Sócrates
Aristófanes
La comedia de Aristófanes (c. 445 a. C.-c. 388 a. C.) Las nubes constituye la fuente más antigua sobre Sócrates.
En esta obra, que escribió a los veintidós años y
redactó en su forma definitiva entre el 421 a. C. y el 418 a. C., el conservador Aristófanes se mofa con su sátira punzante tanto del nuevo rumbo político de la democracia ateniense como (y sobre todo) del transformado clima cultural y educativo de la ciudad.
Medalla de bronce con el perfil
de Aristófanes. Los protagonistas de dicha comedia son Estrepsíades y
su hijo Fidípides, quienes, perseguidos por los acreedores, esperan aprender de Sócrates el arte de la
capciosidad dialéctica para lograr defenderse de las acusaciones. Se trata de una comedia amarga, de la que se desprende un retrato muy crítico de nuestro filósofo. Es especialmente célebre el episodio en que Estrepsíades encuentra a Sócrates metido en un canasto (su lugar de retiro) alzado sobre el suelo, sumido en la reflexión sobre las cosas más extravagantes.
También aparece una referencia a esta obra de Aristófanes dentro de la Apología
de Platón, donde Sócrates, en su discurso de defensa, arremete contra quienes han convencido a los ciudadanos atenienses de «cosas absolutamente falsas, que hay un cierto Sócrates, sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que investiga todo lo que
hay bajo la tierra y que hace más fuerte el argumento más débil»[1]. El nombre de Aristófanes no se menciona, pero el personaje Sócrates se refiere claramente al texto Las nubes, haciendo referencia más adelante a cierto «comediógrafo».
¿Qué información se puede extraer de la comedia de Aristófanes? En primer
lugar, consideraciones de índole histórica: en los años 424-423 a. C., período del primer borrador de la comedia que aún no nos ha llegado, Sócrates debía de ser ya un personaje destacado en Atenas para que Aristófanes decidiera darle un papel central dentro de su comedia, aunque fuese uno denigrante. En segundo lugar, es posible extraer algunos detalles tanto de la personalidad de Sócrates como de las primeras fases de su reflexión filosófica. En el texto de Aristófanes, aquel ya presenta, aunque solo de forma implícita, su típica manera de filosofar que volveremos a encontrar más adelante en los Diálogos platónicos y que lo caracterizan, es decir: el hacerse preguntas, el poner a prueba la «fecundidad» de su interlocutor, el empleo del arte de la mayéutica (la técnica de hacer aflorar la verdad latente en cada uno de nosotros). Por el modo en que Aristófanes describe a Sócrates no se puede excluir la posibilidad de que al comediógrafo y a sus conciudadanos la actitud socrática les pareciese, sobre todo en sus comienzos, extravagante y excéntrica. Otros indicios nos ayudan a delinear las tendencias filosóficas del primer Sócrates. Aristófanes nos presenta un filósofo interesado en las cuestiones naturalistas y sofísticas. En cualquier caso, estos aspectos no deben considerarse en contradicción con aquellos que se convertirán en los temas relevantes del pensamiento socrático. El interés inicial por los temas de la física se explica si se tiene en cuenta que en aquellos años Atenas se estaba afirmando tanto a nivel político como comercial; este hecho la convertía en un auténtico punto de referencia para los pensadores del mundo helénico, que encontraban allí un ambiente propicio para el desarrollo de nuevas ideas.
Efectivamente, como hemos visto en el prólogo, los intereses naturalistas estaban
a punto de ser abandonados a favor de un cambio de rumbo filosófico que situaba al hombre en el centro de la investigación. A pesar de esto, no resulta difícil imaginar que el estudio de los fenómenos naturales siguiese representando durante un tiempo el sustrato sobre el que se formaban los nuevos filósofos como Sócrates. Sin embargo, la principal acusación que Aristófanes le lanzaba era la de ser el peor de los sofistas e interesarse exclusivamente en elaborar discursos engañosos. Que Sócrates esté en deuda en diversos aspectos con la tradición sofística es innegable, aunque, como veremos a continuación, su gran mérito reside en ir un paso más allá.