Sin amor (Realismo)
Primera parte
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Había, literalmente, tres parejas distintas sentadas alrededor del fuego besándose, como si se tratara de algún tipo de orgía de besos organizada, y una parte de mí pensó «Uf», mientras que la otra se dijo: «Guau, cómo me gustaría ser uno de ellos».
Para ser justos, probablemente eso era lo que cabía esperar de nuestra fiesta posgraduación. No solía ir a fiestas muy a menudo. Ni siquiera había sido consciente de que esa fuera la costumbre.
Me aparté de la hoguera y me encaminé al interior de la enorme casa de campo de Hattie Jorgensen, recogiendo con una mano la falda de mi vestido de graduación para no tropezar con él, mientras con la otra le mandaba un mensaje a Pip.
Georgia Warr
No he podido acercarme a la hoguera y conseguir el cuenco con los malvaviscos porque estaba rodeada de gente besándose
Felipa Quintana
¿Cómo has podido traicionarme y decepcionarme así, Georgia?
Georgia Warr
¿Aún me quieres o esto es el fin?
Cuando entré en la cocina y localicé a Pip, estaba apoyada contra un armario de esquina con un vaso de plástico lleno de vino en una mano y el móvil en la otra. Llevaba su americana de terciopelo color burdeos desabotonada, la corbata sobresalía del bolsillo de su camisa, y sus cortos rizos estaban ahora medio deshechos, sin duda por haber bailado tanto en la fiesta de graduación.
—¿Te encuentras bien? —pregunté.
—Puede que un poco achispada —respondió, mientras sus gafas de concha se deslizaban por la nariz—. Aunque te sigo queriendo un huevo.
—¿Más que al malvavisco?
—¿Cómo puedes pedirme que elija?
Le pasé un brazo por los hombros y juntas nos apoyamos contra los armarios de la cocina. Casi era medianoche, y la música tronaba desde el salón de Hattie mezclándose entre conversaciones, risas, gritos y voces de nuestros compañeros de clase, que resonaban desde cada rincón de la casa.
—Había tres parejas distintas besándose alrededor de la hoguera —le expliqué—. Como si lo hicieran al unísono.
—¡Qué pervertido! —se burló Pip.
—Casi he deseado ser uno de ellos.
Ella puso una mueca.
—Solo quiero besar a alguien —me justifiqué, lo que no tenía demasiado sentido porque ni siquiera estaba bebida, ya que más tarde tenía que llevar a Pip y a Jason a su casa.
—Podemos besarnos si quieres.
—Eso no es lo que tenía en mente.
—Bueno, Jason lleva soltero varios meses. Estoy segura de que se ofrecería encantado.
—Cierra el pico. Estoy hablando en serio.
Y así era. Deseaba sinceramente besar a alguien. Deseaba sentir un poco de la magia de la noche de graduación.
—Entonces prueba con Tommy —dijo Pip, arqueando una ceja y sonriendo malévola—. Quizá ya es hora de que se lo digas.
Solo había tenido un flechazo en mi vida. Se llamaba Tommy y era el chico más sexi de nuestro curso. Un tío que podría haber sido modelo si hubiera querido. Alto, delgado y convencionalmente atractivo, con un aire a lo Timothée Chalamet, aunque nunca había entendido por qué las chicas
estaban tan coladas por ese actor. En mi opinión, muchos de los flechazos que se tienen por la gente famosa son fingidos, solo para encajar mejor.
Tommy había sido mi ídolo desde que estaba en sexto de primaria y una niña me preguntó: «¿Quién crees que es el chico más sexi de Truham?». Me había mostrado una foto en su móvil de un grupo de los chicos más populares de sexto posando en la calle delante del centro y ahí estaba Tommy justo en el medio. Supe al instante que era el más atractivo —o, al menos, tenía el pelo como el líder de un grupo musical juvenil e iba vestido muy a la moda—, así que lo señalé y dije que él. Y supongo que eso fue todo.
Casi siete años después, aún no había hablado ni una sola vez con Tommy. No había sentido ganas de hacerlo, probablemente porque era demasiado tímida. Él había sido más bien una figura abstracta: alguien sexi, además de mi primer flechazo, aunque nunca iba a suceder nada entre nosotros y a mí eso me parecía perfecto.
Solté un bufido mirando a Pip.
—Tommy, desde luego, no.
—¿Por qué? Si te gusta.
La idea de que aquello fuera más allá de un simple flechazo me ponía terriblemente nerviosa.
Me encogí de hombros mientras la miraba, y ella dejó el tema.
Pip y yo salimos de la cocina, aún con los brazos entrelazados, y cruzamos el vestíbulo de la elegante casa de campo de Hattie Jorgensen. La gente estaba tirada por el suelo del pasillo con sus vestidos de graduación y los esmóquines, los vasos de plástico y la comida desperdigados alrededor.
Dos personas se estaban besando en las escaleras, y las miré durante un momento sin saber bien si me resultaba repugnante o si había sido la cosa más romántica que había visto en mi vida. Probablemente lo primero.
—¿Sabes lo que me gustaría? —comentó Pip cuando avanzamos renqueantes hasta la galería de Hattie y nos dejamos caer en un sofá.
—¿El qué? —dije.
—Me gustaría que alguien interpretara espontáneamente una canción para declararme su amor.
—¿Qué canción?
Se quedó pensándolo un momento.
—«Your song» de Moulin Rouge —suspiró—. ¡Dios, estoy triste y sola y soy gay!
—Una buena canción, aunque no lo veo tan factible como un beso.
Pip puso los ojos en blanco.
—Si tantas ganas tienes de besar a alguien, vete a hablar con Tommy. Te gusta desde hace casi siete años. Esta es tu última oportunidad antes de que empecemos la universidad.
En eso tenía razón.
Si debía besarme con alguien, entonces que fuera Tommy. Pero la idea me llenaba de espanto.
Crucé los brazos.
—Quizá podría besar a un desconocido en su lugar.
—¡Anda ya!
—Lo digo en serio.
—No, no es verdad. Tú no eres así.
—Tú no sabes cómo soy.
—Sí lo sé —contestó Pip—. Te conozco mejor que nadie.
Y era verdad. No solo por lo de conocerme, sino en lo de que yo no era así y, también, que esta era mi última oportunidad para confesar un flechazo que me había durado siete años e, igualmente, la última oportunidad para besar a alguien mientras aún fuera una chica de instituto, y así sentir la excitación del sueño adolescente y la magia juvenil que todos los demás parecían haber probado.
Era mi última oportunidad para sentir eso.
Por eso, después de todo, quizá iba a tener que hacer de tripas corazón y besar a Tommy.
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