Teatro completo

Anton Chejov · Capítulo 52 de 52

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Acto tercero

 

Despacho en casa de Voinitzev. Dos días después del acto anterior. Es una

mañana sombría y lluviosa. La lluvia golpea Incesantemente en los cristales

de las ventanas.

Al levantarse el telón, SOFÍA pasea de un lado a otro de la escena, mientras

KATIA está de pie junto al fuego de la chimenea.

 

ESCENA PRIMERA

SOFÍA y KATIA.

SOFÍA.

¡Cálmate, Katia! Habla con tranquilidad.

KATIA.

Todo es turbio. Las puertas están abiertas, una ventana arrancada de

sus goznes, todo revuelto… Ha pasado algo terrible. Además, una de

nuestras gallinas ha cacareado como si fuese un gallo. ¡Era un aviso!

SOFÍA.

Según tú, ¿qué ha sucedido?

KATIA.

No lo sé, señora. Para mí, que alguien ha asesinado al señor Platonov.

O también, que se ha marchado para ahorcarse. (Pausa.) No está en el

pueblo. Lo he recorrido durante cerca de cuatro horas. (Sollozando.)

Olvídele, señora, olvídele. Es un pecado. (Pausa.) Piense en el maestro…

Es él quien me causa pena. Era un muchacho contento de vivir, y vea en

lo que se ha convertido: va de un lado para otro como si hubiera perdido

el alma. Estoy triste por él, señora. Pero esto no está bien. (Pausa.) ¿Qué

es lo que encuentra usted en ese amor? Un escándalo únicamente. Usted

también ha cambiado mucho en estos últimos días. No come, ni bebe, ni

duerme. No hace más que toser.

SOFÍA.—(Después de una pausa.)

Ve, Katia. Inténtalo otra vez. Regresa a la escuela.

KATIA.

Iré. Pero usted haría mejor acostándose. (Pausa.)

 

ESCENA II

SOFÍA y VOINITZEV.

VOINITZEV.—(Dentro.)

Sí, mamá… Me echaré en el despacho… (Entra y ve a SOFÍA.) ¿Tú…,

aquí?… ¿Por qué?

SOFÍA.

Ya me iba. (Se aleja.)

VOINITZEV.

Un momento, Sofía, por favor.

SOFÍA.

¿Tienes algo que decirme?

VOINITZEV.

Sí. (Pausa.) Hacía una eternidad que no nos encontrábamos en esta

habitación.

SOFÍA.

Sí, una eternidad.

VOINITZEV.

¿Vas a abandonarme?

SOFÍA.

Sí.

VOINITZEV.

¿Pronto?

SOFÍA.

Hoy.

VOINITZEV.

¿Con él?

SOFÍA.

Sí.

VOINITZEV.

Vas a fundar una sólida dicha con la pasión y la desesperación de otra

persona.

SOFÍA.—(Rápida.)

¿Querías decirme algo?

VOINITZEV.

Siento lo que haya podido hacer estos últimos días. He dicho palabras

que herían, frases brutales. Perdóname.

SOFÍA.

Te perdono. (Inicia el mutis.)

VOINITZEV.—(Divagando ligeramente.)

No te marches todavía. No te lo he dicho todo. Me estoy volviendo

loco, Sofía. No soy lo bastante fuerte para soportar este choque. Aún me

queda un rinconcito de luz en mi espíritu. Cuando se apague estaré

perdido. Sé, por ejemplo, que ahora estoy en mi despacho, el cual ha

pertenecido a mi padre, su excelencia el mayor general Voinitzev,

caballero de San Jorge. Un hombre grande y altivo. Naturalmente, se le

ha calumniado mucho. Pretendían que era un tirano, que pegaba a sus

criados, que humillaba a la gente. Pero lo que él tenía que soportar no lo

han reconocido. (Al retrato.) ¿Puedo presentarte a Sofía Egorovna, mi ex

esposa? (SOFÍA intenta marcharse, pero él la detiene.) No, no te vayas

todavía. Me oirás hasta el final. Después de todo, es la última vez.

SOFÍA.

Nosotros ya nos hemos dicho todo. Y sé perfectamente lo que debo

pensar de mí misma.

VOINITZEV.

Tú no sabes nada. Absolutamente nada. Si no, no me mirarías de esta

manera. (Cae de rodillas y le coge una mano.) Sofía, piensa en lo que

haces… Ten piedad de mí. ¡No me abandones! Mira, yo te he perdonado.

Yo te daré la felicidad. Soy capaz para ello. Él no te reportará nada. Os

perderéis los dos. ¡Vas a destruir a Platonov, Sofía! Quédate. Él vendrá a

vernos. Ya lo verás. Jamás hablaremos del pasado. Quédate, te lo suplico.

Platonov estará de acuerdo conmigo. Él no te ama. Te ha tomado porque

tú te has entregado a él.

SOFÍA.

¡Todos sois innobles!… ¿Dónde está Platonov?

VOINITZEV.—(Levantándose.)

No sé.

SOFÍA.

¡Te odio!… Dime, ¿dónde está Platonov?

VOINITZEV.

Le he dado dinero y ha prometido marcharse.

SOFÍA.—(Casi desfallecida.)

¡Mientes!

VOINITZEV.

Por un millar de rublos ha renunciado a ti… No, no. No me creas. Es

mentira. Sólo has tenido conversaciones con él, ¿verdad? No habréis

llegado más lejos.

SOFÍA.—(Fríamente.)

Soy su amante. ¿Por qué quieres retenerme? ¿Qué esperas? (Va a

salir.)

VOINITZEV.—(Cogiéndola y gritando.)

¿Eres su amante y me hablas con esta insolencia? (Entra ANA

PETROVNA.)

 

ESCENA III

DICHOS y ANA PETROVNA.

SOFÍA.

¡Déjame marchar!… (Vase.)

 

ESCENA IV

ANA PETROVNA y VOINITZEV.

ANA.

¿Conoces ya la noticia, Sergio?

VOINITZEV.

Sí, que Platonov ha desaparecido.

ANA.

Hablaba del asunto de nuestra propiedad.

VOINITZEV.

¿Qué asunto?

ANA.

Todo ha terminado…, completamente… ¡Puff! Así. Como un lindo

juego de manos. Dios nos la dio, Dios nos la quitó… Y todo por causa de

Glagolaiev… ¿Quién lo hubiera pensado?

VOINITZEV.

No comprendo. Perdóname, pero no estoy en mi ser.

ANA.

Porfirio Glagolaiev había prometido pagar por nosotros la hipoteca.

VOINITZEV.

Como siempre lo ha hecho.

ANA.

Pues bien: esta vez no lo hará. Ha desaparecido. Sus criados dicen

que se ha marchado a París. El imbécil ha debido de molestarse… Si

hubiese pagado por lo menos los intereses, hubiéramos podido

arreglarnos con los acreedores durante un año. En este mundo no sólo

hay que desconfiar de los enemigos, sino también de los amigos.

VOINITZEV.

Sí. Hay que desconfiar de los amigos.

ANA.—(Terminante.)

Bien, querido señor feudal, ¿qué vas a hacer ahora? ¿Dónde vas a ir?

Dios se mostró generoso con tus antepasados, pero a ti te ha retirado la

confianza.

VOINITZEV.

Me es igual.

ANA.

No tanto como crees. ¿Qué comerás?… Siéntate, hijo mío… Ante

todo, conserva tu sangre fría.

VOINITZEV.

No te preocupes por mí, mamá. Tus propios nervios están a prueba.

ANA.

Las mujeres no cuentan. Su papel es secundario. Ante todo, sangre

fría, te repito. Lo único que cuenta es lo que tienes ante ti. Y tú tienes

toda la vida. Una vida de honradez y trabajo. ¿Por qué entristecerte? Tú

podrías ocupar un buen puesto en el colegio. Eres un muchacho

inteligente. Estás fuerte en filosofía. Tienes sólidas convicciones, buenos

sentimientos y una esposa modelo.

VOINITZEV.

Mamá…

ANA.

No tienes por qué quejarte… ¡Llegarás lejos!

VOINITZEV.

Pero…

ANA.

Únicamente que si no disputaras con tu mujer… Vuestra luna de miel

apenas ha terminado… ¿Por qué no eres franco conmigo? ¿Hay algo que

no marcha bien? ¿Qué ocurre entre vosotros?

VOINITZEV.

No pasa nada. Ya todo ha pasado… Fue ayer exactamente cuando

supe la verdad. (Pausa.) ¡Tengo el honor de presentarte a un cornudo!

ANA.

¡Sergio! ¡Qué broma tan estúpida! No reflexionas. ¿Sientes la

gravedad de esta acusación?

VOINITZEV.

La siento, mamá. ¡Y no «en sentido figurado»!

ANA.

¡Calumnias a tu mujer!

VOINITZEV.

Te lo juro ante Dios.

ANA.

Y ¿ha sido aquí, en Voinitzevka?

VOINITZEV.

En este maldito Voinitzevka.

ANA.

¿Quién diablos en este caserío ha podido tener esa idea tan extraña?

¿Acaso Glagolaiev el joven? Pero ellos no vienen ya casi nunca. No, no

puede ser. Son celos estúpidos.

VOINITZEV.—(De repente.)

¡Platonov!

ANA.—(Repitiendo maquinalmente.)

¿Qué pasa con Platonov?

VOINITZEV.

Que es él.

ANA.—(Saltando.)

Están permitidas las barbaridades, pero hasta este extremo, no.

Deberías saber contenerte.

VOINITZEV.

Bueno. Pregúntaselo a ella y a él… Tampoco yo quería creerlo, pero

Sofia me abandona hoy y él la acompaña.

ANA.

Vamos, Sergio… Lo has inventado todo. ¡Como un crío!

VOINITZEV.

Créeme. Se marcha hoy. Durante estos dos últimos días no ha dejado

de afirmar que ella era su amante.

ANA.

Ahora recuerdo. Recuerdo… Ahora lo comprendo todo. Cállate, que

me acuerde de todo; cállate… (Entra VENGEROVITCH.)

 

ESCENA V

DICHOS y VENGEROVITCH.

VENGEROVITCH.

Buenos días. Me alegro de que se encuentren bien.

ANA.—(Para sí, siempre preocupada.)

Sí…, sí…

VENGEROVITCH.

Llueve a cántaros, y, sin embargo, hace mucho calor. (Se enjuga la

frente.) ¡Puff! Estoy calado hasta los huesos. Y, sin embargo, tenía

paraguas. (Como ve que no le hacen caso, repite.): ¿Están ustedes bien?

(Nadie responde.) He venido a verles a propósito de aquella venta

espantosa. ¡Es vergonzoso! Y duro para ustedes. Yo…, yo les suplico que

no lo tomen a mal. En verdad, no he sido yo quien ha prescrito las

hipotecas. Sus acreedores se han solidarizado…

VOINITZEV.—(Violento, agitando la campanilla que hay sobre la mesa.)

¿Dónde están los criados?

VENGEROVITCH.

No he sido yo. Ellos han prescrito en mi nombre.

VOINITZEV.

Haré que los azoten. Les he dicho cien veces que no quería recibir

ninguna visita hoy.

ANA.

Hace meses que no se les paga.

VOINITZEV.

¡Brutos! ¡Les haría falta que hubieran estado a nuestro servicio en

tiempos de mi padre! (Tira la campanilla y se pasea furioso.)

VENGEROVITCH.

Ha sido jurídicamente a mi nombre como se ha realizado la acción,

¿comprenden? Y en mi nombre han dicho que ustedes podrían vivir aquí

como antes. Al menos, hasta Navidad. Naturalmente, será preciso realizar

algunos cambios. Pero, en fin…, eso no tiene que preocuparles. Y si

llegase el…, bueno, el desahucio, siempre podrían instalarse en las

dependencias. Están calientes, bien arregladas y son muchas

habitaciones… (Pausa.) También me han encargado que le preguntase si

estaba dispuesta a vender sus canteras, Ana Petrovna, ¿comprende? Esas

minas de carbón que le dejó su marido… Usted podría conseguir un buen

precio si me encargara…

ANA.

No se las venderé a nadie. ¿Qué me daría usted? ¿Un «copeck»?

Guárdese el «copeck» y que le zurzan.

VENGEROVITCH.

También me han autorizado a que le advierta que ellos intentarán una

acción si se niega usted a vender los bienes que le quedan. Tendré que

unirme a ellos, porque he comprado sus deudas de usted a Petrin y

Chterbouk. Confieso que deploro tales métodos, pero ¡qué quiere usted!

La amistad es una cosa, el dinero es otra. ¡El comercio! ¡El comercio! Es

algo maldito. Lo sé.

VOINITZEV.

No permitiré que los bienes de mi madre vayan a no importa quién…

¡Haga lo que quiera!

ANA.

Estoy desolada, Abraham Abramovitch, pero necesito decirle que se

vaya.

VENGEROVITCH.—(Levantándose.)

¡Muy bien! ¡Muy bien! No se preocupe usted. Además, puede

permanecer aquí hasta Navidad. Volveré. Gracias. (Mutis.)

 

ESCENA VI

ANA PETROVNA y VOINITZEV.

ANA.

Sí. Ahora comprendo. Ha sido por eso por lo que ha huido Platonov.

VOINITZEV.

¡Que hagan lo que quieran! He perdido a mi esposa y nada me

importa ya. ¡Ay mamá! Parece que no me comprendes.

ANA.

Te comprendo perfectamente. Pero ¿dónde tienes los ojos? ¿Qué has

podido encontrar en esa muchacha insípida? Y tú eres igual. No tienes ni

pizca de juicio… Corre tras ella y tráela.

VOINITZEV.

No hay nada que hacer. Y, sobre todo, evítame los reproches. La he

perdido como tú has perdido a Platonov. Las palabras no arreglan nada.

ANA.

Pero, Sergio. Vamos a ver. Hay que hacer algo. Espabílate. Hay que

procurar salvar…

VOINITZEV.—(Interrumpiéndola.)

¿Salvar qué?… ¿Salvarme a mí? ¡Bah! Después de todo, son felices

los dos.

ANA.

Es a ellos a quien hay que salvar. Platonov no ama a Sofía. Tú lo

sabes bien.

VOINITZEV.

Ella me ha dicho que era su amante.

ANA.

«Su distracción» y no su amante. Sofia es de esa clase de mujeres que

de un beso hacen una montaña, de un apretón de manos una pasión

volcánica. Este asunto aún no ha alcanzado su punto álgido.

VOINITZEV.

Sí.

ANA.

No entiendes nada de nada. (Entra GREKOVA.)

 

ESCENA VII

DICHOS y GREKOVA.

GREKOVA.—(Muy feliz y muy alegre.)

¡Ah! ¡Aquí está! (Tiende la mano a ANA.) ¿Cómo está usted, Sergio

Pavlovich? Me parece que llego en mal momento, ¿no? ¡Perdónenme!

Es…, ¿cómo diría?…, una visita de tártaro. ¡Oh, no estaré ni un minuto!

(Riendo.) Tengo que enseñarle algo, Ana Petrovna. (En voz alta.)

¡Perdóneme, Sergio Pavlovich! Tengo que confiar un secreto a Ana

Petrovna. (Lleva a ésta aparte y le entrega una carta.) La recibí ayer.

ANA.

¡Ah!

GREKOVA.

Escuche: es de él. (La lee.) «Si la he besado durante aquella fiesta fue

porque estaba irritado, no era dueño de mí, había perdido el control.

Usted es sagrada para mí y, sin embargo, la he besado. He actuado como

una mala bestia. Pero ¿acaso me he comportado con las demás de otra

manera? No nos encontraremos en la sala de justicia. Me voy mañana

para siempre. Sea feliz, se lo ruego. Sea justa conmigo. No, no me

perdone». Mande a buscarlo, Ana Petrovna. ¡Que venga!

ANA.

¿Es necesario?

GREKOVA.

Entérese: A Miguel Vassilievich van a quitarle el puesto. He ido a

quejarme al director de enseñanza. ¡Qué estúpida he sido! No escuche,

Sergio Pavlovitch. (A ANA.) ¿Cómo iba a sospechar que me escribiría

esta carta? ¡Si lo hubiese sabido!… ¡Ah! Lo que he sufrido…

ANA.

Pase a la biblioteca, querida. Enseguida estoy con usted. Tengo que

hablar dos palabras con Sergio.

GREKOVA.

¿A la biblioteca? ¡Bueno! ¿Le enviará usted a buscar? Quiero ver su

mirada… ¿Dónde está la carta? ¡Ah, sí! (Se la mete en el escote.)

Querida, la espero.

ANA.—(Empujándola.)

Enseguida voy.

GREKOVA.

Bien, bien. (La besa.) No esté disgustada conmigo. No puede usted

figurarse cuánto sufro. (Mutis.)

 

ESCENA VIII

ANA y VOINITZEV.

ANA.

Iré a ver a Sofía…, la interrogaré… Le veré a él también… Tú

siéntate aquí y llora… Desahógate… Yo me ocuparé de todo. (Mutis.

VOINITZEV llora. Entra PLATONOV, el brazo en cabestrillo.)

ESCENA IX

PLATONOV y VOINITZEV.

PLATONOV.

Llora… ¡Pobre amigo mío! (Se acerca a él.) Escúchame. (Entra ANA

PETROVNA.)

 

ESCENA X

DICHOS y ANA.

ANA.

¿Cómo? ¿Tú aquí? (Se acerca lentamente a PLATONOV.) Platonov, ¿es

cierta esta historia?

PLATONOV.

Sí.

ANA.

¿Y lo dices con esa sangre fría?… ¿No comprendes que es una

vileza?… Tu acción es baja, ruin… Deberías haberte dado cuenta,

querido, de que la mujer de un amigo no debe ni puede ser el juguete de

otro. (Eleva la voz.) Tú no la amas. Todo lo que has hecho ha sido por

ocio.

VOINITZEV.

Mamá, pregúntale qué ha venido a hacer aquí.

PLATONOV.

Veo que no nos comprendemos, Ana Petrovna. Sí. Tiene razón el que

en su desgracia no acude a casa de sus amigos, sino a la taberna. Lamento ANA.

esta conversación: Me he humillado para nada. Pensaba que eran

personas civilizadas, pero son ustedes como las otras, como los

campesinos. Están mal pulidos. (A VOINITZEV.) No olvide que yo

también, por su culpa, sufro algunas heridas. (Mutis.)

 

ESCENA XI

ANA y VOINITZEV.

ANA.

¿Qué ha querido decir? ¿A qué ha hecho alusión?… ¿Le viste

ayer?… No me tortures. ¡Habla!

VOINITZEV.

¿Es necesario?

ANA,

¡Habla! ¿Qué sucedió?

VOINITZEV.

Déjame en paz. Ten piedad de mí.

ANA.

¡Habla!

VOINITZEV.

Mandé a Ossip que lo matara.

ANA.

¿Y sólo has hablado de «su» traición? Corre tras él y dile…

VOINITZEV.

¿Qué?

Lo que se te ocurra. Platonov ha venido aquí empujado por una noble

emoción. Corre. No es el único a quien hay que censurar. Todos tenemos

nuestras pasiones y no somos más fuertes que ellas. Reconcíliate con él.

Demuéstrale, por amor de Dios, que eres humano. (VOINITZEV sale y trae

a PLATONOV.)

 

ESCENA XII

DICHOS y PLATONOV.

PLATONOV.—(Tumbándose en el diván.)

Me duele mucho la mano. Tengo frío. Estoy tiritando.

VOINITZEV.—(Acercándose a PLATONOV.)

Miguel Vassilievitch…

PLATONOV.

¿No cree usted que ya hemos hablado bastante?

VOINITZEV.

Es preciso que nos perdonemos mutuamente. Yo…, yo estoy seguro

de que habrá usted comprendido mis sentimientos. (Pausa.) Le perdono,

por mi honor. Si yo pudiese olvidarlo todo, sería feliz. Intentemos vivir

en paz los dos.

PLATONOV.

Sí… (Pausa.) Estoy rendido. Tengo sueño y no puedo dormir. Le pido

humildemente perdón. (VOINITZEV se aleja de PLATONOV y se sienta.)

VOINITZEV.

Mamá, dile que se vaya.

ANA.

Tal vez esté enfermo de verdad.

PLATONOV.—(Tumbándose en el diván.)

Estoy enfermo… Una manta, por favor… No puedo volver a mi

casa… Está lloviendo… Me acostaré aquí…

ANA.

Sería mejor que volvieses a tu casa, Miguel Vassilievich. Te haré

acompañar por un criado… Haré que te cuiden. Y hasta puede que vaya

yo misma a cuidarte.

PLATONOV.

Si alguien no soporta mi presencia, que se vaya de la habitación. Por

favor, dame un poco de agua. Me siento muy mal…, muy mal… (Se oye

discutir en el pasillo. TRILETZKI aparece en la puerta.)

 

ESCENA XIII

DICHOS. TRILETZKI y YAKOV.

TRILETZKI.—(En el umbral de la puerta, a YAKOV.)

Vamos, ¿me anuncias?

YAKOV.

Mi amo me ha dado instrucciones.

TRILETZKI.

Ve y besa a tu amo. Es tan asno como tú. (Va hacia el diván.) ¡Es

espantoso! (Se sobresalta al ver a PLATONOV.) ¡Oh, trágico! Tu historia

alcanza su punto culminante, ¿no? (Pausa.) Te tumbas aquí, ¿eh?

Siempre dispuesto a filosofar, a predicar, ¿verdad?

PLATONOV.

Háblame como a un ser humano, Nicolás. ¿Qué quieres?

TRILETZKI.

Eres verdaderamente una mala bestia, Platonov. (Se sienta y se cubre

el rostro con las manos.) ¡Qué drama! Pero ¿cómo iba a preverse?

PLATONOV.

¿Qué ha sucedido?

TRILETZKI.

¿No lo sabes? Pero esto te concierne… ¡Ya no tienes tiempo!

ANA.

Nicolás Ivanovich…

PLATONOV.

¿Se trata de Sascha?

TRILETZKI.

Ha hervido una cacerola llena de fósforos y se la ha bebido.

ANA.

¿Qué?

TRILETZKI.—(Gritando.)

¡Se ha envenenado con fósforo! (Se pone en pie de un salto, va hacia

PLATONOV y agita un papel ante sus ojos. Grita.) ¡Toma…, lee…, lee…,

señor filósofo!

PLATONOV.—(Leyendo.)

«Suicidarse es un pecado, ya lo sé. Pero, querido, acuérdate de mí. Lo

he hecho porque no podía más. Ama a nuestro pequeño Kolya como yo lo

amo. Vela por mi hermano. No abandones a nuestro padre. Vive según las

Escrituras. La llave del aparador de madera está en mi traje de lana».

(TRILETZKI se derrumba en el diván.)

PLATONOV.

¡Mi tesoro!… ¿Dónde está?… Voy a buscarla. Comenzaremos una

nueva vida.

TRILETZKI.

Una buena corrección es lo que te mereces. Ponte el sombrero y

corramos. Has destruido una mujer para nada, Platonov. Y, sin embargo,

todas estas personas que te rodean te quieren. Encuentran que eres un

sujeto interesante y que tu mirada se halla oscurecida por un noble dolor.

Pues bien: vamos a contemplar sobre el terreno el embrollo que ha

provocado este ser excepcional.

PLATONOV.

Ya es bastante, Triletzki. Ya son inútiles las palabras.

TRILETZKI.

Fue una suerte para ti que yo saliera esta mañana temprano. Si no lo

hubiera hecho así, ella estaría muerta. (Reacción de PLATONOV.)

¿Comprendes? Vamos. Vamos. No quisiera cambiarla por diez espíritus

excepcionales como el tuyo.

PLATONOV.

¿Dices que no está muerta?

TRILETZKI.

¿Preferirías que lo estuviera? (PLATONOV ríe y besa a TRILETZKI.)

ANA.

No comprendo nada. Hable más claramente, Triletzki. Estamos todos

en ridículo y a mí no me gusta esto. ¿Qué significa esa carta?

TRILETZKI.

Sería póstuma si yo no hubiese llegado a tiempo. Actualmente, por

otra parte, no se halla aún fuera de peligro. Necesita grandes cuidados…

(A PLATONOV.) Te lo suplico, apártate de mí.

PLATONOV.

Hasta el presente me he burlado de los médicos. Ahora tengo

confianza en ellos. Aun en ti. La salvaremos. (Besa la mano de ANA

PETROVNA.) Voy a volverme loco de felicidad. Agua, querida; un vaso de

agua y me voy. (ANA coge el jarro y vase.)

 

ESCENA XIV

PLATONOV, TRILETZKI y VOINITZEV.

PLATONOV.

Si ella desapareciese, ¿quién merecería vivir? Me siento mal. (Se

sienta en el diván.) Un momento de reposo y enseguida iré. ¿Estará muy

débil, como es natural?

TRILETZKI.

Sí. Tú pareces extremadamente contento.

PLATONOV.

¡He sentido tanto miedo!…

 

ESCENA XV

DICHOS y ANA.

ANA.—(Que entra y tiende un vaso a PLATONOV.)

Yo también me he aterrorizado. Debería ser uno más razonable. Bebe. PLATONOV.—(Coge el vaso.)

Gracias, querida. ¡Sí, soy un canalla, un canalla sin igual! (A

TRILETZKI.) Siéntate aquí; debes de estar cansado. (TRILETZKI se sienta.)

¡Oh, mi mano, mi mano! Dame más agua, Nicolás… ¡La fiebre!… Se me

nubla la vista.

TRILETZKI.—(Poniéndole la mano en la frente.)

Ahora sí estás enfermo. Tal vez para tu bien. La enfermedad libera

frecuentemente a la conciencia.

ANA.

Váyanse y que Dios les ayude. Les suplico que tranquilicen a

Alejandra Ivanovna.

 

ESCENA XVI

DICHOS, IVÁN, TRILETZKI y luego SOFÍA.

IVÁN.—(A medio vestir, con una bata.)

¡Mi Sascha! ¡Oh, mi pequeña Sascha!

TRILETZKI.

¡Sólo tú faltabas!…

IVÁN.—(A PLATONOV.)

¡Oh, mi querido Mischa! ¡Mi muy querido Miguel, te imploro, en

nombre del Eterno y de todos los santos, que vayas a verla! Tú eres un

hombre sabio, inteligente, noble, honrado y generoso. ¡Vuelve a ella!

Pero de prisa, y dile que la amas. Por favor, abandona por un instante tus

bellas damas románticas. (Arrodillándose.) Mira, estoy de rodillas. Si

Sascha muere, estoy perdido para siempre. Mischa, mi querido Mischa,

ven a decirle que la amas, que para ti siempre es tu mujer. A veces, para

salvar a alguien, hay que mentir. Dios sabe que tú eres un hombre de

bien, pero di esta mentira para salvar a alguien que te es querido. Hazme

esta caridad, en nombre de Cristo. Soy un viejo.

TRILETZKI.

¡Padre!

IVÁN.

No te burles de mí. Estoy temblando. Tiemblo de terror.

PLATONOV.—(Riendo.)

Muy bien, coronel. ¡Levántese! Iremos a curar a su hija y beberemos

un vaso juntos.

IVÁN.

Vamos, vamos, mi noble amigo. Dos palabras tuyas y su vida está

salvada. Ningún médico sabría curarla. Es su alma lo que hay que salvar.

(PLATONOV se desploma en el diván.)

TRILETZKI.—(Llevándose aparte a su padre.)

¿Qué has inventado? ¡Sascha no corre ningún peligro!… Te debería

dar vergüenza haber venido así.

IVÁN.—(A ANA.)

La cólera de Dios la perseguirá por lo que ha sobrevenido, señora.

Usted ha cometido actos culpables. Platonov es joven y sin experiencia.

Mientras que usted, Diana de fuente de mármol…

TRILETZKI.

¡Vete! ¡Sal de aquí!

IVÁN.

Sí, sí. (A ANA.) El Señor no la perdonará. Su mano caerá sobre usted

para castigarla. (Trileztki empuja a su padre al pasillo.)

TRILETZKI.

Sal. (A PLATONOV.) Y tú, ¿tienes intención de acompañarme, sí o no?

PLATONOV.—(Intentando levantarse.)

Salgamos. (Entra SOFÍA.)

 

ESCENA XVII

DICHOS y SOFÍA.

SOFÍA.—(A PLATONOV.)

Platonov, una vez más te lo suplico.

ANA.

¡Sofia!

SOFÍA.—(A PLATONOV.)

¿Partirás conmigo?…

PLATONOV.

¡Oh…, oh, oh! (Se coge la cabeza con las manos.)

SOFÍA.—(Arrodillándose.)

¡Platonov!

ANA.

¡Es demasiado, Sofía! ¡Levántese! (Ella la levanta y a la fuerza la

sienta en una silla.) Existen en el mundo varias cosas que no se deben

hacer, porque nadie es digno de ellas. ¡Ni de rodillas!

SOFÍA.—(Llorando.)

¡Ayúdeme!… ¡Suplíquele!… ¡Persuádale!

ANA.

¡Basta! (A TRILETZKI.) ¿Qué se puede hacer, Nicolás Ivanovich?

TRILETZKI.— (Con un gesto, y prosiguiendo su marcha de un lado a otro.)

¿Por qué no se lo pregunta a nuestro estimado Mischa?

ANA.—(A VOINITZEV, que llora.)

Sergio, eres un hombre. No pierdas la cabeza. Más herida estoy que

tú, y ya me ves… ¡Vamos, Sofía!… ¡Qué día! (Se llevan a SOFÍA.) Sé un

hombre, Sergio.

VOINITZEV.

Hago lo mejor que puedo.

TRILETZKI.

No te entristezcas, Sergio. Tú no eres ni el primero ni el último.

(Vanse todos, llevándose a SOFÍA. PLATONOV queda solo.)

 

ESCENA XVlll

PLATONOV, solo.

PLATONOV.

¡Quiero beber!… Nicolás. (Mira a su alrededor.) ¿Dónde están?

(Pausa.) ¡Qué embrollo! He destruido a mujeres débiles…, inocentes…

Hubiera sido mejor matarlas francamente en su acceso de pasión, a la

manera española, más que matarlas estúpidamente a la manera rusa.

(Agita una mano ante sus ojos.) Moscas volantes… Nubecillas… El

delirio aumenta… Me siento crucificado. (Se cubre la cara con las

manos.) ¡Vergüenza! ¡Estoy avergonzado! ¡Sufro de vergüenza! (Pausa.)

Debería matarme. (Va a la mesa.) ¡Un verdadero arsenal! (Coge un

revólver.) Hamlet tenía miedo de soñar; yo tengo miedo de vivir. ¡Cristo, PLATONOV.

perdóname! (Se apunta la sien con el revólver.) (Pausa.) No, no puedo.

Quiero vivir. (Se sienta en el diván. Entra GREKOVA.)

 

ESCENA XIX

GREKOVA y PLATONOV.

PLATONOV.

¡Triletzki!… ¿Dónde estás?… ¡Triletzki! (Ve a GREKOVA y se echa a

reír.) ¡Ah, mi mortal enemiga!… ¿Iremos mañana al Tribunal?

GREKOVA.

Bien seguro que no. Después de tu carta ya no somos enemigos.

PLATONOV.

¡Bah! Eso no cambia nada. Quisiera un poco de agua…

GREKOVA.

¿Agua?… ¿Por qué?

PLATONOV.

Es que… he intentado matarme. (Se ríe.) No he tenido éxito.

(Sarcástico.) ¡El instinto!… El alma persigue un fin; la Naturaleza otro…

Escucha… ¿Quieres escucharme?

GREKOVA.

Sí, sí.

PLATONOV.

Estoy enfermo. Sufro… Llévame contigo… a tu casa.

GREKOVA.

Encantada, sí.

Gracias, mi inteligente niñita. Un cigarrillo, un poco de agua y una

cama… ¿Llueve todavía?

GREKOVA.

Sí.

PLATONOV.

Nos iremos aunque llueva…, y no acudiremos ante el tribunal de

Justicia. (GREKOVA se levanta y le mira fijamente.) Espera.

GREKOVA.

No te preocupes por la lluvia. Tengo un coche cubierto.

PLATONOV.

Eres admirable… ¿Por qué te ruborizas?… No te tocaré…

Únicamente besaré tu fresca mano. (Le besa la mano y la atrae hacia sí.)

GREKOVA.

No, no…, por favor… ¡Qué extraña mirada!… ¡Suéltame la mano!

PLATONOV.

Te besaré en la mejilla entonces… (La besa en la cara.) Nada más.

No podría. De todas formas, esto no tiene sentido… En la mejilla. (Vuelve

a besarla) Amo a todos los seres humanos… y a ti también… No quisiera

hacer mal a nadie… y se lo hago a todo el mundo, (Le besa la mano.)

GREKOVA.

Comprendo… Se trata de Sofía, ¿no?

PLATONOV.

De Sofía, de Zizi, de Mimí, de Mascha… Todas están aquí. (Se toca

el corazón.) Amo a todas… Todas me habéis amado… Sí… Y yo las he

humillado, y me habéis amado lo mismo… Por ejemplo, había una GREKOVA.

Grekova… La he humillado… ¡Ah, sí! Tú eres Grekova… ¡Oh, estoy

desolado!…

GREKOVA.

¿Quién te ha hecho sufrir tanto?

PLATONOV.

Platonov. El mundo y Platonov… Tú me amas, ¿verdad? Confiésalo.

No deseo nada más. ¿Tú me amas? ¡Dímelo!

GREKOVA.

Sí. (Apoya su cabeza sobre el pecho de PLATONOV.) Sí.

PLATONOV.—{Besándole la cabeza.)

Me aman todas, todas… Y cuando me encuentre mejor, las

corromperé. ¡Es mi destino!

GREKOVA.

Me es igual… No pienso en lo que hayas sido… Para mí eres el único

ser del mundo… No quiero nada más que estés conmigo… Harás de mí

lo que quieras. (Entra SOFÍA con bata blanca y el cabello suelto. La

siguen VOINITZEV, ANA PETROVNA y TRILETZKI.)

 

ESCENA XX

DICHOS. ANA, SOFÍA, VOINITZEV y TRILETZKI.

SOFÍA.—(Histérica.)

¿Qué están haciendo conmigo?… ¡Déjenme! ¡Déjenme sola!

VOINITZEV.

Sofía…

Silencio… ¡Duerme!… ¿Qué pasa?

TRILETZKI.

¡Oh! Sólo Dios sabe lo que pasa… ¡Idos al demonio todos! (Se

sienta.)

ANA.

¡Por Dios, cálmate, Sofía! Sergio, tráele un poco de agua.

SOFÍA:

¡Platonov!

VOINITZEV.

¡Sofía! ¿Por qué nos torturamos?… Por favor, acabemos ya.

ANA.

¿Aún está aquí Platonov? ¡Llévenselo, por Dios!

SOFÍA.

¡Déjenle!… ¡Déjenme!… ¡Estoy harta de todos!

ANA.

Vamos, Sofía… Tranquilízate… No es momento. Vuelve a la cama…

SOFÍA.

Ese hombre ha destrozado mi vida. Para mí todo ha terminado.

ANA.

¡Quieta! ¿No ves que está dormido?

TRILETZKI.

¡Qué atajo de idiotas!

SOFÍA.

¡Déjenme!… No quiero su ayuda. (A ANA.) A usted la odio, la odio…

Sí, a quien debo mi desgracia… Usted me lo robó…, y me las pagará…

ANA.

¡Eres una chiquilla! Estás malgastando el tiempo.

SOFÍA.

Si no hubiera sido por usted, él continuaría amándome. Usted ha

arruinado mi vida… Usted, que es una perdida.

VOINITZEV.

¡No hables a mi madre así!… Debías avergonzarte… ¡Vuélvete a la

cama!

SOFÍA.

¡Majadero!

GREKOVA.

¡Silencio! ¡Él me ama! Acaba de decírmelo… No quiero que le

molesten. Todos ustedes son unos malvados…

ANA.

¡María Grekova, cállese! ¡Nadie le ha pedido que hable!

SOFÍA.

¡Vil desvergonzada! ¿Cómo se atreve a hablar?… Sergio, échala de

aquí.

VOINITZEV.

¡Oh, estoy tan cansado de todo eso! (Se sienta y solloza.)

GREKOVA.

Es mío…, ¡mío!… ¿Qué han hecho ustedes por él de bueno? (A

SOFÍA.) Usted le ha arruinado… Sólo piensa usted en sí misma… ¡Mírele!

¡Está enfermo! ¡Quizá moribundo!… ¿Y quién se preocupa de él?…

¡Pobre alma!

SOFÍA.

¿Pensó él en esto?… Yo me entregaría a él sin preguntarle nada… Se

destrozó la vida de mi marido… No me importó… (Señalando a

PLATONOV.) Todo lo que me importaba era ese hombre.

GREKOVA.

Usted es vanidosa y estúpida… Yo soy la única que le comprendo.

ANA.

¡Silencio!

VOINITZEV.

¡Mamá…, que se vaya esta gente!… (Durante todo este diálogo

TRILETZKI ha estado rondando alrededor de PLATONOV y le ha tomado el

pulso. Parece preocupado y le ausculta el corazón.)

TRILETZKI.

Señoras…, señoras, por favor… ¡Cállense! (Coge el revólver de la

mesa y dispara al techo. Se hace un repentino silencio.) Gracias,

gracias… Si pudiera escuchar un momentito…

SOFÍA.—(Sin hacerle caso, señalando a PLATONOV.)

No me importa lo que usted diga… No es más que un bruto…, un

bestia… un Don Juan sin corazón.

TRILETZKI.

No, no… Perdóneme… Está usted equivocada… Don Juan tenía un

corazón. ¡Pobre Don Juan!… Fue siempre su punto débil… Y ahora se le

ha parado… Ya no hay nada que hacer… (Mira a SOFÍA como si quisiera

decirle algo. Cambia de pensamiento.) ¡Oh, qué importa ya todo!

¡Buenos días! (Se pone el sombrero e inicia el mutis, mientras cae el

telón.)

FIN DE

 

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