Sócrates
La guerra del Peloponeso y el destino de Atenas
Dos años antes de la muerte de Feríeles dio comienzo la guerra del
Peloponeso, que causó estragos en el mundo griego durante casi treinta
años, del 431 a. C. al 404 a. C., y fue testigo del enfrentamiento entre la
Liga del Peloponeso, dirigida por Esparta, y la Liga Delio-Ática,
capitaneada por Atenas. Bajo el mando de Pericles, y violando los
acuerdos precedentes, Atenas estaba imponiendo su propia hegemonía
sobre diversas póleís griegas, recurriendo incluso al uso de la fuerza.
Tras el enésimo episodio de agresión, Esparta decidió declarar la guerra.
El del Peloponeso fue un conflicto que se desarrolló en tres fases. En la
primera, llamada decenal o arquidámica por el rey espartano Arquídamo,
quien Invadió el Ática, tanto Atenas como Esparta obtuvieron diversas
victorias; dadas las condiciones de sustancial paridad, en el 421 a. C. las
dos póleis firmaron la paz de Nicias con la que se comprometieron a
mantener una tregua de cincuenta años. No obstante, ya en el 418 a. C.
se volvió al enfrentamiento, dando lugar a la segunda fase en la que los
espartanos lograron algunos éxitos, aunque no fueron determinantes. La
situación se desbloqueó en el 413 a. C., fecha en que Esparta ocupó
Decelia en Ática, lo que significó el inicio de la tercera y última fase,
llamada deceleica. A estas alturas de la guerra los principales
enfrentamientos tuvieron lugar en el mar. Atenas logró algunas victorias,
como la de las Arginusas en el 406 a. C., que sin embargo se convirtió
en una auténtica cuestión de Estado. A finales del verano de aquel año,
una flota ateniense de 150 naves trirremes y una espartana también de
150 trirremes dirigida por Calicrátidas se enfrentaron cerca de las islas
Arginusas, situadas en el canal entre la isla de Lesbos y el Asia Menor.
La flota ateniense ganó la batalla pero perdió unos veinticinco trirremes.
Debido a las malas condiciones del mar, los estrategos atenienses se
vieron además obligados a abandonar a los náufragos a su propia
suerte. A pesar de la victoria, de vuelta en Atenas, seis de ellos fueron
procesados por la asamblea popular y condenados a muerte. Otros dos,
en cambio, lograron huir. Entre los condenados estaba también el hijo de
Pericles. El proceso representó el momento más crítico de la democracia
ateniense: si bien es cierto que hubo responsabilidades por parte de los
comandantes, quedó igualmente demostrado que el proceso se
desarrolló en modo sumario, sin que se especificaran las culpas de cada
acusado.
El destino de Atenas cambió precipitadamente; de hecho, justo al año
siguiente perdió toda su flota y, por consiguiente, también la hegemonía
marítima. Finalmente, Esparta venció en el conflicto debido a que
Atenas, por entonces exhausta decidió rendirse. Aun así, en realidad
todas las póleis griegas perdieron de resultas de una guerra tan larga y
lacerante, que las empobreció y las debilitó. Tras la derrota sufrida en el
404 a. C., se instauró un régimen oligárquico filoespartano y
antidemocrático constituido por treinta ciudadanos, los Treinta Tiranos,
que destacaron por su ferocidad al perseguir a sus enemigos políticos y
personales. Entre los Treinta sobresalía indudablemente la figura de
Critias, discípulo de Sócrates y tío de Platón. A Sócrates, como veremos,
la ciudad no le perdonaría que fuera el maestro de uno de los tiranos
más despiadados. Sin embargo, el régimen de los Treinta no duró ni
siquiera un año: en el 403 a. C. la revuelta democrática dirigida por
Trasíbulo derribó a los oligarcas y restauró la democracia en Atenas. El
propio Critias encontró la muerte durante aquellos altercados.