Teatro completo

Anton Chejov · Capítulo 14 de 52

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Acto primero

 

La escena representa un trozo de parque en la hacienda de Sorin. Al fondo,

la ancha alameda que conduce al lago aparece cortada por un estrado

provisional dispuesto para una función de aficionados que oculta totalmente

la vista de aquél. A la derecha y a la izquierda del estrado se ven arbustos,

varias sillas y una mesita.

 

ESCENA PRIMERA

Acaba de ponerse el sol. En el estrado, detrás del telón, se encuentra IAKOV y algunos Mozos más. Se oyen toses y golpes, MASCHA y MEDVEDENKO, de

vuelta de un paseo, aparecen por la Izquierda.

MEDVEDENKO.

¿Por qué va usted siempre vestida de negro?

MASCHA.

Llevo luto por mi vida. Soy desgraciada.

MEDVEDENKO.

¿Por qué? (Después de un momento de meditación.) No lo

comprendo… Tiene usted salud, y su padre, sin llegar a rico, es hombre

acomodado… ¡Cuánto más difícil es mi vida que la suya! ¡No gano arriba

de veintitrés rublos mensuales; me hacen, además, un descuento de esa

cantidad y, sin embargo, no me visto de luto! (Se sientan.)

MASCHA.

¡El dinero no es todo! ¡También un pobre puede ser feliz!

MEDVEDENKO.

¡Eso es en teoría, pero en la práctica la realidad es ésta; que somos mi

madre, dos hermanas, un hermanillo y yo, y que en casa no entra más

sueldo que los veintitrés rublos!… ¿Y acaso no hay que comer y

beber?… ¿Que comprar té y azúcar?… ¿Pues y el tabaco?… ¡Esa es la

cuestión!

MASCHA. (Fijando los ojos en el estrado.)

La función empezará pronto.

MEDVEDENKO.

Sí. Sarechnaia hace de protagonista, y la obra ha sido escrita por

Konstantin Gavrilich. ¡Con lo enamorados que están, sus almas se unirán

en un común anhelo por reproducir la misma imagen artística!… ¡Para su

alma de usted y la mía, en cambio, no hay puntos de contacto!… ¡La

quiero, y la tristeza no me deja permanecer en casa! ¡Todos los días hago

seis «verstas» a pie al venir aquí, y seis al volver, y no encuentro en usted

más que indiferencia! ¡Y se comprende!… ¡No tengo medios

económicos, y sí una familia numerosa! ¡Buenas ganas las de casarse con

quien no tiene para comer!

MASCHA.

¡Qué tontería! (Toma rapé.) Su amor me conmueve, sólo que… no

puedo responder a él. Eso es todo. (Tendiéndole la tabaquera.) Sírvase.

MEDVEDENKO.

No me apetece. (Pausa.)

MASCHA.

La atmósfera es sofocante. Esta noche, seguramente, tendremos

tormenta… ¡Usted se pasa el tiempo filosofando y hablando de dinero!…

¡Según usted, no existe desgracia mayor que la pobreza… mientras que a

mí, en cambio, me parece mil veces más fácil el tener que ir vestida de

harapos y el pedir limosna que…! ¡No!… ¡No iba usted a comprenderlo!

 

ESCENA II

Por la derecha entran SORIN y TREPLEV.

SORIN.—(Viene apoyándose en un bastón.)

¡Yo, hermano, no me encuentro a gusto aquí en el campo… y es

natural! ¡Nunca me acostumbraré a él!… ¡Ayer, por ejemplo, me acosté a

las diez, y esta mañana me he despertado a las nueve con la sensación de

que, de tanto dormir, los sesos se me habían quedado pegados al cráneo!

(Ríe.) ¡Pues luego, después de comer, sin querer, volví a quedarme

dormido… por lo que ahora estoy deshecho!

TREPLEV.

Es cierto. Tú necesitas vivir en la ciudad. (Reparando en la presencia

de MASCHA y MEDVEDENKO.) ¡Señores!… ¡Ya se les llamará cuando vaya

a empezar; pero, entre tanto, no se puede andar por aquí! ¡Tengan la

bondad de retirarse!

SORIN.—(A MASCHA.)

¡María Ilinichna! ¡Si fuera tan amable que dijera a su padre soltaran a

ese perro que está aullando! ¡Mi hermana no ha podido dormir en toda la

noche!

MASCHA.

Dígaselo usted mismo a mi padre. Yo no quiero. (A MEDVEDENKO.)

¡Vámonos!

MEDVEDENKO.—(A TREPLEV.)

¡Mándenos un aviso con alguien cuando vaya a empezar! (Salen.) SORIN.

¡Eso significa que otra vez se va a pasar el perro aullando toda la

noche!… ¡Nunca me he sentido a gusto en el campo! ¡Cuando alguna vez

se me ocurría venir aquí a descansar… en unas vacaciones de veintiocho

días… era tanto lo que me molestaban todos con una serie de tonterías,

que desde el primer día tenía gana de marcharme! (Ríe.) ¡Siempre me

marché de aquí con gusto! ¡Claro que ahora estoy retirado, y no tengo

otro sitio donde meterme!… ¡Lo quieras o no lo quieras… hay que vivir!

IAKOV.—(A TREPLEV.)

¡Konstantin Gavrilich! ¡Nosotros nos vamos a bañar!

TREPLEV.

Bien, pero ya saben que dentro de diez minutos tienen que estar listos.

(Consultando el reloj.) Pronto irá a empezar.

IAKOV.

Como usted mande. (Sale.)

TREPLEV.—(Con una ojeada al estrado.)

Ahí tienes ya el teatro… El telón, el primer bastidor, el segundo y,

detrás, un espacio vacío… Ninguna decoración… La vista se abre sobre

el lago y el horizonte. Levantaremos el telón a las ocho y media en punto;

hora en la que la luna estará ya alta en el cielo.

SORIN.

¡Magnífico!

TREPLEV.

¡Claro que si Sarechnaia llega con retraso, todo el efecto se

malogrará!… Ya debía estar aquí… Su padre y su madrastra la guardan

tanto, que para ella salir de casa es tan difícil como salir de la cárcel.

(Arreglando la corbata a su tío.) Tienes despeinada la barba y el pelo.

Deberías cortártelo.

SORIN.—(Atusándose la barba.)

Esta ha sido siempre la tragedia de mi vida. Cuando era joven, mi

exterior era el del borracho empedernido, por lo que las mujeres nunca

me quisieron. (Sentándose.) ¿Por qué está mi hermana de tan mal humor?

TREPLEV.

¿Por qué?… Porque se aburre. (Sentándose a su lado.) Tiene celos.

Se siente predispuesta contra mí, contra la función, y como además es

Sarechnaia y no ella la que va a representarla, contra la obra misma. No

la conoce todavía, pero ya la aborrece.

SORIN.—(Riendo.)

¡Qué cosas dices!

TREPLEV.

La enoja la idea de que en este pequeño escenario vaya a ser

Sarechnaia, y no ella, la que obtenga un éxito. (Consultando el reloj.) Mi

madre es una curiosidad psicológica. Tiene indiscutible talento, es

inteligente, capaz de verter abundantes lágrimas con la lectura de un

libro, se sabe de memoria a Nekrasov[26], y cuida a los enfermos como un

ángel, pero… ¡atrévete a elogiar delante de ella a la Duse!… ¡Ay, ay,

ay!… Sólo se la puede ponderar a ella…, escribir sobre ella…,

entusiasmarse con su extraordinaria manera de representar «La dame aux

camélias» o «La niebla de la vida»…, y como aquí, en el campo, carece

de esa droga, se aburre, se enfada, todos somos sus enemigos y todos

tenemos la culpa de todo… También es supersticiosa; le dan miedo las

tres velas y el número trece y, además, es avara. En el Banco de Odessa

guarda setenta mil rublos. Lo sé con seguridad; pero, eso sí…, si le pides

que te preste algún dinero…, se te echará a llorar.

SORIN.

¡Lo que pasa es que se te ha metido en la cabeza que a tu madre no le

va a gustar tu obra, y te has puesto nervioso!… ¡Cálmate!… ¡Tu madre te

adora!

TREPLEV.—(Deshojando una flor.)

¿Me quiere?… No… ¿Me quiere?… No… ¿Me quiere?… No…

(Riendo.) ¿Ves?… ¡Mi madre no me quiere!… ¡Ya lo creo!… ¡Como que

desea vivir, amar, usar blusitas claras; y yo, con mis veinticinco años, le

estoy siempre recordando que no es tanta su juventud!… ¡Cuando no

estoy delante…, no pasa de los treinta y dos años, y en mi presencia tiene

que tener cuarenta y tres!… Por eso me aborrece… Sabe también que no

admito el teatro. Ella, en cambio, lo adora y cree hacer un servicio a la

humanidad sirviendo al sagrado arte, mientras que, en mi opinión, en el

teatro contemporáneo todo es rutina y prejuicio… Se alza el telón, y en

un cuarto de tres paredes, iluminado por luz artificial, ves a esos grandes

talentos, a esos sacerdotes de arte sagrado, representando a la gente

comiendo, bebiendo, andando, vistiendo trajes de chaqueta… Yo, cuando

los veo (a través de cuadros y frases vulgares), esforzándose por exponer

una moral floja, cómoda de comprender y útil solamente para usos

domésticos…, cuando me presentan en mil variaciones siempre lo

mismo, siempre lo mismo, y siempre lo mismo…, me escapo como se

escapaba Maupassant de lo torre Eiffel, que decía aplastarle la sesera con

su vulgaridad.

SORIN.

Sin embargo, el teatro tiene que existir.

TREPLEV.

¡Pero hace falta introducir en él nuevas formas!… Hacen falta nuevas

formas…, y, si no se encuentran…, ¿qué utilidad es la suya?

(Consultando de nuevo el reloj.) Quiero a mi madre… La quiero mucho,

pero es una mujer de vida desbarajustada… Siempre se la ve acompañada

de ese escritor, su nombre se desgasta en los periódicos y todo esto me

cansa… Unas veces es el egoísmo del simple mortal, el que habla

solamente en mi…; otras, me da pena que mi madre sea una actriz

célebre, y me parece que, si fuera una mujer como otra cualquiera, yo

sería más feliz… ¡Tío!… ¿Puede haber situación más necia y desesperada

que la mía?… ¡Cuando recibe la visita de toda clase de celebridades…, NINA.—(Agitada.)

escritores, artistas…, el único entre ellos que no es nada soy yo! ¡Y si

toleran mi presencia, es sólo porque soy su hijo!… Y, en realidad, ¿quién

soy?… ¿Qué represento?… Dejé la Universidad al tercer año…, no tengo

ni talento, ni un «grosch» de dinero; y mi pasaporte me describe como

«meschanin de Kiev»[27]… Mi padre, aunque también famoso actor, era

«meschanin de Kiev»… Pues, como te iba diciendo…, cuando me ocurría

ser objeto, en su salón, de la atención condescendiente de todos esos

escritores y artistas…, experimentaba la sensación de que las miradas de

todos ellos medían mi nulidad… Adivinaba sus pensamientos, y la

humillación me hacía sufrir.

SORIN.

¡Por cierto!… Dime, por favor, ¿qué clase de hombre es el escritor

ese? ¡No se le comprende bien! ¡Está siempre tan callado!

TREPLEV.

Es hombre inteligente, sencillo…, un poco, diré…, melancólico…,

pero de espíritu muy noble… Aunque todavía tardará en cumplir los

cuarenta, ya ha alcanzado la celebridad, y está satisfecho hasta el

cuello… En cuanto a sus escritos…, ¿cómo decirte?… Son agradables, se

ve que tiene talento; pero, después de leer a Tolstoi o a Zola, no te quedan

ganas de leerle a él.

SORIN.

A mí, hermano, me gustan los literatos. En otros tiempos, deseaba

ardientemente dos cosas: casarme y ser literato. ¡Pero ninguna de las dos

se me logró!… Sí… ¡A fin de cuentas, aun ser literato de segundo orden

es agradable!

TREPLEV.—(Tendiendo el oído.)

Oigo pasos. (Abraza a su tío.) ¿Sabes?… ¡No puedo vivir sin ella!…

¡Hasta el ruido de sus pasos es maravilloso!… ¡Soy locamente feliz!

(Avanzando apresurado hacia NINA SARECHNAIA, que acaba de entrar.)

¡Hechicera mía!… ¡Ensueño!…

¡No llego retrasada! ¡Claro que no llego!…

TREPLEV.—(Besándole las manos.)

No, no, no…

NINA.

¡He pasado un día más intranquilo!… Temía que mi padre no me

dejara venir, pero acaba de marcharse con mi madrastra. El cielo se había

puesto ya rojo y empezaba a salir la luna, y yo…, ¡venga arrear al

caballo! (Ríe.) ¡Qué contenta estoy! (Estrecha fuertemente la mano a

SORIN.)

SORIN.

¡Me parece que tienes ojitos de haber llorado! ¡Vaya, vaya!… ¡Eso no

vale!…

NINA.

¡No es nada!… ¿Ves lo fatigosamente que respiro todavía?…, pues

dentro de media hora tengo que volverme. Necesitaré darme prisa. ¡No

puedo estar mucho tiempo; así que, por el amor de Dios, no me

retengan!… Mi padre no sabe que estoy aquí.

TREPLEV.

En efecto, ya es hora de empezar. Hay que llamar a todos.

SORIN.

Ya voy yo… Ahora mismo voy. (Se dirige hacia la derecha, y canta.)

«¡En Francia, dos granaderos!»… (Volviendo la cabeza.) Esto me

recuerda que, en cierta ocasión en que me había puesto a cantar como

ahora, me dijo un fiscal: «¡Excelencia…, su voz es potente, pero…»

(Aquí se calló y, después de pensarlo un poco, terminó así…)

«desagradable!»… (Sale riendo.)

NINA.

Mi padre y su mujer no me dejan venir. Encuentran que la vida aquí

es muy bohemia y tienen miedo de que quiera hacerme actriz… ¡En

cambio, a mí el lago me atrae como a una gaviota!… ¡Mi corazón está

lleno de usted! (Mira a su alrededor.)

TREPLEV.

Estamos solos.

NINA.

Me parece que por ahí anda alguien.

TREPLEV.

Nadie. (Le da un beso.)

NINA.

¿Qué árbol es éste?

TREPLEV.

Un olmo.

NINA.

Y ¿por qué tiene ese color oscuro?

TREPLEV.

Porque ya anochece y, al anochecer, todas las cosas se vuelven

oscuras… ¡Quédese más tiempo! ¡Se lo suplico!

NINA.

¡Imposible!

TREPLEV.

¿Y si me fuera yo con usted, Nina?… Me pasaría toda la noche en su

jardín, mirando a sus ventanas.

NINA.

Imposible. Le vería el guarda. Además, «Tresor» todavía no le

conoce, y empezaría a ladrar.

TREPLEV.

¡La quiero!…

NINA.

¡Tssss!…

TREPLEV.—(Al oír pasos.)

¿Quién está ahí?… ¿Es usted, Iakov?

IAKOV.—(Detrás del estrado.)

Sí, señor.

TREPLEV.

¡Que ocupe cada uno su puesto! ¡Ya es la hora! ¡Está saliendo la luna!

NINA.

A sus órdenes, señor.

TREPLEV.

¿Hay alcohol?… ¿Y azufre?… ¡Cuando aparezcan los ojos rojos,

tiene que oler a cera! (A NINA.) ¡Vaya usted ya! Todo está preparado. ¿Se

siente nerviosa?

NINA.

Sí, mucho… A su madre no la temo, pero estará ahí Trigorin, y me da

miedo y vergüenza trabajar delante de él… ¡Delante de un famoso

escritor!… ¿Es joven?

TREPLEV.

Sí.

NINA.

¡Qué cuentos tan maravillosos los suyos!…

TREPLEV.

Como no los he leído, no los conozco.

NINA.

¡Es difícil trabajar en su obra!… ¡Sin personajes vivos!

TREPLEV.

¡Personajes vivos!… ¡No hay que representar a la vida como es…, ni

como va a ser…, sino como nosotros la vemos en nuestros sueños!

NINA.

¡Además, su obra carece de acción!… ¡Puede decirse que es sólo un

recitado!… ¡Tampoco, a mi parecer, en una obra debe faltar el amor!…

(Salen ambos, y van a situarse detrás del estrado.)

 

ESCENA III

Entran POLINA ANDREEVNA y DORN.

POLINA ANDREEVNA.

Se está levantando humedad. Vuelva, y póngase los chanclos.

DORN.

Pues yo tengo calor.

POLINA ANDREEVNA.

¡No se cuida usted nada!… ¡Qué terquedad!… ¡Es usted médico, sabe

perfectamente que el aire húmedo le es perjudicial y, sin embargo, le

gusta mortificarme!… ¡Ayer hizo usted a propósito el quedarse todo el

anochecer en la terraza!

DORN.—(Canturreando.)

«¡No te culpo, juventud…, de destruirme la vida!»…

POLINA ANDREEVNA.

¡Y es que estaba usted metido en una conversación tan animada con

Irina Nikolaevna, que no notaba el frío!… ¡Confiese que le gusta!

DORN.

¡Tengo cincuenta y cinco años!…

POLINA ANDREEVNA.

¡Tonterías!… ¡En un hombre, eso no es vejez!… ¡Se conserva usted

perfectamente, y todavía agrada a las mujeres!

DORN.

Y ¡qué quiere que yo le haga!

POLINA ANDREEVNA.

¡Siempre están ustedes todos dispuestos a caer de rodillas ante una

actriz!… ¡Todos!

DORN.—(Canturreando.)

«¡Ante ti otra vez estoy!»… Mire… El que la sociedad quiera a los

artistas y los acoja de manera distinta que acogería, por ejemplo, a un

comerciante…, es natural… ¡Idealismo puro!

POLINA ANDREEVNA.

Y cuando las mujeres se enamoraban de usted, y se le colgaban al

cuello…, ¿era también idealismo?

DORN.—(Encogiéndose de hombros.)

¿Qué…, si no?… El sentimiento de la mujer hacia mí fue siempre

limpio. Lo que amaba en mí, principalmente, era al médico de

excelencia… Hace cosa de diez o quince años, ¿se acuerda usted?…, en SCHAMRAEV.

toda la región no había más tocólogo bueno que yo… ¡Además, siempre

fui un hombre honrado!

POLINA ANDREEVNA.—(Cogiéndole una mano.)

¡Querido!…

DORN.

Silencio. Viene gente.

 

ESCENA IV

Entran ARKADINA, del brazo de SORIN; TRIGORIN, SCHAMRAEV,

MEDVEDENKO y MASCHA.

SCHAMRAEV.

¡Ella, en el año 1873, durante la feria de Poltava, tuvo una actuación

maravillosa!… ¡Una verdadera maravilla!… ¿No sabe usted también por

dónde anda ahora Chiadin, Pavel Semiónovich…, el actor cómico?… ¡En

Rasplaiuv trabajó de un modo incomparable!… ¡Mejor que Sadovskii!

¡Se lo juro!… ¿Dónde está ahora?

ARKADINA.

¡Me pregunta usted siempre por personas antediluvianas!… ¿Cómo

voy a saberlo? (Se sienta.)

SCHAMRAEV.—(Con un suspiro.)

¡Paschka Chiadin!… ¡Ya no hay ninguno como él!… ¡El teatro, Irina

Nikolaevna, está en decadencia!… ¡Donde antes había fuertes robles,

ahora no quedan más que troncos!…

DORN.

¡Es verdad!… ¡Sin embargo, hoy en día hay menos talentos brillantes,

pero el actor medio es mucho mejor!

¡No estoy de acuerdo!… ¡Claro que es cuestión de gusto! «De

gustibus aut bene aut nihil»… (TREPLEV sale de detrás del estrado.)

ARKADINA.—(A su hijo.)

¡Hijo querido!… ¿Cuándo vais a empezar?

TREPLEV.

Dentro de un minuto. Les ruego un poco de paciencia.

ARKADINA.—(Recitando.)

«¡Oh Hamlet…, tus razones me hacen dirigir la vista a mi conciencia,

y advierto allí las más negras y groseras manchas que acaso nunca podrán

borrarse!»

TREPLEV.—(Citando, a su vez, Hamlet.)

«Y ¿por qué cediste al vicio y buscaste el amor en el abismo del

crimen?» (Detrás del estrado suena el toque dado con un cuerno de

caza.) ¡Señores! ¡Va a comenzar! ¡Les ruego presten atención! (Pausa.)

¡Empieza! (Da unos golpes con un palito y dice, alzando la voz:) «¡Oh

vosotras, honorables y viejas sombras que pasáis raudas en la noche sobre

este lago!… ¡Adormecednos para que podamos contemplar en sueños lo

que habrá de suceder dentro de doscientos mil años!»

SORIN.

Dentro de doscientos mil años no habrá nada.

TREPLEV.

¡Representadnos ese nada!

ARKADINA.

Que así sea… Nos estamos durmiendo. (Se alza el telón,

descubriendo la vista del lago. La luna, alta en el cielo, se refleja en el

agua. Sobre una gran piedra y toda vestida de blanco, está sentada NINA

SARECHNAIA.)

NINA.

«¡Gentes! ¡Leones! ¡Águilas y codornices!… ¡Ciervos astados!

¡Gansos! ¡Arañas! ¡Peces silenciosos que poblabais el agua! ¡Estrellas del

mar y demás seres que el ojo humano no alcanza a ver!… ¡Vidas todas,

vidas todas, en suma…; que girasteis sobre vuestro triste círculo y os

apagasteis!… ¡Hace ya mil siglos que la tierra no contiene ni un solo ser

vivo, y que esta pobre luna enciende en vano su farol!… ¡En el prado, ya

no despiertan con un grito las grullas, ni se oye el chasquido del

escarabajo en la arboleda de los tilos!… ¡Frío, frío!… ¡Vacío, vacío,

vacío!… ¡Miedo, miedo, miedo!… (Pausa.) ¡Los cuerpos de los seres

vivientes desaparecieron en lo vano, y la materia los transformó en

piedra, en agua, en nubes…, mientras sus almas se unían hasta formar

una sola!… ¡Esta alma total del universo…, soy yo!… ¡Yo!… ¡En mí

vive el alma de Alejandro el Grande, de César, de Shakespeare, de

Napoleón y de la última sanguijuela!… ¡En mí, la conciencia humana se

unió al instinto de los animales y lo recuerda todo, todo, todo…,

volviendo a revivir estas vidas!»… (Aparecen unos fuegos fatuos,

semejantes a los que se ven en los pantanos.)

ARKADINA.—(En voz baja.)

¡Es algo decadente!

TREPLEV.—(Con acento suplicante y en tono de reproche.)

¡Mamá!…

NINA.

«¡Soy una solitaria! ¡Sólo una vez, cada cien años, abro la boca para

hablar! ¡Mi voz resuena tristemente en el vacío y nadie me oye!…

¡Tampoco vosotras, pobres lucecitas, me oís!… ¡El putrefacto pantano os

hace nacer en la madrugada, y vagáis hasta el amanecer sin pensamiento,

sin voluntad y sin percibir el pulso de la vida!… ¡El padre de la escoria

eterna…, el diablo…, temiendo que renazca en vosotras la vida…, os

troca a cada instante —como a las piedras y al agua— en átomos, y os

mudáis sin cesar!… ¡Sólo en toda la eternidad, permanece inmutable…, TREPLEV.—(Con súbito acaloramiento y fuerte voz.)

inalterable un espíritu! (Pausa.) ¡Como un prisionero arrojado a un

profundo y vacío pozo!… ¡Y yo no sé dónde estoy, ni lo que me

espera!… ¡Lo único que no me ha sido recelado es que, en la lucha cruel

y encarnizada con el diablo…, he de vencer y que, tras esto, materia y

espíritu se fundirán en maravillosa armonía, comenzando el reinado de la

libertad para el universo!… ¡Esto, sin embargo, no acaecerá hasta que,

poco a poco, al cabo de una hilera de millares de años, la luna, el claro

Sirius y la tierra se tornen en polvo!… ¡Entre tanto, todo será horror,

horror!… (Pausa. Sobre el lago surgen dos puntos rojos.) ¡He aquí que

ya se acerca mi poderoso adversario!… ¡Veo sus terribles ojos, color

carmesí!»…

ARKADINA.

Huele a azufre. ¿Tiene que oler así?

TREPLEV.

Sí.

ARKADINA.—(Riendo.)

¡Qué efecto más notable!

TREPLEV.

¡Mamá!

NINA.

¡Se aburre sin el hombre!…

POLINA ANDREEVNA.—(A DORN.)

¡Ya se ha quitado usted el sombrero! ¡Póngaselo, si no quiere coger

frío!

ARKADINA.

¡El doctor se ha descubierto ante el diablo!… ¡El padre de la escoria

eterna!

¡Se acabó el espectáculo! ¡Basta!… ¡Telón!

ARKADINA.

¿Pero por qué te enfadas?

TREPLEV.

¡Basta! ¡Telón! (Éste desciende.) ¡Perdonen!… ¡No había tenido en

cuenta que escribir obras y representarlas es privilegio de unos

cuantos!… ¡He interrumpido el uso de ese monopolio!… ¡A mí!…

¡Yo!… (Intenta decir algo, pero no puede, y con un ademán de enojo

desaparece por la izquierda.)

ARKADINA.

¿Qué le pasa?

SORIN.

¡Irina!… ¡No se puede, querida, tratar así al amor propio juvenil!…

ARKADINA.

Pero ¿qué le he dicho?

SORIN.

Le has ofendido.

ARKADINA.

¡Él mismo nos había advertido de que todo era una broma…, y yo,

naturalmente, como una broma lo he tomado!

SORIN.

De todos modos…

ARKADINA.

¡Ahora va a resultar que ha escrito una gran obra!… ¡Vaya por

Dios!… ¡Quiere decirse que, al organizar este espectáculo y obsequiarnos

con azufre, no se trataba de una broma, sino de una demostración

artística!… ¡Pretendía enseñarnos cómo se debe escribir y trabajar en

escena!… ¡En fin!… ¡Ya nos ha aburrido bastante!… ¡Las salidas de tono

y los alfilerazos aburren a cualquiera!… ¡Es un chico caprichoso y

susceptible!

SORIN.

Él, lo que quería era proporcionarte un gusto.

ARKADINA.

¿Sí?… ¡Y, además, no ha elegido una obra normal…, sino que nos ha

obligado a escuchar todo un delirio decadente!… ¡Como broma, estoy

dispuesta a escuchar incluso «delirios»…, pero aquí hay pretensiones a

nuevas formas…, a una nueva era del arte!… ¡A mí me parece que lo que

demuestra no es que ha encontrado «nuevas formas», sino que tiene mal

carácter!

TRIGORIN.

Cada cual escribe como quiere y como puede.

ARKADINA.

¡Pues que escriba como quiera y como pueda; pero que me deje a mí

en paz!

DORN.

¡Te encolerizas, Júpiter!…

ARKADINA.

¡No soy Júpiter…, soy, sencillamente, una mujer… (Enciende un

cigarrillo.) y no me encolerizo! Pero sí me enoja el que un muchacho

emplee el tiempo en cosas tan aburridas… ¡No era mi intención

ofenderle!

MEDVEDENKO.

¡Nadie tiene el derecho de separar el espíritu de la materia, ya que

puede que sea el espíritu el que mantiene unidos los átomos! (A

TRIGORIN, y animando el tono.) ¿No le parece que no estaría mal escribir

una obra y representarla…, sobre cómo vivimos nosotros…, los

maestros?… ¡Ah!… ¡Es una vida dura la nuestra!

ARKADINA.

Muy justo; pero no vamos a seguir hablando de obras ni de átomos…

¡El anochecer está sumamente agradable! (Tendiéndole el oído.) Me

parecía oír cantar… ¡Qué delicia!

POLINA ANDREEVNA.

Es en la otra orilla. (Pausa.)

ARKADINA.—(A TRIGORIN.)

¡Siéntese a mi lado!… Hará cosa de diez o quince años…, aquí, en el

lago, todas las noches, ininterrumpidamente, había música y canto…

Esparcidas por la ribera hay seis haciendas y todavía recuerdo las risas, el

alboroto, los estampidos que se oían… Pues, ¡y las historias amorosas!…

El «jeune premier», el ídolo de todas estas haciendas, era entonces el aquí

presente (Señalando a DORN.), doctor Evguenii Sergueich… ¡Ahora es un

hombre encantador, pero en aquel tiempo era irresistible!… ¡A todo esto,

la conciencia empieza a remorderme por haber ofendido a mi pequeño!…

¡Me siento intranquila!… (Alzando la voz.) ¡Kostia!… ¡Hijo!… ¡Kostia!

MASCHA.

Yo iré a buscarlo.

ARKADINA.

¡Hazme ese favor, querida!

MASCHA.—(Avanzando hacia la izquierda.)

¡Uuuuuu!… ¡Konstantin Gavrilovich! (Sale.)

NINA.—(Surgiendo de detrás del estrado.)

Como seguramente no continuará, me figuro que puedo salir…

Buenas noches… (Cambia un beso con ARKADINA y POLINA

ANDREEVNA.)

SORIN.

¡Bravo!

ARKADINA.

¡Bravo, bravo!… ¡La hemos admirado!… ¡Con un exterior y una voz

tan maravillosos como los suyos, es imposible…, un verdadero pecado…,

vivir escondida en el campo!… ¡En usted hay talento!… ¡Escuche!…

¡Tiene que trabajar en escena!

NINA.

¡Oh!… ¡Ese es, precisamente, mi sueño! (Suspira.) ¡Pero nunca se

realizará!

ARKADINA.

¡Quién sabe!… Permítame que la presente: Trigorin, Boris

Alekseevich.

NINA.

¡Qué alegría para mí!… (Turbándose.) ¡Le leo siempre!

ARKADINA.—(Haciéndola sentar a su lado.)

¡No se azore, querida!… ¡A pesar de su celebridad, es un alma

sencilla!… ¿Lo ve?… ¡Él también se azora!

DORN.

Creo que ya se podía levantar el telón. Impone verlo bajo.

SCHAMRAEV.

¡Iakov!… ¡Levanta el telón! (Éste se alza.)

NINA.—(A TRIGORIN.)

¿No es verdad que la obra es extraña?

TRIGORIN.

No he comprendido en absoluto nada. ¡Sin embargo, la estaba viendo

con gusto! ¡Actuaba usted con tanta sinceridad!… ¡La decoración,

además, era maravillosa! (Pausa.) ¡Con seguridad que en este lago hay

muchos peces!

NINA.

Sí.

TRIGORIN.

Me gusta pescar. ¡Para mí no hay mayor placer que sentarse a una

orilla al atardecer, y seguir con la vista el movimiento del flotador!

NINA.

¡Pues a mí se me figura que para el que ha experimentado el placer de

crear, ya no puede existir ningún otro placer!

ARKADINA.—(Riendo.)

¡No le hable así!… ¡Cuando le dicen cosas bonitas, se queda pegado!

SCHAMRAEV.

Recuerdo que una vez, en la ópera de Moscú, cuando el célebre Silva

atacaba el «do» más bajo de la escala…, se encontraba como a propósito

en la galería uno de nuestros cantores sinodales. Pues bien…, figúrense

cuál sería nuestro asombro al oír un «¡Bravo, Silva!», dicho desde arriba

y en una octava todavía más baja… Así… (En un hilo de voz bajísimo.)

«¡Bravo, Silva!»… ¡El teatro entero se quedó petrificado! (Pausa.)

DORN.

Ha pasado un ángel.

NINA.

Tengo que marcharme. Adiós.

ARKADINA.

Pero ¿por qué?… ¿Por qué tan temprano? ¡No se lo permitimos!

NINA.

Es que me espera mi padre.

ARKADINA.

¡Qué le vamos a hacer, entonces! (Cambian un beso.) ¡Nos da pena

dejarla marchar!

NINA.

Pues ¡si supiera la pena que me da a mí irme!

ARKADINA.

¡Alguien tendrá que acompañarla, pequeña!

NINA.—(Asustada.)

¡Oh, no, no!

SORIN.—(A ella, en tono de súplica.)

¡Quédese!

NINA.

¡No puedo, Piotr Nikolaevich!

SORIN.

¡Quédese una hora más siquiera!… ¿No?…

NINA.—(Después de pensarlo un momento, y entre lágrimas.)

¡Imposible! (Le estrecha la mano y sale apresuradamente.)

ARKADINA.

¡En realidad, esta muchacha es una desgraciada!… Dicen que su

difunta madre dejó toda su enorme fortuna a su marido. ¡Toda, hasta la

última «kopeika»!… ¡Por eso, ahora esta niña se ha quedado sin nada,

pues parece ser que su padre ha hecho testamento a favor de su segunda

mujer!… ¡Es indignante!

DORN.

Sí… El papaíto es bastante animal…; la verdad sea dicha.

sORIN.—(Frotándose las manos, que se le han quedado frías.)

Vámonos nosotros también. Esto se ha puesto muy húmedo. Me

duelen las piernas.

ARKADINA.

Las tienes como de madera. Se ve que andas con dificultad…

¡Vámonos, pues, viejo mío desdichado! (Le agarra del brazo.)

SCHAMRAEV.—(Ofreciendo el brazo a su mujer.)

«¡Madame!»…

SORIN.

Oigo otra vez aullar al perro. (A SCHAMRAEV.) ¡Tenga la bondad, Ilia

Afanasievich, de decir que le suelten!

SCHAMRAEV.

¡Imposible, Piotr Nikolaevich! ¡Me da miedo de que entren ladrones

en el granero! ¡Tengo allí guardado mijo! (A MEDVEDENKO, que ha

echado a andar a su lado.) Pues, como le decía…, ¡en toda una octava

más baja!: «¡Bravo, Silva!»… ¡Y no se trataba de ningún artista, sino de

un simple cantor sinodal!

MEDVEDENKO.

¿Qué sueldo es el de un cantor sinodal? (Salen todos, salvo DORN.)

DORN.—(Solo.)

No sé… Puede que yo no entienda nada, o que me haya vuelto loco,

pero la obra me ha gustado. Hay algo en ella… Cuando esa niña habló de

la soledad…, y después, cuando aparecieron los ojos rojos del diablo…,

las manos me temblaban de nervioso que estaba… Es una cosa fresca…,

ingenua… Aquí me parece que viene. Tengo gana de decirle muchas

cosas gratas.

TREPLEV.—(Entrando.)

Ya no hay nadie.

DORN.

Estoy yo.

TREPLEV.

Mascheñka anduvo buscándome por todo el parque. ¡Es una criatura

insoportable!

DORN.

¡Konstantin Gavrilovich!… ¡Su obra me ha gustado muchísimo!…

¡Es un tanto extraña, y no he oído el final; pero, sin embargo, la

impresión que produce es fuerte!… ¡Es usted un hombre de talento, y

debe seguir escribiendo! (TREPLEV, tras estrecharle fuertemente la mano,

movido de un arranque espontáneo, le abraza.) ¡Pues no está poco

nervioso!… ¡Si hasta se le llenan los ojos de lágrimas!… ¿Qué otra cosa

quería decirle?… ¡Ah, sí!… Así tiene que ser, porque la obra artística

debe, desde luego, expresar algún pensamiento grande… ¡Sólo lo serio es

maravilloso!… Pero ¡qué pálido está!…

TREPLEV.

¿De modo que… que usted opina que debo continuar?

DORN.

¡Ciertamente! Ahora…, eso sí…, ¡represente únicamente lo que es

importante y lo que es eterno!… ¡Usted ya sabe que he tenido una vida

muy variada, y que he sido hombre de gusto!… ¡Me encuentro

satisfecho, pero si hubiera sentido alguna vez el impulso espiritual que

sienten los artistas en el momento de la creación, me parece que hubiera MASCHA.

despreciado mi envoltura física, y todo cuanto ésta supone, y hubiera

volado a la altura…, lejos de la tierra!

TREPLEV.

Perdone… ¿Dónde está Sarechnaia?

DORN.

Y esto, además… ¡En la obra tiene que haber un pensamiento claro y

resuelto!… ¡Tiene usted que saber para qué escribe!… De otro modo…,

si sigue usted un camino pintoresco, pero que no conduce a ningún fin

determinado, corre el peligro de extraviarse, y de que su propio talento

sea su destrucción.

TREPLEV.—(Con impaciencia.)

¿Dónde estás, Sarechnaia?

DORN.

Se fue a su casa.

TREPLEV.—(Con acento desesperado.)

¿Qué hacer?… ¡Quiero verla!… ¡Es indispensable que la vea!… ¡Me

voy!

 

ESCENA V

Entra MASCHA

DORN.—(A TREPLEV.)

¡Cálmese, amigo mío!

TREPLEV.

¡No!… ¡Me voy! ¡Tengo que irme!

Donde tiene que ir es a su casa, Konstantin Gavrilovich… Su madre

le espera. Está intranquila.

TREPLEV.

¡Dígale que me he marchado!… ¡Les ruego a todos que me dejen en

paz!… ¡Déjenme! ¡No me sigan!

DORN.

¡Pero, querido!… ¡No se puede!… ¡Eso no está bien!…

TREPLEV.—(Entre lágrimas.) ¡Adiós, doctor!… ¡Gracias! (Sale.)

DORN.—(Suspirando.)

¡Juventud, juventud!…

MASCHA.

Cuando no se tiene otra cosa que decir, se dice: «¡Juventud,

juventud!» (Toma rapé.)

DORN.—(Quitándole la tabaquera y tirándola entre los arbustos.)

Me parece que en casa deben estar jugando… Tengo que irme.

MASCHA.

¡Espere!

DORN.

¿A qué?

MASCHA.

¡Vuelvo a decírselo una vez más!… ¡Me gustaría hablar con usted!…

(Nerviosa.) ¡No quiero a mi padre y, sin embargo, el corazón me guía

hacia usted sin que yo misma sepa la razón! ¡Mi alma entera ve en usted,

un ser que le es próximo!… ¡Ayúdeme!… ¡Si no lo hace, haré yo de mi

vida un escarnio y la destrozaré!… ¡No puedo más!

DORN.

Pues, ¿qué le pasa?… ¿En qué puedo ayudarla?…

MASCHA.

¡Sufro!… ¡Nadie puede imaginar mis sufrimientos!… (Reclina la

cabeza sobre el pecho de él, y añade quedamente.) ¡Quiero a Konstantin!

DORN.

Pero ¡qué nerviosos están todos! ¡Qué nerviosos!… Y ¡cuánto

amor!… ¡Oh, lago embrujado!… (Cariñosamente.) Y ¿qué puedo hacer

yo, criatura?… ¿Qué puedo hacer?… ¿Qué?…

TELÓN

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