Vida

Keith Richards · Capítulo 7 de 14 · parte 2/2

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Vida

Capítulo 6

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Nunca en mi vida he dado el primer paso para enrollarme con una mujer, simplemente no sé cómo hacerlo, mi instinto es dejarle hacer a ella, lo que no deja de ser bastante raro, pero es que soy incapaz de salir con frases del tipo «¿qué pasa, nena, cómo va eso?, ¿qué, echamos uno?» y todo ese rollo. Me quedo sin palabras. Me imagino que todas las mujeres con las que he estado han tenido que poner las cartas boca arriba mientras que yo hago mi parte de otro modo: creando una atmósfera insoportable. Alguien tiene que hacer algo. O pillas el mensaje o no lo pillas, pero yo nunca he sido capaz de dar el primer paso. Siempre he sabido moverme entre mujeres porque tengo un montón de primas, así que estoy cómodo entre ellas. Si están interesadas, moverán ficha. Por lo menos en mi experiencia ha sido así.

Así que Anita movió ficha. Yo no podía entrarle a la chica de mi amigo, incluso a pesar de que éste se hubiera convertido en un perfecto cretino (con Anita también). El

sir Galahad[34] que llevo dentro me lo impide. Anita además era muy guapa, cada vez estábamos más unidos y de repente, sin la supervisión de su chico, fue la que tuvo los huevos de decir «¡al carajo todo!». En el asiento trasero de aquel Bentley, en algún lugar entre Barcelona y Valencia, Anita y yo nos miramos: la presión era tan bestial que sin previo aviso se puso a hacerme una mamada. La presión se disipó (¡puf!) y de repente estábamos juntos. No se suele hablar mucho cuando ocurre algo así; sin necesidad de decir nada lo notas, sientes una sensación de inmenso alivio porque ha llegado por fin el desenlace.

Era febrero y en España ya había llegado la primavera; en Inglaterra y en Francia todavía hacía bastante frío, era invierno. Cruzamos los Pirineos y, en cuestión de media hora, se presentó la primavera, y cuando llegamos a Valencia era verano. Recuerdo el olor de los naranjos en Valencia. Cuando te acuestas por primera vez con Anita Pallenberg recuerdas esas cosas. Hicimos noche en Valencia, y en el hotel dijimos que éramos el conde y la condesa Zigenpuss. Esa fue la primera vez que hice el amor con Anita. En Algeciras, donde dimos los nombres de «conde y condesa Castiglione», tomamos el ferry y nos fuimos a Tánger, directos al El Minzah. En Tánger estaban Robert Fraser, Bill Burroughs, Brion Gysin, amigo de Burroughs y también artista del recorte (otro niño bien metido en la movida), y Bill Willis, el decorador de todos los palacetes de los expatriados que había por allí. Nos recibieron con un montón de telegramas de Brian ordenándole a Anita que volviera a recogerlo, pero no teníamos la menor intención de ir a ningún sitio excepto a la casba. Nos pasamos una semana dando vueltas por la casba, echando polvos y poco más; estábamos cachondos todo el rato, cierto, pero también nos andábamos preguntando cómo íbamos a manejar toda la situación, porque se suponía que Brian iba a aparecer por Tánger, sólo lo habíamos dejado atrás para que le trataran la neumonía. Recuerdo que tanto Anita como yo pensábamos hacer un esfuerzo por ser educados en beneficio del otro: «Cuando Brian llegue a Tánger haremos esto y haremos lo otro…». «Vamos a llamarlo a ver qué tal está» y todo ese rollo. Pero, por otro lado, era lo último que nos preocupaba en esos momentos, en realidad estábamos pensando:

—¡Dios, Brian se va a presentar en Tánger y vamos a tener que empezar con el puto teatro!

—Ya, no estirará la pata por el camino…

Y de repente caí: estamos hablando de Anita; ¿está con él o está conmigo? Nos dimos cuenta de que se había creado una «situación insostenible», incluso una amenaza para la supervivencia de la banda. Decidimos cortarnos, hacer una retirada estratégica. Anita no quería abandonar a Brian, no quería dejarlo entre lágrimas y gritos; le preocupaba el efecto que algo así podría tener sobre todo el grupo: aquello era la gran traición que lo podía mandar todo a la mierda.

I just can’t be seen with you…

It’s too dangerous, baby…

I just can’t be, yes

I got to chill this thing with you. [35]

Fuimos a hacerle una visita a Ahmed, el legendario camello de hachís de aquellos primeros tiempos de las drogas. Anita lo había conocido con Chrissie Gibbs durante su anterior visita: un marroquí bajito con una especie de jarrón chino cargado al hombro que iba un poco por delante de ellos y sé paraba de vez en cuando a mirar hacia atrás para comprobar si todavía lo seguían, guiándolos por la medina, cuesta arriba hacia el Minzah, abriéndoles la puerta de una tienda diminuta que estaba completamente vacía de no ser por una caja con unas cuantas piezas de joyería marroquí y un montón de hachís dentro.

La tienda estaba en una calle de escaleras, la Escalier Walle, una callejuela de tiendas de una planta bajando del Minzah por la derecha, a lo largo del muro que daba a los jardines del hotel. Ahmed había empezado con una tienducha a pie de calle y luego había ampliado el negocio y ya tenía dos cuartos más justo encima. Para pasar de uno a otro había que subir unos cuantos escalones, por dentro era un poco laberíntico, y los cuartos de arriba tenían unas camas con cabeceros de latón y colchones con fundas de colores chillones sobre los que, después de haberte fumado un montón de costo, podías quedarte tumbado un par de días. Y entonces te espabilabas un poco, ibas a buscar a Ahmed y fumabas de nuevo hasta que perdías el sentido: algo así como una cueva sobriamente decorada con las maravillas de Oriente (caftanes, alfombras, unos faroles preciosos…). Como la cueva de Aladino. En realidad era un cuchitril, pero él se las había ingeniado para que pareciese un palacio.

Lo llamábamos Ahmed Cabeza Abollada porque rezaba tan a menudo que tenía un bollo en medio de la frente. Era un buen comerciante: primero sacaba el té de hierbabuena, después la pipa. Le iba un rollo más o menos espiritual, así que cuando te daba la pipa aprovechaba para contarte una aventura maravillosa del profeta en el desierto. Desde luego era un buen embajador de su fe y un espíritu alegre, además del típico marroquí sinvergüenza. Le faltaba la mitad de los dientes y sonreía todo el rato, una vez que empezaba a sonreír ya no había quien lo parara. Y no te quitaba ojo. Pero tenía un costo fabuloso, te ibas prácticamente a la tierra prometida que mana leche y miel con aquella mierda y, al cabo de unas cuantas rondas, era casi como ir de ácido. El iba entrando y saliendo, trayéndote dulces y pastelitos. Costaba un huevo salir de allí; ibas con la idea de quedarte un rato para una fumada rápida y luego marcharte a hacer algo, pero por lo general ya no salías, te podías tirar todo el día, toda la noche; te podrías haber quedado a vivir. Y siempre tenía puesta Radio El Cairo con interferencias, ligeramente mal sintonizada.

La especialidad marroquí era el kif una hoja mezclada con tabaco que fumaban en unas pipas muy largas (sesbi se llaman) con una cazoleta pequeña en un extremo: un chute matutino acompañado de una taza de té. Pero lo que Ahmed tenía en cantidades ingentes (y se las había apañado para envolverlo en una aureola de glamur) era un tipo especial de hachís. Lo llamaban así porque venía en piedras parecidas a las de costo, pero no era hachís exactamente: el hachís se hace con resina y esto en cambio era un polvo suelto, como el polen de la planta prensado en pequeños bloques. Por eso era de color verde. Una vez oí que una forma de recogerlo era untar a los niños en miel y mandarlos a correr desnudos por los campos donde crecía la hierba: salían por el otro lado cubiertos de pies a cabeza y luego les quitaban la pringue. Ahmed lo tenía de tres o cuatro calidades en función del tamiz por el que lo había pasado: había uno más grueso, luego estaba el de veinticuatro dinares, casi un dirham (la moneda de Marruecos), y después el de máxima calidad, que era el que pasaba por el tamiz más tupido de seda y era un polvo muy fino.

Ese fue mi primer contacto con África: cuestión de hacerse el viajecito atravesando España y cruzar el estrecho. De pronto estabas en otro mundo, podías haber dado marcha atrás en el tiempo mil años y soltabas un «¡joder, qué raro!» o un «¡coño, qué maravilla!». A nosotros nos encantaba transportarnos y fumar como bestias, podría haberse dicho que íbamos por ahí de inspectores de calidad del costo por lo mucho que le dábamos al tema. «Debemos reconsiderar nuestra opinión sobre las drogas —escribió Cecil Beaton en su diario— porque estos muchachos, que parecen alimentarse de ellas, también dan la impresión de estar muy fuertes y sanos. Ya veremos».

Aparte del sentimiento de culpa por haber traicionado a Brian y el vínculo tan apasionado y destructivo que la mantenía unida a él, el problema de Anita radicaba en que Brian todavía estaba convaleciente y pensaba que debía cuidarlo. Así que Anita volvió con él: lo recogió en Toulouse, se lo llevó a Londres para que lo vieran más médicos y luego ella y Marianne (que venía a pasar un fin de semana con Mick en Marrakech) lo llevaron a Tánger. Brian se había estado metiendo mucho ácido y además se encontraba débil por culpa de la neumonía, así que, para alegrarlo un poco, Anita y Marianne (las hermanas enfermeras) le dieron un ácido en el avión. Ellas se habían pasado toda la noche de juerga, también con ácido, y, según contaba Anita, cuando por fin llegaron a Tánger sucedió no sé qué historia con Ahmed y a Marianne se le soltó el sari (la única ropa que había traído): de repente se vio desnuda en medio de la casba. Entonces se acobardaron, sobre todo Brian, que salió por patas y se largó al hotel cagado del susto. Al final acabaron los tres por los pasillos del Minzah acurrucados en las esteras y pasmados con unas alucinaciones salvajes. La recuperación de Brian no estaba teniendo un principio demasiado prometedor…

Nos reunimos todos en Marrakech, incluido Mick, que había quedado allí con Marianne. Beaton estaba siempre revoloteando a nuestro alrededor, admirando nuestra dinámica de desayuno y nuestros «maravillosos torsos y sublimes cabezas»; estaba como hipnotizado con Mick («me fascinaban las finas líneas cóncavas de su cuerpo, sus piernas, sus brazos…»).

Cuando Brian, Anita y Marianne llegaron a Marrakech, Brian debió de notar algo, aunque Tom Keylock, el único que sabía lo ocurrido entre Anita y yo, no lo habría contado jamás, y nosotros dos fingíamos un completo desapego. «Sí, Brian, el viaje estuvo bien, todo tranquilo. Fuimos a la casba. Valencia es muy bonito». La situación, tan tensa que resultaba insostenible, quedó recogida por Michael Cooper en una de sus fotos más reveladoras (encabeza este capítulo), una imagen espeluznante viéndola en perspectiva, la última foto de Anita, Brian y yo juntos; la estampa todavía irradia tensión: Anita mira de frente a la cámara mientras que Brian y yo miramos hacia un lado con gesto huraño; él tiene un porro en la mano. Cecil Beaton nos hizo una en la que estamos Mick, yo y Brian, que se aferra a su grabadora Uher como si le fuera la vida en ello; tiene unas ojeras tremendas y una expresión malévola y triste. No es de sorprender que casi no trabajáramos aquellos días. El hecho es que no recuerdo haber compuesto nada con Mick en Marruecos, cosa que por aquel entonces era muy rara: estábamos excesivamente ocupados.

Resultaba evidente que la relación de Brian y Anita estaba dando las últimas boqueadas: se habían pegado demasiadas veces, ya no tenía ningún sentido. La verdad es que nunca supe qué pasó en realidad. Yo en lugar de Brian la habría tratado un poco mejor y así la habría conservado, pero era una tía dura, desde luego de mí hizo un hombre. Casi todas sus relaciones anteriores habían sido turbulentas, con mucha violencia, y ella y Brian se habían peleado mucho desde el principio, siempre la misma historia: Anita huyendo entre gritos y lágrimas mientras él la perseguía. Estaba acostumbrada a eso desde hacía tanto tiempo que yo creo que casi le parecía lo normal, que en cierto modo la reconfortaba como algo al menos conocido. No es nada fácil salir de una relación tan destructiva, saber cómo terminarla.

Y, como era previsible, Brian empezó con las burradas de siempre: en Marrakech, en el hotel Es Saadi, intentó librar con Anita un combate de quince asaltos (seguramente una desagradable reacción a lo que presentía entre ella y yo), pero fue él quien terminó con dos costillas y un dedo rotos y no sé qué más (solía ocurrir). Y yo allí de observador, escuchando los alaridos. Pero Brian estaba a punto de montar la cagada definitiva que nos allanaría el camino a Anita y a mí. Llegó un momento en que ya no tenía ningún sentido la política de no intervención. Estamos varados en Marrakech, estoy enamorado de esta tía, ¿y me voy a tener que callar en atención a no sé qué puto formalismo? Evidentemente, para entonces todos mis planes de recomponer la relación con Brian se habían ido al garete porque, en el estado en que se hallaba, ni era posible ni merecía la pena reconstruir nada con él. Yo había hecho lo que estaba en mi mano, pero la situación se había vuelto insostenible. Y entonces fue cuando al tío no se le ocurrió otra cosa que llevar a dos putas llenas de tatuajes a la habitación del hotel (a las que, por cierto, Anita recuerda como dos «chicas muy peludas») y montarle una escena a Anita para humillarla; cuando empezó a tirarle comida del montón de bandejas que había pedido, Anita escapó corriendo a mi cuarto.

Pensé que él quería salir de todo aquello y que si se me ocurría un buen plan lo aceptaría. Sir Galahad otra vez. Pero el hecho es que quería recuperarla, quería acabar con aquel embrollo, así que le dije: «No has venido hasta Marrakech para andar preocupándote por la somanta de palos que le has dado a tu novio: déjalo en la bañera con las costillas rotas. Yo no lo aguanto más, no soporto oír cómo te pega y los gritos y toda esta mierda. Esto ya no tiene sentido, larguémonos. Lo dejamos aquí y punto, estaremos mucho mejor sin él. Ha sido muy difícil para mí aguantar esta semana sabiendo que estabas con él». Anita era un mar de lágrimas porque por un lado no lo quería dejar y por otro se daba cuenta de que yo llevaba razón cuando le decía que en una de ésas Brian iba a intentar matarla.

Así que me puse manos a la obra y planeé nuestra huida en medio de la noche. Cuando Cecil Beaton tomó esa foto mía tendido junto a la piscina, de hecho estaba ideando nuestra ruta de escape, estaba pensando: «A ver, le digo a Tom que tenga el Bentley preparado, quedamos en algún sitio cuando se ponga el sol… Nos largamos». La maquinaria se había puesto en marcha para la gran evasión de Marrakech a Tánger.

Metimos a Brion Gysin en el ajo, le dijimos a Tom Keylock que le diera órdenes de llevarse a Brian a la medina de Marrakech, a la plaza Djemaa el Fna (la «asamblea de los muertos» donde están los músicos, los acróbatas y los encantadores de serpientes), para grabar un poco con su Uher y evitar de paso al ejército de periodistas que, según le contó Tom, trataba de dar con él. Mientras tanto, Anita y yo nos fuimos a Tánger en coche. Salimos muy tarde, ya de noche, ella y yo solos con Tom al volante; Marianne y Mick ya se habían marchado. Gysin ha dejado constancia escrita del dramático instante en que Brian volvió al hotel y lo llamó: «¡Ven corriendo! Se han marchado todos y me han abandonado aquí, ¡se han largado! No sé dónde coño se han ido, no me han dejado ningún mensaje y en el hotel tampoco me dicen nada. Estoy aquí solo, ayúdame, ¡ven corriendo!». Gysin lo cuenta así: «Voy hasta allá, lo meto en la cama, llamo al médico para que le dé algo y me quedo un rato para cerciorarme de que le ha hecho efecto, no quiero que salte a la piscina desde un décimo piso».

Anita y yo nos refugiamos en mi madriguera de St. John’s Wood, lugar que casi no había usado desde los tiempos en que vivía allí con Linda Keith. Para Anita, acostumbrada a Courtfield Road, fue un cambio notable. Nos escondíamos de Brian, y pasó algún tiempo hasta que las cosas se calmaron: Brian y yo seguíamos trabajando juntos, y él hizo intentos desesperados por recuperarla. No tenía la más mínima posibilidad porque, una vez que tomaba una decisión, Anita era inquebrantable. Aun así hubo una intensa temporada de ocultamientos y negociaciones con Brian, que utilizó todo aquello como excusa para andar más colocado todavía. Dicen que se la robé, pero yo diría que la rescaté. De hecho, en cierto sentido también lo rescaté a él, a los dos, porque iban camino de la destrucción.

Brian se fue a París y se presentó en la oficina del agente de Anita gritando como un poseso que todo el mundo lo había abandonado, que todos lo jodían y luego se largaban. Nunca me lo perdonó y no se lo echo en cara. Eso sí, se buscó a otra tía rápidamente, Suki Poitier, y de algún modo nos las arreglamos para hacer juntos la gira de marzo y abril.

Anita y yo nos fuimos a Roma a pasar el resto de la primavera y parte del verano antes de que empezara el juicio. Ella tenía que estar allí por trabajo porque le habían dado un papel en Barbarella, con Jane Fonda y dirigida por el marido de Jane, Roger Vadim. El mundo de Anita en Roma giraba en torno al Living Theatre, la famosa compañía teatral anarcopacifista con Judith Malina y Julian Beck al frente; llevaban años actuando pero estaban empezando a despegar en aquella época de activismo y manifestaciones en las calles. Las representaciones del Living Theatre eran particularmente demenciales, radicales, los actores solían acabar arrestados por indecencia en un espacio público; por ejemplo, tenían una obra en la que recitaban toda una lista de tabúes sociales que solía valerles una noche en el trullo. Su actor principal, un negro muy guapo que se llamaba Rufus Collins, era amigo de Robert Fraser, y todos andaban con el grupillo de Andy Warhol y Gerard Malanga. Así que la movida se cocía en un círculo restringido y elitista de vanguardia, a cuyos miembros una de las cosas que más los unía era la afición por las drogas, y cuyo centro neurálgico era el Living Theatre. La droga tampoco corría en cantidades ingentes por aquel entonces, no era tan fácil encontrarla.

El Living Theatre generaba una dinámica muy poderosa, pero tenía encanto y en su órbita había una serie de mujeres muy hermosas (Donyale Luna, que fue la primero modelo negra de Estados Unidos, Nico y todas las chicas que andaban pululando cerca). Donyale Luna salía con uno de los actores; ésa sí que se movía como una tigresa, parecía un leopardo, una de las tías más sinuosamente seductora que he visto en mi vida. Claro que yo no moví ni un dedo en esa dirección (se veía claro que ella tenía sus propios planes). Todo eso con la belleza de Roma como telón de fondo, lo que le daba todavía más intensidad.

Una noche, cuando estaba rodando Barbarella, Anita acabó en la cárcel: estaba con unos tíos del Living Theatre cuando la registraron buscando drogas. Además la policía pensó que era un travesti y se la llevaron al calabozo y, en cuanto abrieron la puerta para meterla dentro, todos los que ya estaban entre rejas exclamaron: «¡Anita, Anita!». La conocía todo el mundo (eso era tener contactos y lo demás son tonterías). Y ella en plan «¡chssss, chsss, callaos!» porque no sé qué le había contado a la policía de que era una reina de algún país del África negra y no la podían arrestar (un poquito de teatro que le pareció que tendría buena acogida con la policía de Roma siendo una ciudad tan artística, o tal vez simplemente algo con que despistarlos). Se había tenido que tragar una piedra de hachís cuando la detuvieron, así que para entonces llevaba un ciego considerable. La pusieron en la misma celda que al resto de las reinas de la noche hasta que a la mañana siguiente vino alguien a sacarla de allí previo pago de la correspondiente fianza. Por aquel entonces la policía realmente no tenía ni idea de cómo tratar la cuestión de las variedades menos convencionales de la vida sexual, es que no tenían ni puta idea.

Los amigos de Anita, como siempre, eran los que más en la onda estaban, gente como el actor Christian Marquand, que dirigió Candy, la siguiente película en la que iba a trabajar Anita ese verano y en la que también intervinieron estrellas como Marlon Brando, que la raptó una noche y le estuvo leyendo poesía. Como vio que por ahí no iba a conseguir nada, intentó seducirnos a Anita y a mí juntos («otro día, compañero»). También eran parte de aquel grupo Paul y Talitha Getty, que tenían el mejor opio, y yo hice migas con algunos otros depravados como el escritor Terry Southern, con el que me llevaba bien, y también aquella figura de la época, picaresca y apenas creíble, el «príncipe» Stanislas Klossowski de Rola, conocido como Stash e hijo del pintor Balthus. A Stash lo conocía Anita de París y Brian Jones lo había enviado para tratar de recuperarla, pero, en vez de eso, resultó que al tío lo engatusó el cazador furtivo (o sea, yo). Stash contaba con todas las credenciales de los charlatanes de la época (el discurso místico, las grandes frases rimbombantes sobre alquimia y artes secretas), todo básicamente al servicio de acabar echando un polvo. ¡Qué inocentes eran las tías! Aquel tipo era un libertino y un playboy, se consideraba un Casanova; desde luego era una criatura increíble en medio de todas las convulsiones que plagaban el siglo XX. Había hecho papeles cortos en películas de Louis Malle y Eric Rohmer, y había tocado con Vince Taylor, un músico americano de rock and roll que fue a Inglaterra a probar suerte pero no acabó de encontrar su hueco, aunque en Francia tuvo mucho éxito. Stash tenía un grupo donde tocaba Ja pandereta con una mano enguantada en negro. Le encantaba tocar y bailar con aquel extraño estilo aristocrático tan suyo (yo siempre pensaba que Stash iba a lanzarse a bailar el minué en cualquier momento). Lo que él quería era ser uno más de los tíos, pero salía con todo aquel rollo de «soy príncipe y tal y cual…». Puro humo.

Vivíamos juntos en un palacio maravilloso, la Villa Medid, que tenía unos jardines espectacularmente cuidados, uno de los edificios más elegantes del mundo. Stash se las había ingeniado para que pudiéramos quedarnos allí gracias a su padre, Balthus, que tenía un apartamento en el palacio por algún tipo de cargo diplomático relacionado con la Academia Francesa, que era la propietaria del edificio. Balthus no estaba, así que lo teníamos todo para nosotros. Nos bastaba bajar la escalinata de la Plaza de España para ir a comer algo por ahí y nos quedaban al lado todas las discotecas, pero también pasábamos mucho rato en la misma Villa Medid o íbamos a los jardines de Villa Borghese. Aquello era mi versión del grand tour. Además se podía notar en el ambiente una especie de corriente subterránea de revolución, con muchos matices políticos, todo una puta chapuza excepto las Brigadas Rojas después. Antes de que empezaran los disturbios parisinos del año siguiente, los estudiantes ya habían comenzado una revuelta a la que asistí en la Universidad de Roma. Montaron barricadas y me colaron dentro: un montón de revolucionarios de pacotilla.

La verdad es que yo no tenía nada que hacer. A veces me acercaba al estudio a ver cómo trabajaban Fonda y Vadim. Anita era la que trabajaba, yo no; era una especie de rufián a la romana: mandaba a la mujer a trabajar y me quedaba en casa pasando el rato. Se me hacía raro. La verdad es que lo estaba disfrutando pero, al mismo tiempo, sentía un cierto desasosiego. ¿No debería estar ocupado en algo? Y mientras tanto había llegado Tom Keylock con el Bentley. Blue Lena tenía unos altavoces instalados dentro de la parrilla delantera y a Anita le encantaba aterrorizar a los pobres romanos poniendo voz de mujer policía y leyendo en voz alta los números de matrícula para luego ordenarles que giraran inmediatamente a la derecha. El coche iba con bandera del Vaticano, las llaves de San Pedro y toda esa movida.

Marianne y Mick se quedaron con nosotros una temporada. Esto es lo que Marianne cuenta de aquellos tiempos:

Marianne Faithfull: Ése sí que es un viaje que no se me va a olvidar en la vida: yo, Mick, Keith, Anita y Stash; de ácido, una noche de luna llena en Villa Medici. Era todo de una belleza increíble. Y sobre todo recuerdo la sonrisa de Anita, me refiero a esa sonrisa maravillosa que llevaba siempre en los labios por aquel entonces y que encerraba un sinfín de promesas; cuando Anita se lo estaba pasando bien irradiaba esa energía cargada de promesa, esbozaba una sonrisa indescriptible que al mismo tiempo daba un poco de miedo con tanto diente, era como un lobo, como un gato que acaba de beberse un cuenco de leche. Para los hombres debía de resultar muy poderoso: era preciosa y además llevaba la ropa con un estilo impresionante, siempre iba perfecta para la ocasión.

Anita tuvo una influencia increíble en el estilo de la época. Tenía la habilidad de poder combinar cualquier cosa y que quedara bien. Yo, de hecho, había empezado a ir vestido con su ropa casi siempre: me despertaba y me ponía lo primero que veía por allí tirado (a veces era mío, a veces era de la parienta) porque como teníamos la misma talla más o menos daba igual. Si estoy durmiendo con alguien, por lo menos tengo derecho a ponerme su ropa. A Charlie Watts, que tenía un vestidor inmenso lleno de trajes impecables de Savile Row, le estaba empezando a tocar los cojones que yo me estuviera convirtiendo en un icono de la moda por ponerme la ropa de aquella chica, pero por lo demás lo mío era el saqueo puro y duro, yo en definitiva me ponía lo que pillaba del botín, lo que fuera que me tiraran al escenario o que se quedaba por allí después del concierto y resultaba ser de mi talla. Por ejemplo, si le hacía un comentario a alguien sobre lo que me gustaba la camisa que llevaba, por alguna razón misteriosa, la gente se sentía obligada a regalármela. Vamos, que en otro tiempo iba vestido con lo que les quitaba a los demás.

La verdad es que nunca me preocupó demasiado mi aspecto, por así decirlo, aunque puede que al decir eso esté mintiendo porque me solía tirar horas recosiendo pantalones viejos para darles un toque diferente: por ejemplo, me pillaba los típicos pantalones de marinero con botones a ambos lados y les metía la tijera a la altura de la rodilla para insertar una franja de cuero y un trozo de tela de otro color que sacaba de otros pantalones: rosa y lila, como escribió Cecil Beaton. Yo ni me daba cuenta de que se estuviera fijando en esas cosas.

Me lo pasaba muy bien con Stash y sus amigos degenerados (¡mira quién fue a hablar!), la verdad es que me solucionaron la papeleta, pero yo sinceramente no tenía particular interés en introducirme en los círculos de la alta sociedad europea y todo ese rollo, más bien se puede decir que los utilicé cuando tuve ocasión. No quiero que se me malinterprete: me caía de coña y siempre me lo pasé bien con él, pero también podría decir que es tan superficial que si hubiera sido agua no te habría llegado ni a la altura de los tobillos, y Stash sabe perfectamente de qué estoy hablando y es plenamente consciente de que se merece ese tipo de comentario, el muy liante. Ya me sacó él a mí todo lo que pudo y me hice el loco con unas cuantas cosas. Sé exactamente lo duro que es: ¡una patada en el culo y ya lo has visto!

Yo solía creer en la ley y el orden y el imperio británico, pensaba que Scotland Yard era incorruptible: ¡me tragué el cuento de principio a fin!

Los polis con los que me topé me enseñaron de qué iba el rollo en realidad. Ahora cuesta trabajo creerlo, pero el hecho es que para mí fue toda una sorpresa. Las detenciones, con la corrupción rampante de la policía metropolitana de aquellos años y los que siguieron como telón de fondo, culminaron con el inspector jefe despidiendo públicamente a muchos agentes de la Brigada de Investigación Criminal y sentando en el banquillo a otros tantos.

Sólo porque nos trincaron nos dimos cuenta de lo frágil que era la estructura en realidad: se cagaron de miedo porque nos habían trincado y ahora no sabían qué hacer con nosotros. Fue algo que verdaderamente nos abrió los ojos. ¿Qué tenían en Redlands?: un poco de speed que Mick había comprado en Italia y por tanto en cualquier caso era legal, y a Robert Fraser le pillaron con algo de caballo encima y poco más. Y, como encontraron unas cuantas colillas de porro en un cenicero, a mí me acusaron de permitir que la gente fumara marihuana en mi casa. Era todo tan tenue… No sacaron nada en limpio; de hecho, lo que consiguieron fue acabar ellos con un ojo morado.

El mismo día, casi a la misma hora en que se presentaron cargos contra Mick y contra mí, el 10 de mayo de 1967, también trincaron a Brian Jones en su apartamento de Londres, de forma simultánea. Fue una operación tramada y orquestada con una precisión poco habitual pero, debido a un pequeño fallo de puesta en escena, al final la prensa (cámaras de televisión incluidas) llegó unos minutos antes de que la policía llamara a la puerta de Brian con una orden de registro en la mano. Resultado: la policía tuvo que abrirse paso entre la nube de reporteruchos a los que habían convocado ellos mismos. Claro que aquello pasó casi desapercibido en comparación con la farsa que vino después.

El juicio por lo de Redlands se celebró a finales de junio en Chichester, que se había quedado anclado en los años treinta en lo que al poder judicial se refería. El caso le fue asignado al juez Block, quien seguramente tenía sesenta y tantos años, más o menos la edad que tengo yo ahora. Aquélla era la primera vez que yo pisaba un juzgado y uno nunca sabe cómo va a reaccionar, pero el hecho es que no tuve mucha elección porque su señoría fue tan ofensivo, tan descarado en sus intentos de provocarme para obtener lo que quería… Por haber usado mi casa para fumar cannabis me llamó «escoria» y «cerdo», y dijo que «no debería estar permitido que este tipo de gente anduviese por ahí suelta». Así que cuando el fiscal me espetó que yo estaba al tanto de lo que pasaba y quiso saber a cuento de qué venía lo de la chica desnuda envuelta en pieles (que, fundamentalmente, era por lo que me habían detenido en realidad), no me limité a responder: «No sabe cuánto lo siento, señoría».

En realidad, la cosa fue más o menos así:

Morris (el fiscal): Según nos consta, había en la casa una joven sentada en el sofá que no llevaba puesto nada excepto unas pieles; aceptará usted que, en circunstancias normales, cabría esperar que la joven se hubiera mostrado avergonzada si no llevaba encima nada más que una manta de piel, estando como estaba en presencia de ocho hombres, dos de los cuales además eran meros conocidos que se encontraban allí circunstancialmente, por no hablar de un tercero que era el sirviente marroquí.

Keith: En absoluto.

Morris: Le parece a usted absolutamente normal, ¿no es eso?

Keith: No somos unos vejestorios, no nos preocupamos de insignificantes cuestiones morales.

Aquello me valió un año en la cárcel de Wormwood Scrubs, aunque al final sólo cumplí un día de condena, pero eso fue lo que opinó el juez de mi discursito: me sentenció a la pena máxima contemplada por la ley. Luego sabría que el juez Block estaba casado con la heredera de los Shippam, los de la pasta de pescado Shippam’s. De haber sabido lo de la pescadera se me habría ocurrido una respuesta mejor, pero vamos a dejarlo ahí.

Ese día, 29 de junio de 1967, fui declarado culpable y condenado a doce meses en prisión. A Robert Fraser le cayeron seis meses y a Mick tres. Esa misma noche a Mick lo mandaron a Brixton y a Fraser y a mí a Scrubs.

¡Qué sentencia más absurda! ¿Hasta dónde puede llegar el odio que te tienen? Me pregunto quién estaría susurrándole a la oreja al juez. Si hubiera tenido más en cuenta la información correcta habría tratado el tema como un asunto de multa de veinticinco libras y a la calle, no había nada sobre lo que sustentar el caso. Viéndolo ahora con los años, yo diría que el juez más bien nos lo sirvió en bandeja, porque se las arregló para convertir aquel episodio en una maravillosa campaña de relaciones públicas para nosotros, por más que debo reconocer que no disfruté particularmente mi estancia en Wormwood Scrubs, incluso si no fueron más que veinticuatro horas. El juez consiguió convertirme en una especie de héroe popular de la noche a la mañana y llevo desde entonces interpretando ese papel como puedo.

Ahora bien, el lado oscuro de todo esto fue descubrir que me había convertido en el blanco de las iras de unos poderes fácticos, que andaban muy nerviosos. Ante lo que perciben como una amenaza, las autoridades pueden hacer dos cosas: una es absorber y la otra crucificar. Con los Beatles ya no se podían meter porque los habían condecorado, así que nos tocó a nosotros la crucifixión, y fue más serio de lo que pensaba: me habían metido en la cárcel porque, claramente, había cabreado a las autoridades; no era más que un guitarrista de un grupo de música pop y me había convertido en un objetivo del Gobierno británico y su brutal cuerpo de policía, todo lo cual es muestra de lo asustados que estaban. Habíamos ganado dos guerras mundiales y ahora esta gente se echaba a temblar hasta mearse en los pantalones. «Todos vuestros hijos acabarán igual si no lo paráis ahora». La ignorancia de ambas partes era descomunal: nosotros no éramos conscientes de estar haciendo nada que fuera a provocar el derrumbe del imperio, y ellos andaban poniéndolo todo patas arriba en busca de algo pero no sabían el qué.

No impedí que lo intentaran una y otra vez, y otra vez, durante los siguientes dieciocho meses, que coincidieron con su aprendizaje sobre lo que eran las drogas. Hasta entonces no habían ni oído hablar del tema (yo solía recorrer Oxford Street con una tableta de hachís del tamaño de una tabla de monopatín debajo del brazo, ni me molestaba en que me la envolvieran con algo). Eso era en el 65 o el 66: un breve período de libertad. Es que ni se nos pasaba por la cabeza que lo que estábamos haciendo fuera ilegal y ellos no tenían ni puta idea de nada que tuviese que ver con drogas. Pero, una vez que éstas se convirtieron en un tema candente allá por 1967, vieron enseguida la clara oportunidad que suponían como fuente de ingresos o como fuente de ascensos o como una forma más de incrementar el número de arrestos. Es muy fácil trincar a un jipi, y acabó siendo muy fácil también «encontrarle» a la gente un par de petas que en realidad no llevaban: se convirtió en una práctica tan común que ya era lo que se esperaba.

La mayor parte de mi primer día en prisión fue un curso introductorio: llegas con el resto de los nuevos, te meten en la ducha, te rocían con spray para los piojos (¡qué detalle!). Todo está pensado para intimidarte al máximo. Los muros de Scrubs imponen (casi siete metros) pero luego viene alguien que te toca el hombro y comenta: «Blake se lo saltó». Nueve meses antes, los amigos del espía George Blake le proporcionaron una escalera de soga y se lo llevaron a Moscú (una huida de película), pero claro, si tienes amigos rusos que te ayudan a escapar ya es otro tema. Estuve todo el día dando vueltas por el patio muy formalito mientras se resolvía el papeleo, hasta que por fin vino la palmada en la espalda: «¡Keith, cabrón, qué suerte tienes, te sueltan bajo fianza!». Tuve el detalle de preguntar a la gente: «¿Alguien tiene mensajes para fuera? Me largo, así que me los dais ahora…». Llevé diez notas a otras tantas familias. Se te partía el corazón. A la salida había unas cuantas madres coraje y sobre todo vigilantes. El hijoputa del alguacil me despidió con un «volverás» cuando me metía en el Bentley, pero yo le contesté: «En todo caso, eso no lo verás tú».

Nuestros abogados presentaron un recurso y me pusieron en libertad bajo fianza. Antes de que se celebrara el juicio de amparo, el Times (gran paladín de los oprimidos, ya se sabe) acudió inesperadamente en mi rescate: «Cabe sospechar — escribió William Rees-Mogg, el redactor jefe, en un editorial titulado “¿Quién tortura

a una mariposa en el potro?”—[36] que a Mick Jagger se le impuso una condena más dura de la que habría recibido un acusado desconocido» (o sea: la habéis cagado y la justicia británica ha dado una imagen penosa). La verdad es que Rees-Mogg nos salvó, porque de verdad que en aquel momento me sentía como una mariposa sometida a tortura a la que iban a descoyuntar de un momento a otro. Si consideramos la brutalidad con que actuaron las autoridades en el caso Profumo (un asunto tan turbio como los de las novelas de John Le Carré, en el que a los personajes incómodos les tendieron trampas y se los acosó hasta conseguir quitarlos de en medio), me sorprende bastante que con nosotros no llegara la sangre al río todavía más. Ese mismo mes se revocó mi condena y la de Mick se confirmó, pero no la pena que le habían impuesto. Robert Fraser, que se había declarado culpable de posesión de heroína, no tuvo tanta suerte y no le quedó más remedio que comerse el marrón. Creo que, en cualquier caso, su paso por los Fusileros Reales le dejó más huella que el tiempo que estuvo en Scrubs: había enchironado (como suelen referirse los militares a los arrestos) a un montón de tíos, o los había puesto a cavar letrinas, no era un tipo a quien lo del castigo y las celdas de aislamiento le sonara precisamente a nuevo. Estoy seguro de que en África la cosa era más peliaguda que en ningún otro lugar, así que entró en prisión echándole huevos y siempre se mantuvo imperturbable. A mí me dio la impresión de que también salió echándole huevos, con pajarita y boquilla en mano. «Vamos a pillarnos un buen colocón», lo saludé a la puerta.

El mismo día en que nos soltaron tuvo lugar la conversación televisiva más extraña que jamás se haya grabado entre Mick (al que trasladaron en helicóptero a algún lugar de la verde campiña inglesa para la ocasión) y toda una serie de representantes de las clases dirigentes. Aquellos tipos parecían piezas del ajedrez de Alicia en el País de las Maravillas: un obispo, un jesuita, un fiscal general y Rees-Mogg. Los habían enviado como quien manda una avanzadilla de exploradores, y con una bandera blanca bien en alto, para descubrir si la nueva cultura que estaba echando raíces entre los jóvenes suponía una amenaza para el orden establecido; algo así como tratar de tender un puente imposible con el que salvar el abismo del conflicto generacional. Se les veía fervientemente interesados e incómodos, y fue todo disparatado. En definitiva, las preguntas que se les ocurrieron se reducían a «¿pero qué queréis?». Nosotros nos descojonamos: estaban intentando firmar la paz, como Chamberlain. Un simple papelito y «paz para nuestro tiempo, paz para nuestro tiempo». En realidad, lo único que pretendían era seguir agarrados a la silla, pero aquella preocupación y aquel interés tan profundo eran tan bella y conmovedoramente británicos… Fue increíble. Claro que, por otro lado, sabes que tienen poder, que te la pueden jugar a lo bestia, así que hay una especie de poso de agresividad subyacente disfrazada de curiosidad intrigada. En cierto sentido estaban rogándole a Mick que les diera respuestas, y creo que Mick lo hizo muy bien porque no intentó responder a nada. Simplemente les dijo: «Vivís en el pasado».

Durante la mayor parte de aquel año luchamos sin mucho orden ni concierto para sacar Their Satanic Majesties Request: no queríamos hacerlo, pero había llegado el momento de que los Stones sacaran otro álbum y Sgt. Pepper iba a salir en breve, así que nos lo tomamos como puro teatro. Eso sí, la nuestra es la primera funda de vinilo en 3D de la historia (culpa del ácido también). Aquel decorado lo hicimos nosotros mismos. Nos fuimos hasta Nueva York y nos pusimos en manos del único fotógrafo de todo el mundo que tenía una cámara que podía hacer fotos en 3D. Algo de pintura y unas cuantas sierras, un poco de poliestireno («¡nos hacen falta unas plantas!, bueno, no pasa nada, ahora mismo nos vamos a la zona de las floristerías») y todo eso coincidió con la salida de Andrew Oldham: largamos al piloto, que andaba de mal en peor, yendo a tratamiento de choque para superar no sé qué insoportable dolencia mental relacionada con las mujeres; y además ya había empezado a dedicar mucho tiempo a su propia discográfica, Immediate Records. Igual las cosas habrían seguido su curso sin necesidad de hacer nada, pero entre Mick y él había un tema que no tenía solución, algo sobre lo que no sé nada a ciencia cierta, con lo cual sólo puedo especular. El hecho es que ya no sintonizaban. Además, Mick estaba empezando a ganar mucha confianza en sus habilidades y quería ponerlas a prueba pegándole la patada a Oldham y, para ser completamente justos con Mick, hay que decir también que a Oldham se le estaba empezando a ir la olla. ¿Y por qué no? Dos años atrás no era nadie y ahora se creía Phil Spector, pero lo único con lo que contaba para conseguir emular a su ídolo era una banda de rock and roll con cinco tíos. Total, que se pasaba un montón de tiempo, algo excesivo, tratando de grabar al estilo de Spector en cuanto había un par de singles que iban bien en las listas. Andrew ya no se estaba concentrando en los Stones y, para acabar de arreglarlo, ya no ocupábamos las portadas con la facilidad de los primeros tiempos, más bien estábamos tratando de evitarlas, y eso significaba que otro de los cometidos de Oldham se había convertido en algo innecesario. Se le había quedado vacía la chistera de los trucos.

Anita y yo volvimos a Marruecos con Robert Fraser en las Navidades de 1967, poco después de que él saliera de la cárcel. Chrissie Gibbs le alquiló su casa de Marrakech a un peluquero italiano, una casa grande con un jardín medio silvestre lleno de pavos reales y cuajado de flores blancas que asomaban entre la maleza. Marrakech es muy seco y, cuando llueve, de repente brota un montón de vegetación por todas partes. Tuvimos mucha lluvia y frío, así que nos pasábamos el día fumando costo junto a la chimenea. Gibbs tenía un tarro inmenso de mayun (ese dulce marroquí hecho con hachís y especias) que había comprado en Tánger, y a Robert le interesaba mucho un personaje con el que nos había puesto en contacto Brion Gysin, un tipo que también hacía mayun, el señor Muybueno, que trabajaba en la fábrica de «batiburrillo» (mermelada) y nos lo hacía de melocotón todas las noches.

Le habíamos hecho una visita a Ahmed cuando pasamos por Tánger camino de Marrakech: ahora tenía la tienda decorada con collages de los Stones, se había dedicado a recortar imágenes de viejos catálogos de semillas y de nuestras caras, que aparecían por aquí y por allí entre fotos de jacintos y guisantes de olor. Aquélla era todavía la época en la que podías mandar el costo por correo de varias formas y el mejor de todos, si lo conseguías, era el afgano de primera, que solía venir en dos formatos: en forma de platillo volante con un sello, o en forma de sandalia o de suela de sandalia; tenía unas vetas blancas que por lo visto eran mierda de cabra (parte de la masilla). Así que, durante el par de años que siguieron, Ahmed se dedicó a enviar por todo el mundo grandes cantidades de hachís convenientemente sellado y metido en candelabros de latón y al poco tiempo ya había abierto cuatro tiendas más una detrás de otra, conducía unos coches americanos inmensos y contrataba noruegas como personal de servicio doméstico; le pasaron un montón de cosas maravillosas, pero luego, al cabo de dos años, oí que lo habían mandado a la trena y lo había perdido todo. Gibbs dio con él después de aquello y nunca perdió el contacto hasta que Ahmed murió.

Tánger era un santuario de fugitivos y sospechosos, personajes marginales. Durante ese viaje, en la playa de Tánger vimos a un par de bañistas de aspecto bastante raro (de traje, parecían los Blues Brothers): eran los gemelos Kray (a Ronnie le gustaban los chicos marroquíes y Reggie solía darle a su hermano el capricho); eso sí, no habían perdido el toque del Southend: el pañuelo atado a la cabeza con cuatro nudos y los bajos de los pantalones remangados. Y por aquel entonces todavía leías en los periódicos que se habían cepillado a su colega El Loco del Hacha y lo de toda esa gente que habían asesinado. En Tánger, lo más chungo se mezclaba con lo más elegante. Paul Getty y su preciosa (y desgraciada) esposa, Talitha, se acababan de comprar un palacio enorme en Sidi Mimoun y nos invitaron a pasar una noche allí: también estaba un personaje llamado Arndt Krupp von Bohlen und Halbach (recuerdo el nombre porque era el alegre y confiado heredero de la fortuna de los Krupp y un degenerado, incluso considerándolo con mi vara de medir). Creo que este tipo estaba también en el coche en uno de los episodios más aterradores que he vivido jamás en un vehículo de cuatro ruedas y desde luego una de las ocasiones en que he visto la muerte más de cerca.

El que seguro que estaba es Michael Cooper, y puede que Robert Fraser, y alguien más que podría haber sido Krupp. Si efectivamente era él, lo que estuvo a punto de ocurrir no habría dejado de ser irónico: habíamos ido a Fez en un Peugeot alquilado y decidimos salir de noche para volver a Marrakech bordeando el Atlas. Yo era el conductor. De pronto, cuando estamos bajando por aquella sinuosa carretera, al salir de una curva nos encontramos de frente con dos motos («militares», pensé al darme cuenta de que iban de uniforme) que ocupaban toda la calzada sin pedir permiso. Así que me las ingenio como puedo para esquivarlos (doy un volantazo para un lado, el tío de la moto hace lo mismo), pero un kilómetro más abajo ya se complica demasiado la cosa porque de repente me encuentro con un camión inmenso y más motoristas delante de las narices; el conductor de aquel armatoste no tiene la menor intención de apartarse, así que le cierro el paso a una de las motos y me las apaño para cruzarme con el camión por los pelos. Se ponen como locos y, cuando los dejamos atrás, me doy cuenta de que llevan un misil como un campanario. Justo acabamos de pasar la curva (con una rueda en el vacío) y parece que he conseguido evitar el golpetazo («¡¿qué coño hacía ese tío en medio de la carretera?!») cuando, al cabo de unos segundos, ¡BUUM! El camión saltó por los aires. Oímos un choque y acto seguido la enorme explosión; fue todo tan rápido que seguramente ni les dio tiempo a adivinar lo que pasaba. Estamos hablando de un puto camión articulado larguísimo… Lo que no me explico es cómo no nos metimos en un lío de narices: no nos detuvimos, apreté el acelerador a fondo y a lidiar con las curvas (entonces era famoso por mi destreza en la conducción nocturna). Cambiamos de coche en cuanto llegamos a Meknés; simplemente les dijimos «este auto no va muy bien que digamos, ¿nos lo pueden cambiar?», y nos largamos como alma que lleva el diablo. Yo me esperaba que la OTAN se nos echara encima o algo así, por lo menos una respuesta militar inmediata, helicópteros, patrullas con linternas buscándonos por todas partes y todo el lío… Al día siguiente nos abalanzamos sobre los periódicos: ni palabra. Caer por un precipicio a lomos de un misil en el Tercer Mundo habría sido un final deplorable, pero tal vez el único verdaderamente adecuado para el heredero del gran imperio armamentístico de los Krupp.

En aquel viaje agarré una hepatitis y, literalmente, salí del país a rastras, pero (dada mi suerte) para caer en brazos de uno de los médicos arreglalotodo más grandes de todos los tiempos, el doctor Pierre Bensoussan, de París. Anita me llevó a ver a Catherine Harlé, representante de modelos, sufí, una mujer increíble que tenía contactos por todas partes y era algo así como la madre espiritual de Anita. La acogía siempre que estaba enferma o tenía problemas y Brian Jones recurrió a ella cuando Anita lo dejó para tratar de recuperarla. Fue Catherine la que me puso en contacto con el doctor Bensoussan; el nombre (seguramente de origen argelino) ya me dio esperanzas de que no iba a ser un médico convencional. El doctor Bensoussan solía ir a Orly a recibir a jeques, reyes o princesas de paso hacia algún otro punto del globo y los recomponía en un abrir y cerrar de ojos, a cualquier hora del día o de la noche. En mi caso era una hepatitis de las cabronas que me estaba consumiendo por completo: estaba en las últimas, sin fuerzas. El doctor Bensoussan me puso una inyección que tardó veinte minutos en hacer efecto, básicamente un cóctel de vitaminas, otras sustancias buenas para la salud y algo mucho más agradable… El hecho es que llegué a su consulta a cuatro patas y al cabo de media hora salía en plan «me voy caminando, olvídate del coche». ¡Increíble pico, una mezcla explosiva! No sé qué coño era exactamente, pero me tengo que quitar el sombrero; me refiero a que, en cuestión de seis semanas, me dejó como nuevo y no sólo me curó la hepatitis sino que además me puse como un toro y me sentía mejor que nunca. Claro que mi sistema inmunológico es la leche: me curé la hepatitis C solo, sin hacer nada. Soy un caso raro, y además se me da muy bien interpretar las señales que me manda el cuerpo.

El único problema fue que, con tanta preocupación y tantas interrupciones, los líos legales, el follón con Oldham y demás, habíamos estado temporalmente muy distraídos y no nos habíamos ocupado de algo que ahora resultaba ¿vidente, y alarmante: los Rolling Stones se habían quedado sin gasolina.

 

Altamont: la cosa se pone fea (1969).

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