Teatro completo
Acto único
Niujin, hombre de largas patillas y sin bigote, vestido de un frac viejo y deslucido. Tras hacer una entrada majestuosa, saluda y se estira el chaleco.
NIUJIN.
¡Muy señoras y muy señores míos!… (Se atusa las patillas.)
Habiendo sido invitada mi mujer a hacerme dar una conferencia con fines
benéficos sobre un tema popular…, he de decirles que, por lo que a mí
respecta, el asunto de ésta me es indiferente… ¿Que hay que dar una
conferencia?… Pues a dar una conferencia… No soy profesor, y estoy
muy lejos de poseer la menor categoría científica; pero, sin embargo,
hace ya treinta años que trabajo de un modo incesante —y hasta con
perjuicio…, podría decir…, de mi propia salud— en cuestiones de un
carácter puramente científico… Incluso escribo artículos científicos o, al
menos, si no precisamente científicos, algo, con perdón de ustedes, que se
asemeja mucho a lo científico. Justamente, en uno de los pasados días,
compuse uno larguísimo, que llevaba el siguiente título: «Sobre lo dañino
de determinados insectos»… A mis hijas les gustó mucho… En especial,
la parte dedicada a las chinches… Yo, sin embargo, después de leído lo
rompí… Después de todo, y se escriba lo que se escriba, no puede uno
prescindir del uso de los polvos persas… Por tema de mi conferencia de
hoy, he elegido el que sigue: «Sobre el daño que el tabaco causa a la
Humanidad»… Yo soy fumador…, pero como mi mujer me manda hablar
de lo dañino del tabaco…, ¡qué remedio me queda!… ¡Si hay que hablar
del tabaco…, hablaré del tabaco!… ¡A mí me da igual!… Eso sí…, les
ruego, señores, que escuchen esta conferencia con la debida seriedad…
Aquel a quien una conferencia científica asuste o desagrade…, puede no
escucharla y retirarse… (Se estira el chaleco.) Solicito también una
atención especial por parte de los señores médicos…, ya que éstos
pueden sacar gran provecho de mi conferencia…, dado que el tabaco —a
pesar de su carácter perjudicial— es empleado también en medicina. Si,
por ejemplo, metiéramos una mosca en una tabaquera…, moriría,
seguramente, víctima de un desequilibrio de sus nervios… Como primera
orientación, puede decirse que el tabaco es una planta… Les advierto que
yo, por lo general, cuando doy una conferencia, tengo la manía de guiñar
el ojo derecho; pero ustedes no reparen en ello… Es un defecto de mis
nervios… Soy hombre muy nervioso, y esta costumbre de guiñar un ojo
la contraje el trece de septiembre de mil ochocientos ochenta y nueve: día
en el que mi mujer dio a luz su cuarta hija, de nombre Varvara… Todas
mis hijas nacieron en trece… Pero… (Mira el reloj.) el tiempo apremia y
no podemos desviarnos del tema de esta conferencia. Tengo,
primeramente, que decirles que mi mujer es propietaria de una escuela de
música y de un pensionado de señoritas… Dicho sea entre nosotros, a mi
mujer le gusta mucho quejarse de la falta de dinero; pero la realidad es
que tiene ahorrados de cuarenta a cincuenta mil rublos…, ¡por lo
menos!…, mientras que yo no dispongo ni de una sola «kopeika»… ¡En
fin, qué se le va a hacer!… En la pensión, el encargado de las faenas
domésticas soy yo… Voy a la compra, vigilo el servicio, anoto los gastos,
confecciono cuadernos, limpio de chinches los muebles, paseo al perrito
de mi mujer, cazo ratones… Ayer, por ejemplo, que proyectaban hacer
«blinis»[70], mi obligación se redujo a dar a la cocinera la harina y la
mantequilla; pues bien…, figúrense que hoy, cuando estaban preparados
ya los «blinis», viene mi mujer a la cocina y dice que tres de las alumnas
no pueden comerlos por tener las amígdalas inflamadas… Sobraban, por
tanto, varios «blinis»… ¿Qué hacer con ellos?… Mi mujer quiso,
primero, guardarlos en la despensa; pero luego, después de pensarlo un
rato, me dijo; «¡Cómetelos tú, espantapájaros!»… Cuando está de mal
humor me llama «espantapájaros»… «¡Satanás!»… Y ¿qué tengo yo de
Satanás?… ¡Ella es la que está siempre de mal humor!… No puedo decir
que me comí los «blinis»… Me los tragué sin masticar… ¡Tengo siempre
tanta hambre!… Ayer, por ejemplo, no me dio de comer en absoluto…
«¿Por qué voy a tener yo que darte de comer?» —me dijo…—. Pero…
(Mirando el reloj) nos estamos desviando del tema. Prosigamos…
Aunque, en realidad, creo que seguramente les gustaría más estar
escuchando una sinfonía o un aria… (Canta.) «¡En el combate no
perderemos la sangre fría!»… No me acuerdo de dónde es esto… A
propósito…, me olvidaba decirles que en la escuda de música de mi
mujer…, aparte de las ocupaciones domésticas…, tengo obligación de
dar clase de matemáticas, de física, de química, de geografía, de historia,
de solfeo, de literatura, etc… Las lecciones de baile, canto y dibujo las
cobra mi mujer, aunque la de baile y la de canto también soy yo quien las
doy… Nuestra escuela está situada en el callejón de Piatisobachi[71] y en
el número trece. Seguramente es el vivir en un número trece lo que me
hace tener tan poca suerte en la vida… Mis hijas nacieron en trece y
nuestra casa tiene trece ventanas… ¡Qué se le va a hacer!… Si alguien
desea más detalles puede dirigirse a mi mujer —que está a todas horas en
casa— o leer los programas de la escuela. Los vende el portero a treinta
«kopeikas» la hoja. (Saca unas cuantas de su bolsillo.) Si lo desean,
puedo darles algunos. ¡A treinta «kopeikas» la hoja!… ¿Hay quien la
quiera?… (Pausa.) ¿No quiere nadie?… ¡Se la dejo a veinte! (Pausa.)
¡La fatalidad!… ¡Si vivo en un número trece, cómo voy a tener suerte!…
¡Me he vuelto viejo y tonto!… Quién sabe si, por ejemplo, mientras estoy
dando esta conferencia presento un aspecto alegre y, sin embargo…,
¡cómo me agradaría pegar un grito muy fuerte o salir de aquí disparado e
ir a parar a mil leguas!… ¡No tengo nadie con quien poder lamentarme y
hasta me entran ganas de llorar!… Me dirán ustedes…: «¿Y sus
hijas?»… ¡Mis hijas!… ¡Les hablo y se echan a reír!… Mi mujer tiene
siete hijas. No, perdón…, creo que seis… (Con viveza.) No, siete… La
mayor, Anna, ha cumplido los veintisiete y la menor los diecisiete…
¡Muy señores míos!… ¡Escuchen!… (Volviendo la cabeza para mirar
tras de sí.) ¡Soy un desgraciado!… ¡Me he convertido en un ser
anodino…, aunque, en realidad…, tienen ustedes delante al más feliz de
los padres… o, por lo menos, debían tenerlo!… Es todo lo que me atrevo
a decir… ¡Si supieran ustedes solamente cuánto!… He vivido junto a mi
mujer treinta y tres años de mi vida, que puedo decir fueron los mejores
de ella… ¡Bueno!… ¡Los mejores, precisamente, no, pero…, casi,
casi!… Éstos, en una palabra, se deslizaron como un feliz instante…,
aunque para hablar en justicia…, que se los lleve el diablo… (Volviendo
la cabeza.) Me parece que ella no ha venido todavía y que puede uno
decir lo que quiere… ¡Me da miedo!… ¡Me da un miedo horrible cuando
me mira!… Pues…, como les iba diciendo…, mis hijas seguramente no
se casan por su timidez y, además, porque no hay hombre que tenga
ocasión de conocerlas… Mi mujer no quiere dar reuniones ni invita
nunca a nadie a comer… Es una dama sumamente roñosa, gruñona e
irascible, por lo que jamás viene nadie a visitarnos; pero, sin embargo,
puedo comunicarles, en calidad de secreto (Se acerca a las candilejas.),
que a las hijas de mi mujer puede vérselas en los días de las grandes
festividades en casa de su tía Natalia Semiónovna…, ésa que padece de
reuma y gasta un vestido amarillo con pintitas negras que parece va todo
salpicado de cucarachas… Allí acostumbran también dar meriendas, y,
cuando mi mujer no está presente, se permite esto… (Empina el codo.)
Tengo que decirles que la primera copa suele ya embriagarme, y que, en
ese momento, siento en el alma tanta paz y, al mismo tiempo, tanta
tristeza, que no tengo palabras para expresarlas… No sé por qué, acuden
a mi memoria los años de mi juventud y experimento unos tremendos
deseos de correr… ¡Ay!… (Con animación.) ¡Si supieran ustedes lo
fuertes que son estos deseos!… ¡Correr!… ¡Dejarlo todo!… ¡Correr sin
volver atrás la cabeza!… ¿Adónde?… ¡Qué importa adónde!… ¡Lo que
importa es escapar a esta vida fea, vulgar, barata, que me ha convertido
en un viejo y lamentable tonto…, en un viejo y lamentable idiota!…
¡Escapar a esta vieja mezquina, mala, mala tacaña que es mi mujer!…
¡Mi mujer, que durante treinta y tres años me ha martirizado!… ¡Huir de
la música, de la cocina, del dinero de mi mujer, de todas estas pequeñeces
y vulgaridades y detenerme lejos…, lejos…, en algún lugar del campo…,
convertido en un árbol, en un poste, en un espantapájaros, bajo el ancho
cielo, y pasarme la noche contemplando la clara, la silenciosa luna y
olvidar!… ¡Olvidar!… ¡Oh, cómo quisiera no acordarme de nada!…
¡Cómo quisiera arrancar de mis hombros este vil y viejo frac con el que
me casé hace treinta años!… (Arrancándose de encima el frac.) ¡Con el
que estoy dando siempre conferencias para fines benéficos!… ¡Toma!…
(Pisoteándolo.) ¡Toma!… ¡También yo soy tan viejo, tan pobre y tan
lamentable como este chaleco de espalda gastada y deshilachada!…
¡Nada necesito!… ¡Estoy por encima y soy más puro que todo esto!…
¡Hubo un tiempo en el que fui joven, inteligente…, en el que estudié en la
Universidad…, en el que soñé y me consideré un hombre!… ¡Ahora nada
necesito!… ¡Nada, salvo la paz!… (Mira hacia un lado y se pone
precipitadamente el frac.) ¡Pero si está mi mujer entre bastidores!… ¡Ha
venido y me está esperando! (Mira el reloj.) ¡Señores! ¡El tiempo fijado
para esta conferencia ha expirado ya!… ¡Les ruego…, si ella les pregunta
algo…, digan, que ha sido pronunciada…, que el fantoche…, o séase
yo…, se portó dignamente…! (Echando una mirada a un costado y
aclarándose la garganta.) ¡Está mirando hacia aquí!… (Alzando la voz.)
«¡Una vez admitido que el tabaco contenga en sí el terrible veneno a que
acabo de referirme, en ningún caso les aconsejo que fumen, y hasta me
permito esperar que esta conferencia, que ha tenido por tema “El daño
que hace el tabaco”, les aporte un beneficio!… He dicho… “Dixi et
animam levavi”». (Saluda, y sale con paso majestuoso. Telón.)
FIN DE
«SOBRE EL DAÑO QUE HACE EL TABACO»
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