Sócrates
Dominio de sí, libertad interior y autosuficiencia
Retomemos ahora el vínculo específico entre virtud y felicidad; si Sócrates pensaba que esta última no consistía en absoluto en la posesión de cosas materiales y la satisfacción de las pasiones corporales, no resulta entonces sorprendente que tres elementos, distintos pero conectados entre sí, se conviertan en ejes de su moral: el dominio de sí, la libertad interior y el ideal de autosuficiencia del sabio.
El término griego utilizado para designar el dominio de sí es enkráteia, y es
posible encontrarlo con relación al pensamiento de Sócrates tanto en Jenofonte como en Platón. Para Sócrates, el autodominio consistía en la capacidad del alma de controlar las pulsiones del cuerpo, los desórdenes derivados de la búsqueda inmediata del placer físico; es el alma la que debe gobernar sobre el cuerpo, y no viceversa. La capacidad de gobernarnos a nosotros mismos y no convertirnos en esclavos de nuestros impulsos era para Sócrates una actitud virtuosa que conducía a la felicidad. La asunción de una actitud controlada, moderada y ordenada contrastaba así con la que permitía identificar el bien supremo y la felicidad con la satisfacción de los placeres corporales. Sin el dominio de sí, para Sócrates, el hombre no era más que un animal salvaje.
Con relación a esto, en los Recuerdos, Jenofonte narraba el siguiente diálogo
entre Sócrates y Eutidemo:
—Me parece, Sócrates —le dijo—, que das a entender que a un hombre dominado por los placeres corporales no se le da nada en absoluto de valor ni virtud ninguna.
—Pues dime tú, Eutidemo —dijo él—, ¿en qué se diferencia un hombre sin dominio de sí de la más bruta de las alimañas? Porque uno que lo que más importa no lo mira y que anda buscando hacer lo más agradable, sea como sea,
¿en qué puede distinguirse de las más estúpidas cabezas de ganado? [21]
La concepción utilitarista de la moral
El utilitarismo es un concepto moral moderno, inaugurado oficialmente por Jeremy Bentham (1748-1832). Abrazando una visión hedonista, consideraba que la conducta moralmente aceptable sería la que tiene como objetivo alcanzar el máximo placer; yendo a lo concreto, es precisamente la utilidad el criterio que guía la acción moral: es útil todo lo que tiene como consecuencia el mayor placer del mayor número de
individuos. De este modo, un comportamiento egoísta tendrá sin embargo resultados altruistas: el placer del individuo en realidad no puede prescindir del bienestar de las personas que lo rodean. Así, debe subrayarse que para Bentham los placeres no son algo a lo que el individuo pueda de momento abandonarse; por el contrario, este debe efectuar un cuidadoso cálculo, valorando cuál es el placer más duradero entre las distintas posibilidades en juego y teniendo en cuenta incluso las eventuales consecuencias de su elección. El objetivo de Bentham era por tanto el de transformar la moral en una ciencia exacta a través de un preciso cálculo cuantitativo.
John Stuart Mill (1806-1873) retomó la idea de Bentham, pero
modificándola. En primer lugar, Mill sustituyó la noción de placer por la de felicidad, que consideraba menos restrictiva Además, introdujo una distinción cualitativa entre los distintos placeres, evidenciando que algunos eran más deseables que otros; en este contexto, la educación tenía para Mill un papel fundamental, puesto que a través de ella los individuos podían comprender cuáles eran los placeres de mayor valor.
A pesar de las diferencias entre sus posturas, tanto el de Bentham
como el de Mill se han definido como utilitarismo clásico, y ha tenido un fuerte impacto incluso en otras disciplinas, como la económica.
No debe sorprendernos que el dominio de sí sea un elemento esencial del
pensamiento socrático. Si, para el filósofo, la característica que diferencia a los hombres de todos los demás seres vivos es la capacidad de reflexión, se deduce que solo cuando los hombres la ponen en práctica, realizan por completo su ser. El control de los propios impulsos se convierte así en uno de los modos mediante los que la racionalidad humana se expresa de forma concreta.
En relación con las fuentes platónicas, en el diálogo Gorgias encontramos un
Sócrates que se afana en defender enérgicamente la importancia del autocontrol y en oponerse a la noción hedonista de felicidad representada por el personaje de Calicles. La perspectiva socrática se resume de esta forma:
CALICLES: ¿Qué entiendes por gobernarse a sí mismo? SÓCRATES: Bien sencillo, lo que entiende la mayoría: ser moderado y dueño de
sí mismo y dominar las pasiones y los deseos que le surjan[22].
La noción de dominio de sí se vincula inmediatamente con la de libertad
(eleutheria), que Sócrates concibió en un modo completamente original. A diferencia de sus predecesores griegos, fue Sócrates quien separó la noción de libertad de los ámbitos jurídico y político con los cuales se solía relacionar hasta aquel momento; según esa perspectiva, la libertad consistía principalmente en la libertad del ciudadano, considerado como posesor de derechos políticos; obviamente, se trataba ya de una visión muy adelantada para la época, que contraponía a los ciudadanos griegos con los súbditos de los Estados absolutistas orientales.
Sin embargo, Sócrates fue más allá, y se ocupó no solo de la libertad del
ciudadano, sino también de la libertad del individuo. Le dio la vuelta, por lo tanto, a la noción de libertad: ya no era una libertad exterior y política, sino una libertad interior y personal. Ser libre se convirtió en una condición extremadamente íntima y privada, solo al alcance de quienes se daban cuenta de la vacuidad de los placeres corporales y los bienes materiales. Poner en práctica el autodominio equivalía a romper cualquier esclavitud interior; en efecto, ¿cómo puede ser libre quien se deja llevar de forma totalmente irracional por placeres ilusorios?
En este caso es Jenofonte quien nos ofrece un valioso testimonio, una vez más
extraído del diálogo entre Sócrates y Eutidemo:
—Óyeme, Eutidemo —díjole—: ¿consideras tú que sea alguna hermosa y magnífica posesión, así para un hombre como para un pueblo, la libertad? —Como la que más de todas pueda serlo.
—Aquel pues que se ve gobernado por los deleites corporales y que no puede por culpa de ellos hacer lo que mejor sea, ¿piensas tú de ese que sea libre? —De ninguna manera.
—Será tal vez porque te aparece que lo propio del libre es hacer lo que mejor sea, y que tener por ende quienes impidan obrar así será cosa de esclavos. —A fe mía que sí, seguramente.
—Y ¿qué te parece: que los que no se dominan se ven tan solo impedidos de hacer lo mejor que sea o que forzados se ven también a cometer lo peor y más vil que haya?
—No menos me parece a mí —repuso— que se vean obligados a hacer esto que impedidos de lo otro.
—Y ¿qué tales dueños consideras tú a los que impiden lo más noble y fuerzan a lo peor?
—Pues, a fe, todo lo peor que decir se pueda.
—¿Y qué clase de esclavitud estimas tú que sea la peor de todas? —Yo, por supuesto, aquella en que se sirva a los peores amos. —A la peor, por tanto, de las esclavitudes sometidos están los que no se dominan a sí mismos.
—Así es lo que yo creo [23].
Observamos que en este contexto la libertad, aun siendo interior, siempre está
vinculada a la facultad racional del ser humano, no a la volitiva. No se trata por tanto de una libertad entendida como libre albedrío o como libertad de elección, que, a partir de los pensadores cristianos, será la base de la responsabilidad moral personal. La libertad, igual que la virtud, la felicidad y el dominio de sí, pertenecía exclusivamente al ámbito de la razón. Dominio de sí y libertad interior nos conducen a un tercer elemento: el ideal de la autosuficiencia (o autarquía) del hombre virtuoso. Este se basta por sí mismo, no necesita las cosas del mundo para ser feliz, sino que encuentra en su interior las razones para serlo. No es esclavo de las pasiones y las riquezas. Como veremos, este aspecto será retomado y llevado a sus últimas consecuencias por la corriente filosófica cínica, una de las principales articulaciones de la herencia socrática.
En este contexto solo quedan por hacer un par de aclaraciones respecto a la
perspectiva ética de Sócrates. La primera es relativa al tema del placer. Hay quien ha interpretado la postura del filósofo como una postura hedonista, en virtud de un pasaje del diálogo Protágoras, donde Platón hace afirmar al personaje Sócrates que la felicidad se identificaría precisamente con el placer. En realidad, este es el único punto donde es posible encontrar tal afirmación; además, la lectura hedonista de Sócrates en absoluto tiene en cuenta las circunstancias en que se pronuncian dichas palabras; para el filósofo, el placer no es un mal per se, sino que se convierte en él si el individuo no lo controla adecuadamente; el placer asume un significado negativo tan solo en el momento en que el hombre se convierte en su esclavo y no consigue dominarlo con la razón. Incluso basándose en las posiciones socráticas ya mencionadas, parece totalmente fuera de lugar una afirmación de este tipo que, por otro lado, no se confirma en ningún otro sitio.
Se pueden hacer consideraciones similares sobre el tema de lo útil. También en
este caso, algunos intérpretes han lanzado una hipótesis según la cual Sócrates habría permitido identificar el bien con lo útil, encasillando así al filósofo como un utilitarista. Esta interpretación se basa en algunos pasajes de los textos de Jenofonte; por ejemplo, el siguiente:
—Entonces, Eutidemo, ¿también para investigar el bien y lo que es bueno hay que seguir ese camino?
—¿Qué camino? —dijo él.
—¿Te parece a ti que una misma cosa es útil para todos? —No, no tal.
—Y veamos: lo que es útil para uno, ¿no te parece que es a veces dañino para otros?
—Ya lo creo —respondió.
—Pero ¿puedes tú decir que haya alguna cosa que sea buena sino la que es útil? —No por cierto —contestó.
—Algo pues que es útil, ¿será bueno para todo aquel que sea útil?
—Eso creo —contestó [24].
No obstante, ya hemos visto que para Sócrates el bien se identifica con la virtud,
que a su vez se identifica con la ciencia, entendida como búsqueda. Estos breves pasajes deben por tanto contextualizarse siempre y no interpretarse como una perspectiva socrática dominante. Mucho más si se considera que en este caso a quien se recurre es a Jenofonte, es decir, al testimonio más histórico y menos filosófico sobre Sócrates.