Shjol

Ana Masago · Capítulo 1 de 80

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Shjol

Capítulo 1

Ana Masago

ePub r1.0

Titivillus 06.02.2021

Ana Masago, 2020

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A mis seres queridos:

los que me preceden, acompañan y sucederán.

1

 

Tin Town, 19 de agosto de 2012

 

A las 7:30 de la mañana, estaba en la cafetería Bon Appétit ojeando tranquilamente el periódico de la mañana y removiendo por décima vez el azúcar de mi café cuando recibí una llamada de mi adjunto John:

—Sargento Harris, ha llamado Erick Carpenter desde el cementerio St. Matthew. Han profanado la tumba de Laura Clark, su cuerpo no está. Como sabe, la enterraron hace dos días. Tengo a sus padres histéricos en recepción; tiene que hablar con ellos, tranquilizarlos. No sé qué más decirles ya, creo que nada de lo que les explique puede aliviar su sufrimiento.

—¿Cómo? Tranquilo, John. En cinco minutos estoy allí —respondí.

Tin Town era un modesto y próspero pueblecito interior agrícola en el que no pasaban estas cosas. La policía local no estaba acostumbrada a recibir avisos de este tipo. Normalmente, la única que llamaba era la Sra. Jackson, viuda y aburrida desde hace muchos años, que les alertaba de presencias de alienígenas o se quejaba de que los niños habían robado una tarta que había dejado enfriar en la ventana. La mayoría de veces, solamente quería que se acercaran a visitarla, le hicieran compañía y se tomasen una taza de café con ella. Lo que le había sucedido a Laura Clark era muy diferente, se hablaría de este suceso en años.

Llegué a la comisaria jadeando y vi a mi adjunto, John, como un pollo sin cabeza dando vueltas por mi despacho. Tenía rodales de sudor bajo las axilas a pesar de que el aire acondicionado estaba a tope de capacidad, fruto del apuro que estaba pasando y no porque fuese el mes más caluroso del año. Sonreí y pensé que era un buen tipo, todo lo que tenía de corpulento lo tenía de bonachón. Medía metro ochenta y cinco, moreno, ojos marrones y ya rozaba los cuarenta. Le sobraba algún que otro kilo de más debido a que en aquel tranquilo pueblo la policía estaba un poco aletargada. Tenía una vida bastante sedentaria, pasaba demasiadas horas al volante vigilando las carreteras y en la oficina archivando multas de tráfico. Era un poco alocado y emocional. Se dejaba llevar demasiado por los sentimientos. Esta no era una buena cualidad para un policía. Debías ser asertivo, pero sin implicarte demasiado con las víctimas. Tenías que mantener un margen emocional, por tu propia cordura. Sin embargo, hay casos que te marcaban, creía que este sería uno de ellos.

Nuestro deber era velar por la seguridad de la gente, evitando que se sintiesen desprotegidos, procurando que continuasen con su día a día para que perpetuasen su programado ciclo vital: nacer, crecer, criar a sus vástagos felices y sanos, disfrutar de sus nietos. Deleitarse de los frutos de su largo camino y abandonar la existencia satisfechos con su legado. Morir y descansar en paz. Y, con suerte, según a sus creencias, pasar a mejor vida.

Este pueblo siempre había sido un lugar seguro, hasta ahora. Protegido de esa clase de depravados y monstruos que acechaban en esquinas de lugares remotos, en calles ajenas, que solo conocían por los telediarios. Lejos de la maldad existente y sin percibir las cosas horribles que ningún ser humano debería contemplar jamás.

A pesar de ello, el destino había sido muy ingrato con la familia Clark. No solo habían enterrado a su joven hija hace dos días, para sumar puntos a su desgraciado pesar, alguien había robado su cadáver.

Sally y Ben Clark rondaban los sesenta años. Habían adoptado en la cuarentena a su hija Laura, debido a que habían tenido problemas para concebir hijos propios. Al ser hija única, la habían tenido en una urna de cristal, sobreprotegida y bastante consentida. La chica les había dicho que iba a pasar la tarde en casa de su amiga Jenny, pero se había escapado para nadar en el lago con otros chicos y chicas de su clase. Era el último verano que iban a pasar juntos. Después de eso, la mayoría iría a la universidad y otros empezarían a trabajar en las granjas o negocios familiares. Sus caminos se separarían, algunos de ellos difícilmente se reencontrarían. Imaginad la cara de asombro de sus afectados padres al enterarse de que se había ahogado en el lago. Y ahora esto.

—Sargento Harris —comenzó el Sr. Clark—, se lo ruego, encuentre al depravado que ha hecho esto. Dele sepultura a mi pequeña para que descanse en paz.

La Sra. Clark, en cambio, no dejaba de sollozar y era incapaz de articular palabra. Al oír a su marido, sus alaridos fueron in crescendo.

—Sres. Clark, lamento este grotesco incidente. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para recuperar el cuerpo de su hija. Los mantendré informados en todo momento. Por favor, váyanse a casa y dejen que los cuerpos de seguridad del Estado cumplan con su cometido. Encontraremos a su hija. No se angustien.

—Encuentre a mi niñita, se lo suplico —susurró la Sra. Clark con un considerable esfuerzo por su parte y continuó llorando desconsolada.

Les acompañé a la salida y fui a buscar a mi adjunto John para acudir al Cementerio St. Matthew a las afueras del pueblo.

El camposanto, si obviabas su turbadora función, era un bonito lugar. Los difuntos reposaban en tumbas y panteones armoniosamente colocados y delicadamente cuidados por el sepulturero. Estatuas de ángeles, árboles y jardineras con flores decoraban todo el espacio. Era un lugar apacible, los pájaros cantaban. Reinaba siempre una paz absoluta que había sido mancillada.

Erick los estaba esperando en la puerta visiblemente afectado. Les comentó que, cuando había acudido por la mañana a abrir el cementerio y hacer la ronda habitual de limpieza, se había encontrado la desoladora escena.

—Nunca, en treinta años que llevo trabajando aquí, había visto algo semejante. ¿Qué desalmado puede hacer algo así? A esa pobre chiquilla. Después de una muerte tan temprana. Pobre familia, debe estar devastada — argumentó el Sr. Carpenter.

La policía científica había llegado desde Copper City. Habían acordonado la zona y estaban peinando el terreno. Poco podían hacer, toda la noche había estado lloviznando y el terreno era un lodazal. Los rastros que pudiera haber habían sido barridos por el agua. Además, el pobre Erick había contaminado parte de la escena con sus pisadas histéricas al descubrir la tumba abierta.

No era un buen presagio. Ya me informarían más tarde, pero todo pintaba a que les sería bastante complicado encontrar al culpable. Al estar la necrópolis a las afueras del pueblo, difícilmente alguien hubiese visto algo.

Por la tarde, recibí una llamada de la científica:

—Tenemos algo, sargento Harris. Nos ha costado horrores, pero tenemos una huella parcial, hemos tenido suerte de encontrar algo en ese desastroso escenario. Parece una bota del número 45 y no es de Erick Carpenter. Ya lo hemos cotejado. Es un número bastante grande. Debe ser un tipo corpulento. No es fácil mover un cuerpo, aunque sea de una chica menuda como ella. En la arboleda también hay marcas de neumáticos, posiblemente una furgoneta de tamaño mediano. Seguiremos informándolo si descubrimos algún indicio más de la misma, modelo etc.

«Estaba realmente esperanzado y contento. Una pista. Encontraría a Laura. Eso, sí, solo tardaría dos años y ni siquiera fui yo el que la encontró».