó una oleada de lanzas al otro lado del río. Acobardados por Labieno, los pompeyanos se escabulleron y no volvieron a parlamentar.
–¡No seas tonto, Labieno! – le gritó Vatinio-. ¡Negocia! ¡Salva vidas, hombre, salva vidas!
–¡Mientras yo esté aquí no habrá cambalaches con traidores! – le gritó Labieno-. ¡Pero envíame la cabeza de César y volveré a pensarlo!
–¡Veo que no has cambiado, Labieno!
–¡Ni cambiaré nunca!
Mientras aquello sucedía, Cicerón estaba cómoda y deliciosamente instalado compartiendo vino y conversación en la casa de mando de Pompeyo, por una vez sin que nadie lo molestase.
–Pareces muy alegre y animado -le comentó Pompeyo, que estaba taciturno.
–Y tengo excelentes motivos para ello -repuso Cicerón, demasiado contento con la gozosa noticia de la que acababa de enterarse y también a punto de estallar de ganas de contarla-. Acabo de recibir una bonita herencia.
–No me digas -le dijo Pompeyo entornando los ojos.
–¡Oh, de verdad, Magno, no podía haber llegado en mejor momento! –
le confió Cicerón sin darse cuenta del desastre que se le venía encima-. Se cumple por ahora el segundo plazo de la dote de Tulia. ¡Doscientos mil, nada menos! Y todavía le debo a Dolabela sesenta mil del primer plazo.
Suele enviarme una carta al día para recordármelo. – Cicerón soltó una encantadora risita-. Me atrevo a decir que tiene iugera de tiempo para escribir, puesto que es un almirante sin barcos.
–¿Cuánto has recibido?
–Un millón redondo.
–¡Justo la cantidad que necesito! – le dijo Pompeyo-. Como comandante en jefe y amigo tuyo que soy, Cicerón, te pido que me lo prestes. Ya no sé qué inventar para pagar las cuentas del ejército. Quiero decir que les he pedido dinero prestado a todos los soldados romanos que conozco… ¡y eso es un apuro inimaginable para un comandante! Mis propias tropas son mis acreedores. Ahora me entero de que Escipión está atascado en Pérgamo hasta que acabe el invierno. Yo tenía la esperanza de poder salir del aceite hirviendo con el dinero sirio, pero… -Pompeyo se encogió de hombros-. Tal como están las cosas, tu millón me será de gran ayuda.