Vientos sin rumbo

Belva Plain · Capítulo 18 de 36

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Vientos sin rumbo

Capítulo XVII

 

El año mil novecientos treinta y siete fue el año más sombrío, cuando la piedra llegó al fondo del pozo y devolvió un débil eco. Jessie estaba sentada al escritorio, donde aparecían esparcidos balances bancarios, cartas de pago de impuestos e informes de contabilidad. Oh, qué año más negro, aquel en que el corazón de su padre dejó al fin de latir, y la fábrica «Websterware», después de tres cuartos de siglo de actividad, había tenido que cerrar sus puertas…

Alzó los ojos de los papeles para descansarlos, puesto que se encontraba en el despacho desde por la mañana. Una monótona lluvia invernal caía desde un cielo sombrío, abriendo hoyos en el hielo roto y en la apelmazada nieve del césped. Cuando la nieve desapareciese, la empapada tierra quedaría expuesta como si se tratase de un fofo budín de color pardo. Aquél era ya el quinto mes de invierno. El frío había llegado pronto, ¿pero cuándo no lo hacía en aquella parte del mundo? Y pensó, mientras miraba al nublado día, que junio no había llegado nunca a aquel lugar y que tampoco se presentaría de nuevo.

Lugar donde he nacido, me has criado dándome frío. Tienes un rostro muy extraño. Pertenezco a este lugar y lo conozco íntimamente (en Londres, o en cualquier otro sitio, sólo he sido alguien que está de paso, un observador). La gente de buen tono, al pasar por una calle de Cyprus, siempre me mira, de forma considerada, al rostro y nunca permiten que sus ojos caigan de lleno sobre mi joroba. Los obreros de la fábrica de mi padre se quitaban a toda prisa la gorra y se volvían. Ahora están desempleados y no se tocan ligeramente la gorra, ante mí, ciertamente, no. Me he atrasado en el pago de los impuestos. Pero, realmente, no hay ninguna excusa. Con depresión o sin ella, tanto Claire como yo nos encontramos en un aprieto. ¡Teníamos que haber salvado algo! ¡Cuántas veces le dije a mi padre, le previne, que había que abaratar los costes para ponernos de acuerdo con los tiempos! ¡Quién va a comprar vasijas de cobre, apropiadas para las cocinas aristocráticas, en unos tiempos como éstos! ¡Hubiera sido mejor que se hubiera dedicado más a los negocios, en vez de preocuparse todos estos últimos años por Martin y mi hermana!

Recuerdo la noche en que no pude resistir más. Le dije que no quería escuchar ni una palabra más, y cuando siguió erre que erre, tiré una lámpara al otro extremo de la habitación. Nunca había hecho una cosa así en toda mi vida, pues aborrezco las cosas vulgares, pero lo hice.

A la mañana siguiente, mi padre me dijo:

—Espero que te disculpes…

Habían retirado ya los trozos rotos. Era una lámpara horrible, con una diosa griega con una guarnición que le salía de la cabeza para el alumbrado, muy fea y muy cara, como todo lo que poseemos. Cuando la vi rota y esparcida por el suelo, quedé terriblemente avergonzada. Pero no quería disculparme.

—No —respondí—. Estaba fuera de mí. Y también tú. Te dije que no quería escuchar nada más acerca de Martin.

Al final, mi padre se quedó silencioso.

Lo siento por Martin. ¿No es esto extraño? ¿Sentirlo por él? ¿Sentirlo por Fern? Pero supe lo que había entre ellos, lo supe desde el principio, ésa es la razón. Lo supe cuando estaban juntos en esta sombría casa, en aquel rincón cerca de la palmera de la maceta. Y lo supe de nuevo cuando paseaban por los arriates de «Lamb House». No debían de saberlo, o incluso desearlo, pero yo sí. ¡Aquellos ojos de mi hermana! Lapislázuli, como suele decirse. A fin de cuentas, sólo unos ojos, y de haber sido castaños o grises, ¿hubiera significado alguna diferencia?

De todas maneras, no hubieran ido bien las cosas entre Martin y yo, aunque Fern no hubiese existido. Oh, habríamos seguido adelante, y nos hubiéramos soportado durante toda la vida, ¿pero de qué habría servido? Soy demasiado orgullosa para eso. ¿No resulta extraño, que una mujer de mi apariencia se permita el tener orgullo? El orgullo es un lujo, ¿no es así? Pero yo soy de este modo.

Sí, vertí lágrimas desde el principio, lloré de amarga vergüenza, de ultraje y de soledad, incluso me desesperé: ¿qué haré con mi vida? No obstante, la misma vida es un medio de responder a ello; el dolor pasa y otro problema ocupará su lugar.

Así pues, no odio, pero tampoco amo ya. Que vivan y prosperen lejos de mí. Ciertamente, mi hermana medra en su jardín inglés. ¿Y Martin? Hace lo que puede con su carrera y, probablemente, lo está haciendo muy bien.

Pero la niña… La niña es mía.

Al otro lado del vestíbulo, la tía Milly había estado trasteando con la radio. ¿Cómo ocuparía su tiempo antes de que aquella cosa se inventara? La cariñosa voz de Kate Smith la alegraba; Amos y Andy la divertían; las tribulaciones del rey Eduardo y Mrs. Simpson la cautivaban. Ahora, no obstante, desconectó el aparato y se acercó a la puerta.

—¿Aún no has terminado, Jessie? ¿Cuándo descansarás un poco?

—Tengo que acabar con estos cálculos antes de que llegue la gente de los impuestos. —Sintió que una triste sonrisa contraía sus mejillas—. Vendrán aquí, en vez de ir yo al Ayuntamiento, como hubiera hecho de buen grado. Una deferencia hacia mi estado de tullida, supongo… O tal vez sea algo en honor de lo que fueron en un tiempo los Meig.

La sonrosada cara de la tía Milly se llenó de arrugas.

—Jessie, deseo que me permitas ayudarte. Ésa es la razón de que tu tío me haya enviado aquí esta semana, para ver qué cabe hacer. No podemos hacer gran cosa, puesto que nos hemos visto alcanzados igual que todos los demás, pero estoy segura de que podremos ayudarte en algo…

—No. Gracias, no, tía Milly. Tengo que valerme por mí misma. De todos modos, una ayuda temporal no serviría de nada. Sólo me preocuparía el tener que devolvértelo…

Sonó la portezuela de un coche y Jessie avizoró por la ventana.

—Ya están aquí. Son dos. Donovan, de la oficina de impuestos, y el calvo de Jim Reeve, el nuevo alcalde.

—¿Quieres que me quede para ayudarte moralmente?

Jessie meneó la cabeza. Pobre tía Milly, si hasta sus criadas le daban órdenes, ¿qué apoyo podía prestarle?

—No, querida. Puedes quedarte leyendo en el salón, No tardaremos mucho…

 

—En resumidas cuentas, en la actualidad sus atrasos son ya de dos años —dijo Donovan.

Tenía las plácidas maneras de todos aquellos que comen demasiado, pero su voz no era tan apacible como lo había sido media hora antes.

—¡Supongo que no soy la única de la ciudad que se encuentra en estas condiciones!

—Claro que no. Pero no hay nada que hacer con este caso…

—Naturalmente —añadió Reeve—, hay muchas personas que son insolventes en los malos tiempos. Pero, más pronto o más tarde, se ponen a trabajar de nuevo, y son capaces de pagar. No obstante, en su situación…

Jessie se sentía desnuda ante aquellos hombres. El sudor empezaba a acumularse en sus axilas y en las palmas de las manos. Cuatro generaciones de Meig habían vivido en aquella casa y, durante todos aquellos años, ninguna persona como aquéllas habían sido invitadas a sentarse en el salón. Pero ahora, con la arrogancia de su situación de tres al cuarto, habían acudido a hablar con ella y tenían los medios suficientes para confiscarle incluso la casa… Y disfrutaban manifestándolo así, de eso no cabía duda… Donovan, cuyas uñas estaban sucias, manoseaba inconscientemente el brocado del sofá y soltaba los hilos. Jessie abrió la boca para reprenderle, pero se calló; de todos modos, aquello ya resultaba horrible de por sí…

—No les permitiré que vendan la casa para cobrarse los impuestos —les dijo, en vez de lo anterior.

Incluso ella quedó sorprendida.

—Realmente —comenzó Donovan—, hemos venido aquí para hablar con buenos modos. No queremos discutir. Le aseguro que esto no es un placer para nosotros.

—¡Claro que es un placer para ustedes! ¡No me embaucarán! Es lo más divertido que les ha sucedido desde hace mucho tiempo… Pero permítanme que les diga algo. Quemaré esta casa antes de permitir que se la queden. — Tomó aliento—. No sonrían. Sé muy bien que seré encarcelada por incendiaria. Pero eso no les ayudará mucho, ¿no les parece? ¿Y qué vale un solar vacío en estos tiempos? —Se volvió hacia Reeve—. Oiga, sé que usted le ha echado el ojo a esta casa. Le gustaría vivir aquí.

Reeve tenía un tic nervioso y ahora su ojo pegó un brinco.

—No sé cómo se le ha ocurrido esa idea… Yo nunca…

—Vamos, vamos. No malgastemos nuestro tiempo. Ésta es una ciudad pequeña y todo se sabe. Sé que su esposa apetece esta casa. Pues bien… ofrézcame un precio justo y su mujer la conseguirá.

Se produjo un momento de silencio. Donovan encendió un cigarro y Reeve se quedó mirando el suelo.

Luego preguntó:

—¿Qué es un precio justo?

Su ojo se hallaba por completo fuera de sí y había enrojecido hasta la coronilla.

—Veintiocho mil dólares. Eso es lo que consiguieron los Critchley, en esta misma calle. Su casa es gemela de ésta.

—Eso fue hace un año. Los precios han bajado mucho desde entonces.

—Veintiocho mil dólares —repitió Jessie—. Menos los impuestos atrasados.

Entonces intervino Donovan.

—Se olvida de algo. Podemos embargar la casa para el pago de los impuestos y sacarla a pública subasta.

Debe a Reeve algún favor, pensó ella al instante.

—¡Pública subasta! —respondió Jessie con ironía—. ¿Y espera que me lo crea? Cree que conseguirá la casa por casi nada, ¿no es así? —Bajó la voz—. Escuchen, mi bisabuelo dio empleo a la mitad de la gente de esta ciudad. ¿Dónde trabajaba su padre, Mr. Reeve?

Reeve sonrió levemente.

—En «Webster’s».

—¿Y su abuelo?

Reeve suspiró.

—En «Webster’s». ¿Y eso qué significa?

—Significa que usted no sería alcalde, ni probablemente hubiera llegado mucho más allá del octavo grado si ellos no hubiesen tenido ese empleo. Estaría arrancando patatas y no tendría la más leve oportunidad de conseguir una casa como ésta…

Donovan sacó su reloj de bolsillo.

—Aún no hemos llegado al meollo de la cuestión.

Jessie respiró profundamente.

—Ahora voy a llegar a él. O me ofrecen un precio justo por esta casa, o iré a los periódicos y les contaré que tiene usted un trato particular para quedársela por los impuestos y comprarla muy barata. Entonces tendrá que sacarla a pública subasta y obtendré un buen precio después de pagar los impuestos. Y tendrá que explicar un montón de cosas…

Donovan volvió a guardarse el reloj en el bolsillo y se quedó mirando a Reeve en una pregunta silenciosa. Jessie miró hacia la ventana, observando la lluvia y escuchando su sediento gorgoteo por los canalones. «Tal vez no sea tan mala cosa salir de aquí —pensó—. Excepto que, lo juro, no sé adónde ir…»

Reeve prosiguió:

—Llegaré a un acuerdo con usted. Le daré veinticinco mil, descontados los impuestos.

—Veintiocho mil, Mr. Reeve. Lo toma o lo deja.

—Veintiséis mil, y está muy bien pagada.

—No es así, y usted lo sabe. Veintiocho mil, Mr. Reeve.

Reeve se levantó de la silla.

—Veintisiete mil y ni un céntimo más.

Jessie se percató de que había llegado tan lejos como era posible y pensó con rapidez: «Bueno, sólo mil menos. No esperaba, de todos modos, conseguir tanto cuando lo pedí. Así se hacen los negocios.» Tendió la mano.

—Pues, entonces, chóquela. Y que tengan buena suerte.

Tía Milly estaba temblando.

—¡Jessie, eres maravillosa! No he podido ayudarte, pero lo he oído todo. Oh, a decir verdad lo he escuchado desde la puerta. Estaba tan preocupada… No sé cómo te las has arreglado… Yo no hubiera podido hacerlo ni en un millón de años.

—Ha funcionado porque eran dos. Obviamente, Reeve ha pensado lo que he dicho acerca de la Prensa. Después de todo, se encuentra en una incómoda posición. Corren rumores de que el cuñado de Donovan, el contratista que ha construido la nueva escuela superior, les ha dado una comisión. Naturalmente, no desean que los periódicos se metan en el asunto y lo demuestren. El momento era el propicio, y mi estratagema ha dado buenos resultados… Eso es todo…

—¡Estuviste espléndidamente furiosa, Jessie!

—Es verdad, estaba furiosa. Estaba medio enloquecida con tantas preocupaciones, y enfadada además de preocupada. Eso es lo que sentía cuando entraron, y por eso les he echado encima la caballería.

—Has estado espléndida —repitió tía Milly. Y añadió—: ¿Pero adónde irás?

—Lo creas o no, no tengo la menor idea.

—¡Oh, cielos! —murmuró tío Milly. Enlazó y desenlazó sus gordezuelas manos—. Tu padre… Sé que estaba muy preocupado por la forma como iban las cosas, pero estoy segura de que nunca llegó a imaginarse que la fábrica quebraría… ¡Y tu madre! Cuando pienso en ella, tan delicada y cuidadosa, todo ello me trastorna… ¿No crees que ahora sí deberás pedir ayuda? ¿Aunque sólo sea por Claire…?

—Si quieres decir que me dirija a Martin, puedes ahorrarte las palabras. Hicimos un acuerdo: un divorcio sin complicaciones a cambio de que no nos viera nunca más…

—Pero… —tía Milly la rebatió con escasa convicción—, los tiempos cambian, y sabes que haría todo lo que estuviese en su mano por la niña; ya sabes cómo la adoraba.

—Sí, y no pretendo que resurja de nuevo todo este asunto sólo porque necesito dinero. Constituye un capítulo cerrado…

La voz de Jessie se quebró. Pensó: «Vaya un día terrible; sólo tengo fuerzas para inclinar la cabeza y ponerme a llorar.»

Pero endureció de nuevo la voz:

—Tengo que ser independiente. Debo serlo…

—Una pregunta más. No sé por qué nunca quieres decírmelo… ¿Has sabido algo de él?

—Al principio, sí, pero últimamente no.

—¿Sabes que se ha casado otra vez? Me enteré por auténtica casualidad a través de una mujer que vive en la misma casa de apartamentos.

Jessie no respondió. Un punzante dolor, que durante mucho tiempo había permanecido ausente, se extendió de nuevo por su pecho. Tía Milly encendió otra lámpara, que proyectó una forma ameboide de luz amarillenta contra el suelo. Los ojos de cristal refulgieron en la cabeza de ciervo de la pared y la estancia vaciló tristemente.

—¡Dios mío, cómo odio esta condenada habitación! —gritó de repente Jessie—. ¡Pensar que hemos pasado aquí la mayor parte de nuestras vidas!

—Estás abrumada, y eso es todo. Vamos al porche cubierto y respira un poco. Luego hablaremos de lo que harás. —La clara vocecilla gorjeó cariñosamente—. ¡La de cosas que has realizado con este porche! Parece que brille el sol, incluso en un día así…

Los viejos muebles de mimbre y el suelo habían sido pintados. Una alfombrilla redonda de color índigo, con bordes festoneados, aparecía en el centro del suelo. En las ventanas colgaban unos cestillos con helechos. Un jarrón de latón indio contenía agujas de tejer y lana. Aquella estancia poseía una confianza atrevida y alegre que no tenía nada que ver con las modas; dado que todo no era caro y sí del mejor gusto, parecía el sencillo refugio campestre de una persona rica.

—Me alegra que hayas quitado aquellas deprimentes palmeras. Tío Drew siempre decía que pertenecían más bien al salón de una funeraria. Y la alfombrita es magnífica…

—La tejí yo misma. Algo tenía que hacer por las noches además de leer…

Tía Milly parecía pensativa.

—¡Es muy distinta, Jessie! Original y brillante. Algo que pertenece a este siglo. ¿Sabes qué quiero decir? ¡Creo que eres una artista, querida!

—Claro que no soy ninguna artista.

—¡Pues yo creo que sí lo eres!

Jessie cerró los ojos. Después de la agitación, le acometió el agotamiento. No obstante, sus pensamientos siguieron girando y girando.

Al fin conseguiría algún dinero de aquella casa: sería una especie de respiro. Pero no era ninguna solución permanente. Oh, si ella fuese un hombre la habrían educado para algo… Pero al ser una mujer, y tullida —aborrecible palabra, aunque los eufemismos no servían para mucho más—, se supone que te quedarás en casa y que se harán cargo de ti. Sí, ¿pero qué pasaba si las cosas no funcionaban de aquella manera? ¿Entonces qué? «Hubiera administrado la fábrica mucho mejor de como lo había hecho su padre — pensó—. De todos modos, no soy ninguna engreída. ¡Conozco demasiado bien mis defectos! Tengo la lengua muy afilada y tiendo a ser tiránica. Deberé vigilar esto. Pero sé que hubiera hecho marchar la fábrica mucho mejor que mi padre. Sé manejar a la gente. No les tengo miedo, o, por lo menos, no tanto como para mostrarlo. Y siempre he tenido muy buena cabeza para los números.»

—Nunca me ha gustado esto. ¿Lo sabías?

Tía Milly había roto el silencio.

—Siempre lo sentí mucho por tu madre, pues, con lo alegre que era, tenía que pasar los inviernos en Cyprus… Es sólo una ciudad industrial, perdida entre granjas. Algo bueno si tienes alguna granja o trabajas en una fábrica, pero, de otro modo, aquí no hay nada. Especialmente para ti, Jessie. Permite que te hable con franqueza. Las pequeñas ciudades como ésta tienen una gran estrechez de miras. Encasillan a la gente de alguna forma. Tú siempre has sido la «pobre chica Meig». Y ahora sí que eres más pobre que nunca.

—¿Adónde quieres ir a parar?

—Creo que debes marcharte, eso es lo que quiero decir. Aquí, en Cyprus, no tienes más que recuerdos. Y podrías prescindir perfectamente de muchos de ellos.

Siempre surgía la perversidad en Jessie. A ella nunca le había gustado aquel sitio, pero, a fin de cuentas, era su hogar, y se sintió obligada a defenderlo.

—Tuvimos algunos años buenos antes de que muriera mamá. Te has olvidado de ellos —afirmó con fuerza.

—Lo sé, pero ya han pasado. ¿Sabes qué? Deberías marcharte a Nueva York…

—¿Y qué voy a hacer en Nueva York? Contéstame a eso…

—Sobre todo, porque tío Drew y yo estaremos allí, y no te sentirás tan sola. ¿Y sabes algo más? Creo que debes dedicarte a la decoración…

—¡Decoración! ¡Por el amor de Dios! ¿Crees que es tan sencillo? ¡No puedo colgar una placa con mi nombre y esperar que venga la gente a llamar a mi puerta!

—Claro que no. Pero posees un gusto maravilloso. Y para ti las antigüedades han sido siempre tu violín de Ingres; has debido aprender un montón de cosas…

—No tengo ninguna preparación. Posiblemente no podría…

—Podrías seguir algunos cursos mientras trabajas. Es algo factible…

—¿Y dónde encontraré clientes?

—Yo te iniciaré… Conozco a dos personas. Hay una tal Mrs. Beech que posee una casita de veraneo en los Berkshires. Una habitacioncita como ésta le gustaría mucho. También tengo una amiga cuya hija va a casarse. No es que estén muy bien financieramente, pero sé que podrías decorarle su apartamento sin gastar demasiado. —Tía Milly alzó sus dedos—. Ya tenemos dos. Y, posiblemente, un tercero. Y esas mujeres te recomendarían a sus amigas; así es como comienzan las cosas. Jessie, opino que puedes hacerlo…

De momento, Jessie no dijo nada. La idea era tan loca, tan atrevida, que no podría responderse con alguna razón de peso. En el suelo, cerca de su silla, Claire había dejado a medio hacer un rompecabezas de George Washington, en Valley Forge. Pensativamente, Jessie lo estudió, y luego se inclinó y colocó en su sitio una pieza de Mad Anthony Wayne a caballo.

—Tienes el dinero de la casa para empezar —la alentó tía Milly.

Era cierto. Y tal vez con una buena administración y mucha suerte, las cosas funcionarían. Como decía tía Milly, ya se había hecho antes. No. No. ¡Era una locura!

—El mundo no me está esperando a mí, a Jessie Meig —comentó.

—El mundo no espera a nadie…

Aquello también era verdad… Ser dueña de una misma… ¡No tener nunca que pedirle nada a nadie! ¡Imagínatelo! Ah, pero era una locura, algo imposible…

—Será otro medio ambiente para ti, Jessie. La gente cosmopolita es mucho más tolerante. No sería ninguna rareza, si eso es lo que te preocupa. La ciudad está llena de miles de círculos de personas de todas clases: extranjeros, artistas, del viejo dinero y del nuevo, de todas clases…

Cierto. Cierto. Y también había muy buenas escuelas en la ciudad. De las mejores. Con clases reducidas. Claire, en «Brearley» o «Spence». Había qué alimentar aquella mente tan rica y atareada. Sería algo caro… ¿Pero para qué valía la pena trabajar excepto para cosas así?

Aquí estaba la cola del caballo; luego otra pieza del tricornio de un oficial; un botón dorado; un trozo de una cerca. Al cabo de unos cuantos minutos, Jessie alzó la vista. Una particular clase de excitación cruzó por ella, aferrándose tenazmente a su garganta.

—Sabes, tía Milly… ¡Me parece que tienes razón! Después de todo, no tengo muchas otras cosas que elegir, ¿no le parece?

 

La última mañana se levantó temprano y se abrió paso entre cajas y barriles hasta la cocina. Por última vez, preparó el café y, entre una especie de niebla mental, aguardó a que el agua hirviese. En el alero de la ventana había dos palomas, coloreadas de rosa con las primeras luces. Eran las aves favoritas de Fern, pensó, con una especie de puñalada ante aquel recuerdo, y se quedó allí escuchando sus arrullos hasta que, tras haberlas asustado un poco, echaron a volar con un golpeteo débil y zureando.

Desde las granjas que se encontraban a más de medio kilómetro, un gallo lanzó su solo de trompeta al sol y fue respondido por todo el campo que le rodeaba con jubilosos y pomposos quiquiriquíes: ¡Contemplad el día! ¡Aquellos sonidos caseros tan antiguos, pacíficos y corrientes!

—Estoy a punto de llorar —declaró en voz alta—. Y eso no debe ser. No puedo permitírmelo. Tengo que poner sentido y orden en todas las cosas. ¿Dios santo, cómo sabré que puedo hacerlo?

Por última vez, salió afuera para dar un paseo en torno de la casa. La gravilla crujió; la húmeda hierba estaba fragante. Por encima de ella se alzaba la torre con sus tallas que parecían de pan de jengibre, en estilo gótico carpintero. El desván había sido vaciado de los restos de tres generaciones. La mesa de billar del abuelo comida por la polilla, una mordida cestita de mimbre para los cachorrillos y el bastón de paseo de su padre con el pomo dorado, que utilizara en su apuesta juventud. Y también la fotografía de novia de Fern, que su padre había arrojado allí cuando Jessie regresó a casa.

Entró de nuevo en la casa y se quedó un rato de pie ante la ventana voladiza donde el sacerdote la había casado con Martin, aunque ella supiera, durante todo el tiempo, que aquello constituía un error.

¡Y él se había casado de nuevo! ¿Esta vez con una belleza parecida a Fern? ¿Una mujer cuyo desnudo cuerpo pudiese adorar, sin ninguna piedad ni estremecimiento? ¿Y qué había de Fern, a la que, ciertamente, había adorado? ¿Quién la amaba ahora? ¿La amaría él aún? Y si así era, ¿entonces por qué…? ¡Maldita sea, ya tengo bastante de todo esto! ¡Así no vas a ningún sitio, Jessie! Algunas cosas son para ti, y otras no. ¿Aún no has aprendido eso?

Las seis. Subió despacio las escaleras. Delante de la puerta de Claire había una caja con libros, con unos patines de hielo y una raqueta infantil encima. Un terrible y loco pánico se apoderó de ella. ¿Y si le hubiera ocurrido algo a aquella chiquilla? ¿Y si se hubiese muerto durante la noche? ¡Oh, Dios mío! Empujó la puerta y entró.

Las largas piernas de Claire habían estirado la manta hasta el extremo más alejado de la cama. ¡Normal! ¡Alta, derecha y perfecta! Gracias al cielo, no había heredado aquella aflicción de su madre, pero sólo había sido un cálculo equivocado de la Naturaleza. Como un elefante albino.

La manecita se agarraba a un extremo de la funda de la almohada. ¡Como una chiquilla tan vigorosa, curiosa y determinada cual era! No resultaba tan fácil criarla. Constituía un auténtico tesoro. «Lo tendría todo —pensó Jessie —, todas las alegrías, vestidos, bailes, enamorados y viajes a las estrellas. Y todo procederá de mí. Maldita sea si no soy capaz de hacerlo…»

Se inclinó sobre la niña y la tocó en el hombro:

—Vamos, querida. Ya es hora de levantarse. Tenemos que irnos…