Sin amor (Realismo)

Alice Oseman · Capítulo 65 de 72

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Sin amor (Realismo)

Desastre

A la mañana siguiente, me desperté medio grogui al oír la puerta del dormitorio abrirse y, cuando alcé la cabeza, no me sorprendió encontrar a Rooney deslizándose aún vestida con la ropa del día anterior: con el traje completo que había llevado como parte de mi proposición.

A estas alturas, que trasnochara se había convertido en algo normal, pero lo que no me pareció normal fue que Rooney se quedara petrificada en medio de la alfombra color agua mirando el espacio a mi lado en la cama doble —el lado de Rooney—, que ahora estaba ocupado por Pip Quintana.

Pip y yo nos habíamos quedado charlando hasta altas horas y, para cuando advirtió que debía regresar a su colegio, ya era casi medianoche, así que le presté un pijama y se quedó a dormir. Las dos nos habíamos olvidado completamente del hecho de que las cosas entre ella y Rooney aún seguían enrarecidas y, siempre que se encontraban en la misma habitación, se generaba mucha tensión.

Durante unos segundos, guardamos silencio.

Y entonces dije:

—Buenos días.

Rooney no contestó inmediatamente, empezó a quitarse los zapatos muy despacio y dijo:

—Buenos días.

Sentí movimiento a mi lado y me volví a mirar, cogiendo mis gafas de la mesilla de noche.

Pip estaba despierta y con sus gafas ya puestas.

—Oh —exclamó, y pude ver cómo sus mejillas se coloreaban—. Mmm, lo siento, creo que debería haberte pedido permiso.

—No pasa nada —graznó Rooney, dándonos la espalda y rebuscando frenéticamente en su bolsa de aseo para sacar unas toallitas desmaquillantes

—. ¡Puedes quedarte si quieres!

—Sí, pero… también es tu habitación.

—¡No me importa!

Pip se incorporó.

—Está bien —empezó a salir de la cama—. Mmm, probablemente debería marcharme, tengo una clase esta mañana.

Fruncí el ceño.

—Espera un momento, deben de ser las siete de la mañana.

—Sí, bueno, necesito lavarme el pelo y esas cosas…

—¡No tienes que marcharte por mí! —insistió Rooney desde el otro lado de la habitación. Nos estaba mirando, frotándose la cara con una toallita de desmaquillar.

—¡No es por ti! —replicó Pip quizá demasiado rápido.

Ambas estaban asustadas. Rooney empezó a ponerse el pijama solo para tener algo que hacer. Pip se puso a recoger la ropa de ayer mientras mantenía sus ojos apartados de Rooney, que ahora solo vestía unos shorts de pijama.

Realmente sentí ganas de reír, a causa de las dos, pero mantuve la boca cerrada.

Pip dedicó más tiempo del que necesitaba en recoger sus pertenencias y, gracias a Dios, para cuando se atrevió a darse la vuelta, Rooney ya se había puesto la parte de arriba del pijama y estaba sentada en su mesa, tratando de mostrar naturalidad mientras revisaba su teléfono.

—Bueno… —Pip me miró, casi desorientada—. Te veré… ¿más tarde?

—Sí —contesté. Apreté los labios con fuerza para no reírme.

Pip se dispuso a salir de la habitación, pero de pronto bajó la vista a la pila de ropa que llevaba en las manos y dijo:

—Oh, mierda, mmm, creo que estas no son mías. —Sacó unas mallas con las palabras «Colegio St. John’s» impresas. Eran de Rooney.

Rooney alzó la vista, fingiendo indiferencia.

—Ah, sí, esas son mías. —Y extendió una mano.

Pip no tuvo más remedio que acercarse a ella y devolvérselas.

Los ojos de Rooney se mantuvieron concentrados en ella mientras se acercaba lentamente. Pip sostuvo las mallas en la mano y las dejó caer en la mano tendida de Rooney desde una altura que sugería que le ponía nerviosa acercar su mano.

—Muchas gracias —dijo esta.

—De nada —contestó Pip con una incómoda sonrisa moviéndose alrededor de la mesa—. Así que… ¿saliste esta noche o…?

Estaba claro que Rooney no esperaba nada de eso. Aferró las mallas en su mano antes de contestar.

—¡Oh, sí! Sí, yo solo… Estuve con unos amigos en el Wiff Waff y luego me quedé con ellos en su habitación. —Señaló por la ventana—. En un edificio diferente. No podía pedirles que me acompañaran hasta aquí.

Pip asintió.

—Qué guay. El Wiff Waff… Es el bar donde tienen pimpón, ¿no?

—Sí.

—Eso suena divertido.

—Sí, estuvo bien. Aunque siempre me muestro demasiado competitiva.

Pip sonrió.

—Sí, lo sé.

Por el aspecto de su cara, esa declaración pareció sacudir a Rooney hasta lo más hondo.

—Sí —repitió Rooney un tanto tensa después de una larga pausa—. Así que… ¿tú y Georgia os habéis quedado dormidas?

—Oh, sí, eh. —Palideció de pronto Pip—. Me refiero a que ha sido una noche platónica. Obviamente. No hemos… Georgia no está…

—Lo sé —replicó rápidamente Rooney—. Georgia no está interesada en el sexo.

La boca de Pip se torció. Que Rooney utilizara la palabra «sexo» pareció sumirla en un nuevo estado de pánico.

—Georgia está aquí presente —intervine, incapaz de ocultar la sonrisa gigante que asomaba a mi rostro.

Pip retrocedió, con sus mejillas ahora teñidas de color grana.

—Mmm, vale, bueno, creo que es mejor que me vaya.

Rooney la miró aturdida.

—De acuerdo.

—Yo… Bueno, me alegro de… que…

—Sí.

Pip abrió la boca para decir algo más y luego lanzó una mirada de pánico hacia mí y, a continuación, salió de la habitación sin decir nada más.

Esperamos unos segundos hasta que oímos la puerta al fondo del pasillo cerrarse.

Y entonces Rooney estalló.

—¿Estás TRATANDO DE JODERME, GEORGIA? ¿No podrías haber tenido el pequeño detalle de ADVERTIRME que la chica que me gusta IBA A ESTAR AQUÍ cuando yo regresara? —Comenzó a caminar de un lado a otro—. ¿Crees que habría regresado llevando la jodida ropa de anoche con los restos de maquillaje corridos por mi jodida cara de haber sabido que Pip Quintana iba a estar aquí con la más jodida y adorable pinta de dormida que he visto en toda mi puta vida?

—Vas a despertar a todo el pasillo —indiqué, pero ella ni siquiera me oyó.

Rooney se desplomó en su lado de la cama cayendo de bruces.

—¿Qué clase de impresión crees que voy a causarle entrando en mi propia habitación del colegio a las siete de la mañana como si hubiera estado follando con alguien con quien no voy a volver a hablar en mi vida?

—¿Eso hiciste? —pregunté.

Ella alzó la cabeza y me lanzó una mirada furibunda.

—¡NO! ¡Por amor de Dios! No he vuelto a hacerlo desde el baile Bailey.

Me encogí de hombros.

—Tenía que asegurarme.

Ella rodó sobre su espalda, extendiendo sus miembros como si quisiera deshacerse en las sábanas.

—Soy un desastre.

—Y también lo es Pip —añadí—. Vosotras dos estáis hechas la una para la otra.

Rooney emitió una especie de gruñido bajo.

—No me des falsas esperanzas. Ella no va a querer saber nada de mí después de lo que le hice.

—¿Quieres oír mi opinión?

—No.

—Está bien.

—Espera, sí. Quiero oírla.

—A Pip también le gustas y creo que deberías intentar hablar con ella con normalidad.

Ella rodó hasta ponerse de frente.

—Eso es absolutamente imposible. Si vas a proponerme alguna idea, por favor, que sea algo realista.

—¿Por qué es imposible?

—Porque soy una mierda y ella merece algo mejor. Además, no puedo enamorarme. Lo superaré. Pip tendría que estar con una buena persona.

Por la forma en que lo dijo, ligera y casual, podría haberlo confundido con una broma. Pero dado que ahora comprendía a Rooney en un nivel ligeramente más profundo, sabía que no estaba bromeando en absoluto.

—Tía —dije—. Soy yo quien no puede enamorarse. Creo que tú simplemente no quieres hacerlo.

Soltó un gruñido indefinible.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿Acaso eres arromántica?

—No —gruñó.

—Ahí lo tienes. Así que deja de robarme mi identidad y dile a Pip que te gusta.

—No uses tu identidad para hacerme admitir mis sentimientos.

—Puedo hacerlo y lo haré.

—¿Has visto cómo estaba su pelo? —murmuró Rooney contra su almohada.

—Pues… sí.

—Parecía tan mullido.

—Probablemente te mataría si te oyera llamarla mullida.

—Te apuesto lo que quieras a que huele muy bien.

—Así es.

—Que te jodan.

Fuimos interrumpidas por una notificación en nuestros teléfonos.

Era un mensaje en el grupo de chat de la Sociedad Shakespeare. El grupo que no habíamos utilizado desde antes de Año Nuevo: «Un toque de una noche de verano».

Felipa Quintana

Se me ha olvidado decirlo

Me gustaría volver a formar parte de la Sociedad Shakespeare, si queréis tenerme

¡¡¡Puedo aprenderme mis textos en dos semanas!!!

Nos quedamos así en la cama, leyendo los mensajes al mismo tiempo.

—Vamos a hacer la obra —exclamó Rooney sin aliento.

No supe distinguir si se sentía emocionada o aterrorizada.

—¿Estás contenta? —pregunté. Pensaba que eso era lo que quería. Se había sentido devastada cuando Pip y Jason se marcharon y la sociedad se hundió. Eso la había hecho entrar en una espiral durante semanas.

A Rooney se le daba genial fingir que se encontraba bien. Incluso ahora, algunas veces, me costaba advertir cuándo había entrado en bucle. Y

después de su bajón de la noche pasada, y de la situación con Pip, y de todos los sentimientos con los que sabía que estaba luchando, y los que aún le quedaban por gestionar…

¿Íbamos a estar bien?

—No lo sé —contestó—, no lo sé.

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