Teatro completo
Acto cuarto
El bosque y la casa junto al molino que Diadin tiene arrendada a Jruschov.
ESCENA PRIMERA
Sentados en un banco, bajo la ventana, ELENA ANDREEVNA y DIADIN
ELENA ANDREEVNA.
¡Ilia Ilich! ¡Querido!… Mañana volverá usted al correo… ¿No es así?
DIADIN.
Sin falta.
ELENA ANDREEVNA.
Esperaré otros tres días y, si la contestación de mi hermano sigue sin
llegar, le pediré un préstamo e iré yo misma a Moscú… ¡No voy a
pasarme la vida entera en su molino!
DIADIN.
¡Naturalmente! (Una pausa.) ¡Claro que yo no soy quién, estimada
Elena Andreevna, para darle lecciones; pero considero inútiles todas las
cartas y telegramas que llevo diariamente al correo! Que su hermano le
conteste o no, es igual; porque, al fin y al cabo, terminará usted por
volver a su esposo.
ELENA ANDREEVNA.
¡No volveré a él!… Reflexionemos, Ilia Ilich… Si no tengo amor a
mi marido y la juventud que me rodeaba fue injusta conmigo desde el
principio hasta el fin…, ¿por qué volver allí?… ¡Me dirá usted que el
deber!… Eso lo sé yo también perfectamente, pero hay que reflexionar.
(Pausa.)
DIADIN.
Cierto… Lomonosov, él más grande de los poetas rusos, huyó de la
región de Arkanguelsk y encontró la felicidad en Moscú. Su huida tenía
un motivo noble. Pero a usted, ¿de qué la ha servido huir?… Porque, si
hemos de ser sinceros, su dicha no está en ninguna parte… Si el sino de
un pequeño canario es permanecer en su jaula contemplando la felicidad
ajena, así seguirá haciéndolo toda su vida.
ELENA ANDREEVNA.
Puede que yo no sea un canario, sino un gorrión libre.
DIADIN.
¡Quia!… ¡Al pájaro se le juzga por el modo de volar!… En estas dos
semanas, cualquiera otra dama se hubiera recorrido ya diez ciudades,
deslumbrando a todo el mundo. Usted, en cambio, se ha limitado a
venirse huyendo aquí y hasta tiene el alma torturada por el sufrimiento.
Sí… A usted otra cosa no le cuadra… Seguirá usted aquí algún tiempo,
su corazón se tranquilizará, y después volverá a reunirse con su esposo.
(Prestando oído.) Alguien llega en coche. (Se levanta.)
ELENA ANDREEVNA.
Me marcho.
DIADIN.
Y yo no me atrevo a continuar importunándola con mi presencia. Me
voy al molino, a dormir una siestecita. Hoy me levanté antes de la aurora.
ELENA ANDREEVNA.
Pues cuando se despierte, vuelva aquí, y tomaremos juntos el té.
(Entra en la casa.)
DIADIN.—(Solo.)
Si mi vida estuviera situada en un medio intelectual, posiblemente mi
caricatura aparecería en algún periódico ilustrado, llevando por pie unas
palabras humorísticas y satíricas… ¡Y sería natural!… ¡Un hombre de
edad respetable y exterior poco atrayente, quitando la esposa joven a un
célebre profesor!… ¡Maravilloso! (Sale.)
ESCENA II
Entran SEMIÓN, que atraviesa la escena llevando dos cubos de agua, e IULA
IULA.
¡Hola, Seka! ¡Dios te guarde! ¿Está Ilia Ilich?
SEMIÓN.
Está, sí, pero en el molino.
IULA.
Vete a llamarle.
SEMIÓN.
Ahora mismo. (Sale.)
IULA.
Quizá se haya echado a dormir. (Se sienta en un banquito bajo la
ventana y lanza un profundo suspiro.) ¡Los unos duermen, los otros se
pasean!… ¡Yo en cambio que me paso el día entero trajina que te trajina,
y Dios no me manda la muerte! (Suspira aún más hondo.) ¡Dios mío!…
¡Qué poca cabeza tienen algunos! ¡Ese Vaflia, por ejemplo!… ¡Paso
ahora por delante de la puerta de su granero, y veo que escapa de ella un
cochinillo negro!… ¡Ya verás tú lo que es bueno cuando los cerdos
empiecen a romper sacos que no te pertenecen! (Entra DIADIN.)
ESCENA III
IULA y DIADIN
DIADIN.—(Metiéndose las mangas de la levita.)
¿Es usted, Iula Stepanovna?… Dispense que no esté vestido. Me
disponía a descansar un rato en brazos de Morfeo.
IULA.
Buenos días.
DIADIN.
Perdone que no la invite a entrar en las habitaciones, pero están sin
arreglar. Si le place, tenga la bondad de pasar al molino.
IULA.
No. Voy a quedarme aquí. Le diré el motivo de mi visita, Ilia Ilich. Es
el caso que Lionechka y el profesor, con el fin de distraerse un poco, han
organizado un «picnic» en el molino, y piensan tomar aquí el té…
DIADIN.
¡Encantado!
IULA.
Yo he llegado la primera, pero los otros vendrán enseguida. Haga el
favor de decir que preparen aquí la mesa…, y el «samovar»
naturalmente… Diga también a Señka que saque de mi coche las cestas
de las provisiones.
DIADIN.
Ahora mismo… (Pausa.) pero cuéntame primero qué tal va todo por
su casa.
IULA.
¡Mal, Ilia Ilich!… ¡Puede creerme!… ¡Tuve tantas preocupaciones,
que hasta caí enferma! Usted está enterado seguramente de que el
profesor y Sonechka están ahora viviendo en nuestra casa.
DIADIN.
Lo sé, sí.
IULA.
Después de la desgracia ocurrida a Egor Petrovich, no se sienten con
fuerzas para estar en la suya. Les da miedo. De día podían soportarlo;
pero cuando llegaba la noche, se reunían todos en una habitación y allí se
estaban sentados hasta el amanecer. A todos les da miedo. ¡Se les figura
que Egor Petrovich va a aparecérseles en la oscuridad!
DIADIN.
¡Prejuicios!… ¿Y de Elena Andreevna…, se acuerdan?
IULA.
¡Claro que se acuerdan! (Pansa.) ¡Pero se fue!…
DIADIN.
En efecto, se fue… ¡Un asunto digno del pincel de Aivásovsky![22].
IULA.
Y ¡quién puede saber ahora dónde estará!… Quizá se ha marchado
del país… Quizá, presa de desesperación…
DIADIN.
¡Dios es misericordioso, Iulia Stepanovna! ¡Todo se arreglará! (Entra
JRUSCHOV, llevando en la mano una carpeta y una caja de pintura.)
ESCENA IV
DICHOS, y JRUSCHOV
JRUSCHOV.
¡Hola! ¿Quién hay aquí? ¡Semión!
DIADIN.
Mira para ese lado.
JRUSCHOV.
¡Oh! ¡Buenos días, Iulechka!
IULA.
¡Buenos días, Mijail Lvovich!
JRUSCHOV.
Aquí me tienes otra vez dispuesto a trabajar. ¡No tengo el ánimo
como para estarme metido en casa! Di que me coloquen una mesa, igual
que ayer, debajo de este árbol. ¡Ah!… Y manda también que preparen
dos lámparas. Ya empieza a oscurecer.
DIADIN.
¡A las órdenes de su señoría! (Sale.)
JRUSCHOV.
¿Qué tal usted…, Iulechka?
IULA.
Así, así…; nada más.
JRUSCHOV.
Los Serebriakov están viviendo con ustedes, ¿no es verdad?
IULA.
Es verdad. Están viviendo con nosotros.
JRUSCHOV.
Hum… ¿Y qué hace su Lionechka?
IULA.
En casa se quedaba. Se pasa el día con Soñechka.
JRUSCHOV.
¡Lo creo!… ¡Deberían casarse!
IULA.
¡Ojalá!… ¡Si Dios quisiera!… Él es instruido, noble…, también ella
es de una buena familia… ¡Yo siempre lo deseé muchísimo!
JRUSCHOV.
Ella es una estúpida.
IULA.
¡Qué dice! ¡Nada de eso!
JRUSCHOV.
¡Y en cuanto a su Lionechka!… ¡Sí que ha inventado la pólvora! ¡En
conjunto, todos ustedes parecen haber sido escogidos uno por uno! ¡Qué
mentes privilegiadas!
IULA.
Hoy seguramente no ha comido usted.
JRUSCHOV.
¿Por qué supone eso?
IULA.
Porque está usted de demasiado mal genio.
ESCENA V
DICHOS; DIADIN y SEMIÓN.
DIADIN.
¡No tienes mal gusto, Mischa! ¡Te has buscado para trabajar un
rinconcito maravilloso! ¡Un verdadero oasis!… ¡Imagínate que todo lo
que te rodeara fueran palmeras… Iulechka, una tímida gacela; tú, un león,
y yo, un tigre!…
JRUSCHOV.
¡Eres excelente, Ilia Ilich, pero qué maneras las tuyas!… ¡Cuánto
decir palabras almibaradas, chocar los talones, alzar los hombros!… ¡El
que te vea no te creerá persona, sino sabe el diablo el qué!… ¡Hasta
irritas!
DIADIN.
¡Estará así escrito en mi destino!… ¡La fatalidad!…
JRUSCHOV.
¡No hay fatalidad que valga! ¡Déjate de tonterías! (Extiende y fija
sobre la mesa un cartón de dibujo.) Hoy me quedo aquí a dormir.
DIADIN.
¡Encantadísimo!… ¡Mira, Mischar!… ¡Tú estás de mal humor, pero
yo, en cambio, siento el alma inundada de bienestar! ¡Como si en el
pecho tuviera cantando un pajarillo!
JRUSCHOV.
¡Pues sigue tan contento!… ¡Tú tienes en el pecho un pajarito y yo un
sapo!… ¡No oigo más que veinte mil escándalos!… Primero:
¡Schimansky vende un bosque que va a ser talado…! Segundo: Elena
Andreevna se fuga de casa de su marido y no sabe nadie ahora dónde
está… Tercero: ¡Yo cada día soy más tonto, más miserable y más
torpe!… Ayer pensé contarte una cosa, pero luego no pude hacerlo. Me
faltó valor… Felicítame… Sabrás que el difunto Egor Petrovich dejó
escrito un diario. Las primeras manos a las que fue a parar este diario
fueron las de Iván Ivanovich. Yo he estado en su casa y me lo he leído
por lo menos diez veces.
IULA.
También en casa lo leyeron.
JRUSCHOV.
Esos amores entre Jorj y Elena Andreevna, de que tanto hablaba toda
la región, son una vil y sucia patraña. Patraña en la que yo igualmente
creí y, como los demás, calumniaba, aborrecía, ofendía y despreciaba…
DIADIN.
¡Eso, desde luego, no es justo!…
JRUSCHOV.
¡Al primero a quien presté oído, Iulechka, fue a su hermano!… ¡Me
lucí, ciertamente!… ¡Concedí mayor crédito a un hombre como su
hermano de usted, que no me inspira el menor respeto, que a esa mujer
que se sacrificaba ante mis ojos! ¡O sea…, que creo más fácilmente en el
mal que en el bien, y no veo más allá de mis propias narices!… ¡Lo cual
significa que soy tan insensato como los demás!
DIADIN.—(A IULA.)
¡Vámonos, nenita, al molino! ¡Dejemos aquí trabajando a este
regañón, y vámonos nosotros a dar un paseo! ¡Vámonos! ¡Que trabajes
mucho, Mischanka! (Sale, acompañado de IULA.)
JRUSCHOV.—(Sólo, y mientras deslía la pintura en un platillo.)
Le recuerdo una vez, descansando la mejilla en la mano de ella…
Esta escena está descrita en su diario con todos sus pormenores… Cuenta
mi llegada, y lo que dije. Reproduce mis palabras y me llama tonto y
hombre estrecho de miras. (Pausa. Mira a la pintura.) Demasiado espesa.
Hay que aclararla… Luego recrimina a Sonia porque me quiere… ¡Por
quererme! ¡Ella, que nunca me quiso!… Ya he echado un borrón. (Raspa
el papel con un cuchillo.) ¡Porque aun admitiendo que hubiera entonces
en esto alguna verdad…, ya no hay por qué pensar más en el asunto!
¡Todo empezó de un modo absurdo y así ha terminado! (Entran en escena
SEMIÓN y algunos gañanes, transportando una mesa de gran tamaño.)
¿Qué hacéis?… ¿Para qué es eso?
SEMIÓN.
Es orden de Illa Ilich. Los señores de Jeltujin vienen a tomar el té.
JRUSCHOV.
¡Tanto gusto!… ¡Eso quiere decir que hoy el trabajo se queda en
proyecto! ¡Ahora mismo lo recojo todo y me largo a casa!
ESCENA VI
JRUSCHOV, SONIA y JELTUJIN, que entran cogidos del brazo. Éste viene
cantando: «¡A mi pesar, a tan triste orilla me atrae una fuerza ignota!…» [23]
JRUSCHOV.
¿Quién viene ahí? ¡Ah! (Guarda apresuradamente en la caja los
instrumentos de dibujo.)
JELTUJIN.
¡Una última pregunta, querida Sofi!… ¿Recuerda que el día de mi
cumpleaños almorzó usted en nuestra casa?… ¡Confiese que entonces se
reía de mí!
SONIA.
¡Déjese de bromas, Leonid Stepanovich! ¡Qué cosas tiene usted! ¡Yo
entonces no necesitaba motivo para reírme!
JELTUJIN.—(Divisando a JRUSCHOV.)
Pero ¡a quién veo aquí! ¿Tú también? ¡Hola!
JRUSCHOV.
¡Hola!
JELTUJIN.
¿Qué haces?… ¿Trabajas? ¿Dónde está Vaflia?
JRUSCHOV.
Allí…
JELTUJIN.
¿Dónde es allí?
JRUSCHOV.
¡Me parece que está claro! ¡Allí! ¡En el molino!
JELTUJIN.
Voy a buscarle. (Sale canturreando.) «¡A mi pesar, a tan triste
orilla!»’…
SONIA.
Buenas tardes.
JRUSCHOV.
Buenas tardes.
SONIA.
¿Qué está usted dibujando?
JRUSCHOV.
Nada interesante.
SONIA.
¿Es un plano?
JRUSCHOV.
Es un mal forestal de nuestra región. (Pausa.) Yo lo hice: la pintura
verde representa la zona que en tiempos de nuestros abuelos, y aun
anteriormente, cubrían los bosques. El verde claro, los lugares en que
éstos fueron talados (en el curso de los últimos veinticinco años), y el
azul, los sitios en que continúan intactos. ¡Sí!… (Pausa.) ¿Y qué tal
usted?… ¿Se siente feliz?
SONIA.
Ahora, Mijail Lvovich, no es momento de pensar en la felicidad.
JRUSCHOV.
¿En qué hay que pensar, entonces?
SONIA.
¡La desgracia nos vino precisamente por haber pensado demasiado en
la felicidad!
JRUSCHOV.
¡Quién sabe!… (Pausa.)
SONIA.
¡Pero, como «no hay mal que por bien no venga», el dolor nos ha
traído una gran enseñanza: la de que hay que olvidar la felicidad propia,
Mijail Lvovich, para pensar en la ajena! ¡La vida debe basarse en el
sacrificio!
JRUSCHOV.
Según y cómo… (Pausa.) María Vasilievna, por ejemplo, perdió a su
hijo…, lo que no le impide seguir buscando contradicciones en sus
folletos. Usted, en cambio, al caer sobre usted la desgracia, halaga a su
amor propio haciendo cuanto le es posible por destrozarse la vida, y
considera eso «sacrificio»… ¡Nadie tiene corazón! ¡Usted y yo, tampoco
lo tenemos!… ¡Todo se hace justamente al revés de como debía hacerse, SEREBRIAKOV.
y por eso sale mal!… Ya me marcho. No quiero molestar a usted, ni a
Jeltujin… ¿Por qué llora?… No quería hacerla llorar.
SONIA.
¡Por nada!… (Se enjuga los ojos.)
ESCENA VII
DICHOS. Entran IULA, DIADIN y JELTUJIN; luego, SEREBRIAKOV y ORLOVSKII
SEREBRIAKOV.—(Desde dentro.)
¡Uuúuu!… ¿Dónde estáis?
SONIA.—(Alzando la voz.)
¡Aquí, papá!
DIADIN.
¡Ya traen el «samovar»! ¡Maravilloso! (Ayudado de IULA, dispone la
mesa del té. Entran SEREBRIAKOV y ORLOVSKII.)
SONIA.
Aquí estamos, papá.
SEREBRIAKOV.
Ya os veo. Ya os veo…
JELTUJIN.—(En fuerte tono de voz.)
¡Señores!… ¡Declaro abierta la sesión!… ¡Vaflia! ¡Descorcha esa
botella!
JRUSCHOV.—(A SEREBRIAKOV.)
¿Olvidamos lo ocurrido entre nosotros, profesor?… (Tendiéndole la
mano.) Le pido perdón.
Gracias. Me proporciona una gran alegría. Yo, a mi vez, le ruego me
perdone. Cuando, al otro día del incidente, me puse a meditar sobre lo
sucedido, y a repasar en la memoria nuestra conversación, me sentí
incómodo… Conque…, ¡seamos amigos! (Cogiéndole de un brazo, le
acerca a la mesa.)
ORLOVSKII.
¡Hace mucho que debíais haberlo sido!… ¡Alma mía!… ¡Una mala
paz siempre es mejor que una buena guerra!
DIADIN.
¡Excelencia!… ¡Colma mi dicha el que se haya dignado venir a mi
oasis! ¡No sabe cuánto lo celebro!
SEREBRIAKOV.
¡Muchas gracias! ¡Esto es maravilloso! ¡Realmente un oasis!
ORLOVSKII.
¿Tú, Sascha, eres amante de la naturaleza?…
SEREBRIAKOV.
Mucho. (Pausa.) Pero charlemos, señores. No vamos a estarnos
callados. En las circunstancias presentes, es lo mejor. Hay que saber
afrontar la desgracia, y mirarla cara a cara con valentía. De todos, el que
parece más animoso soy yo, y quizá es porque soy el más desgraciado…
IULA.
¡Señores! ¡No voy a poner azúcar en el té! ¡Lo tomarán con
mermelada!
DIADIN.—(Agitándose entre unos y otros.)
¡Qué gran alegría! ¡Qué contento estoy!…
SEREBRIAKOV.
Durante este último tiempo, Mijail Lvovich…, he vivido momentos
de tal intensidad…, he meditado tanto…, ¡que creo hubiera podido legar
a mis sucesores todo un tratado sobre el arte de vivir!… ¡Porque, aunque
viviéramos un siglo, no pasaría día que no nos aportara su enseñanza! Y,
en cuanto a la desgracia…, ¡ésa es la mejor lección!
DIADIN.
¡El pasado ha quedado a nuestra espalda y no hay que mirar hacia
atrás! ¡Dios es la infinita misericordia y todo acabará bien! (SONIA se
estremece.)
JELTUJIN.
¿Por qué se ha estremecido?
SONIA.
Me pareció que alguien había gritado.
DIADIN.
Son «mujiks» que están en el río cogiendo cangrejos. (Pausa.)
JELTUJIN.
¡Señores! ¡Convinimos en que esta tarde iba a transcurrir como si
nada hubiera pasado! ¡Sin embargo, me parece advertir cierta tensión!…
DIADIN.
He de decirle, excelencia, que a mí la ciencia no sólo me inspira
veneración, sino hasta afecto de pariente, ya que el hermano de la mujer
de mi hermano Grigorii Ilich, Konstantin Gavrilich Novoselov, fue doctor
en letras extranjeras…
SEREBRIAKOV.
No le conocí personalmente, pero oí hablar de él. (Pausa.)
IULA.
¡Mañana hará quince días de la muerte de Egoi Petrovich!
JRUSCHOV.
No hablemos de eso, Iulechka.
SEREBRIAKOV.
¡Ánimo, ánimo!… (Pausa.)
JELTUJIN.
Yo advierto cierta tensión…
SEREBRIAKOV.
¡La naturaleza no consiente vacío alguno en ella! ¡Al arrebatarme dos
seres que me eran muy próximos, quiso compensar el «déficit»
enviándome nuevos amigos!… ¡A su salud, Leonid Stepanovich!
JELTUJIN.
¡Muy agradecido, querido Alexander Vladimirovich! ¡Permítame que
brinde yo, a mi vez, al progreso de su tan fructuosa actividad científica!:
«¡Sembrad lo bueno, juicioso y eterno![24]… ¡Sembradlo! ¡Con profundo
gozo les dará las gracias el pueblo ruso!»
SEREBRIAKOV.
¡Aprecio su brindis y deseo de todo corazón llegue pronto el
momento de estrechar nuestros lazos de amistad! (Entra FEDOR
IVANOVICH.)
ESCENA VIII
DICHOS, y FEDOR IVANOVICH
FEDOR IVANOVICH.
¡Qué buena sorpresa! ¡Nada menos que un «pinic»!
ORLOVSKII.
¡Hijillo mío!… ¡Guapetón!
FEDOR IVANOVICH.—(Besando a SONIA y a IULA.)
¡Buenas tardes!
ORLOVSKII.
¡Dos semanas sin echarte la vista encima! ¿Por dónde has andado, y
qué has visto?
FEDOR IVANOVICH.
Fui a casa de Lionia y me dijeron que estaban ustedes aquí, conque
aquí me vine yo también.
ORLOVSKII.
Y ¿por dónde anduviste antes vagabundeando?
FEDOR IVANOVICH.
Hace tres noches que no me acuesto, y ayer, padre, perdí cinco mil
rublos… Estuve bebiendo…, jugando a las cartas… y fui unas cinco
veces a la ciudad. Tengo la cabeza completamente aturdida.
ORLOVSKII.
¡Eres un mozo valiente! ¿Quieres decir con eso que ahora vienes algo
bebido?
FEDOR IVANOVICH.
¡En absoluto!…, Iulka, ¿quieres servirme té? Con limón, eso sí. Y
muy agrio… Bueno…, ¿y qué me decís de Jorj?… ¡Así, sin venir a
cuento, fue a pegarse un tiro en la frente!… ¡También tuvo ocurrencia de
dispararse con un Lefauché!… ¡Podía haber elegido una Smith o una
Vesson!
JRUSCHOV.
¡Cállate, animal!
FEDOR IVANOVICH.
Animal, pero… pura sangre. (Atusándose la barba.) ¿Qué me decís
de lo que vale esta barba?… Yo seré un animal, un idiota, un canalla;
pero no tendría más que querer para que cualquier chica se casara
conmigo… ¡Cásate conmigo, Sonia! (A JRUSCHOV.) Usted dispense.
«Pardon».
JRUSCHOV.
¡Basta ya de hacer el tonto!
IULA.
¡Eres un hombre perdido, Fedeñka! ¡No hay en la comarca un
bebedor ni un derrochador como tú!… ¡Eres un verdadero Faraón! ¡Un
castigo!
FEDOR IVANOVICH.
¡Ya empezó el lloriqueo! Ven… Siéntate a mi lado. Así… Voy a irme
a pasar dos semanas en tu casa. Necesito descansar. (Le da un beso.)
IULA.
¡Se avergüenza una de ti ante la gente! ¡Tú, que deberías ser el
consuelo de tu padre en su vejez, no sabes más que avergonzarle!…
¡Llevas una vida estúpida, y nada más!
FEDOR IVANOVICH.
¡Desde este punto y hora dejo de beber! ¡Se acabó! (Sirviéndose
vino.) ¿Es de ciruelas o de guindas?
IULA.
¡No debes beber! ¡No bebas!
FEDOR IVANOVICH.
¡Una copa está permitido! (Bebe.) ¡Leschii!… ¡Te regalo dos caballos
y una escopeta!… ¡Me voy a vivir a casa de Iula!… ¡Pasaré allí un par de
semanas!
JRUSCHOV.
¡En un batallón disciplinario es donde debías pasarlas!
IULA.
¡Anda!… ¡Bébete el té!
DIADIN.
Con unas tostaditas, Fedeñka.
ORLOVSKII.—(A SEREBRIAKOV.)
Yo, Sascha, hasta los cuarenta años llevé la misma vida que mi Fedor.
Una vez, alma mía…, me puse a echar la cuenta de todas las mujeres que
había hecho desgraciadas en la vida y contando, contando…, cuando
llegué a las setenta, dejé de contar. Luego, al cumplir los cuarenta, de
pronto, Sascha, me ocurrió una cosa curiosa. Me acometió tal tristeza,
que no sabía qué hacer de mi persona… En una palabra, sentía en el alma
como un desacuerdo conmigo mismo… Empecé entonces a irme de aquí
para allá…, cogía un libro y me ponía a leer…, trabajaba…, viajaba…,
pero todo inútil. Estando en éstas, alma mía, figúrate que un día me voy a
ver al príncipe Dmitrii Pavlovich, mi difunto compadre. Comemos…, y
después de la comida, para no dormirnos, nos ponemos a tirar al blanco.
Todo un montón de gente acudió a mirarnos. Nuestro Vaflia estaba allí
también.
DIADIN.
Estaba, en efecto. Lo recuerdo muy bien.
ORLOVSKII.
Yo seguía con una tristeza…, ¡Dios mío!…, que ya me resultaba
insoportable. De repente, se me llenan los ojos de lágrimas…, me
tambaleo… y empiezo a gritar con todas mis fuerzas: «¡Amigos míos!…
¡Almas buenas!… ¡Perdonadme en nombre de Jesucristo!»… Y en aquel
mismo instante siento como una transformación interior, cómo en el alma
todo se me vuelve puro, cálido y dulce… Y desde entonces, alma mía, no
ha habido en toda la región un hombre más feliz que yo… ¡Eso es lo que
tienes tú que hacer!
SEREBRIAKOV.
¿El qué? (En el cielo aparece el resplandor de un fuego.)
ORLOVSKII.
¡Eso mismo!… ¡Capitular!
SEREBRIAKOV.
Eres el prototipo de la filosofía huera… Me estás aconsejando que
pida perdón…, pero ¿de qué?… ¡A mí es a quien tienen que pedir
perdón!
SONIA.
¡Papá!… ¡Los culpables fuimos nosotros!…
SEREBRIAKOV.
¿Sí, eh?… ¡Por lo visto, en este momento, en la mente de todos
ustedes está presente mi actitud hacia mi mujer!… Y me pregunto yo:
¿será posible que en su opinión sea mía la culpa?… ¡Señores! ¡Resulta
hasta risible!… ¡De manera que ella rompe con sus deberes, me abandona
en un momento grave de mi vida, y…!
JRUSCHOV.
Escúcheme, Alexander Vladimirovich… Lleva usted veinticinco años
de profesor y entregado al servicio de la ciencia… Yo, por mi parte,
planto árboles y ejerzo la medicina… Y ¿para qué lo hacemos? ¿En
beneficio de quién todo esto, si no somos capaces de apiadarnos de
aquellos mismos para los que trabajamos?… Bajo pretexto de ayudar a
los demás, lo único que conseguimos es labrar la ruina de unos y otros…
¿Qué hicimos, por ejemplo, para salvar a Jorj?… ¿Su propia mujer, que
tantas afrentas sufrió por parte de todos…, dónde está? ¿Qué se ha hecho
de su paz…, de la de su hija?… ¡Todo ha quedado destrozado, deshecho
y en quiebra!… ¡Me llaman «Leschii», pero se me figura que el JELTUJIN.
«Leschii» no soy yo solo…, que cada uno de ustedes lleva uno dentro!…
¡Todos andan a tientas por un bosque enmarañado!… ¡Tendrán
inteligencia y cultura…, pero corazón!… ¡Sólo el suficiente para
deshacerse la propia vida y la ajena!… (ELENA ANDREEVNA sale de la
casa y se sienta en un banco, bajo la ventana.)
ESCENA IX
DICHOS, y ELENA ANDREEVNA
JRUSCHOV.
Yo, a mi vez, que me consideré siempre un idealista y un hombre
humanitario, fui incapaz de perdonar al prójimo sus más mínimos
errores… Presté crédito a todas las insidias y juzgué temerariamente
como los demás… Así, cuando su esposa me ofreció confiadamente su
amistad, ¿sabe lo que le contesté desde mi altura magnífica?…
«¡Apártese de mí! —le dije—. ¡Desprecio su amistad!…». ¡Ese soy yo!
¡Llevo dentro de mí, en efecto, un «Leschii»!… Soy miserable de
espíritu, torpe, ciego… Pero usted, profesor, tampoco tiene la grandeza
del águila… Las gentes de la región, las mujeres todas, ven en mí un ser
extraordinario…, un hombre de vanguardia…, y usted es célebre en
Rusia entera…, y si a los seres como yo se les toma seriamente por
extraordinarios, y los hombres como usted son auténticamente
«célebres»…, ¿qué quiere decir esto? Sencillamente, que «en tierra de
ciegos, el tuerto es rey»… Que no hay «hombre extraordinario», ni
talento, ni persona alguna capaz de sacarnos de la maraña de ese bosque,
ni de enderezar lo que torcemos… Que no existe el verdadero hombre-
águila con derecho a una celebridad de todos respetada…
SEREBRIAKOV.
¡Perdone!… ¡Si vine aquí, no fue para polemizar con usted y defender
mi derecho a la fama!
Cambia de conversación, Mischa.
JRUSCHOV.
Me marcho, pero antes voy a terminar… Sí… Fui miserable de
espíritu…; pero conste, profesor, que tampoco el de usted tiene la
grandeza del águila… Jorj, que no encontró nada más cuerdo que hacer
que dispararse una bala en la frente, fue miserable de espíritu. Todos aquí
lo son… En cuanto a las mujeres…
ELENA ANDREEVNA.—(Interrumpiéndole.)
En cuanto a las mujeres…, tampoco éstas son superiores. (Avanza
hacia la mesa.) Elena Andreevna abandonó a su marido, pero… ¿creen
que empleará en algo grande su libertad?… Estén tranquilos… Volverá.
(Sentándose a la mesa.) He aquí que ha vuelto ya. (Se produce una
confusión general.)
DIADIN.—(Riendo.)
¡Maravilloso!… ¡Señores, antes de sentenciar, dejen hablar a la
defensa! ¡Excelencia! ¡Yo fui quien raptó a su mujer como, en tiempo de
antaño, raptó un tal Paris a la bella Elena! ¡Yo fui ese Paris aunque no
haya Paris picado de viruela!… ¡Pero…, amigo Horacio, en el mundo
ocurren cosas que ni los sabios hubieran podido soñar!…
JRUSCHOV.
¡No entiendo!… ¿Es usted realmente Elena Andreevna?
ELENA ANDREEVNA.
He pasado estas dos semanas junto a Ilia Ilich… ¿Por qué me miran
todos así?… Buenas tardes. Estaba sentada bajo la ventana y oí todo lo
que decían. (Abrazando a SONIA.) ¡Hagamos las paces! ¿Qué tal,
chiquilla querida? ¡Qué reine entre nosotras la paz y la concordia!
DIADIN.—(Frotándose las manos.)
¡Maravilloso!
ELENA ANDREEVNA.—(A JRUSCHOV.)
¡Mijail Lvovich! (Tendiéndole la mano.) ¡Lo pasado, pasado está!
Buenas tardes, Fedor Ivanovich. Buenas tardes, Iulechka.
ORLOVSKII.
¡Alma mía! ¡Nuestra querida profesora! ¡Preciosa!… ¿Conque ha
vuelto?… ¿Conque otra vez la tenemos entre nosotros?
ELENA ANDREEVNA.
Me sentía triste sin ustedes. Buenas tardes, Alexander. (Tiende la
mano a su marido, que vuelve la cabeza.) ¡Alexander!
SEREBRIAKOV.
¡Ha faltado usted a su deber!
ELENA ANDREEVNA.
¡Alexander!
SEREBRIAKOV.
¡No voy a hacer un misterio de ello! ¡Me alegra mucho volverla a ver,
y hasta estoy dispuesto a que hablemos! ¡Pero no aquí! ¡En casa! (Se
aleja de la mesa.)
ORLOVSKII.
¡Sascha! (Pausa.)
ELENA ANDREEVNA.
Sea… Nuestro problema, Alexander, tiene fácil resolución… Se
declara nulo… ¡Después de todo…, yo soy un personaje secundario, y mi
parte de dicha es la que pudiera corresponder a un simple canario!…
¡Dicha de mujer!… ¡Vivir eternamente encerrada en casa, comer, beber,
dormir y oír hablar un día y otro de la gota, de los méritos y los
derechos!… ¿Por qué bajáis la cabeza como si estuvierais azorados?…
¡Ah!… ¡Bebamos!…
DIADIN.
¡Todo se arreglará! ¡Todo acabará bien!
FEDOR IVANOVICH.—(Acercándose, excitado, a SEREBRIAKOV.)
¡Alexander Vladimirovich!… ¡Esto es conmovedor!… ¡Le ruego que
se muestre afectuoso con su mujer! ¡Dígale, aunque sólo sea una palabra
afable y le doy la mía de honor de que durante toda la vida seré su más
fiel amigo y de que le regalaré mi mejor «troika»!
SEREBRIAKOV.
Gracias, pero perdóneme si le digo que no le comprendo.
FEDOR IVANOVICH.
¡Ah!…, ¿no me comprende?…, pues escuche: Volvía ya una vez de
caza cuando veo en un árbol una lechuza. Le disparo, y sigue quieta.
Vuelvo a tirar, y como si no. ¡Nada acababa con ella!… ¡Allí continuaba
inmóvil, gira que te gira los ojos!…
SEREBRIAKOV.
¿Y a qué se refiere con todo eso?
FEDOR IVANOVICH.
A la lechuza. (Dando media vuelta, se encamina de nuevo a la mesa.)
ORLOVSKII.—(Aguzando el oído.)
¡Perdón, señores! ¡Callen un momento!… ¡Diríase que están tocando
a fuego!…
FEDOR IVANOVICH.—(Reparando en el resplandor.)
¡Huy! ¡Huy!… ¡Mirad el cielo! ¡Qué luz!
ORLOVSKII.
¡Dios mío! ¡Y nosotros aquí sentados sin notar nada!
DIADIN.
¡Vaya, vaya!…
FEDOR IVANOVICH.
¡Menuda iluminación!… ¡Y es por el lado de Alekseevskoe!
JRUSCHOV.
¡No! ¡Alekseevskoe está más a la derecha! ¡Más bien parece en
Novo-Petrovskoe!
IULA.
¡Qué horror! ¡Me da mucho miedo el fuego!
JRUSCHOV.
¡Naturalmente que es en Novo-Petrovskoe!
DIADIN.—(Llamando a gritos.)
¡SEMIÓN! ¡Vete corriendo a la presa y mira qué es lo que está
ardiendo! ¡Desde allí puede que se vea!
SEMIÓN.—(Contestando también a gritos.)
¡Es el bosque de Telibeevskii lo que arde!
DIADIN.
¿Cómo?
SEMIÓN.
¡Que el fuego es en el bosque de Telibeevskii!
DIADIN.
¡El bosque!… (Larga pausa.)
JRUSCHOV.
Me voy allá… A donde sea el fuego… ¡Adiós!… Perdone que
estuviera algo duro… La verdad es que nunca me había sentido tan
deprimido como hoy… ¡Tengo tal peso encima!… ¡Pero, en fin!… ¡Nada
de eso tiene importancia!… ¡Hay que portarse como un hombre y andar
firme sobre los pies!… ¡No me pegaré un tiro ni me tiraré a las ruedas del
molino!… ¡No soy extraordinario, pero lo seré! ¡Me dejaré crecer alas de
águila y no me asustarán ni el fuego ni el mismísimo diablo!… ¡Ya
pueden arder los bosques, que yo plantaré otros nuevos…, y si una mujer
no me quiere, querré yo a otra! (Sale con paso rápido.)
ELENA ANDREEVNA.
¡Qué valiente es!
ORLOVSKII.
¿Qué ha querido decir con eso… «y si una mujer no me quiere, querré
yo a otra…»?
SONIA.
¡Llévenme de aquí! ¡Quiero irme a casa!
SEREBRIAKOV.
En efecto, ya es hora de marcharse. No se puede aguantar la
humedad. La manta y el abrigo deben andar por ahí, en algún sitio.
JELTUJIN.
La manta se quedó en el coche y el abrigo aquí está. (Le ayuda a
ponérselo.)
SONIA.—(Presa de fuerte agitación.)
¡Llévenme de aquí! ¡Llévenme!
JELTUJIN.
Estoy a sus órdenes.
SONIA.
¡No!… ¡Me iré con el padrinito! ¡Acompáñeme, padrinito!
ORLOVSKII.
¡Andando, alma mía! ¡Vámonos! (Le ayuda a cubrirse.)
JELTUJIN.
¡Diablos! ¡No recibo más que desaires y humillaciones! (FEDOR
IVANOVICH e IULA recogen en la cesta los objetos de loza y las
servilletas.)
SEREBRIAKOV.
Me duele la planta del pie izquierdo. Será reuma… ¡Esto significa
otra noche en vela!…
ELENA ANDREEVNA.—(Mientras abrocha el abrigo a su marido.)
¡Ilia Ilich!… ¡Querido!… ¡Sáqueme de casa la capa y el sombrero!
DIADIN.
Ahora mismo. (Entra, y vuelve a salir con el sombrero y la capa.)
ORLOVSKII.
¡Eso es que te ha asustado el fuego…; pero no tengas miedo, almita
mía, que ya parece que empieza a decrecer!
IULA.
Ha sobrado medio tarro de mermelada. Se la dejaremos a Ilia Ilich
para que se la coma. (A su hermano.) ¡Lionechka! ¡Coge la cesta!
ELENA ANDREEVNA.
Yo ya estoy. (A su marido.) «¡Cógeme en brazos, estatua del
comendador, y hundámonos juntos en tus veintiséis melancólicos
aposentos!…» ¡Ese es mi camino!
SEREBRIAKOV.
¡Estatua del comendador!… La cita me hace gracia, y me reiría si no
me lo impidiera este dolor del pie… (A todos.) Adiós, señores…
Agradecido a su convite y grata compañía… La tarde ha sido
maravillosa, el té exquisito y todo excelente… Lo único que no puedo SONIA.
admitirle —y le ruego me perdone— es su filosofía huera y sus
apreciaciones sobre la vida… ¡Hay que dejar obra realizada, señores!
¡Hay que dejarla! ¡De otro modo no se podría vivir! ¡Adiós a todos! (Sale
con su esposa.)
FEDOR IVANOVICH.
Vamos, bonita. Vámonos nosotros también. (A su padre.). Adiós,
padre. (Sale acompañando a IULA.)
JELTUJIN.—(Siguiéndoles cargado con la cesta.)
¡Cómo pesa esta cesta! ¡Al diablo con ella! ¡Detesto estos «picnics»!
(Sale, y se le oye decir tras el escenario.) ¡Aleksei, acerca el coche!
ESCENA X
ORLOVSKII, SONIA y DIADIN
ORLOVSKII.—(A SONIA.)
Pero, bueno…, y ahora ¿por qué te sientas? ¡Vamos, Maniusia! (Se
dirige con SONIA a la salida.)
DIADIN.—(Aparte.)
¡Ninguno se ha despedido de mí! ¡Maravilloso! (Apaga las velas.)
ORLOVSKII.—(A SONIA.)
¿Qué te pasa?
SONIA.
¡No puedo andar, padrinito! ¡Me faltan las fuerzas! ¡Estoy
desesperada, padrinito! ¡Estoy desesperada!
ORLOVSKII.—(Inquieto.)
Pero ¿qué te ocurre, alma mía…, bonita?…
¡Quedémonos!… ¡Quedémonos aquí un poco más!
ORLOVSKII.
¡Tan pronto me dices «llévame», como «quedémonos»!… ¡No puede
uno comprenderte!
SONIA.
¡Hoy!… ¡Aquí mismo…, he destruido mi felicidad!… ¡No puedo
más! ¡Ay, padrinito! ¿Por qué no me he muerto aún? (Abrazándole.) ¡Si
usted supiera! ¡Ay, si usted supiera!…
ORLOVSKII.
¿Quieres un poco de agua?… Anda, vamos a sentarnos.
DIADIN.
¡Pero qué ocurre!… ¡Sofía Alexandrovna! ¡Oh…, esto es superior a
mis fuerzas! ¡Estoy temblando! (Con voz llorosa.) ¡Querida! ¡No puedo
ver esto! ¡Nenita mía!…
SONIA.
¡Ilia Ilich querido!… ¡Lléveme a donde sea el fuego! ¡Se lo suplico!
ORLOVSKII.
¿Qué se te ha perdido en el fuego? ¿Qué vas a hacer allí?
SONIA,
¡Lléveme, se lo suplico! ¡Si no me lleva, iré yo sola! ¡Estoy
desesperada! ¡Lléveme a donde sea el fuego!… (Entra, con paso rápido,
JRUSCHOV.)
ESCENA XI
DICHOS, y JRUSCHOV
JRUSCHOV.—(Con fuerte voz)
¡Ilia Ilich!
DIADIN.
Aquí estoy. ¿Qué quieres?
JRUSCHOV.
Imposible ir a pie. ¿Me prestáis un caballo?
SONIA.—(Con una exclamación de alegría al ver a JRUSCHOV.)
¡Mijail Lvovich!… (Avanzando hacia él.) ¡Mijail Lvovich! (A
ORLOVSKII.) ¡Váyase, padrinito! ¡Tengo que hablar con él! (A JRUSCHOV.)
¡Mijail Lvovich! ¡Usted dijo que podría querer a otra! ¡Váyase, padrinito!
Pues bien…, ¡yo ahora soy «otra»!… ¡No me importa más que la
verdad!… ¡Nada más que la verdad!… ¡Le quiero! ¡Le quiero!…
ORLOVSKII.
¡Huy, huy, huy, qué historia! (Ríe.)
DIADIN.
¡Maravilloso!
SONIA.—(A ORLOVSKII.)
¡Márchese, padrinito! (A JRUSCHOV.) ¡Sí!… ¡No me importa más que
la verdad! ¡Hable, hábleme usted!… ¡Yo ya lo he dicho todo!
JRUSCHOV.—(Rodeándola con sus brazos.)
¡Palomita mía!
SONIA.
¡No se vaya, padrinito!… ¿Sabes?… Siempre que te declarabas a mí
me ahogaba la alegría, pero los prejuicios me dominaban… ¡Tenía para
contestarte el mismo impedimento que hoy impide a mi padre sonreír a
Elena!… ¡Pero ahora soy libré!
ORLOVSKII.—(Riendo.)
¡Por fin acabaron por entenderse! ¡Alcanzaron la orilla!… ¡Tengo el
honor de presentarles mi enhorabuena! ¡Habrase visto par de
sinvergüenzas!… ¡Resulta que el uno corría tras el otro!…
DIADIN.—(Abrazando a JRUSCHOV.)
¡Mischeñka! ¡Querido! ¡Qué alegría me has dado!
ORLOVSKII.—(Abrazando y besando a SONIA.)
¡Monina! ¡Pajarito mío! ¡Mi ahijadita! (SONIA ríe.) ¡Vaya!… ¡Ya le
entró la risa!
JRUSCHOV.
¡Todavía no he podido recobrarme! ¡Déjenme seguir hablando con
ella! ¡No me molesten! ¡Se lo suplico…, váyanse! (Entran FEDOR
IVANOVICH e IULA.)
ESCENA XII
DICHOS; FEDOR IVANOVICH e IULA
IULA.
Todo eso que estás diciendo es mentira, Fedeñka. ¡Todo mentira!
ORLOVSKII.
¡Tsssss!… ¡Silencio, niños! ¡Escondámonos! ¡Aquí viene ese castigo
mío! ¡De prisa, por favor! (ORLOVSKII, JRUSCHOV, DIADIN y SONIA se
esconden.)
FEDOR IVANOVICH.
Aquí es donde dejé olvidada la fusta y un guante…
IULA.
¡Mentira todo!
FEDOR IVANOVICH.
¿Y si lo fuera?…, ¿qué importaría?… ¡No tengo gana ahora de ir a tu
casa!… Paseemos primero un poco y nos vamos después.
IULA.
¡No sabes más que dar que hacer! ¡Qué tormento contigo!…
(Lanzando una exclamación.) ¡Si será tonto ese Vaflia, que todavía no ha
quitado la mesa!… ¡Podrían robarle el «samovar»!… ¡Ay Vaflia,
Vaflia!… ¡Serás viejo, pero tienes menos juicio que un chiquillo!
DIADIN.—(Aparte.)
Tantas gracias.
IULA.
Al llegar aquí me pareció oír risas.
FEDOR IVANOVICH.
Son las campesinas, que se están bañando en el río. (Alzando un
guante del suelo.) ¡Alguien ha perdido un guante!… ¡De SONIA!… Por
cierto, ésta estaba hoy que parecía que le había picado un mosquito…
¡Está enamorada de Leschii…, chiflada por él hasta los tuétanos, y el
muy tonto no se da cuenta!…
IULA.—(En tono de enojo.)
Pero ¿se puede saber adónde vamos?
FEDOR IVANOVICH.
A la presa… Vamos a dar un paseo. ¡No hay sitio igual en toda la
comarca!… ¡Qué belleza aquella!…
ORLOVSKII.—(Aparte.)
¡Hijillo mío! ¡Guapetón!…
IULA.
¡He oído una voz!
FEDOR IVANOVICH.— (Recitando.)
¡Oh, lugar encantado[25] por el que ronda Leschii
y la ondina se oculta
en las ramas del árbol!
(Dándole una palmada en el hombro.) ¡Pues sí, querido tío!…
IULA.
¡Yo no soy «tío» de nadie!
FEDOR IVANOVICH.
¡Bien!… Meditemos un momento con calma… Mira, Iulechka… He
pasado por todos los vientos y tempestades y he cumplido ya los treinta y
cinco…, pero no tengo más categoría que la de alférez en el ejército
serbio y la de suboficial en el ruso. Por tanto, mi única ocupación es
vagar entre el cielo y la tierra. ¡Es preciso, sin embargo, que cambie de
modo de vivir, y se me ha metido ahora en la cabeza que, si me caso, se
verificará una transformación en mi vida! Así que… ¡Cásate conmigo!…,
¿quieres?… ¡Otra mejor que tú no podría encontrar!…
IULA.—(Turbándose.)
Pues… Verás… ¡Primero tendrías que corregirte, Fedeñka!
FEDOR IVANOVICH.
¡Bueno…, no empieces a regatear! ¡Contéstame claro!
IULA.
Es que me da vergüenza… (Gira la vista a su alrededor.) Espera…
Voy a ver si viene alguien o si nos están escuchando. Me parece que
Vaflia nos mira desde la ventana.
FEDOR IVANOVICH.
Pero ¡si no hay nadie!
IULA.—(Alzando hacia él los brazos.)
¡Fedeñka!… (SONIA, DIADIN, ORLOVSKII y JRUSCHOV ríen, aplauden y
exclaman:) ¡Bravo! ¡Bravo!
FEDOR IVANOVICH.
¡Canastos! ¡Qué susto me habéis dado! ¿De dónde salís?
SONIA.
¡Enhorabuena, Iulechka!… ¡Para ti y para mí!… (Risas, besos y
alboroto.)
DIADIN.
¡Maravilloso! ¡Maravilloso!…
FIN DE
«EL ESPÍRITU DEL BOSQUE»
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