Roma Invicta Est
Capítulo XVII. Una amarga despedida.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Yo os lo diré: hace años fueron licenciadas, disueltas porque no eran provechosas para Roma. Suponían un elevado coste que los emperadores no estuvieron dispuestos a asumir. ¡La defensa de Hispania no era relevante para Roma! —exclamó con furia, con rabia, con dolor—. Desde entonces
—prosiguió negando con la cabeza—, hemos sido depredados por los suevos, por los visigodos, por los vándalos… ¿y qué ha hecho Roma? ¿Qué ha hecho la Urbs para protegernos? Os lo diré: nada. Absolutamente nada.
Es más, cuando Requiario invadió la Carthaginiense y la Tarraconense, el emperador Avito no envió a las legiones romanas acantonadas en la Galia, si no que ordenó a Teodorico que cruzase las limes de Hispania con su horda de visigodos para restablecer el orden. Y todos sabemos de la destrucción que causó el rex Gothorum en tierras hispanas. Sí, es cierto que Mayoriano llegó a nuestra ciudad acompañado de un poderoso ejército. No voy a negar que fue un audaz intento, junto con la colosal armada erigida por Antemio, de exterminar a los vándalos, pero todos sabemos que ambas campañas concluyeron en un formidable desastre. Un reflejo innegable de la impetuosa decadencia en la que está sumida la Urbs.
La mayoría de los senadores asintieron y murmuraron convencidos de sus palabras. Flaco Mutio volvió a beber un trago de agua y prosiguió:
—Genserico está a las puertas de la ciudad y en su generosidad… —Su alocución fue interrumpida por una sucesión de insultos e improperios—.
¡En su infinita generosidad nos ha ofrecido la paz a cambio de renegar de una Roma que nos ha abandonado! —exclamó, intentando hacerse oír en aquella tormenta.
—¡¿Llamas generoso al invasor?! —le espetó furibundo un curial.
—¡Eres un traidor! —bramó otro.
En las paredes del Senado restallaban los ecos de los abucheos y las imprecaciones de los decuriones. Unos indignados y otros apoyando con vehemencia el discurso del curator.
—¡Silencio! ¡Silencio! —grité, y poco a poco, los juramentos, insultos, y lamentos, se desvanecieron—. Flaco Mutio tiene la palabra y por el bien de esta sesión y de la trascendental decisión que debemos tomar, ruego a los clarissimi senadores que se abstengan de nuevas interrupciones.
Y, con un ademán, exhorté a Flaco Mutio a que prosiguiera:
—Gracias, comes civitatis —dijo el curator con una leve inclinación de cabeza—. Como intentaba señalar antes de que mis impetuosos compañeros me interrumpieran —un nuevo rumor se propagó por la sala pero fue rápidamente sofocado—, hace años, Genserico sitió nuestra ciudad y
gracias a un hábil ardid de nuestro comes civitatis —el curial me dispensó una ladina sonrisa—, logramos evitar que nuestras murallas fueran asaltadas por sus tropas. Supuso un gran triunfo, no cabe la menor duda.
Pero también una afrenta para el rex Vandalorum, que fue engañado para que marchara a Roma en apoyo de Olibrio, su candidato a emperador, renunciando al asedio al que nos tenía sometidos.
—¿Qué es lo que pretendes Mutio? —exclamó furioso Flavino Proto—.
¿Acaso insinúas que debimos permitir que Genserico conquistara la ciudad?
En esta ocasión fue un feroz murmullo el que tronó en el Senado. La insinuación del curator fue de lo más mezquina y deleznable. Incluso alguno de sus más incondicionales seguidores bajaron la vista avergonzados.
—¡Silencio! —grité de nuevo—. ¡Silencio, senadores! Permitid que Flaco Mutio se explique debidamente.
—Se me ha acusado de traidor en esta sala —comenzó a decir el interpelado—, simplemente por manifestar que Genserico es un rey generoso. Y, ciertamente lo es.
Me vi obligado a exigir de nuevo silencio. Los ánimos estaban de los más enardecidos y temí que, finalmente, aquella sesión concluyese con algún senador malherido. Después de unos instantes, el curator pudo proseguir con su discurso.
—A pesar de la afrenta, nos ha concedido el mismo privilegio que al resto de las ciudades hispanas: la total rendición a cambio de nuestra entregada sumisión. Si, además, tenemos en cuenta que ha asegurado que respetará nuestras vidas y propiedades, incluso los más reacios a la claudicación entenderéis que la oferta es de lo más generosa. En su corazón no hay un atisbo de rencor y podría, muy bien que podría, debo añadir, haber descargado toda su ira sobre nuestra ciudad, vengándose del engaño padecido. Pero no lo ha hecho…
—¡Silencio, por favor! —interrumpí. El Senado volvía a ser un hervidero de frases malsonantes.
No conseguí ocultar la irritación que sus palabras me estaban causando, pero como comes civitatis de la ciudad debía obrar en consecuencia y
permitir que el senador manifestara su opinión con plena libertad. Flaco Mutio inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y continuó:
—No, no lo ha hecho. Nos ha ofrecido la paz, una generosa paz y nosotros debemos aceptarla, pues seríamos unos insensatos si rechazáramos su mano tendida —desvió la mirada hacia los curiales valorando adeptos y contrarios, y prosiguió—: Senadores de Carthago Nova, Roma, lo aceptemos o no, nos ha abandonado. Esta es la dramática realidad. Podemos engañarnos, considerar que hay futuro bajo la égida del Imperio, soñar con que algún día surgirá un héroe, un general o un victorioso emperador, que aniquile a nuestros enemigos y encumbre de nuevo al Imperio, elevándolo a glorias pasadas… y casi olvidadas. Sí, amigos, podemos soñar. Yo también lo deseo con ardor y desesperación. Pero la realidad es tenaz y se empeña en manifestarse una y otra vez con inclemente crudeza. Roma, nuestra madre, nos ha abandonado, ha abandonado a sus hijos. Esta es la única verdad. Y, ahora, debemos decidir si merece la pena morir como romanos de una Roma que agoniza, o simplemente vivir. Y no como romanos, ni como vándalos, sino como lo que somos: hispanos. Meditar vuestra postura, clarissimi senadores de Carthago Nova, por mi parte, la decisión es más que evidente.
El curator tomó asiento en su escaño dando por concluida su intervención. No hubo aplausos, ni palabras de apoyo o de adhesión. Solo el silencio, un abisal silencio envolvió el Senado con el manto del miedo, de la derrota y del fracaso. Como era preceptivo, permití que transcurrieran unos instantes para que los curiales asimilaran el discurso de Flaco Mutio antes de conceder la palabra a Flavino Proto.
—Bien, hemos escuchado con sumo interés los motivos y razones del clarissimus Flaco Mutio, ahora cedo la palabra al magistrado Flavino Proto.
Por favor. —Le hice un ademán y Flavino Proto asintió y se dirigió al centro del Senado.
El magistrado paseó por la sala con las manos entrelazadas en la espalda, con paso lento, la mirada fija en el pavimento y el gesto desdibujado por la preocupación. Los decuriones le observaban en silencio, muchos con la frente perlada de sudor, otros con la hiel subiendo amarga por su garganta. Y la inmensa mayoría con el temor atenazando sus
corazones y voluntades. Flavino Proto detuvo su paso y desvió la vista hacia unos escaños colmados de desazón e inquietud.
— Clarissimi senadores de Carthago Nova —comenzó a de decir—, hoy he escuchado con estupor como un egregio miembro de este consejo ha definido a Genserico como un hombre generoso en cuyo corazón no habita el rencor —hizo una breve pausa antes de continuar—: Os recuerdo que ese generoso y caritativo hombre, hace cinco años depredó nuestra región, robando nuestro ganado, saqueando nuestras cosechas y asolando las aldeas. Os recuerdo que asedió nuestra ciudad y que su bondadoso ejército asesinó a cientos de cartaginienses. Es evidente que el dignitate Flaco Mutio y yo tenemos criterios opuestos sobre el concepto de generosidad. —
En los labios de algunos senadores asomaron sonrisas—. Podemos renegar de todos aquellos que han sacrificado su vida por Hispania y por Roma —
prosiguió—, podemos olvidar a nuestros antepasados, con cuyo esfuerzo y sudor fueron levantadas nuestras murallas, nuestros hogares, nuestro Senado. Podemos olvidar nuestra cultura, incluso nuestra religión. Bien, olvidémonos. Pero… ¿entonces? ¿Qué nos queda clarissimi senadores? Si nos olvidamos de nuestros orígenes, repudiamos nuestro pasado… ¿Qué o quiénes seremos? —Detuvo su paso y miró a los senadores—. Seremos hispanos, simplemente hispanos. Eso asegura nuestro honorable curator.
Pero… ¿qué es un hispano que ignora sus orígenes romanos, que reniega de la sangre que transita por sus venas, que acepta vivir encadenado? ¿Qué nos diferenciaría de las salvajes tribus bárbaras? Efectivamente, en los ojos de muchos de vosotros veo la respuesta: no nos diferenciaría nada. Si olvidamos a nuestros antepasados, si no honramos a todos aquellos que han ofrecido su vida por defender Hispania y Roma de sus innumerables enemigos, no seremos más que indignos salvajes incapaces de llamarnos hombres.
—¡¿Qué pretendes?! —interrumpió un senador—. ¡¿Qué luchemos a pesar de que la victoria es imposible?!
—« Dulce et decorum est pro patria mori»[22] —respondió—. Estaremos
todos de acuerdo de que se trata de una brillante frase pronunciada por Horacio, pero por desgracia, a pocos Horacios aprecio yo en esta sala…
Un furibundo clamor se elevó en el Senado, y los improperios e insultos regresaron al concilio con inusitada virulencia. Varios minutos permanecimos envueltos en gritos, alaridos y bramidos hasta que por fin la cordura se abrió paso en aquella enloquecida barahúnda.
—¡No confundas la sensatez con la cobardía! —gritó Flaco Mutio—.
¡Dios sabe que si hubiera una mínima esperanza de victoria lucharíamos, como hicimos hace cinco años!
Sus palabras fueron seguidas por los aplausos y asentimientos de un gran número de decuriones.
—¿Hablas tú o habla el miedo que carcome tu exiguo valor? —preguntó el magistrado, entornando los ojos. El curator se incorporó amenazante pero Flavino Proto alzó la mano exigiendo silencio. Era su turno y debía ser escuchado—. El miedo… siempre el miedo. Infatigable amigo de la huida, de la rendición, de la deshonra. El discurso del clarissimus Flaco Mutio rezuma miedo, ingentes cantidades de terror con las que ha contagiado la entereza de los aquí presentes. « Quicumque mortem in malis ponit, non potest eam non timere»[23]. Y yo no temo a la muerte, y si he de elegir, me inclino por una muerte honrosa que por una vida indigna.
—¡¿Morir por una Roma que nos ha abandonado?! —exclamó un senador mostrando una sonrisa cínica.
—Flaco Mutio ha definido a Roma como una madre que ha abandonado a sus hijos —continuó el magistrado, alzando los brazos con el propósito de apaciguar los ánimos—. Nuestra madre nos ha abandonado, así lo ha asegurado nuestro distinguido curator. —De nuevo el silencio dominó la sala—. Y, yo me pregunto, clarissimi senadores de Carthago Nova, me pregunto si es natural que una madre descuide a sus hijos —dirigió la mirada hacia los decuriones y les preguntó—: ¿Qué es lo que lleva a una madre a desasistir a su descendencia? ¿Hay algo que ame más que a sus hijos? ¿Acaso no daría su propia vida por defender la de sus vástagos?
Entonces… ¿por qué Roma, nuestra madre, nos ha abandonado? —Los senadores bajaron la vista al pavimento o se miraron los unos a los otros sin hallar respuesta—. Yo os lo diré, abriré vuestras acobardadas mentes infectadas por las medrosas palabras del curator: Roma, nuestra amada Roma, está enferma, gravemente enferma. Solo así se explica el abandono
al que nos tiene relegados. ¿Y qué debemos hacer? ¿Qué hace el hijo cuando su madre yace agonizante en el lecho? Flaco Mutio, nuestro pragmático curator, sugiere que la abandonemos, que dejemos que muera consumida por la enfermedad y el olvido. Yo, en cambio, propongo que cuidemos ella, luchemos por ella y, llegado el momento, muramos por ella.
Sí, somos hijos de Roma, y es nuestra obligación cuidar de ella, pues la Urbs cuidó de nosotros mientras disfrutaba de vigor y de fuerza. La rendición supone entregar nuestra madre a los bárbaros, sacrificarla a cambio de nuestras ruines vidas. Y yo me niego, debo negarme. No puedo vivir, si acaso se puede llamar vida, a vivir encadenado, a vivir acosta de renegar de mi propia madre. Suplico a este ilustre Senado que luchemos, que defendamos con pasión a nuestra exánime Roma, y si somos vencidos, si la Parca reclama nuestras almas, que se admire al encontrarnos con nuestro pecho sucio de sangre, con nuestra spatha en la mano y con nuestro rostro mostrando un gesto orgulloso y confiado, pues habremos sacrificado nuestras vidas con dignidad y honor. Confío en que el pánico que emponzoña vuestros corazones, no os arrastre a cometer el más deleznable de los crímenes: abandonar a una Roma agonizante que necesita, más que nunca, de nuestro socorro. No temáis enfrentaros a la Parca, clarissimi senadores de Carthago Nova, pues la deshonra es la más atroz de las muertes.
Con los ojos velados, el magistrado tomó asiento en su escaño, dando por concluido su discurso. El Senado quedó sumido en un suave y trémulo susurro. Las palabras de Flavino Proto habían horadado el muro del temor tras el que se habían parapetado muchos de aquellos senadores, que ahora se debatían entre la razón y los sentimientos.
—Bien, clarissimi senadores de Carthago Nova —comencé a decir pasados unos minutos—. Tanto el curator Flaco Mutio, como el magistrado Flavino Proto han expuesto con vehemencia y claridad sus posiciones respecto a la oferta de rendición propuesta por el rey vándalo Genserico.
Flaco Mutio ha defendido con vigor la postura de la rendición —dije desviando mi mirada hacia el curator—, razonando a su favor con sólidos argumentos. Flavino Proto, en cambio —añadí, mirando al magistrado—, ha insistido en que debemos luchar contra el enemigo, manifestando una
inquebrantable lealtad a Roma y al Imperio, ofreciendo su vida por mantenerse fiel a sus ideales. Ahora, ha llegado el momento de que este Senado, en representación de la ciudad, se decante por una u otra disyuntiva.
Miré a aquellos senadores con el propósito de escrutar en sus miradas de qué lado inclinarían su elección, y en sus ojos, además de duda, leí un profundo miedo. Pero también los había que exhibían una mirada fría y decidida. Posiblemente se hallasen persuadidos de que no existía vida fuera de Roma. Fuese como fuese, el Senado se encontraba muy dividido y era imposible discernir qué decisión sería la resultante.
— Clarissimi, votemos. Por favor, que alcen la mano los senadores que estén a favor de la rendición de la ciudad…
Y los senadores votaron, eligieron y decidieron que debíamos aceptar las condiciones de rendición de Genserico. Fue desalentador. La inmensa mayoría alzó sus manos temblorosas impelidos por el miedo y la cobardía.
El rex Vandalorum nos había derrotado sin presentar batalla. Flavino Proto y varios curiales desviaron la mirada hacia el pavimento al tiempo que negaban apesadumbrados con la cabeza. El resto, los que votaron a favor, permanecían en un elocuente silencio, sin ánimos de celebrar su victoria, pues no había nada que celebrar. Entonces recordé mi conversación con Calero. En aquel momento necesité de su consejo, de su ayuda y, quizá, de su apoyo. Un apoyo que me denegó. Y, allí, en su iglesia, tomé una decisión y había llegado el momento de revelarla en el ordo decuriorum de Carthago Nova.
—Los senadores hemos decidido: Carthago Nova abrirá sus puertas a las huestes del vándalo —proclamé—. La mayoría de vosotros, clarissimi curiales, así lo habéis resuelto. Nada tengo que decir, las votaciones del Senado deben ser respetadas y así será. Pero… —me incorporé de mi escaño y me dirigí hacia el centro de la sala. Los decuriones me miraban atentos—. Pero hay otra opción.
—¿Qué quieres decir? —preguntó uno de los curiales que votó a favor de la rendición.
Durante unos instantes paseé por la sala con la mirada absorta en el pavimento, aumentando la expectación de los senadores.
—No dependerá de nosotros, bien es cierto, sino de la generosidad del vándalo —respondí al fin, mirando con los ojos entornados al curator—.
Yo, como algunos de los aquí presentes —dije desviando mi vista a Flavino Proto—, nos negamos a arrodillarnos ante el invasor.
—¡Pero así se ha decidido en…! —exclamó un anciano curial, conocido por su manifiesta incapacidad de mostrar el mínimo atisbo de arrojo y valor.
—Y, así será, como he dicho antes —interrumpí con serenidad alzando la mano—. Las puertas de la ciudad serán abiertas a los vándalos. Además, gozáis de mis más sinceras bendiciones si deseáis abrirles también las puestas de vuestras casas y guiarles a la alcoba de vuestras hijas. Todo sea por salvar vuestro vil pellejo —los curiales bajaron la vista avergonzados, incapaces de replicar mi despiadado agravio—. Pero insisto, hay otra opción.
—¡Revélala entonces! —exclamó un decurión que había votado a favor de la lucha—. En este Senado todavía hay un puñado de curiales que anhela permanecer fiel al Imperio, sea cual sea el sacrificio.
Asentí y desvelé sin más preámbulos mi determinación:
—Si este Senado lo aprueba, y entiendo que así debe ser, me dirigiré al campamento vándalo y solicitaré al rey Genserico su consentimiento para que todos aquellos que no deseamos ser encadenados y subyugados por el invasor, podamos abandonar indemnes la ciudad. Esta es mi propuesta: los cartaginienses que quieran rendirse, que lo hagan, y aquellos otros que deseen marcharse, que puedan hacerlo libremente.
—Me parece justo —aceptó el decurión con un asentimiento.
—Pero deberá ser Genserico quien acepte finalmente tu propuesta y no este Senado —intervino Flaco Mutio.
—Cierto —admití—, por tal motivo me reuniré con Genserico y, después, informaré debidamente al ordo decuriorum.
—Yo te acompañaré —se ofreció el curator—. Quiero estar presente en las negociaciones.
Sonreí con amargura ante la insondable desconfianza que reverberaba en un sus ojos y dije:
—Que así sea. Y si a los curiales les parece acertado, también me acompañarán en la embajada Flavino Proto y Lucio Calero —desvié mi
vista sobre los curiales, que aceptaron sin impedimentos mi sugerencia, y añadí—: Mañana mismo partiremos al campamento vándalo, posteriormente informaré debidamente al Senado de las disposiciones acordadas. La sesión ha concluido.
Las tropas de Genserico se encontraban a medio día de Carthago Nova y fui a su encuentro escoltado por media docena de milites y acompañado por Flavino Proto, como representante de los senadores que decidieron permanecer fieles a Roma, Flaco Mutio como delegado de los que estaban a favor de la rendición, y Lucio Calero como defensor de la fe católica.
El espectáculo era imponente. Los vándalos aparecieron ante nosotros acampados en una inmensa explanada. Decenas de miles de soldados y jinetes, perfectamente organizados, equipados y adiestrados siguiendo las pautas de las legiones romanas, desmontaban sus tiendas y se preparaban para la marcha. Flaco Mutio me miró con semblante serio y labios apretados. Nos detuvimos a pocas decenas de pasos del campamento y a nuestro encuentro acudió una patrulla vándala.
—¿Quiénes sois? —preguntó el oficial bárbaro desenvainando su espada.
—Soy Salvio Adriano, comes civitatis de Carthago Nova, y vengo acompañado por los curiales Flaco Mutio y Flavino Proto, y por el monje Lucio Calero. Queremos parlamentar con el rey Genserico.
El vándalo nos miró con superioridad y con un ademán desdeñoso, nos indicó que le acompañáramos.
La tienda de Genserico se encontraba custodiada por media docena de soldados. El jinete que nos escoltaba desmontó y se dirigió al oficial de la guardia. Después de informarle de quiénes éramos, el oficial entró en la tienda para informar al rey. Salió a los pocos minutos y nos hizo un gesto.
Descabalgamos y escoltados por la guardia real, entramos en la tienda.
Genserico se encontraba sentado en un escabel custodiado por dos fornidos soldados. Nos hallábamos realmente admirados ante la excepcional presencia del rex Vandalorum, que con ochenta años ya cumplidos,
mantenía una envidiable forma física y un indestructible fulgor en la mirada.
—Te saludo, Salvio Adriano. Veo con agrado que nuestros caminos vuelven a encontrarse —dijo Genserico con una sonrisa, reconociéndome de inmediato.
—Te saludo, Genserico, rex Vandalorum. Los designios del buen Dios son inescrutables… —comencé a decir con una leve inclinación—.
Permíteme que te presente a los curiales Flavino Proto y Flaco Mutio, y al monje Lucio Calero —el rey vándalo saludó con un gesto y mis acompañantes hicieron lo propio—. Siento que vuestro candidato Olibrio no fuera el elegido para vestir la púrpura. Estoy convencido de que si así hubiera sido, no nos encontraríamos en esta incómoda situación —dije, saludando con un gesto con la cabeza.
En los labios del rey brotó una media sonrisa, después de casi cinco años, no había olvidado la estratagema de la que me serví para liberar la ciudad de su asedio.
—Ya, bueno. No estoy muy seguro de que «incómoda» sea la palabra adecuada —masculló con desdén—. No obstante, ahora la situación es similar a la de entonces. Mis huestes pronto os asediarán y, esta vez, no habrá argucia alguna en la que os podáis aferrar para evitar lo que es inevitable. El destino se ha empeñado en que Carthago Nova sea sometida por mis tropas y, contra el destino, nada se puede hacer salvo doblegarse.
—Las noticias de tus victorias te preceden y con ellas, tu generosa indulgencia con las ciudades sometidas —intervino Flaco Mutio, humillando servilmente la cabeza.
Le lancé una mirada asesina y el curator retrasó su paso y volvió junto a Flavino Proto y Calero.
—¿Qué es lo que venís a ofrecerme? —preguntó el rey.
—Tal y como tú demandaste en tu carta, la rendición de la ciudad —
contesté.
—Bien, tal rendición será aceptada siempre y cuando reneguéis del emperador griego y aceptéis ser súbditos de un… bárbaro.
Flaco Mutio no pudo reprimir una sonrisa, su pellejo estaba a salvo.
—No todos estamos dispuestos a besar tu mano —repliqué, ante la mirada contrariada de Genserico—. Pero no pretendemos que la ciudad sea castigada porque alguno de nosotros deseemos permanecer fieles a Roma.
—¿Qué propones entonces?
Miré a Flavino Proto y este asintió.
—Los que no estamos dispuestos a aceptar el yugo bárbaro abandonaremos la ciudad y marcharemos hacia el norte.
—¿Juráis no volver jamás? —preguntó interesado Genserico.
—Mientras Carthago Nova esté bajo dominio vándalo —contesté.
—Está bien —accedió—, os permitiré abandonar la ciudad cuando mis ejércitos lleguen a las murallas. Marchad si es vuestro deseo, pero cada familia solo se llevará consigo las pertenencias que pueda acarrear en una yunta de bueyes. Vuestros muebles y enseres serán vendidos para sufragar mis soldadas. Estoy seguro de que más de un vecino vuestro estará encantado de hacerse con ellos por un módico precio. Esto incluye al ganado y a los esclavos claro, que, obviamente, se quedan.
Asentí, aceptando su demanda y dije:
—Hay algo más.
—Habla.
Hice un gesto a Calero para que se acercara a mí.
—Los vándalos sois arrianos y como bien sabes, en Carthago Nova se profesa el catolicismo —intervino el monje—. Ruego al noble Genserico, rex Vandalorum, que respete nuestras creencias y no fuerce a nuestros ciudadanos a caer en la apostasía.
—Me estaba preguntando qué hacía un monje acompañando a los prohombres de la ciudad —dijo levantándose del escabel—, ahora entiendo el motivo.
El rey vándalo comenzó a pasear por la tienda con las manos entrelazadas en la espalda.
—Hasta ahora, los vándalos éramos considerados por los romanos poco más que piratas. Saqueábamos ciudades regresando a puerto seguro para disfrutar de nuestras riquezas, dejando a nuestro paso ciudades destruidas, mujeres violadas y hombres asesinados. Pero tengo ambiciosos proyectos para mi reino. Roma se hunde y es nuestra oportunidad para ser grandes,
poderosos y… temidos. Los emperadores romanos nos han ninguneado, para ellos no somos más que un reino menor. Pero las cosas han cambiado, les arrebataremos las ciudades romanas del sur de Hispania, pero no dejando un reguero de destrucción a nuestro paso, quemando los campos, saqueando ciudades y matando campesinos. Si quiero erigir un próspero reino, un formidable imperio, tengo que rendir las ciudades sin causar su destrucción. Deberán jurarme fidelidad y aumentar mis tropas con sus bucelarii. Pagarme a mí los impuestos en lugar de al emperador y crecer y prosperar. Deseo un reino rico y poderoso, y destruyendo murallas y quemando aldeas es imposible conseguirlo.
Le observábamos atentos. Genserico quería que su reino rivalizara con el de los visigodos, francos, ostrogodos o burgundios. Todos ellos reinos bárbaros que lucharían por ocupar el lugar de Roma una vez que esta fuera aniquilada. El rey vándalo, al igual que el resto de reyes bárbaros, daban por extinto al Imperio y consideraban que su derrumbamiento era cuestión de tiempo. El vándalo disputaría su pedazo de pastel.
—Respetaré vuestras creencias —miró fijamente a Calero deteniendo su paseo—, respetaré vuestras vidas y dejaré marchar a todos aquellos que no deseen prestarme obediencia. Es esto lo que queríais ¿verdad?
—Sí, domine.
—Pues ya lo tenéis, mañana llegaré a Carthago Nova. Cuando mis tropas se encuentren frente a vuestras murallas, los que así lo deseéis, podréis marcharos. El resto, vivirá en paz. Podéis iros.
Salimos del campamento vándalo escoltados por la guardia real hasta que permitieron que continuáramos nuestro camino solos, una vez que nos encontrábamos a una distancia prudencial. Flavino Proto y Calero estaban preocupados, tenían los labios contraídos y la frente surcada por las arrugas.
Durante el camino, apenas abrieron la boca. Flaco Mutio, en cambio, se encontraba muy satisfecho con el resultado de la reunión y no pudo reprimir la sonrisa triunfal que afloraba en sus labios. Nos encontrábamos cerca de las murallas de la ciudad cuando Calero, cabalgando en su mula, se me acercó.
—Adriano, tengo que hablar contigo.
—Dime.
Durante unos instantes dudó, lo que tenía que decir le resultaba muy duro.
—No voy a abandonar la ciudad —dijo por fin.
—Lo entiendo.
—He construido una hermosa iglesia y es mi obligación permanecer junto a mis feligreses en estos momentos tan difíciles. Genserico se ha comprometido a respetar nuestras creencias y debo velar porque así sea.
—No tienes por qué darme explicaciones —rezongué sin ocultar mi decepción.
—¡Adriano! —exclamó deteniendo su montura. Le miré y me acerqué con mi caballo.
Flavino Proto y Flaco Mutio continuaron el camino dejándonos solos.
—Siempre hemos estado juntos, pero ha llegado el momento de que nuestros caminos se separen. Debes entender que vestir el hábito de monje es algo más que oficiar misa todos los días. Yo respeto tu decisión de abandonar la ciudad, ahora tú debes respetar la mía de proteger a mis feligreses.
—Dejarás de ser romano.
—Soy un monje católico. Ser romano, visigodo, vándalo o franco no importa si Jesucristo está a mi lado.
Calero había tomado una decisión irrevocable y yo no tenía más opción que aceptarla. Recordé los amigos perdidos por el camino y se me encogió el corazón al pensar que ahora perdería uno más. Asentí con tristeza, y continuamos en silencio el camino que guiaba a Carthago Nova. Mis ojos estaban empañados por las lágrimas.
—¿ Domine, te encuentras bien?
La pregunta del niño me devolvió a la realidad, desvaneciendo mis recuerdos.
—¿ Domine?
Alrededor de la hoguera los huidos me contemplaban con interés.
Valeria me tocó con ternura el pelo, al tiempo que los pequeños dormían plácidamente en el carro. Las llamas chisporroteaban rompiendo el
profundo silencio. El muchacho me observaba con gesto apenado, su joven ánimo se hallaba abrumado ante el incierto futuro que le aguardaba.
—Nos hemos embarcado en un éxodo de horizonte confuso.
Desconozco en qué situación se encuentran las ciudades de paso y, sobre todo, Tarraco, nuestro objetivo —comencé a decir sincero, mirando a los ojos de los presentes—. Pero hemos tomado una decisión; continuar siendo hispanorromanos y morir como tales. Posiblemente la decisión más cómoda hubiera sido besar la mano del vándalo y aceptar ser sus siervos pero, los que estamos hoy aquí, los que nos hemos visto obligados a partir de la ciudad que tanto amamos junto con nuestros seres queridos, pensamos que otro mundo es posible y que Roma, a pesar de todas las adversidades, sobrevivirá.
Levanté la voz y las personas que se encontraban en otras hogueras, se acercaron a nosotros.
—Yo os prometo que os conduciré a salvo a Tarraco.
—Y, una vez allí, ¿qué ocurrirá? —preguntó Helvio, el panadero. Nos acompañaba junto con su hermana, su mujer y su hijo de pocos meses—.
Tú mismo has dicho que no sabes nada de Tarraco. Es posible que la ciudad, a estas horas, haya sido destruida por los visigodos u otros bárbaros.
¿Qué haremos entonces? ¿Adónde nos dirigiremos?
—Comparto tu temor, yo también viajo con mi familia —le dije, señalando con un gesto a Valeria y a los niños, que se encontraban en el carro—. Nuestra decisión no ha sido fácil y todos los que estáis aquí habéis venido de forma voluntaria.
—No me interpretes mal, prefiero mil veces estar junto a vosotros al amparo de esta hoguera que en Carthago Nova humillado ante un bárbaro
—me interrumpió el panadero.
—Llegaremos a Tarraco y si su Senado está dispuesto a defender la ciudad, la defenderemos.
—¿Y si está en contra? —preguntó otro vecino.
—Me marcharé con mi familia en busca de un lugar dónde echar raíces lejos de guerras y muertes —contesté.
La conversación se animaba y un suave susurro, cargado de esperanza y de una renovada ilusión, inundó la negra noche. Finalmente, y al amor del
fuego, nos reunimos los compañeros de diáspora.
—¿Dónde está ese lugar? —preguntó Frauco, un albañil de rostro enjuto que había ayudado en la reconstrucción de la muralla.
De pronto se hizo el silencio, nadie conocía la respuesta.
—Yo marcharía hacia el oeste —intervino Flavino Proto, arrojando una ramita al fuego—, a las tierras altas de la Gallaecia. Los visigodos odian esas tierras frías y pobres, y los suevos bastante tienen con alimentar a sus familias como para preocuparse de un puñado de exiliados. Allí la vida será dura, pero solo tendríamos que preocuparnos de dar de comer a nuestros hijos o nietos, y no de escuchar el sonido de las tubas de guerra.
Muchos le miraron y asintieron. Un rumor de conformidad y aprobación se propagó entre los allí presentes. La Gallaecia no parecía interesar ni a vándalos, ya que se encontraba demasiado al norte, ni a visigodos, pues se trataba de un territorio coronado por abruptas montañas y profundos valles.
Tierras infecundas y avaras que exigían un alto precio en sudor y sangre a cambio de los escasos frutos que se dignaba a conceder. Los suevos, después de ser masacrados por Teodorico hacía quince años, recibirían con agrado a un grupo de sanos y fuertes romanos, dispuestos a repoblar y a cultivar su agreste comarca.
—Marcharemos a Tarraco y espero que allí podamos vivir en paz —dije
—. Pero la sugerencia de Flavino Proto no es nada desdeñable.
Aún nos abrigaban algunas horas de oscuridad y los hombres y las mujeres se fueron retirando a sus yacijas entre murmullos y palabras de aliento. Me despedí de mis compañeros de hoguera y me fui a descansar acompañado de Valeria. Debido a las emociones de las últimas horas, nos encontrábamos exhaustos y necesitábamos descansar con urgencia. Nos esperaba un largo viaje.
Proseguimos nuestra marcha siguiendo la vía Augusta. Por el camino, se fueron sumando a nuestra caravana decenas de campesinos que huían aterrados de los bárbaros. Así pues, cruzamos la ciudad de Lucentum, donde conseguimos algunas provisiones. El magistrado de la ciudad se llamaba Verino Quinto. Se trataba de un joven de poco más de veinticinco
años de mirada inteligente y gesto afable. Pertenecía a una acaudalada familia de comerciantes y terratenientes. Como bien supe después, su padre murió combatiendo a los piratas que saqueaban impunemente las aldeas costeras de Levante. Nos recibió con los brazos abiertos y nos ayudó en todo lo que necesitábamos, pero no nos siguió. Poseía inmensas propiedades y no tenía ninguna intención de desprenderse de ellas. No llegó a confirmarlo, pero en sus ojos advertí que besaría la mano de cualquier rey bárbaro que garantizara y protegiera su patrimonio. Lo mismo ocurrió en Dianium y Valentia. Sus limes aún se encontraban lejos de la presencia bárbara y se sentían protegidos. Pero en la mirada de sus comites y de sus curiales, leí que llegado el momento, tomarían la misma decisión que Verino Quinto.
Nos dirigíamos a Saguntum y, las nubes negras que nos habían acompañado desde el alba, habían decidido que era hora de descargar todo su contenido sobre nuestros cansados cuerpos. Nos protegimos de la incesante lluvia en la vera de un otero. Montamos las tiendas y decidí que debíamos descansar. Por ese día la marcha había terminado. Encendí un fuego y calentamos algo de pescado que nos habían proporcionado amablemente los vecinos de Valentia. Valeria se encontraba recostada en el carro, llevaba dos días tosiendo, tenía fiebre y se hallaba agotada. Puse unas piedras a calentar en el fuego, luego las envolví en unas telas y se las puse cerca del lecho. Aunque no hacía excesivo frío, estaba completamente helada y tiritaba entre gélidos espasmos. Agradecí que los niños, durante su enfermedad, se hallasen al cuidado de Flavina Aelia, la hija mayor de Flavino Proto. La dejé dormida y me acerqué al fuego. Allí se encontraba mi amigo Arcadio, asando un conejo recién cazado.
—¿Qué tal se encuentra? —me preguntó, dándome un pedazo de carne.
—Sigue igual que hace dos días —respondí apesadumbrado—. Si al menos hubiera un físico entre nosotros…
—Pronto llegaremos a Saguntum, allí podrás encontrar uno.
—Eso espero.
—¿Visitaras a tu padre?
Desde que salimos de Valentia me había hecho esa pregunta en infinidad de ocasiones. Aún recordaba la penosa escena que protagonizó
enzarzándose con una vieja prostituta, que además era su esposa, por un puñado de monedas. Agradecí que ese día hubiera sido Calero quien me acompañara y no Arcadio, sino, la vergüenza hubiera sido abrumadora.
—No lo sé —respondí, tirando un hueso de conejo al fuego.
—Yo no soy quien para dar consejos a nadie, pero creo que deberías ir a verle. Al fin y al cabo es tu padre.
Una fuerte tos me distrajo. Angustiado, me levanté y me dirigí al carro, donde Valeria tosía de forma incontrolable. Le acaricié el pelo y le susurré al oído para tranquilizarla. Después de varios minutos, dejó de toser y volvió a dormirse. Acerqué mi rostro para besarla y advertí una mancha en la manta que la cubría. Mi corazón se agitó en mi pecho lleno de preocupación cuando comprobé que esa mancha húmeda y oscura, era sangre.
Llegué a Saguntum con la esperanza de encontrar a un buen físico que la aliviara de los males que la atormentaban. Durante los últimos días no había mejorado de su enfermedad, sino todo lo contrario, cada vez se encontraba en peor estado. Las mañanas se despertaba envuelta en sudores fríos, tosía sangre con asiduidad y había perdido mucho peso. Pedí a Flavino Proto que se entrevistase con el comes civitatis de la ciudad, mientras yo buscaba un médico acompañado por Arcadio.
La ciudad continuaba en el mismo decadente estado en el que me la encontré hacía nueve años. Al menos, no había empeorado. Buscando al físico, llegué a la puerta de lo que fue el hogar de mi niñez. Me detuve frente a la casa, que por su descuidado aspecto parecía abandonada. La puerta se hallaba cancelada con una cadena oxidada y en el suelo se amontonaba hojarasca y suciedad. La poca cal que en su día cubría las paredes había desaparecido, dejando al descubierto pequeños sillares de barro desgastado por la acción de las lluvias y del viento. Me acerqué a una anciana que permanecía atenta a nuestros movimientos y le pregunté por el dueño de la casa.
—¿Quién lo pregunta? —inquirió desconfiada, antes de emitir respuesta.
—Soy su hijo —le contesté.
La mujer frunció el ceño como si dudara de que un hombre vestido con el uniforme de guerra de un comes civitatis pudiera ser el hijo del paría que vivía en aquella casa.
—Murió hace dos años.
No me sorprendió la respuesta, ni sentí ningún pesar por la muerte de mi padre. A decir verdad, después de tantos años, me la esperaba.
—¿Y la mujer que vivía con él? —pregunté, más por curiosidad que por tener verdadero interés por el bienestar de la vieja meretriz.
—Murió antes que él.
—¿Dónde está enterrado?
La mujer se encogió de hombros.
—Era pobre. Supongo que sus huesos descansarán ahora en alguna fosa común del cementerio.
—Gracias por la información señora, que Dios la proteja.
Me despedí de la anciana y dirigí mis pasos hacía el verdadero motivo de mi retorno a Saguntum. No tardé en localizar la casa donde vivía uno de los pocos médicos que todavía desempeñaban su labor en la ciudad. Llamé a la puerta y la abrió un hombre mayor, calvo, con unas canosas patillas bien pobladas, y que despedía un acre olor a vino rancio.
—¿Qué es lo que quieres? —me preguntó con acritud. Ver un uniforme militar no le impresionó lo más mínimo.
—Mi mujer está enferma y necesita un médico.
Me miró de arriba a abajo con desgana, el físico no tenía ningún interés en salir de la casa. Seguramente le habíamos interrumpido mientras trasegaba con deleite alguna jarra de vino.
—¿Qué síntomas tiene? —me preguntó.
—Tiene una fuerte tos, sudores fríos y apenas ha ingerido alimento alguno durante los últimos días.
—¿Escupe sangre?
—Sí.
—Tiene la tisis, dala por muerta —sentenció, cerrando la puerta.
Arcadio propinó un fuerte puntapié a la puerta destrozándola en mil pedazos. El físico observó, con los ojos arqueados por el pavor, como el
furioso legionario entraba en la casa, le cogía por la espalda y de un empujón, lo sacaba a la calle.
—¡Me vas a acompañar y vas ver a mi mujer! ¡Coge todo lo que necesites y no tientes más a tu suerte! —le espeté, levantándole del cuello.
—Está bien… está bien —farfulló, una vez liberado de mi agarre, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Esperadme un momento mientras cojo mi alforja.
Casi en volandas, nos llevamos al haragán y borracho físico al campamento. Cuando llegamos, Valeria permanecía postrada en el jergón.
El médico, algo más despejado de su borrachera, subió al carro y la encontró en un duermevela provocado por la fiebre. Le abrió los párpados y le tomó el pulso y la temperatura. Luego tomó un pañuelo que tenía Valeria en su mano y estudió los esputos. Negando con la cabeza descendió del carro.
—Lo que me temía.
—¿La tisis? —pregunté alarmado.
Afirmó con la cabeza.
—Como os he dicho antes, ya está muerta. Y no era necesario que me hubierais arrastrado hasta aquí, perturbando mi descanso, o que hubierais destrozado la puerta de mi casa para confirmaros mis sospechas —protestó.
—¿No hay esperanza? ¿Acaso no existen medicinas o algún tratamiento…?
—Se encuentra en su estadio final —me interrumpió—, que muera es solo cuestión de horas, días o a lo sumo, semanas. Ahora quiero mi dinero.
El despreciable médico alargó su huesuda mano reclamando el pago por sus servicios. Rojo de ira, estuve tentado de descargar toda mi rabia sobre aquel enjuto y repugnante médico, pero Arcadio se acercó a él y le arrojó varias monedas, conminiéndole a largarse cuanto antes. El anciano intentó protestar reclamando un pago mayor por la puerta destrozada, pero mi amigo le lanzó una mirada asesina y murmurando imprecaciones, regresó a Saguntum.
Subí al carro y vi que Valeria dormía. Su bello rostro exhibía las sombrías señales de la enfermedad que, despiadadamente, la consumía. Sus ojos estaban hundidos dentro de unos pómulos prominentes y macilentos, la
piel le colgaba de los huesos, y se hallaba terriblemente frágil y débil. La besé con ternura en la frente y bajé del carro con los ojos velados por las lágrimas.
Sin poder soportarlo por más tiempo, lloré larga y quedamente rogando por la vida de Valeria. Mi amigo Arcadio me abrazó y ambos nos sumergimos en un profundo y desconsolado llanto. Mi mujer, mi dulce y amada esposa, se moría devorada por una implacable enfermedad. El llanto se convirtió en un grito de dolor y desesperación. Abrazado a mi amigo lloré amargamente hasta que mis ojos se secaron. Sentí como mi marchito corazón se ajaba carcomido por el lamento y la angustia. La esquiva y caprichosa Fortuna me mostraba con inclemente regocijo su lado más cruel y despiadado.
Al día siguiente abandonamos la ciudad de Saguntum dejando a su despreciable médico en ella. Arcadio tiraba de las riendas de nuestro carro mientras yo velaba día y noche por Valeria. Flavina Aelia, muy amablemente, se había ofrecido a cuidar de los niños durante el tiempo que fuera necesario. Yo la veía jugar con Salvio Alexandros y dar de comer a Annia, era evidente que les había cogido mucho cariño. Dios no había bendecido su matrimonio con ningún hijo y tanto ella como su marido Velio disfrutaban de su presencia y les cuidaban como si fueran propios.
Marchamos hacia la ciudad de Dertosa, la última gran urbe que encontraríamos en nuestro camino antes de llegar a Tarraco. Cuanto más hacia el norte nos dirigíamos, más frescos eran los días y más intensas las lluvias. Nuestro paso era lento, fatigoso y triste, tremendamente triste.
Comenzaba a atardecer y acampamos cerca de un pequeño arroyo de aguas cristalinas. Los hombres montaron el campamento, mientras las mujeres iban al arroyo a por agua para la cena. Valeria dormía. La mayor parte del tiempo permanecía en un duermevela del cual despertaba pocas veces. La fiebre le estaba castigando el alma, provocando en ella pesadillas y delirios. Le sequé el sudor y después de mojar sus labios con un poco de agua, bajé del carro y le pedí a Arcadio que velara por ella. Cogí mi carcaj y mi arco, y me dirigí hacia un bosque cercano. Aún faltaban algunas horas para que el sol se ocultara por el horizonte y necesitaba distraer mi mente y desentumecer mis agarrotados músculos. Anduve por una pequeña senda de
hierbajos aplastados por la acción de los jabalíes y de los conejos. El bosque era muy frondoso y estaba envuelto en la umbría, pues las copas de los altos robles y fresnos impedían el paso de la luz. Aunque lo intenté, no podía apartar de mi mente la imagen de Valeria devorada por la feroz enfermedad, y unas inconsolables lágrimas recorrieron mi rostro. Entonces recordé el nacimiento de Salvio Alexandros. En aquella ocasión habría muerto si no hubiera sido por la milagrosa intervención del druida. Me detuve y arrojé mi arco y mi carcaj al suelo. Era mi última esperanza.
—¡Lughdyr! —Le llamé con todas mis fuerzas, en un desgarrador grito de súplica y angustia.
Una bandada de pájaros, asustados por el inesperado grito, irrumpió en los cielos.
—¡Lughdyr! —volví a gritar apretando los puños—. ¡Lughdyr!
Varios minutos estuve gritando el nombre del druida hasta que, cansado y sin voz, caí derrotado al suelo envuelto en un mar de lágrimas.
—Lughdyr, por favor, ella te necesita —susurré, arrodillado sobre la fría hojarasca.
El graznido de un pájaro me despertó. Agotado en mi desesperanza, debí quedar profundamente dormido. Abrí los ojos y me hallé envuelto en una lechosa bruma. Cogí el arco y el carcaj y me incorporé. Oí otro fuerte graznido y una corneja, negra como la noche, se cruzó delante de mí posándose en una rama. El pájaro me miró desafiante y volvió a graznar.
—¿Lughdyr? —pregunté en un susurro.
De la niebla surgió la blanca figura del anciano. Apoyado en su eterno cayado, se acercaba con rostro apenado.
—Hola, amigo Adriano —me saludó, con una triste sonrisa.