Teatro completo
Acto segundo
Salón en casa de los Lebedev; en el fondo, salida al jardín; a la derecha y a la izquierda, puertas. Mobiliario antiguo y rico. La araña, los candelabros y
los cuadros están cubiertos con fundas.
ESCENA PRIMERA
SINAIDA SAVISCHNA está sentada en el diván, y, a ambos lados suyos, ocupan
las butacas las invitadas ancianas. Los jóvenes se sientan en sillas, y en el
fondo, junto a la salida al jardín, un grupo juega a las cartas. Entre los
jugadores se cuentan KOSIJ, AVDOTIA NASAROVNA y EGORUSCHKA. GAVRILA
se mantiene en pie al lado de la puerta de la derecha; la Doncella ofrece
dulces, servidos en una bandeja, y durante todo el acto, procedentes del
jardín y entrando y saliendo por la puerta de la derecha, circulan los
invitados. BABAKINA entra por la puerta de la derecha y se dirige a SINAIDA
SAVISCHNA.
SINAIDA SAVISCHNA.(Con alegría.)
¡Marta Egorovna! ¡Querida!
BABAKINA.
Muy buenas tardes, Sinaida Savischna. ¡Mis felicitaciones! (Se
besan.)
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Muchas gracias, almita mía! ¡Cuánto me alegra verla!… ¿Qué tal se
encuentra de salud?
BABAKINA.
Muy bien, gracias. (Toma asiento, a su lado, en el diván.) ¡Buenas
tardes, jóvenes! (Los Invitados se ponen en pie y saludan.)
INVITADO 1.º—(Riendo.)
¿Jóvenes?… ¿Es que usted es vieja?
BABAKINA.—(Con un suspiro.)
¡Tan joven no soy ya!
INVITADO 1.º—(Con risa respetuosa.)
¡Por Dios!… ¿Qué dice?… ¡Aun de viuda puede competir con
cualquier muchacha! (GAVRILA ofrece té a BABAKINA.)
SINAIDA SAVISCHNA.—(A GAVRILA.)
¿Por qué se lo sirves sin nada?… Trae alguna clase de mermelada…
La de grosella, por ejemplo.
BABAKINA.
No se moleste. Se lo agradezco mucho. (Pausa.)
INVITADO 1.º.
Dígame, Marga Egorovna: ¿vino usted por Muschkino?
BABAKINA.
No; vine por Saimische. El camino es mejor.
INVITADO 1.º
Es mejor, en efecto.
KOSIJ.
Dos «piques».
EGORUSCHKA.
Paso.
AVDOTIA NASAROVNA.
Paso.
INVITADO 2.º
Paso.
BABAKINA.
Los billetes de lotería del Estado, Sinaida Savischna de mi alma, han
subido muchísimo. Los de la primera emisión están ya a doscientos
setenta rublos, y los de la segunda, a cerca de doscientos cincuenta.
¡Nunca había ocurrido antes una cosa así!
SINAIDA SAVISCHNA.—(Suspirando.)
¡Dichoso el que tenga muchos!
BABAKINA.
¡No diga, querida!… ¡Por altos que estén, no conviene nada emplear
capital en ellos! ¡Sólo los gastos del seguro!…
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Eso es la verdad; pero, de todos modos, siempre tiene uno alguna
esperanza! (Suspirando.) ¡La misericordia de Dios no nos abandona!
INVITADO 3.º
Según mi punto de vista, «mesdames»…, hoy día tener un capital es
muy desventajoso. El papel del Estado da un interés bastante reducido, y
como, por otra parte, mover el capital es demasiado peligroso, encuentro,
«mesdames», que la persona que hoy posee un capital está en situación
más crítica, «mesdames», que la que…
BABAKINA.—(Suspirando.)
¡Cierto! ¡Muy cierto! (El INVITADO 1.º bosteza.) ¿Qué es eso de
bostezar delante de las señoras?
INVITADO 1.º
«Oh, pardon, mesdames!» ¡Ha sido sin querer! (SINAIDA SAVISCHNA
se levanta y sale de escena por la puerta de la derecha. Silencio
prolongado.)
EGORUSCHKA.
Dos «carreaux».
AVDOTIA NASAROVNA.
Paso.
INVITADO 2.º
Paso.
KOSIJ.
Paso.
BABAKINA.—(Para sí.)
¡Dios mío! ¡Qué aburrimiento de muerte!
ESCENA II
DICHOS; SINAIDA SAVISCHNA y LEBEDEV
SINAIDA SAVISCHNA.—(En voz baja, a LEBEDEV, entrando con él por la puerta de la derecha.)
¿Por qué te estás ahí sentado, como si fueras una «prima-donna»?…
¡Atiende a tus invitados! (Vuelve a su sitio.)
LEBEDEV.—(Bostezando.)
¡Pues sí que estoy divertido! (Al ver a BABAKINA.) Pero ¡Dios mío, si
está aquí el bombón! ¿Cómo va su preciosa salud?
BABAKINA.
Bien. Le agradezco su interés.
LEBEDEV.
¡Pues entonces, gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!… (Se sienta en una
butaca.) ¡Eso es!… ¡Gavrila! (GAVRILA acude a servirle una copa de
vodka y un vaso de agua, que bebe sucesivamente.)
INVITADO 1.º
¡Que aproveche a su salud!
LEBEDEV.
¡Oh…, eso de la salud!… ¡Ya tiene uno bastantes gracias que dar sólo
con estar vivo!… (A su mujer.) ¡Siusiuschka!… ¿Dónde está la que acaba
de nacer?
KOSIJ.—(En tono lastimero.)
Pero, dígame, ¿por qué razón hemos dejado de hacer esa baza?
(Levantándose de un salto.) ¡Qué diablos! ¿Por qué hemos dejado de
hacerla?
AVDOTIA NASAROVNA.—(Levantándose también de un salto, y con voz irritada.)
¡Porque no sabes jugar, padrecito, a pesar de que juegues!… ¿Qué
necesidad tenías de servir a un palo que no era el tuyo?… ¡Ahora puedes
guardarte el as para ponerlo en escabeche!… (Abandonan
precipitadamente la mesa.)
KOSIJ.—(Quejumbrosamente.)
¡Señores! ¡Tenía el as, el rey, la dama de «carreaux», el as de «pique»
y una pequeña de «corazones», y sale ella…, que la lleve el diablo…, con LEBEDEV.
que no podía declarar el juego!… ¡Si yo había dicho ya que jugaba a
cualquier palo!
AVDOTIA NASAROVNA.
¡La que lo dijo fui yo! ¡Juego a todos los palos! ¡Tú dijiste solamente
a dos, y sin triunfos!
KOSIJ.
¡Esto es indignante! ¡Permítame!… ¡Yo tenía…, tenía! (A LEBEDEV.)
¡Usted lo va a juzgar, Pavel Kirillich! ¡Yo tenía el as, el rey y la dama de
«carreaux»!…
LEBEDEV.—(Tapándose los oídos.)
¡Déjame! ¡Haz el favor de dejarme en paz!
AVDOTIA NASAROVNA.—(Con un chillido.)
¡La que dijo «sin triunfos» fui yo!
KOSIJ.—(Frenético.)
¡Que me llamen canalla si vuelvo a jugar, siquiera una vez, con este
pescado! (Sale rápidamente al jardín, seguido del INVITADO 2.º,
quedando sentado solamente a la mesa EGORUSCHKA.)
AVDOTIA NASAROVNA.
¡Uf! ¡Si hasta se me ha subido un sofoco a la cara! ¡Pescado!… ¡Tú sí
que eres pescado!
BABAKINA.
¡Usted también, abuela, tiene su mal genio!
AVDOTIA NASAROVNA.—(Con gesto de alegre asombro al reconocer a BABAKINA.) ¡Querida mía! ¡Bonita!… ¡Estaba ahí… y yo como ciega, sin verla! ¡Palomita! (La besa en un hombro y se sienta a su lado.) ¡Déjame que te admire, cisnecito blanco!…
¡Bueno…, ya empiezas! ¡Más valdría que le buscaras un novio!
AVDOTIA NASAROVNA.
¡Y se lo buscaré! ¡No he de morirme, pecadora de mí, hasta casarla a
ella y a Sainichka! ¡No he de morirme! (Suspirando.) Lo malo es que…
¿dónde encontrar los novios?… ¡Miren! ¡Ahí hay sentados «novios»!…
¡Quietecitos como gallos mojados!
INVITADO 3.º
La comparación no es muy acertada. Según mi punto de vista,
«mesdames», si los jóvenes de hoy día prefieren la vida de solteros, la
culpa es de las condiciones sociales.
LEBEDEV.
¡Bueno, bueno! ¡Basta de filosofías!… ¡Me desagradan!…
ESCENA III
DICHOS y SASCHA
SASCHA.—(Entrando y yendo hacia su padre.)
¿Cómo están aquí sentados, señores, con este tiempo tan maravilloso?
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Sascheñka! ¿No te has fijado en que tenemos de visita a Marfa
Egorovna?
SASCHA.
¡Oh, discúlpeme! (Saluda a BABAKINA.)
BABAKINA.
¡Te has vuelto muy orgullosa, Sanichka! ¡No vienes nunca a verme!
(Se besan.) ¡Felicidades, almita mía!
SASCHA.
Muchas gracias. (Va a sentarse junto a su padre.)
LEBEDEV.
¡Sí, Avdotia Nasarovna! ¡Hoy día no sólo es difícil dar con un buen
novio; sino también con testigos serios!… ¡La juventud de ahora, sin
ofender a nadie, parece estar cuajada!… ¡Como si hubiera cocido
demasiado! ¡No sabe bailar, ni conversar, ni beber como se debe!
AVDOTIA NASAROVNA.
¡Pues, a mi juicio, en lo de beber son todos unos maestros!
LEBEDEV.
¡No consiste todo en beber! ¡Eso lo puede hacer un caballo! ¡Lo
interesante es saber beber!… ¡En mis tiempos se pasaba uno todo el día
ocupado con sus clases; pero en cuanto llegaba la noche, se iba uno a
casa de alguien y se divertía hasta el amanecer! ¡Se sabía bailar, distraer a
las señoritas, y se sabía también beber!… ¡Se charlaba y se filosofaba
hasta secársele a uno la lengua!… ¡A los muchachos de ahora, en
cambio… (Hace un gesto despectivo.), no los entiendo! ¡No saben ni de
una cosa ni de otra! ¡En toda la región no hay más que un joven de
verdadero mérito, pero ya está casado!
BABAKINA.
¿Quién?
LEBEDEV.
Nikolascha Ivanov.
BABAKINA.
En efecto, es un buen muchacho (Torciendo el gesto.), pero… ¡qué
desgraciado!
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Naturalmente, querida! ¿Cómo no va a serlo? (Suspirando.) ¡Qué
equivocación la suya…, pobre! ¡El infeliz contaba, al casarse con su
judía, con que el padre y la madre le darían el oro a montañas, y el
resultado ha sido muy otro! ¡Desde el punto y hora en que ella cambió de
creencias, el padre y la madre la maldijeron y no quisieron volver a saber
nada de ella! ¡Así que recibir, no ha recibido ni una «kopeika»!… ¡Ahora
se arrepiente, pero ya es tarde!…
SASCHA.
Mamá, eso no es verdad.
BABAKINA.—(Con calor.)
¿Cómo que no es verdad, Sehurochka?… ¡Todo el mundo lo sabe! De
no haber mediado el interés, ¿por qué iba a haberse casado con una
hebrea?… ¿Acaso le hubieran faltado rusas?… No, almita mía. Se ha
equivocado y se ha equivocado. (Animadamente.) ¡Dios mío!… ¡Y cómo
lo está pagando ella ahora!… ¡La cosa da risa! ¡Da, sencillamente,
risa!… Vuelve él a casa de alguna parte, y lo primero que hace es decirle:
«¡Tu padre, y tu madre me han engañado!… ¡Fuera de mi casa!»… Pero
¿adónde va a ir ella?… ¡Su padre y su madre no la admitirán!…
¡Colocarse de doncella tampoco podría, porque no está acostumbrada al
trabajo!… ¡Y luego, que si esto y que si lo otro! ¡Hasta que el conde
interviene para defenderla!… ¡Si no fuera por el conde, hace tiempo que
hubiera acabado con ella!
AVDOTIA NASAROVNA.
Sí, y, a veces, también la encierra en el sótano, le da un ajo y le dice:
«¡Anda, come!», y ella se pone de ajo hasta no poder más. (Risas.)
SASCHA.
¡Papá, eso es mentira!
LEBEDEV.
¿Y qué más da?… ¡Déjalas que se diviertan a su gusto! (Llamando.)
¡Gavrila! (GAVRILA le sirve vodka y agua.)
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Por eso anda tan arruinado, el pobre! ¡En todos los asuntos le va mal!
¡Si no fuera por el interés que toma Borkin por la hacienda, él y su judía
no tendrían ya para comer!… (Suspirando) ¿Pues y lo que hemos sufrido
nosotros por su culpa?… ¡Eso sólo Dios lo sabe!… ¡Lo creerá usted, o
no, querida, pero hace tres años que nos debe nueve mil rublos!
BABAKINA.—(Con expresión de espanto.)
¡Fue mi querido Pascheñka el que dijo que había que dárselos!… ¡No
sabe distinguir a quién se le puede prestar dinero y a quién no!… No
hablo ya de la suma en sí…, ¡vaya con Dios!…; ¡pero, al menos, podría
pagarnos los intereses!
SASCHA.—(Con calor.)
¡Mamá!… ¡Sobre eso ya ha hablado usted mil veces!
SINAIDA SAVISCHNA.
¿Y a ti qué te importa? ¿Por qué tienes que meterte a defenderlo?
SASCHA.—(Levantándose.)
¿Y usted, cómo tiene valor para decir eso de una persona que no le ha
hecho ningún daño? ¿Qué daño le ha hecho, vamos a ver?
I : NVITADO 3.º
¡Permítame dos palabras, Alexandra Pavlovna!… ¡Aprecio a Nikolai
Alekseevich, y siempre consideré un honor…; pero la verdad es que…,
dicho sea «entre-nous»… le tengo por un aventurero!
SASCHA.
¡Pues le felicito si se lo parece así!
INVITADO 3.º
Como prueba de lo que digo, le referiré el siguiente hecho, que me
contó su «attaché» o, mejor dicho, su cicerone, Borkin… Parece ser que,
hace dos años, durante una epidemia de epizootia, compró ganado, lo
aseguró y…
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Sí, sí, sí!… ¡Recuerdo el caso! ¡También me hablaron a mí de él!
INVITADO 3.º
Lo aseguró, lo contagió de la peste, y cobró la prima del seguro.
SASCHA.
¡Todo eso son majaderías!… ¡Majaderías completas!… ¡Nadie
compró nada, ni contagió ganado alguno!… ¡El proyecto era del propio
Borkin, que se jactaba de ello en todas partes!… ¡Cuando se enteró
Ivanov, se enfadó tantísimo, que Borkin tuvo que pasarse dos semanas
pidiéndole perdón!… ¡La culpa de Ivanov está en su debilidad de carácter
y en su falta de valor para echar a ese Borkin! ¡También tiene la culpa,
por fiarse demasiado de la gente! ¡Le robaron todo lo que tenía, y todo el
que quiso se aprovechó de sus nobles ideas!
LEBEDEV.
¡Bueno… basta ya!
SASCHA.
¿Pues por qué dicen esas tonterías?… ¡Ah, qué aburrido es esto!…
¡Parece enteramente que no existe más tema de conversación que
«Ivanov, Ivanov, Ivanov»!… (Se dirige a la puerta, pero retrocede. A los
jóvenes.) ¡Me asombran ustedes, señores!… ¡Me asombra su paciencia!
¿Será posible que no se aburran ahí sentados?… ¡Hasta el aire rezuma
aburrimiento!… ¡Hablen de algo! ¡Entretengan a las señoritas!
¡Muévanse!… ¡Y, si no tienen más tema de conversación que Ivanov,
canten, rían, bailen!…
LEBEDEV.—(Riendo.)
¡Muy bien…! ¡Regáñalos! ¡Regáñalos!…
SASCHA.
¡Se lo pido como un favor! ¡Si no quieren ni bailar, ni reír, ni
cantar…, les ruego…, les suplico… que, siquiera por una vez en su
vida…, para sorprendernos o para hacernos reír…, reúnan sus fuerzas y
entre todos ideen algo ingenioso, brillante, atrevido inclusive, pero con lo
que consigan algún efecto cómico o nuevo!… Y aun cuando lo que hagan
sea pequeño, insignificante, poco notable…, siempre tendrá algo de
hazaña, y las señoritas, al menos una vez en su vida, podrán exclamar:
«¡Ah!»… Si, como seguramente será, desean ustedes agradarles…, ¿por
qué no hacen nada para ello?… ¡Ah señores!… ¡Las moscas se mueren, y
las lámparas humean de mirarlos!… ¡Mil veces les he dicho, y seguiré
diciéndoselo, que son ustedes imposibles!
ESCENA IV
DICHOS; IVANOV y SCHABELSKI
SCHABELSKI.—(Entrando con IVANOV por la puerta de la derecha.)
¿Quién declama aquí?… ¿Usted, Schurochka? (Riendo y
estrechándole la mano.) ¡Felicidades, ángel mío, y que Dios le conceda
morir lo más tarde posible, y no nacer por segunda vez!
SINAIDA SAVISCHNA.—(Con alegría.)
¡Nikolas Alekseevich!… ¡Conde!…
LEBEDEV.
¿A quién veo?… ¡Vaya, vaya…, pero si es el conde! (Va a su
encuentro.)
SCHABELSKI.—(Viendo a SINAIDA SAVISCHNA y a BABAKINA, y tendiéndoles la mano.)
¡Dos «bancos» sobre un sofá! ¡Con qué gusto se las ve! (A SINAIDA
SAVISCHNA.) ¡Buenas tardes, Siusiuschka! (A BABAKINA) ¡Buenas tardes,
pimpollo!…
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Qué gran alegría! ¡Es usted, conde, un huésped tan poco frecuente!
(Llamando.) ¡Gavrila! ¡Trae té!… ¡Siéntense, por favor!… (Se levanta y
sale por la puerta de la derecha, regresando después con expresión
preocupada. SASCHA vuelve a ocupar su sitio e IVANOV saluda a todos.)
LEBEDEV.—(A SCHABELSKI.)
¿De dónde vienes? ¿Qué fuerzas te han traído aquí? ¡Vaya sorpresa!
(Le besa.) ¡Eres un bandido, conde!… ¡Esta no es manera de portarse!
(Cogiéndole del brazo, le conduce hasta el pie de las candilejas.) ¿Se
puede saber por qué no vienes a vernos? ¿O es que estás enfadado?
SCHABELSKI.
¿Y por qué procedimiento iba a venir a verte?… ¿Montado en el
bastón?… ¡Ni tengo caballos, ni Nikolai quiere traerme con él! ¡Dice que
debo quedarme con Sara para que no se aburra! ¡Mándame tú los caballos
y vendré a verte!…
LEBEDEV.—(Con expresivo gesto.)
¡Qué cosas tienes!… ¡Antes se muere Siusiuschka que dejar los
caballos!… ¡Querido mío!… ¡Eres lo más querido para mí!… ¡De los
viajeros ya sólo quedamos tú y yo!… (Recitando.) «¡Amo en ti mis
sufrimientos pasados y mi juventud perdida!»… ¡Bueno, esto serán
bromas; pero la verdad es que me falta poco para llorar! (La abraza.)
SCHABELSKI.
¡Suéltame! ¡Suéltame!… ¡Apestas a vodka igual que una bodega!
LEBEDEV.
¡No puedes imaginarte, alma mía, lo que me aburro sin mis amigos!
¡Me ahorcaría de aburrimiento!… (Bajando la voz.) ¡Siusiuschka, con sus SCHABELSKI.—(A BABAKINA.)
ahorros, ha espantado a toda la gente decente y, como ves, sólo han
quedado aquí los Dudkini…, los Bubkini!… ¡Bueno, toma el té!
(GAVRILA sirve té al CONDE.)
SINAIDA SAVISCHNA.—(A GAVRILA, con semblante preocupado.)
¿Cómo sirves así el té? ¡Trae siquiera alguna clase de mermelada!…
¡La de grosella, por ejemplo!
SCHABELSKI.—(A IVANOV, riendo.)
¿No te lo decía yo? (A LEBEDEV.) ¡Por el camino había apostado con
él a que cuando llegáramos aquí, Siusiuschka nos obsequiaría con
mermelada de grosella!
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Usted, conde, tan bromista como siempre! (Se sienta.)
LEBEDEV.
¡Es que han hecho veinte toneladas de mermelada de grosella y no
saben qué hacer con ellas!
SCHABELSKI.—(Tomando asiento ante la mesa.)
¿Ahorra usted mucho, Siusiuschka?… Qué…, ¿tiene usted ya su
milloncejo?
SINAIDA SAVISCHNA.—(Con un suspiro.)
¡Sí, sí!… ¡Visto desde fuera, parece que no hay nadie más rico que
nosotros!… ¡Habladurías todo!… ¿De dónde vamos a sacar el dinero?
SCHABELSKI.
¡Bueno, bueno, bueno!… ¡Ya sabemos lo que es usted jugando a las
damas! (A LEBEDEV.) En confianza, Sascha…, ¿habéis, en efecto,
ahorrado un millón?
LEBEDEV.
No lo sé. Eso pregúntaselo a Siusiuschka.
¡Pues tampoco este pimpollo, llenito y regordete, tardará mucho en
reunir su milloncejo!… ¡Se la ve engordar y embellecer, no digo ya por
días, sino por horas! ¡Eso significa mucho dinero!
BABAKINA.
Le estoy muy agradecida, excelencia, pero no me gusta que se mofen
de mí. ¡Mi querido «Banco»!…
SCHABELSKI.
¿Acaso esto es mofarse? ¡Es sólo un grito del alma demasiado llena
de sentimiento! ¡Mi afecto hacia usted y hacia Siusiuschka no tiene
límites! ¡Las encuentro encantadoras, y a ninguna de las dos puedo
contemplar con indiferencia!
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Usted siempre igual!… (A EGORUSCHKA.) ¡Egoruschka!… ¡Apaga
esas velas! ¿Por qué van a estar encendidas, cuando no juega nadie?
(EGORUSCHKA apaga las velas y se sienta. A IVANOV.) Diga, Nikolai
Alékessvich…: ¿qué tal va la salud de su esposa?
IVANOV.
Mal. Hoy mismo acaba de decir el doctor que lo que tiene es tisis.
SINAIDA SAVISCHNA.
¿Será posible?… ¡Qué pena!… (Con un suspiro.) ¡La queremos tanto
todos!…
SCHABELSKI.
¡Tonterías, tonterías, y nada más que tonterías!… ¡No hay tisis que
valga! ¡Todo son charlatanerías del médico! ¡La quiere visitar todos los
días, y por eso ha inventado lo de la tisis! ¡Se aprovecha de que el marido
no es celoso! (IVANOV hace un gesto de impaciencia.) ¡De Sara no creo ni
una sola palabra, ni un solo movimiento! ¡Jamás he prestado crédito ni a SINAIDA SAVISCHNA.
los médicos, ni a los abogados, ni a las mujeres!… ¡Tonterías, tonterías,
charlatanerías y nada más!
LEBEDEV.—(A SCHABELSKI.)
¡Eres asombroso, Matvei! ¡Te has disfrazado de misántropo! ¡Pareces
un hombre como otro cualquiera; pero cuando te pones a hablar, se diría
que tienes «pepita» en la lengua!
SCHABELSKI.
¿Y qué quieres? ¿Que me abrace con los pillos y los canallas?
LEBEDEV.
¿Y dónde ves tú tantos pillos y tantos canallas?
SCHABELSKI.
¡No aludo a nadie presente, claro está, pero…!
LEBEDEV.
¡Ya salió el «pero»!… ¡Todo eso es artificioso!
SCHABELSKI.
¿Artificioso?… ¡Gracias a Dios Que careces de criterio!
LEBEDEV.
¿Y qué criterio voy a tener yo?… ¡Aquí me estoy sentado, esperando
mi fin de un instante a otro! ¡Ese es mi criterio! ¡Tú y yo, hermano, no
estamos en momentos de pensar en criterios!… ¡Así es!… (Llamando.)
¡Gavrila!
SCHABELSKI.
¡Ya has tenido bastante ración de Gavrila! ¡Date cuenta de lo bien
empapado que estás!
LEBEDEV.—(Bebiendo.)
¡Qué más da! ¡No estoy en el día de mi boda!
¡Hace mucho que el doctor Lvov no ha venido a visitarnos!… ¡Por lo
visto, se ha olvidado de nosotros!
SASCHA.
¡Es mi antipatía!… ¡La honradez andante! ¡No pediré un vaso de
agua, ni encenderé un cigarrillo, sin hacer gala de su extraordinaria
honradez! ¡Lo mismo cuando anda que cuando habla, en la frente lleva
siempre escrito: «Soy un hombre honrado»!… ¡Se aburre una a su lado!
SCHABELSKI.
¡Es un galeno rectilíneo y estrecho de miras! (Remedándole.) «¡Paso
al trabajo honrado!»… ¡No es capaz de hacer un movimiento sin ponerse
a chillar como un papagayo!… ¡Se cree un segundo Dobroliubov![5] ¡Sin
duda, piensa que el que no grita o no chilla es un canalla, y tiene
opiniones de una profundidad asombrosa! ¡Para él, si el campesino vive
como es debido y tiene dinero, es un canalla!… ¡Si yo tengo una
chaqueta de terciopelo y me ayuda a vestirme el ayuda de cámara, soy
otro canalla y un señor feudal!… ¡Es tan honrado, tan honrado, que
estalla de honradez!… ¡A fe mía, que le tengo miedo! ¡Tienes que estar
en guardia con él, no vaya a ser que un día te atice una bofetada o te
llame canalla!
IVANOV.
A mí me resulta terriblemente cansado, pero me es simpático. Es un
hombre de gran sinceridad.
SCHABELSKI.
¡Menuda sinceridad!… Anoche se me acerca y me dice, sin más ni
más: «Conde, me es usted profundamente antipático»… Pues ¡tantas
gracias!… ¡Y todo con un aire intencionado: voz temblorosa, ojos
brillantes!… ¡Al diablo su sinceridad de madera!… Si repugnas, es
natural, pero… ¿qué necesidad hay de venir a decírtelo a la cara?… ¿Que
no soy bueno?… ¡Conforme…, pero tengo canas! ¡Su honradez es de un
género despiadado e inútil!
LEBEDEV.
¡Bueno! ¡Bueno!… ¡Tú también fuiste joven un día, y tienes que
hacerte cargo!…,
SCHABELSKI.
¡Sí que fui joven y tonto…, y que en mis tiempos hice el
«Chatzkii»!…[6]. ¡Desenmascaraba a los canallas y a los bribones; pero
nunca, en mi vida, llamé ladrón al ladrón, ni menté la soga en casa del
ahorcado! ¡Tenía buena educación…, mientras que nuestro galeno se
sentiría en el séptimo cielo y consideraría una proeza el que la suerte le
proporcionara ocasión para, invocando principios o en nombre de ideales
humanitarios, poder abofetearme la carota delante de todo el mundo!
LEBEDEV.
¡Los jóvenes son vivos de carácter!… Tenía yo un tío hegeliano que
solía llenar su casa de invitados y, después de beber, se subía en una silla
a soltar un discurso, y empezaba con que si… «¡Ustedes, ignorantes!»…
«¡Ustedes, fuerzas oscuras!»… «¡La aurora de una nueva vida!»… Y así
sucesivamente… ¡Que si esto…, que si lo otro!… ¡Y venga a amonestar!
SASCHA.
¿Y los invitados? ¿Qué hacían?
LEBEDEV.
Nada. Allí estaban, escuchándole y bebiendo… Una vez provoqué en
duelo a mi tío… Y la culpa la tuvo Bacon… Recuerdo que estaba yo
sentado, como ahora Matvei…, y el tío y el difunto Guerasim Nilich, allí
en pie… como, por ejemplo, donde está Nikolascha… Pues bien…:
figuraos que Guerasim Nilich le hace una pregunta… (Entra BORKIN.)
ESCENA V
DICHOS y BORKIN, que viene vestido como un petimetre y lleva un paquete
en la mano, entra por la puerta de la derecha canturriando y con paso
saltarín. Un murmullo de aprobación acoge su entrada
LAS SEÑORITAS.
¡Mijail Mijailovich!…
LEBEDEV.
¡«Michel Michelich»!…
SCHABELSKI.
¡El alma de la reunión!
BORKIN.
¡Aquí me tienen! (Precipitándose hacia SASCHA.) ¡Noble
«signorina»! ¡Me tomo el atrevimiento de felicitar al universo por el
nacimiento de tan maravillosa flor! ¡En prenda de entusiasmo, oso
ofrecerle (Le tiende el paquete.) estos fuegos artificiales y estas bengalas
de mi propia fabricación!… ¡Que iluminen la noche como usted ilumina
las sombras en el reino de la oscuridad! (Se inclina teatralmente.)
SASCHA.
Tantísimas gracias.
LEBEDEV.—(A IVANOV, riendo.)
¿Por qué no echas de aquí a ese Judas?
BORKIN.—(A LEBEDEV.)
¡Buenas tardes, Pavel Kirilich! (A IVANOV.) ¡Mis saludos al patrón!
(Bebe una copa y va saludando al resto de la concurrencia.)
¡Estimadísima Sinaida Savischna! ¡Maravillosa Marfa Egorovna!
¡Antiquísima Avdotia Nasarovna! ¡Excelentísimo conde!…
SCHABELSKI.—(Riendo.)
¡Es el alma de la reunión! ¡No ha hedió más que entrar, y ya parece
que la atmósfera se ha vuelto más fluida! ¿No lo notan ustedes?
BORKIN.
¡Uf!… ¡Me he quedado cansado! ¡Creo que he saludado a todos!…
¿Qué hay de nuevo, señores?… ¿No ocurre nada extraordinario?… (Con
viveza, a SINAIDA SAVISCHNA.) Por cierto que ahora, justamente, camino
de esta casa… (A Gravila.) ¿Quieres darme té, Gavruscha?… ¡Pero sin
mermelada de grosella!… Camino de esta casa, al pasar por el río, vi a
sus campesinos descortezando troncos… ¿Por qué no vende usted la
arboleda?
LEBEDEV.—(A IVANOV.)
¿Y tú por qué no echas fuera a ese Judas?
SINAIDA SAVISCHNA.—(Con aire asustado.)
¡Pues es verdad!… ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes?
BORKIN.—(Ejecutando una a modo de gimnasia con los brazos.)
¡No puedo estarme quieto! ¿Qué podría hacer de original?… ¡Marfa
Egorovna!… ¡Hoy me encuentro muy en forma! ¡Me siento lleno de
exaltación! (Cantando.) «¡De nuevo ante ti estoy!»…
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Pues organice algo! ¡Están todos tan aburridos!…
BORKIN.
¡En efecto, señores! ¿Por qué se están ahí sentados, como miembros
de un tribunal?… ¡Vamos a hacer algo! ¿Qué es lo que quieren…: jugar a
las prendas, a la cuerdecita, bailar o quemar fuegos artificiales?
LAS SEÑORITAS.—(Aplaudiendo.)
¡Fuegos artificiales! (Corren todos al jardín.)
SASCHA.—(A IVANOV.)
¿Por qué está hoy tan triste?
IVANOV.
Me duele la cabeza, Schurochka, y estoy, además, aburrido.
SASCHA.
Vayamos a la sala. (Salen por la puerta de la derecha. Los demás,
salvo SINAIDA SAVISCHNA y LEBEDEV, se han ido al jardín.)
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Este sí que es un muchacho entretenido! ¡No lleva aquí ni un minuto,
y ya están todos tan animados! (Apaga la lámpara grande.) Mientras
están en el jardín, ¿qué necesidad hay de que esté encendida? (Apaga
también las velas.)
LEBEDEV.—(Siguiéndola.)
¡Siusiuschka!… ¡Tenemos que dar algo de comer a nuestros
invitados!
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Qué cantidad de velas! ¡Así dice la gente que somos ricos! (Continúa
apagando.)
LEBEDEV.—(Siguiéndola.)
¡Siusiuschka!… ¡Hay que darles algo de comer!… ¡Son jóvenes, y
seguramente, tendrán hambre!… ¡Siusiuschka!…
SINAIDA SAVISCHNA.
El conde se ha dejado té en el vaso… ¡Lástima de azúcar
desperdiciada! (Sale por la puerta de la izquierda.)
LEBEDEV.—(Con un gesto de hartura.)
¡Puf!… (Se va al jardín.)
ESCENA VI
IVANOV y SASCHA, entrando por la puerta de la derecha
SASCHA.
¡Todos se fueron al jardín!
IVANOV.
¡Pues como le iba diciendo, Schurochka…, antes solía trabajar mucho
y pensar mucho y, sin embargo, no me fatigaba nunca; mientras que
ahora, sin hacer nada ni pensar en nada, estoy cansado física y
moralmente!… ¡De día y de noche me duele la conciencia!… ¡Me hace
sentirme proflindamente culpable…, aunque no comprendo en qué puede
consistir mi culpa!… ¡Luego, entre la enfermedad de mi mujer, la falta de
dinero, el eterno gruñir, los chismes, el charlar sin ton ni son y ese
majadero de Borkin…, mi casa ha llegado a asquearme y vivir en ella me
resulta el peor suplicio!… ¡Con franqueza le diré, Schurochka, que hasta
la compañía de mi mujer…, que sé que verdaderamente me quiere…, me
es insoportable!… ¡Usted es como un viejo amigo, y espero que mi
franqueza no le enfadará!… ¡He venido aquí a distraerme, y me
aburro…, con lo que mi casa vuelve a atraerme otra vez!… ¡Perdóneme
que me marche ahora mismo y a escondidas; sin despedirme de nadie!
SASCHA.
Le comprendo muy bien, Nikolai Alekseevich… Su desgracia está en
su soledad… Tendría usted que tener a su lado una persona que le
comprendiera, y a la que usted amara… ¡Sólo el amor podría
renovarle!…
IVANOV.
¡Vamos, Soruschka!… ¡No faltaría más, sino que yo, ahora, un gallo
con espolones, emprendiera un nuevo idilio! ¡Dios me libre de semejante
desgracia!… ¡No, querida! ¡No es cuestión de idilio!… ¡Se lo digo como
ante Dios!… ¡Sería capaz de soportarlo todo…, la tristeza, la psicopatía, IVANOV.—(Con alguna vacilación.)
la ruina, la pérdida de mi mujer, la vejez prematura y la soledad…; pero
lo que no podría nunca soportar es el tener que burlarme de mí mismo!…
¡Me moriría de vergüenza, sólo con pensar en la posibilidad de que yo, un
hombre sano y fuerte, pudiera transformarme en un intermedio de
«Hamlet» y «Manfred»!… ¡Existen, desde luego, pobres seres que se
sienten lisonjeados oyéndose llamar «Hamlet»!… ¡Yo, en cambio, lo
considero un escarnio, mi orgullo se indigna, la vergüenza me deprime, y
sufro!…
SASCHA.—(Entre lágrimas, pero en tono burlón:)
¡Escapémonos a América, Nikolai Alekseevich!…
IVANOV.
¡Conque me da pereza llegar hasta este umbral, y me habla usted de
América! (Echando a andar y antes de alcanzar la entrada del jardín.)
¡Dígame en serio, Schura!… Se me figura que para usted la vida aquí es
difícil. Cuando observo las gentes que la rodean…, pienso: ¿Con quién
de éstos podría casarse?… ¡Una esperanza queda solamente!… ¡La de
que algún teniente forastero pase por aquí… o la de que un estudiante la
rapte!…
ESCENA VII
SINAIDA SAVISCHNA, con un tarro de mermelada en la mano, entra en escena
por la puerta de la izquierda
IVANOV.
Dispénseme un momento, Schurochka. Ahora mismo la alcanzo.
(SASCHA sale al jardín.) ¡Sinaida Savichna!… ¡Tengo que molestarla con
un ruego!
SINAIDA SAVISCHNA.
¿En qué puedo servirle, Nikolai Alekseevich?
Verá usted… Se trata de que pasado mañana, vence la letra, y del gran
favor que sería para mí el que me concediera un plazo y me permitiera
añadir los intereses al capital… Ahora me encuentro algo justo de
dinero…
SINAIDA SAVISCHNA.—(En tono asustado.)
Pero ¿cómo va a ser posible eso, Nikolai Alekseevich?… ¡Por el
amor de Dios, no me venga, infeliz de mí, con esas historias!
IVANOV.
Perdón… Perdóneme, entonces. (Sale por la puerta del jardín.)
SINAIDA SAVISCHNA.
¡Qué susto me ha dado! ¡Estoy temblando! (Sale por la puerta de la
derecha.)
ESCENA VIII
Entra KOSIJ por la puerta de la izquierda
KOSIJ.
¡Yo tenía el as, el rey, y la dama de «carreaux»!… ¡Además, el as de
«pique» y una pequeña de corazones, y ella… —que el diablo la lleve—
todavía dice que no podía, como tenía que haber hecho, declarar el juego!
(Sale por la puerta de la derecha.)
ESCENA IX
AVDOTIA NASAROVNA e INVITADO 1.º AVDOTIA NASAROVNA.—(Saliendo del jardín con el INVITADO. 1.º)
¡Mataría a esta avariciosa!… ¡La mataría!… ¡Desde las cinco estoy
aquí, y aún no ha sido para ofrecerme ni un triste arenque!… ¡Vaya un
hogar!… ¡Vaya una ama de casa!
INVITADO 1.º
¡Mayor aburrimiento no podría darse!… ¡Qué gente!… ¡Le falta a
uno poco para aullar como un lobo y empezar a morder de hambre y de
aburrimiento!…
AVDOTIA NASAROVNA.
¡La mataría…, pecadora de mí!
INVITADO 1.º
¡Beberé un poco, y me marcharé a casa! ¡No me hacen ninguna falta
tus «novias»!… ¿Qué amor puede haber, cuando desde la comida, no te
han dado ni un trago?…
AVDOTIA NASAROVNA.
¡Vamos a ver si encontramos algo!
INVITADO 1.º
¡Tsss!… ¡Despacito!… ¡Me parece que guardan el «Schnaps», en el
aparador del comedor!… ¡Busquemos la ayuda de Egoruschka! (Salen
por la puerta de la izquierda.)
ESCENA X
ANNA PETROVNA y LVOV, que entran por la puerta de la derecha
ANNA PETROVNA.
Yo creo que se alegrarán de vernos… Aquí no hay nadie. Se habrán
ido seguramente al jardín.
LVOV.
¿Por qué, me pregunto yo, me ha traído usted aquí?… ¿A casa de
estas aves de rapiña?… ¡Este no es sitio para usted, ni para mí!… ¡La
gente honrada no tiene por qué saber de este ambiente!…
ANNA PETROVNA.
Escuche señor… honrado. No es amable venir acompañando a una
dama y pasarse todo el camino sin hablar de otra cosa que de su
honradez… ¡Puede que en usted todo sea honrado…, pero qué
aburrido!… ¡No hable nunca a las mujeres de sus virtudes! ¡Son ellas las
que tienen que descubrirlas!… ¡Mi Nikolai…, cuando era como usted, en
la sociedad de las mujeres, lo único que hacía era cantar…, referir cosas
curiosas…, y, sin embargo, todo el mundo sabía quién era!…
LVOV.
¡No me hable de su Nikolai! ¡Le conozco perfectamente!
ANNA PETROVNA.
¡Es usted una buena persona, pero no conoce nada de nada! ¡Vamos al
jardín!… Nunca él ha dicho así: ¡«Soy honrado»!… «¡Me ahogo en este
ambiente!»… «¡Aves de rapiña!»… «¡Nido de búhos!»…
«¡Cocodrilos!»… ¡Dejaba tranquila a la casa de fieras!… Y cuando algo
le había indignado, lo más que decía era: «¡Oh, qué injusto he sido hoy!»
«¡Oh, Aniuta…, qué lástima me da esa persona!»… ¡En cambio usted!…
(Salen.)
ESCENA XI
AVDOTIA NASAROVNA e INVITADO 1.º
INVITADO 1.º—(Entrando por la puerta de la derecha.)
En el comedor no hay nada…, lo cual quiere decir que en la despensa
sí que habrá algo… Podemos tantear a Egouruschka. Pasemos por la
sala…
AVDOTIA NASAROVNA.
¡La mataría! (Salen por la puerta de la derecha.)
ESCENA XII
BABAKINA y BORKIN, que entran corriendo y riendo. Los sigue a pequeños
pasitos SCHABELSKI, que también ríe y se frota las manos
BABAKINA.
¡Qué aburrimiento! (Entre risas.) ¡Qué aburrimiento! ¡Todos sentados
o andando como si se hubieran tragado una barra!… ¡Mis huesecitos, de
aburridos que estaban, se me han quedado dormidos! (Da unos ligeros
saltitos.) ¡Hay que desentumecerse!… (BORKIN, cogiéndola por el talle,
la besa en la mejilla.)
SCHABELSKI.—(Riendo y haciendo restellar los dedos.)
¡Diablos!
BABAKINA.
¡Suélteme, suélteme las manos…, poca vergüenza! ¡Sabe Dios lo que
puede pensar el conde!
BORKIN.
¡Ángel de mi alma! ¡Carbunclo de mi corazón!… (La besa.)
¡Présteme dos mil trescientos rublos!
BABAKINA.—(Apoyando en las sílabas.)
¡Nooo y nooo!… ¡Lo que quiera; pero, en punto a dinero, nooo y
nooo!… ¡Ah…, suélteme las manos!
SCHABELSKI.—(Girando a pasitos menudos a su alrededor.)
¡Pimpollito! ¡Lucerito!
BORKIN.—(Poniéndose de pronto serio.)
¡Bueno, basta! ¡Vayamos al asunto! ¡Emplearemos un tono
comercial!… ¡Contésteme sin rodeos!: «¿Sí o no?»… ¡Escuche! (Indica
a SCHABELSKI con el dedo:) ¡Este hombre necesita dinero!… ¡Tres mil
rublos de renta anuales, como minimo!… ¡Usted, a su vez, necesita un
marido, conque dígame!: ¿Quiere ser condesa?
SCHABELSKI.—(Riendo.)
¡Es usted de un cinismo asombroso!
BORKIN.
¡Diga! ¿Quiere ser condesa…, sí o no?
BABAKINA.—(Soliviantada.)
¿Qué está usted inventando ahí, Mischa?… ¡Estos asuntos no se
tratan así…, de buenas a primeras!… ¡Si el conde lo deseara realmente, él
mismo sería el que…! No sé… Así, de repente…
BORKIN.
¿Y para qué andar con subterfugios?… ¡Este es un asunto
comercial!… ¡Dígame sí o no!
SCHABELSKI.—(Riendo y frotándose las manos.)
¿Y si… en efecto?… ¿Eh?… ¡Qué diablos! ¿Por qué no cometer esta
bajeza?… ¿Eh?… ¡PimpolIito! (Besando la mejilla a BABAKINA.)
¡Encantito! ¡Pepinito!
BABAKINA.
¡Espere un poco! ¡Espere!… ¡Me siento tan completamente
turbada!… ¡Váyanse!… ¡O, sino…, no! ¡No se vayan!
BORKIN.
¡Pronto! ¿Sí o no? ¡No tenemos tiempo que perder!
BABAKINA.
Diga, conde…, ¿Por qué no va a visitarme y a pasar conmigo dos o
tres días?… ¡Mi casa no es tan aburrida como ésta!… ¡Vaya mañana
mismo! (A BORKIN.) ¡A lo mejor es todo una broma suya!
BORKIN.—(Enfadándose.)
¿Quién va a ser capaz de bromear con asuntos tan serios?
BABAKINA.
¡Espere un poco! ¡Espere!… ¡Ay!… ¡Me desmayo! ¡Me desmayo!…
¡Condesa yo!… ¡Me desmayo! ¡Me caigo!… (El CONDE y BORKIN la
cogen, riendo, por ambos brazos, y, tras besarle la mejilla, se la llevan
por la puerta, de la derecha)
ESCENA XIII
IVANOV y SASCHA, que entran precipitadamente por la puerta del jardín;
luego, ANNA PETROVNA
IVANOV.—(Asiéndose la cabeza con ambas manos y haciendo un gesto de desesperación.)
¡No hay que…! ¡No hay que, Schurochka!… ¡No hay que…!
SASCHA.—(Con acentos exaltados.)
¡Le quiero con locura! ¡Mi vida sin usted no tiene sentido!… ¡Para mí
sin usted no existe la felicidad ni la alegría!… ¡Es usted todo para mí!…
IVANOV.
¿Por qué? ¿Por qué?… ¡Dios mío!… ¡No comprendo nada!…
¡Schurochka!… ¡No hay que…!
SASCHA.
¡En mi infancia era usted para mí la única alegría! ¡Le quería!…
¡Quería a su alma como quiero a la mía propia! ¡Y, ahora, Nikolai
Alekseevich, también le quiero! ¡Con usted me iría, no solamente hasta el
fin del mundo, sino hasta donde quisiera!… ¡Hasta la misma tumba!…
¡Sólo que, por el amor de Dios, dese prisa! ¡Me ahogo!
IVANOV.—(Con risa dichosa.)
¿Qué es esto? ¿Tal vez empezar a vivir de nuevo?… ¿Será eso,
Schurochka?… ¡Mi dicha! (La atrae hacia sí.) ¡Mi juventud! ¡Mi frescor!
(ANNA PETROVNA entra por la puerta del jardín y, al ver a su marido y a
SASCHA, queda como petrificada.) ¿Significa vivir?… ¿Verdad?… ¡Otra
vez vivir! (Un beso. Después de este beso, IVANOV y SASCHA miran a su
alrededor, y reconocen a ANNA PETROVNA. Espantado.) ¡Sara!…
TELÓN
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