Teatro completo
Acto segundo
La misma decoración del primer acto. Son las ocho de la noche. De la calle
llega el sonido apagado de un acordeón. Las luces no han sido encendidas
todavía
ESCENA PRIMERA
Entra NATALIA IVANOVNA envuelta en una bata y con una vela en la mano;
da unos pasos y se detiene ante la puerta de la habitación de ANDREI
NATASCHA.
¿Qué haces, Andriuscha? ¿Estás leyendo?… ¡No…, no es nada!…
¡Es que!… (Abre una segunda puerta, echa una ajeada tras ella y vuelve
a cerrarla.) ¡Estoy mirando no vaya a haber fuego! (Entra ANDREI con un
libro en la mano.)
ANDREI.
¿Qué quieres, Natascha?
NATASCHA.
¡El servicio, con el carnaval, anda trastornado, tiene una que andar
mira que te mira por si sucede algo!… ¡Ayer, a medianoche, al pasar por
el comedor, vi que se habían dejado encendida una vela!… ¿Quién
fue?… No pude averiguarlo. (Depositando la vela.) ¿Qué hora es? ANDREI.—(Mirando el reloj.)
Las ocho y cuarto.
NATASCHA.
Olga e Irina todavía no han vuelto… No han vuelto… ¡Como las
pobrecitas trabajan: Olga en el Consejo Pedagógico e Irina en el
Telégrafo!… (Suspirando.) Esta mañana, hablando con tu hermana, le
dije: «¡Cuídate mucho, Irina querida!»… ¡Pero no me hace caso! ¿Así
que dices que son las ocho y cuarto?… Nuestro Bobik anda regular…
¿Por qué estará tan frío? ¡Ayer tenía fiebre y hoy está frío!… ¡Me da
tanto miedo!
ANDREI.
¡No es nada, Natascha! ¡El chico está perfectamente!
NATASCHA.
¡De todos modos, mejor será tenerle a dieta! ¡Me da un miedo!…
Parece ser que hoy a las nueve van a venir las máscaras… ¿No sería
mejor que no vinieran, Andriuscha?
ANDREI.
¡La verdad es que no sé!… ¡Se les ha invitado!…
NATASCHA.
¡Oye!… ¿Sabes que esta mañana el chiquitín, al despertarse y
mirarme, se sonrió de pronto?… ¡Eso quiere decir que me conoce!…
«¡Hola, Bobik! —le dije yo—. ¡Hola, querido!»… ¡Y él venga a reírse!
¡Los niños se dan perfecta cuenta de todo!… Conque…, entonces,
Andriuscha, ¿digo que no se reciba a las máscaras?
ANDREI.—(Indeciso.)
¡Eso, lo que quieran mis hermanas!… ¡Las amas de casa son ellas!
NATASCHA.
También a ellas se lo diré. ¡Son tan buenas!… (Disponiéndose a
salir.) Para la cena pondré cuajada. ¡El doctor dice que si no te limitas a
comer cuajada, no adelgazarás! (Deteniéndose.) ¡Bobik está frío!…
¡Tengo miedo de que sea fría su habitación!… ¡Convendría, hasta que
llegue el buen tiempo, instalarle en alguna otra!… ¡La de Irina, por
ejemplo, está pintiparada para el niño! ¡No hay humedad, y da el sol en
ella todo el día! ¡Habrá que decirle que, mientras tanto, se pase a la de
Olga! ¡Como de todos modos no está en casa en todo el día, y sólo viene
a dormir!… (Pausa.) ¡Andriuschanchik!… ¿Por qué estás tan callado?
ANDREI.
Porque sí… Porque me había quedado pensando… Además, no hay
nada de que hablar.
NATASCHA.
Por cierto…, quería decirte algo… ¡Ah, sí!… De allá…, de la
Diputación…, ha venido Ferapont preguntando por ti.
ANDREI.—(Bostezando.)
Dile que pase. (NATASCHA sale. ANDREI se pone a leer en el libro, a la
luz de la vela olvidada por ella. Entra FERAPONT, cubierto de un viejo
abrigo raído y con el cuello alzado. Una bufanda le cubre las orejas.)
ANDREI.
¡Hola, alma mía! ¿Qué me cuentas?
FERAPONT.
El presidente le envía este libro con esta nota. (Entregándole ambos.)
Aquí están.
ANDREI.
Gracias, muy bien. ¿Por qué vienes tan tarde? ¡Ya son más de las
ocho!
FERAPONT.
¿Cómo dice?
ANDREI.
¡Digo que vienes tarde! ¡Que ya son más de las ocho!
FERAPONT.
Así será… Cuando vine era aún de día; ¡pero como no me dejaron
pasar!… «El señor está ocupado» —me decían— y yo ¡qué le iba a
hacer!… ¡Si estaba ocupado, es que estaba ocupado!… ¡A mí no me
corría prisa ninguna! (Creyendo que ANDREI le pregunta algo.)
¿Cómo?…
ANDREI.
¡Nada!… (Examinando el libro.) Mañana, viernes, no hay oficina…;
pero yo iré de todos modos… En casa me aburro. (Pausa.) ¡Abuelo
querido!… ¡Qué singularmente cambia y nos engaña la vida!… ¡Hoy, de
puro aburrimiento, y como no tenía nada que hacer, agarré este libro!…
¡Son viejos apuntes de la universidad y me hicieron reír!… ¡Dios mío!…
¡Pensar que hoy soy secretario de la Delegación!… ¡De la misma
Delegación en que es presidente Protopopov!… ¡Secretario, y pudiendo
aspirar, a lo sumo, a llegar a miembro directivo!… ¡Miembro directivo
yo, que todas las noches sueño con que soy profesor de la Universidad de
Moscú!… ¡Un famoso sabio!… ¡El orgullo de la tierra rusa!…
FERAPONT.
Eso yo no lo sé… Oigo mal…
ANDREI.
¡Si hubieras oído bien, tal vez no hubiera hablado contigo!… ¡Y, sin
embargo, tengo que hablar con alguien!… ¡Mi mujer no me entiende, y a
mis hermanas —sin saber por qué— les tengo miedo!… ¡Temo que se
rían de mí y me avergüencen!… Beber, no bebo… Me desagrada
frecuentar las tabernas y, sin embargo…, ¡qué placer sería encontrarse
ahora en Moscú…, en Testov, en Bolschoi o en Moskovskii!…[45].
¡Querido mío!…
FERAPONT.
El otro día, el contratista estuvo contando de unos comerciantes de
Moscú que se pusieron a comer «blini»[46] hasta que, según parece, se
murió uno de ellos que se había comido cuarenta… No sé si fueron
cuarenta o cincuenta las que se comió. No lo recuerdo bien…
ANDREI.
¡Encontrarse en Moscú, sentado en el enorme salón del
«restaurant»!… ¡A nadie conoces y nadie te conoce a ti… y, sin embargo,
no te sientes extraño!… ¡Aquí, en cambio, donde todo el mundo te
conoce y tú conoces a todo el mundo, sí te sientes extraño!… ¡Extraño y
solitario!
FERAPONT.
¿Cómo?… (Pausa.) Y también el mismo contratista… —claro que a
lo mejor es mentira— habla de no sé qué cuerda gorda que pasa por
Moscú…
ANDREI.
¿Para qué?
FERAPONT.
¡Yo no sé!… ¡Es el contratista el que lo dijo!
ANDREI.
¡Tonterías! (Lee.) ¿Has estado tú alguna vez en Moscú?
FERAPONT.—(Tras un silencio.)
No… No he estado nunca… No lo quiso Dios. (Pausa.) ¿Me voy?
ANDREI.
Sí, puedes irte… Que te vaya bien. (FERAPONT se dispone a salir.)
Que te vaya bien. (Lee.) Ven mañana a recoger esos papeles… Vete
ahora. (Pausa.) Se fue… (Suena un timbre.) Los asuntos si…
(Estirándose y con paso lento entra en su habitación. Al escenario llega
el canto de la niñera meciendo al niño.)
ESCENA II
Entran MASCHA y VERSCHININ. Mientras éstos conversan, la doncella
enciende la lámpara y las velas
MASCHA.
No sé, no sé… ¡Claro que la costumbre hace mucho!… Por ejemplo,
cuando murió nuestro padre tardamos mucho tiempo en acostumbrarnos a
la falta de asistente… Pero, aparte de la costumbre, se me figura que
hablo también por espíritu de justicia… Quizá en otros sitios no sea igual,
pero en nuestra ciudad, las personas más honradas, más nobles y más
educadas son los militares…
VERSCHININ.
Tengo sed. Bebería con gusto un poco de té.
MASCHA.—(Mirando el reloj.)
Estarán para servirlo… ¡Cuando me casaron, a los dieciocho años,
tenía miedo a mi marido, que ya era entonces profesor, mientras yo
apenas había terminado el curso!… ¡Me parecía terriblemente sabio,
inteligente e importante! ¡Ahora es distinto…, desgraciadamente!
VERSCHININ.
Sí… Sí…
MASCHA.
¡No me refiero a mi marido —ya me he acostumbrado a él—, pero lo
cierto es que entre los civiles hay tanta gente áspera, desatada y mal
educada!… ¡La aspereza me ofende, me ataca a los nervios, y el ver que
una persona no es lo debidamente fina, suave y amable, me hace sufrir!…
¡Cuando tengo que alternar con los demás profesores, compañeros de mi
marido, sencillamente sufro!
VERSCHININ.
¡Pues a mí me parece que el elemento civil y el militar ofrecen el
mismo interés…, por lo menos en esta ciudad!… ¡Son iguales!…
¡Oyendo hablar a un intelectual de aquí —sea civil o sea militar—, la
conclusión que se saca es la misma: que es un mártir de su mujer, de su
casa, de su hacienda y de sus caballos!… Pero, digame, por favor…, ¿por
qué el hombre ruso —al que la altura de miras es en sumo grado propia—
no coge de la vida más que lo que está bajo?… ¿Por qué?…
MASCHA.
¿Por qué?…
VERSCHININ.
¿Por qué ha de ser él un mártir de su mujer y de sus hijos, y no su
mujer y sus hijos mártires suyos?
MASCHA.
Hoy está usted un poco de mal humor.
VERSCHININ.
¡Tal vez!… Quizá porque no he almorzado. Desde la mañana estoy
sin tomar nada. ¡Tengo a una hija algo malucha, y cuando alguna de mis
niñas cae enferma, la inquietud se apodera de mí y la conciencia me
atormenta por haberles dado una madre semejante!… ¡Si la hubiera usted
visto hoy!… ¡Qué criatura tan nula!… ¡A las siete de la mañana
empezamos a reñir y a las nueve salí dando un portazo! (Pausa.) Jamás
hablo de esto, y es singular que sea sólo con usted con quien me lamente.
(Besándole la mano.) ¡No se enfade conmigo!… ¡Fuera de usted no tengo
a nadie! (Pausa.)
MASCHA.
¡Qué ruido hace la chimenea!… ¡Poco antes de morir nuestro padre
hacía el mismo!… ¡Exactamente el mismo!
VERSCHININ.
¿Tiene usted prejuicios?
MASCHA.
Sí.
VERSCHININ.
¡Qué raro! (Besándole la mano.) ¡Es usted una mujer maravillosa!…
¡Encantadora!… ¡A pesar de esta oscuridad, veo brillar sus ojos!
MASCHA.—(Cambiando de silla.)
Aquí está más claro.
VERSCHININ.
¡La quiero! ¡La quiero!… ¡Quiero a sus ojos! ¡A sus movimientos!…
¡Maravillosa, encantadora mujer!
MASCHA.—(Con risa sosegada.)
Cuando le oigo hablar así, no sé por qué me entran ganas de reír,
aunque me dé miedo. ¡No vuelva a repetir nada de eso! ¡Se lo ruego!
(Bajando la voz.) Por más que…, siga… Me da igual… (Esconde el
rostro entre las manos.) Viene gente. Hábleme de alguna otra cosa.
ESCENA III
IRINA y TUSENBACH salen del salón
TUSENBACH.
¡Tengo un triple apellido: barón Tusenbach —Krone— y Altschauer;
pero, sin embargo, soy ruso y ortodoxo como usted!… ¡De alemán me
queda ya muy poco!… ¡Quizá sólo la paciencia y la tozudez que empleo
en aburrirla!… ¡Todas las tardes la acompaño hasta aquí!
IRINA.
¡Qué cansada estoy!
TUSENBACH.
¡Y seguiré yendo todos los días al Telégrafo para luego acompañarla a
casa!… ¡Diez, veinte años!… ¡Mientras usted no me eche! (Viendo a
MASCHA y a VERSCHININ.) ¿Ustedes aquí? ¡Buenas noches!
IRINA.
¡Por fin me encuentro en casa!… (A MASCHA.) Figúrate que ahora
mismo acaba de ir una señora a poner un telegrama a un hermano que
vive en Saratov, al que se le había muerto un hijo, y cuya dirección no
podía recordar… Al fin decidió enviar el telegrama sin más señas que
sencillamente: «Saratov»… Pues bien: estaba llorando, y yo, sin
embargo, así porque sí, la traté con brusquedad… «¡No tengo tiempo!»,
le dije. ¡Fue estúpido!… ¿Vendrán hoy máscaras?
MASCHA.
Sí.
IRINA.—(Sentándose en una butaca.)
¡A descansar!… ¡Qué cansada estoy!
TUSENBACH.—(Con una sonrisa.)
¡Cuando vuelve usted del trabajo, se me aparece usted tan joven…,
tan desgraciadita!… (Pausa.)
IRINA.
¡Es que me canso!… ¡No!… ¡No me gusta el Telégrafo!… ¡No me
gusta!
MASCHA.
Has adelgazado. (Silba ligeramente.) Estás más joven, y ahora, de
cara pareces un chiquillo.
TUSENBACH.
Es el peinado.
IRINA.
¡Tendré que buscar otro trabajo! ¡Éste no me va!… ¡No contiene nada
de aquello que yo precisamente quería y con lo que soñaba!… ¡Es un
trabajo sin poesía…, en el que el pensamiento está ausente!… (Se oye
golpear el suelo.) Es el doctor el que da esos golpes… (A TUSENBACH.)
¡Contéstale, querido, con otros!… ¡Yo no puedo! ¡Estoy cansada!…
(TUSENBACH golpea en el suelo.) Ahora subirá… ¡Por cierto que es
menester tomar medidas!… ¡Ayer el doctor y nuestro Andrei estuvieron
jugando en el Círculo y volvieron a perder!… ¡Dicen que Andrei perdió
doscientos rublos!
MASCHA.—(Con indiferencia.)
¡Y qué vas a hacerle!
IRINA.
¡Hace dos semanas perdió!… ¡En diciembre también perdió!… ¡Ojalá
se diera más prisa a perderlo todo!… ¡Puede que entonces nos
marcháramos de esta ciudad!… ¡Dios mío!… ¡Todas las noches, en
sueños, veo a Moscú!… ¡Estoy enteramente loca! (Ríe.) ¡En junio nos
trasladaremos allá; pero hasta junio faltan todavía… febrero, marzo, abril,
mayo!… ¡Casi medio año!
MASCHA.
¡Hay que impedir a todo trance que Natascha se entere de esa
pérdida!
IRINA.
Yo creo que le da igual.
ESCENA IV
Recién levantado de la cama, donde ha estado descansando, entra
CHEBUTIKIN en el salón. Después de atusarse la barba, se slenta a la mesa y
saca del bolsillo un periódico.
MASCHA.
Ahí está ya. ¿Pagó el piso?
IRINA.—(Riendo.).
No. Ni una «kopeika» en ocho meses… ¡Se le habrá olvidado,
seguramente!
MASCHA.—(Riendo.)
Fíjense en la postura importante que adopta cuando se sienta. (Ríen
todos. Pausa.)
IRINA.
¿Por qué está usted tan callado, Alexander Ignatievich?
VERSCHININ.
¡Qué sé yo!… Me apetece tomar té. ¡Daría media vida por un vaso de
té!… Desde la mañana no he tomado nada…
CHEBUTIKIN.
¡Irina Sergueevna!
IRINA.
¿Qué quiere?
CHEBUTIKIN.
¡Venga aquí!… «¡Venez ici!» (IRINA se levanta y va a sentarse a la
mesa.) ¡Sin su ayuda no puedo! (IRINA extiende ante él las cartas para un
solitario.)
VERSCHININ.
¡Qué le vamos a hacer!… ¡Si no nos dan té…, filosofemos, al
menos!…
TUSENBACH.
¿Sobre qué?
VERSCHININ.
¿Sobre qué?… ¡Soñemos, por ejemplo, con lo que será la vida
doscientos o trescientos años después de nosotros!
TUSENBACH.
¡Bah!… ¡Después de nosotros se volará en globo, habrá cambiado la
moda de las chaquetas y se habrá, quizá, descubierto un sexto sentido,
que estará siendo desarrollado…; pero la vida en sí seguirá siendo la
misma…: difícil, llena de misterio y feliz! Dentro de mil años el hombre
dirá, suspirando, lo mismo que ahora: «¡Oh, qué difícil es vivir!»… y, sin
embargo, lo mismo que ahora, seguirá sin querer la muerte y temiéndola!
VERSCHININ.—(Después de un momento de meditación.)
¡Cómo decirle!… ¡A mí se me figura que todo en la tierra ha de
transformarse poco a poco…, incluso que se está transformando ya bajo
nuestros propios ojos!… Dentro de doscientos, de trescientos o de mil
años —cuándo, es lo de menos—, habrá una vida nueva y feliz. ¡Claro
que no será para nosotros, aunque para ella vivamos, trabajemos y
suframos también ahora!… ¡Crearla constituye el fin único de nuestra
existencia y, si se quiere, de nuestra felicidad! (MASCHA ríe, con risa
sosegada.)
TUSENBACH.
¿Qué le pasa?
MASCHA.
No sé… Hoy llevo todo el día, desde por la mañana, riendo.
VERSCHININ.
Estudié en el mismo sitio que usted. No fui a la Academia; pero leo
mucho, aunque no sé escoger mis lecturas, por lo que puede que lo que
leo sea precisamente lo que no hay que leer… ¡Sin embargo, cuanto más
larga es mi vida, tanto más afán de leer tengo! ¡Empiezo a verme el pelo
blanco, soy casi un viejo y qué poco sé!… ¡Qué poco!… ¡No obstante, se
me figura que lo principal, lo verdadero, sí lo conozco bien!… ¡Cómo me
gustaría poder demostrarles que la felicidad no existe!… ¡Que no debe
existir y que no existirá para nosotros!… ¡Nuestra única misión es
trabajar y trabajar, dejando que sea la felicidad la suerte de nuestros
lejanos descendientes!… ¡Si no soy yo feliz, lo serán, al menos, los
descendientes de mis descendientes!
ESCENA V
FEDOTIK y RODE entran en el salón, se sientan y canturrean, rasgueando
bajito en la guitarra
TUSENBACH.
Entonces, según usted, ¿uno no puede ni siquiera soñar con la
felicidad?… Pero ¿y si yo soy feliz?
VERSCHININ.
No.
TUSENBACH.—(Con un gesto de asombro.)
Desde luego, no nos entendemos. ¿Cómo convencerle? (MASCHA ríe
con risa sosegada.) (Mostrándole un dedo.) ¡Ríase!… (A VERSCHININ.)
¡No digo ya dentro de doscientos o de trescientos años…, dentro de un
millón, la vida seguirá siendo como era!… ¡La vida no cambia,
permanece inmutable, sujeta a unas leyes propias que nos son ajenas o
que, por lo menos, no conoceremos nunca! ¡Los pájaros emigrantes, las TUSENBACH.
grullas, por ejemplo, vuelan y vuelan y, sean grandes o pequeños los
pensamientos que vaguen por sus cabezas, seguirán volando siempre, sin
saber por qué ni adónde!… Vuelan y vuelan, diciendo de los filósofos
que haya entre ellos: «¡Que filosofen cuanto quieran! ¡A nosotros lo que
nos importa es volar!»
MASCHA.
Y ¿tiene eso algún sentido?
TUSENBACH.
¿Sentido?… Cuando nieva, ¿qué sentido tiene el que nieve? (Pausa.)
MASCHA.
¡Mi parecer es que el hombre ha de ser creyente o debe buscar la fe!
¡De otro modo, su vida es vacía!… ¡Vivir sin saber para qué vuelan las
grullas, para qué nacen niños, para qué hay estrellas en el cielo!… ¡O
sabemos para qué vivimos o todo es tontería!… (Pausa.)
VERSCHININ.
¡De todos modos, siente uno que se le haya ido la juventud!…
MASCHA.
Gogol dice: «¡Qué aburrido, señores, es vivir en este mundo!»…
TUSENBACH.
Y… «¡qué difícil, señores, es discurrir con ustedes!», les digo yo.
CHEBUTIKIN.—(Leyendo en voz alta el periódico.)
Balzac se casó en Berdichev… (IRINA canturrea suavemente.) Lo
apuntaré en mi agendita. (Anotando.) «Balzac se casó en Berdichev.»
(Vuelve a leer el periódico.)
IRINA.—(Pensativamente, mientras hace un solitario.)
«Balzac se casó en Berdichev.»
¡Mi suerte está echada!… ¿Sabe, María Sergueevna?… He pedido el
retiro.
MASCHA.
Ya lo he oído decir, pero no veo nada bueno en ello. No me gusta el
elemento civil.
TUSENBACH.
¡Es igual! (Levantándose.) ¡No soy guapo, así que… vaya militar que
hago!… ¡Bueno, es igual!… ¡Trabajaré!… ¡Trabajar, aunque sólo sea un
día en la vida, pero de tal modo que el cansancio, al llegar a casa por la
noche, le haga a uno caer desplomado sobre la cama y quedarse dormido
instantáneamente! (Dirigiéndose al salón.) ¡Seguro que los obreros
duermen profundamente!
FEDOTIK.—(A IRINA.)
Acabo de comprarle en Pijikov, en la calle Moskovskaia, estos lápices
de colores… ¡Ah, y también este pequeño cortaplumas!
IRINA.
¡Se ha acostumbrado usted a considerarme una niña, y no se da
cuenta de que he crecido! (Cogiendo, contenta, los lápices y el
cortaplumas.) ¡Qué encanto!
FEDOTIK.
Para mí he comprado esta navaja… Mire… Una cuchilla…, otra
cuchilla…, tres cuchillas… Esta es para hurgarse en los oídos…, éstas
son unas tijeritas, y esto, un limpiauñas.
RODE.—(Alzando la voz.)
¡Doctor! ¿Cuántos años tiene usted?
CHEBUTIKIN.
¿Quién, yo?… ¡Treinta y dos! (Risas.)
FEDOTIK.
Voy a enseñarle ahora mismo otro solitario… (Extiende ante él las
cartas. Traen el samovar. A su lado se coloca ANFISA, y poco después
NATASCHA trajina también junto a la mesa. Entra SOLIONII que, tras
saludar a todos, toma asiento a la mesa.)
VERSCHININ.
¡Qué viento hace!
MASCHA.
Sí. Estoy aburrida de invierno. Ya se me ha olvidado cómo es el
verano.
IRINA.
¡Este solitario sale!… ¡Lo cual quiere decir que iremos a Moscú!
FEDOTIK.
No…, no sale. ¿No ve que el ocho tapa al dos de «pique»? Eso quiere
decir que no irán ustedes a Moscú.
CHEBUTIKIN.—(Leyendo el periódico en voz alta.)
«Tzitzikar: Se ha declarado una epidemia de viruela»…
ANFISA.—(Acercándose a MASCHA.)
¡Mascha!… ¡Ven a tomar el té, querida! (A VERSCHININ.) ¡Por favor,
señoría!… ¡Perdone, padrecito! ¡Me he olvidado de su nombre!
MASCHA.
Tráemelo aquí, ama… No tengo gana de ir allá.
IRINA.
¡Ama!…
ANFISA.
¡Vooooy!…
NATASCHA.—(A SOLIONII.)
¡Los niños de pecho lo entienden todo perfectamente!… Hoy le digo:
«¡Hola, Bobik! ¡Hola, guapo!»… ¡Y me miró de un modo!… ¡Usted se
figura seguramente que en mí habla sólo la madre…; pero le aseguro que
no!… ¡Es un niño extraordinario!…
SOLIONII.
¡Si el niño fuera mío, lo asaría en una sartén y me lo comería!… (Con
el vaso en la mano, se dirige a un rincón del salón y se sienta.)
NATASCHA.—(Tapándose la cara con las manos.)
¡Qué hombre más bruto y más mal educado!
MASCHA.
¡La persona que no se entera de si es invierno o verano, es feliz! ¡Se
me figura que, si yo estuviera en Moscú, el tiempo me dejaría indiferente!
VERSCHININ.
Hace unos días, estuve leyendo el diario de un ministro francés,
escrito desde su prisión. Dicho ministro estaba condenado por la cuestión
de Panamá… Pues bien… ¡Con qué deleite, con qué entusiasmo habla de
los pájaros que divisa a través de la ventana de la cárcel, y en los que
antes, en sus tiempos de ministro, no había reparado nunca!… ¡Claro que
ahora, que está otra vez en libertad, ha vuelto, como antes, a no reparar en
los pájaros!… ¡Pues lo mismo usted, cuando viva en Moscú, dejará de
reparar en él! ¡La felicidad no existe para nosotros, y todo se limita a que
la deseemos!
TUSENBACH.—(Cogiendo una caja de la mesa.)
¿Y los bombones? ¿Dónde están?
IRINA.
Se los comió Solionii.
TUSENBACH.
¿Todos?
ANFISA.—(Sirviendo el té.)
¡Hay aquí una carta para usted, padrecito!
VERSCHININ.
¿Para mí? (Cogiendo la carta.) De mi hija… (Lee.) ¡Vaya!…
¡Discúlpeme, María Sergueevna! ¡Me marcho a escondidas! ¡No puedo
tomar el té!… (Levantándose, nervioso.) ¡La historia de siempre!
MASCHA.
¿Qué ocurre, si no es ningún secreto?
VERSCHININ.—(Bajando la voz.)
¡Mi mujer ha vuelto a envenenarse!… ¡Tengo que ir allá!… ¡Me
marcharé sin que se aperciba nadie!… ¡Todo esto es terriblemente
desagradable! (Besándole la mano.) ¡Querida!… ¡Mujer buena…,
simpática!… ¡Salgo inadvertido! (Sale.)
ANFISA.
¿Adónde se va?… ¡Y yo que le había servido el té!
MASCHA.—(Enfadándose.)
¡Quita!… ¡Qué molesta eres!… ¡No la dejas a una en paz!
(Dirigiéndose a la mesa, con la taza en la mano.) ¡Me estás aburriendo,
vieja!
ANFISA.
Pero ¿por qué te enfadas, querida?
LA VOZ DE ANDREI.
¡Anfisa!
ANFISA.—{Remedándole.)
¡Anfisa!… ¡Ahí se está sentado!… (Sale.)
MASCHA.—(En el salón, junto a la mesa, y en tono irritado.)
¡Hacedme sitio! (Revolviendo las cartas.) ¡Se ponen ustedes aquí…,
con estas cartas!… ¡Tomen el té!
IRINA.
¡Tienes mala idea, Mascha!
MASCHA.
¡Pues si la tengo, no me hables! ¡No se metan conmigo!
CHEBUTIKIN.
¡No vayan a meterse con ella! ¡No se metan!
MASCHA.
¡Tiene usted ya sesenta años, para portarse como un chiquillo!…
¡Sabe el diablo las cosas que se le ocurren!
NATASCHA.—(Suspirando.)
¡Querida Mascha!… ¿Por qué emplear en conversación esas
expresiones?… ¡Te diré, francamente, que, con tu exterior maravilloso,
resultarías encantadora en sociedad si no fuera por esa manera de
expresarte!… «Je vous prie!… Pardonnez moi, Marie, mais vous avez
des manières un peu grossières!»…
TUSENBACH.—(Conteniendo la risa.)
¿Me da?… ¿Me da?… ¡Me parece que por ahí hay un poco de
coñac!…
NATASCHA.
«Il paraît que mon Bobik dejà ne dort pas»… Se ha despertado…
¡Hoy está malito!… ¡Perdonen que me vaya con él! (Sale.)
IRINA.
¿Adónde se fue Alexander Ignatich?
MASCHA.
A su casa. Otra vez, a él y a su mujer, les ocurre algo extraordinario.
TUSENBACH—(Yendo hacia SOLIONII con un frasco de coñac en la mano.)
¡Se pasa usted el tiempo ahí sentado, solo…, dando vueltas a alguna
idea incomprensible para uno!… ¡Bueno!… ¡Hagamos las paces!…
¡Bebamos coñac! (Beben.) ¡Hoy tendré que estar toda la noche tocando el
piano! Tocaré una serie de cosillas… ¡Qué remedio!
SOLIONII.
Y ¿por qué hacer las paces? Yo no estoy reñido con usted.
TUSENBACH.
¡Porque siempre despierta usted en mí la sensación de que entre
nosotros ha pasado algo! ¡Hay que reconocer que es usted extraño!
SOLIONII.—(En tono declamatorio.)
«¡Extraño, sí!…; pero ¿quién no lo es?»[47]. «¡No te enfades,
Aleko!»…
TUSENBACH.
¿Qué tiene que ver Aleko con esto? (Pausa.)
SOLIONII.
¡La verdad es que, cuando estoy solo con una persona, todo va bien!
¡Soy un hombre como otro cualquiera!… ¡En sociedad, sin embargo, me
muestro triste, tímido, y digo toda serie de sandeces!… ¡A pesar de todo,
soy más noble y más honrado que muchos! ¡Puedo demostrarlo!
TUSENBACH.
¡Como se agarra usted siempre a lo que digo, suelo enfadarme con
usted; pero, no obstante —y no sé por qué—, me es usted simpático!…
¡Bueno! ¡Hoy quiero beber! ¡Bebamos!
SOLIONII.
¡Bebamos! (Beben.) ¡Nunca tuve nada contra usted, barón!… ¡Lo que
me pasa es que tengo el mismo carácter que Lermontov…! (Bajando la
voz.) ¡Hasta dicen que nos parecemos algo! (Saca del bolsillo un frasco
de perfume y se rocía las manos con él.)
TUSENBACH.
He pedido el retiro… ¡Se acabó!… Lo he estado meditando durante
cinco años, y, por fin, me he decidido. ¡Trabajaré!
SOLIONII.—(Declamando.)
«¡No te enfades, Aleko!… ¡Olvida!… ¡Olvídate de tus ensueños!»…
TUSENBACH.
¡Trabajaré!
ESCENA VI
Mientras éstos hablan, entra ANDREI con un libro en la mano y va a sentarse
junto a una de las velas
CHEBUTIKIN.—(Entrando en la sala con IRINA.)
¡Y la comida era también auténticamente caucasiana!… Sopa de
cebolla, y para asado «chejartma»…, que es carne.
SOLIONII.
La «cheremscha» no es carne, sino una planta del género de nuestra
cebolla.
CHEBUTIKIN.
¡No, ángel mío!… ¡La «chejartma» no es cebolla, sino un asado del
género del cordero!
SOLIONII.
¡Pues yo le digo que la «cheremscha» es cebolla!
CHEBUTIKIN.
¡Y yo le digo que la «chejartma» es cordero!
SOLIONII.
¡Y yo le digo que la «cheremscha» es cebolla!
CHEBUTIKIN.
¿Para qué vamos a seguir discutiendo? ¡Ni ha estado usted nunca en
el Cáucaso ni ha comido «chejartma»!
SOLIONII.
¡No la he comido porque la aborrezco!… ¡La «cheremscha» huele
exactamente igual que el ajo!
ANDREI.—(Suplicante.)
¡Basta, señores!… ¡Se lo pido!
TUSENBACH.
¿Cuándo vendrán las máscaras?
IRINA.
Me prometieron que a las nueve…, o sea ahora…
TUSENBACH.—(Rodeando con el brazo a ANDREI, y cantando.)
«¡Ay zaguán, mi zaguán! ¡Nuevecito mi zaguán!»…
ANDREI.—(Bailando y cantando.)
«¡Nuevecito, muy bonito!»…
CHEBUTIKIN.—(Bailando.)
«¡Muy bonito mi zaguán!»… (Risas.)
TUSENBACH.—(Besando a ANDREI.)
¡Tuteémonos y celebrémoslo bebiendo!… ¡Yo también, Andriuscha,
iré contigo a la Universidad de Moscú!
SOLIONII.
¿A cuál?… En Moscú hay dos Universidades.
ANDREI.
En Moscú hay una Universidad.
SOLIONII.
Pues yo le digo que hay dos.
ANDREI.
¡Como si hay tres!… ¡Mejor que mejor!
SOLIONII.
¡En Moscú hay dos Universidades!… (Protestas y siseos.) ¡Dos
Universidades: la vieja y la nueva!… ¡Ahora bien: si así lo quieren
ustedes y si mis palabras les molestan, puedo no hablar!… ¡Y hasta
retirarme a otra habitación! (Sale por una de las puertas.)
TUSENBACH.—(Riendo.)
¡Bravo! ¡Bravo!… ¡Qué famoso es este Solionii! ¡Empiecen, señores!
¡Me pongo al piano! (Se sienta ante éste y ataca un vals.)
MASCHA.—(Dando sola unas vueltas de vals.)
¡El barón está borracho! ¡El barón está borracho! ¡El barón está
borracho!…
ESCENA VII
Entra NATASCHA
NATASCHA.—(A Chabutikin.)
¡Iván Romanich! (Le dice algo por lo bajo y sale después
silenciosamente. CHEBUTIKIN da un golpecito en el hombro a TUSENBACH,
y le murmura algo al oído.)
IRINA.
¿Qué pasa?
CHEBUTIKIN.
Que ya es hora de marcharse… Buenas noches.
TUSENBACH.
Buenas noches. Ya es hora de marcharse.
IRINA.
Pero ¿cómo?… Pues ¿y las máscaras?
ANDREI.—(Azorado.)
No van a venir máscaras… Verás, querida… Natascha dice que Bobik
está malucho y que por eso… ¡En una palabra: yo ni sé nada ni tengo
nada que ver!…
IRINA.—(Alzando los hombros.)
¡Malucho Bobik!
MASCHA.
¡Qué vamos a hacerle!… ¡Si nos echan, habrá que marcharse! (A
IRINA.) No es que Bobik esté malucho…, es que ella… (Llevándose el
dedo a la sien con expresivo gesto.) Está… ¡Es una cursi! (Por la puerta
de la derecha, ANDREI entra en su habitación. Le sigue CHEBUTIKIN. En
la sala empiezan las despedidas.)
FEDOTIK.
¡Qué pena!… ¡Y yo que pensaba pasarme aquí la velada!… ¡Claro
que si el nenito está enfermo!… ¡Mañana vendré a traerle unos juguetes! RODE.—(Con fuerte voz.)
¡Hoy, que precisamente me había echado a dormir después de comer,
pensando en que iba a estar toda la noche bailando!… ¡Si no son más que
las nueve!…
MASCHA.
¡A la calle! ¡Allí hablaremos!… ¡Decidiremos el qué y el cómo!…
(Resuena un último: «¡Adiós! ¡Que les vaya bien!», y la risa alegre de
TUSENBACH. Salen todos. ANFISA y la doncella levantan la mesa y apagan
las luces. Se oye cantar a la niñera. ANDREI, con abrigo y sombrero
puestos, entra silenciosamente en escena seguido de CHEBUTIKIN.)
CHEBUTIKIN.
¡Mi vida pasó tan rauda como el relámpago, por lo que no me dio
nunca tiempo a casarme!… ¡Quería, además, con locura a mi madre, que
está casada!
ANDREI.
No hay que casarse… No debe uno casarse, porque es aburrido.
CHEBUTIKIN.
Desde luego que lo es; pero…, ¿y la soledad?… ¡Bien está filosofar,
y, sin embargo, la soledad es una cosa terrible!… ¡Aunque, en realidad…,
qué más da, después de todo!
ANDREI.
Vámonos pronto.
CHEBUTIKIN.
¿Por qué tanta prisa?… Hay tiempo.
ANDREI.
Temo que me retenga mi mujer.
CHEBUTIKIN.
¡Ah!…
ANDREI.
Hoy no pienso jugar. No haré más que sentarme allí. Me encuentro
algo pachucho… ¿Qué será bueno, Iván Romanich, para la fatiga?
CHEBUTIKIN.
Y ¿para qué me preguntas a mí?… ¡Ya no me acuerdo, querido! ¡No
lo sé!
ANDREI.
¡Vayámonos por la cocina! (Salen. Suena un timbrazo, luego otro. Se
oyen voces y risas.)
IRINA.—(Entrando.)
¿Qué pasa ahí?
ANFISA.—(A media voz.)
Son las máscaras. (Un timbrazo.)
IRINA.
Diles, amita, que no hay nadie en casa… Que nos perdonen. (ANFISA
sale, e IRINA pasea en actitud pensativa por la habitación. Está nerviosa.
Entra SOLIONII.)
SOLIONII.—(Con un gesto de asombro.)
¡Si no hay nadie!… ¿Dónde están todos?
IRINA.
Se fueron a sus casas.
SOLIONII.
¡Qué raro!… ¿Está usted sola, entonces?
IRINA.
Sola. (Pausa.) Adiós…
SOLIONII.
Hace poco no supe comportarme… ¡Me faltó tacto…; pero usted, que
no es como los demás…, que tiene sentimientos puros y elevados…, ve la
verdad!… ¡Sólo usted es capaz de comprenderme!… ¡La quiero!…
¡Tengo por usted un amor profundo! ¡Un amor sin límites!
IRINA.
Adiós… ¡Márchese!
SOLIONII.
¡Sin usted, mi vida es imposible! ¡Oh, mi delicia!… (Con las
lágrimas saltadas.) ¡Mi felicidad!… ¡Oh maravillosos, magníficos ojos
como no vi nunca iguales en ninguna mujer!
IRINA.—(Con frialdad.)
¡Deje…, Paúl Vasilich!
SOLIONII.
¡Es la primera vez que le hablo del amor que siento por usted, y se me
figura que no estoy en la tierra, sino en otro planeta!… (Pasándose la
mano por la frente.) ¡Es igual, sin embargo! ¡No pueden, naturalmente,
quererle a uno a la fuerza!… ¡Eso sí, no tengo que tener rivales!… ¡No
tengo que tenerlos!… ¡Le juro, por cuanto me es más sagrado, que mataré
a quien sea mi rival!… ¡Oh criatura maravillosa!
ESCENA VIII
NATASCHA entra en escena con una vela en la mano
NATASCHA.—(Mirando primero detrás de una puerta, después detrás de otra y pasando, sin detenerse, ante la de su marido.)
Ahí está Andrei… Que siga leyendo… ¡Perdone que venga en traje
de casa, Vasilii Vasilich…, pero no sabía que estaba usted aquí!
SOLIONII.
¡Qué más da! Adiós. (Sale.)
NATASCHA.
¡Pobre niña mía! ¿Estás cansada? (Besando a IRINA.) ¡Si te acostaras
tempranito!
IRINA.
¿Se durmió Bobik?
NATASCHA.
¡Se durmió, sí, pero con un sueño intranquilo!… ¡A propósito,
querida!… Hace tiempo que quería decírtelo; pero siempre ocurre que o
tú no estás en casa o yo estoy ocupada… ¡La habitación que Bobik tiene
ahora me parece muy fría y húmeda!… ¡La tuya, en cambio, sería tan
buena para el niño!… ¡Querida!… ¡Preciosa!… ¡Trasládate por ahora al
cuarto de Olga!…
IRINA.—(Sin comprender.)
¿Adónde? (Se oyen los cascabeles de una «troika» que se acerca y se
detiene ante la casa.)
NATASCHA.
Tú y Olga estaréis en la misma habitación, y la tuya se la dejarás a
Bobik… ¡Es un encanto!… Hoy, diciéndole: «¡Bobik es mío!…
¡Mío!»… fijó sus ojitos en mí. (Un timbrazo.) Será, seguramente, Olga…
¡Qué tarde viene! (Entra la Doncella, se acerca y le dice algo al oído.)
¿Protopopov?… ¡Ay, qué gracia!… ¡Es Protopopov, que viene a
invitarme para dar un paseo en «troika»! (Riendo.) ¡Qué especiales son
los hombres! (Otro timbrazo.) Llega alguien… No sé… Quizá me vaya a
dar un paseo de un cuarto de hora… Di que ahora mismo vengo.
(Timbrazo.) Están llamando. Será seguramente Olga. (Sale.)
ESCENA IX
Pasa corriendo la doncella, mientras IRINA permanece sentada, pensativa.
Entran KULIGUIN y OLGA en compañía de VERSCHININ
KULIGUIN.
¡Vaya, Vaya!… Pues ¿no habían dicho que iba a haber fiesta?
VERSCHININ.
¡Qué raro! ¡Cuando me fui, hace media hora, se quedaban esperando
a las máscaras!
IRINA.
Se han ido todos.
KULIGUIN.
¿Mascha también?… ¿Adónde ha ido?… Y ¿qué hace Protopopov
abajo, esperando en su «troika»?… ¿A quién espera?
IRINA.
¡No me hagas preguntas! ¡Estoy cansada!
KULIGUIN.
¡Bueno…, caprichosa!…
OLGA.
¡Ahora termina el Consejo! ¡Estoy rendida!… ¡Nuestra directora ha
caído enferma y ahora soy yo la que tiene que remplazarla!… ¡Me duele
la cabeza!… (Sentándose) ¡Andrei perdió ayer, jugando, doscientos
rublos!… ¡La ciudad entera habla de ello!
KULIGUIN.
Sí…; yo también salí cansado de la Junta. (Se sienta.).
VERSCHININ.
¡Pues a mi mujer le dio la ocurrencia de asustarme, y por poco se
envenena!… ¡Todo acabó bien, y ahora estoy contento, y descansando!…
Conque, ¿entonces, hay que marcharse?… Permítanme que les desee una
buena noche… ¡Fedor Ilich! ¿Nos vamos a alguna parte?… ¡No puedo
estar en mi casa! ¡No puedo! ¿Vamos?
KULIGUIN.
¡Estoy muy cansado!… Me siento incapaz de acompañarle. ¿Y mi
mujer…, se fue a casa?
IRINA.
Seguramente.
KULIGUIN.—(Besándole la mano.)
Adiós. Mañana y pasado tenemos todo el día descanso… Que les
vaya bien… (Disponiéndose a salir.) ¡Tenía muchas ganas de tomar el té,
pensaba pasar la velada en grata compañía y…, pero «fallacem hominum
spem»!… Caso acusativo si es con exclamación…
VERSCHININ.
Me voy solo, entonces. (Sale, silbando ligeramente, seguido de
KULIGUIN.)
OLGA.
¡Me duele la cabeza!… ¡Andrei perdiendo en el juego…, y toda la
ciudad hablando de ello!… Voy a echarme un poco. (Poniéndose en
movimiento.) ¡Mañana tendré el día libre! ¡Pasado mañana, también
libro!… ¡Oh, Dios mío!… ¡Qué agradable!… ¡Mañana el día libre!…
¡Me duele la cabeza! (Sale.)
IRINA.—(Sola.)
¡Todo el mundo se fue! ¡Aquí no queda ya nadie! (Se oye el sonido de
un acordeón que tocan en la calle y la canción que canta la niñera.) NATASCHA.—(Atravesando el salón envuelta en una pelliza tocada de un gorrito y seguida de la doncella.)
Dentro de media hora estaré en casa. Sólo voy a dar una vuelta.
(Sale.)
IRINA.—(Sola y con tristeza.)
¡A Moscú!… ¡A Moscú!… ¡A Moscú!…
TELÓN
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