Sócrates
La reflexión sobre el hombre: ética y religión
La reflexión sobre el hombre: ética y
religión
La ética socrática: virtud y felicidad
Hasta el momento nos hemos concentrado en el método y los instrumentos que Sócrates introdujo para llevar a cabo una reflexión compartida y racional. Ahora se trata de centrarse en los contenidos de su investigación. Como veremos, en el pensamiento de Sócrates resulta crucial el interés por las cuestiones de naturaleza ética: temas como la virtud, la educación, la felicidad, la amistad, etcétera.
El elemento en torno al cual gira toda la reflexión moral de Sócrates es
precisamente la noción de virtud (en griego, areté), que fue totalmente reconsiderada respecto a la tradición griega precedente. Antes de Sócrates, los griegos no concebían la virtud como un elemento exclusivo del universo humano, puesto que también la relacionaban con los animales y las cosas. Entonces, ¿cuál era el significado que le atribuían? De un modo muy distinto a como solemos considerarla hoy en día: para los griegos de la Antigüedad, la virtud se identificaba con la capacidad de cualquier cosa de destacar respecto de su propia tarea. Si nos fijamos en el reino animal, por ejemplo, se consideraba que la virtud del león era la fuerza y la del guepardo, la velocidad; lo mismo valía para los objetos: así, la virtud de los ojos era ver; la del arco, disparar flechas, etcétera. En lo que concierne al ámbito humano, la virtud solía identificarse con el valor militar, con la capacidad de combatir con valentía, con el vigor físico; significaba destacar en la entereza, en la apostura física, en el honor. Este era el concepto de virtud que había caracterizado, por ejemplo, a los héroes de los poemas homéricos (La Odisea y La Iliada). Había otro rasgo que caracterizaba el concepto presocrático de la areté: la idea de que se tratase de un don recibido por naturaleza o por voluntad de los dioses.
También en este caso fueron los sofistas los primeros en preguntarse de una forma
nueva por el significado de la virtud, con un interés específico por el ámbito humano; se empezó a concebir la virtud como un valor per se. Sin embargo, puede que su aportación más relevante fuera el hecho de considerar la areté no como algo que solo se podía obtener por concesión divina, sino que los hombres podían cultivar y conquistar, aunque fuese con trabajo y esfuerzo. En este cambio radical de perspectiva es evidente que la educación (paideia) habría desempeñado un papel esencial: si la virtud ya no era un don, entonces podía ser enseñada y aprendida.