Sócrates
El papel de la mujer en la Atenas clásica
Mujeres griegas transportando
agua. Vasija ática con figuras ne-
gras, siglo VI a. C. (Museo Metro-politano de Arte de Nueva York).
La Atenas clásica representó el laboratorio de democracia más
importante de la Antigüedad. Pero ¿qué papel se les reconocía a las
mujeres? Si bien es cierto que el mundo griego en su conjunto estaba
claramente dominado por la figura masculina, no es menos cierto que las
condiciones de las mujeres atenienses eran probablemente las peores
de toda Grecia; todo esto sucedía justo en el período de mayor esplendor
político y cultural de la ciudad y, a nuestros ojos, podría parecer casi
paradójico. Son pocas las mujeres griegas que han pasado a la historia:
la famosa poetisa Safo representa un caso excepcional; pero quizá lo
más interesante que se puede resaltar es que ninguna de esas mujeres
provenía de Atenas.
Allí, muchas niñas eran abandonadas un día después de su
nacimiento; en muchos casos, familias sin escrúpulos las recogían para
luego obligarlas a prostituirse desde la más tierna infancia. Las que se
salvaban de una suerte parecida tampoco tenían expectativas mejores.
Eran tratadas como objetos propiedad del padre y no se les ofrecía
ningún tipo de educación, ni siquiera en aquellas disciplinas que en otros
lugares, incluso dentro de Grecia se consideraban propias de la
formación femenina como la danza y el canto. Totalmente dependientes
e incultas, se las obligaba a casarse cuando eran poco más que niñas
con hombres mucho mayores que ellas, a menudo familiares, con el
objetivo de no dispersar las riquezas que por ley debían entregar como
dote. Desde ese momento, pasarían toda su existencia apartadas en
casa, pues no se consideraba digno que una esposa se dejase ver en
público y delante de desconocidos. Su función no era otra que el cuidado
de las labores domésticas y la procreación de hijos legítimos.
Los hombres atenienses podían tener relaciones extramatrimoniales,
relaciones que, por otro lado, estaban reguladas jurídicamente. De esta
forma, además de la esposa, podían tener una concubina, que a menudo
vivía en la misma casa. La concubina, que debía cumplir con la
obligación de absoluta fidelidad, tenía en la práctica las mismas
funciones que la esposa, pero no ocupaba el mismo rango en la jerarquía
interna de la familia. De forma parecida a sus hijos se les reconocía un
estatus jurídico, pero diferente al de los hijos legítimos.
Por último, estaba la hetera (o hetaira; literalmente, «compañera»), a
la que se pagaba no solo por sus prestaciones sexuales, sino también
por una relación de tipo intelectual; las heteras no eran por tanto simples
prostitutas, sino también acompañantes que, de forma distinta a las
esposas y concubinas, podían apoyar al hombre en sociedad. Por esta
razón, entre el hombre y la hetera se creaba un vínculo que sin duda no
era exclusivo, pero tampoco ocasional.
Fuera cual fuese el papel desempeñado por las mujeres en Atenas,
es evidente que se las relegaba a una condición de marginalidad social y
subordinación y se las mantenía a propósito en un estado de ignorancia
que en la práctica las hacía incapaces de expresarse, reaccionar y
realizarse. La exclusión total de la vida pública era inevitable. Hasta las
relaciones homosexuales (de las que hablaremos más adelante) se
consideraban de mayor valor respecto a las mantenidas entre un hombre
y una mujer, por el hecho de que esta última era vista como un ser
inferior de quien no podía venir nada bueno.