Sócrates

Beatrice Collina · Capítulo 15 de 46

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Sócrates

El papel de la mujer en la Atenas clásica

 

Mujeres griegas transportando

agua. Vasija ática con figuras ne-

gras, siglo VI a. C. (Museo Metro-politano de Arte de Nueva York).

 

La Atenas clásica representó el laboratorio de democracia más

importante de la Antigüedad. Pero ¿qué papel se les reconocía a las

mujeres? Si bien es cierto que el mundo griego en su conjunto estaba

claramente dominado por la figura masculina, no es menos cierto que las

condiciones de las mujeres atenienses eran probablemente las peores

de toda Grecia; todo esto sucedía justo en el período de mayor esplendor

político y cultural de la ciudad y, a nuestros ojos, podría parecer casi

paradójico. Son pocas las mujeres griegas que han pasado a la historia:

la famosa poetisa Safo representa un caso excepcional; pero quizá lo

más interesante que se puede resaltar es que ninguna de esas mujeres

provenía de Atenas.

Allí, muchas niñas eran abandonadas un día después de su

nacimiento; en muchos casos, familias sin escrúpulos las recogían para

luego obligarlas a prostituirse desde la más tierna infancia. Las que se

salvaban de una suerte parecida tampoco tenían expectativas mejores.

Eran tratadas como objetos propiedad del padre y no se les ofrecía

ningún tipo de educación, ni siquiera en aquellas disciplinas que en otros

lugares, incluso dentro de Grecia se consideraban propias de la

formación femenina como la danza y el canto. Totalmente dependientes

e incultas, se las obligaba a casarse cuando eran poco más que niñas

con hombres mucho mayores que ellas, a menudo familiares, con el

objetivo de no dispersar las riquezas que por ley debían entregar como

dote. Desde ese momento, pasarían toda su existencia apartadas en

casa, pues no se consideraba digno que una esposa se dejase ver en

público y delante de desconocidos. Su función no era otra que el cuidado

de las labores domésticas y la procreación de hijos legítimos.

Los hombres atenienses podían tener relaciones extramatrimoniales,

relaciones que, por otro lado, estaban reguladas jurídicamente. De esta

forma, además de la esposa, podían tener una concubina, que a menudo

vivía en la misma casa. La concubina, que debía cumplir con la

obligación de absoluta fidelidad, tenía en la práctica las mismas

funciones que la esposa, pero no ocupaba el mismo rango en la jerarquía

interna de la familia. De forma parecida a sus hijos se les reconocía un

estatus jurídico, pero diferente al de los hijos legítimos.

Por último, estaba la hetera (o hetaira; literalmente, «compañera»), a

la que se pagaba no solo por sus prestaciones sexuales, sino también

por una relación de tipo intelectual; las heteras no eran por tanto simples

prostitutas, sino también acompañantes que, de forma distinta a las

esposas y concubinas, podían apoyar al hombre en sociedad. Por esta

razón, entre el hombre y la hetera se creaba un vínculo que sin duda no

era exclusivo, pero tampoco ocasional.

Fuera cual fuese el papel desempeñado por las mujeres en Atenas,

es evidente que se las relegaba a una condición de marginalidad social y

subordinación y se las mantenía a propósito en un estado de ignorancia

que en la práctica las hacía incapaces de expresarse, reaccionar y

realizarse. La exclusión total de la vida pública era inevitable. Hasta las

relaciones homosexuales (de las que hablaremos más adelante) se

consideraban de mayor valor respecto a las mantenidas entre un hombre

y una mujer, por el hecho de que esta última era vista como un ser

inferior de quien no podía venir nada bueno.