Te vigilo
Diciembre
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Ya lo tengo decidido. Celebraré la Navidad en mi propia casa. La secuencia lógica es sencilla: Peter Carlsson está encerrado en una celda, y hoy nadie requiere mi presencia.
Mis dedos helados sin guantes tiemblan bajo el peso de la caja de comida cuando avanzo por Munkbron, en dirección a Slussen y los autobuses de Värmö. El sol de la mañana envuelve Estocolmo en un fulgor ligeramente dorado y el frío hace que la nieve cruja bajo las suelas de mis zapatos. Hoy hace mucho frío. Esta mañana, el termómetro enfrente de la ventana de mi cocina minúscula indicaba quince grados bajo cero.
El autobús número 438 está lleno hasta los topes de familias con niños y de abuelos celebrando la Navidad. Las bolsas repletas de regalos llenan cada rincón, bolsas que, dentro de un par de horas, volverán igual de llenas de objetos que, en realidad, nadie necesita. En mi bolsa hay un único paquete; en su envoltorio verde resplandeciente descansa como una piedra preciosa sobre un queso y un paquete de galletas.
No dejo de pensar en Peter Carlsson. Es imposible ver lo que esconde otro ser humano en su interior. Desde fuera, no puedes ver si una persona ha hecho algo malo, o ha tenido pensamientos malvados. Si una persona ha decidido ocultar o retener ciertas cosas de sí misma, resulta enormemente difícil descubrir las mentiras o la omisión de la verdad. Aunque soy psicóloga, no sé leer los pensamientos de los demás. De pronto recuerdo las palabras de Vijay: «No puedes saberlo, Siri». Una vez Peter Carlsson hubo decidido que me engañaría, nada pudo impedir que lo consiguiera.
Sacudo la cabeza y me estremezco, a pesar del calor asfixiante del autobús. Tal vez podría dedicar la noche a revisar las grabaciones de las conversaciones que mantuve con él. Todas las cintas de vídeo siguen encerradas en la caja fuerte que tengo en el salón. Quizá llegue a comprender la maldad cuando las haya visto.
Cuando me bajo del autobús y empiezo a caminar en dirección a mi casa, mis botas finas y gastadas se hunden en la nieve que penetra por los tobillos. El sol brilla entre los abetos y veo que el sendero cubierto de nieve que tengo ante mis pies está virgen. Envuelta por los sonidos del bosque y con la nariz llena de un aire frío e inodoro, al ver la casa y el mar, que en la ensenada está cubierto de hielo y nieve, no puedo evitar detenerme, aunque sólo sea por un momento, a mirar. Jamás había visto este paisaje, en esta época del año. Nunca.
La casa descansa llena de paz entre las rocas cubiertas de nieve. No detecto ni un solo movimiento. No hay pisadas en la nieve que revelen los senderos secretos de los animales.
Cuando llego hasta la puerta, mis dedos blancos y helados están tan tiesos que me veo obligada a intentarlo varias veces hasta que, finalmente, consigo que la llave se deslice en la vieja cerradura.
Dentro, el aire es tibio y compacto por el polvo y la humedad. Dejo la caja del supermercado en el suelo, y doy una vuelta por todas las habitaciones para encender los radiadores y asegurarme de que todas las lámparas funcionan.
En la cocina, la nevera y el congelador están en marcha, pero la nevera está llena de verduras podridas y de leche cortada. Es la prueba de que salí de allí apresuradamente. Vierto los grumos gelatinosos de leche en el fregadero y empiezo lentamente a vaciar la nevera. Saco una botella de Amarone del estante inferior de mi despensa. Quiero regalarme con algo mejor que el brebaje asqueroso con el que normalmente me conformo. Al fin y al cabo, es Nochebuena y he vuelto a casa. El alivio por estar aquí de nuevo es casi físico. Siento mi cuerpo ligero y caliente. Me doy cuenta de lo mucho que la he echado de menos. Es paradójico que pueda sentirme tan segura aquí, donde todos los demás me vieron amenazada. Tal vez sea Stefan, que sigue en estas habitaciones; su presencia es palpable a través de los listones de madera finamente pulidos y las paredes pintadas con dedicación. Voy a por una copa de cristal y un sacacorchos en el armario y me sirvo del delicioso y fuerte vino tinto. Saludo a mi reflejo en el cristal de la ventana y bebo. Un calor maravilloso y suave se extiende por mi cuerpo como anillos en el agua.
Estoy en casa.
Con la copa de vino tinto en la mano, saco el teléfono móvil y empiezo a llamar a todas las personas que lo esperan. Hablo con mis hermanas, mis sobrinos y con mis padres, les deseo feliz Navidad, y vuelvo a explicarles que Aina estaría sola si yo no pasara las Navidades con ella. No tengo mala conciencia por mentir a mis padres. Nunca han comprendido la necesidad que tengo de estar sola, y ahora mismo lo entenderían aún menos. Pienso en lo fácil que resulta hacer que me crean. Como si desearan desesperadamente que sea cierto lo que les digo. Me responden rápidamente que, por supuesto, Aina es más que bien venida en la casa de Huddinge, pero yo les explico, con la misma celeridad, que, ahora mismo, en estas fechas tan señaladas, Aina necesita un poco de tranquilidad. Al fin y al cabo, la Navidad puede ser una época muy difícil si no te llevas demasiado bien con las personas más cercanas, y mi madre me da la razón. Nos desea una feliz Nochebuena, me recuerda que hoy dan el
show [10] del Pato Donald y La Nochebuena de Karl-Bertil Jonson en la televisión y se despide. Creo que mi madre está agradecida por que esté con Aina, y tengo la sensación de que, en realidad, ella piensa que soy yo quien necesita estar tranquila y en compañía de alguien, de una manera tan incondicional como la que tal vez me ofrece Aina.
Vuelven los pensamientos que tuve en el autobús. Resulta difícil descubrir a quien no quiere ser descubierto. Me sirvo una copa más de vino y corto un trozo de queso. Ha llegado la hora de ver una película.
El rostro de Peter llena la pantalla que tengo enfrente. Con el semblante triste y nervioso me mira por encima de la mesa. Traje de color gris oscuro y corbata a cuadros azules. No hay nada que sobresalga; sólo veo elegancia hecha a medida de los pies a la cabeza. Durante un breve instante, Peter mira directamente al objetivo de la cámara, y su mirada parece la de un animal salvaje. Hay algo en sus ojos que me lleva a creer que lo que más le apetece es salir corriendo de la consulta, arrancarse el traje, quitarse la corbata a cuadros azules y perderse en el bosque. Pulso el botón de pausa y considero mi reacción. Tal vez sea por el contraste entre su aspecto exterior, pulcro y civilizado, y sus palabras, que reflejan otro lado de él, un lado que huele a sudor y a animal, y que habla de instintos y de pulsiones.
—Me vienen pensamientos a la cabeza, imágenes. Y me asustan. —¿Podrías describir tus pensamientos?
—Es… muy difícil.
—Háblame de la última vez que pasó.
—Fue ayer por la noche. Habíamos… cenado, y habíamos tomado vino.
Ella, mi chica, se sintió cansada y fue a echarse. Estaba en la cama, dormida.
Y entonces yo me imaginé que… que yo… quiero decir, lo increíblemente fácil
que sería rodear su cuello con mis manos… Y luego apretar con todas mis
fuerzas. Vi lo pequeña y vulnerable que es, y lo increíblemente fácil que
sería… hacerle daño.
—¿Y cómo te sentiste al tener estos pensamientos? —No lo sé. Al principio, me resultaron casi excitantes. Pero luego, claro,
me asusté muchísimo. Imagínate si llegara realmente a hacerle daño. Porque
es que… yo la amo.
Detengo la cinta, y el cuerpo de Peter queda congelado al instante en una postura extraña, medio vuelto, medio inclinado hacia delante, con las dos manos cubriéndole la cara. Está desesperado, y se siente completamente solo y entregado en la pequeña consulta verde en la que yo soy su única salvación, y la cajita de pañuelos de papel, un frágil consuelo.
Hay que confiar en lo que ven tus propios ojos, en tu intuición y en la experiencia que has acumulado. Eso era lo que siempre me decía Stefan, y él tenía una mirada clínica fabulosa. Si tuviera que confiar en mis propias sensaciones, yo diría que es imposible que Peter Carlsson haya matado a Sara, que no puede haber hecho daño a Marianne, ni puesto en marcha un complot contra mí. Peter no es un asesino, no es más que un tipo completamente normal, un poco chiflado y neurótico. Una de esas personas que tienen que hacer acopio de toda su valentía para que su vida no se haga mil pedazos, para darles estructura a los días y a las noches. Una entre todas las personas desolladas que se ven obligadas a enfrentarse a las cosas de una en una y, así, obligarse a avanzar, a darle un sentido a la vida, a someterla. Una persona como yo.
Cierro los ojos y paso la mano por las cintas de vídeo que están esparcidas por el suelo. Aquí están todas: todos los pensamientos obsesivos, todo el miedo, todas las lágrimas. Aquí está el cuerpo pueril de Sara vestido de negro, sus brazos cubiertos de cicatrices, sus uñas verdes y su cigarrillo obligado. Aquí están el collar de perlas y los trajes de Charlotte, y sus bien formuladas y pacientes respuestas a mis preguntas importunas. Aquí está el hombretón de músculos voluminosos y barba que tiene una Harley Davidson, pero que tiene miedo a las hormigas («y a otros bichos con muchas patas delgadas»). Aquí está la madre que escondía todos los cuchillos y las tijeras en el cobertizo del jardín porque le asaltaban pensamientos obsesivos de sacarle los ojos a su hijo. Aquí está el director que estaba obligado a contar hasta cien, cada vez que tenía que subir por una escalera y que, además, siempre entraba de lado por la puerta, y que sólo podía aparcar en una plaza de aparcamiento cuyo número fuera divisible por tres. Todas estas personas no son más extrañas que yo, no están ni chifladas ni son malvadas. Tan sólo son individuos que intentan no romperse por las costuras que encierran sus agujeros negros, personas que cada día hacen maniobras para salvarse de la catástrofe.
Preparo con mucha dedicación mi cena de Navidad. Enciendo el horno, corto el pan en rebanadas finas y las cubro con queso de cabra y miel. Saco las dolmas de hoja de parra y el hummus de la nevera. Pongo música y dejo que Belle & Sebastian llenen la casa. Fuera, está a punto de anochecer. La ensenada duerme bajo su grueso manto de nieve centelleante y los pinos que rodean las rocas se perfilan, negros, contra el cielo ensombrecido. Estoy contenta de haber venido hasta aquí.
No pertenezco a la ciudad.
Cuando la oscuridad compacta de Nochebuena finalmente envuelve mi casa, yo hace tiempo que he encendido todas las lámparas. He iluminado cada rincón y he cubierto las mesas de velas. Estoy echada en la cama, mirando los cristales negros que reflejan los contornos de la habitación como un espejo. La linterna descansa en mi mano. El vino me ha amodorrado, y cierro los ojos, dejando que mi cuerpo dormite.
Sueño que celebro la Navidad con Stefan. El suelo está cubierto de paquetes de diferentes tamaños y colores. Stefan está en la cocina, y yo dispongo los regalos en fila. Desde el salón hasta el dormitorio se desliza una serpiente multicolor hecha de regalos. Distingo claramente el aroma a jamón que Stefan está cocinando en el horno. Cuando abro los ojos, todavía huele a jamón, y oigo un débil sonido rasgado que proviene de la cocina.
Sé al instante que hay algo que no va bien, pero me cuesta doblarme al miedo habitual. Es demasiado absurdo. ¿Realmente ha venido alguien, en mitad de la noche, para prepararme un jamón al horno?
Busco el teléfono móvil a tientas sobre la mesita del sofá para ver qué hora es, pero constato que se ha quedado sin batería. Me incorporo sin hacer ruido sobre unas piernas inseguras, todavía ligeramente ebria, y me dirijo a la cocina.
Estoy tan obsesionada con el jamón dorado que se está haciendo en el horno que no lo veo enseguida.
—Hola, Siri.
Pero allí está, apoyado en la ventana, en una postura relajada que hace que su cuerpo desgarbado parezca aún más largo de lo que es. Está igual: el cabello pelirrojo, los rasgos regulares, el cuerpo delgado. Su boca es ancha y sonríe ligeramente. Me examina con la mirada y se acaricia la barba de chivo.
Es Christer. El Christer de Marianne.
—¡Siéntate! He preparado la cena.
El tono de voz es neutral y amable, pero no me atrevo a desobedecerle. Me acerco despacio a la mesa de la cocina sobre unas piernas que apenas me sostienen y me dejo caer en una de las sillas de varillas. Echo una mirada al reloj de la pared: es la una y media.
—También había pensado hacer unas albóndigas. Al fin y al cabo, forman parte de la Navidad. Pero ¡qué coño!, tengo que reconocer que la cocina no se me da muy bien, y las compré hechas.
Christer me sonríe, se acerca a la cocina y empieza a preparar unas albóndigas y algo más que no veo. Mi cabeza está hirviendo. ¿Qué querrá de mí? ¿Aquí, en mitad de la noche?
En Nochebuena.
Una sensación desagradable se hace cada vez más fuerte, hasta convertirse en certeza. A Christer le pasa algo. Tengo que salir de aquí antes de que… bien, ¿antes de que pase qué, exactamente?
Caigo en la cuenta de que debería hablar con él, intentar descubrir cuáles son sus intenciones, encontrar una vía de escape, pero mi garganta se ha cerrado y mi boca está seca. Junto las manos por debajo de la mesa para evitar que sigan temblando.
—¿Cuántas albóndigas querrás?
La pregunta es extrañamente neutral, y la expresión de su cara no desvela sus intenciones.
—Son albóndigas de verdad, nada de migas de pan y esa clase de mierdas para rellenarlas. Son de carne picada y especias al cien por cien. Tal vez también lleven huevo, la verdad es que no lo sé. ¿Tú qué crees?
—¿Qué quieres de mí?
No es más que un susurro, pero estoy convencida de que me ha oído. Me mira, pero no contesta. En la sartén, la mantequilla ha empezado a borbotear, y Christer deposita las albóndigas en ella, una detrás de otra, sin decir nada.
—Toma. Puedes abrir el vino.
Me pasa una botella de vino tinto y un sacacorchos.
—Porque a ti te gusta el vino tinto, ¿verdad?
Mis dedos están rígidos cuando agarro la botella de vino. La miro como si no entendiera lo que es y la dejo en el regazo.
—¿Qué quieres? —repito. Ahora mi voz ha recuperado un poco de firmeza.
—Soy Christer Andersson. Dios mío, Siri, todavía no lo has entendido, ¿verdad?
Escudriño su cuerpo desgarbado, mientras él sigue dándoles la vuelta a las albóndigas en mi cocina. Mi conciencia todavía no es capaz de asimilar este suceso improbable, y el vino que bebí antes, esta misma noche, me aturde. O sea, que Christer está en mi cocina, a la una y media de Nochebuena, friendo albóndigas. Y creo, no, sé, que es el asesino de Sara.
Sacudo la cabeza como respuesta a su pregunta: no, no lo he entendido todavía.
Christer suspira y se vuelve hacia mí con la sartén en la mano.
—Soy el padre de Jenny. El padre de Jenny Andersson.
La botella de vino se me escapa de la mano, los trozos de cristal y el líquido se derrama sobre mis pies cuando la botella se estrella contra el suelo, pero yo no me doy cuenta de nada. Es el padre de Jenny. La cabellera larga y pelirroja; unos dedos que no paraban de tamborilear contra los muslos al ritmo de unas melodías inaudibles; piel blanca como la leche y cubierta de pecas; el cuerpo fibroso de una niña mujer vestida con unos tejanos y una blusa ajustada, con una cinta de cuero alrededor del cuello.
Jenny Andersson es la paciente que se suicidó. El padre la encontró debajo de un manzano, en el jardín, con las muñecas cortadas. Ahora, este padre está en mi cocina, friendo albóndigas. De pronto, todo me ha quedado dolorosamente claro. Pretende vengar la muerte de su hija y, a sus ojos, yo soy la culpable.
—¿Ya empiezas a caer en la cuenta? A lo mejor, para ti no era más que otra de tus muchos pacientes. Una del montón. ¿Tal vez no sea tan fácil recordarlos a todos?
Christer sonríe, pero su voz encierra mucho dolor.
—Por supuesto que recuerdo a Jenny —susurro, y me froto las manos por debajo de la mesa, mientras la mancha de color burdeos se convierte en un pequeño charco. En la superficie de color sangre veo reflejada mi imagen. Encojo mi cuerpo hacia delante, como si intentara señalar mi inferioridad física y, con ello, disminuir la cólera de Christer.
—Entonces, ¿también comprenderás por qué estoy aquí? Tu negligencia y tu incompetencia mataron a mi hija.
—Christer, yo no maté a tu hija…
¡Pam! El golpe cae sin previo aviso y me alcanza en toda la cara. Noto cómo algo caliente corre por mi mejilla, pero no siento dolor alguno, sólo conmoción y una profunda desesperación.
—¡Ahora cállate, puta psicóloga de mierda! Tú la mataste. ¿Es que no lo entiendes? ¡Tú la mataste!
La voz de Christer sube de tono hasta convertirse en un alarido. Se vuelve hacia mí, y con un solo movimiento envolvente lanza la sartén de hierro contra la pared, y las albóndigas vuelan a través de la cocina.
Está a mi lado. Percibo su respiración entrecortada, casi asmática. Y el olor de su cuerpo. Huele a sudor, como un animal. Se hunde en la silla que tengo frente a mí y se queda sentado con la cabeza enterrada entre las manos, mientras empieza a balancearse hacia delante y hacia atrás. Sale una especie de silbido de su cuerpo. Pasa un rato hasta que, al fin, comprendo que, efectivamente, tiene asma.
—Tú la mataste —masculla sin aliento.
Estamos sentados uno frente al otro sin decir nada. Lo único que se oye es el crepitar y el burbujeo del jamón en el horno, y el tictac del reloj en la pared de la cocina. A pesar de mi aturdimiento, sé que tengo que conseguir que hable, tengo que restablecer el contacto con él, construir un puente en su conciencia confundida, llegar a su yo racional, porque debe de seguir teniendo uno, ¿no?
—Sara… —empiezo por decir con cautela.
Christer se sorbe los mocos, se seca la frente y se incorpora en la silla.
—Sí, Sara —dice con una voz queda pero, a la vez, extrañamente tranquila, y parece que reflexiona un poco, entre todos los pedazos de cristal, el vino tinto y las albóndigas—. Sí, joder, pobre Sara. Puedes decir lo que quieras, pero está mejor donde está ahora. De hecho, era una chica bastante guapa, si dejamos de lado la mueca permanente de desolación de su cara, pero, sinceramente, estaba completamente chiflada. O, ¿tú qué dices, señorita psicóloga? No paraba de cortarse los brazos. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué hace alguien una cosa así?
—¿La mataste?
—¡Qué tontería! Estaba muerta mucho antes de conocerla. Le hice un favor.
Christer se inclina por encima de la mesa de la cocina y me mira, no, me escudriña con sus extraños ojos de color gris acero que me hacen pensar en perdigones; o en botones metálicos; o en los pequeños y relucientes cuerpos de los pececillos de plata cuando intentan huir del paño que utilizo para limpiar el suelo del lavabo. Extiende la mano y su palma se tiñe del rojo de mi sangre.
—Joder, Siri, siento mucho que tuviera que acabar de esta manera. ¿Qué quieres que te diga? Ha pasado tanto tiempo… desde que empecé a seguirte, desde que empecé a devanar tu ovillo. Casi pienso que te conozco. Estás a un tris de caerme bien. ¿Lo comprendes? Sé lo que cenas; cómo eres desnuda; sé que bebes demasiado; y que te follas a ese patético madero adolescente. ¿Eso te pone? ¿Los tíos más jóvenes? ¿Es un rollo tuyo? ¿Te hace sentir superior? ¿Es por eso que eres terapeuta?
Miro directamente a sus ojos de alfiler, pero no digo nada. Tengo demasiado miedo a provocarle más, pero él no me presta atención, sino que sigue adelante con su discurso.
—Me robaste la vida. ¿Lo sabes?
Sigo sin decir nada, dejo que hable él. Que se explique. Su voz es queda cuando prosigue, apenas un susurro.
—Mi vida era… perfecta. No creo que lo puedas comprender. Todo lo que teníamos. Nuestra vida. Cuando mataste a Jenny, no sólo me la quitaste a ella, sino que me quitaste la vida. Mi mujer, Katarina, no pudo soportarlo y se largó. Conoció a otro tío. Un jodido ginecólogo, ¿lo entiendes? Un ginecólogo se folla a mi mujer… ¡Joder, qué asco! Me echaron del trabajo, la empresa me compró mi parte. Los amigos me evitaban, les parecía que me había vuelto raro. Fue tan condenadamente humillante… Y todo por tu culpa. Pero a ti nunca te castigaron, tu vida siguió adelante, sin más. Como si no hubiera ocurrido nada. No es justo, creo que lo podrás entender.
Christer me mira con una mirada vacía, y continúa. Su voz ha subido de tono, y las manos ya no le tiemblan. De pronto, parece decidido.
—Y ahora estamos aquí, hemos llegado a este punto, a pesar de que no era mi intención. Al final del camino, por así decirlo.
Con una mueca de asco se retira la sangre de la mano con el paño de cocina con el ribete de color azul.
Sus movimientos son bruscos y entrecortados cuando se frota la mano con una intensidad maníaca para eliminar cualquier rastro de mí. La desesperación crece en mi pecho. Tengo que hablar con él antes de que se sienta obligado a pasar a la acción y haga algo precipitado.
—Me parece que me merezco una respuesta a ciertas preguntas. Creo entender tus sentimientos… Sin embargo, necesito saber lo que ocurrió.
—El resto no me supuso ningún problema. Al fin y al cabo, Marianne tenía acceso a los expedientes y a las direcciones de los pacientes. De vez en cuando, se los llevaba a casa para pasarlos a limpio. He leído cada maldita anotación que había sobre Sara. Además, Marianne solía hablar de ella con cierta frecuencia. Creo que le daba pena. Pero, por Dios, ¡si siempre sentía pena por todo el mundo! Por los perros abandonados, por los niños del Tercer Mundo, por las ballenas y por Dios sabe quién más. Parecía sufrir por el mundo entero.
—¿Por qué Sara?
Christer se encoge de hombros y aplasta una albóndiga con el zapato.
—Y, ¿por qué no? Marianne siempre decía que, por alguna extraña razón, ella te caía especialmente bien. Que estabas especialmente motivada para rehabilitarla, que trabajabas más con ella que con nadie. Creo, simplemente, que despertó mi curiosidad. No fue algo que tuviera planeado desde el principio, sencillamente fue creciendo. Adoptó vida propia. Hasta que decidí tomar el control, hacerme dueño y señor de la situación y empecé a encaminar el proyecto en la dirección adecuada.
De pronto parece triunfante, como un niño desobediente y rebelde. Un niño malo con ojos muertos, como alfileres de color gris. Pienso en las palabras de Vijay, en la descripción que hizo de un hombre de mediana edad, con una posición social holgada. ¿Por qué no me dijo cómo hablar con él, cómo hacer que pare, qué botones pulsar?
—Sara me lo contó todo sobre su terapia, y lo que no me contó estaba en los expedientes que Marianne se llevaba a casa. Por tanto, fue muy fácil escribir la carta de despedida; fue fácil conseguir la dirección de Charlotte Mimer. Y sí, fui yo quien colocó la foto y el libro de taxidermia en casa de Peter Carlsson. Ya tenía pensado darle una pista a la policía, pero se podría decir que ellos se me adelantaron, en cierto modo…
—¿Y la sangre en mi césped? ¿Y el perro?
—Eso fue un error. Me vi obligado a hacerlo. Obligado a silenciarlos.
—¿A qué te refieres con silenciarlos?
Christer aprieta los labios y se niega a contestar.
—La verdad, es que no entiendo… ¿Supongo que sabrás que has destrozado la vida de muchas personas inocentes?
—¿Acaso crees que disfruté? —Christer me grita con voz ronca—. Tuve que hacerlo. Por ella… Tuve que resarcirle. Era la única manera de alcanzar una especie de paz.
Christer baja la voz hasta convertirla en un susurro.
—No fue ningún placer. Bueno, sí, tal vez lo de que te pillaran conduciendo ebria, sí. Fue casi como una broma. ¿No te parece?
—Pero ¿y Marianne? ¿Fuiste tú? ¿Tuviste algo que ver con el accidente?
Christer suspira y entierra, por un instante, la cabeza entre las manos.
—Ella se creía tan condenadamente lista… Creía que lo había descubierto todo. Encontró todos mis papeles sobre Sara. Quería hablar contigo. No podía permitírselo. —Christer se detiene y me mira—. No quería hacerle daño a Marianne. Es una buena persona. De hecho, se ocupaba de mí.
Se queda callado un rato y, de pronto, parece triste.
—Pero supongo que ya habrás descubierto cómo tendrá que terminar por fuerza todo esto, ¿verdad? Sólo existe una clase de justicia, y es la que uno mismo crea.
Extiende las manos, que todavía están manchadas con mi sangre, como para mostrarme que son ellas las que harán justicia. El nudo de terror en mi estómago crece hasta convertirse en una bola de fuego. Es evidente que piensa matarme; esa será su manera de hacer justicia.
Mi muerte es su justicia.
Y pronto me quedaré sin preguntas que hacerle, me quedaré sin circunstancias que aclarar, sin excusas para seguir conversando. ¿Qué probabilidades tengo de que venga alguien hasta aquí, a esta hora de la noche? Markus está trabajando. Aina celebra la Navidad con su madre. Todo el mundo cree que estoy durmiendo placenteramente en el apartamento de Kungsholmen con todas las luces encendidas. Y que el asesino de Sara está encerrado en una celda de la prisión de Kronoberg. Mis posibilidades de huir son limitadas. Desde la cocina puedo llegar al pequeño salón y, desde allí, a mi dormitorio. Hay una puerta que da al dormitorio, pero no se puede cerrar con llave. A lo mejor podría bloquearla de alguna manera.
—Creo que ya está listo —digo, y señalo con la cabeza en dirección al horno, donde el pan rallado y la mostaza quemados han creado una costra fina de color negro sobre el jamón, y un olor a carne quemada ha empezado a extenderse por la casa.
Christer parece confuso pero, a pesar de todo, se pone en pie, se vuelve hacia el horno y agarra la manopla para sacar el jamón.
Esta es la única oportunidad que tendré. Me levanto. Al tiempo que Christer abre la puerta del horno y agarra la bandeja, le doy un fuerte empujón y echo a correr. No es un plan demasiado elaborado. Cruzo el salón a toda pastilla, en dirección al dormitorio. A mis espaldas, oigo a Christer gritar algo, pero es como si mi cerebro fuera incapaz de entender las palabras, totalmente incapaz de descifrar su contenido.
Abro la puerta del dormitorio con tanta fuerza que cae el candelabro del estante que hay sobre mi cama. Aterriza suavemente sobre la colcha. Pongo todo el peso de mi cuerpo contra la puerta y examino los pocos muebles que hay en la habitación. Lo único que tiene suficiente peso y volumen para que valga la pena tenerlo en cuenta es la cama. Echo el cuerpo hacia delante e intento arrastrar la cama desde el lugar que ocupa al lado de la pared, hasta la puerta que sigo bloqueando con mi cuerpo.
¡BANG!
Christer choca contra la puerta con el peso de un hombre adulto, y no consigo resistirlo. La puerta se abre un par de centímetros, y él consigue meter el pie en el resquicio antes de que me haya dado tiempo a recuperar el control y volver a cerrar la puerta.
—¡Puta psicóloga de mierda! ¡Abre la puerta!
El grito de Christer en mi oído. Ahora está muy cerca, tan cerca que percibo su aliento a través del resquicio de la puerta y oigo el chirrido causado por su respiración entrecortada, por su tráquea a punto de contraerse.
—¡Abre la puerta, o te mato!
Pero yo ya sé que es lo contrario. Me matará si consigue entrar. Es muy fácil para él, tan fácil como lo es para un perro romperle el pescuezo a un pequeño roedor de un solo mordisco. Soy tan pequeña y delgada… No puedo resistirme a su fuerza, algo que él ya sabe, naturalmente, pero tampoco sé cómo cogerle desprevenido. Por tanto, hago lo único que puedo hacer: presionar con todo mi peso para que su pie quede atrapado en el resquicio de la puerta. Christer aúlla y, por un instante, la presión desde el otro lado cesa.
Mis dedos sudan tanto que me cuesta oponer la resistencia necesaria para mantener la puerta cerrada de manera eficaz. Me escurro por la puerta y aterrizo sobre la base resbaladiza. Aprovecho la oportunidad y me seco la mano rápidamente en los pantalones. Y entonces, ¡BANG! Christer fuerza la puerta con todo su peso, debe de haber cogido carrerilla desde el salón, y la puerta que se abre violentamente me lanza hacia atrás, contra la cama, que sólo he llegado a arrastrar hasta la mitad de la habitación. Allí me quedo tendida, como un escarabajo boca arriba, indefensa, sin posibilidad de huir, con los brazos extendidos como un bebé que espera que lo cojan en brazos.
Christer se acerca a mí lentamente. Veo que hace muecas de dolor y que se masajea un hombro.
Ya está sobre mí.
Se sienta tranquilamente a horcajadas sobre mi vientre, me agarra por los brazos y con un movimiento rápido los inmoviliza con las rodillas. Respira pesadamente. Y, de pronto, me envuelve el olor de Christer, un tufo a sudor, acre y desagradable. De repente, empiezo a sentir náuseas. Tal vez sea el peso contra mi diafragma, o a lo mejor es el hedor pero vuelvo la cara hacia un lado y vomito sobre uno de los cojines azules. Noto cómo el vómito caliente se abre paso por mi nuca hasta llegar a mi espalda.
—¡Joder, qué asco! —grita Christer, y mira hacia otro lado con aversión.
De pronto, caigo en la cuenta de que quizá no soporta los fluidos corporales. Sangre, esperma, vómito. Se desplaza hacia abajo por mi cuerpo delgado, hasta acomodarse sobre mis muslos, a una distancia prudente del vómito.
—¡Joder, qué asco! —vuelve a gritar, y se mira las manos como para examinar si se las ha manchado.
—Ya sabes que no fui yo quien mató a Jenny, ¿verdad?
No sé por qué lo he dicho, lo único que siento es un cansancio paralizante. Ya no me quedan fuerzas para mentir. Lo único que quiero es que esta tortura interminable se acabe de una vez.
Sus ojos me examinan, y de pronto aprieta mi cuerpo con sus rodillas con tanta fuerza que el dolor se extiende por mis brazos, desde los codos hasta las muñecas.
—No fui yo quien mató a Jenny, Christer. Lo sabes muy bien. Tu necesidad de controlarla y de protegerla la ahogó. ¿Lo entiendes?
—¡Maldita hija de puta!
El golpe llega inesperado y rápido. Me alcanza en la mejilla, pero no me duele. Hay algo fláccido y desentendido en él. Como una bofetada que un padre, que no tiene ganas de pegar a nadie, le da a su hijo, sólo por guardar las apariencias.
—¡Maldita hija de puta! —vuelve a decir Christer, esta vez en voz más baja.
Se inclina sobre mí y, por un instante, creo que va a besarme, pero descansa la cabeza contra mi pecho y empieza a llorar.
—Nunca fue mi intención hacerle daño.
Christer continúa su monólogo plañidero, pero las palabras se extinguen entre sollozos húmedos y gruñidos. Por un segundo, la presión de hierro que ejerce con sus rodillas se relaja. Su cuerpo empieza a convulsionarse entre llantos.
El dolor de Christer es tan profundo, tan físico… Por un instante, siento que se propaga a través de su cuerpo y se extiende por el mío en suaves oleadas. Vuelvo a pensar en Stefan, en lo incomprensible de su muerte. Pienso en el dolor quebrantador y corrosivo que no me suelta. Y comprendo a Christer. En medio de esta pesadilla, en la que estoy echada boca arriba en mi dormitorio, con la cabeza de Christer contra el pecho, y mi blusa está húmeda de vómito, vino tinto y lágrimas, de pronto me inunda una ola de conmiseración. Sé cómo es perder a alguien que amas, y lo doloroso que resulta cuando nadie sabe qué responder cuando preguntas por qué.
—Lo siento.
Alzo los ojos hacia Christer, intento atrapar su mirada.
—Es imperdonable lo que he dicho. No fue culpa tuya que Jenny muriese, por supuesto.
Christer levanta la cabeza y su mirada se cruza con la mía. Sus ojos están inyectados en sangre, y los mocos y las lágrimas confluyen en pequeños riachuelos por sus mejillas. Parece dubitativo, escéptico pero, a su vez, lo suficientemente desesperado como para desear ese pequeño consuelo que yo puedo ofrecerle.
Absolución.
—Cuando mi marido, Stefan, murió, me quedé vacía. No podía creer que había desaparecido para siempre. Todavía me cuesta creerlo. No puedo aceptarlo. Suelo pensar que sigue aquí, conmigo. Que está justo detrás de mí. Me consuelo con la ilusión de que sólo se ha ido a hacer la compra, o a trabajar, o a dejar el coche en el taller. No logro comprender que ya nunca volveré a verlo. A veces, lo vislumbro en el autobús, o entre la multitud de Götgatan. Otras, cuando me despierto, puedo sentir el calor de su cuerpo en la cama; durante un breve instante, noto su cuerpo a mi lado. Pero entonces me acuerdo, y él desaparece, el calor desaparece.
Christer asiente con la cabeza. Sabe lo que quiero decir. De pronto estamos unidos: dos seres afligidos, abandonados, solitarios.
—Jenny era mi hija, ¿lo entiendes?, mi hija. Cambió tantas cosas en mi vida… Antes de Jenny, la vida no tenía sentido. Le dio sentido a la vida, y calor, y una fe en que un poco de lo bueno que había en mí se transmitiría a través de ella. Después de Jenny, la vida se vació de sentido. No quedó nada. Hasta que empecé a seguirte a ti, Siri. La verdad es que le devolviste el sentido a mi vida. La idea de que tú pagarías por Jenny me colmó de tranquilidad. Me dio paz.
Ninguno de los dos dice nada. Estamos unidos en esta repentina e involuntaria intimidad; sus manos alrededor de mis brazos, como las de un amante. Desde la cocina se oye el tictac del reloj y el olor a carne quemada nos envuelve.
—Háblame de Jenny. ¿Cómo era?
Mi pregunta surge espontáneamente. Hasta ahora, sólo había visto a Jenny como paciente, sentada en la silla de las visitas, golpeteando la mesa con sus dedos finos y largos. Me pregunto quién era Jenny, la hija, la niña de dos años, la colegiala, la adolescente.
—Jenny era…
Christer vacila, piensa y parece preguntarse cómo expresarse.
—Jenny era diferente. No se parecía a los demás críos de la escuela. Parecía vulnerable, frágil. Se preocupaba por todo el mundo; tú seguramente dirías que era empática. Recuerdo que solía llorar cuando veía películas de dibujos animados. Había la de, ¿cómo era?, la del gato y el ratón. Al principio, le daba pena el ratón que era perseguido por el gato, pero luego sentía pena por el gato, porque lo apaleaban. Cuando su conejito de indias se murió, lloró durante semanas enteras y no quiso salir de la cama.
Una vez más, es como si volviera a considerar algo, como si evocara las imágenes de su hija muerta.
—Se preocupaba mucho por Katarina y por mí, tenía miedo de que nos pasara algo malo, de que tuviéramos un accidente de tráfico o nos pusiéramos enfermos. Pretendía prohibir que cogiéramos el coche. En la escuela, los demás niños descubrieron muy rápido que era una niña temerosa y asustadiza.
Christer sacude la cabeza y cierra los ojos. Por un instante, le inundan los recuerdos que tanto duelen.
—La maltrataron, ya sabes. Esos jodidos niños la asustaron y se burlaron de ella. Era diferente, y eso no podían permitirlo. Pero yo les enseñé lo que valía un peine. Invité a los niños al cumpleaños de Jenny, y los padres, naturalmente, se ocuparon de que fueran. Esos malditos lameculos querían estar a buenas con nosotros. Katarina organizó juegos y montó un estanque de peces. Jenny estaba contenta; de repente, todos eran tan amables y simpáticos con ella… Por un breve espacio de tiempo, sus enemigos se habían convertido en sus amigos.
Escucho fascinada, es como si Christer rellenase los huecos que tenía para poder formarme una imagen completa de Jenny. Veo la satisfacción en su rostro, y me pregunto qué vendrá ahora.
—Entonces, Jenny se cayó y se hizo daño, y Katarina la acompañó al baño para ponerle una tirita y consolarla. Yo me quedé a solas con los niños. Por aquel entonces, solía ir a cazar con bastante frecuencia. Cazaba cualquier cosa, caza menor, alces… El caso es que saqué uno de mis rifles y se lo enseñé. Lo cargué, abrí la ventana y disparé contra uno de nuestros manzanos. Se cayó una rama entera. Los críos se quedaron con la boca abierta, y les pareció, claro, que era una pasada. Más tarde, les expliqué que les pasaría lo mismo a sus pequeños cerebros si alguna vez volvían a molestar a Jenny. Los destrozaría a balazos. Y les di a entender que lo mejor que podían hacer era callarse la boca, para que sus padres no tuvieran que enterarse de lo que andaban haciendo sus angelitos. Entonces volvió Katarina; había oído el disparo y se preguntaba qué estaba pasando. Yo me limité a decirle que les había enseñado el rifle, y ella me dijo que estaba chiflado, lo agarró y lo devolvió al armario. Nunca volvimos a hablar de lo ocurrido. Pero a partir de entonces, los niños dejaron en paz a Jenny. Se volvió una niña solitaria, pero dejaron de acosarla. Algunas de las niñas incluso intentaron ser amables con ella.
Christer sacude la cabeza, como si la conciencia de lo malvados que pueden llegar a ser los niños fuera demasiado para él.
—También era una niña inteligente. Tenía talento para la música; tocaba el piano y el violín desde muy pequeña. Y era muy cariñosa, pero vulnerable. Intenté protegerla, ya lo sabes.
Vuelve la vista hacia mí y me mira a los ojos con una mirada penetrante.
—Realmente intenté protegerla, ¿lo comprendes?
Asiento despacio con la cabeza. Creo que lo comprendo.
—Christer, realmente creo que Jenny quería morir.
Él me mira con una expresión vacía.
—Jenny era una de las personas más infelices que haya conocido jamás. Era como si sus sentimientos estuvieran intensificados, agrandados. Como si viviera en ellos, y no al contrario, ellos en ella. Sentía mucho dolor. Era capaz de estar sentada en mi silla, temblando de angustia sin parar. Y yo me sentía indefensa, sin recursos. Realmente quería ayudarla. Quería que saliera a la vida y que fuera como los demás, que disfrutara, que riera. Que conociera a un chico. Que fuera una chica joven, y nada más. Ya sabes…
Christer asiente con la cabeza. Sigue sin decir nada, pero oigo que su respiración se ha vuelto forzada. Por cada vez que espira, se oye un pequeño silbido.
—Lo había intentado todo, toda clase de medicina, todo tipo de terapia, ingresos, centros de tratamiento… Nada pudo eliminar la angustia y el dolor, nada. Ya no quería seguir. Al principio, me culpé a mí misma pero, poco a poco, fui entendiendo que ninguno de nosotros puede detener a un ser humano que ya ha tomado la decisión.
Las palabras salen de mi boca, imparables, como piedras. Y de pronto, el calambre en el abdomen cede un poco, como si realmente fuera una carga física de la que me estoy liberando. Christer sigue sin decir nada, se limita a escudriñar mi rostro, pegando el suyo al mío. La luz cálida de la lámpara amarilla de mi cama hace que su piel, ya de por sí rubicunda, arda.
—¿Cuándo… desaparece? —susurra Christer, notablemente incómodo por el asma.
—No lo sé. —Es todo lo que consigo decir.
El peso del cuerpo de Christer ha hecho que se me duerman las piernas, y me duelen los brazos bajo la dura presión de sus manos.
—No sé cuándo desaparece, pero sí sé una cosa. Tú te culpas por ello, te sientes culpable. Cuando Stefan murió, yo también sentí que era culpa mía, que tenía que haberlo impedido. Pero no puedes detener a alguien que ya ha tomado la decisión.
De pronto, la expresión de la cara de Christer cambia y entiendo que, por un instante, he olvidado que estoy hablando con un asesino. Con alguien que no piensa ni funciona como yo. Alguien que, en realidad, ya ha tomado la decisión de matarme.
Por una fracción de segundo llegué a creer que podríamos comunicarnos, pero ahora me doy cuenta de que he cometido un error. Él me mira con sus ojos muertos y brillantes.
—Yo. No. Siento. Culpa. Alguna. —Pronuncia cada palabra con evidente dificultad—. Yo no siento. Culpa. Alguna. Porque la culpa no es. Mía. Fuiste tú. Quien la mató.
Y de pronto lo sé. Es inútil intentar convencer a Christer. Es como andar sobre un hielo muy fino y crujiente y saber, todo el tiempo, que se romperá. Antes o después, diré algo que le provocará, y él decidirá que este juego, esta pequeña charla que mantenemos, se ha acabado. Que ha llegado el momento de que yo muera.
Tengo que salir de aquí ahora mismo. Es mi única posibilidad. Y en ese preciso instante, cuando Christer desplaza brevemente el peso de su cuerpo sobre mí, consigo liberarme de sus brazos enclenques pero fuertes, y salgo corriendo del dormitorio a toda velocidad. Sólo me queda una alternativa. Echo un vistazo a la ventana negra y a la oscuridad compacta que se esconde detrás del cristal, y decido que tengo que adentrarme en la noche cerrada.
Oigo sus alaridos detrás de mí, mientras me peleo a tientas con la cerradura de la puerta exterior. Se abre con un clic, y el aire negro, frío y denso de la noche me envuelve al instante. A pesar de que, literalmente, me persigue un asesino perturbado, dudo por un segundo antes de adentrarme en la oscuridad. A pesar de que mi vida está en peligro, considero la posibilidad de quedarme en las habitaciones iluminadas de la casa; tan grande es el terror que siento a la oscuridad.
Echo a correr en dirección al embarcadero en calcetines. Mis pies buscan en vano un punto de apoyo en el lecho del bosque. El frío muerde mi piel, y me tuerzo el tobillo varias veces, antes de llegar al cobertizo de la leña.
Entonces me alcanza.
Su mano me agarra del brazo, y con un grito me lanza contra el cobertizo, arroja todo mi cuerpo contra la pared de color rojo terroso. Noto que me rompo; hay algo en la mandíbula que se quiebra, y mi boca se llena de grava y sangre. Christer aprieta una rodilla entre mis omoplatos, me agarra del pelo y, con un movimiento envolvente, golpea mi cabeza una y otra vez contra la pared. La sangre fluye de mi boca. Corre por la nieve creando un charco rojo que crece a una velocidad alarmante, y ahora veo que la grava que la sangre lleva consigo no es grava, sino dientes.
Mis dientes.
Y todo el tiempo oigo los alaridos que Christer profiere; un gemido animal que no suena como algo que haya podido oír antes. Entonces, de pronto, se detiene, y vuelvo a oír aquel sonido silbante y agudo. Se desploma sobre las rodillas y sus manos amortiguan la caída contra la nieve, mientras su tráquea convulsionada emite un jadeo ahogado. Christer cae a un lado, contra el montón de leños que yo tenía que haber partido antes de la llegada de la nieve.
De pronto, noto contra la mano el hacha que en otoño Aina dejó al lado del montón de leña, la leña que se negó a meter en el cobertizo. Se ha quedado pegada al suelo por la helada y está cubierta de nieve. Con fuerzas que no creía tener, consigo soltarla. Y aunque sólo tardo unos segundos, me da tiempo, con el hacha en la mano, a pensar un montón de cosas: ¿me he convertido en una persona malvada? ¿O únicamente en una persona que comete actos malvados? Podía haberle cortado la pierna, haberle lastimado lo suficiente para ponerle fuera de combate. Pero no quiero.
Quiero matar a ese hijo de puta.
Una sensación embriagadora se apodera de mí a pesar de mis lesiones, o tal vez gracias a ellas. Alzo el hacha y con un grito se la clavo en la cabeza hasta que queda enterrada en su cabellera pelirroja.
Poco después, el sonido silbante y agudo de su respiración se detiene.
Ya estoy de vuelta en casa. En mi preciosa casa blanca.
Se filtra una suave luz a través de los cristales emplomados de colores de la ventana del dormitorio. Cae sobre mí, sobre nuestra ancha cama en la que estoy tendido.
A mi lado, duerme ella, la niña, Jenny. Está echada boca abajo, con las piernas regordetas recogidas bajo el cuerpo y el culito, relleno de pañales, en trompa, como un signo de admiración. Su fina cabellera pelirroja reposa sudada sobre la almohada, y el chupete se mueve hacia dentro y hacia fuera siguiendo un ritmo constante.
Me acerco a ella todo cuanto puedo, sin arriesgarme a despertarla.
Ahora aspiro su aroma, el aroma a bebé. Es cálido y redondo, y huele un poco a papilla vieja.
Soy tan feliz…
Silencio.
He dejado de notar el frío mordiente. El hombre que antaño fue el padre de alguien, el que asesinó a Sara y frio albóndigas en mi cocina, yace quieto en la nieve, con la cabeza en un charco de sangre que despide vapor. Vomito sangre, o tal vez sea vino tinto, contra la pared del cobertizo, y caigo de rodillas. Poco a poco, avanzo a gatas entre la nieve, en dirección al embarcadero. Cada movimiento requiere un gran esfuerzo, y veo que, a mi paso, voy dejando un rastro de sangre en la nieve.
Estoy tan débil que no me quedan fuerzas para llegar hasta la casa. Avanzo a gatas un par de metros por el hielo. Entierro los dedos en la nieve e intento en vano arrastrar el cuerpo hacia delante, ayudándome con las uñas. Mi cuerpo parece haberse quedado sin vida, y ha dejado de dolerme la mandíbula. Por primera vez en toda la noche, siento, de pronto, que mi cabeza está despejada. Tan sólo el cuerpo se ha rendido.
Me echo sobre la espalda y miro al cielo y, de repente, es el cielo estrellado más bello que he visto en mi vida. Millones de estrellas centellean en todos los colores del arco iris contra el fondo negro y saturado, y la nieve ha dejado de parecerme fría y dura. Ahora es suave y atractiva. Pienso en el poema que Stefan me escribió sobre un trozo de papel vegetal arrugado, hace un millón de años, y que decía que no puedes ver las estrellas sin la oscuridad. Y, de pronto, caigo en la cuenta de que ya no me asusta la oscuridad; ahora me abraza con delicadeza, sin hacer ruido, infinitamente acogedora.
Debería de ser idílico.
Desde mi dulce lecho sobre el hielo puedo ver mi casa, arrebujada entre la vegetación cubierta de nieve. Brilla desde todas las ventanas, y a pesar de la oscuridad compacta, vislumbro una fina espiral de humo que se eleva desde la chimenea hacia el cielo abierto, cubierto de estrellas, de la Nochevieja. Ya no queda ni rastro de la despiadada lucha que acaba de tener lugar fuera de la casa, no se oye ni el más mínimo ruido, tan sólo un débil crujido del hielo bajo el cuerpo rígido que ya no siento como mío.
Mucho más tarde, empieza a nevar. Grandes copos de nieve caen silenciosos, cubriendo mi rostro. Entro y salgo de un sueño envuelto en una neblina, y es entonces, en ese preciso instante, cuando llega la nieve, cuando él se echa a mi lado. Stefan apoya la barbilla contra mi cuello y rodea mi cintura con sus brazos. No decimos nada, pero contemplamos en silencio las estrellas y la nieve que cae suavemente.
Huele a miel.
Siento el calor de un cuerpo, y aunque todavía no he abierto los ojos, sé quién es. Respiro hondo, lleno los pulmones con el aroma a miel y abro los ojos. La estancia es blanca, la cama es de metal, y me han cubierto con una manta a cuadros amarillos de hospital. El pelo de Aina me hace cosquillas en la nariz. Debe de haberse dado cuenta de que estoy despierta, porque se vuelve hacia mí y me acaricia la mejilla con la mano. Intento hablar, pero una especie de armatoste, ¿o será yeso?, que rodea mi mandíbula, me lo impide.
—Ssshhh, no hables. Te encontré incrustada en el hielo, princesa mía. Tenías que haberme llamado a las diez para darme las gracias por el regalo, ¿no es cierto? Puesto que no lo hiciste, empecé a preocuparme. Al final, me acerqué a tu apartamento, y al ver que no estabas, supe enseguida dónde encontrarte.
Aina parece triste.
—Debería de haber adivinado lo que harías. Es imposible confiar en ti, especie de monstruo desesperante… Al menos, ahora todo ha terminado. Él está muerto. Markus y tus padres están de camino. Y los médicos y yo hemos echado, al menos de momento, a los demás agentes de policía.
Entonces se da cuenta de mi mirada, que se ha posado en las rosas rojas que alguien ha metido en un jarrón demasiado pequeño encima de la mesita de hospital. Asiente con la cabeza sin decir nada y me acaricia el pelo.
—Son de parte de Markus. Me obligó a comprarlas.
Cuando vuelve a echarse a mi lado, pegada a mí, en la amplia cama del Hospital Regional, y apoya la cabeza contra la mía, noto su respiración húmeda en el cuello. Y entonces ya no quiero hablar… Sólo quiero quedarme allí en silencio, con la nariz enterrada en el pelo amarillo miel de Aina.