Sin amor (Realismo)

Alice Oseman · Capítulo 60 de 72

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Sin amor (Realismo)

Beth

Para cuando regresé a nuestra habitación, Rooney había dejado de llorar.

En su lugar, se estaba cambiando con su ropa para salir.

—¿Vas a salir? —pregunté, cerrando la puerta a mi espalda y dándole al interruptor de la luz. Ella ni siquiera se había molestado en encenderla.

—Sí —contestó, poniéndose por la cabeza una camiseta que dejaba los hombros a la vista.

—¿Por qué?

—Porque, si me quedo aquí —espetó—, entonces tendré que sentarme y pensar en lo sucedido durante toda la noche, y no puedo hacerlo. No puedo sentarme y quedarme a solas con mis pensamientos.

—¿Y con quién vas a salir?

—Con gente del colegio. Tengo otros amigos.

¿Amigos que nunca se pasan a tomar el té, ni vienen a las sesiones nocturnas de película y pizza, ni se preocupan por ti cuando no estás bien?

Es lo que quise decir.

—Muy bien —contesté.

«Era su misma mierda de siempre», fue lo que me estuve diciendo a mí misma. Así es como yo lo justificaba todo. Su no asistencia a las clases. El

quedarse durmiendo hasta la tarde. Las salidas diarias a la discoteca.

No me lo había tomado demasiado en serio hasta esa noche, cuando me desperté a las cinco de la madrugada y leí un mensaje: Rooney Bach

¿Puedes abrirme? Estoy fuera del colegio

Olvidé mi llave

Me lo había mandado a las tres y veinticuatro. Las puertas del colegio se cerraban de dos a seis de la madrugada. Necesitabas usar tu llave para poder entrar en el edificio principal.

A menudo me despertaba al amanecer y comprobaba la hora en mi teléfono, antes de volver a dormirme. Pero el mensaje me causó tanto pánico que inmediatamente salté de la cama y llamé a Rooney.

No lo cogió.

Me puse las gafas, la bata y me calcé las zapatillas, al tiempo que agarraba las llaves y corría a la puerta con mi mente de pronto llena de imágenes de ella muerta en una zanja, ahogada en su propio vómito o flotando en el río. Tenía que estar bien. Hacía cosas estúpidas todo el tiempo, pero siempre estaba bien.

El vestíbulo de la recepción principal se hallaba oscuro y vacío cuando irrumpí en él, abrí con llave y salí al exterior.

La calle estaba vacía, a excepción de una figura sentada en un pequeño murete de ladrillo un poco más adelante, acurrucada en sí misma.

Rooney.

Estaba viva. Gracias a Dios. Gracias a Dios.

Corrí hacia ella. Solo llevaba la camiseta con los hombros al descubierto y una falda, a pesar de que ahí fuera debíamos de estar a cinco grados.

—¿Qué… qué estás haciendo? —dije, sintiéndome inexplicablemente furiosa con ella.

Ella alzó la vista hacia mí.

—Oh. Dios. Por fin.

—Llevas… ¿llevas aquí sentada toda la noche?

Se incorporó, tratando de mostrarse despreocupada, pero pude notar cómo se frotaba los brazos intentando controlar los violentos temblores.

—Solo un par de horas.

Me quité la bata y se la puse. Ella se envolvió rápidamente sin protestar.

—¿No podrías haber llamado a alguien? ¿A uno de tus otros amigos? —

inquirí—. Sin duda alguien estaría despierto.

Ella negó con la cabeza.

—No había nadie despierto. Bueno, un par de personas leyeron mis mensajes, pero… debieron de ignorarlos. Y entonces mi teléfono se apagó.

Me sentía tan alarmada por la situación que ni siquiera pude pensar en nada más que decir. Así que me limité a acompañarla de vuelta al colegio y caminamos en silencio hasta nuestra habitación.

—No puedes simplemente… Tienes que tener más cuidado —dije cuando entramos—. No es seguro andar sola por ahí fuera todo el tiempo.

Ella empezó a ponerse el pijama. Se la veía rendida.

—¿Y por qué te preocupas? —susurró. No lo decía en mal plan. Era una pregunta sincera. Como si realmente no pudiera entender cuál era la respuesta—. ¿Por qué te preocupas por mí?

—Eres mi amiga —contesté, de pie junto a la puerta.

Ella no dijo nada más. Se metió en la cama y cerró los ojos.

Recogí la ropa que había dejado desperdigada por el suelo y la puse en el cesto de la ropa sucia, pero entonces noté que su teléfono estaba en el bolsillo de su falda, así que lo pesqué y lo puse a cargar en su mesilla.

Incluso eché un poco de agua en el tiesto de Roderick. Realmente se le veía un poco más lustroso.

Y entonces me metí en la cama y me pregunté por qué me preocupaba tanto por Rooney Bach, la reina del autosabotaje, la experta en amor que no lo era tanto. Porque realmente lo hacía. ¿De verdad me preocupaba por ella, a pesar de lo distintas que éramos y de que probablemente no habríamos hablado nunca si no nos hubieran emparejado en la misma habitación y de todas las veces que había dicho algo inoportuno o provocado una situación caótica?

Me preocupaba por ella porque me gustaba. Me gustaba su pasión por la Sociedad Shakespeare. Me gustaba la forma en que se entusiasmaba por cosas que no eran importantes: como alfombras, obras de teatro o matrimonios de los colegios mayores. Me gustaba la forma en que siempre había querido ayudarme con su mejor intención, incluso si nunca sabía

decir o hacer lo correcto y me había dado consejos mucho peores de lo que inicialmente había intuido.

Pensaba que era una buena persona, y me gustaba tenerla en mi vida.

Pero estaba empezando a darme cuenta de que para Rooney resultaba inexplicable que alguien pudiera sentir eso por ella.

Dos horas más tarde, me desperté con el sonido del móvil de Rooney.

Ambas lo ignoramos.

Cuando volvió a sonar por segunda vez, me incorporé y me puse las gafas.

—Tu teléfono está sonando —dije, con voz ronca por el sueño.

Rooney no se movió. Simplemente emitió una especie de gruñido.

Salí de la cama y me tambaleé hasta donde el móvil de Rooney se estaba cargando en su mesilla, y miré la identidad del que llamaba.

Leí: Beth

Miré fijamente la pantalla. Sentía que, de algún modo, debía de saber quién era, como si ya hubiera visto ese nombre en alguna parte.

Y entonces recordé que ese era el nombre de la persona que estaba a medio metro delante de mí, en la única foto que Rooney había colgado en la pared junto a su cama. Una foto que estaba un tanto arrugada por todas las veces que se había caído al suelo y había sido pisoteada.

La foto de una Rooney con trece años y su mejor amiga del colegio.

Beth, la chica del pelo de la Sirenita.

Me dispuse a contestar la llamada.

—¿Hola?

—¿Hola? —dijo la voz. Beth. ¿Sería esa misma Beth? ¿La chica de la foto con el pelo teñido de rojo y pecas?

¿Acaso ella y Rooney aún mantenían contacto? Quizá Rooney sí tenía otras amigas que se preocupaban por ella, y yo simplemente no las conocía.

Y entonces Beth dijo:

—Tengo varias llamadas perdidas de anoche de este número y solo quería comprobar quién era, en caso de que se tratara de alguna emergencia o algo así.

Noté cómo mi boca se abría de golpe.

Ella ni siquiera tenía el teléfono de Rooney registrado.

—Mmm… —me oí contestando—. Lo siento, este ni siquiera es mi móvil. Es el teléfono de Rooney Bach.

Hubo una pausa.

—¿Rooney Bach?

—Eh, sí. Soy su compañera de cuarto. Ella… bebió bastante anoche, así que tal vez te llamó cuando estaba pedo.

—Sí, supongo… Lo siento, esto es muy raro. No he vuelto a verla desde… Dios, debe de hacer al menos cinco años. No entiendo por qué aún conserva mi número.

Me quedé mirando la foto de la pared.

—¿Ya no hablas con ella? —pregunté.

—Eh, no. Cambió de colegio cuando estábamos en segundo de secundaria y no volvimos a tener contacto.

Rooney había mentido. ¿O… no lo había hecho? Me había explicado que Beth era su amiga. Quizá eso fuera cierto cuando era joven, pero no ahora.

Entonces, ¿por qué Rooney tenía la foto de una amiga con la que no hablaba desde hace cinco años?

—¿Cómo está? —preguntó Beth.

—Está… —parpadeé—, está bien. Perfectamente.

—Me alegro. ¿Aún sigue haciendo teatro?

No sabía por qué, pero sentí ganas de llorar.

—Sí —contesté —. Aún sigue. Le encanta el teatro.

—Ah. Eso me alegra. Ella siempre dijo que quería ser directora de una compañía o algo así.

—Deberías… deberías enviarle un mensaje alguna vez —sugerí, tratando de tragar el nudo de mi garganta—. Creo que a ella le encantaría saber de ti.

—Sí —contestó Beth—. Sí, quizá lo haga. Estaría bien.

Confié en que lo hiciera. Confié desesperadamente en que lo hiciera.

—Bueno… Pues entonces voy a colgar, ya que no se trata de una emergencia ni nada así. Me alegra que a Rooney le vaya bien.

—Claro —contesté, y Beth terminó la llamada.

Dejé de nuevo el móvil de Rooney en su sitio. Ella ni siquiera se había movido. Lo único que podía ver era la parte de atrás de su cabeza, su coleta cayendo suelta, mientras el resto estaba tapado por la colcha de flores.

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