Sócrates
La cosmología y la idea griega del universo
La cosmología (del griego kósmos, «universo», y logos, «discurso») tenía como objetivo el estudio de la estructura y las leyes del universo. Debemos recordar que la cosmología no estaba en absoluto interesada en investigar cuestiones como el origen del universo, sino que tenía principalmente una función descriptiva. La pregunta a la que intentaba dar respuesta era: ¿cómo está hecho el universo?, o mejor aún: ¿cómo debería estar hecho para justificar lo que observamos desde la Tierra, como, por ejemplo, el movimiento de los planetas y de las constelaciones? En realidad debemos recordar que los griegos, a pesar de ser excelentes astrónomos, contaban con unos instrumentos científicos aún bastante limitados; trataban, por lo tanto, de elaborar conjeturas verosímiles para explicar lo que observaban en el cielo.
Téngase entonces en cuenta que el término con que los griegos
designaban el universo, kósmos, presentaba también un segundo significado: «orden». Se trata de un indicio fundamental: para el pensamiento griego, el universo era en realidad un todo ordenado y armónico que, como podemos reconocer en distintos mitos, había sido generado por un caos inicial. También Platón, en el diálogo Timeo, propuso un relato sobre el nacimiento del universo en línea con la típica concepción griega: el demiurgo (es decir, el artífice del universo), inspirándose en el mundo perfecto de las ideas, habría modelado la materia caótica confiriéndole forma y orden. Asimismo, recordemos que la contraposición entre cosmos y caos asumía también un valor ético y estético: el orden equivalía al bien y a la belleza de la misma manera que el desorden equivalía al mal y a la fealdad.
Son cinco las fases que se pueden identificar en este contexto. La primera,
denominada presocrática (siglos VII-V a. C.), sitúa en el centro de la propia investigación el problema cosmológico, es decir, el estudio del universo y sus leyes. No debe sorprender el hecho de que los primeros filósofos se interesasen por este tema: ¡qué maravilloso desafío debió de representar para ellos poder explicar los fenómenos naturales, tan fascinantes como misteriosos, evitando referirse a mitos o fuerzas sobrenaturales! El hombre se considera una mera parte —entre otras— de este todo. Son numerosos los filósofos protagonistas de esta fase, pero pueden reagruparse en dos tradiciones fundamentales. La primera es la fisicalista, que se pregunta cuáles son los elementos físicos que constituyen el universo. Aunque presentan notables diferencias entre sí, se incluyen en esta corriente figuras como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Empédocles de Agrigento, Anaxágoras de Atenas y Demócrito de Abdera. La otra tradición se define como lógico-racionalista y se interesa específicamente por la identificación de las leyes que regulan el universo. Sus principales exponentes son Pitágoras (y su escuela), Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea.
La segunda fase es la socrático-sofística (segunda mitad del siglo V a. C.), dentro
de la cual se invierten las prioridades de la investigación. Ahora, el elemento central es el hombre, ya no la naturaleza, el universo y sus leyes; la reflexión asume de esta forma una inclinación antropológica. Este cambio de perspectiva no nos debe sorprender. En el siglo V a. C. nos encontramos, de hecho, en la culminación de la primera experiencia democrática de la historia: la polis (ciudad-Estado) griega, y en particular Atenas, se convierte en el escenario del compromiso político directo a favor de la propia comunidad, un contexto donde las opiniones no se imponen con la fuerza física, sino con la eficacia de la mejor argumentación. Incluso dentro de la tradición sofística se pueden distinguir dos orientaciones precisas de estudio: la moral y la lingüística. La primera, en particular con Protágoras, identifica el patrón utilitarista, según el cual la utilidad es el único criterio de elección, como principio guía del comportamiento humano. Se trata sin embargo de un utilitarismo no individualista, como en cambio se suele concebir en la filosofía moderna: en la polis, de hecho, la comunidad se antepone siempre al individuo. Por otro lado, en la orientación lingüística, figuras como Gorgias hacen hincapié en el carácter convencionalista del lenguaje, y demuestran cómo a través de los instrumentos de la retórica este puede convertirse en una potente arma de persuasión. Como veremos, la relación entre los sofistas y Sócrates es compleja. El problema reside en identificar los elementos de continuidad, pero sobre todo los de ruptura, que permiten a Sócrates trazar el nuevo rumbo tanto de la filosofía griega como de todo el pensamiento occidental.
En al fresco La escuela de Atenas, realizado en la Sala de la Signatura de los Pala-cios Apostólicos, Rafael representó a los más grandes filósofos de la Antigüedad: Platón y Aristóteles, ubicados en el centro del fresco, y Sócrates, a la izquierda y de perfil, conversando.
La tercera fase en la historia de la filosofía griega (siglo IV a. C.) se caracteriza
por la aportación de dos gigantes. Platón y Aristóteles.
Ambos desarrollan su propia reflexión a partir del pensamiento socrático, aunque
los resultados a los que llegan son totalmente distintos, casi opuestos. El interés primordial se hace metafíisico y ontológico: se cuestionan cuáles son los fundamentos del ser.
Si la respuesta de Platón es idealista, puesto que sitúa los principios máximos en
el mundo superior de las ideas, la respuesta de Aristóteles es, por el contrario, naturalista, ya que localiza los fundamentos en el mundo terreno y los considera inseparables de la realidad natural.
La cuarta fase (del siglo IV a. C. al siglo II d. C.) corresponde al período
helenístico. La situación histórica, caracterizada por el declive definitivo de las póleis griegas, incide con fuerza en las corrientes de pensamiento que nacen y se extienden. Aunque sobrevivan tanto las escuelas de tradición platónica como las de tradición aristotélica, el clima de incertidumbre suscitado por las turbulencias políticas y agravado primero, por las conquistas de Filipo II de Macedonia y, más tarde, por las de Alejandro Magno, comporta profundas consecuencias: se desmoronan el sentido de comunidad que caracterizaba a la polis y el compromiso político al que estaban llamados sus ciudadanos. Los individuos están cada vez más desarraigados del propio tejido social y se sienten aislados unos de otros. En esta nueva soledad florecen tradiciones individualistas que proponen modelos de «buena vida». De esta forma, los temas éticos se hacen centrales en las escuelas epicúrea y estoica, pero no se asocian jamás con la política, que ahora se considera lejana y abstracta.
La quinta y última fase (del siglo II-III d. C. al siglo VII), el neoplatonismo,
funciona como bisagra entre la antigua tradición de la filosofía griega y la tradición cristiana. Los filósofos de este período retoman los temas metafísicos que tanto gustaban a los principales pensadores griegos, sobre todo a Platón, y los conjugan con las creencias religiosas de origen oriental. También es típica de esta fase la descentralización geográfica de los lugares donde se establecen o se difunden las escuelas filosóficas: si bien es cierto que el neoplatonismo sigue perteneciendo a la tradición griega, sus mayores exponentes, entre quienes se encuentran Plotino (siglo III d. C.) y Proclo (siglo V d. C.), actúan sobre todo fuera de Grecia, en particular en el norte de África. También esta fase, tanto si no más que la precedente, viene marcada por una auténtica huida del mundo: la realidad externa se considera un lugar de incertidumbre, de conflicto, y esto explica el porqué de una investigación intelectual cada vez más encaminada a la interioridad.
Tener en mente esta primera contextualización histórica resulta fundamental para
nuestra reconstrucción del pensamiento socrático. Con esta finalidad, en el texto que sigue se ha intentado, ante todo, hacer hablar a las fuentes principales, resaltando las analogías y las diferencias. Las obras sobre Sócrates de los testigos directos más importantes, es decir, el comediógrafo Aristófanes, el filósofo Platón y el historiador Jenofonte, en realidad resultan complementarias entre sí por dos motivos: en primer lugar, cada uno de ellos estableció una relación distinta con Sócrates el hombre; por otro lado, leen a Sócrates como exponentes de disciplinas distintas, por lo que resaltan aspectos diferentes.
Además, se ha querido proporcionar distintos análisis en profundidad, históricos y
culturales, del determinado contexto histórico donde le tocó ejercer a Sócrates con el fin de subrayar todas sus peculiaridades, En efecto, a pesar de que el nacimiento de la cultura occidental se remonta comunmente a la Grecia antigua, no se debe caer en el error de sugerir paralelismos engañosos entre aquel mundo y el nuestro. Desde el punto de vista político, la realidad griega se caracterizaba por una profunda fragmentación: no existía ningún Estado central, sino muchas pequeñas póleis que competían constantemente por el poder y se organizaban de modo distinto dentro de sus fronteras. Con relación a esto, veremos qué difícil resultaría comparar ni siquiera la democracia ateniense, en la que vivió Sócrates, con las experiencias democráticas actuales. Desde el punto de vista social, existía una rígida jerarquía, inconcebible hoy en día en el mundo occidental; al mismo tiempo, se respiraba una notable sensibilidad hacia temas que Occidente consideró tabúes durante mucho tiempo, como la homosexualidad, por ejemplo. Por último, desde el punto de vista religioso, los griegos eran politeístas, es decir, creían en la existencia de numerosas divinidades con características típicamente humanas.
Como ya hemos señalado, la importancia de la aportación de Sócrates al
desarrollo del pensamiento occidental se ha reconocido desde siempre. No es casualidad, por lo tanto, que hayan sido muchos los filósofos, incluso entre los modernos y los contemporáneos, que han sentido la necesidad de enfrentarse a esta figura. No obstante, cabe subrayar que ha sido precisamente la falta de escritos socráticos lo que ha favorecido la difusión de un amplio número de interpretaciones, a menudo incluso en fuerte contraposición entre sí: a partir de una única idea se han extraído las lecturas más dispares. Por este motivo, se ha considerado necesario dedicar una última sección al análisis del modo en que importantes autores han valorado la filosofía socrática, resaltando en cada caso los elementos que las diferencian. Las interpretaciones analizadas no son en absoluto exhaustivas, pero nos transmiten una idea sobre las múltiples posibilidades de reflexión que el pensamiento socrático aún puede ofrecer.