Sócrates

Beatrice Collina · Capítulo 25 de 46

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Sócrates

La ironía y la mayéutica

 

Otro elemento fundamental del método socrático, que acabará íntimamente ligado a los precedentes, es la ironía. No obstante, para comprender totalmente la noción socrática de ironía debemos distanciarnos, al menos en parte, del uso que hacemos hoy del término. También en este caso, la etimología de la palabra nos da una pista: en griego, eironéia significa de hecho «disimulo», y disimular es precisamente lo que hacía Sócrates ante sus interlocutores, en particular ante aquellos que se mostraban seguros de sus propios conocimientos. En estos casos. Sócrates iniciaba el diálogo adulando al adversario, exaltando su fama y su habilidad y animándolo así a exponer su propia opinión. El filósofo, en cambio, se presentaba al público como un ignorante que se dirigía a los verdaderos sabios para aprender.

Sócrates fingía por tanto con astucia y se burlaba de sus presuntuosos

interlocutores, construyendo una auténtica farsa de la que sus contrincantes se percataban cuando ya era demasiado tarde. Se puede pensar en la ironía como el marco dentro del cual Sócrates empleaba las técnicas del «¿Qué es?», de la refutación, de las ocurrencias rápidas y concisas. Todo esto desenmascaraba a los falsos sabios: los llevaba a contradecirse, a mostrar que no eran en absoluto expertos. Enfrentarse a Sócrates debía de significar tener la garantía de hacer el ridículo.

Por la forma en que utilizaba la ironía, podemos captar fácilmente otro matiz. Es

cierto que el filósofo estaba sinceramente convencido de sus propias limitaciones cognitivas, pero también que estaba muy seguro de sí mismo y se situaba de manera evidente por encima de sus interlocutores. Solo quien es consciente de ser superior a su adversario puede burlarse de él con tanta destreza y habilidad, y sin que se dé cuenta. De este modo, la ironía se presentaba como un medio irreverente, aunque Sócrates la utilizaba siempre por una causa justa. Para él, la ironía era un auténtico método, que debía ser utilizado de modo sistemático y siempre con una finalidad precisa.

Con todo, resulta interesante observar que los testimonios sobre la ironía socrática

nos han llegado en su mayoría a través de los textos platónicos. De hecho, solo en casos muy aislados encontramos referencias en Jenofonte, y Las nubes de Aristófanes no representan un texto útil en ese sentido. Consideremos, sin embargo, el siguiente fragmento extraído del diálogo Gorgias, en el que Sócrates conversa con el político Calicles sobre qué hace a un hombre superior (en el sentido de mejor) a otro:

Pues bien, afortunado amigo, también yo vengo sospechando hace tiempo que es a eso a lo que tú llamas más poderoso, y te pregunto porque deseo afanosamente

saber con claridad lo que quieres decir. Pues, sin duda, tú no consideras que dos juntos son mejores que uno solo, ni a tus esclavos mejores que tú mismo porque sean más fuertes que tú. Sin embargo, di, comenzando de nuevo, ¿qué entiendes por los mejores, puesto que no son los más fuertes? Y, admirable Calicles,

enséñame con más dulzura para que no me marche de tu escuela[14].

En estas líneas es evidente el intento sarcástico de Sócrates frente a Calicles,

quien rebatirá justo después y con tono crispado: «Estás ironizando, Sócrates». El filósofo ridiculiza aquí una afirmación anterior de su interlocutor, que identificaba a los hombres mejores con los más fuertes: si así fuese, en realidad, incluso los esclavos de Calicles serían mejores hombres que él. Y está claro que Calicles, respetable político, no habría podido aceptar tal afirmación. Sócrates finge por tanto no haber entendido y le pide a su interlocutor, «hombre extraordinario», que le explique de nuevo y de forma más sencilla cuál es su postura al respecto.

La ironía, la refutación, las preguntas apremiantes, la demanda de definiciones

precisas eran elementos que caracterizaban el método socrático, aunque poseían un carácter ambivalente, negativo y positivo a la vez. En las fases iniciales, estas técnicas tenían como objetivo desenmascarar los prejuicios y cuestionar las certezas de los demás; en esto consistía el momento destructivo del diálogo socrático. Sin embargo, para Sócrates no se trataba de humillar al oponente, demostrando sus límites y su ignorancia; hacer tabula rasa era el punto de partida, pero no bastaba. Llegados a este punto, el filósofo podía iniciar la segunda fase de la discusión, la constructiva. Su objetivo no consistía en convencer al interlocutor para que compartiese sus ideas, sino en estimularlo para que razonase y formulase sus propias consideraciones. Sócrates se presentaba así como un guía y no como el guardián de una verdad ya escrita.

La capacidad que tenía de «sacar» razonamientos autónomos de sus interlocutores

se ha definido como arte mayéutico. La mayéutica (en griego, maieutiké téchne) era en realidad la técnica de las matronas de traer al mundo a los niños. Es aquí evidente la fuerte referencia biográfica a la profesión de la madre de Sócrates: igual que Fainarate ayudaba a las mujeres a dar a luz, Sócrates, «obstetra de las almas», ayudaba a los hombres a dar a luz reflexiones serias y argumentadas. La mayéutica es por tanto una metáfora, y a través de ella se logra comprender aún mejor la verdadera esencia del método socrático.

Con todo, se ha seguido debatiendo durante mucho tiempo la introducción del

término mayéutica con relación al enfoque de Sócrates: ¿fue el propio filósofo el primero en utilizar esta metáfora o es una atribución posterior debida a Platón en particular? En efecto, el pasaje más célebre donde se describe el arte mayéutico se encuentra precisamente en el diálogo platónico Teeteto, donde es el mismo Sócrates quien describe este arte:

Mi arte como mayéutico se parece en todo al de las matronas, pero se diferencia en esto: la primera ayuda a dar a luz a hombres y no a mujeres y se encarga de las almas creadoras y no de los cuerpos. Y no solo eso, sino que el significado mayor de mi arte es que yo consigo, mediante él, discernir con toda seguridad si la mente del joven da a luz fantasía y mentira o más bien cosas vitales y verdaderas. Justo esto es lo que tengo en común con las matronas: yo también soy estéril, estéril en sabiduría: y muchos me reprochan que yo interrogo a los demás, pero no manifiesto nunca, sobre nada, mi pensamiento, y lo hacen con razón. […] Yo mismo, por tanto, no soy sabio en absoluto ni se ha generado en mí ningún descubrimiento que sea fruto de mi alma. En cambio, los que traban relación conmigo, a pesar de que al principio algunos de ellos se revelan absolutamente ignorantes, todos, después, tras vivir en íntima relación conmigo, (…) progresan de forma maravillosa, como creen ellos mismos y los demás. Y está claro que de mí jamás aprendieron nada, sino que ellos, por sí mismos, han encontrado y

generado muchas cosas bellas [15].

El término mayéutica no aparece de forma explícita en los testimonios de

Aristófanes y Jenofonte. Sin embargo, en Las nubes es posible localizar un breve pasaje sarcástico que hace referencia justo al trabajo de las obstetras. Cuando el protagonista Estrepsíades se dirige a su retiro, un discípulo de Sócrates lo reprueba bruscamente: «Eres un maleducado, por Zeus, tú, has dado a la puerta una patada tan fuerte, y sin ningún cuidado, que me has hecho abortar una idea que acababa de tener». Se trata de una alusión de pasada, pero podría bastar para convencemos de que la afinidad entre el método de Sócrates y la técnica de las matronas fuese ya evidente para los contemporáneos del filósofo. Puede que no fuera Sócrates quien se autodefinió como «obstetra de las almas», sino alguno de sus seguidores o de sus críticos. Aunque podemos excluir legítimamente que la mayéutica sea una invención posterior a Platón.

Pero ¿cuál era la finalidad última de la mayéutica? Para Sócrates, se trataba de

hacer aflorar, a través del razonamiento, las opiniones de sus interlocutores. En este sentido, justo la identificación de definiciones precisas y adecuadas de cada una de las nociones y los conceptos enjuego, mediante la pregunta «¿Qué es?», constituía una fase crucial.

La profunda necesidad de elaborar definiciones precisas y adecuadas se

presentaba como una clara respuesta al relativismo, incluso lingüístico, que había caracterizado la filosofía de los sofistas. Para Sócrates, el lenguaje ya no era un instrumento sin más fin que sí mismo o un medio para vaciar de significado cualquier argumento. Considerar la búsqueda como un proceso incesante no significaba para él renunciar a tener ideas firmes. Así, el lenguaje se convertía en un aliado.