Shjol
Capítulo 36
E l sargento Harris estaba nervioso, hacía dos días que el FBI había ido a recoger el billete a las oficinas de su colega, el sargento Carson, y el informe forense aún no había llegado.
Llamó a la agente Martínez, pero, como era habitual, saltó su buzón de voz. Dejó un mensaje en el contestador para que lo llamase en cuanto lo oyese. Habían establecido una buena relación, se había ganado su respeto y dejaba que hurgase en las tripas del FBI de vez en cuando. «Sí, seguramente me sigue ocultando algún que otro secretillo, pero es una tía de fiar. Currante, lista y guapa», pensó.
En efecto, a las 11 de la mañana, Sally lo llamó a su despacho:
—Sargento Harris, la agente Martínez al teléfono.
—Pásamela, Sally, por favor.
—Buenos días, agente Martínez.
—Buenos días, sargento Harris. ¿Supongo que quiere hablar del billete, no? No sé cómo se las arregla, pero ¡está usted metido en todos los fregaos! Me alegro de que nos ayude, es usted un buen policía.
—Gracias, valoro mucho su opinión. ¿Se sabe algo? ¿Puede ser verdadero?
—¿Tiene tiempo de tomar un café? Estoy en la cafetería Bon Appétit. Hace un frío de narices. Lo estoy esperando.
—Voy para allá. En tres minutos llego.
Por el camino, iba pensando en que la agente Martínez no estaría sentada en su mesa. «¡Mierda! ¿Cómo se iba a sentar en ninguna otra? ¡Joder! ¡Joder! Seguro que si se sentaba en otra algo malo pasaría. Seguro que encontrarían muerta a Stacy. Tom, por favor, deja de pensar en eso. Seguro que no. Conseguiré sentarme en mi mesa, nada malo va a pasar. Por favor, por favor, deja de pensar en eso». Empezó a contar mentalmente para que la ansiedad fuese decreciendo. «Números primos, números primos, 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71, 73, 79, 83, 89 y 97». Consiguió calmarse un poco.
Entró en la cafetería y la agente Martínez estaba sentada en otra mesa. La ocho estaba ocupada. Al verlo llegar, la camarera se quedó parada sin saber qué hacer. El sargento Harris llevaba muchos años con la misma rutina y se había convertido en una costumbre también para ella.
Hizo de tripas corazón y se sentó en frente de la agente Martínez. Se quitó el abrigo y los guantes y le tendió la mano. «Números primos, números primos, 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71, 73, 79, 83, 89 y 97».
—Buenos días de nuevo. ¿Hace frío, eh?
—Sí, hace un tiempo endiablado.
La camarera estaba esperando a que nos sentásemos y acudió tras posar mi culo en la silla.
—¿Lo de siempre, sargento Harris? Hoy hay tarta de queso con arándanos recién hecha.
—Sí, Karen. Café, por favor, y un trozo de tarta. ¡Pruébela, agente! Es la mejor de todo el estado.
—¿Y usted, señorita? ¿Qué va a tomar?
—Un café con leche y otro trozo de tarta, por favor. ¡Haré caso al sargento!
Hablaron del tiempo y de conversaciones banales un momento hasta que Karen vino a traerles sus comandas.
Le trajo su café y realizó de nuevo su ritual matutino; consiguió calmarse un poco. No dejaba de pensar que no era su mesa. «Azúcar, diez vueltas a la derecha, cinco a la izquierda. Trago».
—Pues sí que está buena, sí. ¡Está deliciosa! Voy a tener que venir a verlo más a menudo, sargento. Bueno, vayamos al grano. Le he traído una copia del informe forense. Lo tengo desde esta mañana, quería traérselo en persona. No quiero entrar en pormenores muy técnicos, pero, como ya sabe, las huellas que son dejadas en papel suelen ser difíciles de encontrar debido a la influencia del sudor que se mezcla con el aceite de las yemas de los dedos. Menos de la mitad de ellas se pueden hacer suficientemente visibles para permitir su identificación debido a este problema.
No lo quiero aburrir con los detalles, pero gracias a una novedosa técnica que ha descubierto la Universidad Hebrea de Jerusalén hace muy poco han conseguido solucionar esta contrariedad. Básicamente, han logrado que el oro y las nanopartículas sean depositadas primero sobre las huellas invisibles, seguido de plata elemental, similar al desarrollo de una fotografía blanco y negro. Antes, se adherían al sudor y, por ello, las impresiones de las huellas dactilares tenían a menudo un bajo contraste. Con la nueva técnica, esto no pasa, ya que el tratamiento con un revelador que contiene plata convierte las áreas con oro en negro, lo que resulta en una imagen clara y negativa de la huella dactilar. Que no me enrollo más, pero es que me resulta apasionante. Bueno, en resumidas cuentas, tenemos cinco huellas muy nítidas. Y no solo hay una huella de Stacy, sino que la chica ha babeado todo el billete dejando sus muestras de ADN por el interior. Creemos que ha pensado meticulosamente en esto. Ha rociado de saliva las partes que, por inercia, menos contacto tienen al coger un billete. Siempre lo coges por los bordes, no por el centro.
Las cuatro huellas restantes son de Bill Peceros, el dueño de la gasolinera; Jenny Abrams, la cajera del mismo negocio; nuestro sospechoso y de la persona que creemos portador del billete hasta la gasolinera. Estamos analizando las cámaras de la gasolinera de ese día. Hemos descartado los viajeros que repostaron mediante tarjeta bancaria, que son muchos. Tenemos a cinco conductores de turismo y diez camioneros que pagaron en efectivo. Intentamos aislar las matrículas para dar con ellos. Aunque no creemos que ninguno de ellos sea nuestro asesino, nos indicará, seguramente, dónde pudo estar con anterioridad.
—He estado pensando en ello desde hace dos días; creo que es un trabajo de chinos buscar el inicio del billete y su recorrido. Si hay huellas de nuestro Jim y de Stacy es que el billete no ha estado dando vueltas semanas, si no las huellas latentes habrían desaparecido, se hubiesen evaporado. Seguramente el frío haya impedido su deterioro. Es lo más cerca que hemos estado de ella en un mes.
—No olvide el mensaje del billete, sargento Harris. Esta chica es muy lista y tiene muchas ganas de vivir, espero que aguante lo suficiente. No suelo ser muy optimista después de lo que veo día tras día, pero creo que la encontraremos. Espero que viva. Se nos acaba el tiempo, sargento. Se nos acaba el tiempo.
No tuvimos nada más que decir. El pesimismo inundó nuestros pensamientos y permanecimos un buen rato en silencio, degustando el café ya tibio y la tarta fría.
«No puedo vencer al desánimo. Ella está luchando con todas sus fuerzas. Aguanta un poco más, Stacy. Te encontraremos».