Vientos sin rumbo

Belva Plain · Capítulo 33 de 36

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Vientos sin rumbo

Libro sexto: Ocasiones y momentos

Libro sexto

 

OCASIONES Y MOMENTOS

CAPÍTULO XXXII

 

Durante todo el invierno, Jessie la había estado reprendiendo:

—Trabajas demasiado. No descansas ni siquiera en tus días libres, cuando das paseos por ahí con todos esos hijos de tu padre…

Lo cual resultaba cierto, puesto que Claire, al igual que cualquier otro internista, estaba sobrecargada de trabajo. No resultaba infrecuente pasarse veinticuatro horas sin dormir y, cuando al fin se podía dormir, resultaba algo parecido a estar drogado. Una vez se había encontrado tan exhausta que comenzó a reírse por nada y no fue capaz de detenerse. Sin embargo, todo aquello resultaba previsible. Nadie se quejó con demasiada seriedad.

Pero en cuanto se refería a los niños… Simplemente, Jessie estaba celosa. Desde la muerte de Hazel, Claire había sentido con intensidad su necesidad de pasar horas con pacientes infantiles: museos, paseos y tratamientos a base de helados. Una vida como la que llevaba Martin la pagaba inevitablemente la familia. Él trataba de cuidar de sus hijos, pero le resultaba muy duro: disponía de muy pocos ratos libres y, al no haber pasado con ello demasiado tiempo, sus intentos iniciales resultaron muy difíciles.

Ahora, asimismo, dada su propia pérdida —¿debería llamársela así de forma eufemista?—, había sentido con más agudeza, no sólo las necesidades de los niños, sino también ciertas dificultades que abrigaba en sí misma. La buena salud de los niños, que aún se veían apartados de las horrendas agonías de la edad adulta, proporcionaba un básico consuelo. Era algo parecido a la comida caliente, a la leche con pan después de una grave dolencia.

Todo esto cruzó por su mente durante una mañana de permiso, mientras se hallaba en la sala de operaciones contemplando cómo operaba Martin. Éste le había sugerido a su hija que debería observar tanta neurocirugía como le fuese posible, para tener una cabeza de ventaja cuando comenzase el año próximo. Así que ahora se encontraba entre un grupo de residentes, internistas e incluso estudiantes de cuarto año, a los que les gustaba acudir a los quirófanos cuando actuaban en ellos los cirujanos de primera fila. Sus ojos iban de un rostro a otro: tocios mostraban una expresión absorta de total interés y respeto. Sus ojos se dirigieron también a Leonard Max y permanecieron cariñosamente fijos en él. Había quedado tan afectado por la derrota de Martin, que había jurado se negaría a operar bajo la dirección de aquel nuevo hombre llegado de California. Afortunadamente, y para bien de la estupenda y joven carrera de Max, Martin había sido capaz de disuadirle de tan maravillosa, pero poco práctica, tenaz lealtad.

Y Claire sintió un escalofrío de orgullo: despojar a un hombre de su derecho —como su padre tenía— no había alterado en absoluto su auténtico valor, e incluso los enemigos, aquellos que le habían despojado a él, lo sabían y estaban reconocidos por ello.

Ahora observó la pequeña línea vertical entre las cejas de Martin mientras éste trabajaba con la lupa. Con la mayor delicadeza, con una insoportable concentración, operaba entre los más diminutos nervios de una pierna que había resultado destrozada en un accidente. Aquel proceso resultaba agotador hasta de contemplar. Apenas hubiera podido imaginar que las cosas fueran así. Hasta que la operación hubo acabado, no fue consciente de cómo había tenido enlazadas las manos y lo dolorosamente que se le habían tensado los músculos del cuello.

Aguardó en el corredor a que saliese Martin. La enfermera que estaba en el pupitre, la miró e hizo una agradable observación.

—Muy pronto la veremos aquí cada día.

—El año que viene.

—¡Qué privilegio constituye aprender de su padre! Estoy segura de que nadie necesita decírselo. Le conozco desde que empecé mi carrera. Fue en «Fairview», donde yo comencé y él estaba allí como interno. Sí —reflexionó —, solíamos ir a ver al doctor Albéniz, del mismo modo que los jóvenes acuden hoy a verle a él. Ese Albéniz era uno de los mejores.

Y tras coger su montón de gráficas, se alejó por el pasillo.

«Un privilegio», pensó Claire. No pasaba día sin que alguien, alguna enfermera, o un interno, o un oficinista de la clínica, o incluso su madre, le recordasen dicho privilegio. Empezaba a estar cansada de tanto oírlo decir…

 

Se hallaban sentados almorzando en el comedor de los médicos. La servilleta de papel, en la cual en su propio beneficio e instrucción Martin había hecho el diagrama de la operación de la mañana, se encontraba al lado del plato de Claire.

—Muy bien —dijo Martin—, ya basta de esto por hoy. ¿Tienes algún plan para el fin de semana?

—Tal vez me reúna contigo y los chicos y vayamos a patinar el domingo por la tarde.

—Seguro que sí. Eso está muy bien. Pero me refiero, sobre todo, a la vida social.

Su sonrisa reflejaba ansiedad.

—Oh, saldré el sábado por la noche. Tal vez también el viernes, si me siento con ánimos cuando llegue el momento.

Ella sabía que le hubiera gustado preguntarle cosas, pero no la interrogaría acerca de con quién salía y si a ella le gustaba, o si estaba haciendo alguna tontería. Aunque él confiaba en que no… Naturalmente, deseaba, como todos los padres lo desean, que le dijeran que su hija estaba segura, que era feliz. Y, sintiendo una súbita compasión por su ansiedad, Claire añadió con cariño:

—No te preocupes por mí, papá. Realmente me encuentro muy bien.

Fue recompensada al ver que el rostro de su padre se relajaba e iluminaba.

—Eso es todo cuanto deseaba oír —dijo.

—Y no estoy cometiendo ninguna locura.

—Ya sé que no.

En la actualidad, las oportunidades de cometer «locuras» se presentaban con poca frecuencia, y ciertamente no lo a menudo que Martin parecía suponer. Claire había tenido algunas relaciones desde el asunto de Ned. ¡Una no vive en un convento! Pero no hubo nada vital en ninguna de ellas. Así que regresó a los años anteriores a Ned, a la era de los hombres inteligentes y agradables, la mayoría de los cuales, inevitablemente, eran médicos, pero que no llegaban hasta ella. Su compañero más frecuente, Patrick Moore, tenía considerable encanto con su viveza irlandesa y su jovialidad, pero resultaba algo que se quedaría en agua de borrajas, y ambos lo sabían. Claire suponía que aguardaba de nuevo aquella sensación que tuviera, por vez primera, en la colina de Devon.

Martin apartó su silla.

—Bueno, me voy…

—¿Regresas al despacho?

—No, es martes. Debo asistir a la conferencia de neuropatología.

—Oh, yo también tengo prácticas de ginecología.

Tras acabarse el café, Claire le observó salir de la estancia y los movimientos de cabeza y salutaciones que intercambió en su camino. Perry Gault, entre algunos otros, no levantó la vista al paso de Martin. No cabía duda de que aquel enfado permanecería. Y se preguntó, en la actualidad, cuán profunda sería la herida de Martin, cuán profundas sus múltiples heridas, todo el asunto del instituto. Resultaba evidente que se dedicaba ahora por completo a la enseñanza, y a las largas y solitarias horas que pasaba en el laboratorio. A él le gustaba muchísimo hablar de todas aquellas cosas. No hablaba de las heridas y se debía respetar su intimidad.

El ambulatorio y las salas de urgencias estaban ya atestadas. En los pasillos, aguardaban muchas madres y niños, tanto las personas enfermas como las sanas que las habían traído allí. Un pequeño puertorriqueño se levantó y sonrió.

—Hola, Mr. Felipe —dijo Claire.

—Esta vez he traído a mi hija Ángela, doctora.

—Muy bien. Se lo diré a la doctora Milano. La visitará dentro de unos minutos.

La doctora Milano era una mujer muy agradable, de algo más de cuarenta años, que parecía capaz de arreglárselas muy bien, tanto con su amplia clientela como en su aspecto de ama de casa, con dos hijos adolescentes y un marido. A su lado, Claire iba absorbiendo, de forma gradual, la manera de tratar y preocuparse por los enfermos.

—Mr. Felipe está afuera. Ha traído a su hija. ¿Puedes creerlo? —le dijo Claire mientras entraba.

La doctora Milano sonrió.

—Sí que puedo creerlo. Ya ha sucedido antes.

Mr. Felipe había hecho una escena memorable unos meses atrás, cuando murió su esposa. Ésta había sido paciente de la doctora Milano. El dolor del hombre era una cosa, pero su furia hacia la doctora Milano resultó algo muy distinto, una furia que se basaba en el hecho de que las mujeres no debían dedicarse a la práctica de la medicina, y que si la doctora Milano no hubiera sido una mujer, la esposa de Mr. Felipe no habría muerto. Una mujer tenía que quedarse en casa y criar a sus hijos. Todo el mundo sabía esto. Los médicos debían ser siempre hombres.

Costó mucho trabajo y esfuerzos, así como unas cuantas horas, antes de que se tranquilizase. Pero algo, el tiempo o Dios sabía qué, había realizado un trabajo efectivo, puesto que aquí estaba otra vez de vuelta, trayendo a su hija de diez años para que la tratasen.

—Tú eres la que se lo ha ganado. ¿Lo sabías, Claire? —le dijo la doctora Milano.

—¡Oh, realmente…! —comenzó Claire.

—Sí, sí, lo has hecho tú. Tienes una forma de tratar a la gente muy cordial, querida. Bueno, comencemos, ¿no te parece? Tengo que marcharme a las tres. He de practicar un aborto. ¿Quieres verlo?

—«¡Oh, no! —pensó Claire—, ¡oh, no…!»

—Me parece que no. Nunca he visto ninguno —respondió.

—Pues ya es hora de que veas uno. Muy bien, empieza a llamarles…

Y comenzaron a desfilar, las viejas y conocidas caras y las nuevas, que con toda probabilidad se convertirían también en familiares. La mayor parte de los trastornos de aquellas mujeres no eran de la especie que se pudieran resolver de la noche a la mañana. Se llegaba a conocerlas, a ellas y a sus dolencias, muy íntimamente en cuanto se las comenzaba a tratar. Allí estaba, por ejemplo, la chica diabética, a la que habían prevenido para que no se quedara embarazada. Pero su marido deseaba tener hijos, por lo que siguieron adelante de todas formas, sólo para producir un monstruo que, afortunadamente para él y para sus padres, había nacido muerto.

Ahora le tocó el turno a una embarazada drogadicta y soltera, que venía acompañada por uno de sus cuatro hijos; un muchacho de doce años, que también resultaba evidente su condición de morfinómano. Delante de la puerta aguardó a su madre, como si temiera perderla de vista. Tenía unos ojos inclinados y astutos, como de mono. Asimismo, y al igual que un mono, eran su sombría tristeza y sus preguntas sin palabras.

Y también se encontraba allí la muchacha a la que había dejado embarazada su hermano.

Y la muchacha cuyo hijo naciera ciego a causa de los gonococos.

¿No tendría fin la ignorancia, el desamparo, la necesidad? «Pobres mujeres —pensó Claire—. ¡Pobres mujeres!»

«Y todas ellas extranjeras —pensó—. Algunas veces me parece que no estoy en Estados Unidos. El hecho es que, realmente, al principio me repelían. Las dificultades del idioma llevan a una dura porfía. Y se les ve tan confundidos, tan asustados. Y la mayoría de ellos huelen a ajos… ¡Debería avergonzarme! Después de todo, les han impulsado las mismas necesidades que trajeron aquí a mi abuelo desde su pobre aldea. ¡Oh, qué desgracia la forma en que la gente los trata! Los oficinistas, que pertenecen a la clase media inferior, se sienten superiores porque esas personas no saben hablar inglés y no tienen nada, ni siquiera orgullo, puesto que si aún lo tuvieran les habrían dejado sin sentido de un puñetazo. Le hablé con cierta dureza a un administrativo que fue ayer muy desagradable con una de esas mujeres. Ahora, ella lo hará por mí si tiene oportunidad. Si me atreviese, y naturalmente no me atreveré, le diría algo al doctor Norris, uno de los pocos residentes de Obstetricia que no siente ninguna clase de compasión por esas mujeres. Es tan arrogante, que se pensaría que está reconociendo a una vaca…»

En una cabina con cortinas, la doctora Milano estaba examinando a una mujer. En una silla recta cerca del escritorio donde Claire rellenaba un formulario, se sentaba la amiga de la mujer, que la había acompañado hasta allí. Ambas levantaron la vista al oír ruido de sollozos.

—Así que debe de estar embarazada —comentó la mujer—. Ésa es la causa de que llore.

Claire adivinaba los comentarios que seguirían.

—Es mi cuñada. Su marido es un demonio. Tiene ya cinco hijos y no gana bastante ni para comprarles zapatos. Algunas veces les ayudo, aunque no puedo permitírmelo. Porque los niños deben tener zapatos, ¿no cree? Y ella es todo nervios, doctora. Tiene ya cuarenta y dos años y los chicos se portan a veces de forma salvaje. En ocasiones, me quedo con los dos mayores en mi casa durante un par de días. No puede arreglárselas, se pone muy nerviosa, llora. Doctora —imploró la mujer, inconscientemente cogiéndose las manos —, no puede tener otro bebé… La matará o se volverá loca, una cosa u otra.

Víctimas. Víctimas. Las mujeres y sus hijos.

—Comprendo —respondió Claire—. Algún día será posible hacerse cargo de cosas así.

—¿Y por qué ahora no?

Claire meneó la cabeza con cariño.

—Ahora no.

Excepto para los ricos, e incluso ellos corrían un riesgo. Y pensó, mirando el reloj, que a las tres tendría que ir a arriba a hacer de espectadora. Dios mío, no deseo hacerlo. Pero no tendré otro remedio.

 

La mujer estaba cubierta con una sábana, que tenía un agujero en el lugar de su abdomen. ¿Por qué estaba aquí? ¿Qué indisposición, pretendida o cierta, permite que se hagan hoy estas cosas?

La doctora Milano se fue de prisa y corriendo, y esto constituyó una excusa para que Claire no le pidiera explicaciones. La verdad era que Claire tampoco deseaba preguntarlo.

Se la requería para que mirase. Toda la zona donde la doctora tenía que trabajar había sido convenientemente aseptizada y se administró anestesia. La doctora cogía una aguja. Claire había leído lo que venía a continuación, y, sin embargo, se puso a temblar. La doctora clavó la aguja en el abdomen, en el útero, donde el feto crece protegido por el calor y la oscuridad. Su cabeza está inclinada; descansa muy cómodamente. Cada día, cada hora, mueve por completo los dedos, las pestañas, las delicadas y espiraladas conchas de sus orejas… La doctora tomó una jeringuilla e inyectó la sustancia que, a partir de unas pocas horas desde aquel momento, contraerá el útero y obligará al feto a salir de su cómodo habitáculo y morir.

Claire tenía los puños apoyados en la boca. «Mi hijo, mi hijo también», piensa.

La doctora Milano alzó la vista. Sus ojos le dijeron a Claire que comprendía sus preguntas. ¿Cómo puede una mujer, ella misma también madre, hacer una cosa así? ¿O cómo, cuando ha visto a tantos hambrientos, indeseados y atormentados, dejar de hacerlo?

¡Oh, Dios mío, hazlo todo más simple, para que comprenda, al fin, y para siempre, que esto está bien hecho!

 

El olor de la nieve estaba en el aire cuando llegó a la Avenida Madison. Empezó a andar de prisa el último kilómetro en dirección a la casa de su madre. Habían adquirido el hábito de cenar juntas una vez a la semana, cualquier día que le fuera bien a Claire. El cielo estaba teñido de un sombrío gris, pero, al nivel de la calle se extendía la iluminación de las fiestas que se aproximaban: Santa Claus y guirnaldas, ángeles dorados, vestidos de terciopelo y bolsos de brocado para la noche. Oleadas de aire perfumado salían por las puertas giratorias junto con fragmentos de villancicos: «Llegó en una clara medianoche.»

Con las cabezas inclinadas contra el viento, las personas se empujaban unas a otras. Algunas estaban demasiado cansadas para alzar la vista y pedir disculpas. Otros, que volvían de alguna fiesta en la oficina, habían empinado demasiado el codo para levantar la vista y preocuparse por aquellas manifestaciones de consuelo y alegría.

Claire tuvo visiones, visiones sentimentales, de gente que cantaba villancicos en torno de la chimenea, o en los umbrales de las casas, donde todos se conocían unos a otros. En tales lugares, los villancicos realmente significarían algo. Este mundo era tan apresurado, tan enorme e indiferente, que uno casi sentía temor.

—Un mundo solitario —dijo en voz alta.

Y quedó sorprendida por el sonido de sus palabras, y por la sensación de su propio aliento cálido contra su cuello de piel.

—Un mundo solitario.

(Aquel niño nunca verá esto, sea solitario o no.)

Al pasar frente a una floristería, se detuvo de forma impulsiva para comprar una docena de rosas de color rojo oscuro. Su madre tenía una gran necesidad de flores, y ella, Claire, había sentido súbitamente la necesidad de realizar un gesto tierno. Mientras esperaba que le envolviesen las rosas en papel de seda, sintió ternura ante la visión de ella misma, subiendo los escalones de la casa de su madre con un regalo en la mano.

Y luego, por encima de la exuberancia de los helechos y de las rosas — color de sangre, color de vida—, de entre aquellos húmedos y triunfantes brotes, inesperadamente, captó la visión de su propia cara reflejada. Por un instante, no la reconoció. ¡Qué pálida estaba! ¡Qué vieja! Pero aquello resultaba absurdo. Sólo tenía veintiocho años…

De nuevo afuera, entre el frío, aquella sensación de soledad se apoderó de nuevo de ella. Había estado durmiendo muy poco, despertándose en mitad de la noche con pensamientos opresivos.

Esta noche, seguramente, se despertaría pensando en un niño. ¿Pero en cuál? ¿En el de aquella mujer de hoy o en el suyo propio?

No existen respuestas a muchas cosas, Claire, Gradualmente, has ido aprendiéndolo, ¿no es así? Las respuestas son siempre ajustadas o siempre erróneas.

Qué extraño resultaba pensar que ella y Jessie, ambas trabajando en la misma ciudad, y sólo a un kilómetro de distancia, pudiesen existir en mundos tan diferentes… Las señoras de Jessie, preocupadas con sus sedas y sus mármoles. ¿Pero qué pasaba con aquellas pobres mujeres que acudían al hospital, las que fregaban los suelos de la ciudad, mientras las otras dormían, qué era de ellas? ¿Cómo podían soportar la injusticia de sus vidas? (Sin embargo, alguien debía mantener los suelos limpios.) Tenía que responder a todo esto…

Tú perteneces a las mujeres de la doctora Milano, Claire, no a las damas que sólo se preocupan por sedas y mármoles, por decentes y buenas que muchas pudiesen ser. Tú siempre estarás junto con aquellas otras.

En la casa de Jessie las luces estaban encendidas. «Qué luz más agradable, qué calor más vitalizador», pensó mientras entraba… Encima de la mesa del vestíbulo, donde dejó el sombrero y los guantes, colgaba el retrato de alguno de sus antepasados del siglo XVIII, no de Jessie, aunque hacía tanto tiempo que permanecía allí que Jessie tal vez estuviese convencida de que sí que lo eran. La mujer tenía un rostro favorecido y crítico, en el que no aparecía ninguna simpatía por el moderno malestar de Claire.

—Hola —dijo Jessie, mientras tendía la mejilla para que la besasen—. ¿Cómo estás? Tienes de nuevo aspecto de cansancio.

—Sí, estoy algo cansada. Tú no lo estás, por lo que veo.

—No me lo puedo permitir. Nadie te lo agradecerá. ¿Quieres un jerez?

—Sí, por favor.

—¿Qué miras? ¿Las joyas? Son nuevas, si eso es lo que te estás preguntando.

—Son magníficas.

El gusto de Jessie por las joyas era muy exótico y notable. Esta noche llevaba un jade con una adornada filigrana de oro. La cadena brillaba sobre su traje oscuro y los pendientes le llegaban a mitad de camino de sus hombros.

—Sé que llamo la atención. Pero me gustan las cosas atrevidas.

Jessie apagó un cigarrillo.

—A través de mis pertenencias, muestro cuánto he logrado. Supongo que resulta una cosa vulgar —terminó, mirando la blusa de Claire y su falda, así como sus manos desprovistas de anillos.

—No, lo comprendo —respondió Claire en voz baja.

Mientras hacía oscilar la copa de jerez entre las manos, se quedó mirando el fuego. Cuando una ha permanecido recluida durante su juventud, siendo tolerada, compadecida y excluida, tienes derecho a disfrutar de tu liberación, especialmente cuando has logrado esa liberación por medio de tu propia fuerza y esfuerzos. Imaginaba la especie de perverso estremecimiento que le sobrevenía a Jessie cuando un nuevo cliente, alguien que llegaba sin avisar, cruzaba la alfombra para enfrentarse con ella en su escritorio. Podía incluso imaginar el silencioso regocijo de su madre: Sí, esta personita es Jessie Meig de la cual habrá oído hablar. Pero, a pesar de sus baladronadas, Jessie nunca asistía a los acontecimientos sociales, a menos que estuviese implicado en ellos algún cliente. Resultaba cierto que se hallaba demasiado atareada para forjarse un círculo social propio, pero también deseaba la relación con clientes importantes, puesto que, en las fiestas, le concedían la protección de su presencia física y de su prestigio.

—¿Has visto el artículo en la sección de la revista de la semana anterior? —preguntó ahora Jessie.

—Sí, estaba a punto de mencionártelo. Lo que pasa que sale tantas veces, que estoy ya acostumbrada a ver tu nombre.

—Gozo de tanta publicidad en ese lugar de Arizona, que me han pedido que les haga una pequeña taberna de las Bermudas para el mismo pueblo. Disfrutaré mucho con esto. Me parece que eliminaré todo lo tropical y lo realizaré en puro estilo inglés del siglo XVIII con mucho colorido.

Rió divertida.

—Estoy viéndolo ya en mi imaginación.

—Tal como se están poniendo las cosas, casi se necesita la recomendación de un amigo para persuadirte a que decores una casa.

—Del todo no, pero casi —sonrió Jessie—. Vamos a cenar. Tienes que contarme todo lo que has hecho hoy.

—Cosas muy diferentes de las tuyas. He asistido a un aborto.

Jessie alzó una ceja.

—A veces, me siento muy triste por las mujeres… Por sus pobres cuerpos, por todos sus conflictos… He visto a una joven a la que hicieron un aborto muy chapucero. Nunca podrá tener otro hijo, a menos que se produzca un milagro.

Jessie permaneció silenciosa.

—No creo mucho en milagros —respondió Claire sombríamente.

De repente, la comida se le hizo difícil de tragar y dejó el tenedor al lado del plato.

—No tienes apetito.

—Lo tenía cuando llegué aquí, pero se me ha quitado.

—Ah, Claire, Claire, tienes más cosas en tu corazón de las que llegas a admitir.

Claire sintió la amenaza de las lágrimas. Bajando los ojos, para evitar la mirada de su madre, contempló las flores que se encontraban en el centro de la mesa: Anémonas, cada una de ellas tan rara y lánguida como una belleza eduardiana. Sus pálidos tallos, curvados en el agua, parecían temblar ligeramente en el poco profundo florero. El tallo era la belleza de su cuello, y los extendidos pétalos constituían su cabeza, demasiado pesada, con un cabello crespo y lustroso.

—Ned hubiera querido un niño —dijo ella en voz baja—. ¿Cómo podrá amar a una orgullosa mujercita embarazada que le aguarde en casa cada noche después de los días tan excitantes que pasa…?

—Muchos hombres lo hacen así…

—Yo sé que muchos hombres reaccionan de esta forma. No es nada malo… De todos modos, encontrará a alguien, si no la tiene ya, que estará muy contenta de dárselo. Estoy segura.

—Confío en que no estés demasiado amargada, Claire.

—Tú sí que has estado amargada con frecuencia, ¿no es así?

—Sí, pero eso no significa que deseo ver amargura en ti. De todos modos, lo mío era diferente; nadie me podía ayudar. Me refiero a las circunstancias.

—Y a mí sí. Lo hice yo sola. No tenías que decírmelo.

—No quiero decirte nada. De todos modos, así no vamos a ningún sitio. Será mejor que te tiendas en el sofá. Quita los cojines y túmbate.

El fuego de la chimenea era estable y ronroneaba con suavidad, como si se tratase de un gato.

—Huele bien, ¿no te parece? —observó Jessie—. Son maderos de cedro.

—Hoy he estado buscando cosas —comenzó Claire, al cabo de un rato—. He encontrado mi anuario «Brearley». ¡Dios mío, qué caras más frescas y esperanzadas tenían todas…! Con todas esas frases sentimentales debajo de las fotos. Y cuando piensas en lo que ha sucedido en la actualidad…

—¿A qué te refieres?

—Lynn es una modelo, que vive en Beverly Hills con un rechoncho y viejo rico. June ha pasado ya por dos divorcios. Paula se rompió el cuello al lanzarse a una piscina que no tenía agua.

Jessie se estremeció.

—¿No puedes contarme algo más alegre? Esta noche no pareces tú misma.

—¿Lo crees así?

—Aunque tal vez sí pueda decirse que eres tú misma. La que eres desde hace algún tiempo. No sé con exactitud cuándo te has vuelto así, pero lo sospecho.

Claire no respondió. Le dolía la cabeza a causa de aquellas lágrimas contenidas, y por el cansancio y el peso de las cosas. Aquella habitación la agobiaba, le pesaban los resultados de aquella forma de vida, tantas cosas que sospechaba que se habían ido para siempre. La independencia de Jessie no había constituido su primera elección, pero se vio forzada a dar salida a su coraje y a su desesperada necesidad. A Jessie le hubiera gustado ser cuidada, y protegida por un hombre.

—Deseo irme lejos —dijo Claire de repente—. A la India o al Brasil, a cualquier sitio…

—¿Por qué? ¿No quieres seguir especializándote al lado de tu padre?

Claire comenzó a llorar.

—¡No! Pero no me atrevo a decírselo.

—No lo entiendo. Una oportunidad tan fabulosa, Claire…

—Sí, pero lo que ocurre es que no la quiero.

—¡Dios mío…! ¿Y por qué no?

—«Estamos hechos de la misma materia que los sueños.» Los sueños de nuestros padres respecto de nosotros.

—Nunca me olvido de esa cita. Dime por qué no lo deseas.

—Porque lo odio. Resulta horrible. Toda esa atmósfera es horrible. — Claire se estremeció—. Las cabezas rapadas y la gente que se queda después sin habla. Toda esa terapia física, todo ese disimulo, no, el disimulo no, la forzada jovialidad respecto de que alguien puede dar un paso. Y sabes que se irá a su casa y que tal vez dé seis pasos más al cabo de algún tiempo. Y esto sin mencionar en absoluto a todos aquellos que mueren en la mesa de operaciones. Es algo demasiado deprimente. No puedo pasarme toda la vida soportando cosas así.

—¡Está bien! —gritó Jessie, alzando las manos—. No sabía todo eso… ¿Cuándo empezaste a sentirlo?

—No lo recuerdo. Es una cosa que ha ido surgiendo. No creo haber pensado, realmente, en ello, hasta que me encontré inmersa en estas cosas, ¿no lo comprendes? Me di cuenta de cómo iba todo.

—Tú deseabas complacer a tu padre. Siempre lo has deseado —dijo Jessie en tono acusador.

—No, no creo que pensara demasiado en esto… No de una forma consciente. Simplemente, se trataba de las cosas que yo, de una forma natural, iba a hacer. Después de todo, si uno es médico y sucede que su padre es Martin Farrell, se espera, de alguna forma, que… Quiero decir que tú misma lo esperas. No se trata de un hombre corriente, de un hombre cualquiera.

Y ante su consternación, Claire empezó a sollozar. Todo parecía haber surgido y explotado dentro de ella.

—Odio el trabajo de papá… No podría ser bueno en él. Todo el mundo dice: «Oh, qué increíble buena suerte tienes…» Y sé que la tengo. Estoy tan orgullosa de papá, y me siento tan culpable… Sé que todo esto te trastorna.

—Claire, no estoy trastornada; simplemente, sorprendida.

—Ha sido tan maravilloso para mí… Y me siento tan deprimida porque, aparentemente, no se lo he apreciado lo suficiente.

—De todos modos —dijo Jessie en voz baja—, creo que debes contárselo.

—No puedo… ¡Oh, Dios mío, no puedo hacer eso…! ¿No lo comprendes? Ha soñado con ello durante muchos años. Ya ha tenido demasiadas decepciones… ¿Cómo le voy a proporcionar una más?

—¿Cómo? No estás obligada a compensarle por sus decepciones, ni tampoco por las de nadie…

—Lo dices porque tú…

—Lo digo porque es la verdad, y no por cualquier otra razón personal en la que estés pensando.

—¡Me siento tan avergonzada! —jadeó Claire—. No sé por qué lloro de esta forma.

—Tienes motivos para llorar… No debes ser tan condenadamente valiente… ¿Quieres que salga de la habitación? ¿Te sentirás mejor si lo hago?

—No, no, quédate.

Jessie había puesto una de sus manos en la frente de Claire.

—Ven aquí. Te daré masajes en el cuello. Tienes los nervios como cuerdas. ¿Sientes algún alivio?

—Sí.

—Dime lo que deseas hacer en la India.

—Oh, ir a cualquier parte, con una de esas agencias que envían ayuda médica a la gente que carece de ella. No deseo ser una gran doctora. No estoy hecha para esto. Me gustaría brindar tratamientos básicos, simplemente tratamientos y esperanzas para el pueblo, sobre todo para las mujeres, porque la mayoría de ellas se encuentran en un estado humillante. Se hallan en el escalón más bajo. Vayas adonde vayas las mujeres están en el último nivel.

Y para su propio horror, comenzó a llorar de nuevo.

—Pero no sirve de nada hablar de ello, puesto que no puedo hacerlo. Me quedaré aquí y me… petrificaré.

—Antes empezaste a hablar de Ned —le dijo Jessie con voz cariñosa.

—¿Y qué pasa con él?

—Aún piensas en Ned.

—Me trató muy mal… muy mal…

—¿Entonces, por qué no le olvidas?

—Oh… —gritó Claire—. ¡Buena pregunta! ¡Y por qué no! No lo sé. No puedo dormir. Me despierto asustada por las noches. No comprendo qué me asusta. ¿Tal vez por encontrarme sola? Comprendo lo que le pasó a mi padre cuando murió Hazel.

Los dedos de Jessie siguieron masajeándola una y otra vez.

—No es lo mismo, querida. Él no ha muerto.

—Nuestro niño sí murió. Fui yo quien lo mató.

—No es igual.

Claire se levantó.

—¿Qué iba a hacer? ¿Debí marcharme con él?

—Claro que no —respondió rotundamente Jessie—, ni tuviste que hacerlo entonces ni tienes que hacerlo ahora. No se debe correr detrás de un hombre…

Las dos mujeres se sentaron mirando al fuego; por último, las lágrimas de Claire dejaron de fluir y la chimenea crepitó alegremente.

—Creo que volveré a casa —respondió Claire.

—No, quédate aquí esta noche. Tómate algún somnífero y conseguirás un buen descanso nocturno.

—Nunca tomo pastillas, mamá.

—Está bien, doctora, tómese una esta noche. Solamente será una.

—Pastillas no. Pero me quedaré. Eso sí lo haré.

Resultaría bueno evitar volver esta noche a su apartamento, y aquella cama en la que había dormido con Ned, y la visión de su sombrero irlandés, que se había dejado en un estante.

Al igual que una niñita, siguió a Jessie al piso de arriba y a su antigua habitación, donde una muñeca que le regalaron cuando tenía diez años aún se encontraba al lado del texto de latín de primer curso, con una pequeña canoa de abedul de recuerdo, todas aquellas inocentes reliquias de aquellos años tan fáciles antes que comenzase la vida real.

 

Un gran escritorio cuadrado cubierto de documentos, publicaciones médicas y otros objetos diversos se encontraba entre Jessie y Martin. ¿Cuántas ocasiones de la vida tenían lugar entre tres cosas: dos personas y un escritorio?

«Todavía sigue pareciendo un médico —pensó Jessie—, y eso es lo raro, porque, ¿cómo debe de ser un doctor? Sin embargo, él lo es.»

Durante la última media hora, y durante las dos semanas anteriores, Jessie había estado resistiéndose a una confusión de emociones: Tozudez y orgullo, preocupación y embarazo, junto con cobardía, pero también con ansiedad respecto de que las circunstancias la forzaron a ocupar una posición de suplicante. No obstante, se recordó a sí misma, hacía esto por Claire: Por Claire empuñaría la espada para combatir a los monstruos si ello fuese necesario. «Afortunadamente, Martin no era un monstruo —pensó con cierto humor sombrío—; era el padre de Claire y estaba muy preocupado en aquella ocasión, tanto como ella misma.»

—Te ha costado un gran esfuerzo venir aquí, Jessie, y sólo una necesidad muy seria puede haberte obligado a ello. Quiero que sepas que lo comprendo perfectamente.

—Muy bien…

Una vez más había hablado el médico: comprensivo, amable y firme. Por la mente de Jessie pasaron retazos de revoloteantes pensamientos: Parecía hacer un siglo (en otra edad del hombre) desde que anduvieron por los jardines de Kensington, mientras Claire, con su abriguito amarillo, pedaleaba en la bicicleta. Pero semejaba ayer desde Cyprus. Otro retazo de poesía llegó hasta ella revoloteando, algo acerca del «tiempo y su fugacidad». Aquel verano, él se había comprado unos zapatos blancos que le apretaban. El cochecillo daba saltos sobre las carreteras vecinales y el maletín del doctor se encontraba en el asiento que había entre nosotros. Fern llevaba un vestido azul y las perlas de nuestra madre.

Se produjo un sobresalto en su pecho. Recuperándose de aquellos pensamientos, Jessie se levantó, se hizo fuerte y comenzó a hablar con decisión.

—Claire no debe saber que he estado aquí, o ni siquiera saber que te he cortado que aborrece la clase de trabajo. Es algo que debe partir de ti como si la idea hubiera sido tuya. Claro está, si te muestras de acuerdo.

—¿Tanto odia Claire este trabajo? —repitió Martin con incredulidad.

—Aparentemente, así es. La está destrozando.

«Y te estoy destrozando a ti al contártelo, pero no puedo hacer nada.»

—¿Cuándo… cuándo se enteró por primera vez de que realmente lo sentía así?

—¿Cómo puede una persona saber cuándo «sucede algo» dentro de su mente?

«Como enamorarse: ¿Puede saber alguien, exactamente, cuándo “sucede”?, respóndeme a esto si puedes, Martin.»

—Está relacionado en cierto aspecto con Ned, por lo que yo sé. Tal vez fue en aquel momento cuando empezó. No lo sé. De todos modos, es algo que ha ido creciendo más y más: La convicción de que Claire no desea el trabajo que tú haces. Se encuentra absolutamente agobiada ante el solo pensamiento de pasarse la vida de esa forma.

—¿Y por qué no me lo ha dicho? ¿Por el amor de Dios, por qué no me lo ha dicho?

—Ella sabía que así te produciría una terrible herida.

Martin se miró las manos, que mantenía aferradas en el borde del escritorio. Jessie comprendió lo difícil que le resultaba mirarla. Asimismo, sus ojos le evitaron a él, mientras miraban en torno de la estancia. En un estante, cerca del escritorio, se encontraba la fotografía de una mujer de rostro apacible, con un mentón demasiado redondo, y unos bonitos y tímidos ojos. La descripción de Hazel que había hecho Claire resultó notablemente exacta. «Sí —pensó Jessie—, ha quedado lo bastante turbado para toda su vida, y haga lo que haga, ello carecerá de importancia.»

—Qué forma de desperdiciar una mente tan hábil… —gritó de repente Martin—. No hará otras cosas que medicina rudimentaria. ¡Dios sabe lo útil que ésta llega a ser, pero no pasa de rudimentaria! ¿Ya lo sabe ella?

—Claro que lo sabe. Es lo que desea.

—Atiende a los partos, pero si se presentan complicaciones, fracasará a causa de no saber lo suficiente. Podrá componer un hueso roto, pero si se trata de una fractura compleja del hombro, será incapaz de enfrentarse con eso. Hará un montón de cosas pasablemente, pero nada de una forma del todo experta.

Jessie replicó paciente:

—Claire comprende todo eso.

—Contaba con ella más de lo que sabía. He estado previendo algo tan especial… Padre e hija… Ella, en cierto modo, comenzando donde yo, no hace demasiados años, también di mis primeros pasos.

Empezó a dar golpecitos con el lápiz. Con un pequeño estremecimiento al reconocerlo, Jessie recordó aquella costumbre.

—Hay muchas cosas nuevas. Cada día nos trae un montón de ellas. Se necesitarían cinco vidas completas para aprenderlo todo.

Su cara se derrumbó entre una cansada tristeza.

Una vez más, Jessie apartó la vista y permaneció silenciosa. En el despacho exterior empezó a teclear una máquina de escribir. Un coche de bomberos pasó frente a las ventanas. Cuando estos sonidos cesaron, la quietud resultó algo duro y solitario.

Al fin, habló Jessie:

—Recuerdo algo —le dijo en voz baja—, que tú puedes haber olvidado. Estoy pensando en ti y en tu padre.

Aquello constituyó la única observación que se había producido entre ellos.

Y ahora Martin la miró con detenimiento.

—No lo he olvidado… ¿Me estás recordando que todo ser humano debe desarrollarse de su propia forma? Pues yo soy el primero en comprender eso.

—Pero es cierto, ¿no crees?

—Sí. Sí. A ti siempre te gusta llegar de prisa y corriendo al meollo de las cosas, ¿no es así? Bueno, naturalmente, tienes razón. Y se lo diré a ella. Puedes estar segura. Le diré que he pensado que sería mejor para nosotros si siguiese su propio camino. Encontraré las palabras necesarias para que resulte convincente.

—Pensé que lo harías. En caso contrario, no hubiera venido aquí.

—¿Y qué pasa con ese…, otro asunto? Nunca me habló de él.

—Ni a mí, hasta esta noche. Y también me ha asombrado mucho. Claire casi nunca llora, ya sabes que no lo hace.

—Todo se lo guarda dentro.

—Eso es lo que me preocupa… No que se pueda hacer algo acerca de él, asegurarse…

—Es un joven muy educado. He intentado con toda mi fuerza que no me gustase, pero —Martin extendió las manos—, eso no ha funcionado en absoluto.

—¿Un joven muy educado? Es una situación imposible… Imposible…

—Convengo en ello. Pero…, muchas situaciones humanas a menudo son así. —Martin titubeó—. Supongo que no habrá forma de saber dónde se encuentra… ¿Y esa vieja tía suya?

Se calló de repente, y Jessie comprendió que se refería a que tía Milly escribiese a Fern y lo averiguase.

—Tía Milly murió el año pasado. De todos modos —prosiguió Jessie, de repente indignada—, no pienso, en absoluto, preguntar nada… Claire nunca me lo perdonaría y no le echo la culpa. El orgullo es la última cosa que una mujer debe perder.

«Martin, sin duda, estaba pensando: Tú debes saberlo muy bien; y yo también lo sé», se dijo Jessie a sí misma. Luego prosiguió en voz alta:

—Difícilmente, perdonaría a ese individuo la confusión que ha aportado a la vida de mi hija.

De forma sorprendente, Martin replicó:

—También fue culpa de Claire.

—¿Por el amor de Dios, estás diciendo que darías por bien venido su regreso?

—No fue mi primera idea. ¿Pero y si ella aún lo quiere?

—Todo eso es muy académico. ¿Debo mostrarme alegre? —Se levantó—. Pero, de todas formas, he de decirte algo agradable antes de que me marche. ¿Te acuerdas de un paciente llamado Jeremy, de Tucson?

—Sí, le operé hace algunos meses.

—Su cuñada es clienta mía. No hace más que elogiarte por todas partes.

—Es muy agradable saber eso.

Aquella rápida sonrisa fue muy juvenil, como si el elogio constituyese también algo embarazoso.

—Le cuenta a todo el mundo que él ha vuelto a la vida. Algo acerca del tumor que le afectaba ambos lóbulos, y que otros seis médicos habían dicho que resultaba imposible de operar, pero que tú dijiste que sí podía hacerse.

—Sí, así es.

—Contó que su médico vino desde Arizona para visitarte. Estaba convencido de que no podría hacerse.

—Sí.

—Por ello, todas esas personas piensan que eres una especie de héroe.

—¿Héroe? Conozco mi trabajo y lo amo mucho, eso es todo.

—Eso es suficiente, ¿no te parece? Bien, hazme saber si hay alguna otra cosa que deba saber acerca de Claire. De otro modo, como es natural, no espero volver a oír hablar de ti.

—Naturalmente —respondió Martin, cortés.

Se levantó de detrás del escritorio y fue a abrirle la puerta. Era como si despidiese a su abogado o a su banquero, y ella quedó agradecida por este tacto tan comedido que él había empleado para no dificultar la reunión entre ambos.

Jessie le tendió la mano.

—Bueno, una vez te he contado todo lo que he venido a decirte, me voy.

—Te estoy muy agradecido por tu visita. No tenía la menor idea de todo eso. Pero procuraré que quede libre para ir…, a la India o a cualquier otro lugar a donde desee marcharse. Sin sentimiento de culpabilidad o de continuar aún mirando atrás.

—La India —murmuró Jessie, al mismo tiempo que atravesaba la puerta —. De tantos lugares como puede haber…

 

Durante unos largos minutos, Martin permaneció sentado mirando a la pared, a los estantes de libros y a las ventanas que reflejaban la luz invernal. Se encontraba vagamente consciente de que la mecanógrafa había terminado su trabajo, y de cuando Jenny Jennings asomó la cabeza por la puerta para darle las buenas noches. A la mujer, la visión de Martin allí sentado, y con aspecto abstraído, no suscitó en ella la menor preocupación, puesto que las personas que trabajan para él estaban acostumbradas a verle ensimismado con sus problemas.

Pero aquel problema sí le dolía mucho… Le dio muchas vueltas en la mente, examinándolo como a través de los rayos X. Jessie no hubiera venido nunca a verle, después de tantos y orgullosos años, a menos que se tratase de algo en verdad serio y ella estuviese auténticamente alarmada. Y se necesitaban muchas cosas para llegar a alarmar a Jessie. Está bien, rompería aquellos lazos, eso era todo… ¿Cómo podía haber sabido que sería algo tan penoso? Claire nunca se había revelado ella misma a través de ninguna palabra. ¡Pobre almita! ¡Tal vez eso sea lo mejor para ella! ¡O tal vez lo lamente! ¡Pero tendré que hacer frente a esta pérdida con la mayor elegancia!

Luego pensó en aquellos pesares de su hija, en aquellas cosas que suceden entre hombre y mujer. ¿Cómo reaccionaba un alma humana? ¡Así que seguía deseando a aquel muchacho! Aquello no tenía el menor sentido, cuando el mundo estaba lleno de hombres jóvenes que se mostrarían muy bien dispuestos para casarse con ella. ¡Claire, con tanta vida, con una vida tan brillante! Y sus ojos, con aquella seria mirada, y sus suaves pestañas, no dejaron de destellar una y otra vez en su memoria. ¡Aquello no tenía el menor sentido!

¡Así que seguía queriendo a Ned Lamb! Aún podía verlos. ¡Qué pareja más encantadora! Tenían el aspecto de pertenecerse el uno al otro. Había algo entre ellos, y, a pesar de que no se deseara admitirlo, podía reconocerse. ¡La pequeña Claire, tan orgullosa y tan tonta! Y, al recordar lo cerca que había estado de la muerte, se puso a temblar. Sus anhelos resultaban espantosos, si en ellos había algo parecido a lo que él había sufrido por aquel hijo de la madre. Trató de recordar lo que había sentido, y sólo pudo acordarse de cuánto había sentido, cómo le había llegado a poner enfermo, casi le había abrumado; cada día no había sido más que una lucha contra ello. Y, al recordarlo, comenzó a sentirlo de nuevo. Un suave dolor, que se arrastraba y que se le atascaba en la garganta…

Se había hecho casi de noche. De repente, se enderezó y encendió la lámpara del escritorio. Buscó en el listín telefónico un número, y lo marcó.

—Deseo dejar un mensaje para Mr. Fordyce —dijo—. Siempre se encarga de mis viajes. ¿Podría reservarme un vuelo para Londres hacia el fin de esta semana? Sí, el jueves o el viernes me iría muy bien…