Vida

Keith Richards · Capítulo 3 de 14 · parte 2/3

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Vida

Capítulo 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Doris y yo estábamos muy unidos y, hasta cierto punto, Bert quedaba excluido, sencillamente porque la mitad del tiempo no estaba. El era uno de esos hombres que siempre han trabajado como cabrones, el muy tonto; por unas veintitantas libras a la semana tenía que irse hasta Hammersmith a currar en la fábrica de General Electric, donde era capataz. De válvulas sabía un montón, de la carga y el transporte. Se mire por donde se mire, no puede decirse que Bert fuera ambicioso. Creo que debía de ser porque creció durante la Depresión y su idea de la ambición era conseguirse un trabajo y aferrarse a él con uñas y dientes. Se levantaba a las cinco de la mañana, volvía a casa a las siete y media de la tarde y para las diez y media ya estaba en la cama, lo cual no le dejaba mucho tiempo para pasar conmigo. Eso sí, trataba de compensarlo los fines de semana: me llevaba al club de tenis donde jugaba, o al campo, jugábamos a fútbol un rato o trabajábamos un poco en el jardín. «Haz esto, haz lo otro…». «Vale, papá». «Trae la carretilla… Pasa la azada por aquí… Arranca esos hierbajos…». Me gustaba observar cómo iban creciendo las cosas y me constaba que mi padre sabía lo que se hacía: «Hay que plantar las patatas entre esta semana y la que viene». Cosas así, básicas, como por ejemplo «va a ser buen año para las judías». Era una persona más bien distante, no había tiempo para la intimidad, pero yo era feliz. A mí me parecía un gran tipo. Pura y simplemente era mi padre.

Ser hijo único te obliga a inventarte tu propio mundo: para empezar, vives en una casa llena de adultos, así que hay ciertas cosas de la infancia que te pierdes mientras te pasas el día escuchando únicamente conversaciones de mayores y, después de tanto oír hablar de todos esos problemas sobre el seguro y el alquiler y demás, no tienes a quien acudir… Cualquier hijo único corroborará que es así: no tienes un hermano o hermana en quien refugiarte. Así que sales a la calle y haces amigos, pero lo de jugar se te acaba cuando se pone el sol. Y además, la otra cara de esa moneda de no tener hermanos ni primos hermanos que vivan cerca (tengo un montón de parientes pero ninguno vivía por la zona) es cómo hacer amigos y de quién hacerse amigo. Se convierte en algo fundamental, de vital importancia para tu existencia cuando tienes esa edad.

Desde ese punto de vista, las vacaciones eran unas fechas particularmente intensas: nos íbamos a Beesands, en Devon, donde teníamos una caravana cerca de un pueblito que se llamaba Hallsands y había acabado tragado por el mar, un pueblo en ruinas, cosa que era de lo más interesante para un niño. La verdad es que parecíamos los de la serie Five Go Mad in Dorset con todas aquellas casas hechas polvo, la mitad bajo el agua…, aquellas ruinas extrañas llenas de romanticismo justo a la vuelta de la esquina… Beesands era un pueblo típico de pescadores, justo al borde de la playa adonde llegaban los barcos. Para mí, cuando era niño aquello era genial porque acababa conociendo a todo el mundo al cabo de un par de días o tres; y para cuando llevábamos allí cuatro días ya hablaba con acento cerrado de Devon y me encantaba la sensación que tenía de ser del pueblo de toda la vida. Me venían los turistas con «¿por dónde se va a Kingbridge?» y yo les respondía con un «¿a Kingbridge se dirigen ustedes?», una frase de lo más isabelina… por allí todavía hablan en inglés antiguo.

A veces también íbamos de acampada, que era lo que siempre habían hecho Bert y Doris: aprendí a montar la tienda (colocar bien la funda de abajo, poner la de arriba), a encender la lámpara de gas… Estábamos solos los tres, así que cuando llegábamos me iba a explorar para ver si encontraba con quién jugar… Y si no encontraba a nadie me desanimaba un poco, y si veía a una familia de cuatro niños y dos niñas, me daba un poco de envidia. Pero, al mismo tiempo, todo eso te hace madurar. En definitiva, estás expuesto al mundo de los adultos a no ser que te montes el tuyo propio, y ahí es donde entra la imaginación, y también el que te busques cosas que puedes hacer solo, como cascártela. Cuando hacía amigos, también era todo muy intenso: había veces que conocía a un montón de hermanos o hermanas que estaban en alguna tienda de por allí cerca y luego cuando tocaba despedirse siempre se me partía el corazón.

Lo que más les gustaba a mis padres era pasar el fin de semana en el Club de Tenis de Bexley, una especie de prolongación del Club de Criquet de Bexley, que tenía un pabellón del XIX tan grandioso que en el club de tenis siempre se tenía como sensación de ser el pariente pobre. Nunca te invitaban al club de criquet. A no ser que estuviera lloviendo a cántaros, todos los fines de semana era igual: derechos al club

de tenis[12].

Sé más de Bexley que de Dartford. Todos los fines de semana, mis padres se marchaban para allá por la mañana y luego iba yo después de comer en el tren con mi prima Kay a reunirme con ellos. Todos los fines de semana. La mayoría del resto de la gente que andaba por allí, pertenecía sin lugar a dudas a otro mundo, a esa clase de ingleses muy conscientes del tema de las clases precisamente, por lo menos por aquel entonces. Tenían coches mientras que nosotros íbamos en bici. A mí me tocaba recoger las pelotas que se iban por encima de las vías del tren, con el consiguiente riesgo de haber estado a punto de morir electrocutado en alguna que otra ocasión.

Tenía mascotas para que me hicieran compañía: tuve un ratón; y un gato. Ya sé que cuesta creer que eso fuera precisamente lo que tenía, pero igual explica en parte por qué soy como soy. El ratón era blanco y se llamaba Gladys, me lo llevaba al colegio y si la clase de francés se ponía muy aburrida charlaba un poco con él; le daba parte de mi comida y mi cena y volvía a casa con el bolsillo lleno de cagadas. Las cagadas de ratón no dan mayor problema porque son una especie de perdigones duros como piedras, no apesta ni nada por el estilo, ni son blanditos ni nada… Así que con vaciarte el bolsillo ya está. Gladys era totalmente de fiar: rara vez asomaba la cabeza por el bolsillo para exponerse así a una muerte segura. Pero Doris se llevó a Gladys y al gato al veterinario a que se los cargaran con una inyección; se cepilló a todas las mascotas que tuve de niño. No le gustaban los animales; amenazaba con cargárselos y, efectivamente, un día cumplía su amenaza. Recuerdo que pegué en la puerta de su habitación un dibujo de un gato que tenía escrito debajo «asesina». Nunca se lo perdoné. La reacción de Doris fue la de siempre: «Cállate, anda, no me seas así de delicado. Se meaba por todas partes».

Desde que yo era niño, prácticamente desde que se inventaron las lavadoras, Doris trabajaba haciendo demostraciones de cómo funcionaban aquellos trastos (las de la marca Hotpoint para ser más exactos) en la tienda de la cadena Co-op que había en la High Street de Dartford. Se le daba muy bien, era una artista cuando se trataba de demostrar cómo funcionaba la lavadora; a Doris le hubiera gustado ser actriz, subirse a un escenario, bailar… era cosa de familia. Yo solía pasar por la tienda, me metía en el corrillo de gente que se formaba a su alrededor y la observaba mientras hacía la demostración de lo fantástica que era la nueva Hotpoint. Ella, en cambio, no tenía lavadora, de hecho tardó años en conseguir una, pero podía convertir la carga de la ropa en un verdadero espectáculo. Aquellos cacharros ni siquiera iban con agua corriente, había que llenarlos y vaciarlos con un cubo. Por aquel entonces eran algo completamente nuevo y la gente decía:

—Me encantaría tener una máquina que me lavara la ropa, pero ¡por Dios!, me parece más complicado que mandar un cohete a la Luna.

—¡De eso nada! ¡Qué va! ¡Es muy fácil! —les respondía mi madre.

Y años después, cuando vivíamos bajo mínimos en aquel agujero mugriento de Edith Grove antes de que los Stones despegaran, por lo menos siempre íbamos limpios porque Doris hacía sus demostraciones con nuestra ropa, nos la planchaba y la enviaba de vuelta con su admirador, Bill el taxista. Se la mandábamos por la mañana y la teníamos de vuelta por la noche. Lo único que necesitaba Doris era material sucio y nosotros, de eso ¡vaya si teníamos!

Al cabo de los años, Charlie Watts se podía pasar días enteros en Savile Row de sastrería en sastrería, comparando calidades de tejidos, decidiendo qué botones eran los que mejor iban… Yo, en cambio, no podía aparecer por allí, creo que tenía que ver con mi madre, que se pasaba el día en las tiendas de telas buscando algún chollo para hacer cortinas; y lo que yo opinara no tenía la menor importancia, me aparcaba en una silla o en un banco, o en una estantería incluso, donde fuera, y yo la observaba. Siempre conseguía lo que quería y cuando ya se lo estaban envolviendo se daba la vuelta y, «¡oh, no!», veía alguna otra cosa que le interesaba y acababa llevando al dependiente al límite de su aguante. Por aquel entonces en los sitios de venta al por mayor tenían un sistema en el que el dinero pasaba en una especie de cestitas por unos tubos; yo me pasaba las horas muertas esperando a que mi madre decidiera qué era lo que no nos podíamos permitir el lujo de comprar. ¿Pero qué va a decir uno de la primera mujer de su vida? Era mi madre. Ella fue la que me crió, la que me alimentó, la que se pasaba el día repeinándome y acomodándome la ropa, en público. Toda una humillación. Pero era mi madre. No me di cuenta hasta mucho más tarde de que también era mi colega: me hacía reír; siempre tenía la música puesta y la echo tanto de menos…

 

***

 

Es un milagro que mi padre y mi madre acabaran juntos: fue algo tan fortuito, eran tan opuestos en personalidad y en biografía… La de Bert era una familia de estrictos socialistas, muy adustos: su padre, mi abuelo Ernest G. Richards, tío Ernie para los conocidos, no era el típico incondicional del Partido Laborista sin más, no, estaba verdaderamente comprometido con la lucha de la clase trabajadora, y cuando él empezó todavía ni existía el movimiento socialista, no había Partido Laborista. Ernie y mi abuela Eliza se casaron en 1902, poco después de fundarse el partido (en 1900 tenía dos diputados). Keir Hardie, el fundador de la organización, ganó en aquel distrito gracias a Ernie, que luego pasaría a defender aquel fuerte para Keir contra viento y marea, reclutando gente y haciendo campaña un día tras otro, después de la Primera Guerra Mundial. En aquella época Walthamstow era terreno abonado para los laboristas porque había absorbido un gran éxodo de trabajadores venidos de la zona este de Londres por un lado, y por otro a toda una nueva comunidad de gente que trabajaba en el centro, al que se desplazaban todos los días en tren, y estaban en primera línea política. Ernie era un partidario acérrimo de la causa en el sentido más estricto de la palabra: nada de retroceder, nada de rendirse.

Walthamstow se convirtió en un feudo laborista, una circunscripción suficientemente segura como para que se presentara por ella Clement Attlee, el primer laborista en llegar a primer ministro, que ganó a Winston Churchill en 1945 y fue el diputado por Walthamstow en la década de los cincuenta. Cuando Ernie murió, Attlee envió un mensaje en el que se refería a mi abuelo como «la sal de la tierra», y en su funeral cantaron el gran himno marxista «Bandera Roja», una canción que hasta hace dos días aún se podía oír en las reuniones del Partido Laborista. Nunca he entendido del todo las suspicacias que genera la letra:

El rojo estandarte en alto alcemos,

pues bajo su sombra vivimos y morimos.

Vacilen cobardes y búrlense traidores que,

aun así, el rojo estandarte seguirá ondeando aquí.

¿Que cómo se ganaba la vida Ernie? Era jardinero y trabajó para la misma empresa alimentaria durante treinta y cinco años. Pero, en cambio, mi abuela Eliza tenía, eso desde luego, mucho más salero que él: la nombraron consejera del partido antes que a Ernie y en 1941 se convirtió en alcaldesa de Walthamstow. Al igual que Ernie, había ido ascendiendo peldaños en la jerarquía política. Venía de una familia obrera de Bermonsdey y puede decirse que, más o menos, fue quien llevó la protección social de menores a Walthamstow, una verdadera reformadora. Debió de haber sido todo un personaje: acabó de presidenta del Comité para la Vivienda de una zona que tenía uno de los mayores programas de promoción de la vivienda en todo el país. Doris siempre se quejaba de que Eliza era tan estricta que se negó a darles una casa de protección oficial a ella y a Bert cuando se casaron, no quiso mover sus nombres más arriba en la lista de espera: «No te puedo dar una casa, eres mi nuera». Más que estricta, era inflexible. Así que siempre me ha intrigado mucho cómo alguien de esa familia pudo acabar con alguien de la otra, que eran poco menos que una pandilla de libertinos.

Doris y sus seis hermanas (vengo de un matriarcado por ambos lados de la familia) se criaron en una casa con dos dormitorios, uno para ellas y otro para mis abuelos, Gus y Emma, en Islington. A eso lo llamo yo vivir con estrecheces. Además tenían un salón que sólo utilizaban para las grandes ocasiones y una cocina y una salita de estar en la parte de atrás; vamos, que vivían todos apretujados en aquellas dos habitaciones y la cocina porque en el piso de arriba vivía otra familia.

Mi abuelo Gus (bendito sea) es a quien debo gran parte de mi amor por la música. Le escribo notas con bastante frecuencia, «gracias, abuelo», y las cuelgo por ahí. Theodore Augustus Dupree, el patriarca de esta otra familia siempre rodeado de mujeres, vivió junto a Seven Sisters [siete hermanas] Road con siete hijas, en el número 13 de Crossley Street, código postal N7, y solía decir: «No son sólo las siete hijas: con la mujer, eso hace ocho». Su mujer era Emma, mi abnegada abuela materna, cuyo apellido de soltera era Turner y que tocaba el piano muy bien. Emma realmente iba un paso por delante de Gus, era una verdadera dama, hablaba francés. ¿Cómo consiguió engatusarla para que se casaran? Ni idea. Se conocieron en una noria, en la feria agrícola de Islington. Gus era un tipo guapo y siempre te contaba algo divertido, siempre se las ingeniaba para hacerte reír. Ese talento, el de la risa, la costumbre de reírse, fue precisamente lo que utilizó para seguir adelante en tiempos difíciles. Muchos de su generación eran así. Desde luego Doris había heredado ese sentido del humor tan loco, y también su musicalidad.

Se supone que nadie conoce los orígenes de Gus, pero a decir verdad, tampoco sabemos de dónde venimos nosotros en realidad; tal vez de las entrañas del infierno. En la familia corre el rumor de que ese nombre tan elaborado no era suyo en realidad pero, por alguna razón misteriosa ninguno nos hemos preocupado nunca por averiguar la verdad; eso sí, lo pone bien claro en el censo: Theodore Dupree, nacido en 1892 en el seno de una familia numerosa de Hackney, once hermanos. Su padre aparece como «empapelador», nacido en Southwark. Dupree es un apellido típico de hugonotes y llegaron muchos de ellos de las Islas del Canal, refugiados protestantes procedentes de Francia. Gus había dejado la escuela a los trece años para aprender el oficio de pastelero y de hecho se dedicó a ello, en la zona de Islington. También aprendió a tocar el violín, le instruyó un amigo de su padre en Camden Street. Era un músico todoterreno. En los años treinta tuvo una orquesta de las que amenizaban los bailes, él por aquel entonces tocaba el saxofón, pero contaba que con los gases de la Primera Guerra Mundial, cuando volvió del frente se encontró con que ya no tenía fuelle. No sé si sería verdad… Hay tantas historias… Gus se las ingenió para rodearse de un halo de misterio. Bert me contó que en la guerra lo destinaron a las cocinas (era pastelero) y que no pisó el campo de batalla, que se la pasó haciendo pan; de hecho, Bert llegó a decirme una vez que el único gas al que pudo haber estado expuesto Gus «habría sido el del horno». Pero mi tía Marje, que lo sabe todo y aún vive en el momento en que escribo estas líneas (tiene noventa y tantos), dice que a Gus lo llamaron a filas en 1916 y que fue francotirador durante la Primera Guerra Mundial, y también cuenta que se le llenaban los ojos de lágrimas siempre que hablaba de la guerra, que no quería matar a nadie, y que lo hirieron en una pierna y en un hombro en Passchendaele o en el departamento del Somme, en Francia. Cuando se encontró con que ya no podía tocar el saxofón, Gus retomó la guitarra y el violín, pero la herida le impedía mover bien el brazo del arco y al final un tribunal le concedió una paga de diez chelines semanales por lo del brazo. Gus era amigo íntimo de Bobby Howes, que fue un músico muy famoso de los años treinta: habían estado juntos en la guerra y por lo visto actuaban a dúo para los oficiales y además les cocinaban, así que pasaron la guerra mejor que la mayoría de los soldados rasos, o por lo menos eso cuenta la tía Marje.

Durante la década de los cincuenta formó un grupo que tocaba música folklórica de baile (Gus Dupree and His Boys) y no les iba mal actuando por las bases americanas. Durante el día trabajaba en una fábrica de Islington y por la noche se subía al escenario, con camisa de las de pechera blanca y todo… Lo mismo tocaban en bodas judías que en fiestas de logias masónicas, y solía traer de vuelta un trozo de pastel metido en la funda del violín; todas mis tías se acuerdan de aquello. De dinero debían de andar muy mal porque, por ejemplo, Gus nunca compraba ropa nueva, siempre iba con prendas y zapatos de segunda mano.

¿Por qué cuando hablo de mi abuela la llamo «abnegada»? ¿Aparte de por haberse pasado en fases diversas de embarazo un total de veintitrés años de su vida? Lo que más le gustaba a Gus era tocar el violín mientras Emma lo acompañaba al piano. Pero durante un apagón lo pilló tirándose a una vigilante de la ARP, la organización que se creó justo antes de la guerra para la protección de la población civil durante los bombardeos; la típica historia. Y encima del piano además. Peor todavía. Emma no volvió a tocar el piano para él jamás, ése fue el precio que le hizo pagar; era muy testaruda, de hecho no se parecía nada a Gus y nunca entendió las excentricidades del temperamento artístico de su marido… Así que él recurrió a la ayuda de las hijas, pero «ya nunca volvió a ser igual que antes, Keith —me solía decir—, nunca volvió a ser igual». A juzgar por las historias que contaba, parecía que Emma era poco menos que Arthur Rubinstein: «Emma era increíble, no había nadie mejor. No sabes cómo tocaba». Al final, Gus convirtió aquello en una especie de anhelo por un amor perdido mucho tiempo atrás. Claro que, por desgracia, no había sido su única infidelidad, sino que hubo un montón de líos de faldas y los consiguientes plantes de su mujer. Gus era un mujeriego y Emma se hartó.

El hecho es que mi abuelo y su familia no eran nada habituales para la época: no se podía ser más bohemio por aquel entonces. Gus alentaba una especie de irreverencia e inconformismo, y además era algo que llevaban en los genes. Una de mis tías hacía teatro de repertorio, a nivel aficionado. Todas tenían algún tipo de inclinación artística según las circunstancias. Teniendo en cuenta la época de la que estamos hablando, aquélla era una familia muy liberal, muy poco victoriana. Gus era la clase de tipo que, cuando sus hijas se iban haciendo mayores y las venían a buscar a casa los novios, mientras los chicos estaban sentados en el sofá que había delante del ventanal de la sala, con las chicas sentadas enfrente, se iba al baño y volvía con una goma usada colgando de un cordel y la sujetaba en alto en las mismas narices de los muchachos, pero sin que las hijas lo vieran. Tenía ese tipo de sentido del humor. Y los pobres se ponían rojos hasta las orejas y les entraba la risa, y ellas no tenían ni idea de qué coño estaba pasando. A Gus le encantaba alborotar el gallinero un poco. Doris me contó lo mucho que se escandalizó Emma en cambio cuando se enteró de que dos hermanas de Gus, Henrietta y Felicia, que vivían juntas en Colebrook Row, andaban (lo decía en voz baja) «metidas en la vida alegre». No todas las hermanas de Doris eran como ella, podría decirse que no todas tenían la lengua tan afilada, algunas eran serias y responsables como Emma, pero ninguna negaba que Henrietta y Felicia se dedicaran a lo que se dedicaban.

Mis primeros recuerdos de Gus son los paseos que dábamos juntos, las escapadas que hacíamos, me parece que sobre todo para que él pudiera salir un rato de aquella casa llena de mujeres. Yo era la excusa, lo mismo que el perro, el señor Thompson Wooft. Gus nunca había tenido un niño en la casa, ya fuera hijo o nieto, hasta que llegué yo, y creo que aquello fue un gran acontecimiento para él, una gran oportunidad de salir a dar paseos y desaparecer. Cuando Emma quería que hiciera alguna tarea en la casa, invariablemente él le respondía: «Me encantaría, Em, pero es que tengo un agujero en el culo». Un gesto de cabeza acompañado de un guiño, ¡y a sacar al perro a dar un paseo! Caminábamos varios kilómetros, a veces daba la impresión que durante días. Una vez, en Primrose Hill, fuimos a contemplar las estrellas con el señor Thompson y, por supuesto, Gus se descolgó con un «no sé yo si nos va a dar tiempo a volver a dormir a casa» y pasamos la noche al raso debajo de un árbol.

—Vamos a sacar a pasear al perro. (Era nuestro código secreto para decir que nos íbamos por ahí).

— ¡Bueno! —respondía yo.

— Tráete el chubasquero.

— Pero si no llueve.

—Tráete el chubasquero.

En una ocasión, debía de tener yo cinco o seis años, Gus me preguntó un día que estábamos dando un paseo:

—¿Llevas un penique encima por casualidad?

—Sí, Gus.

—¿Ves a ese muchacho que está en la esquina?

—Sí, Gus.

—Ve y dáselo.

—¿Cómo?

—Ve y dáselo, él está mucho peor que tú.

Le di el penique al muchacho.

Y Gus me dio a mí dos en compensación.

La lección me quedó muy clara.

Con Gus nunca me aburría. En la estación de New Cross, una noche, ya tarde, con una niebla densa rodeándonos, Gus me dejó fumar mi primera colilla de cigarro: «Aquí no nos ve nadie». Un «gusismo» típico era saludar a los amigos con un: «¡Qué pasa! No seas un hijo de puta toda tu vida». Y lo decía tan bien, con aquella voz cadenciosa y un tono tan entrañable… Yo lo adoraba. Me caía un capón suave en la cabeza acompañado del proverbial «tú no has oído nada». «¿Nada de qué Gus?».

Tarareaba sinfonías enteras mientras paseábamos. A veces íbamos a Primrose Hill, a Highgate, o bajábamos hasta Islington por Archway, a la zona de Angel, ¡joder, nos lo recorríamos todo!

—¿Te apetece una salchicha saveloy?

—Sí, Gus.

—Pues no te la vas a tomar, nos vamos al restaurante, al Lyons Corner House.

—Bueno, Gus.

—No se lo cuentes a tu abuela.

—¡No, Gus, no le voy a decir nada! ¿Pero qué pasa con el perro?

—Conoce al chef, ningún problema.

Su calidez, su afecto, me envolvían; su sentido del humor hacía que me pasara la mitad del día partiéndome de risa, y no era fácil encontrar cosas de las que reírse en el Londres de aquellos años, ¡pero siempre quedaba la MÚSICA!

—Espérame aquí un minuto, voy a comprar unas cuerdas.

—Vale, Gus.

Yo no hablaba mucho, más bien escuchaba. El con su gorra de visera y yo con mi chubasquero… Igual de ahí me viene esa fascinación por salir a caminar. «Si tienes siete hijas viviendo en una casa de Seven Sisters Road, y con la mujer ya son ocho, sales por ahí a que te dé el aire». Nunca bebía, que yo recuerde. Pero tenía que hacer algo. Nunca fuimos a pubs, pero solía desaparecer por la trastienda de los comercios con bastante frecuencia. Yo me quedaba contemplando el género de las estanterías con los ojos brillantes. Y al cabo de un rato siempre salía diciendo lo mismo:

— ¡Nos vamos! ¿Tienes al perro?

—Sí, Gus.

— ¡Venga, señor Thompson!

Nunca tenías ni idea de dónde ibas a acabar, a veces en tienditas pequeñas de Angel o Islington, y él simplemente desaparecía en la trastienda: «Quédate aquí un minuto, hijo; sujeta al perro». Después salía al cabo de un rato: «¡Bueno, ya está!». Seguíamos camino y acabábamos en el West End, en los talleres de las grandes tiendas de instrumentos musicales como Ivor Mairants y HMV. Conocía a todos los artesanos, a todos los tipos que trabajaban allí reparando los instrumentos. Me sentaba en una estantería junto a las latas de cola, con las herramientas colgadas por todas partes con cordeles: había un montón de tipos con largos mandiles marrones pegando piezas, y luego al final había uno que probaba los instrumentos; siempre se oía música. De vez en cuando aparecía por la puerta un hombrecillo muy apurado, salido directamente del foso de la orquesta, que preguntaba: «¿Ya tienen mi violín?». Yo me quedaba sentado en la estantería con una taza de té y una galleta, junto a las latas de cola que borboteaban suavemente (blub, blub, blub); aquello era como un parque Yellowstone en miniatura y a mí me fascinaba. Nunca me aburría. Había guitarras y violines colgados del techo con alambres que iban circulando lentamente allá en lo alto gracias a una especie de cinta mecánica que daba toda la vuelta, y luego todos aquellos tipos concentrados en reparar los instrumentos. Ahora que lo veo con cierta distancia, era todo muy de alquimista, como El aprendiz de brujo de Disney. Yo, simplemente, me enamoré de los instrumentos.

Gus iba fomentando con mucha sutileza mi interés por la música, por tocar, en vez de ponerme un instrumento en las manos sin más ni más y decirme: «¡Mira, se hace así». La guitarra quedaba completamente fuera de mi alcance, era un objeto que contemplabas, en el que pensabas, pero al que nunca le echabas la zarpa. Nunca me olvidaré de la guitarra que había sobre la tapa del piano de pared; allí estaba siempre cuando iba de visita a casa de Gus desde los cinco años más o menos. Yo pensaba que ése era su sitio, que siempre estaba allí, y me limitaba a mirarla, y él no me decía nada; al cabo de unos años todavía seguía mirándola. «Cuando hayas crecido lo suficiente para llegar hasta donde está, te dejo que hagas la prueba», me prometió. No supe hasta después de su muerte que sólo la sacaba y la ponía allí arriba cuando sabía que yo iba a ir de visita. Vamos, que hasta cierto punto me estaba tomando el pelo. Creo que empezó a observarme porque me vio cantar; cuando oíamos una canción en la radio nos poníamos todos a cantar haciendo armonías, nos salía de forma natural: éramos muy cantarines.

No recuerdo bien el momento en que agarró la guitarra y me dijo: «Aquí tienes». Igual yo tenía ya nueve o diez años, así que empecé bastante tarde. Era una guitarra española clásica con cuerdas de tripa, una damita encantadora y dulce. Aunque yo no tenía la menor idea de qué hacer con ella. Recuerdo el olor. Me sigue pasando ahora: cuando abro la funda de una guitarra vieja de madera, me entran ganas de meterme dentro y cerrar la tapa. Gus no era un guitarrista demasiado bueno, pero sabía lo básico; me enseñó mis primeros arpegios y mis primeros acordes, los acordes mayores de Do, Sol y Mi. Me decía: «Si consigues tocar “Malagueña” puedes con cualquier cosa». Cuando por fin un día dijo «me parece que ya lo vas pillando», me puse como loco de contento.

Mis seis tías (sin un orden especial): Marje, Beatrice, Joanna, Elsie, Connie, Patti. Sorprendentemente, todavía viven cinco de ellas. Mi tía favorita era Joanna, que murió en los ochenta de esclerosis múltiple. Era mi colega. Y además era actriz. Cuando entraba en una habitación venía envuelta siempre en una especie de brisa glamurosa: pelo negro, brazaletes, olor a perfume. Además, todo era tan gris en aquellos tiempos, principios de los cincuenta, que cuando llegaba Joanna era como si hubieran aparecido por la puerta las Ronettes. Hacía obras de Chejov y cosas así en el teatro Highbury; y fue la única que nunca se casó, aunque siempre tenía novio. Como a todos los demás, a ella también le gustaba la música, solíamos hacer armonías juntos con cualquier canción que pusieran en la radio, siempre decíamos: «¡A ver, vamos a probar con ésta!». Me acuerdo de cantar con ella «When Will I Be Loved», la canción de los Everly Brothers.

La mudanza a Spielman Street, en Temple Hill, al otro lado de las vías del tren, al erial, fue una catástrofe que me llevó a pasarme por lo menos un año entero viviendo una vida peligrosa y terrible; debía de tener nueve o diez años. Por aquel entonces era muy bajito, no alcancé el tamaño que me correspondía hasta los quince o así. Si eres un tirillas, como era mi caso, siempre estás a la defensiva. Y además yo era un año más joven que los de mi clase por la fecha de mi cumpleaños, el 18 de diciembre. En ese sentido, tuve mala suerte porque, a esa edad, un año es una diferencia muy grande. Me encantaba jugar al fútbol, eso sí; y no era mal lateral izquierdo: corría mucho y hacía lo que podía para dar buenos pases. Pero, claro, era el más pequeñajo: bastaba con un encontronazo un poco fuerte y acababa boca abajo en el barro, con una simple entrada de un muchacho un año mayor que yo. Si eres así de pequeño, puede decirse que te conviertes tú mismo en una pelota de fútbol… siempre vas a ser el tirillas. Total, que siempre tenía que aguantar lo mismo: «¡Hombre!, ¿qué tal, minirichards?». Me llamaban «monito» porque tenía orejas de soplillo. Todos teníamos mote.

El camino al colegio desde Temple Hill era una especie de senda del sufrimiento. Hasta la edad de once años iba en bus y volvía andando. ¿Por qué no volvía en bus? ¡Joder, porque no me llegaba el dinero! Me gastaba el dinero del bus, hasta me gastaba el dinero para cortarme el pelo, así que me lo cortaba yo delante del espejo del baño: tris, tras, tras. En resumen, que tenía que volver cruzando todo el pueblo, desde la otra punta, eran unos cuarenta minutos a pie y sólo había dos caminos posibles: por Havelock Street o por Princes Street. Cara o cruz. Claro que sabía que en el momento en que cruzara las puertas de la escuela estaría esperándome fuera aquel tío, y siempre adivinaba por qué camino iba a ir. Intenté inventarme nuevas rutas, cruzar por los jardines de la gente; me pasaba todo el día preguntándome cómo regresar a casa sin que me dieran una paliza, lo cual suponía un esfuerzo considerable. Y eso, cinco días a la semana. A veces no llegaba a ocurrir, pero daba igual porque yo me había tirado todo el día sentado en clase dándole vueltas al tenía en cualquier caso: ¿cómo coño le doy esquinazo a este tío? El tío en cuestión era despiadado, no había nada que yo pudiera hacer y el resultado era que vivía angustiado, con el consiguiente efecto en mi capacidad de concentrarme.

Cuando volvía a casa con un ojo morado, Doris me preguntaba: «Pero ¿dónde te has hecho eso?». «Me he caído», solía ser mi respuesta, porque si no la vieja se te alocaba: «¡¿Quién te ha hecho eso?!». Era mejor decir que te habías caído de la bici.

Y, mientras tanto, mis notas van de mal en peor, y Bert me coge por banda: «¿Se puede saber qué está pasando?». No puedes explicarle que te has pasado el día entero en la escuela preocupado por cómo conseguir llegar hasta casa. Simplemente no puedes. Sólo un gallina haría algo así. Es un asunto que tienes que solucionar tú solo. La paliza en sí no era el verdadero problema, yo había acabado por aprender cómo reaccionar y no me hacían daño de verdad: aprendes a mantener la guardia alta, aprendes a asegurarte de que el que te está zurrando piense que está causando un estropicio mayor del que es en realidad: «¡Aaaaah, aaaaah!» y se piensan: «¡Dios!, va a ser que le he hecho daño de verdad».

Y luego me espabilé. Ojalá se me hubiera ocurrido antes: había un tío muy majo, no recuerdo cómo se llamaba, que era un poco zoquete, vamos, que no estaba precisamente hecho para la vida académica, por decirlo de alguna manera; pero era un tío grande y vivía en la misma urbanización que yo, y además andaba preocupado con los deberes. Así que le dije: «Mira, yo te hago los putos deberes si tú me acompañas a casa, no te tienes que desviar tanto». Así fue como, por el módico precio de hacerle los deberes de historia y geografía, de repente pasé a contar con los servicios de un guardaespaldas. Siempre me acordaré de la primera vez: había un par de muchachos esperándome como siempre, y pese a que lo vieron llegar les dimos una somanta de palos. No hizo falta más que repetir la operación dos o tres veces, un poquito de derramamiento de sangre, y cosechamos el triunfo más absoluto.

Pero hasta que empecé a ir a otro colegio, el Dartford Tech, las cosas no acabaron de ponerse en su sitio. Para cuando me llegó el momento de hacer la reválida para pasar a secundaria, Mick ya se había marchado al instituto, el Dartford Grammar School («¡ay, mira, los de los uniformes rojos!»), pero cuando me tocó a mí al año siguiente, resulta que fracasé estrepitosamente, aunque no tan miserablemente como para acabar en lo que entonces se llamaba «secundaria moderna». Ahora el sistema ha cambiado completamente pero, con el sistema antiguo, si acababas en la secundaria moderna te podías dar con un canto en los dientes si luego conseguías trabajo de operario en una fábrica. Lo único que te enseñaban eran cosas que tenían que ver con el trabajo manual, los profesores eran nefastos y su única función, en realidad, era mantener a raya a la chusma que tenían en clase. Yo fui a dar a una especie de zona fronteriza que se llamaba la escuela técnica, un término que, ahora que lo pienso, es de lo más difuso pero que en realidad significa que no conseguiste entrar en el instituto pero aun así parece que se te puede sacar un mínimo partido. De eso te das cuenta después, al final descubres que estás siendo evaluado y trasladado de acá para allá de acuerdo con un sistema completamente arbitrario que rara vez (si llega a ocurrir) tiene en cuenta tu personalidad en todas sus dimensiones ni se plantea cuestiones del tipo: «En clase no va demasiado bien, pero ¡oye!, se le da de maravilla el dibujo». Jamás tomaban en consideración que tal vez te aburrías y no prestabas atención porque lo que te estaban contando ya lo sabías.

El patio de recreo es el juez supremo, allí es donde se decide todo entre tú y tus compañeros. Lo llaman «de recreo» pero en realidad se parece más a un campo de batalla y puede llegar a ser brutal; la presión es insoportable: dos tíos moliendo a palos a un pobre canijo («es que son un poco brutos y por algún lado les tiene que salir»). Era todo bastante físico por aquel entonces, aunque por lo general la cosa se quedaba más bien en las provocaciones de viva voz, «mariquita» y cosas por el estilo.

Tardé mucho tiempo en averiguar cómo podía dar una hostia en vez de recibirla: llevaba ya tiempo hecho un experto en sufrir palizas cuando, gracias a un golpe de suerte, le metí unas cuantas leches a un matón; fue uno de esos momentos mágicos…, yo debía de tener doce o trece años: en cuestión de un segundo y con un movimiento vertiginoso dejé de ser el objetivo a noquear para convertirme en el grandullón de la escuela. Fue entre los macizos de flores, en el jardincillo de rocas y arbustos: el tío tuvo la mala suerte de resbalar y en cuanto cayó al suelo me tiré encima. Cuando me peleo es como si tuviera un velo rojo delante de los ojos, no veo nada pero sigo sabiendo en todo momento adonde quiero ir. Insisto: es como si un velo rojo me cubriera los ojos. No tuve piedad, tío, de eso nada, ¡le di unas buenas patadas! Al final nos tuvieron que separar los profesores y todo el rollo. ¡Qué dura es la caída de los poderosos! Todavía recuerdo mi propia sorpresa cuando el tío cayó al suelo, aún puedo ver las flores, las margaritas sobre las que fue a dar con sus huesos; como también recuerdo que no le di la menor oportunidad de levantarse.

Cuando quedó claro que el matón oficial no era invencible, el ambiente cambió en el patio, fue como si se me quitara un enorme peso de encima. Después de aquello, mi reputación creció y yo me liberé de toda la angustia y la tensión de otros tiempos. No me había percatado de que el peso fuera tan grande hasta que no me libré de él. Sólo entonces empezó a gustarme la escuela, más que nada porque pude devolver unos cuantos favores que me habían hecho otros tíos. A los matones les encantaba meterse con un pobre diablo que se llamaba Stephen Yarde, lo llamábamos «el Botas» porque tenía unos pies inmensos; se metían con él todo el rato y, sabiendo como sabía yo lo que es estar esperando a que te den una paliza en cualquier momento, salí en su defensa. De hecho, me convertí en su guardaespaldas: «Ni se te ocurra hincharle las pelotas a Stephen Yarde». En realidad yo no tenía ganas de crecer para poder darle una somanta de palos a cualquiera, me conformaba con llegar a ser lo bastante grande para evitar que eso ocurriera.

Cuando por fin me pude quitar la preocupación por las palizas de la cabeza, mis notas mejoraron mucho en el Dartford Tech, hasta me ganaba un cumplido de vez en cuando. Doris guardó algunas de mis cartillas de notas: «geografía, 59%: progresa adecuadamente; historia, 63%: resultado satisfactorio». Pero el profesor había puesto una marca que abarcaba todas las asignaturas de ciencias, y el panorama no podía ser más de solador: para todas y cada una de ellas había escrito el mismo comentario descorazonados «no avanza»; no avanzaba ni en matemáticas, ni en física ni en química; en cuanto al dibujo técnico, ahí seguía aún «muy lejos de alcanzar el mínimo indispensable». Las notas de ciencias eran un relato abreviado de la gran traición de que fui víctima y de cómo pasé de ser un alumno relativamente aplicado a convertirme en uno de los terroristas de la escuela, en un delincuente dominado por una intensa y duradera furia dirigida contra la autoridad.

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