Teatro completo

Anton Chejov · Capítulo 16 de 52

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Teatro completo

Acto tercero

 

 

Comedor en casa de Sorin. A la izquierda y a la derecha, puertas. Aparador

y armario con medicamentos. En el centro de la habitación, una mesa, una

maleta y varias cajas de cartón. Se percibe un ambiente de preparativos de

viaje.

 

ESCENA PRIMERA

Sentado ante la mesa, almuerza TRIGORIN, y de pie, a su lado, está MASCHA

MASCHA.

¡Todo eso se lo cuento por ser escritor!… Puede aprovecharlo. ¡Le

diré, con franqueza, que, si se hubiera herido gravemente, estaría que no

viviría!… ¡De todos modos, soy valiente! ¡He decidido arrancarme este

amor del corazón, y me lo arrancaré de raíz!

TRIGORIN.

¿Cómo?

MASCHA.

Casándome. Me caso con Medvedenko.

TRIGORIN.

¿Con el maestro?

MASCHA.

Sí.

TRIGORIN.

¡No comprendo la necesidad!

MASCHA.

¡Amar sin esperanza!… ¡Pasarse los años enteros anhelando algo!…

¡No!… ¡Cuando me case ya no podré pensar en el amor! ¡Las nuevas

preocupaciones borrarán todo lo viejo! ¡Siempre es un cambio!

¿Tomamos otra?

TRIGORIN.

¿No será mucho?

MASCHA.

¡Claro que no! (Llena las copas.) ¡No me mire así!… ¡Las mujeres

beben con más frecuencia de la que usted cree! ¡La menor parte de ellas

lo hace abiertamente, como yo…, la mayor, a escondidas!… (Chocando

los vasos.) ¡Le deseo toda clase de venturas!… ¡Es usted un hombre

sencillo y da pena separarse de usted! (Beben.)

TRIGORIN.

Tampoco yo tengo gana de marcharme.

MASCHA.

¡Pues pídale que se quede!

TRIGORIN.

No. Ya no se queda… Su hijo se está comportando con absoluta falta

de tacto. Lo mismo antes, cuando se pegó el tiro, que ahora,

proponiéndose desafiarme. ¿Y por qué…, me pregunto yo?… ¡Se enfada,

refunfuña, predica nuevas formas para el arte!… ¡Si para todos puede

haber sitio!… ¡Lo mismo para los nuevos que para los viejos! ¿Por qué

empujarse, entonces?

MASCHA.

Celos también… Pero es asunto en el que no me meto. (Pausa.)

 

ESCENA II

IAKOV atraviesa la escena de izquierda a derecha transportando una maleta.

Entra NINA y se detiene al lado de la ventana.

MASCHA.

¡Mi maestro no es muy inteligente, pero es un buen hombre y me

quiere mucho! ¡Me da lástima de él! ¡Me la da también su madre…, esa

viejecita!… ¡En fin! ¡Permítame que le desee cuanto mejor pueda

desearse! ¡No guarde mal recuerdo de nosotros! (Le estrecha fuertemente

la mano.) ¡Le estoy muy agradecida por sus deferencias conmigo! ¡No se

olvide de mandarme sus libros y, por supuesto, con una dedicatoria

autógrafa! Sólo que no vaya a poner: «A mi estimada…», sino

sencillamente, así: «A María, la que no recuerda su nombre ni sabe por

qué vive en este mundo». ¡Adiós! (Sale.)

NINA.—(Tendiendo a TRIGORIN el puño cerrado.)

¿Pares o nones?

TRIGORIN.

Pares.

NINA.—(Suspirando.)

¡No!… ¡Lo que tengo en la mano es sólo un garbanzo!… ¡Estaba

echando a suertes el hacerme o no artista!… ¡Si tuviera a alguien que me

aconsejara!

TRIGORIN.

En eso no se puede aconsejar. (Pausa.)

NINA.

¡Vamos a separarnos, y quizá no nos encontremos más!… ¡Le ruego

acepte como recuerdo este pequeño medallón!… Encargué grabaran aquí

sus iniciales, y por este otro lado el título de su obra «Días y noches»…

TRIGORIN.

¡Muy fino!… (Besando el medallón.) ¡Un regalo maravilloso!

NINA.

¡Acuérdese alguna vez de mí!

TRIGORIN.

Me acordaré… ¡Me acordaré de usted como era en aquel claro día!…

¿Lo recuerda?… Hace una semana. Iba usted vestida de blanco, y nos

pusimos a charlar. Sobre el banco estaba echada una gaviota también

blanca…

NINA.—(Pensativa.)

¡Una gaviota…, sí! (Pausa.) Viene gente. No podemos seguir

hablando… ¡Antes de marcharse, concédame dos minutos!… ¡Se lo

suplico! (Sale por la izquierda. En ese mismo momento entran por la

derecha ARKADINA y SORIN; éste vestido de frac y con una condecoración

en el pecho. Detrás IAKOV, ocupado en la preparación del equipaje.)

ARKADINA.

¡Mejor sería que te quedaras en casa, viejo! ¿Cómo vas a ir de visitas

con tu reuma? (A TRIGORIN.) ¿Quién acaba de salir de aquí? ¿Nina?

TRIGORIN.

Sí.

ARKADINA.

¡«Pardon» entonces!… ¡Hemos venido a estorbar!… (Se sienta.) Me

parece, que lo he empaquetado ya todo. Estoy cansadísima…

TRIGORIN .—(Leyendo las palabras escritas en el medallón.)

«Días y noches»… «Página ciento veintiuna»… «Renglones once y

doce»…

IAKOV.—(Quitando la mesa.)

¿Y las cañas? ¿Quiere el señor que las meta también en el equipaje?

TRIGORIN.

Sí… Las necesitaré. Los libros puedes dárselos a quien quieras.

IAKOV.

Como usted mande.

TRIGORIN.—(Para sí.)

Página ciento veintiuna… Renglones once y doce… ¿Qué habrá en

esos renglones?… (A ARKADINA.) ¿Hay libros míos en casa?

ARKADINA.

Sí. En el despacho de mi hermano. En el armario de esquina. Trigortn.

¡Página ciento veintiuna!… (Sale.)

ARKADINA.

¡En serio te lo digo, Petruscha! ¡Quédate en casa!

SORIN.

¡Marchándoos vosotros, me será muy penoso quedarme aquí!

ARKADINA.

Y ¿qué tiene de distinto para ti la ciudad?

SORIN.

¡Nada en especial…, aunque (Riendo.) van a colocar la primera

piedra de la Casa Provincial…, aparte de otras cosas más!… ¡Me

gustaría, al menos, distraerme dos o tres horas!… ¡Salir de esta vida

pequeña y monótona!… ¡Me paso demasiado tiempo en el mismo sitio…,

como una boquilla vieja que ya no usas!… He mandado enganchar los

caballos para la una, conque nos iremos a la vez.

ARKADINA.—(Después de una pausa.)

¡Que te vaya muy bien…, que no te aburras…, que no pases frío y

que vigiles a mi hijo! ¡Cuídalo!… ¡Enséñale a vivir! (Pausa.) ¡Y pensar

que me marcho así…, sin saber por qué quiso pegarse ese tiro

Konstantin!… Me parece que el motivo principal fueron los celos…, de

manera que cuanto más pronto me lleve de aquí a Trigorin, mejor será.

SORIN.

¿Qué voy a decirte yo?… ¡Tenía también otros motivos! ¡Es cosa

comprensible! ¡Imagínate a un hombre joven e inteligente viviendo solo

en el campo, en un rincón apartado, sin dinero, sin situación y sin

porvenir!… ¡Carece de ocupación, se avergüenza de su ociosidad y la

teme!… ¡Yo le quiero muchísimo y él está muy unido a mí; pero, de

todos modos, a fin de cuentas, se considera un parásito…, un gorrón! ¡La

cosa es natural! ¡Su amor propio!…

ARKADINA.

¡Qué pesadumbre tengo con él! (Meditando.) Quizá le convendría

encontrar un empleo…

SORIN.—(Silbando ligeramente primero y después en tono indeciso.)

¡Yo creo que lo mejor sería que le dieras algún dinero!… ¡Lo primero

que tiene que hacer es vestirse humanamente!… ¡Hace ya tres años que

lleva el mismo traje, y no tiene abrigo! (Ríe.) ¡Tampoco estaría mal que el

muchacho se divirtiera un poco! ¡Que fuera, por ejemplo, al extranjero!…

¡Eso no cuesta mucho!

ARKADINA.

¡De ningún modo!… ¡Quizá para un traje pudiera darle algo, pero

para ir al extranjero!… ¡No!… ¡Ni siquiera para el traje puedo darle

dinero ahora! (En tono decidido.) ¡No lo tengo! (SORIN ríe.) ¡No! SORIN.—(Después de silbar un poquito.)

Bien… Perdona, querida mía. No te enfades. Te creo. Eres generosa,

y tienes gran nobleza de alma.

ARKADINA.—(Entre lágrimas.)

¡No tengo dinero!

SORIN.

Si yo lo tuviera, claro está que se lo daría…, pero no tengo ni un

«piatachok»[29]… ¡Toda mi pensión se la lleva el administrador, que la

emplea en faenas agrícolas, cría de ganado, abejas…, así que se me va

inútilmente!… ¡Las abejas se mueren, las vacas se mueren, y no puedo

conseguir nunca caballos!…

ARKADINA.

¡Sí!… ¡Yo sí tengo dinero, pero soy artista!… ¡Sólo en trajes me

arruino completamente!

SORIN.

Eres muy buena, querida. Yo te aprecio. Sé que… ¡Ay!… ¡Otra vez

me da algo!… (Tambaleándose.) ¡Se me va la cabeza! (Sujetándose a la

mesa.) ¡Siento un mareo!

ARKADINA.—(Asustada.)

¡Petruscha! (Tratando de sostenerlo.) ¡Petruscha!… ¡Querido mío! (A

gritos.) ¡Vengan! ¡Ayúdenme! (Entran TREPLEV, con la cabeza vendada,

y MEDVEDENKO.)

ARKADINA.

¡Le ha dado un mareo!

SORIN.

No es nada…, no es nada… (Sonríe y bebe un poco de agua.) Ya se

me ha pasado.

TREPLEV.—(A su madre.)

No te asustes, mamá. No es cosa de peligro. Al tío le ocurre esto a

menudo. (A éste.) ¡Tío!… ¡Échate un ratito!

SORIN.

Un ratito sí, pero, sea como sea, iré a la ciudad… Me echaré un poco

y me marcharé después a la ciudad… ¡Claro que sí! (Empieza a andar

apoyándose en el bastón.)

MEDVEDENKO. (Llevándole del brazo.)

¿A ver quién acierta esta adivinanza? «Por la mañana anda a cuatro

patas… a mediodía a dos… al anochecer a tres»…

SORIN. (Riendo.)

¡Justo!… «y por la noche está echado panza arriba»… (A

MEDVEDENKO.) Gracias… No se moleste en acompañarme.

MEDVEDENKO.

¡Pues no gasta usted pocos cumplidos! (Sale, acompañando a SORIN.)

ARKADINA.

¡Qué susto me ha dado!

TREPLEV.

¡No le sienta bien vivir en el campo! ¡Se entristece!… ¡Qué bueno

sería, mamá… que, de pronto, tuvieras un rasgo de generosidad y le

prestaras mil quinientos rublos!… ¡Con ese dinero podría vivir todo un

año en la ciudad!

ARKADINA.

¡No soy un banquero…, soy una actriz! (Pausa.)

TREPLEV.

¡Mamá!… ¡Cámbiame la venda!… ¡Lo sabes hacer tan bien!… ARKADINA.—(Sacando del armario de los medicamentos el yodoformo y la caja de vendajes.)

El doctor se retrasa.

TREPLEV.

Ha prometido estar aquí a las diez, y ya es mediodía.

ARKADINA.

Siéntate. (Le quita la venda de la cabeza.) Parece que llevas un

turbante. Ayer un hombre que andaba por aquí de paso preguntó en la

cocina qué nacionalidad era la tuya… ¡Si lo tienes ya casi cicatrizado!…

¡Lo que queda es sólo una insignificancia! (Besándole en la cabeza.)

¡Dime! ¡Ahora que voy a faltar yo de aquí… no volverás a repetir esto!

¿Verdad?

TREPLEV.

No, mamá… ¡Aquello fue un momento de loca desesperación, en el

que no pude dominarme!… ¡No volverá a repetirse! (Besándole la

mano.) ¡Tienes manos de ángel!… Recuerdo que, hace mucho…, en los

tiempos en que trabajabas en el teatro del Estado —era yo entonces muy

pequeño— hubo una riña en el patio. Pegaron una gran paliza a una

lavandera, también inquilina de la casa… ¿Lo recuerdas?… La

levantaron del suelo sin sentido… Tú, entonces, ibas a visitarla… Le

llevabas medicinas y lavabas a sus niños… ¿Será posible que no te

acuerdes?

ARKADINA.

No. (Le hace un nuevo vendaje.)

TREPLEV.

También entonces, en la misma casa que nosotros, vivían dos

bailarinas. Solían venir a tomar café contigo.

ARKADINA.

De eso sí me acuerdo.

TREPLEV.

¡Eran muy piadosas!… (Pausa.) ¡En este último tiempo…, en estos

últimos días…, te quiero tanto!… ¡Te quiero con tal ternura!… ¡Lo

mismo que cuando era niño!… ¡No tengo a nadie más que a ti!… Pero…,

¿por qué…, por qué…, te sometes a la influencia de ese hombre?…

ARKADINA.

¡Tú no lo comprendes, Konstantin!… ¡Es un ser de alma tan noble!

TREPLEV.

¡Sin embargo, cuando le dijeron que me proponía desafiarlo, su

nobleza no le impidió hacer el papel de un cobarde!… ¡Se marcha! ¡Qué

huida más infame!

ARKADINA.

¡Tontería!… ¡Yo soy la que le pide que se vaya de aquí!

TREPLEV.

¡Alma noble!… ¡Ahora mismo poco ha faltado para que tú y yo

riñamos por su culpa, y, mientras tanto, él…, andará, seguramente, por

algún sitio…, por el salón o por el jardín…, riéndose de nosotros,

instruyendo a Nina y esforzándose en convencerla de que es un genio!

ARKADINA.

¡Para ti es un placer decirme cosas desagradables!… ¡Estimo a ese

hombre, y te ruego no hables mal de él en mi presencia!

TREPLEV.

¡Pues yo no le estimo nada! ¡Pretendes que yo también le considere

como un genio; pero…, perdona!… ¡No sé mentir, y te diré que sus obras

me desagradan!

ARKADINA.

¡Envidia!… ¡A la gente sin talento y con pretensiones no le queda

otro recurso que criticar a los que son «talentos» de verdad!… ¡Sí que es TREPLEV.—(Abrazándola.)

un consuelo!

TREPLEV.

¡Talentos de verdad!… (Con ira.) ¡Yo tengo más talento que todos

vosotros juntos, si vamos a eso!… (Da un tirón y se arranca la venda de

la cabeza.) ¡Vosotros, gente rutinaria, os habéis adueñado de la primacía

en el arte, y sólo consideráis verdadero y legal lo que es obra vuestra, al

tiempo que oprimís y estranguláis a los demás!… ¡Yo no os reconozco

talento! ¡No te lo reconozco a ti, ni se lo reconozco a él!

ARKADINA.

¡Eres un decadente!

TREPLEV.

¿Sí?… ¡Pues márchate, entonces, a tu querido teatro, y sigue

representando papeles en míseras obras en las que el talento brilla por su

ausencia!

ARKADINA.

¡Nunca actué en obras semejantes! ¡Déjame! ¡Tú sí que no eres capaz

de escribir ni el más miserable «vaudeville»! ¡Pequeño burgués de Kiev!

¡Gorrón!

TREPLEV.

¡Roñosa!

ARKADINA.

¡Harapiento! (TREPLEV se sienta y empieza a llorar bajito.)

ARKADINA.

¡Inútil!… (Después de dar unos pasos por la estancia presa de fuerte

excitación.) ¡No llores! ¡No hay por qué llorar! (Llora.) ¡No debes

llorar!… (Le besa en la frente, en las mejillas, en la cabeza.) ¡Mi niño

querido!… ¡Perdóname!… ¡Perdona a esta pecadora madre tuya!…

¡Perdóname, desgraciada de mí!

¡Si tú supieras!… ¡Lo he perdido todo!… ¡Ella no me quiere, y ya no

puedo escribir!… ¡Todas mis esperanzas se esfumaron!

ARKADINA.

¡No te desesperes! ¡Todo se arreglará! ¡Él se marcha y ella te volverá

a querer! (Secándose las lágrimas.) ¡Basta ya! ¿Hemos hecho las paces?

TREPLEV.—(Besándole las manos.)

¡Sí, mamá!

ARKADINA.—(Con ternura.)

¡Haz tú también las paces con él! ¡No vas a batirte! ¿Verdad que

no?…

TREPLEV.

¡Bien…, sólo que!… ¡Permíteme, mamá, que no le vea! ¡Me resulta

penoso! ¡Es superior a mis fuerzas! (Entra TRIGORIN.) Bueno… Yo me

voy. (Recoge y guarda rápidamente en el armario todos los

medicamentos.) La venda ya me la pondrá el doctor.

TRIGORIN.—(Buscando en un libro.)

Página ciento veintiuna… Renglones once y doce… Hela aquí…

(Leyendo.) «Si un día necesitas de mi vida…, ven y tómala.» (TREPLEV

recoge del suelo la venda y sale.)

ARKADINA.—(Mirando la hora.)

Pronto estará preparado el coche.

TRIGORIN.—(Para sí.)

«¡Si un día necesitas de mi vida, ven y tómala!»…

ARKADINA.

Espero que ya lo tendrás todo dispuesto.

TRIGORIN.— (Con impaciencia.)

Sí, sí… (Pensativo.) ¿Por qué en esta llamada de un alma pura me

parece oír hablar a la tristeza y mi corazón se contrae enfermizamente?…

«¡Si un día necesitas de mi vida, ven y tómala!» (A ARKADINA.)

¡Quedémonos un día más! (ARKADINA mueve negativamente la cabeza.)

¡Quedémonos!

ARKADINA.

¡Querido!… ¡Sé qué es lo que te detiene aquí!… ¡Conserva el

dominio sobre ti mismo! ¡Estás un poco embriagado!…

¡Desembriágate!… ¡Recobra la sobriedad!

TRIGORIN.

¡Sé tú también sobria! ¡Sé inteligente y juiciosa!… ¡Acepta esto con

espíritu de verdadero amigo! (Le oprime una mano.) ¡Eres capaz de

sacrificio! ¡Sé mi amigo!… ¡Déjame!

ARKADINA.—(Presa de fuerte excitación.)

¿Tan prendado estás?

TRIGORIN,

¡Me atrae! ¡Es, quizá, exactamente lo que yo necesito!

ARKADINA.

¿El amor de una niña de provincia?… ¡Oh, qué poco te conoces!

TRIGORIN.

¡A todos nos ocurre, a veces, quedarnos dormidos de pie…; y así

estoy yo ahora, mientras hablo contigo!… ¡Durmiendo y pareciéndome

verla en sueños!… ¡Unos ensueños dulces y maravillosos se han

apoderado de mí!… ¡Déjame!…

ARKADINA.—(Temblando.)

¡No!… ¡No!… ¡Soy una mujer vulgar!… ¡No se me puede hablar

así!… ¡No me martirices, Boris!… ¡Tengo miedo!

TRIGORIN.

¡Si quisieras, podrías ser una mujer extraordinaria!… ¡Un amor

joven, maravilloso, impregnado de poesía, capaz de transportarnos al

mundo de los sueños…, es lo único que puede darnos la felicidad en la

tierra!… ¡Amor semejante no lo he experimentado todavía!… ¡En mi

juventud me faltaba tiempo! ¡Sólo lo tenía para correr de redacción en

redacción, y luchar contra la necesidad! ¡Y he aquí que ahora este amor

me llega al fin! ¡Me llama!… ¿Qué razón tengo para huir de él?

ARKADINA.—(Con ira.)

¿Te has vuelto loco?

TRIGORIN.

¡Así será!

ARKADINA.

¡Todos os habéis puesto hoy de acuerdo para martirizarme! (Llora.)

TRIGORIN.—(Cogiéndole la cabeza con las manos.)

¡No comprende!… ¡No quiere comprender!

ARKADINA.

¿Será posible que sea ya tan vieja y tan fea que pueda hablárseme así,

sin recato, de otras mujeres? (Abrazándole y besándole.) ¡Oh!… ¡Te has

vuelto loco!… ¡Tú, que para mí eres el ser más maravilloso!… ¡Adorado

mío!… ¡Ultima página de mi vida!… (Se arrodilla a sus pies.) ¡Mi

alegría, mi orgullo, mi beatitud!… (Le abraza las rodillas.) ¡Si me

dejaras…, aunque sólo fuera por una hora…, no podría soportarlo!…

¡Eres para mí el ser más maravilloso!… ¡Dueño mío!…

TRIGORIN.

¡Tsss! ¡Puede entrar alguien! (La ayuda a levantarse)

ARKADINA.

¡Que entren! ¡No me avergüenzo de mi amor hacia ti! (Besándole las

manos.) ¡Tesoro mío! ¡Cabecita loca!… ¡Pretendes hacer locuras, pero yo

no quiero que las hagas! ¡No te dejaré! (Ríe.) ¡Eres mío! ¡Eres mío!…

¡Esa frente, esos ojos, ese maravilloso pelo de seda…, son míos

también!… ¡Todo tú eres mío! ¡Tu inteligencia es tanta!… ¡Tanto tu

talento!… ¡Eres el mejor de los escritores del día!… ¡La única esperanza

de Rusia!… ¡Hay en ti tanta sinceridad, sencillez, frescor!… ¡Tienes un

sentido del humor de tan sana calidad!… ¡De una sola pincelada eres

capaz de dibujar el rasgo que más principalmente caracteriza a una

persona o a un paisaje! ¡Tus personajes parecen seres vivos!… ¡Oh!…

¡Es imposible leerte sin entusiasmo!… ¿Crees, acaso, que esto es

incienso?… ¿Que te estoy adulando?… ¡Pues mírame a los ojos!…

¡Mírame!… ¿Tengo aire de mentirosa?… ¡Ya lo estás viendo! ¡Soy la

única que aprecio tu valor! ¡La única que te dice la verdad!… ¡Amado

mío!… ¡Mi adorado!… ¿Te marcharás?… ¿Sí?… ¿Vas a

abandonarme?…

TRIGORIN.

¡No tengo voluntad propia! ¡Nunca la tuve!… ¿Y será posible que un

hombre sin energías…, siempre sumiso…, pueda gustar a una mujer?…

¡Cógeme!… ¡Llévame contigo, pero no me dejes alejarme de ti ni un

paso!

ARKADINA.—(Para sí.)

¡Ahora es mío! (En tono natural, como si nada hubiera ocurrido.)

¡Por supuesto, si quieres, puedes quedarte!… Yo me marcho, y tú llegarás

después… La semana que viene… ¿Qué necesidad tienes, en efecto, de

darte prisa?

TRIGORIN.

No… Nos marcharemos juntos.

ARKADINA.

Como quieras. ¿Que quieres juntos?…, pues juntos. (Pausa. TRIGORIN

anota algo en el libro.) ¿Qué estás apuntando?

TRIGORIN.

Una bonita expresión que oí esta mañana, y que me puede servir…,

«Forosta de las doncellas»… (Estirándose.) Entonces ¿hay que

marcharse?… ¡Otra vez vagones de ferrocarril, estaciones, cantinas,

chuletas y conversaciones!

SCHAMRAEV.—(Entrando.)

¡Tengo el honor de anunciarles, con gran sentimiento mío, que el

coche está dispuesto!… Ya es la hora, mi muy estimada, de salir para la

estación. ¡El tren llega a las dos y cinco minutos!… ¡Conque ya lo sabe,

Irina Nikolaevna!… ¡No olvide informarse de dónde se encuentra ahora

el actor Susdaltev!… ¡Entérese de si vive y de si está en buena salud!…

¡En un tiempo solíamos vernos mucho!… ¡En «Asalto al coche correo»,

su actuación era inimitable!… ¡Recuerdo que entonces…, en

Elisavetgard…, trabajaba con él Ismailov, el trágico!… ¡También una

personalidad notable!… No tenga prisa, estimadísima…; todavía

disponemos de cinco minutos… Pues bien, figúrense que una vez,

representando en un melodrama, una escena de conspiraciones, y en el

preciso momento en que, al ser descubiertos éstos, tenía que decir:

«¡Hemos caído en el garlito!»…, va y dice en su lugar: «¡Hemos caído en

el lirgato!»… (Riendo.) ¡Figúrense! «¡En el lirgato!»… (Mientras habla,

IAKOV ultima la recogida de las maletas, y la doncella trae a ARKADINA

el sombrero, el abrigo, el paraguas y los guantes. Todos ayudan a

ARKADINA a prepararse. Por la puerta de la izquierda asoma, y entra

después con paso indeciso, el cocinero. Luego POLINA ANDREEVNA,

SORIN y MEDVEDENKO.)

POLINA ANDREEVNA.—(Con una cestita en la mano.)

Aquí le traigo unas ciruelas para el viaje. Son muy dulces. Quizá le

agrade tomárselas durante el camino.

ARKADINA.

¡Es usted muy amable, Polina Andreevna!

POLINA ANDREEVNA.

¡Adiós, querida!… ¡Si alguna cosa no fue de su gusto, le ruego me

perdone! (Llora.)

ARKADINA.—(Abrazándola.)

Todo estuvo muy bien… Todo estuvo muy bien. No hay por qué

llorar.

POLINA ANDREEVNA.

¡Nuestro tiempo pasa!…

ARKADINA.

Y ¡qué le vamos a hacer!

SORIN.—(Saliendo por la puerta de la izquierda con el sombrero puesto, los guantes en la mano y cubierto de un «macferland».)

Ya es hora de marcharse, hermana…, si no quieres que lleguemos

tarde. Voy a sentarme en el coche. (Sale.)

MEDVEDENKO.

Yo iré a pie a la estación a despedirles. Enseguida estoy allí. (Sale.)

ARKADINA.

¡Adiós, querido! ¡Si nos conservamos en vida y con buena salud, el

verano que viene volveremos a vernos! (La doncella, IAKOV y el cocinero

le besan la mano.) ¡No me olvidéis! (Da un rublo al cocinero.) Aquí

tenéis un rublo, para que os lo repartáis entre los tres.

EL COCINERO.

Muchas gracias, señora. Feliz viaje. Le quedamos muy agradecidos.

IAKOV.

Vayan con Dios.

SCHAMRAEV.

Una cartita suya nos haría felices. Adiós, Boris Alekseevich.

ARKADINA.

¿Dónde está Konstantin? Decidle que ya me voy. Tenemos que

despedirnos… ¡Que no guarden mal recuerdo mío! (A IAKOV.) El rublo

que le he dado al cocinero es para los tres. (Salen todos por la derecha, y

el escenario queda vacío. De detrás de éste llega el ruido propio de las

despedidas. La doncella entra de nuevo para recoger de encima de la

mesa la cestita de las ciruelas, y vuelve a salir.)

TRIGORIN.—(Entrando otra vez.)

Se me olvidaba el bastón. Me parece que me lo he dejado ahí…, en la

terraza. (Al llegar a la puerta de la izquierda se encuentra con NINA, que

entra por ella en ese momento.) ¿Es usted?… Ya nos vamos…

NINA.

¡Presentía que habíamos de volvernos a ver! (Con agitación.) ¡Boris

Alekseevich!… ¡He tomado la decisión irrevocable de dedicarme a la

escena!… ¡Mañana ya no estaré aquí! ¡Dejo a mi padre, lo abandono

todo, y empiezo una nueva vida!… ¡Me marcho, como usted se marchó a

Moscú! ¡Allí nos veremos!

TRIGORIN.—(Con una mirada a su alrededor.)

Vaya a alojarse al «Bazar Eslavo», y avíseme enseguida a

«Molchavnovka - Casa de Grojolskii». Tengo mucha prisa. (Pausa.)

NINA.

¡Un minuto más!

TRIGORIN.—(A media voz.)

¡Es usted maravillosa!… ¡Qué felicidad pensar que vamos a vernos

pronto! (Ella reclina la cabeza sobre el pecho de él.) ¡Que volveré a ver

esos preciosos ojos…, esa tierna sonrisa…, tan inexplicablemente

deliciosa!… ¡Esas cándidas facciones, y esa expresión de pureza

angelical!… ¡Amada mía! (Largo beso.)

 

TELÓN

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