Sin amor (Realismo)
La letra <<X>>
—Ya está —dijo Rooney cuando le di a Enviar mensaje.
Georgia Warr
Vaaale, ¿quieres que volvamos a vernos este fin de semana?
Estábamos sentadas la una al lado de la otra apoyadas contra el cabecero de mi cama. Rooney todavía con la ropa puesta y yo en un pijama navideño, pese a que aún estábamos a principios de noviembre.
—¿Qué tengo que hacer en la cita? —pregunté, mirando el mensaje y esperando a que Jason lo viera.
Ella dio un sorbo a su taza de té post-salida nocturna.
—Lo que te apetezca.
—¿Pero tenemos que besarnos en la segunda cita?
—No tienes que hacer nada.
Me volví hacia Rooney, pero estábamos tan pegadas que lo único que vi fue una masa de pelo oscuro desparramado en ondas sueltas.
—¿Tú te besarías en una segunda cita?
Rooney resopló.
—Yo no tengo citas.
—Pero ya has salido con un chico antes.
Se quedó callada durante un momento.
—Supongo que sí —dijo finalmente—. Pero en general prefiero tener solo sexo.
—Oh.
—No me entiendas mal, tener una relación puede ser agradable, probablemente. Y a veces he conocido gente y he pensado que quizá… —
Se detuvo a mitad de frase y rodó fuera de mi cama para dirigirse a la suya
—. Es que…, bueno, yo siempre acabo con la gente equivocada. Así que
¿qué sentido tiene?
—Oh.
No dijo nada más, y me pareció un poco brusco presionarla para que me diera más detalles. En su lugar, empezó a cambiarse y a ponerse el pijama, y la vi claramente echar un vistazo a la foto de ella y Beth, la del pelo de la Sirenita.
Quizá Beth fuera una exnovia. O un antiguo flechazo. No tenía ninguna prueba de que a Rooney le gustaran las chicas, pero no era imposible.
—No hay nada malo en tener solo sexo —dijo, una vez que se metió en la cama.
—Lo sé —contesté.
—Las relaciones no son para mí, creo. Nunca terminan bien.
—Vale.
De pronto salió de la cama de un salto, murmuró: «Roderick», y se apresuró a regarlo. A decir verdad, Roderick no tenía muy buen aspecto.
Por lo visto, Rooney se estaba olvidando de regarlo con frecuencia. Cuando terminó, se quedó dormida en cinco minutos, mientras que yo continué en vela, alternando momentos en que contemplaba fijamente el techo pintado de azul o miraba la pantalla de mi teléfono y me ponía nerviosa pensando en si tendría que besar a Jason en nuestra segunda cita.
¿Qué pasaba si realmente no me gustaban los chicos y esa era la razón por la que todo esto se me hacía muy difícil de gestionar?
Tan pronto como la idea surgió en mi cabeza, tuve que investigarla a fondo. Abrí Safari en mi móvil y tecleé: «Soy gay».
Un puñado de enlaces aparecieron en la pantalla, la mayoría encuestas inútiles de Internet que ya conocía y eran totalmente inservibles e inapropiadas. Pero algo captó mi atención: el test de la escala de Kinsey.
Empecé a leer sobre la escala de Kinsey. Wikipedia explicaba que era una escala de sexualidad que iba desde cero, «exclusivamente heterosexual», a seis, «exclusivamente homosexual».
Curiosa y frustrada conmigo misma, hice el test tratando de contestar a las preguntas instintivamente, sin pensarlas demasiado. Cuando terminé, pulsé en «Enviar respuestas» y esperé. Y en lugar de un número, me apareció la letra «X».
«No has indicado ninguna preferencia sexual. Intenta ajustar tus respuestas».
Leí y releí esas frases.
Había… hecho mal el test.
Debía de haber hecho mal el test.
Repasé mis respuestas y empecé a buscar qué cosas podía cambiar, pero no pude encontrar ninguna que hubiera respondido inapropiadamente, así que decidí salir del navegador.
Probablemente era un test fallido.
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