Vientos sin rumbo
Libro segundo: La red
Libro segundo
LA RED
CAPÍTULO VIII
Fern siempre le tomaba el pelo a Alex diciéndole que se había casado con él porque le gustaba mucho su casa.
—Eso es natural —respondía él—. ¿Quién no se enamoraría de «Lamb House»?
Surgía entre sus robles y pomares como, si al igual que los árboles, la hubiesen plantado en aquel lugar; qué previsores habían sido aquellos isabelinos, con tanto sentido del hogar durante generaciones y generaciones…
A través de las ventanas con cristales cuadrados, se veía hacia el Sur el pueblo de Great Barrow. Little Barrow se encontraba cinco kilómetros al Oeste. En la empinada ladera, por encima del valle, florecían los perales y las colinas se diluían entre la neblina.
Fern se dio la vuelta del caballete. Los perros de aguas, tumbados y con sus hocicos contra la hierba, alzaron interrogantes las cabezas. La habían acompañado a través del Atlántico y la seguían a todas partes.
—No —les dijo—. Aún no he terminado.
Y alzó los ojos al cuadro viviente que se encontraba ras allá del caballete. En el rincón superior, a mano izquierda, aparecía un cuadro de verdor manchado con motitas blancas que apenas parecían moverse, aunque se trataban de ovejas de carne y hueso de la granja Ballister. Todo era pequeño y perfecto, como si se tratase de un meticuloso Libro de Horas. El valle era, simplemente, un agujero más en aquel oleaje de tierras.
—Es como si el dedo de Dios hubiese tocado, pero sin apretar, cuando hizo Inglaterra —decía la mujer en voz alta, y quedó complacida consigo misma por haber citado a Elizabeth Barrett Browning, Había estado estudiando los poetas ingleses, desde Chaucer a Eliot, puesto que, cuando uno va a vivir a un país, opinaba ella, se debe aprender a sus poetas.
—Ahora que te conozco lo suficiente —le había dicho sólo unas semanas antes la madre de Alex—, te confesaré que no me hacía muy feliz tener una hija política norteamericana. Muchas muchachas americanas no son, en modo alguno, verdaderas damas. No tengo otro remedio que decirlo. Pero tú sí lo eres, y muy encantadora además, Fern… Todos dicen lo mismo…
Se encontraban en el vestíbulo superior, el cual, al igual que el del piso de abajo, se hallaba adornado con los retratos familiares: hacendados con calzones y puños de lacitos del siglo XVIII, clérigos con severos trajes negros, un almirante con sombrero de tres picos, dos miembros del Gabinete —tories del siglo XIX— y, encima de una chimenea, el primer isabelino, con cara de buey y ojos soñolientos, a quien había sido concedida aquella finca por los servicios prestados a la Corona en algún lugar de las Indias Occidentales. Allí estaban todos los Lamb.
La madre de Alex procedía de una honrada familia, aunque poco distinguida, de maestros.
—Naturalmente —explicaba Alex con cierta mofa, pero sin faltar a la delicadeza—, significan mucho para ella las cosas a que se dedicaban sus antepasados.
No obstante, su difunta madre se había preocupado mucho, y a veces se había mostrado irreverente, con todo aquello.
Sobre una mesa, en el hueco de la escalera, había un grupo de fotografías con marcos plateados.
—Éste, como es natural, es Eduardo VII cuando era príncipe de Gales — informó Mrs. Lamb a su nuera.
Fern se había apresurado a inclinarse para leer la garrapateada inscripción.
—Mi marido solía participar en cacerías, en Escocia, con Su Alteza real.
—Y también de picos pardos con Su Alteza real, me apostaría lo que fuese —había observado Alex en privado.
—He colocado esta foto de Susannah en el vestíbulo mientras estabais de viaje de novios. Acostumbraba a encontrarse encima del piano del salón, pero he creído que resultaba demasiado visible, e inadecuado, ahora que Alex se ha casado contigo.
Fern había murmurado que aquello no la preocupaba, lo cual era cierto. No sentía celos, aunque su suegra, al parecer, esperaba que sí los tuviera. A fin de cuentas, aquella muchacha estaba muerta. Ahora permanecería allí para siempre, con su simplicidad patricia, con las manos sobre el regazo y su collar de perlas formando un bucle en su dedo meñique. El rasgo principal de su fino rostro radicaba en una tímida expresión de sus prominentes ojos. ¿Habría tenido algún presentimiento de que se moriría y dejaría tras de sí aquel niño de pocas semanas?
—A decir verdad, nunca estuve muy contenta de Susannah, aunque era inglesa hasta la médula.
¡Tal vez la intimidaba aquella madre política!
—Tú eres mucho más bonita, ya lo sabes…
¡Qué cosas más innecesarias y tontas de decir!
—Es una buena cosa que Neddie no tenga el menor recuerdo de su madre.
—Deberán decirle que yo no soy su madre…
—Sí, claro, llegado el momento. Pero te quiere mucho, Fern.
—Y yo le adoro…
Algunas veces, se produce un vínculo instantáneo entre dos seres humanos. No está relacionado ni con la edad ni con ningún otro factor. Aparece, simplemente.
—Lo tratas de una forma estupenda. Todo el mundo lo dice así…
Sabía que afirmaba que era «maravillosa con Neddie», sin establecer ninguna diferencia entre él y su «propia» hija. No lo comprendían. Neddie era algo «suyo».
—No está celoso de su hermana de todas formas… Por lo general, se presentan problemas cuando llega un nuevo bebé a la casa, o, por lo menos, eso he oído. Desgraciadamente, no he tenido más que un hijo. ¿Estás segura de que no vas demasiado aprisa, Fern?
Esto último había sido dicho con una mirada, un leve movimiento del ojo como si parpadease y se recuperase del parpadeo, hacia la parte media del cuerpo de Fern, donde la nueva hinchazón apenas era visible.
—A fin de cuentas, Emmy aún no tiene un año…
—El doctor ha dicho que me encuentro perfectamente. —A Fern la sorprendía su propia paciencia. Dos años atrás, hubiera tragado saliva exasperada; ahora está aprendiendo a ver por debajo de la superficie de las personas y de las cosas. Detrás de aquella cara pálida con sus chupados labios, detrás del acento (el cual, incluso aquí en Inglaterra resultaba una exagerada imitación del de la familia real), veía a una mujer solitaria que se había afanado tercamente durante toda su vida.
Así que respondió con todo cariño:
—Si es un chico, le llamaremos Alex, naturalmente. ¿Será el quinto o el sexto?
—Será el sexto Alexander Lamb. Avísame una o dos semanas antes de que pienses bautizarlo. Estoy segura de que seré capaz de hacer frente a todo esto. Y luego, me quedaré todo el tiempo que gustes.
¡Pobre alma! Aguardaba a que la invitasen a vivir con ellos en «Lamb House». «Pero eso —pensó Fern—, yo no lo haré. Está muy bien alojada en Torquay como muchas otras prósperas viudas. No, ciertamente, no lo haré.»
—Como sabes —se había quejado Mrs. Lamb—, era Neddie quien tenía que llevar el nombre. ¿Te imaginas lo desgraciado que fue que Susannah insistiera en darle el nombre de su padre? Ciertamente, su padre acababa de morir aquel año, pero incluso así el primogénito debe llamarse como su propio padre…
—De todos modos, se parece mucho a Alex —le aseguró Fern, aunque, probablemente, esto no era verdad. Neddie sería más pequeño y moreno que Alex. Pero esto era lo que la anciana deseaba oír.
«El embarazo, al igual que el amor —pensó Fern ahora—, puede calmar los nervios. El doctor decía que algunas mujeres se volvían eufóricas. Aquella irradiación interior, aquella vitalidad y cálida alegría con su propio cuerpo, el hogar y la gente que la rodeaba, aquello debía de ser la euforia.» Movió el pincel y arregló algunos prados verdes con unos tonos áureos en el lugar en que el sol los doraba.
Un pequeño grupo apareció en torno de la esquina de la casa. Neddie, corriendo delante de la niñera, empujaba el andador de Emmy. Fern abrió los brazos y el pequeño corrió hacia ellos. Fern acercó su cara a su sedoso pelo que olía a champú de pino. La complacía que aquel niño, que siempre había sido huraño con los extraños, se prestase tan de prisa a aceptarla y a amarla.
El niño se liberó de sus brazos.
—¿Tendremos otra vez música, mamaíta? —le preguntó.
—Mamaíta está muy atareada —le reprendió Nanny Hull.
—Esta tarde, querido. Pondremos un disco.
—¿El del hombre que canta?
Fern se echó a reír.
—Sí, el del cantante.
Neddie había entrado en la habitación cuando Alex tenía puesto un disco de Caruso en el fonógrafo. Sin hacer ruido, se sentó a escuchar, y luego aguardó mientras Alex daba cuerda al fonógrafo para repetir otra vez la grabación.
—¿Y también un pastelito amarillo?
Aquel día había asimismo un pastel con almendras garrapiñadas, por lo que ahora se había convertido en un ritual lo del cantante y el pastel.
—Tendrás pastel, si prometes que no dejarás de tomar la cena. No debes atiborrarte de dulces —intervino Nanny.
—Claro que no…
La pequeña Emmy estaba durmiendo. Era rubia y muy grande para su edad. Tendría huesos largos, como si perteneciese por entero a Alex y no del todo a su madre. Con curiosidad, Fern tocó la sonrosada manecita que yacía curvada como una concha sobre la manta. «Aún no la conozco —pensó—. Todo está cerrado, como un regalo en su caja con papel satinado. Te lo han entregado a la puerta, y sólo cabe conjeturar lo que, posiblemente, habrá en su interior. Pero todo está ahí, y muy poco podremos ya cambiar. Pero, al mismo tiempo, se le puede enseñar cualquier cosa, ¿no es así? Chino mandarín, si se desea, en vez de inglés… Todo es tan confuso… Me siento muy exaltada.»
—¿No ha tomado ya demasiado el sol, señora? Si no le parece mal que se lo diga, podría dejar ya por hoy su trabajo. Ha estado dedicado a él desde mediodía.
La mujer hablaba de una forma considerada, y probablemente sincera, excepción hecha del empleo de la palabra «trabajo». Posiblemente, no concebía que lo que hacía Fern fuese un «trabajo».
—Sí, gracias, Nanny. Tal vez deba hacerlo.
—Hoy hace un calor terrible…
¡Resultaba divertido que los ingleses llamasen a aquello «un calor terrible»! No puede hacer más de veintisiete grados… No obstante, obedeció, mientras Nanny ponía a la sombra una cómoda tumbona y esponjaba los cojines.
—¡Aquí está! Una siestecita no le vendría mal… Me llevaré a Neddie a ver su pony y dará una vuelta con Mr. Lamb.
Fern cerró los ojos, permitiendo que la somnolencia del embarazo se apoderase de ella. Se encontraba tan atendida, amada y cuidada… ¿Cuántas mujeres con dos niños podían permanecer ociosas y tan deliciosamente relajadas y tranquilas? Sólo se puede sentir culpabilidad al considerar tan inmerecidos privilegios.
El viejo Carfax, en el arriate de las plantas de hojas perennes, golpeó una piedra con su azada. Ponía mucho cuidado para no despertarla. Era un hombrecillo fuerte, de piel muy pálida a pesar de pasarse la mayor parte de la vida al aire libre. Llevaba treinta años cuidando aquel jardín, que era como una prolongación de su espalda y de sus brazos, nervudos y fuertes.
Fern abrió los ojos en el mismo instante en que el jardinero retiraba una mata de malas hierbas que hubiera podido estropear la perfección de la rosaleda.
Le observó moverse entre las plantas: agujas violetas de las campánulas, corimbos dorados, glóbulos polvorientos azul oscuro de las glicinias. La fragancia de los troncos y las especias almizcladas del flox quedaba suspendida en el suave aire. Más allá del macizo se encontraba un sólido muro de tejos, aún húmedos de la lluvia nocturna.
—Los tejos son tan antiguos como la casa —le había dicho Alex la primera vez que la trajera aquí—. Teníamos un agujero de los usados para esconder sacerdotes en el tercer piso, tras un falso muro. Ya te lo enseñaré. Parte de la familia era católica, ya lo sabes, pero aquello supongo que sería demasiado peligroso para ellos, y todos hemos sido anglicanos en los últimos doscientos años. También dicen que Cromwell durmió aquí, pero no sé con certeza si esto es verdad.
—Es algo parecido a todas esas casas de mi patria, donde se supone que pasó alguna noche Washington mientras te perseguía a ti o tú le perseguías a él.
Habían estado sentados en el banco de piedra, el mismo donde Carfax acababa de depositar un puñado de margaritas Michaelmas. Estuvieron allí sentados hablando durante una hora o más, y luego, casi de improviso, Alex la había preguntado si quería casarse con él, y ella le había respondido que sí con igual rapidez.
Se habían dirigido hacia aquel momento desde el instante en que les presentaron en invierno. ¡Tía Milly debía de haber perseguido tales propósitos con el mayor tacto, aquello era seguro! De ordinario, Fern se hubiera sentido ultrajada ante una cosa así planeada, pero, como se sentía fuertemente atraída por Alex, no puso ninguna clase de objeciones.
Él quedó encantado. Resultaba algo tan bueno y simple estar con él… Era alentador: ¿sería ésa la palabra exacta? Sí, alentador era una buena palabra, decidió Fern. Había unas arrugas tan adorables en su cara, incluso cuando se hallaba enfadado, que ella se lo dijo así. Fern no estaba acostumbrada a las personas que reían. Ciertamente, su padre había tenido pocos motivos para reír…
Poseía una gran curiosidad hacia prácticamente todas las cosas. Durante la cena, oía al tío Drew hablar de seguridades y reparaciones por parte de los alemanes. Podía también hacer preguntas muy pertinentes a un huésped acerca de las rosas resistentes al añublo. Con un jugador de criquet hablaba de tanteos y juegos. Uno sentía que entendía de todo. Sin embargo, mantenía cierta reserva y aquello a Fern le resultaba cómodo. Viajando a través de Europa, había tenido que resistirse del ataque de muchos hombres jóvenes en las terrazas oscuras de los hoteles. Para una muchacha cuya vida había discurrido tan desacostumbradamente recluida, aquella clase de cosas podían ser molestas al principio, pero al cabo de algún tiempo uno se cansa de tener que decidir entre aceptar besos pegajosos cuando no se siente nada hacia un hombre, o resistirse, corriendo el riesgo de ser calificada de «mojigata». Pero Alex se mostró satisfecho con ir despacio, sintiendo el deseo de ella de encontrar el camino, de moverse como la corriente de un río, que se hace profundo en los lugares en que todas las corrientes confluyen en una vehemencia final, que es de lo más maravilloso, puesto que se ha ido formando de modo gradual.
Esto era lo que ella había leído, y todo aquello en lo que creía.
Evidentemente, él se veía afectado por sus responsabilidades. Había heredado unos sustanciosos negocios en seguros marítimos; pero, a diferencia de muchos herederos jóvenes, no se puso en manos de directores, sino que llevaba las cosas él mismo. No obstante, la mayor responsabilidad estaba dirigida hacia su hijo.
Fern recordó el día en que llevó por primera vez a Neddie al hotel. Habían decidido visitar el Zoo. Ella abrió la puerta y allí estaban los dos, aquel hombre tan alto y Neddie, que sólo tenía dos años. Fern se arrodilló, lo tomó en sus brazos, y el muchachito había ido con ellos de buen grado mientras Fern murmuraba cosas como hacen los adultos.
—¡Qué niño más estupendo eres! ¿Y éste es tu osito? ¿Cómo estás, oso grandote?
Fern tenía catorce años, y ya se había casi desarrollado, cuando murió su madre. Aquella pérdida pareció marcarle mucho más que cualquier otra cosa que le hubiera sucedido en la vida hasta aquel momento, y tal vez por ello se sintió tan atraída hacia el hijo de Alex, cuando éste puso sus manos entre las suyas.
—Es extraño —observó Alex—. Por lo general, suele ser muy tímido con la gente que no conoce.
Los ojos de Alex tenían un aspecto muy dulce y, en aquel mismo instante, Fern supo que podía confiar en él.
A finales del invierno y principios de la primavera, vieron Londres juntos. Alex tenía amistades en una gran variedad de círculos: en los negocios, en la música, en la sociedad y en el arte. Comieron con un par de maestros en Soho y cenaron en el «Claridge» antes de acudir a la Ópera. Deambularon por parques y calles que Fern había visitado en compañía de Jane Austen, de Thackeray y de Galsworthy. Y, como les ocurre a la mayoría de los norteamericanos, se enamoró de aquella grande, antigua y dulce ciudad.
En un callejón cercano a la calle Curzon, Alex tema un piso amueblado, según se enteraría ella más tarde, de forma parecida a «Lamb House». El roble y el tejo eran del siglo XVII; la caoba, del siglo XVIII; los paisajes, del siglo XIX. Aquí se encontraba la evolución de la familia, avanzando a través de la Historia.
Alex tenía un gusto muy distinguido. Ella le comentó que debería dedicarse a algún negocio que tuviese algo que ver con las artes: antigüedades o una galería de cuadros. Él se quedó muy complacido.
—Pero los seguros marítimos son más lucrativos. Así, siempre puedo comprar arte. Algún día adquiriré un «Meig», puedes estar segura.
—Nunca has visto ninguna de mis obras. ¿Cómo te atreves a decir eso? — le replicó Fern.
—Sólo es un presentimiento que tengo acerca de ti.
Cenaron una vez en su piso, y él se portó como huésped cortés y eso fue todo. Pero ella recordaba las cosas que se dijeron.
Fern había suspirado:
—Tengo la mente algo confusa. Desearía saber si tengo alguna clase de potencialidad.
—Sólo hay un medio de averiguarlo. Haciéndolo. Es una pena que no te hayan alentado más.
—¿Más? Si no he tenido ningún aliento…
Excepto el de Martin Farrell. Él, que de buen grado declaraba no saber nada de arte, sin embargo la había alentado a que se esforzase. Y sentada allí en la mesa, enfrente de Alex, había sido consciente de la carta que tenía en su bolso, enviada por Martin y que había llegado aquella mañana.
Había sido escrita en un estado de alegre excitación. Ella, que tenía sus propias esperanzas, comprendió que a él se le había abierto una puerta, una amplia y generosa entrada hacia el futuro… Y estaba contenta, muy contenta por él.
Pero existía también un leve sentimiento de culpabilidad. Había pensado, durante todas aquellas semanas de aquel cálido y encantador verano pasado en Cyprus, sobre todo en la última noche, que algo estaba naciendo, que, pasado el tiempo, tal vez cuando ella regresara a casa… Pero, obviamente, se había equivocado. Otros tres años de estudio… Era muy probable que él no quisiese casarse hasta que aquello concluyese.
Las mujeres, entre las que se incluía a ella misma, tienden a volverse locas por los médicos, así como los pianistas y los actores románticos son perseguidos por las muchachas y adorados por las señoras ancianas.
Tonterías. Nada más que tonterías.
—Londres se aviene muy bien contigo —le hizo observar Alex de repente.
Y alzando la vista al brillo de aquella lujosa calle, Fern le había recordado:
—Yo soy también una mujer del campo…
—Lo que tú necesitas —prosiguió él— es tener un hogar en un lugar tranquilo del campo, donde puedas pintar, aunque lo suficientemente cerca de la ciudad para que recibas clases de primera categoría…
Y alargó la mano a través de la mesa y oprimió la suya.
No mucho después, se dirigieron en coche a su pueblo. Tenía una calle Mayor, empedrada con guijarros, una farmacia y un estanco, así como una iglesia antigua.
—Aquí fueron bautizados todos los Lamb, lo mismo que casados y enterrados. Ésta es la entrada con soportales. La empleaban para depositar el féretro antes de entrarlo en el cementerio, pero ahora lo arreglamos con flores blancas para las novias. También está ahí el picadero, en el que guardo tres caballos. Se encuentra sólo a un tiro de piedra de casa y es tan fácil guardar aquí los caballos como allí. ¿Montas? Oh, no hay nada comparable a cabalgar poco después de amanecer cuando todo, excepto los pájaros y los gallos, aún está dormido…
Doblaron el recodo del sendero y desembocaron en la casa, adormecida entre la tamizada y fuliginosa luz. Yacía allí fuerte, segura y, sobre todo, risueña y alegre. Era un lugar como Fern no había conocido nunca otro igual. Parecía como si no pudiera existir dicha más profunda que vivir allí con aquel hombre educado y adorable, entre aquella dorada paz.
Muy pronto, enviaron cablegramas a su padre y a Jessie en la patria. Las cartas se sucedieron en una y otra dirección a través del océano. Se hicieron las listas de bodas y demás arreglos necesarios. Tía Milly se alegró mucho. Lo mismo le sucedió a la madre de Alex. Se compró en «Asprey» un solitario de pedida.
Fern mandó instrucciones a su casa. Su padre debía traerle la fotografía de mamá que ella guardaba en su dormitorio. Debían empaquetar y enviar por barco sus libros y todas sus pinturas. También debían traer la plata que habían dejado, para ella, comprada en «Tiffany’s», los Pájaros Audubon. («Animales, naturalmente», había observado Jessie, con su habitual humor cáustico, pero que resultó de lo más exacto, puesto que Fern también les había pedido que trajesen consigo la colección de perros grabados al aguafuerte, así como los dos spaniels, que tendrían que permanecer durante seis meses en cuarentena.)
La boda se celebró en «Lamb House». Tal y como Alex había dicho, el atrio de la iglesia fue adornado con flores blancas. Volvieron de la iglesia en un carruaje, también cargado de flores. Neddie llevaba un traje de terciopelo color azul pálido, y le tomaron una foto con la novia y el novio, mientras las ancianas señoras le secaban las lágrimas.
Invitaron a todos los del pueblo. Sirvieron champaña para todos en el gran patio cuadrado y luego baile dentro de la casa, bajo las enormes arañas de luces. El comedor estaba iluminado con candelabros de plata, tan altos como un hombre. La vajilla de plata sobredorada, que habían sacado para aquella ocasión de la cámara acorazada, brillaba entre jarrones con las rosas más preciadas de Carfax, de color rosado y crema.
—Algo auténticamente medieval —observó Jessie—. No creía que aún existiese este tipo de cosas. —Luego, con voz más suave, añadió—: Ha sido muy hermoso, Fern, y quiero todas las fotos que te hagan para recordarlo siempre.
La luna de miel consistió en un viaje a la India. Para Fern Meig, que nunca había estado en ningún sitio y que tanto anhelaba llegar «más allá», sólo el pensamiento de aquello resultaba embriagador. Con los ojos y los oídos de su mente, vio y olió el encanto de todo aquello: laca roja, hebras de oro, franchipanes y pachulíes, jazmines, todo reluciente y brillante.
Desgraciadamente, Alex se pasó enfermo la mayor parte del tiempo. Ella lo sintió por él, no sólo debido a su desgraciado estado físico, sino porque comprendía que se encontraba humillado.
Luego, a fines del sexto mes, también ella se convirtió en una víctima, pero por una razón muy diferente: estaba embarazada. Debió de ocurrir casi inmediatamente, en la noche que pasaron en tierra en Gibraltar, visitando a algunos amigos del padre de Alex. Aquélla, y las escasas noches que habían dormido fuera del barco, habían sido las únicas normales en todo el viaje.
Así que había sido una luna de miel más bien rara… ¡Pobre Alex! Le había salvado su sentido del humor, pues al final fue capaz de hacer un chiste de todo ello…
Ahora, mientras Emmy no tenía aún edad para andar, se encontraba de nuevo embarazada, y como sentía algunas náuseas, muchas noches tenía que decepcionarle. Pero Alex era muy considerado y paciente. Cosa que no les ocurría a todos los hombres, según ella ya sabía.
También era paciente de otras maneras. La enseñó cómo manejar aquella vida doméstica tan fuera de lo común. La había instruido respecto de facturas y cuentas bancarias, algo bastante difícil para dominarlo en una moneda extranjera, especialmente complicado para ella que nunca había manejado dinero. ¡Había sido tan bueno con tantas cosas! Y muy bueno también con el trabajo de ella: De acuerdo con su promesa, había conseguido que recibiese las mejores lecciones de pintura en la ciudad, en particular unas excepcionales clases de óleos con Antonescu. Por primera vez, fue capaz de sentir que comenzaba a aprender.
—¿Qué estás haciendo?
Alex había aparecido por detrás de la casa y le puso una mano encima de los hombros.
—¿A qué te refieres, a la pintura o al estómago?
—A ambas cosas.
—El estómago me da bascas, a menos que me acuerde de llevar en los bolsillos un cracker de dulce.
—Aquí los llamamos biscuit…
—Bueno, algún día me acordaré de llamar biscuit a las pastas cracker, te lo prometo… ¿Cómo ha ido el paseo a caballo?
—Maravilloso. Después que des a luz, cabalgaremos todas las mañanas cuando esté en casa… Y, cuando me encuentre en Londres, puedes ir a hacerlo con Daisy o Nora. Saco a tu yegua para que haga un poco de ejercicio. Aunque me parece que peso demasiado para ella…
Pero, en realidad, Alex no tenía ni un gramo de más en su cuerpo; desde las botas al pelo rubio, y su piel al descubierto, brillaba como si le hubiesen dorado.
—También le hemos hecho dar un paseo a Neddie. Esta tarde tenías que haberle visto con su pony.
—¿Y no le da miedo? ¡Sólo tiene cuatro años, Alex!
—Ya es hora de que comience. Y le gusta. —Alex examinó el cuadro que había estado pintando—. ¡Sabes has conseguido reflejar muy bien la perspectiva de la colina! ¿Te has dado cuenta de que ya no realizas ninguna clase de imitaciones? Estás desarrollando un estilo propio…
—Tal vez. Antonescu afirma que aún presto demasiada atención a los detalles… Hay que extenderse más, sentirse más descuidada. Comprendo lo que quiere decir, pero no es tan fácil llevarlo a cabo.
Se oyó el timbre de una bicicleta en el paseo de coches. Al cabo de un momento, Mrs. MacHugh, que vivía en el pueblo, apareció entre los arbustos de una curva del sendero con el correo de la tarde.
—Yo lo recogeré —dijo Alex.
Aún no era tiempo de que recibiese una carta de su casa. Últimamente, Fern se había sentido atormentada por pensamientos referentes a su antiguo hogar. Tía Milly había escrito que su padre tenía un aspecto muy cansado la última vez que ella había visitado Cyprus. Existían antecedentes de problemas del corazón entre los hombres de la familia. Y si su padre moría, ¿quién cuidaría de Jessie? Fern tuvo una vívida representación de su hermana sentada con las cartas esparcidas para un complicado solitario; con su carita rodeada de arabescos de rizos y los pliegues abundantes de su echarpe, tan orgullosa y tan sola.
Se levantó de repente y se dirigió a la parte delantera de la casa, donde Mrs. MacHugh, tras entregar el correo a Alex, se había vuelto para regresar adonde había dejado la bicicleta en el paseo.
—¡Carta de Estados Unidos! ¡Y nada menos que dos! Al parecer, una es de tu padre y la otra de Jessie. Lo demás…, sólo propaganda y una invitación de los Mercer…
Fern se sentó en los escalones para leer las cartas. La nota escrita por Jessie sólo llenaba una carilla.
Estaré en Inglaterra al cabo de una semana de que recibas ésta. [¿En Inglaterra? ¿Pero cómo? ¿Por qué?] Lee la carta de papá. Él te lo explica todo. Le sale mucho mejor a él que a mí eso de escribir cartas…
Pareció como si le pincharan con agujas y notó un estremecimiento de aprensión, como cuando las nubes en marcha cubren el sol. Un leve escalofrío cual al pulsarse en el piano una nota discordante. Abrió la carta de su padre y la leyó con rapidez. Después, volvió a leerla de nuevo.
—¡Oh, no! —gritó.
—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo malo?
Fern se echó a reír. Su risa sonó dura y extraña.
—¿Qué ocurre? —repitió Alex.
Fern le entregó la carta y luego se inclinó hacia el umbral, sintiendo la brusca acometida de las náuseas.
—Es ésta la noticia, ¿verdad? —preguntó él.
—¡No acabo de creerlo! —gritó Fern.
—¿Por qué? ¿Es tan extraño?
—Por Dios bendito, ¿no lo ves también así?
—Supongo que, en la actualidad, cabía esperar que Jessie se casara y…
Fern se levantó. La oleada de malestar había desaparecido.
—Opino que es… ¡Creo que es algo desagradable!
—No lo comprendo. ¿Conoces, por casualidad, a ese hombre?
—Sí, es médico, como acabas de leer. Un médico rural. Se trata de un país de granjas, con colinas, una cosa muy parecida a Escocia. Sí, se parece mucho a Escocia —comentó Fern de un modo irrelevante.
—¿Pero le conoces? ¿Cómo es?
Fern tragó saliva, cual si un trozo de alguna áspera sustancia se le hubiese atragantado en la garganta.
—Resulta difícil describirle. —Sacudió la cabeza y frunció el ceño—. Es un hombre muy inteligente con una mente muy despejada. Un hombre tranquilo con mucha energía sin desarrollar. Pero constituye algo contradictorio y complejo…
—Todos somos contradictorios, unos más que otros. Sin embargo, si él y Jessie se aman, no veo por qué se deba llamar desagradable a una cosa así…
—Ella tal vez le ame… Eso no lo dudo lo más mínimo… Pero, en lo que se refiere a él, bueno, ¿te enamorarías tú de Jessie?
—Yo no, pero sólo respondo de mí mismo. Y esto no significa que cualquier otro hombre sí se pueda enamorar de ella. Y ya sabes que me agrada mucho. Opino que es muy inteligente y valerosa.
—¡Él no puede amarla! ¡Eso es imposible!
—No conoces sus sentimientos, Fern… Y, realmente, deberías alegrarte de ello. Sobre todo por Jessie…
—¿Lo has leído todo? Han alquilado un piso en Londres. Él trabajará aquí durante los próximos tres años…
—Así que, pese a todo, no es un médico rural, ¿no te parece? Llevarán una vida por completo diferente.
—Sí, otra clase de vida…
Alex se levantó y puso a Fern de pie.
—Vamos. Necesito ducharme y cambiarme. Y luego quiero tomar el té. Sí, debes estar contenta por ellos —repitió, al mismo tiempo que subía las escaleras.
Fern se tumbó en la cama. El agua salía por la ducha del cuarto de baño y empañaba el cristal en la puerta abierta, por lo que Fern se vio a sí misma con un contorno difuso. Tendida allí, en medio de aquel enorme lecho, tenía un aspecto desamparado y se sintió avergonzada. ¿Por qué sentía envidia de aquella milagrosa liberación por parte de Jessie?
Cada vez que pensaba en su hermana la veía cuando era pequeña, en un corro y otras veces llorando, con un chichón en la frente por culpa de Fern. Jessie era como un módulo, un símbolo de pérdida y de injusta desventaja.
Sus pensamientos se dirigieron a Martin. «Un hombre tranquilo con mucha energía sin desarrollar», le había dicho a Alex unos momentos antes. Pero debía de haber añadido más cosas: un hombre sensible, perceptivo, tenso, reservado, intelectual, amable, orgulloso, ambicioso… Y ninguna de esas palabras, ni siquiera la expresión «ambicioso» aclaraba cómo podía haberse casado con Jessie.
Quedó amargamente enojada.
—En cuanto se instalen —comentó Alex mientras se secaba—, les daremos una fiesta…
Sus ojos brillaron de cordialidad. Le gustaban mucho las fiestas.
—Contrataremos una pequeña orquesta y colgaremos luces entre los árboles. Bienvenidos a Inglaterra y todo eso… ¿Qué te parece?
—Túmbate conmigo —le pidió.
—Creía que no te encontrabas bien…
—Sólo quiero decir que me abraces. No hace falta que me hagas el amor, a menos que lo desees…
Alex hizo que su mujer apoyase su cabeza en sus hombros.
—No te sientes bien. Puedo aguardar. Confío en que haya entre nosotros dos algo más que sólo eso…
Sí. Fern pensó: «Me pregunto cuál será el misterio de todo esto… Uno se hace a la idea de que el propósito de todo el mundo radica en este asunto, en esta entrada del hombre en la mujer, cuando, en realidad, es una cosa tan rápida, que no compagina con el alboroto que se arma al respecto. Resulta mejor sentirse así abrazada y amada, despertar por la noche y no encontrarse sola. Verse mimada por los cuidados de Alex. Él hace mucho por mí. Me he ido desarrollando muchísimo con todas las cosas que me enseña…»
Las manos de Fern se dirigieron al redondeado montículo que tenía debajo de las costillas. El feto se movió por primera vez. Su nueva vida, agitándose, llamando a la puerta. ¡Qué equivocado resultaba por su parte sentir enfado o cualquier otra cosa que no fuera agradecimiento… y alegría! ¡Lo tenía todo! ¡Absolutamente todo!
—Echa una siestecita —le dijo Alex—. Aún nos queda una hora para el té.
Súbitamente, el cielo se había oscurecido y hacía frío. Una ráfaga de lluvia golpeó contra las ventanas. Él echó el cobertor por encima de ambos, mientras la cabeza de Fern aún seguía descansando en la curva del hombro de su marido. Así reanimada, los estremecimientos cesaron.
«Ah, qué locura —pensó—. Alex tiene razón, esto no es asunto nuestro… Mientras permanecieran aquí, juntos, con Ned y Emmy, y aquello que ahora se movía y daba vueltas dentro de ella, ¿por qué voy a preocuparme de lo que hagan otras personas?»
Al cabo de unos momentos, se deslizó en el más dulce de los sueños.