Shjol
Capítulo 79
E n dos días, ya pude moverme a mi antojo por el hospital. En cuanto se descuidaban los enfermeros, salía de la habitación. No me gustaba mucho estar allí, nunca me habían gustado los médicos.
En la habitación 479, estaba el agente Gilbert, que se recuperaba de su traumatismo cráneoencefálico, le habían puesto diez puntos y tenía la cabeza vendada.
Pensé que aquella muchacha tenía una fuerza y entereza como jamás había visto, tumbó a un tiarrón de 120 kg y 1,95 metros de altura y casi acaba con él. Tenía muchísima suerte de estar vivo, si el aire de la jeringuilla hubiese alcanzado una vía intravenosa, habría producido un embolismo aéreo en cámaras cardíacas y arterias pulmonares y lo habría matado. Por suerte, el aire había entrado de forma subcutánea y, seguramente, se reabsorbería sin producir ningún tipo de problema.
—¿Cómo te encuentras, machote? Casi te tumba una chiquilla de 48 kg — le dije sonriendo—. Me alegro mucho de que estés bien.
—Sí, casi tengo más herido mi orgullo que mi cuerpo. Encima, me agredo con mi propio disparo. Van a reírse de mí mucho tiempo. Un agente de élite noqueado por una mocosa y un ladrillo.
—¿Sabes que no es una chica cualquiera, no? Esa mujercita ha soportado cosas que muchos de nosotros no podríamos sobrellevar. Es una persona muy valiente.
—Lo sé, sargento, lo sé. No me puedo ni imaginar cómo se va a recuperar de todo esto cuando lo asimile. ¿Me han contado que acabaste con él, no? Me alegro de que terminases con ese bastardo, nunca se detendría.
—Debería estar contento de haberlo hecho, pero no lo estoy. En el fondo, ese chaval era un pobre diablo. Me entristece que la vida no le diese una oportunidad de disfrutar de ella. Él también es otra víctima, no lo olvide, agente.
Me despedí de él con un fuerte abrazo.
—Vendré a verte dentro de unos días. Descansa.
Subí por las escaleras a la habitación 580. Su familia estaba con ella. Su estado físico era bastante precario, estaba desnutrida y deshidratada y estaban suministrándole suero para que se recuperase. Tenía magulladuras y alguna que otra cicatriz de la paliza que había recibido en la cara. Psíquicamente tardaría más en curarse. Las heridas del alma demorarían muchísimo más en sanar. Confiaba en que algún día se recuperase de todo aquello y pudiese llevar una vida lo más normal posible. Era una persona endiabladamente fuerte.
—¿Me dejan un momento con ella a solas, por favor? En un ratito se la devuelvo, necesito hablar con ella.
—Sí, sargento Harris. Estamos muy agradecidos con usted. Gracias por devolvernos a nuestra niña. Stacy nos ha contado que fue usted uno de los que la encontró —dijo la Sra. Johnson estrechándome la mano. Gracias por acabar con ese maldito demente.
—Es mi deber. Me alegro de poder haber cumplido mi promesa.
Esperé a que salieran de la habitación y me dirigí a Stacy:
—¿Cómo te encuentras? Sin tu billete, no te hubiésemos localizado, por lo menos no tan rápido. Estoy muy orgulloso de ti.
—¿Está realmente muerto, sargento? ¿No volverá? Aún lo veo cuando cierro los ojos. Rememoro todo: su olor, su mirada de locura, su voz. ¿Qué le ha ocurrido para estar tan perturbado, sargento?
—Sí, está muerto, no volverá a hacerte daño jamás, ni a ti ni a nadie. ¿Sabes que eres la persona más fuerte que he conocido? Ya nunca más te podre llamar Stacy, eres toda una heroína, Anastasia. ¿Te encuentras con ánimos de hablar? Sé que es muy difícil, pero necesito que me cuentes todo ahora que está reciente, hasta el dato más pequeño me será de gran ayuda.
Hablamos durante una hora y media. De vez en cuando, se paraba para tomar aire y no venirse abajo. Explicaba todo con bastante claridad y detalle exceptuando las lagunas del periodo en el que había estado en el tanque encerrada. Me preguntó por las otras víctimas, ya que su familia no quería importunarla con explicaciones que le hicieran daño y le conté todo lo que me estaba permitido. Yo iba tomando notas mentales de lo que creía más importante para concluir aquella investigación, aún quedaban vacíos sin resolver.
—Solo sé que tengo mucho miedo y no quiero sentirlo. Sé que tardaré en salir de esta situación, pero saldré.
—No me cabe ninguna duda. Mañana volveré para ver cómo te encuentras. Si quieres pasear y venir a verme, estoy en la 308.
Salí de la habitación y estuve hablando con el Dr. Hill, que era el que la trataba. Me comentó que su evolución física iba bien, les preocupaba más su estado mental después de un suceso tan traumático como este. Seguiría control psicológico y psiquiátrico durante bastante tiempo.
Ya me despedía cuando, recordando los anteriores expedientes y por la conversación con Stacy, le pregunté por sus niveles de glucosa en sangre. El doctor pareció sorprendido por la pregunta y me confirmó que eran alarmantemente altos, ahora la estaban estabilizando, le sorprendía que no hubiese tenido un coma fruto de la hiperglucemia.
Le expliqué que su alimentación se había compuesto solamente de alimentos ricos en glucosa y que en los últimos días le había estado suministrando unas inyecciones de insulina que encontramos en la cripta. Por el inventario, sabíamos que eran del abuelo de Jim. Estaban caducadas y tuvo suerte de que no seguían manteniendo sus efectos a plena potencia, sino, seguramente, estaría muerta.
Me explicó que esta hormona tiene una vida media en el organismo humano de solo cuatro minutos y resultaba muy complicado detectar su consumo, ya que es imposible distinguirla de la insulina exógena segregada por el propio cuerpo. Así que agradecía mucho esta información.
«¿Qué demonios significa? ¿Por qué la glucosa? ¿Qué pretendía?».
Fue como si una bombilla se encendiese en mi cabeza. Por un segundo, recordé uno de los libros que había en la biblioteca de la granja mientras los colocaba. Lo ojeé un momento sin prestarle mucha atención, estaban señaladas algunas hojas y muy gastado. Hablaba de los anfibios que tienen la capacidad de sobrevivir a la muerte y, por un momento, todo cobró sentido. Busqué información en internet con mi móvil.
Resulta que cada invierno la Lithobates sylvaticus desdibuja la línea entre la vida y la muerte. A medida que la temperatura empieza a descender hasta estar por debajo de los cero grados, este animal comienza a congelarse de forma gradual: primero sus piernas, luego su cabeza y su pecho y, finalmente, su corazón. Se va formando hielo en los espacios extracelulares y fluidos corporales, incluso la sangre se congela poco a poco.
El animal genera grandes cantidades de glucosa a partir de glucógeno acumulado en el hígado durante el verano y el otoño. Esta glucosa es enviada a todos los tejidos y se va incorporando lentamente en las células, reemplazando el agua que hay en el interior de ellas. De este modo, sus órganos y su cuerpo pueden llegar a convertirse en un 65 % en hielo congelado y el resto de su agua estaría líquida gracias a este anticongelante natural. Cuando suben las temperaturas, se descongela primero el corazón, para que la circulación se reactive y así evitar daños en los demás órganos conforme se descongelan.
«¡Eso era lo que pretendía Jim en todo momento, revertir la muerte!». No sé si la suya propia también, lo que sí sabía era que pretendía conseguir una concubina que fuese inmortal como él, fruto de su obra diabólica.
Por ello, la intentó llevar hasta el límite de la deshidratación y la hipotermia, quería que entrase en aquel estado, en aquella especie de limbo y que se uniese a él. «Es lo más descabellado y enfermo que he oído en mi vida. Pero, claro, desde mi punto de vista, en su mente dañada se convirtió en un pensamiento recurrente, una especie de cruzada. ¡Pobre diablo! Siempre se trata del amor».