Sin amor (Realismo)

Alice Oseman · Capítulo 34 de 72

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Sin amor (Realismo)

Pip

Miré a Pip, y ella me miró a su vez. Sunil miró a Pip, y luego a mí. Bajé la vista a mis manos, debatiéndome para saber qué debía hacer o cómo podía explicar por qué había asistido a la cena oficial de la Sociedad del Orgullo cuando se supone que tenía una cita con Jason, y Pip no tenía ningún motivo para creer que yo no fuera hetero.

—Me encontré con Sunil —dije, pero ya no supe cómo continuar.

—Soy su padre universitario —intervino Sunil.

—Exacto —asentí.

—Claro. Y por eso decidiste... —Pip sonrió torpemente— ¿pasarte por aquí?

Hubo un silencio.

—De hecho —se adelantó Sunil, sentándose derecho en la silla—, fui yo quien le pedí a Georgia si podía venir a echarme una mano. Andábamos escasos de voluntarios para preparar todo esto. —Se volvió hacia mí con una sonrisa que parecía un poco siniestra. Probablemente porque estaba mintiendo descaradamente—. Y, a cambio, me he ofrecido a participar en la obra de teatro de Georgia.

—¡Oh! —Pip inmediatamente pareció resplandecer y sus ojos se ensancharon—. ¡Mierda! ¡Sí! ¡Realmente necesitamos un quinto miembro!

—¿Tú también estás en ella?

—¡Sí! Bueno, fui un tanto obligada, pero sí.

Tan pronto como procesé el hecho de que Sunil se acababa de ofrecer voluntario para participar en nuestra obra, alguien le llamó desde otro grupo y tuvo que marcharse, pero antes de hacerlo me dio una palmadita en el hombro y se despidió de nosotras.

Pip me miró fijamente a los ojos. Todavía parecía un tanto confusa.

—¿Te parece que… vayamos a la barra?

Asentí. Había bebido demasiado vino y necesitaba un vaso de agua urgentemente.

—De acuerdo.

Tardamos casi veinte minutos en conseguir llegar a la barra, porque la gente paraba constantemente a Pip para hablar con ella.

Al parecer había hecho un buen número de amistades aquí, en la Sociedad del Orgullo, lo que no debía sorprenderme. A ella siempre se le había dado bien hacer amigos, pese a que era bastante selectiva y a que, allá en Kent, no había demasiada gente con la que quisiera quedar. Aparte de un par de chicas en secundaria y de un puñado de amigos homosexuales en primero de bachillerato, no había ninguna Sociedad del Orgullo en nuestro instituto. En la zona rural del condado de Kent donde vivíamos no había tiendas especializadas ni tampoco discotecas homosexuales, como en las grandes ciudades.

Ella me contó lo suyo cuando teníamos quince años. No fue una de esas confesiones dramáticas, divertidas o emocionales que pudieran compararse con las películas o las series de televisión. «Creo que tal vez me gusten más las chicas», fue todo lo que dijo mientras pateábamos las tiendas de la calle Mayor buscando nuevas mochilas para el instituto. Ya había habido algunos antecedentes. Habíamos estado hablando sobre chicos que iban a colegios solo de chicos. Yo había comentado que no entendía a qué se debía tanto alboroto. Pip estuvo de acuerdo.

No hace falta decir que Pip había pasado por algunos malos momentos.

Y si bien ella tenía muchas otras amistades con las que sin duda podía haber profundizado en su relación, siempre acudía a mí para hablar de temas espinosos. No sé si eso se debía a que confiaba en mí o simplemente a que yo era una buena oyente. Tal vez ambas cosas. En todo caso, me convertí en

un refugio seguro. Y me alegró mucho poder serlo entonces y seguir siéndolo todavía.

Me hacía feliz poder ofrecerle eso a ella.

—Siento las interrupciones —dijo, una vez que conseguimos sentarnos en los taburetes de la barra y pedimos dos vasos de zumo de manzana, ya que a ninguna de las dos nos apetecía continuar bebiendo alcohol. Ella me estaba sonriendo.

—No lo sientes —repliqué—. Eres muy popular.

—Está bien, me has pillado. —Cruzó las piernas, revelando unos calcetines de rayas que asomaban por debajo de sus pantalones—. Soy muy popular ahora y me encanta. No te preocupes; Jason y tú seguís siendo mis vínculos número uno.

Volví la vista para contemplar la pequeña multitud de miembros de la Sociedad del Orgullo, algunos de pie charlando, otros bailando, otros sentados en los rincones con bebidas y susurrándose intimidades.

—He estado asistiendo además a la Sociedad Latinoamericana —dijo—.

Ellos también celebraron un encuentro social hace unos días.

—¡Oh! ¿Y qué tal estuvo?

Pip asintió excitada.

—De hecho, lo pasé genial. Fue mi madre la que me insistió en que asistiera, porque, ya sabes, no me mostré demasiado entusiasta al respecto.

La verdad es que desconocía lo que suele hacerse allí. Pero fue muy agradable poder hacer algunos amigos. Y descubrí que tienen un montón de actividades. Por ejemplo, conocí a una chica colombiana, y ella me habló de un pequeño encuentro que hicieron el pasado diciembre por el Día de las Velitas. —Sonrió—. Eso me hizo sentir…, no sé. Me recordó a la época en la que viví en Londres.

Cuando estábamos en Kent, a veces Pip se sentía sola de un modo que Jason y yo no conseguíamos hacerle olvidar. Solía decir que deseaba que su familia no se hubiese marchado de Londres, porque al menos allí tenía a sus abuelos y a una gran comunidad alrededor. Cuando se trasladó, con diez años, a nuestra pequeña ciudad de Kent, perdió esa comunidad. Pip era la única latina de nuestro curso.

Teniendo eso en cuenta y aceptando que era homosexual, Pip definitivamente decidió agarrar el toro por los cuernos en el sentido de

«intentar buscar gente en su entorno con quien pudiera relacionarse y tener

algún vínculo en un nivel más profundo debido a experiencias de vida compartidas».

—Me había olvidado de lo bien que se siente uno rodeado por tanta gente latina, ¿sabes? —continuó—. Nuestro colegio era tan blanco . Incluso aquí en Durham, todo en conjunto es bastante blanco. ¡Hasta la Sociedad del Orgullo es bastante blanca, en general!

Hizo un gesto a nuestro alrededor y, cuando miré, comprendí cuánta razón tenía, pues, a excepción de Sunil, Jess y un puñado de personas, la mayoría de los rostros de la habitación eran blancos.

—Estoy empezando a comprender lo mucho que me ha afectado estar…

rodeada de gente blanca todo el tiempo. Es como si ser gay y latina significara que… no iba a conocer a nadie que fuera igual que yo. Por muy agradable que resultara tener algunos amigos homosexuales en primero, todos eran blancos, así que no podía identificarme plenamente con ellos. —

Soltó una súbita carcajada—. Pero conocí a este tipo en la Sociedad Latinoamericana y tuvimos una increíble charla sobre ser gay y latino, y te juro por Dios que nunca me había sentido tan comprendida en toda mi vida.

Me encontré sonriendo. Porque mi mejor amiga estaba floreciendo ante mis ojos.

—¿Qué pasa? —dijo, al ver la sonrisa en mi cara.

—Es solo que me siento feliz por ti —contesté.

—Dios, qué boba eres.

—No puedo evitarlo. Tú eres una de las pocas personas que realmente me preocupan en el mundo.

Pip resplandecía como si estuviera muy complacida por ese hecho.

—Bueno, soy una muy popular y exitosa lesbiana. Es un honor conocerme.

—¿Exitosa? —Arqueé una ceja—. Eso es nuevo.

—En primer lugar, ¿cómo te atreves? —Pip se echó hacia atrás en su taburete con una expresión engreída—. Y en segundo, sí, puede que haya estado con una chica en la noche de discotecas de la Sociedad del Orgullo.

—¡Pip! —Me senté muy erguida, sonriendo—. ¿Por qué no me lo habías contado?

Se encogió de hombros, pero se la veía claramente complacida consigo misma.

—No fue nada serio, en plan, como si quisiera tener una cita con ella o algo así. Pero quería besarla, ambas queríamos besarnos, así que…

simplemente lo hicimos.

—¿Y cómo era ella?

Nos quedamos ahí sentadas en el bar y Pip me relató todo el encuentro con la chica de segundo año del Colegio Hatfield que estudiaba Francés y llevaba una bonita falda, y cómo no había significado nada especial, pero había sido divertido, y bueno, y estúpido y todo lo que ella quería tener al estar en la universidad.

—Es todo muy tonto, pero… me sirvió para darme esperanzas. Solo algunas. —Dejó escapar un suspiro—. Y… pensar que tal vez no vaya a estar sola para siempre. Que tal vez pueda tener la oportunidad de… poder ser yo misma aquí. Sentir que soy yo misma es algo bueno. —Se rio y luego se apartó los rizos de delante de los ojos—. No sé si alguna vez había sentido que ser yo misma era… algo bueno.

—Esa es la actitud —repliqué en tono de broma, pero supongo que en cierto modo lo pensaba.

—Bueno, si te planteas volverte homosexual, házmelo saber. Ahora que tengo contactos, podré emparejarte rápidamente con alguien.

Resoplé.

—Si al menos la sexualidad funcionara así.

—¿Te refieres a poder escogerla?

—Sí. Creo que, si pudiera, elegiría ser gay.

Durante un momento, Pip guardó silencio, y me pregunté si no habría dicho algo raro u ofensivo. Sin embargo, era la verdad. De haber podido elegir habría escogido ser gay.

Sabía que sentir preferencia por las chicas podría ser algo difícil cuando tú eras una chica. Normalmente lo era, al menos durante un tiempo. Pero también era algo bonito. ¡Tan jodidamente bonito!

Tener preferencia por las chicas cuando tú eres una chica te da poder. Te da luz. Esperanza. Alegría. Pasión.

Algunas veces a las chicas que les gustan las chicas les lleva tiempo descubrirlo. Pero cuando lo hacen, es como si volaran.

—¿Sabes una cosa? —dijo Pip—, la gente hetero no piensa para nada así.

—Ah, ¿no?

—Para nada. Pensar así es como dar el primer paso a comprender que eres lesbiana.

—Oh. Vale. —Me reí torpemente. Yo estaba bastante segura de que no era lesbiana. O quizá lo fuera y lo estuviera reprimiendo. O puede que solo fuera una «X» en la escala de Kinsey. Nada.

¡Dios! Estaba empezando a lamentar no haberme pedido algo con alcohol.

Nos quedamos en silencio durante un momento, sin que ninguna de las dos quisiera seguir ahondando en el tema. Normalmente Pip solía ser muy curiosa cuando sacábamos alguna cuestión importante, pero es posible que intuyera que había algunas cosas en las que no era oportuno mostrarse tan entrometida.

Deseé que se hubiera mostrado más inquisitiva.

Deseé haber podido encontrar las palabras para hablar de todo ello con mi mejor amiga.

—¿Y qué pasa con Jason y contigo? —empezó, y pensé: «Oh, no».

—Eh, ¿qué pasa con nosotros? —repliqué.

Pip resopló.

—¿Os habéis besado ya?

Sentí que me ponía como la grana.

—Eh, no.

—Bien. No puedo imaginaros besándoos. —Entornó los ojos y miró hacia algún punto en la distancia—. Sería como…, no sé, como ver a mis hermanos besándose.

—Bueno, probablemente vamos a tener que hacerlo en algún momento

—dije. Definitivamente, tendríamos que hacerlo.

Pip volvió a mirarme. No pude descifrar su mirada. ¿Estaba enfadada?

¿O simplemente lo encontraba raro?

—Hasta ahora nunca habías sentido interés por nadie—dijo—. Me refiero a que el asunto de Tommy fue…, bueno, a que te inventaste el flechazo. Fue casi sin querer.

—Sí —reconocí.

—Pero ahora… ¿De pronto te gusta Jason?

Parpadeé sorprendida.

—¿Cómo? ¿Es que no me crees?

Ella se inclinó ligeramente hacia delante y luego se volvió a enderezar.

—No estoy segura de entenderlo.

—¿Por qué no?

No quiso terminar la frase. Sabía que hacerlo sonaría irrespetuoso, pues implicaría asumir algo sobre mi sexualidad, pero ambas lo pensábamos.

Ambas estábamos pensando en que probablemente no me gustaban los hombres.

No supe qué decir, porque no podía rebatírselo.

Quise decirle que no me sentía segura sobre nada y que todo el tiempo tenía la sensación de ser un bicho raro hasta el punto de odiarme a mí misma. Era una chica que lo sabía todo sobre la sexualidad por Internet, pero que no era capaz de descubrir quién era, que ni siquiera podía hacer un cálculo aproximado, cuando todo el mundo parecía encontrarlo tan tan sencillo. O, si no lo encontraban sencillo, atravesaban momentos difíciles en el instituto y, para cuando alcanzaban mi edad, ya estaban besándose y teniendo sexo y enamorándose todas las veces que querían.

Lo único que conseguí decir fue:

—No sé bien lo que siento.

Pip sabía que yo no le estaba contando todo lo que rondaba por mi cabeza. Siempre lo sabía.

Me cogió la mano y la sostuvo.

—No pasa nada, amiga —dijo—. Está bien así.

—Lo siento —murmuré—. Soy un desastre para explicar las cosas.

Suena todo tan falso.

—Me tienes aquí para hablar siempre que quieras, tía.

—Vale.

Tiró de mí para darme un abrazo, y mi cara quedó aplastada contra su cuello.

—Sal con Jason un tiempo si quieres. Solo te pido que… no le hagas daño, ¿vale? Sé que parece siempre muy tranquilo y contenido, pero es alguien muy sensible después de toda la mierda que vivió con Aimee.

—Lo sé. No lo haré. —Levanté la cabeza—. ¿De verdad te parece bien la idea?

Su sonrisa fue forzada y dolorosa, y casi me rompió el corazón.

—Por supuesto. Te quiero.

—Yo también te quiero.

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