Vientos sin rumbo

Belva Plain · Capítulo 22 de 36

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Vientos sin rumbo

Capítulo XXI

 

 

¿Cómo pudo nunca estar convencido de que aquello había acabado? Había deseado creer que aquellos pocos días que pasaron en el sur de Francia, tantos años antes, había sido simplemente un interludio, uno de aquellos deleites, mezclados con picante dolor, que la vida ocasionalmente otorga. Ahora sabía que esos días no habían sido un fin, sino un principio, o, más exactamente, el fin de aquel principio que había sobrevenido la primera vez que entró en una habitación y la encontró allí, hacía tanto tiempo.

Se reunían en Londres o en «Lamb House», o en alguna posada cerca del hospital. Cuando no podían verse, se escribían cartas.

Amor mío: Toda la música y la gracia te pertenecen. Si pudiera escribir un poema comenzaría así. Estoy sentado ante la ventana de nuestro piso y te aguardo. Es efe noche. No puedo verte llegar por la calle, pero sé por el ruido que eres tú. La puerta principal se abre con suavidad, no con el portazo que dan otras personas cuando entran aquí, y tú subes las escaleras.

Nunca me siento irritado cuando estás conmigo, yo, un hombre siempre apresurado, que corre en vez de andar, al que impacienta incluso que la gente termine una frase.

Los pequeños sonidos que produces son un placer para mí. Cierro los ojos y, medio dormido, oigo cómo vuelves una página. Tus tacones producen un delicioso clic en el suelo entre las alfombrillas. Cuando corres las cortinas, oigo cómo crujen las hojas.

Abro los ojos y te observo verter el té. Estoy encantado por tus manos, por todo cuanto haces.

Todo este año pasado que hemos estado juntos, todas estas raras horas, son la realidad de mi vida. El hospital y la guerra sólo es un oscuro telón de fondo.

¿Qué será lo que no hayamos hecho juntos? Oímos música a menudo, nos sentamos en un refugio antiaéreo durante unas horas mágicas, estamos tumbados en un viejo lecho de una vetusta habitación en «Lamb House» e intentamos creer que no existe ningún tiempo antes o después de nuestra larga, profunda y amorosa noche.

Oh, Mary, este conocimiento ha tardado un gran tiempo en llegar. ¿Tienes tú la misma sensación de pérdida? ¿Al igual que dormir en alguna casa perfecta, en algún lugar azul y frío que sea nuestro hogar para siempre y luego despertar y descubrir que ya no estás aquí y que nunca lo estarás?

¿Pero por qué escribo esto, cuando estoy despierto y me encuentro aquí de nuevo?

Cuanto menos tiene uno de dinero o de tiempo, con mayor habilidad se aprende a usarlo. Una hora para cenar, una noche en el piso de Londres o en una posada cercana al hospital, raramente un día y una noche de permiso, todo ello equivalía a una semana de vida corriente. Todo quedaba realzado, aguzado y apresurado.

Andaban por los senderos del campo y descansaban debajo de los árboles. En Canterbury, rompiendo el silencio y la reverencia, permanecieron delante del altar donde muriera Tomás Becket; salieron luego a los campos de Kent, olieron la cosecha de lúpulo, pasaron ante la aristocrática e imponente mole de Knole y cenaron a la luz de las velas en una habitación en que también lo había hecho Dickens. Viajaron en trenes a ninguna parte en concreto, ida y vuelta. En tiempo tormentoso, buscaron refugio en museos o se detuvieron a ver a Lady Cavendish y a Adele Astaire, que bailaban con soldados. Erraron por las calles. Un día, Mary le llevó a la casa donde la madre de Alex había resultado muerta en el blitz de mil novecientos cuarenta. La tierra se encontraba mutilada, una abierta herida llena de cascotes, piedras y ladrillos caídos.

—Se encontraba en camino del refugio Anderson situado en el patio. Fue alcanzada a menos de dos metros de la entrada.

La mitad de la casa aún seguía en pie, en el extremo más alejado de aquel enorme agujero, y por encima crecían las maravillosas adelfas púrpuras, como un velo echado sobre un rostro desfigurado.

—Ocurrió el siete de setiembre —explicó Mary—. Recuerdo que hacía un día muy caluroso. Las hojas fueron arrancadas de los árboles. En todas las calles parecía que habían extendido un papel de seda verde. Y luego estallaron los incendios. En el Támesis, los barcos ardían. Incluso parecía que se incendiaba todo el río. Y las calles estaban llenas de gatos, ¿no resulta extraño?

—¿Gatos?

—Sí, estaban perdidos, buscaban sus hogares. Pero sus hogares ya no existían.

—Vamos —repuso Martin—. Volvamos.

De regreso en el piso, se sentaron ante una sencilla cena, a base de patatas hervidas con huevos, con unas copas de vino y a la luz de las velas, en una reluciente mesa que, en tiempos, había tenido cristal y flores. Unos luminosos y pálidos dedos tocaron la frente de Mary y sintió a través de ellos el blanco encaje prendido en su cuello.

—Este encaje proviene de un paño de cocina que perteneció a la madre de Alex. Yo lo rescaté —explicó Fern.

Aquella observación doméstica le conmovió. Las manos de Mary, que un día tuvieron pulidas uñas, parecían ásperas. Una uña estaba ennegrecida por un golpe. La naturalidad de todas aquellas cosas le hacían sentir como si estuviese casado con ella.

—Pareces cansada —dijo Martin—. Supongo que estás muy atareada atendiendo la casa y a tantos niños.

—Sólo quedan dos. Los demás han regresado con sus familias. De todos modos, podría decir lo mismo acerca de tus muchas obligaciones.

—No tengo elección. Además, estoy acostumbrado.

—Yo no. Han estropeado mi vida.

—Ésa no es una palabra que usaré jamás contigo.

—Pero es verdad, Martin… Toda la vida que teníamos antes de la guerra, todos los privilegios que hacían las cosas tan encantadoras para personas como yo, todo eso ha concluido, ya lo sabes. Durante estos años, Alex lo ha estado diciendo. Veía venir la guerra mucho antes de que nuestros amigos lo comprendieran, y estaba en lo cierto. Por ello, le creo también cuando dice que nunca volverá a ser lo mismo. Y tal vez sea justo que personas como nosotros no tengamos tanto y otros tengan un poco más.

Sí, pensó Martin, recordando la sala de espera del hospital, donde aquella otra Inglaterra traía sus achaques, viendo de nuevo aquellas marchitas caras de empleados, de un blanco enfermizo y con dientes estropeados.

—Lo único que deseo, lo único en que confío, es que seamos capaces de conservar «Lamb House» —concluyó Mary.

—Yo también lo espero. Sé lo que significa para ti.

—¡Oh, no para mí! Para Alex y los niños. Es su herencia.

—¿Para ti no?

—Cuando la guerra termine —dijo ella en voz baja—, abandonaré a Alex. Las niñas ya estarán criadas para entonces y no significará ninguna cosa del otro mundo.

Martin se sintió envarado.

—¿Dejar a Alex?

—No me es fácil decir eso. Hemos vivido mucho tiempo él y yo bajo el mismo techo. Mi amigo: así es como lo he considerado. Mi amigo. Pero ya es hora, o lo será pronto.

Deseó decirle, gritarle: ¿Entonces tú y yo…? Pero en su bolsillo tenía un paquete de cartas sin abrir, cual una mano que le avisase debajo de su carne. Aquella mañana, un momento antes de abandonar su habitación, habían llegado de la patria. ¡Hacía ya tanto tiempo! ¡Se encontraba tan lejos! Cierra los párpados con fuerza e intenta regresar a través de ese océano, intenta oír voces norteamericanas. Unos rostros poco iluminados y que se difuminan. Se disipan y desvanecen. ¡Tanto tiempo! ¡Tan lejos!

Desde la radio de la otra habitación les llegaba música de la «BBC»: El majestuoso andante del concierto de Schubert en Do mayor. Se deslizaba e hinchaba como un vasto, tranquilo y ondulante océano.

Sacudió la cabeza, y se liberó de aquellos complejos pensamientos. Ahora no. Ahora no hay tiempo suficiente para pensar. Aún no había abandonado a Alex y la guerra aún no había acabado. Por ello, esta noche no. Dejemos, simplemente, que la dulzura fluya esta noche. Bebamos el vino, una botella de luz de sol arrebatado a un viñedo del Rin antes de la guerra. Debería haber flores en la mesa, pero no hay ninguna. Entonces, imagínalas. Imagina lirios, y rosas de un rojo oscuro, con leves pinceladas de azul. Piensa que Mary va de nuevo vestida de terciopelo. Recuerda a los pájaros nocturnos, los limones, los suspiros y temblores del mar…

 

Se adormeció. Mary le acarició la frente. Había estado en la sala de operaciones durante dieciocho horas seguidas. Los dedos de la mujer le tranquilizaron, una vez y otra vez. Fue consciente a medias del moer afgano que le pusieron con delicadeza encima de los hombros. «Es una lástima desperdiciar nuestro escaso tiempo en dormir», pensó, y luchó por mantenerse despierto, pero perdió.

Se durmió. Su mente empezó a vagar, pero, al mismo tiempo, supo que estaba soñando.

Había llegado una carta de Tom; por lo menos, parecía ser de él. Había sufrido una terrible herida en la columna vertebral y escribía que había visto a Jessie en algún lugar del Pacífico. La espalda de Jessie estaba ahora perfectamente derecha. Era alta y muy rica, con un bolso de monedas de oro en la cintura. Estaba casada y el nombre de su marido era Alex. Aparecía Claire. Tenía un hijo, un niño llamado Enoch, pero Enoch era mayor que Claire. Iba ya al instituto. Ahora se encontraba en un petrolero que se dirigía a Múrmansk. El petrolero empezó a arder, mientras él, Martin, estaba allí de pie, viéndolo todo, e incapaz de moverse. ¡Salta! ¡Salta! No le salvarás, gritaba Hazel. Ya sabes que es el hijo de Claire. El rostro de ella estaba muy triste; él nunca había visto una tristeza tan terrible. ¡Pero tal vez no era la cara de Hazel! ¿Era de ella o de la madre de Martin? Resultaba una cara triste, de anciana, aunque la voz fuera la de Hazel. Ella aún tenía una voz muy rica. Fue la primera cosa que él notó. Iré a Alemania para velar por ti, Martin, decía, porque estoy muy sola aquí sin ti. Aquella voz resultaba tan arrastrada que parecía un lamento y oía en ella la soledad. Se despertó de repente. Una lámpara estaba encendida en la habitación, en la mesa cercana al teléfono. Mary estaba sentada allí, con la cabeza entre las manos. Vio que había estado llorando.

—No has oído el teléfono —dijo ella.

—No. ¿Qué es?

—Llaman desde casa. Ha sido mi amiga Nora. No quiere que vaya sola a casa y encuentre el telegrama.

«Ned —pensó el muchacho—. Oh, Dios mío, no, su hijo no.»

—Es Alex. Ha muerto. ¡Oh, Martin, Alex ha muerto!

Arrodillado en el suelo, Martin colocó sus brazos en torno de su cintura.

—Lo siento. Lo siento mucho. Era muy cariñoso, muy amable.

—¡Es todo tan podridamente cruel! ¡Muy duro! ¡Cruel!

—Lo sé. Sé cómo es, querida.

—Tú ves la muerte cada día, pero yo…

La retuvo durante un largo rato, con la cabeza de ella apoyada en su hombro. Al fin, Mary habló:

—¿Qué voy a decirle a Ned y a las chicas? No seré capaz de pensar en ninguna palabra.

—Ya pensarás en ellas.

—Emi es tan nostálgica… He pasado muchas horas al teléfono con ella. Estaba muy preocupada por su padre.

—Ya sabrás qué decirle. Dime una cosa, ¿no está destinado Ned muy cerca de donde yo estoy?

—A una hora de coche, me parece. Oh, tú crees que podrías…

—Cambiaré el turno con alguien. Y tengo a un tipo en transportes que me llevaría en coche. ¿Recuerdas que algunas veces me ha acompañado hasta «Lamb House»?

—Lo recuerdo. —La mujer comenzó a llorar de nuevo—. Martin, he estado pensando… ¿Qué pasaría si fueses tú? ¿Cómo podría soportarlo?

—La gente lo hace. Y tú podrías. Pero no me gustaría estar en ese caso.

—Sé que te sientes culpable de no haber ido a Ultramar.

—Yo…

Si ahora tuviera que irse y dejarla, qué duro sería. Todo ese remolino de conflictos, esa maldita cosa de vivir… Las culpabilidades y deseos de un hombre la presionan y le empujan.

Abrazó a Fern con más fuerza. En la mitad de la muerte, la vida reclama sus derechos. Algo parecido le acudió a la mente.

—Desabróchate el cuello del vestido —le dijo—. El encaje. No quiero romperlo.

La levantó. Era casi tan alta como él, pero mucho más ligera, firme y ligera, muy flexible y fina. ¡Amor mío! ¡Nunca, nunca más en todo el mundo habrá una cosa como ésta…! Nunca. Oh, Mary, el clamor de la vida…

 

La niebla invernal pendía de los árboles. El coche era descubierto y el frío golpeaba contra sus cabezas mientras Martin conducía. El muchacho iba sentado mirando fijamente ante sí. Sus primeras lágrimas ya se habían secado. Sólo su prominente nuez se movía, de vez en cuando, en su delgado cuello. Se apresuraron a través de pueblos, a través de calles Mayores desiertas, mientras la tarde se aproximaba al anochecer y la gente buscaba refugio en el interior de sus casas. Y Martin recordó el día en que habían enterrado a su propio padre, un día parecido a aquél, entre Navidad y Año Nuevo, pero con el suelo helado y sin viento.

No obstante, el padre de este muchacho no yacería en un ataúd entre flores, con las manos como las hubiera colocado el empleado de pompas fúnebres. El padre de aquel muchacho —y recordó la sonrisa del hombre, el resplandor que emanaba de él— estaría destrozado en algún lugar del desierto, con sus fragmentos esparcidos por la arena.

—¿Sabes que le concederán una medalla por heroísmo? —comentó Ned de forma inesperada.

—No, no lo sabía.

—La amiga de mamá tiene un pariente en el Ministerio de la Guerra y lo ha averiguado. Mi padre salvó cuatro vidas. Qué cosa más estúpida, ¿verdad?

—¿Estúpida? No comprendo qué quieres decir.

—Lo que quiero decir es que él no tenía que ir a la guerra. No lo hubieran aceptado de haber sabido…

—¿Sabido qué?

El muchacho volvió un claro y anhelante rostro hacia Martin.

—Tú ya sabes… No era, no era… —La nuez del joven siguió agitándose —. Por favor, no me hagas decir todo eso cuando tú ya lo sabes.

—Comprendo.

Martin quedó desconcertado. ¿Es que ya no había ninguna clase de inocencia en el mundo?

Y preguntó:

—¿Quién te lo dijo?

—Lo oí por el pueblo cuando aún iba a la escuela. Lo he sabido durante muchos años.

—Comprendo —repitió otra vez Martin.

—La gente es muy mala con estas cosas.

—Lo sé.

—Algún muchacho me contó que no era capaz de hacer nada. Ahora ya no podrían decirlo, ¿no te parece?

—Decir eso sería una cosa injusta, aunque fuera cierta.

Prosiguieron el viaje en silencio hasta que Martin comentó:

—Ya casi estamos. Me parece que llegaremos a las seis.

Más silencio.

Luego, Ned habló de nuevo:

—¿No hay nada que desees preguntarme?

—¿Qué tendría que preguntarte?

—Pensé que deberías saber si yo soy…, si soy igual que mi padre. No lo soy. Ya he tenido muchas chicas, y eso es lo que deseo.

—Lo que tú desees no es cosa mía, ¿no crees? —respondió Martin en voz baja.

—Tú eres muy decente. Mi padre siempre decía que lo eras. Afirmaba que eras la única persona que realmente lo comprendía.

—¿Hablabas de esto con él?

—Sí. En cuanto oí los primeros comentarios, fui y se lo pregunté. Y él me lo confirmó. Supongo que fue una de las cosas más duras que un hombre debe haber dicho a su hijo. Pero lo hizo.

—¿Puedo preguntarte qué sentiste?

—Sentí asco. Salí corriendo de la habitación y lloré. Durante muchos días no pude hablarle ni siquiera mirarle. Pero, al cabo de algún tiempo, en cuanto recapacité en todo ello, volví. Era mi padre, y un mejor padre para mí que la mayoría de los que tenían mis amigos.

«Un muchacho como aquél avergonzaría a mucha gente», pensó Martin.

—No obstante, lo sentí por mamá —prosiguió Ned—. Ella se quedó a causa de nosotros, de las chicas y de mí. Me he enterado. Las chicas no. No lo comprenderían, ¿no te parece?

Amo a tu madre, deseó decirle Martin, e imaginó cómo el muchacho replicaría: Lo sé, mi padre también me lo dijo.

En lugar de ello, repuso:

—Ella amaba mucho a sus hijos. Tú eres muy valioso para ella.

Las luces de «Lamb House» estaban encendidas y el camino de coches llenos de vehículos. Con un brazo puesto alrededor de los hombros de Ned, anduvieron juntos, Martin y el hijo de Mary, y entraron en la casa.

 

Una semana o más antes del seis de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro, Martin había viajado hacia el Sur por asuntos profesionales, y se encontraba en un lugar en el que, a través de las aguas de Southampton, se veía la isla de Wight. Desde la bahía de Weymouth, a través de Portland Bill, aparecían miles de navíos, destructores, lanchas de desembarco y rastreadores de minas. Lo había sabido dentro de sí, y por eso no se sorprendió al ser despertado, hacia el amanecer del seis de junio, por el estruendo de centenares de aviones, que volaban por encima de su cabeza. Había comenzado.

En los pabellones, unas caras expectantes, alzaban la vista desde las camas.

—Ya ha llegado —decían, y luego, en una especie de primitivo ritual de denegación, se quedaban silenciosos. Si se fracasaba…, uno ni siquiera se atrevía a pensar en ello.

Los primeros anuncios, bastante raros, llegaron a través de la radio alemana, que emitía sus programas como si nada hubiera sucedido.

—Los aliados han intentado un pequeño desembarco en las costas de Francia.

Avanzada la mañana, se produjo una breve declaración de la «BBC»: «Las fuerzas navales aliadas, al mando del general Eisenhower, apoyado por fuertes contingentes aéreos, han empezado a desembarcar a los ejércitos aliados en la costa de Francia.»

Al mediodía, las iglesias estaban llenas, desde la abadía de Westminster y St. Paul, en Londres, hasta la capilla del pueblo más pequeño. Bajo encajes góticos de piedra, enfrentados al pálido destello de las velas encendidas, hombres viejos y mujeres con hijos, y mujeres jóvenes con sus maridos, inclinaban las cabezas y rezaban.

Martin hubiera deseado participar de aquel día en Francia, aunque sabía que las primeras bajas pronto se encontrarían llamando a su puerta.

A través del verano y del otoño, el ritmo de los acontecimientos se aceleró. El tren aumentó su velocidad, llegó a la cumbre de la colina y empezó el descenso. París, liberado; De Gaulle, desfilaba por los Campos Elíseos. Los alemanes se retiraban. Los aliados los persiguieron y cruzaron el río Mosela tras ellos.

En el sombrío diciembre, los alemanes acopiaron fuerzas para su último y asombroso esfuerzo en las Ardenas. Al principio, la radio brindó noticias poco prometedoras para los aliados, desde Bastogne, desde Namur y desde Lieja. Pero, al final, el agotador esfuerzo fracasó y, a fines del invierno, los alemanes fueron empujados hacia atrás. Los aliados cruzaron el Rin por el puente de Remage. La guerra en Europa estaba a punto de finalizar.

Comenzaron a llegar nuevas órdenes. El comandante Zutano era trasladado a Michigan o a Nueva York para recibir a los heridos del teatro de operaciones del Pacífico. El capitán Mengano era destinado a California, para embarcar hacia el frente del Pacífico.

Un día, Mary habló de lo que durante muchas semanas habían evitado mencionar.

—Pronto te enviarán a casa —manifestó.

Era tanto una declaración como una pregunta. Martin no respondió.

 

Salió y se tumbó en la hierba. En la cima de la eminencia, se veían las sillas de ruedas en la terraza, donde los convalecientes habían sido sacados para que contemplaran aquella primavera, que muchos de ellos pensaron no volver a ver.

Al pie de la suave colina, una corriente de agua pasaba bajo un arqueado puente de piedra. Los dorados amentos colgaban de los sauces llorones, que en verano se erguían como jóvenes muchachas con largos y móviles cabellos pálidos. Un gavilán voló por encima de la cabeza de Martin, se detuvo en el cielo y se precipitó detrás de la hilera de árboles.

Cerró los ojos. El aire estaba lleno de sonidos, mezclado en el largo susurro de la tarde, con abejas, brisa y alondras. Existía el ritmo de la canción de la alondra: cinco aleteos largos y dos cortos. En todas las cosas había ritmo de música. De forma apasionada, deseó saber más acerca de la música.

Alguien tocaba un ritmo sincopado en el baqueteado piano del vestíbulo. Era el muchacho de Chicago, sin duda, aquel cuyo brazo había curado tan bien, excepto el dedo perdido. El muchacho estaba muy preocupado por el piano; significaba mucho para él, decía, aunque no fuese músico. Tocaba ahora muy bien, a pesar de haber perdido un dedo… Bun-dada bum-dada.

Desde el porche llegaba el golpeteo de las pelotas del ping-pong; también existía en ello una cadencia. Tenía hoy tan aguzados todos sus sentidos… «La mayor parte del tiempo —pensó—, estamos sólo vivos a medias, y nos perdemos las cosas. Pero quizá fuese mejor así, quizá fuese mejor no sentir tan agudamente.»

El perro que tenía al lado le lamió la mano. Se había olvidado de que el animal se encontraba allí, puesto que estaba ya muy acostumbrado a él. Una fría noche del invierno anterior, lo había encontrado sentado en el exterior de la taberna local, a donde Martin había ido a beberse una cerveza. No era más que un perro mestizo, del tipo tan corriente que se había convertido por sí mismo en una raza, con orejas apuntadas y una cola de setter que llevaba con mucho orgullo y alegría. Su plañidero hocico le había cautivado y se detuvo a hablar con él. Dos aldeanos, que habían salido, le previnieron:

—Le morderá —comentaron.

Uno de ellos cogió una piedra.

—¡Márchate! ¡Vete, maldito perro…!

El chucho se había movido unos cuantos pasos, pero se sentó otra vez. Estaba lo suficientemente desesperado en busca de comida para arriesgarse a recibir una pedrada.

—La gente los abandona —observó el comandante Pitman—. Es una gran desgracia.

El hombre que había cogido la piedra le rebatió:

—No tienen raciones de comida suficientes para ellos. ¿Qué quiere que hagan?

Empezaron a andar de regreso al hospital. Al final de la calle, Martin se percató de que el perro le seguía.

—Le daré algo de comer —dijo.

—Nunca se lo quitará de encima si lo hace —le avisó el comandante Pitman.

—Lo sé.

En la puerta de Martin, el perro se detuvo en los escalones aguardando a que le dijeran algo.

—Oh, no —le dijo Martin—. No tengo nada para ti.

Y aquella pobre criatura le lamió la mano.

—¿Y qué voy a hacer contigo? —le preguntó ahora—. Pronto terminará todo entre tú y yo.

El perro alzó hacia él unos melancólicos ojos pardos. Lo comprendo, decían, y se acercó aún más. Un saltamontes, con unas transparentes alas verdes, tan finas como el papel, se posó a pocos centímetros de su pata, pero el perro pareció no percatarse de ello.

No me abandonarás —le decía a Martin—. Creo en ti.

Martin posó su mano sobre los cálidos flancos donde se notaban las costillas.

—Sí, lo sabes, ¿no es cierto? Sabes que no puedo abandonarte.

La cola del perro golpeteó en el suelo.

—Mary se hará cargo de ti. Te dejaré con Mary.

Y Martin se levantó. ¿Dejarte detrás? ¿Realmente iba a irse? ¿Dos veces en el transcurso de su vida? Qué acoso… Como hombre justo e inteligente, que se suponía se hacía cargo de su propia vida, aquello le había obsesionado desde el primer día.

¿Qué hacer al respecto? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué historia es ésta, una historia de dolores tan turbulentos y pasados? «Los chasquidos del fuego mientras ardía Troya —pensó—; los maderos de la caída de Jerusalén y del saqueo de Roma, lágrimas de los padres cuando la peste negra despobló Europa, agonía y vergüenza de los campos de concentración, el ruido de las bombas sobre Londres que ardía. Tan poco tiempo para florecer al sol, y vivir, y hacer el amor…»

«Mary, Mary, no puedo dejarte de nuevo. No puedo.»

El perro se acercó aún más y le lamió otra vez la mano.

 

Hazel escribió:

Lorraine Mays me ha dicho que tu unidad va a ser repatriada durante el verano. Le ha sorprendido mucho que no nos lo comunicaras, pero comprendo, querido, que con lo prudente que eres no querías que me forjara esperanzas hasta poder estar absolutamente seguro.

 

Sólo faltaban tres semanas para su partida. Por la mañana, cada mañana, mientras aún tenía un día muy atareado por delante, se aseguraba a sí mismo que, en algún momento de aquel día, todo se resolvería de repente. Pero siempre llegaba la noche sin haber encontrado la solución. ¿Sería al día siguiente?

Ya sólo quedaban dos semanas para que fuera repatriado.

Un día, en Londres, pasó ante una juguetería y vio en el escaparate un caballo de madera parecido a uno con el que Enoch había jugado. Más tarde, dio un paseo que le llevó hasta Brompton Oratory, donde había llevado a la recién nacida Claire en el cochecito. Aquí, en aquellos lugares tan antiguos, en aquellas piedras del pasado barroco, a través de las caballerizas y plazas georgianas, la niña había dado sus primeros pasos. La veía siempre con su abrigo amarillo y la gorra.

Se sintió débil, consciente de los latidos de su corazón. «Me estoy volviendo un neurótico cardíaco», pensó, compadeciéndose de sí mismo. Pero temblaba cuando regresó al hospital.

—¿No se siente bien, coronel? —le preguntó un nuevo teniente médico.

—No, he estado arrastrando un mal resfriado durante toda la semana.

Se sentó ante su escritorio, delante de un montón de expedientes que habían dejado para que los firmase. Aquellas palabras no le decían nada.

¿Habría alguna forma de posponer aquello? Podrían, tal vez, arreglarse de nuevo las órdenes, tal vez otro hombre que tuviese más prisa en regresar al hogar —¿quién no la tenía?—, y que ocupase su lugar… ¡Necesitaba tiempo! ¡Tiempo para pensar! Pero, naturalmente, aquello era un desatino. Se trataba del Ejército. Cerró la puerta y descansó la cabeza encima del escritorio.

¿Escribir a Hazel? ¿Armarse de valor y pasar todo aquello al papel? Un gran número de hombres en aquella guerra habían hecho y estaban haciendo cosas así. Durante un doloroso momento, la vio sentada en la silla del despacho de forma arriñonada, donde ella solía leer el correo; vio sus ojos relucir en una sonrisa, un rostro apacible, todo ello mientras abría su carta. Se estremeció.

Así, pues, regresar a casa y decírselo. Contarle la verdad de la forma más gentil, más amable, más razonable que uno pudiera. ¿Pero qué haría con Enoch? ¿Qué sucedería con Claire? Carpe diem, como afirmaban; agarra el día, agarra la vida. Se te escapa mientras la observas. Y tengo ya cuarenta y cuatro años.

 

Se arrodilló en el suelo al lado de la silla donde Mary estaba sentada haciendo punto de media. Unas pequeñas venas azules cruzaban sus manos y formaban unos encajes delicados en sus muñecas. Él le quitó el ovillo y le besó las muñecas. Si le hubieran preguntado lo que sentía, hubiera respondido que no era adoración, que no era consuelo, que no era alegría, que no era deseo. Era todo aquello y muchas cosas más. Era algo que estaba más allá del alcance de los deseos.

—No puedo —dijo.

—¿No puedes irte?

—No. No puedo irme.

Al cabo de unos días llegó otra carta:

¡Imagínate, Enoch estará en el segundo grado el otoño próximo! Se parece mucho a ti, Martin; siempre está leyendo. La gente también dice que es igual que tú. Desea tener una foto tuya en su habitación, por lo que he hecho una copia de la que tenía en mi mesilla de noche. Es la última cosa que veo antes de apagar la luz, y la primera cosa por la mañana cuando abro los ojos.

A veces pienso que, si dejaras de amarme, no podría soportarlo. Pero sé que esto no sucederá y que tú no dejarás de amarme. No creo que haya dos personas que se comprendan tan bien una a otra, Lo siento de este modo; aunque te encuentres a cinco mil kilómetros de distancia, aún seguimos estando juntos. Y pronto, si Dios quiere, realmente lo estaremos. Me revolveré en la cama por la noche y tú estarás allí, y ya no será un sueño.

Martin dejó caer la carta. Una profunda tristeza se extendió por la habitación, como si Fuese una niebla. Continuó leyendo:

He ahorrado tanto dinero de tu paga, que quedarías sorprendido. Al vivir sola, una mujer no necesita gastar dinero. Difícilmente voy de compras a los almacenes, excepto para la ropa de Enoch. Y ayer compré un collar para el cumpleaños de Claire, unas perlas en una cadenita de oro. Es una muchacha encantadora. Resulta difícil creer que sólo tenga quince años. Ahora que estás a punto de volver a casa, no obstante, tendré que comprarme alguna ropa nueva. ¿Te gustará verme con un camisón negro de encaje?

Ella se había acostumbrado a sentarse en la cama aguardándole, cuando tenía que salir por una llamada. Siempre decía que no podía dormirse hasta que él volvía a casa. Si hubiese alguna vileza en ella, algún reprensible egoísmo que le asegurara la supervivencia y le diese a él una excusa… Pero no, siempre había deseado, y siempre lo desearía, complacer a todo el mundo, incluso a sus parientes más exasperantes. Dios sabía qué temores, qué encadenados resentimientos se encontrarían debajo de aquella ansiosa necesidad de complacer…

Y, de repente, Martin oyó la voz de su padre. Con mucha frecuencia, en las crisis de su vida, recordaba aquella voz, no necesariamente sus palabras, sino más bien su tono de gran convicción. Recordaba también los movimientos expresivos de las manos, tan característicamente mediterráneos para un hombre del Ulster. Y pensó en su hijito. ¿Por qué aquel niño le recordaría a su padre?

Salió a la calle. Necesitaba movimiento. Mary llegaría pronto, pero ella tenía llave. La noche era gris y unas oscuras nubes amenazaban lluvia. Sus pisadas resonaban tanto que le desconcertaron y le obligaron a andar con más cuidado. Cruzó la ciudad y llegó hasta el río.

En mitad del puente, de cara al Victoria Embankment, encendió un cigarrillo; luego lo tiró a la iridiscente y aceitosa agua y observó cómo se apagaba. El cielo, detrás de las casas del Parlamento, se ennegrecía a medida que la tormenta se aproximaba. El destello de un relámpago iluminó la larga fachada, los calados pináculos, miradores y torres de aquella casa donde los hombres se sentaban y dictaban reglas para evitar que los unos se destrozasen a los otros. Encendió otro cigarrillo, lo tiró también al agua y echó a andar para regresar a casa.

Pasaron algunos soldados, con su risa trocada en un rápido saludo en cuanto veían al oficial americano. Al oírles murmurar: «¡Ése también tiene lo suyo!», al pasar junto a él, se percató de que habían oído su gemido. ¿Parecería tan derrumbado como se sentía? ¿Tan desconsolado? Sí, su cabeza estaba inclinada, tenía las manos enlazadas a la espalda como si diese paseos por su propia casa, Se enderezó.

Mary estaba dormida en el sofá cuando él entró. Con desánimo, recordó que había dejado esparcidas las páginas de la carta de Hazel. Ellas las había recogido y colocado con pulcritud en la mesa, al lado de la lámpara.

Mary abrió los ojos.

—No las he leído —dijo.

—No creo que lo hayas hecho.

—Es tu casa, ¿no es verdad?

—Sí.

Y, arrodillándose, colocó su cabeza en el regazo de la mujer. Luego, avergonzado de sus ojos húmedos, ya no pudo alzar la cabeza. El precio que un hombre paga por su virilidad… Valor y fortaleza, la espalda erguida, los labios apretados…

—¿Regresarás a tu casa para quedarte?

—Sí —murmuró.

Fern se levantó y, dirigiéndose a la ventana, oprimió su mejilla contra el frío cristal.

Al fin, dijo:

—Supongo que es tu obligación, lo comprendo.

Él no pudo responder. ¿Qué palabras encontraría? Pensó que morir tal vez sería más sencillo, deslizarse en el olvido y descansar.

—Nos merecemos algo mejor…

—¿Quién sabe lo que se merece cada cuál?

—Siempre hemos vivido en un tiempo equivocado.

—Dios sabe que eso es verdad.

—La amargura es algo feo, Martin. Pero me siento muy amargada.

 

Estaban tumbados en la cama y hablaban.

—Una pareja vivía cerca de Alex y yo. Él tenía veintiocho años, y murió un sábado por la mañana después de jugar al tenis. Antes de la guerra, la gente de veintiocho años no se moría. La mujer sufría tan tremendo dolor, que volvías la cara para no mirarla. Y, sin embargo, no pude comprenderlo: Esta noche, sí…

Él la cogió entre sus brazos. La última vez, la última vez. Pensó que había dicho aquellas palabras en voz alta; quizá tan sólo las había oído en su mente.

Una oleada de sangre le envolvió cuando se perdió en ella: «no te apartes nunca —pensó—; nunca, nunca…», pero luego se apartó al fin, viendo las sombras, escuchando el sonido de la lluvia.

Debía de haber comenzado mientras hacían el amor. Unos camiones pasaban por la esquina, un retumbante convoy de vehículos del Ejército, cada uno de ellos guiado por un ser tan lleno de su propia esencialidad como Mary y como él. La habitacioncita tembló con aquel enorme ruido. El reloj dio las tres. Unas cuantas horas más y todo habría terminado.

Cuando ella salió del dormitorio a la mañana siguiente, Martin había recogido ya sus cosas.

—¿Sólo tus ropas, Martin? ¿No te llevas el busto de Churchill o los grabados de Rowlandson que te regalé, o alguna de esas cosas?

—Sólo tus Tres pájaros rojos. No quiero nada más.

Permanecieron un momento en el pequeño recibidor.

—¿Crees que volveremos a estar en el mismo lugar y en el mismo tiempo otra vez? —preguntó Mary.

—No, creo que no.

—Si llegamos a estarlo, me apartaré con rapidez y tú haz lo mismo. ¿Me lo prometes, Martin?

—Te lo prometo.

—Son las ocho y será mejor que te apresures —añadió Mary.

Pero ninguno de los dos se movió.

—Bajaré las escaleras, Martin. No quiero mirar hacia atrás. Espera dos o tres minutos hasta que me haya ido en el coche.

—No. Te miraré mientras subas al coche.

—Por favor, no podré conducir si me miras desde aquí Por favor. Ayúdame.

—Quiero que vayamos juntos —insistió él.

Un instante antes de que él apagara la luz y cerrase la puerta, ella comenzó a tener la apariencia de una extraña. Llevaba una falda que nunca la había visto. Empezaba a hacer mucho frío y Mary se había puesto un jersey encima de los hombros, una complicada labor de punto de la clase que la gente recibe como regalo. Sin embargo, debajo de la falda y debajo del jersey estaba la carne que él conocía tan bien, más querida que cualquiera que hubiera conocido nunca, o que conocería.

¿Estaba loco al hacer lo que estaba haciendo, o era la única forma de impedir volverse loco?

Bajaron las escaleras y salieron a donde se hallaba aparcado el coche de Mary. A él le pareció que debían decir algo. Deseó decir: Compréndelo, somos el tipo de gente que no puede atropellar a otras personas. Deseó decir: Ya ves, el problema de ti y de mí es que ninguno de nosotros tiene suficiente valor para protegernos a nosotros mismos. ¿No será ésta la primera ley de la Naturaleza? Sí, pero la Naturaleza no es civilizada, y nosotros lo somos, tú y yo. Deseó decir todas aquellas cosas, pero no dijo ninguna de ellas.

Debió de hacer todo esto, o de nuevo, no hacerlo, pero en aquel preciso instante salió un hombre de la casa y se dirigió a su coche, que se encontraba bloqueado por el de Mary.

—Oh —dijo el hombre—, ¿va a salir? ¡Parece que hará un buen día! ¿Se va a ir pronto, coronel, ahora que se han rendido los alemanes?

—Supongo que sí…

—Ha sido una guerra muy larga. Nos resultará muy extraño cuando todos los americanos se hayan ido.

—Creo que sí.

¿No se iría nunca aquel loco? ¿No veía que sobraba? Pero no, naturalmente, aguardaba a que Mary moviese el coche.

—Bueno, me gustaría poder salir —añadió el hombre muy educadamente.

—Claro, claro.

El hombre entró en su coche y puso en marcha el motor. Mary entró en el suyo. Colocó las manos en el volante y luego alzó la vista hacia Martin.

—¿Estás bien? —preguntó él—. ¿Puedes conducir?

Mary asintió. Él hubiera deseado decir… Dios sabía lo que deseaba decir…

Oh, querida mía, amada mía, perdóname, cuídate mucho.

Pero no dijo nada.

Martin fue empujado por los acontecimientos. Sólo necesitó permanecer. Luego, Martin se dio la vuelta y, rápidamente, a ciegas, echó a andar en el aturdidor resplandor de aquel día que comenzaba…