Vientos sin rumbo

Belva Plain · Capítulo 2 de 36

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Vientos sin rumbo

Libro primero: La ascensión

Libro primero

 

 

LA ASCENSIÓN

CAPÍTULO PRIMERO

 

Al final de la larga subida, el padre condujo el caballo hasta la sombra y soltó las riendas. Se quitó la chaqueta de lana y la colocó en el asiento al lado de Martin.

—¡Maldita sea esta condenada dignidad! —dijo—. El próximo paciente tendrá que verme en mangas de camisa le guste o no…

El sol lucía más de lo acostumbrado en aquella estación, había observado mamá aquella mañana. Los arbustos de guillomo ya estaban floridos y las golondrinas que anidaban en el granero casi habían llegado desde el Sur para

el 30 de mayo[1].

—Nos quedaremos un momento aquí —dijo el padre— y dejaremos descansar a la yegua.

El sudoroso animal pateó y meneó la cola. Durante la última media hora, había estado emitiendo un extraño sonido, más parecido a una queja que a un relincho.

—Algo la molesta, Martin.

—¿Te refieres a los tábanos?

—¿Has visto alguno?

Papá bajó para examinar a la yegua.

Colocó a un lado el arnés y lanzó unos tacos.

—¡Maldita sea! ¡Mira esto!

La carne, a lo largo del lomo de la yegua, aparecía ensangrentada en una línea de tres dedos de longitud del principio hasta el final.

—Ha sido abierto de un latigazo —comentó Martin.

—Sin duda, y empieza a supurar.

Martin asintió, mientras notaba una punzada dolorosa a la vista de la herida y le enorgullecía ser el único muchacho de cuarto grado que conocía el significado de palabras tales como «supurar», o quien, a este respecto, tenía un padre así.

—¡Pobre caballo de alquiler! —exclamó el doctor en voz alta—. A merced de cualquier patán borracho que tenga el dinero suficiente para alquilarlo. ¿Me haces el favor de pasarme el bálsamo que llevo en el maletín?

La yegua se estremeció, retorciendo los músculos del lomo.

—Ahora dame una gasa lo más grande posible.

Cuando hubo acabado, el padre cogió el balde del agua. La yegua bebió agradecida. Martin la dio una manzana. Luego, los dos se quedaron mirando, complacidos consigo mismos, mientras la yegua mascaba y ensalivaba abundantemente.

—Es un lindo animal —explicó papá—. Me gustaría tener dinero para comprarla y proporcionarle un hogar decente…

—Pero ya tenemos a Star, y podrá salir en cuanto su potrillo cumpla el mes, ¿no es así?

—Tienes razón. Me atrevería a decir que el hombre pediría unos treinta dólares por ella. —El padre suspiró—. Será mejor que sigamos. Tenemos que atender la llamada de Bechtold para estar en casa a la hora del desfile.

Emprendieron de nuevo la marcha.

—¡Mira allí, Martin, al lado de aquella lejana montaña! Se puede calcular su altura por la clase de árboles que se ven. Abajo de todo están los robles, pero el roble no crece más allá de los cuatrocientos o quinientos metros de altura. Después, aparece el pino del bálsamo. Hacia la cumbre se encuentra la picea, con ese color verdeazulado.

Se inclinó hacia Martin y señaló con su fuerte dedo.

—Ésas son las montañas más antiguas de Estados Unidos, ¿lo sabías? ¿Te has fijado que las cimas son redondeadas? Es porque se encuentran desgastadas. Y te diré algo más.

Señaló hacia la izquierda.

—Hacia allí, aquella tierra llana estuvo en un tiempo sepultada bajo el agua. ¿Te lo imaginas?

—¿Quieres decir que, hace años, el océano llegaba hasta aquí?

—Claro que sí, eso es lo que quiero decir…

—Y cuando se presentó el océano, ¿qué les pasó a las personas? ¿Se ahogaron?

—No, no. Eso sucedió millones de años ames de que hubiese personas por aquí.

Al pie de la colina, describiendo una amplia curva en forma de S, aparecía el río.

—Papá, ¿es ése el río que se desbordó y ahogó a Enoch Júnior, a Susan y a May?

Martin sabía que era así, puesto que siempre lo preguntaba.

Su padre contestó con la mayor paciencia.

—Así es…

—Entonces nací yo, y me tuviste a mí como tu muchacho en vez de a Enoch Júnior. ¿Me parezco a él?

Y también conocía la respuesta.

—No, era más pequeño y pelirrojo, como yo. Tú vas a ser muy alto, por lo menos eso creo, y, por supuesto, tienes el pelo oscuro como la familia de tu madre.

—¿Te gusto yo más de lo que te gustaba él?

—Lo mismo. Los hijos de un hombre son iguales para él, como sus propios diez dedos.

Entraron en el patio de Bechtold.

—Espera aquí fuera, Martin —dijo papá.

—¿No puedo entrar a mirar?

—Debo cambiar unos vendajes. Te sentaría muy mal ver la herida.

—Eso no importa, papá. Honestamente, eso no importa…

Lo que su padre no sabía era que Martin ya había visto mucha sangre, puesto que avizoraba a veces por las persianas de la ventana del primer piso, cuando se suponía que jugaba solo afuera.

Había observado cómo su padre reducía una fractura. (La punta gris del hueso perforando la carne, mientras el cono de éter silenciaba los gritos.) Contempló el abierto estómago de un hombre corneado por un toro. También había visto a su padre luchar a brazo partido con otro hombre que golpeara a su esposa, aunque esto le impresionó más que todo lo demás, y supo que sería más prudente no mencionar que lo había visto.

—Está bien, ven conmigo.

Una guadaña apoyada por descuido en un rincón oscuro del granero había abierto la pierna de Jake Bechtold hasta el hueso. Papá le alzó el camisón. Retiró el vendaje con cuidado y apareció una herida cubierta de sangre seca, ennegrecida y pespunteada por los puntos de sutura.

La estudió durante un momento.

—Esto va bien. Mucho mejor de lo que esperaba, si he de decir la verdad. Afortunadamente, no se ha presentado infección.

—Le estamos muy agradecidos, doctor —dijo Mrs. Bechtold mientras se estrujaba las manos—. Siempre ha velado por nosotros.

—No siempre, Mrs. Bechtold —respondió papá con gran seriedad.

—¡Oh, aquello! Estaba en las manos de Dios. Usted no pudo hacer más de lo que hizo, doctor…

Cuando regresaron a la calesa, papá se sentó y permaneció silencioso durante un rato.

Luego empezó a hablar.

—¡Oh, qué duro resulta todo esto! A veces suceden cosas horribles, y no te las puedes quitar de la cabeza durante toda tu vida…

—¿De qué cosas horribles hablas, papá?

Su padre hizo una pausa, como si le resultara dificultoso hablar.

En seguida prosiguió:

—Fue durante mi segundo año aquí, casi el tercero. No puedo venir a ver a los Bechtold sin revivir de nuevo todo lo que me pasó entonces.

—¿Y qué es lo que hiciste?

—No, más bien fue lo que no hice. No fui capaz. Jalee tenía la gripe. Mientras estaba en el dormitorio examinándole, aquella niñita, que sólo tenía tres años, se volcó sobre ella una tina llena de agua hirviente, que estaba encima de la estufa, cuando su madre la daba la espalda. La tendimos en la mesa de la cocina. Aún oigo cómo gritaba. Sólo una vez en mi vida he pedido langosta. Fue la primera vez que llegué a este país y permanecí tres días en la ciudad de Nueva York. Una langosta se vuelve de un rojo brillante cuando se la hierve, como tú muy bien sabes, y recuerdo que fui incapaz de comérmela. Aquella chiquilla tenía un aspecto parecido. Pensé: «No sé qué hacer. Se supone que lo sé, pero no es así.» Llegó un montón de gente, que se lamentaban y lloraban. Vertieron agua fría a la niñita. No supe decirles que no, aunque, realmente, daba igual que lo hicieran. La chiquilla iba a morir. Finalmente, logré encontrar algo que hacer. Empuñé unas tijeras y comencé a cortarle las ropas.

»Su cuerpo era una enorme ampolla. No podía ni siquiera mirarla a la cara. Cuando al fin le quité las medias, salió con ellas también la piel, unas largas tiras, como si se tratase de papel de seda. Recurrí a algunos ungüentos de mi maletín. Se habían derretido debido al fuerte calor del sol, así que los esparcí por todo el cuerpo de la pequeña. Todos me miraban, estaban simplemente allí observando, como si hubiera algo mágico en la jarrita con aquella mezcla de bálsamos.

»La nena siguió tendida toda aquella tarde encima de la mesa de la cocina, quejándose. Alguien preguntó: “¿Por qué no la llevamos a la cama?” “No — respondí—. Es mejor no levantarla.” Le pusimos una almohada debajo de la cabeza. Su pulso era tan débil que no creo que sintiera nada. Por lo menos, esperaba que así fuese. Aguardamos. Nadie hablaba. Oía a las vacas mugir, aguardando a que las ordeñasen. Nunca olvidaré los sonidos que hacían, además de los quejidos de la niñita. Acudieron todas las mujeres de la vecindad. La pequeña murió poco antes del anochecer. Le tapé el rostro. Aún no se lo había mirado.

Martin se estremeció. Los relatos de papá siempre le hacían sentir que veía cuanto había ocurrido. Había estado con él en aquella cocina junto a la muchachita moribunda; también le pareció permanecer en cubierta con él cuando zarpó del Ulster camino de Estados Unidos, pasando ante el rompeolas y los últimos promontorios hacia el mar abierto.

—No debería contarte estas cosas, ¿verdad? —le preguntó el padre—. Mamá se enfadaría. Siempre dice que eres demasiado joven para conocer lo dura que puede llegar a ser la vida…

—No soy tan joven. Ya tengo nueve años…

—En ciertos aspectos, eres mucho mayor que esos nueve años.

El brazo de su padre, que había estado descansando en el respaldo del asiento, se deslizó por los hombros de Martin. La mano de su padre le confería calor y firmeza, como si fuese un lazo de unión entre ambos.

—Papá —siguió el niño—, quiero ser médico.

El padre le miró con cariño.

—¿Dices eso porque crees que me gusta oírlo? ¿Es así?

—No. Realmente digo lo que siento.

—Puedes mudar de opinión.

—No quiero cambiar de opinión.

El doctor tenía una mueca a flor de labios, no una auténtica sonrisa, sólo el inicio, de la forma como lo hacía cuando estaba complacido de algo, o cuando él y su esposa compartían algún secreto.

—Bien, eres bastante listo —se limitó a decir.

—Alice es más lista aún.

—Tal vez sí. Pero no se convertirá en una doctora, eso es seguro. Había un par de mujeres en mi clase de la Facultad de Medicina, e incluso eran muy bonitas. Pero si quieres saber mi opinión, te diré que no creo que sea algo decente. Hay trabajos de hombre y labores de mujer. Y el doctorarse, según mi modo de pensar, es trabajo de hombres.

—Siempre has dicho que es un trabajo de Dios —respondió Martin con timidez.

—Muy bien, claro que sí. Tomemos, por ejemplo, la pierna de Bechtold. Resulta cierto que hemos aprendido muchas cosas sobre la esterilización: hace veinte años, enhebrabas una aguja y la llevabas prendida en las solapas de la chaqueta. Pero de esta forma causarías infecciones. A pesar de todos nuestros conocimientos, debemos acordarnos de ser humildes. Nunca hay que estar orgulloso de la propia habilidad. En otra ocasión, tal vez no seas tan afortunado…

La calesa traqueteó encima del puente. Martin se inclinó hacia un lado, en, el que se veía el agua muy alta a causa de las inundaciones primaverales. Cerca de la base del puente, el agua remolineaba, como una joya verde, maravillosa y mortífera. ¡El poder del agua! Poder para ahogar, o helar o escaldar. Pero también podía ser muy suave, rodeándote en las tardes veraniegas con frío de seda, mientras flotabas en ella y te mecía con gran gentileza.

De repente, el padre dijo:

—Voy a comprar esta yegua. Me la venderá si le ofrezco lo suficiente.

—Habías dicho que no la necesitábamos, y que no nos lo podíamos permitir.

—No debemos ni podemos hacerlo. Pero tampoco puedo dejar que regrese a su establo.

Martin sonrió. De una manera que difícilmente hubiera podido expresar con palabras, comprendía la ternura de su padre hacia aquel animal y que se relacionaba con aquellas cosas ásperas y crueles de las que habían estado hablando.

Dieron un rodeo por Cyprus. Los hombres colocaban una bandera azul y blanca en torno del quiosco de la música, y todas las tiendas estaban cerradas, excepto para la fuente de soda. Martin anticipó aquellos deliciosos aromas: gaulteria, chocolate y la cerveza de raíces «Zip». ¡Oh, aquellos olores y aquella música, la sensación de fiesta!

Ahora trotaban por la avenida Washington, desde la cual las vías laterales conducían a campo abierto. Eran calles umbrías, en las que ciervos de hierro se alzaban en los patios y porches, sosteniendo urnas de piedra repletas de geranios rojos. Uno se preguntaba qué habría en el interior de aquellas enormes casas, en las que unas criadas con delantales a rayas barrían los escalones y los jardineros cortaban los setos.

Una mujer de vestido blanco y liviano y floreado sombrero salía en aquel momento de una casa. Dos niñas, tan pulcras y acicaladas como ella, andaban a su lado. Eran más pequeñas que Martin. Vio que una parecía enferma. Tenía algo raro en los hombros.

El doctor detuvo la calesa y se llevó una mano al sombrero.

—¿Cómo está usted, Mrs. Meig? —saludó.

—Muy bien, doctor, muchas gracias… ¿Y usted?

—También bien, gracias…

—¿Ése es su hijo, doctor?

—Sí, es mi hijo Martin.

—Con el tiempo, será un joven muy agraciado.

—Ya lo es ahora…

La dama se echó a reír. Incluso su risa era graciosa. Se había acercado tanto al carruaje que se olía su perfume. En sus muñecas destellaban unos estrechos brazaletes de plata. Martin se la quedó mirando, y luego a la hija, que era casi igual que ella, excepto en las pulseras: la niña llevaba un medallón de oro que descansaba en el hueco de la garganta. Miró luego a la otra niña y, rápidamente, apartó la mirada; se supone que no se debe contemplar a un lisiado.

El padre se llevó otra vez la mano al sombrero y arreó a la yegua. La detención apenas les había llevado medio minuto.

—¿Quién era? —preguntó Martin.

—Mrs. Meig. Ésa es su casa.

Se volvió para mirar hacia atrás. La casa era sólida y sombría, construida de piedra. La rodeaba una sesgada valla de hierro y se veían algunas flores sembradas en estrella por el césped.

—¿Has visto esas flores silvestres, papá?

—Son narcisos de los prados y no son silvestres; sólo dan esa impresión. Es lo que llaman «dar naturalidad» a las cosas —le explicó su padre.

Lo sabía todo…

De repente, se percató de qué era lo que le excitaba. La casa se parecía a los castillos de los libros de caballerías… Era más pequeña, como es natural, pero parecía igual de misteriosa. Te hacía desear saber qué ocurría en su interior.

—¿Has estado alguna vez dentro, papá?

—Sí, una vez. La camarera estaba enferma y no pudieron localizar al doctor Pierce. De este modo me conoció Mrs. Meig. —Papá sonrió—. Era una noche fría y lluviosa, según puedo recordar, y sospecho que el doctor Pierce no quiso salir en una noche así sólo por una criada…

—¿Para qué sirve una criada, papá?

—Pues, cuando se tiene una casa así de grande, se necesita gente para que la cuide. Los Meig son los dueños de la fábrica «Websterware», allá en el canal, donde fabrican ollas y sartenes, como tú ya sabes. Supongo que la mitad de los hombres de Cyprus trabajan allí.

Pero Martin pensaba en algo más.

—¿Qué le pasa a la otra niña?

—No puede hacerse nada por ella. Tiene desviada la columna vertebral.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Su columna vertebral no estaba recta cuando nació. Puedes estar agradecido de que no te sucediera a ti una cosa así.

Cierto. Sería terrible. Los muchachos se reirían de él en la escuela. Se estremeció.

La madre y Alice les aguardaban ya en el porche cuando entraron en el patio. Vestían trajes veraniegos y zapatos blancos. Alice llevaba una ancha cinta azul y un lazo.

—¿Verdad que parecen muy bonitas ahí de pie? —preguntó el doctor.

—La dama era más bonita que mamá. Y la niña aquella era también muchísimo más guapa que Alice.

El padre le regañó.

—Nunca más digas eso, Martin, ¿me oyes?

—Sólo he querido decir que mamá y Alice no llevan unos grandes sombreros blancos como aquéllos. —Aunque, en realidad, no era eso lo que quiso decir—. Desearía que los llevasen. ¿A ti qué te parece?

—No es una cosa importante —replicó su padre.

Su madre estaba de un humor que corría parejas con el día de fiesta.

Despeinó a Martin y le rozó la mejilla con la áspera piel de sus dedos.

—¡Apresuraos los dos! —les gritó con desenfado—. Tenéis diez minutos para lavaros y cambiaros.

Por lo general, al pasar al lado de su hermana para entrar en casa, Martin le hubiera deshecho el lazo. ¡Sólo porque era año y medio mayor que él no debía pensar que era la reina del gallinero…! Pero ahora, de todos modos, una súbita ternura le impidió deshacer el cuidadoso lazo de Alice. No podía explicar qué es lo que veía en su madre y en su hermana en aquel momento: que eran algo vulnerable y débil, tal vez, aunque en aquel momento sonreían y parecían felices. Se trataba de la débil confusión creada por el contraste: aquella sorprendente entrevisión, de sólo unos segundos, de una casa, de una fragante y esbelta mujer y de una elegante muchachita; luego esta casa y estas dos mujeres a las que tanto conocía y quería. Sintió como una punzada en el corazón, una especie de nostalgia, como un dolor.

Algunos días quedan marcados por el recuerdo, días que, superficialmente, no son muy diferentes a otros muchos miles de días en la cadena de los años. Pero se han depositado unas semillas que permanecen ocultas, en silencio, hasta que llegue su tiempo, hasta que las atraviese un rayo de luz. Y entonces, toda la vida concentrada que se alberga en las semillas se despereza y surge.

Tal vez no era usual en un niño de sólo nueve años tomar una resolución y tener una revelación, todo ello en un solo día; y tal vez era aún más desacostumbrado para él saber, mientras todo esto sucedía, que lo recordaría.

Sin embargo, así era…