Teatro completo

Anton Chejov · Capítulo 48 de 52

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Acto único

 

Despacho del director. A la izquierda, una puerta abre sobre las salas de

empleados. Hay dos mesas de escritorio. En el aderezo de la estancia se

aprecian pretensiones a un lujo refinado: muebles tapizados de terciopelo,

flores, estatuas, alfombras, teléfono… Es el mediodía.

 

En la escena, y calzado con unos «valenkii»[85], está solo JIRIN.

JIRIN.—(A gritos, y asomando la cabeza por la puerta.)

¡Diga que compren en la farmacia quince «kopeikas» de gotas de

valeriana y que traigan también al despacho del director agua fresca!…

¡Hay que decírselo cien veces! (Yendo hacia la mesa.) ¡Estoy rendido

completamente!… ¡Ya son tres días y tres noches las que llevo

escribiendo, y sin pegar los ojos!… ¡La mañana y la tarde me las paso

aquí, escribe que te escribe, y la noche, tosiendo en casa!… (Tose.) ¡Y

ahora, por añadidura, siento todo el cuerpo congestionado!… ¡Tengo

temblor…, calor…, tos…, dolor de piernas y como unas chispas en los

ojos!… (Se sienta.) Nuestro director…, ese granuja…, ese pamplinoso…,

se dispone a leer hoy en la junta la Memoria de este título: «Nuestro

Banco en el presente y en el porvenir»… ¡Vaya Gambetta que está

hecho!… Dos…, uno…, uno…, seis…, cero…, siete… ¡Lo que quiere…

—seis…, cero…, uno…, seis…— es echar polvo a los ojos mientras yo

tengo que estarme aquí sentado, trabajando para él como un

presidiario!… ¡En su Memoria no hace más que poesía…, y yo

mientras…, que le lleve el diablo, trabaja que te trabaja en el ábaco!…

(Haciendo chasquear éste.) ¡No lo puedo sufrir!… (Escribiendo.)

¿Entonces era?… uno…, tres…, siete…, dos…, uno…, cero… Prometió

recompensarme por mi trabajo… Prometió que si hoy transcurría todo

bien y lograba embaucar al público, me daría un dije de oro y trescientos

rublos en metálico… Veremos si es verdad… (Escribe.) Eso sí…, si

resulta que he estado trabajando en balde…, no te enfades, hermano,

entonces… Soy un hombre colérico y cuando me acaloro…, sería capaz

de llegar hasta el crimen… ¡Sí!… (De detrás del escenario llega el

sonido de unos aplausos y un ligero barullo.)

LA VOZ DE SCHIPUCHIN.

«¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Estoy emocionado!»… (Entra

SCHIPUCHIN. Viene vestido de frac y corbata blanca, y sostiene entre las

manos el álbum que acaba de serle ofrecido.)

SCHIPUCHIN.—(Deteniéndose en el umbral y dirigiéndose a la sala de empleados.)

¡Este obsequio suyo, queridos subordinados, será conservado por mí

hasta la misma muerte y constituirá el recuerdo de los días más felices de

mi vida!… ¡Sí…, muy señores míos!… ¡Una vez más les doy las gracias!

(Envía un beso ante sí y se vuelve hacia JIRIN.) ¡Mi querido…, mi

apreciadísimo Kusma Nikolaevich!… (Durante el tiempo que permanece

en el escenario, entran, de cuando en cuando, empleados con papeles

para la firma.)

JIRIN.—(Levantándose.)

Tengo el honor de felicitarle, Andrei Andreevich, en el décimoquinto

aniversario de la fundación de nuestro banco y de desearle…

SCHIPUCHIN.—(Estrechándole fuertemente la mano.)

¡Gracias, querido mío!… ¡Gracias!… ¡En un día tan célebre como el

de hoy, en el día del aniversario, creo que podemos besarnos! (Se besan.)

¡Estoy muy, muy contento! ¡Gracias por su trabajo! ¡Gracias por todo!

¡Por todo!… ¡Si mientras tuve el honor de ocupar la dirección de este

Banco, hice algo útil, se lo debo, principalmente, a mis compañeros!… JIRIN.—(En tono severo.)

¡Sí!… ¡Son quince años! ¡Quince años!… (En tono vivo.) Y mi

Memoria…, ¿qué tal va? ¿Sigue adelantando?

JIRIN.

Sí. Sólo faltan ya unas cinco páginas.

SCHIPUCHIN.

¡Magnífico! ¿Estará, entonces, preparada a eso de las tres?…

JIRIN.

Si no viene nadie a molestar, la terminaré, en efecto. Lo que queda es

ya una insignificancia.

SCHIPUCHIN.

¡Magnífico! ¡Magnífico!… ¡La junta es a las cuatro, así que, por

favor, querido!… ¿A ver?… Deme la primera mitad, que voy a

repasarla… Démela pronto… En esta Memoria tengo puestas grandes

esperanzas. (Cogiéndola.) Es mi «profession de foi» o, mejor dicho, «mis

fuegos artificiales»… (Se sienta y empieza a leer para sí.) A todo esto,

me siento terriblemente cansado. Anoche me dio un ataque de gota, y

después tuve que pasarme toda la mañana de aquí para allá, ocupado en

una porción de cosas. Luego, el nerviosismo…, las ovaciones…, la

agitación… ¡Estoy fatigado!

JIRIN.

Dos…, cero…, cero…, tres…, nueve…, dos…, cero… Esta cantidad

de cifras me nubla los ojos. Tres…, uno…, seis…, cuatro…, uno…,

cinco… (Hace chasquear el ábaco.)

SCHIPUCHIN.

¡También otra contrariedad!… Hoy por la mañana vino a verme su

señora y volvió a quejarse de usted… Me dijo que ayer, anochecido,

estuvo usted persiguiendo a ella y a su cuñada con un cuchillo… ¡Kusma

Nikolaich! ¡Esto ya es demasiado!

Me atrevo, Andrei Andreich, teniendo en cuenta el aniversario, a

dirigirme a usted con un ruego. Le pido, aunque sólo sea en atención a mi

trabajo de presidiario, que no se mezcle en mi vida familiar. ¡Se lo ruego!

SCHIPUCHIN.—(Suspirando.)

¡Qué carácter tan insoportable el suyo, Kusma Nikolaich!… ¡Es usted

una persona excelente…, respetable…, pero con las mujeres se comporta

usted como un «Jack»!… ¡Es verdad!… ¡No comprendo por qué les tiene

usted ese odio!…

JIRIN.

¡Y yo no comprendo por qué usted las quiere tanto! (Pausa.)

SCHIPUCHIN.

Los empleados acaban de obsequiarme con un álbum, y la directive

del Banco —según he oído decir— piensa ofrecerme un pergamino y un

jarrón de plata… (Jugando con el monóculo.) No está mal… No está de

más… Para el prestigio del Banco —qué diablo— es necesaria cierta

pompa… Aquí es usted uno de los nuestros, y es natural que lo sepa

todo… Este pergamino ha sido compuesto por mí…, como igualmente he

sido yo quien compró el jarrón de plata… También la encuadernación del

pergamino costó cuarenta, y cinco rublos; pero, sin embargo, son cosas

de las que no se puede prescindir… A ellos solos no se les hubiera

ocurrido… (Mirando a su alrededor.) Pues ¿y el aderezo de este

despacho?… Todos dicen que soy mezquino…, que me basta con que

reluzcan las cerraduras de las puertas, con que los empleados lleven

corbatas a la moda y con que a la entrada haya un portero gordo… ¡Pues

no, señores míos!… ¡Ni el brillo de las cerraduras de las puertas ni el

portero gordo son pequeñeces!… En mi casa puedo sor un modesto

burgués. Comer y dormir como los cerdos, emborracharme…

JIRIN.

Le ruego suprima Las indirectas.

SCHIPUCHIN.

No estoy diciendo ninguna indirecta… ¡Qué carácter más

insoportable tiene usted!… Pues, como le iba diciendo…; en mi casa

puedo ser un modesto burgués y obedecer a mis costumbres, pero aquí

todo tiene que ser «en grand»… ¡Esto es un Banco!… ¡Aquí el menor

detalle tiene que imponer!… ¡Que tener —digamos— un aspecto

solemne! (Recogiendo del suelo un papelillo y tirándolo a la chimenea.)

Mi mérito está, precisamente, en haber elevado a gran altura el prestigio

del Banco… El «tono» es asunto de suma importancia. (Examinando a

JIRIN.) ¡Querido mío!… ¡De un momento a otro puede presentarse aquí la

Comisión de Directivos, y usted ahí, con los «valenkii» puestos, esa

bufanda y esa americana de no se sabe qué color!… ¡Podía haberse

vestido de frac o, por lo menos, llevar una levita negra!

JIRIN.

Para mí la salud es más preciosa que todos sus dirigentes bancarios.

Tengo el cuerpo congestionado.

SCHIPUCHIN.—(Agitado.)

¡Pero convenga usted en que introduce usted un desorden! ¡En que

altera usted el conjunto!

JIRIN.

Si viene la Comisión, puedo esconderme… ¡Valiente cosa!

(Escribiendo.) Siete…, uno…, siete…, dos…, uno…, cinco…, cero.

Tampoco a mí me gusta el desorden… Siete…, dos…, nueve…

(Haciendo chasquear el ábaco.) ¡Aborrezco el desorden!… ¡Qué bien

haría usted no invitando al banquete de hoy a las señoras!

SCHIPUCHIN.

¡Qué tonterías!

JIRIN.

Ya sé que para que resulte más «chic», llenará usted de ellas el

salón… Pero ¡cuidado!… ¡Podrían estropeárselo todo!… De ellas no

puede esperarse más que daño y desorden.

SCHIPUCHIN.

¡Todo lo contrario!… La presencia de las mujeres eleva el espíritu.

JIRIN.

¡Sí!, ¿eh?… Su esposa es una mujer instruida y, sin embargo, el lunes

pasado dijo una cosa que me tuvo perplejo dos días… De pronto, y en

presencia de extraños, pregunta: «¿Es verdad que mi marido compró

muchas de las acciones del Banco Driajsko-Priajskii, que bajaron en la

Bolsa?»… ¡Mi marido…, ay…, está tan preocupado!… Y todo delante de

extraños… No comprendo por qué se confía usted tanto a ella… ¿Quiere

ir a parar a los tribunales?

SCHIPUCHIN.

¡Bueno, basta ya!… ¡Todo eso en un día de aniversario es demasiado

sombrío!… A propósito… Me lo ha recordado usted. (Consultando el

reloj.) Mi cónyuge está para llegar. En realidad, debería haber ido a la

estación a esperarla —pobrecilla—; pero no tengo tiempo, y me

encuentro cansado. A decir verdad, no me pone muy contento su venida.

Quiero decir… Me alegro, sí, de que venga; pero me sería más agradable

que se hubiera quedado con su madre un par de días más. Me exigirá que

pase con ella esta tarde, cuando hoy, precisamente, teníamos organizada,

para después de comer, una pequeña excursión. (Estremeciéndose.)

¡Vaya!… ¡Ya me empieza el temblor nervioso!… ¡Tengo los nervios en

tal tensión que diríase les basta la menor tontería para echarse a llorar!…

¡No!… ¡Hay que ser fuerte! (Entra TATIANA ALEKSEEVNA cubierta con un

«waterproof» y Ilevando un saquillo de viaje colgado al hombro.)

SCHIPUCHIN.

¡Mira! ¡Si antes lo digo, antes aparece!

TATIANA ALEKSEEVNA.

¡Querido! (Corre hacia su esposo. Largo beso.)

SCHIPUCHIN.

Estábamos, precisamente, hablando de ti. (Consulta el reloj.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Con el aliento entrecortado.)

¿Triste sin mí? ¿Bien de salud? Yo todavía no he estado en casa. Me

he venido aquí directamente de la estación. ¡Tengo muchas, muchas cosas

que contarte! ¡No tengo paciencia para esperar!… No me quito nada,

porque vengo sólo por un minuto. (A JIRIN.) ¡Buenos días, Kusma

Nikolai! (A su marido.) ¿Y por casa? ¿Va todo bien?

SCHIPUCHIN.

Todo. En esta semana has engordado… Te has puesto más guapa.

Bueno, ¿y qué tal viaje has hecho?

TATIANA ALEKSEEVNA.

Magnífico. Mamá y Katia te mandan recuerdos… Vasilii Andreich

me encargó te diera un beso… (Le besa.) La tía te envía un tarro de

mermelada…, y todos están enfadados porque no les escribes. También

Sina me encargó que te diera un beso. (Vuelve a besarle.) ¡Ay, si supieras

lo que ha pasado!… ¡Lo que ha pasado!… ¡Hasta me da miedo

contártelo!… ¡Ay, lo que ha pasado!… ¡Pero, bueno, veo por tus ojos que

no te alegra verme!…

SCHIPUCHIN.

¡Todo lo contrario, querida! (La besa. JIRIN tose con enfado.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Suspirando.)

¡Ah!… ¡Pobre Katia!… ¡Pobre Katia!… ¡Me da tanta lástima!…

¡Tanta lástima!…

SCHIPUCHIN.

Hoy, querida, celebramos aquí el aniversario… La Comisión de la

Directiva va a entrar de un momento a otro, y tú estás sin vestir…

TATIANA ALEKSEEVNA.

¡Es verdad!… ¡El aniversario!… Les felicito, señores… Les deseo…

¿Entonces hoy habrá junta… y comida?… ¡Eso me gusta!… ¿Y aquella

maravillosa Memoria…, recuerdas…, que tardaste tanto en escribir para

la Directiva del Banco?… ¿Van a leértela hoy? (JIRIN tose con enfado.)

SCHIPUCHIN.—(Azarado.)

¡Querida! ¡De eso no hay que hablar!… ¿Verdad?… ¿No sería mejor

que te fueras a casa?

TATIANA ALEKSEEVNA.

Ahora mismo. Ahora mismo… En un momento te lo cuento todo y

me marcho… Te lo contaré todo desde el principio hasta el fin. Pues

verás… Recordarás que cuando me acompañaste me senté junto a aquella

señora gorda y me puse a leer… No me gusta entablar conversaciones en

el departamento del tren… Ya llevábamos pasadas tres estaciones, y yo

seguía leyendo sin haber cruzado una palabra con nadie… Sin embargo,

al llegar el anochecer, empezaron a dar vueltas en mi cabeza unos

pensamientos ¡tan sombríos!… Frente a mí iba sentado un muchacho de

bastante buen aspecto… Un moreno bastante guapo… El caso es que nos

pusimos a charlar…; después se nos acercó un marino…, luego un

estudiante… Yo les dije que no estaba casada…, ¡y qué galantería la de

todos ellos!… Estuvimos charla que te charla hasta la misma

medianoche… El moreno contaba unos chistes graciosísimos, y el marino

se pasó todo el tiempo cantando… De tanto como reí, llegó a dolerme el

pecho… Y cuando el marino se enteró, casualmente…, —¡ay, esos

marinos!— de que me llamaba Tatiana…, ¿sabes lo que empezó a

cantarme?… (Canturreando con voz de bajo.) «¡Oneguin, no voy a

ocultarlo!… ¡Amo locamente a Tatiana!»[86]… (Rie. JIRIN tose con

enfado.)

SCHIPUCHIN.

Con todo esto, Taniuscha, estamos molestando a Kusma Nikolaich.

Vete a casa, querida… Más tarde…

TATIANA ALEKSEEVNA.

¡Qué más da! ¡Qué más da!… ¡Que lo oiga él también! ¡Es muy

interesante! ¡Ahora mismo acabo!… Pues verás… En la estación —

donde había ido a esperarme Serioja— estaba también un muchacho…,

parece ser que un inspector… Bastante bien…, guapito… Sobre todo con

bonitos ojos… Serioja me lo presentó y salimos juntos los tres. El tiempo

era espléndido…

UNAS VOCES DETRÁS DEL ESCENARIO.

«¡No se puede! ¡No se puede!… ¿Qué desea usted?»… (Entra

MERCHUTKINA.)

MERCHUTKINA.—(En el umbral de la puerta y forcejeando con alguien.)

¿Por qué me sujetáis?… ¡Vaya!… ¡Tengo que hablarle hoy mismo!…

(Entrando y dirigiéndose a SCHIPUCHIN.) ¿Tengo el honor, excelencia?…

Nastasia Fedorovna Merchutkina…, esposa del Secretario Regional.

SCHIPUCHIN.

¿En qué puedo servirla?

MERCHUTKINA.

Verá usted, excelencia. Mi marido —el Secretario Regional,

Merchutkin— está hace cinco meses enfermo… Pues bien, mientras

estaba en casa, siguiendo un tratamiento, le retiraron, sin motivo

alguno… Y cuando yo, excelencia, fui a cobrar su sueldo, van ellos y me

descuentan veinticuatro rublos con treinta y seis «kopeikas»… ¿Por qué

razón? —me pregunto yo—. ¡Porque cogía de la caja colectiva —me

contestaron— y eran los demás compañeros los que tenían que responder

por él!… Y ¿cómo puede ser eso?… ¿Cómo iba él a coger nada sin mi

consentimiento?… ¡Eso es imposible, excelencia!… ¡Soy una pobre

mujer! ¡No como más que de lo que saco con mis huéspedes!… ¡Soy

débil! ¡Estoy indefensa! ¡No recibo más que ofensas, y no oigo una buena

palabra de nadie!

SCHIPUCHIN.

¿Me permite? (Coge la solicitud y, siempre de pie, la recorre con los

ojos.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(A JIRIN.)

Pero que tengo que contarlo desde el principio. La semana pasada

recibo un buen día carta de mamá… En ella me dice que un tal

Grendilevskii ha pedido la mano de mi hermana Katia… Parece ser que

se trata de un muchacho excelente, modesto, pero carente de medios

económicos y sin situación definida… Para mayor desdicha, figúrese que

también Katia se había enamorado de él… ¿Qué hacer en un caso así?…

Por eso me escribía mamá…, para que yo, sin pérdida de tiempo, viniera

aquí a influir sobre Katia…

JIRIN.—(En tono severo.)

Perdone, pero me ha hecho confundirme… ¡Mamá…, Katia!… ¡Me

ha hecho confundirme y ya no comprendo nada!

TATIANA ALEKSEEVNA.

¡Pues sí que importa la cosa! ¡Cuando una señora le habla debe usted

escucharla!… ¿Por qué tiene hoy tan mal humor? ¿Está usted

enamorado? (Ríe.)

SCHIPUCHIN.—(A MERCHUTKINA.)

Pero ¿qué es todo esto?… No entiendo en absoluto.

TATIANA ALEKSEEVNA.

¿Conque está usted enamorado?… ¡Ah…, ya se le ha subido el pavo!

SCHIPUCHIN.—(A su mujer.)

¡Taniuscha! ¡Querida!… ¡Sal un momento al pasillo! Enseguida voy.

TATIANA ALEKSEEVNA.

¡Bueno!… (Sale.)

SCHIPUCHIN.

No entiendo nada de esto… Usted, señora, viene aquí equivocada…

Esta solicitud —por lo que se deduce de su contenido— no nos

corresponde a nosotros. Tenga la bondad de dirigirse a la institución

donde trabajaba su marido.

MERCHUTKINA.

Mire, padrecito… He ido ya a cinco sitios y en ninguno me la han

querido siquiera aceptar. Tenía ya perdida la cabeza cuando Boris

Matveich, mi yerno, me aconsejó que viniera a verle a usted… «Tiene

usted, mamaíta —me dijo— que dirigirse al señor Schipuchin. Es una

persona de mucha influencia y podrá arreglárselo todo…». ¡Ayúdeme,

excelencia!

SCHIPUCHIN.

Nosotros, señora Merchutkina, no podemos hacer nada por usted.

¡Compréndalo!… Su marido —por lo que he podido deducir— trabajaba

en una institución médico-militar…, mientras que la nuestra es de

carácter particular…, comercial… Esto es un Banco… ¿Cómo va a ser

posible que no lo comprenda?

MERCHUTKINA.

Excelencia… Tengo un certificado del médico que demuestra que mi

marido estaba enfermo. Aquí lo tiene. Sírvase leerlo.

SCHIPUCHIN.—(Ligeramente irritado.)

Magnífico… Lo creo, pero le repito que esté asunto no tiene la menor

relación con nosotros. (Tras el escenario, resuena la risa de TATIANA

ALEKSEEVNA; luego otra masculina.)

SCHIPUCHIN.—(Con una ojeada a la puerta.)

¡Ya está ahí molestando a los empleados! (A MERCHUTKINA.) ¡Resulta

extraño y hasta ridículo! ¿Será posible que su marido no sepa a quién

tiene que dirigirse?

MERCHUTKINA.

¡Él no sabe nada, excelencia!… No hace más que decirme: «¡Estas

cosas a ti no te importan! ¡Largo de aquí!…». Y se acabó…

SCHIPUCHIN.

Le repito, señora, que su marido estaba empleado en una institución

médico-militar…, y que esto es un Banco…, una empresa privada…,

comercial…

MERCHUTKINA.

No digo que no…; no digo que no… Le comprendo, padrecito…

¡Pero, en este caso, excelencia, mande que me paguen por lo menos

quince rublos!… ¡Me conformo con no cobrarlo todo de una vez!

SCHIPUCHIN.—(Suspirando.)

¡Uf!…

JIRIN.

Andrei Andreich… Así no terminaré nunca la Memoria.

SCHIPUCHIN.

Ahora mismo. (A MERCHUTKINA.) ¡Es imposible hacerle a usted

comprender!… ¡Entienda de una vez que dirigirse a nosotros con una

solicitud de ese género es tan impropio como, por ejemplo, presentar una

demanda de divorcio en una farmacia! (Se oyen unos golpecitos en la

puerta, y después la voz de TATIANA ALEKSEEVNA diciendo:) «¿Se puede

entrar?»… (SCHIPUCHIN alza la voz.) ¡Espera, querida!… ¡Ahora

mismo!… (A MERCHUTKINA.) A usted, señora, no le han pagado, pero

nosotros celebramos hoy aquí un aniversario y estamos ocupados… De

un momento a otro puede entrar alguien…

MERCHUTKINA.

¡Tenga compasión de mí, pobre huérfana!… ¡Excelencia!… ¡Soy una

mujer débil…, indefensa!… ¡Me faltan las fuerzas!… ¡Todo lo tengo que

hacer yo!… ¡Los juicios con los huéspedes, los asuntos de mi marido y

de mi casa… y ahora, para colmo, mi yerno está sin trabajo!

SCHIPUCHIN.

Señora Merchutkina… ¡Yo!… No, perdón… ¡No puedo seguir

hablando con usted!… ¡Hasta la cabeza me da vueltas!… ¡Nos molesta

usted y pierde el tiempo en balde!… (Aparte y suspirando.) ¡Vaya

zoquete!… (A JIRIN.) ¡Kusma Nikolaich! ¡Explíqueselo, por favor, a la

señora Merchutkina!… (Hace un gesto de impaciencia y entra en la sala

de empleados.)

JIRIN.—(En tono severo.)

¿Qué se le ofrece?

MERCHUTKINA.

¡Soy una mujer débil…, indefensa!… ¡Quizá parezca fuerte, pero, si

se me mira detenidamente, se verá que no hay en mí un tendoncito sano!

¡Apenas si me sostienen los pies! ¡He perdido el apetito! ¡Hoy me he

bebido el café sin pizca de ganas!

JIRIN.

La estoy preguntando que qué se le ofrece.

MERCHUTKINA.

¡Mande, padrecito, que me paguen quince rublos!… ¡El resto, si

quieren, pueden dármelo aunque sea dentro de un mes!

JIRIN.

Ya se le ha dicho a usted con toda claridad que esto es un Banco.

MERCHUTKINA.

Así será… Así será… Pero, si es necesario, puedo presentar un

certificado del médico.

JIRIN.

¿Eso que lleva usted sobre los hombros, es una cabeza o qué?…

MERCHUTKINA.

¡Lo que yo le pido, querido, es conforme a la ley!… ¡No quiero nada

de nadie!

JIRIN.

Y yo le pregunto: «Madame»…, ¿eso que lleva usted sobre los

hombros, es o no es una cabeza?… ¡Qué diablos! ¡No tengo el tiempo

para perderlo hablando con usted! ¡Estoy ocupado! (Señalando a la

puerta.) ¡Tenga la bondad!…

MERCHUTKINA.—(Asombrada.)

Y del dinero…, ¿qué?

JIRIN.

¡En una palabra: que lo que lleva sobre los hombros no es una cabeza,

sino… (Dando con el dedo unos golpecitos en la mesa y llevándoselo

después a la frente) esto!

MERCHUTKINA.—(Ofendida.)

¿Cómo?… ¡Vaya!… ¡Eso se lo haces, si quieres, a tu mujer!… ¡Yo

soy la esposa de un Secretario Regional…, conque cuidado conmigo!…

JIRIN.—(Acalorándose y con voz contenida.)

¡Fuera de aquí!

MERCHUTKINA.

¡Ojo! ¡Mira bien lo que haces!

JIRIN.—(Con voz estrangulada.)

¡Si no sales en este mismo instante, mandaré llamar al portero!…

¡Fuera!… (Patalea.)

MERCHUTKINA.

¡Nada, nada!… ¿Crees, acaso, que te tengo miedo?… ¡Valiente

mamarracho!

JIRIN.

¡Me parece no haber conocido en toda la vida ser más repugnante!…

¡Uf!… ¡Si hasta se me ha subido la sangre a la cabeza!… (Con

respiración fatigosa.) ¡Otra vez te lo digo!… ¿Me oyes?… ¡Si no te

marchas de aquí, vieja chocha…, te haré polvo!… ¡Tengo tal carácter,

que podría llegar a dejarte inválida para toda la vida!… ¡Podría cometer

un crimen!

MERCHUTKINA.

¡Se te va la fuerza por la boca! ¡No te tengo miedo!… ¡Así que no he

visto a otros como tú!

JIRIN.—(Con desesperación.)

¡No puedo soportar su presencia!… ¡Me encuentro mal!… ¡No

puedo!… (Dirigiéndose a la mesa, se sienta ante ella.) ¡Han dejado que

el Banco se llenara de mujeres y ya no hay manera de escribir la

Memoria!… ¡Me es imposible!…

MERCHUTKINA.

¡No pido nada que no me pertenezca!… ¡Lo que pido es mío según la

ley!… ¡Valiente desvergonzado!… ¡Estar dentro de una oficina y con los

«valenkii» puestos!… ¡Mujik!… (Entran SCHIPUCHIN y TATIANA

ALEKSEEVNA.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Que viene siguiendo a su marido.)

Fuimos a la fiesta de Berejnitzkii… Katia llevaba un vestido de

«foulard» azul celeste, adornado de encaje fino y con el cuellecito

descubierto. Le sentaba muy bien el peinado alto que yo misma le hice.

¡Después de peinada y de vestida, estaba hecha un encanto!…

SCHIPUCHIN.—(Ya con jaqueca.)

¡Sí, sí!… ¡Un encanto!… ¡Pueden entrar de un momento a otro!…

MERCHUTKINA.

¡Excelencia!…

SCHIPUCHIN.—(Con voz apagada.)

¿Qué hay? ¿Qué desea?

MERCHUTKINA.

¡Excelencia! (Señalando a JIRIN con el dedo.) ¡A ése que se pegaba en

la frente y daba luego en la mesa, le había mandado usted que arreglara

mi asunto y lo que hace es burlarse de mí!… ¡Soy una mujer débil…,

indefensa!…

SCHIPUCHIN.

¡Bien, señora!… ¡Yo lo resolveré!… ¡Haré las gestiones necesarias;

pero váyase! ¡Después!… (Aparte.) Siento venir el ataque de gota.

JIRIN.—(Acercándose a SCHIPUCHIN y bajando la voz.)

Andrei Andreich… Mande a buscar al portero y que la eche. ¡Es ya

inaguantable!

SCHIPUCHIN.—(Asustado.)

¡No, no!… ¡Se pondrá a chillar y esta casa tiene muchos pisos!

MERCHUTKINA.

¡Excelencia!

JIRIN.—(Con voz llorosa.)

¡Pero yo tengo que escribir la Memoria! ¡No me quedará tiempo!

(Volviendo a la mesa.) ¡No puedo más!

MERCHUTKINA.

¡Excelencia!… ¿Cuándo voy a cobrar entonces el dinero?… ¡Lo

necesito hoy!

SCHIPUCHIN.—(Indignado.)

¡Qué mujer más vil! (A ella en tono suave.) Señora… ¡Ya le he dicho

que esto es un Banco…, una institución de carácter privado…,

comercial!…

MERCHUTKINA.

¡Hágame la merced, excelencia!… ¡Sea un padre para mí!… ¡Si no

basta el certificado médico, puedo darle también el de la comisaría!…

¡Mande que me paguen el dinero!

SCHIPUCHIN.—(Con un fatigoso suspiro.)

¡Uf!

TATIANA ALEKSEEVNA.—{A MERCHUTKINA.)

¡Abuela!… ¡Le están diciendo que molesta!… ¡Qué especial es usted!

MERCHUTKINA.

¡Bonita mía! ¡No tengo a nadie que pueda ayudarme en mis

gestiones!… ¡Lo de que como y bebo es sólo un decir! ¡Hoy me he

bebido el café sin pizca de ganas!

SCHIPUCHIN.—(Agotado, a MERCHUTKINA.)

¿Cuánto quiere usted que le den?

MERCHUTKINA.

Veinticuatro rublos con treinta y seis «kopeikas».

SCHIPUCHIN.

Bien… (Sacando veinticinco rublos de la cartera y entregándoselos.)

Aquí tiene usted veinticinco… ¡Cójalos y márchese! (JIRIN tose,

enfadado.)

MERCHUTKINA.

¡Tantas gracias, excelencia! (Se guarda el dinero.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Sentándose junto a su marido.)

A todo esto, ya es hora de que me vaya a casa. (Mirando el reloj.)

Sólo que todavía no he terminado. Acabo en un momento y me voy…

¡Ay, lo que pasó!… ¡Lo que pasó!… Fuimos, como te decía, a la fiesta de

Berenjnitzkii… Estaba bastante bien…, animada…, aunque nada de

particular. Naturalmente, uno de los presentes era Grendilevskii, el

suspirante de Katia… Pues bien…, yo ya había hablado con ella,

habíamos llorado juntas y la había convencido, por lo que, precisamente,

en esa fiesta habló con Grendilevskii y le rechazó… Pero ¡imagínate!…

¡Piensa!… ¡Todo se había arreglado lo mejor posible!… Tranquilizada

mamá y salvada Katia, yo también podía estar tranquila…, pero ¿qué

crees?… Momentos antes de la cena, cuando me paseaba con Katia por la

alameda…, de pronto…, (Excitándose.) oímos un tiro… ¡No!… ¡No

puedo hablar de esto con sangre fría!… (Abanicándose con el pañuelo.)

¡No…, no puedo!…

SCHIPUCHIN.—(Suspirando.)

¡Uf!

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Llorando.)

¡Corremos hacia el cenador y allí…, allí… encontramos al pobre

Grendilevskii, tendido en el suelo y con una pistola en la mano!…

SCHIPUCHIN.

¡No!… ¡No lo puedo soportar! (A Merckutkina.) ¿Qué más quiere

usted?

MERCHUTKINA.

¿No sería posible, excelencia, que mi marido ingresara otra vez en su

trabajo?

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Llorando.)

¡Se había disparado justamente al corazón! ¡Aquí!… ¡El pobre cayó

al suelo sin conocimiento!… ¡Katia se asustó muchísimo!… ¡Estaba allí

tendido y pidiendo que llamaran al médico!… Éste vino pronto y salvó al

infeliz…

MERCHUTKINA.

¡Excelencia!… ¿Podría mi marido volver a ocupar su puesto?

SCHIPUCHIN.

¡No!… ¡No lo podré soportar!… (Llorando.) ¡No lo podré soportar!

(Tendiendo los brazos a JIRIN con gesto desesperado.) ¡Échela de aquí!

¡Échela…, se lo suplico!

JIRIN.—(Avanzando hacia TATIANA ALEKSEEVNA.)

¡Fuera!

SCHIPUCHIN.

¡No!… ¡A ésa no!… ¡A ésta!… ¡A esta horrible mujer! (Señalando a

MERCHUTKINA.) ¡A ésta!

JIRIN.—(Sin comprender, a TATIANA ALEKSEEVNA.)

¡Fuera de aquí!

TATIANA ALEKSEEVNA.

¿Cómo?… Pero ¿qué le pasa? ¿Se ha vuelto usted loco?

SCHIPUCHIN.

¡Esto es terrible! ¡Soy un desgraciado!… ¡Échela! ¡Échela!

JIRIN.—(A TATIANA ALEKSEEVNA.)

¡Resultarás tullida! ¡Te haré trizas! ¡Cometeré un crimen!

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Corriendo a escapar del alcance de JIRIN que la persigue.)

¿Cómo se atreve?… ¡Qué frescura!… (Gritando.) ¡Andrei! ¡Sálvame!

¡Andrei!… (Lanza un chillido.)

SCHIPUCHIN.—(Corriendo a su vez tras ellos.)

¡Paren! ¡Se lo suplico! ¡Silencio! ¡Tengan compasión de mí! JIRIN.—(Emprendiéndola contra MERCHUTKINA.)

¡Fuera de aquí! ¡Cogedla! ¡Sacudidla!

SCHIPUCHIN.—(Gritando.)

¡Basta ya! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico!

MERCHUTKINA.

¡Ay de mí! ¡Socorro! (Lanza un chillido.)

TATIANA ALEKSEEVNA.—(Gritando.)

¡Auxilio! ¡Auxilio!… ¡Ay!… ¡Me desmayo! (De un salto se sube a

una silla, cayendo luego en el diván, donde permanece gimiendo, corno

víctima de un desvanecimiento.)

JIRIN.—(Persiguiendo a MERCHUTKINA.)

¡Pegadle! ¡Zurradle!…

MERCHUTKINA.

¡Ay de mí!… ¡Se me nubla la vista!… ¡Ay!… (Cae en brazos de

SCHIPUCHIN. Se oyen unos golpecitos dados contra la puerta y una voz

que, detrás del escenario, anuncia: «¡La Comisión!»)

SCHIPUCHIN.

¡La Comisión!… ¡La reputación!… ¡La ocupación!…

JIRIN.—(Pataleando.)

¡Diablos! ¡Fuera de aquí! (Remangándose.) ¡Que me la traigan! ¡Soy

capaz de llegar al crimen! (Entra en la estancia la Comisión, compuesta

por cinco individuos, todos vestidos de frac. Uno de ellos sostiene en las

manos un pergamino encuadernado en terciopelo y otro un jarrón. Por la

puerta de la sala inmediata asoman los empleados. TATIANA ALEKSEEVNA

está echada sobre el diván. MERCHUTKINA descansa en los brazos de

SCHIPUCHIN. Ambas exhalan ligeros gemidos.)

UNO DE LOS DIRECTIVOS.— (Comenzando a leer en alta voz.)

«¡Estimado y querido Andrei Andreevich!… ¡Echando una ojeada

retrospectiva sobre el pasado de nuestra empresa financiera y recorriendo

con la mente la historia de su paulatino desarrollo, recogemos una

impresión sumamente satisfactoria!… ¡Cierto que en sus primeros

tiempos de existencia, la modesta cuantía de su capital básico, la carencia

de operaciones de importancia y lo indeterminado también de sus

fines…, ponían sobre el tapete la interrogación de “Hamlet”… “Ser o no

ser”!… ¡Hubo un tiempo, inclusive, en el que se alzaron voces en pro del

cierre del Banco!… ¡He aquí, sin embargo, que viene usted a colocarse a

la cabeza de la empresa!… ¡Sus conocimientos, su energía y su peculiar

tacto fueron para ella causa de éxito extraordinario y de raro

florecimiento!… ¡La reputación del Banco!… (Tosiendo.) ¡La reputación

del Banco!…»

MERCHUTKINA.—(Entre gemidos.)

¡Ay!…

TATIANA ALEKSEEVNA.—(También entre gemidos.)

¡Agua!

EL DIRECTIVO.—(Prosiguiendo la lectura.)

¡La reputación!… (Tosiendo.) ¡La reputación del Banco ha sido

elevada por usted a tal altura, que hoy en día nuestra empresa está en

condiciones de competir con las mejores del extranjero!…

SCHIPUCHIN.

La comisión… La reputación… La ocupación… «Una vez…

sostenían dos amigos —andando al anochecer— muy seria

conversación»[87]… «¡No digas que está mi juventud perdida!…

¡Deshecha por mis celos!»…

EL DIRECTIVO.—(Prosiguiendo, azarado.)

¡Después!… ¡Fijando en el presente una mirada objetiva…,

nosotros…, estimado y querido Andrei Andreevich!… (Con voz que se

apaga.) En ese caso…, volveremos más tarde… Mejor será que

volvamos más tarde… (Salen todos, presos de azaramiento. Telón.)

FIN DE

«ANIVERSARIO»

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