Vientos sin rumbo
Libro quinto: Pérdidas
Libro quinto
PÉRDIDAS
CAPÍTULO XXVII
Durante dos meses, la melancolía se apoderó de la casa como una pesada mortaja. Una tarde, a mediados de setiembre, Martin estaba sentado solo en el porche cubierto. Hacía calor, pero ya no tanto como en mitad del verano. Aquel opresivo bochorno había terminado su apogeo y se encontraban ya en la estación de las aves migratorias y del silencio. Él deseaba regresar a la ciudad. Con una lógica que no tenía nada de particular, pensaba que se encontraría mejor allí. Por lo menos, podría ir a la oficina por la noche y hacer algún trabajo de tipo administrativo. ¡Cualquier cosa con tal de estar fuera de casa! Pero el curso escolar no comenzaría hasta dentro de una semana y Hazel deseaba quedarse aquí el mayor tiempo posible, obviamente porque podía ocultarse con más facilidad en este lugar, donde eran, simplemente, veraneantes de paso y les conocía muy poca gente.
La oía moverse en la cocina. Cada atardecer, después que la criada se iba al piso de arriba, encontraba ocupación en la cocina, guisando y cociendo cosas en el horno. Martin se levantó y se detuvo un momento en el umbral. El jengibre y el azúcar mezclaban su olor en el aire cálido. Todos los complicados chismes que Hazel había traído de casa —cazos, moldes, tarros y libros de cocina con brillantes sobrecubiertas— relucían en aquella luz amarillenta. Sin embargo, Martin continuaba sintiendo que la podredumbre se extendía por todas partes.
Hazel sacó un pastel del horno. Le puso encima merengue, coloreado delicadamente de color castaño, como si estuviese tostado. Deseó que su mujer dejara de atiborrar a los niños con todas aquellas porquerías… Marjorie, que era fuerte y huesuda al igual que la madre de Hazel, había engordado ya cuatro kilos durante el verano.
Hazel dejó el pastel en la repisa.
—¿Quieres que te haga una taza de té?
La mujer hablaba con mucha educación, como lo hacía siempre que se dejaba caer por allí de improviso algún vecino.
—No, muchas gracias.
Los ojos de ella, con sus redondas y puras escleróticas, reflejaban siempre una gran inocencia y parecían suplicantes. Pero esta noche estaban apagados. Tercos, pensó, pero quedó avergonzado de su pensamiento. De repente, se percató de que Hazel había adelgazado mucho. Debía de haber estado perdiendo peso durante muchas semanas.
—Has adelgazado mucho —le dijo.
Hazel secó el fregadero y colgó el trapo de cocina de su gancho.
—¿Y eso qué diferencia entraña?
—Es muy importante. Si esa pérdida continúa, deberemos comprobarla.
—¿Por qué? ¿Crees que se trata de cáncer? Así me quitaré de en medio, ¿no te parece?
—¡No seas estúpida! Esta clase de conversaciones no sirven para nada, Hazel. Hay un límite para la simpatía, como para cualquier otra cosa.
—¿Quieres saber algo? Realmente, no me importa si tengo o no tu simpatía.
—¿Entonces qué es lo que te importa?
—Creo que cualquiera se daría cuenta.
—¿Te refieres a la casa? ¿A los hijos? Sí, lo estás haciendo muy bien, como en los libros y mejor aún. Pero existen otras cosas…
—Sí, hay otras cosas, pero es un poco tarde para ellas. —Se apartó los cabellos de la frente—. Me voy arriba —terminó con voz cansada.
Martin comprendió que el tema había sido dejado de nuevo de lado.
—Esperaré a Enoch. Y a Claire. ¿Recuerdas que quedó en venir dos días esta semana?
—Ya tiene preparada la habitación. Y no necesitas aguardar a Enoch, puesto que se quedará esta noche con su amigo Freddy.
La luz del techo producía concavidades y sombras en las mejillas de su mujer. Durante un momento, se quedó allí como si estuviera buscando algo y se hubiera olvidado de qué era. Martin sintió una mezcla de piedad y exasperación.
—Bueno, me voy arriba —repitió de nuevo—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Martin regresó al porche llevándose el televisor portátil. Aquella noche proyectaban un drama muy movido, una serie de doctores. Reconoció en seguida al héroe, puesto que podía haber escrito el guión, en el cual el interno, tan puro como su asombrosa brillantez, resolvía sin dificultades todo aquello que había ocupado tanto a los especialistas más renombrados del mundo. ¡Qué idiotez! Desconectó el aparato y se dirigió al salón, cogió el periódico y lo encontró de nuevo repleto de aquella repetitiva letanía de asesinatos y robos, de ciudades en bancarrota, de presupuestos de defensa y de discursos electorales. Volvió a dejarlo. Suspiró y se preguntó si los dueños, a su regreso, sentirían alguna emanación de la frustración de su espíritu que se había desarrollado en aquella casa. Pensó que él sí podía sentir la de ellos, desde aquellas apagadas cretonas con sus toscos crisantemos de color marrón, hasta el escritorio Victoriano que había en un rincón, con sus tallados en madera de palo de rosa, tan sólido como una catedral, y que habrían heredado de los bisabuelos de ella o de él.
Reconstruyó aquella familia. Constituía un juego, un pasatiempo para él. Las cosas de plata las habrían conseguido en la política, puesto que, naturalmente, eran republicanos. Con su heredada vajilla de china «Lenox», celebrarían sus formalistas banquetes con rosbif poco grueso, sopas claras y un postre de gelatina. No le había agradado aquella casa cuando la alquilaron, debido a que conservaba el espíritu de unas emociones apagadas y reprimidas; el hombre de la fotografía amarillenta llevaba un canotié de los años veinte, colocado en el ángulo apropiado, pero su rostro no era el tan celebrado de Scott Fitzgeral: los labios aparecían apretados y muy delgados. Además, el día que llegaron allí, la casa tenía el olor de trajes de baño húmedos y de zapatos de lona manchados de alquitrán. No obstante, estaba cerca del agua y, después de todo, era aquello lo que pretendían para el verano. Una buena casa, pensó: la habitación principal tenía camas gemelas. Se preguntó cómo se las habrían arreglado durante las pasadas semanas si Hazel y él hubieran tenido que compartir una cama de matrimonio. La próxima semana, cuando regresasen a su hogar, deberían hacerlo.
Él había intentado enderezar las cosas. Oh, cuánto lo había intentado desde aquella espantosa noche en el restaurante de San Francisco…
A veces, ella suspiraba.
—¿Por qué suspiras? —le preguntaba él.
Y Hazel respondía:
—¿He sido yo? No me he dado cuenta.
Tal vez fuera así. A menudo, un suspiro es un inconsciente alivio de la tensión. A menudo, y de forma inesperada, le afloraban las lágrimas. Habían ido al cine unas cuantas veces y allí, en la oscuridad, había escuchado aquel ruido de su bolso al abrirse y cerrarse, cuando ella sacaba un pañuelo. Con el reflejo procedente de la pantalla, veía el húmedo brillo de las lágrimas y sabía que no podían, en forma alguna, haberse originado por la trivial y tonta historia que aparecía en la pantalla. Suspiros y lágrimas. Dos o tres veces, se había acercado a la cama de ella y la había rodeado con los brazos. Hazel no le había rechazado, pero siguió allí tumbada como un bulto indiferente, como si le dijera: «Tómame o déjame; no significas nada para mí.»
Martin se había despojado de cualquiera de aquellas complejas sensaciones que le habían aproximado a ella al principio: Necesidad de alivio sexual, ternura, tristeza, deseo de reconciliación. Todo aquello, simplemente, había desaparecido, y él permanecía ahora echado a su lado, pensando en lo que debería hacer para romper aquella situación y percatándose, al final, de que no había ninguna manera, y, puesto que ya había pronunciado todas las palabras a las que podía recurrir, regresaba a su propio lecho.
Se preguntaba cómo una familia podía mantenerse unida de aquella forma. Enoch, por lo menos, debía notar algo. Aquel verano había actuado de consejero en un campamento externo para muchachos retrasados. Le atraían los rechazados y los débiles. Afortunadamente, no era uno de ellos; de todos modos, no había estado nunca en un «Ivy League», ni salió en la Law Review. No era el tipo de persona que sobresalía por encima de los demás. Era un buen maestro de los jóvenes, especialmente de los jóvenes con problemas. «No mostraría simpatías hacia mí si conociera la verdad», pensó Martin. Los jóvenes pueden llegar a ser espantosamente puritanos. Se toman en serio lo que les enseñamos hasta que descubren lo que realmente somos.
«¿Sabría Enoch algo?», se preguntó de nuevo. Tuvieron una pelea la primera vez que regresaron de California, durante la cual la voz de Hazel había sido lo suficientemente alta como para que la oyesen al otro lado de la calle. Le dio un acceso de rabia y golpeó la pared con los puños. Él no sabía que fuera capaz de semejante pasión, de una clase u otra. Luego, se mostró contrita y temblorosa, como si la avergonzase haberse comportado así. Y su docilidad le afectó mucho más que su rabia, la cual, después de todo, no era anormal en aquellas circunstancias. Su seguridad emocional había quedado desequilibrada.
Se sentaron a comer a la mesa y Hazel, sonriente, le sirvió la ensalada y partió el pastel. Pero sus ojos aún mostraban profundas ojeras debajo de su intenso maquillaje. Se preguntó por qué Enoch no preguntaba nunca nada al respecto, pero luego pensó que tal vez el muchacho no quería enterarse. Tuvo en un repentino destello la visión de unas mesas durante la cena, de millones de mesas en todo el país, de familias sentadas con un hombre y una mujer, con los hijos en medio. ¡Qué pequeña resultaba la trama que los mantenía juntos…! ¡Dios mío, no se sabe nada de lo que pasa por ahí…! Recordó aquel médico del otro lado del vestíbulo de aquel edificio. Un distinguido tocólogo, un encantador abuelo con una refinada y hermosa esposa. Una tarde, cerró de repente la puerta de su consulta y se fue a Arizona con la secretaria. ¿Podía haber una cosa más simple, directa y clara?
Se levantó, y del cajón del escritorio del que se había apropiado para aquel verano, sacó una carpeta. En las tapas había escrito «El Instituto». Por lo menos, aquello era algo directo y claro. Cada detalle tenía su propósito, ya fuese científico, técnico o artístico. Al otro lado de la entrada, debajo del frontón, deseaba que tallasen en piedra una sencilla sentencia. Buscando cuál debía ser, volvió de nuevo, como siempre lo hacía, a los griegos. Ninguna cultura anterior, o posterior, había sido capaz de expresar, ya fuera en palabras o en piedra, probablemente también en la música si se pudiera desentrañar, unas verdades tan fundamentales con una elegancia tan comedida.
Pensó en ello una vez más y vio que había llegado a una decisión. El que ama al hombre ama el arte. Esculapio. «Aquellas pocas palabras encima de la puerta lo dirían todo», pensó de nuevo. En la próxima reunión, las expondría a los administradores, aunque, seguramente, estarían deseosos de dejar aquel asunto a su elección. Los hombres como Moser, y la mayoría de ellos eran como Moser, no sabían mucho acerca de los griegos y tampoco les preocupaba.
También existía el asunto del mural para el vestíbulo. Martin no estaba muy seguro de lo que resultaría más indicado; no se podía desear que el lugar se pareciese a una oficina de Correos o a un Palacio de Justicia. Sin embargo, había quienes presionaban al respecto. Y la idea no resultaría mala si encontraban el artista apropiado para ejecutarlo. Se dedicó a coleccionar fotografías de ejemplos. Pensativo ahora, las acercó a la luz, visualizando sus proporciones, la forma en que aparecerían ante los visitantes cuando doblasen la esquina del corredor, como seguramente lo harían. Las figuras no debían de ser muy grandes, o de lo contrario se perderían los detalles…
Comenzó a disfrutar consigo mismo, con lo cual disminuyó parte de la tensión. De repente, escuchó los frenos del coche de Claire que hacían crujir la gravilla del camino de entrada. ¡Aquella chica conducía demasiado de prisa! No importaba lo que se le dijese: La gente parecida a ella nunca aprendería. Resultaban impetuosos, daban golpazos, pero eran encantadores y capaces asimismo de las sorpresas más asombrosas. No se había recuperado, y tal vez nunca pudiera hacerlo, de la conmoción que le produjo enterarse que lo sabía todo acerca de Mary y de él, desde que tenía dieciséis años y descubriera aquellas fotografías.
Al principio, supo que debía de estarle agradecido a Jessie por la discreción de su hija, y tal vez también por su compasión. Pero ahora se lo agradecía asimismo a la propia Claire.
Abrió la puerta a su hija.
—Hola, papá… ¿Cómo va todo?
—Muy bien. He estado mirando los diseños para el umbral del vestíbulo. ¿Quieres verlos? ¿O deseas tomar primero un café? Me parece que aún queda un poco caliente en la cafetera.
—Primero el café, por favor.
La muchacha le siguió hasta la cocina.
—¿Quieres también tú un poco, papá?
—No, me impide dormir. Me limitaré a mirarte.
La chica lo estudió.
—Pareces muy cargado de trabajo, ¿no es cierto? Bueno, no puedo culparte. Vas realmente muy de prisa en ese asunto de la Fundación. He estado contemplando hoy las mezcladoras de cemento y todas esas máquinas, y también yo me encuentro bastante cansada. O tal vez casi sin respiración, al pensar en que al final sucederá todo eso, y que eres tú el que lo ha conseguido.
—Y unos cuantos centenares de personas más.
—Oh, no seas tan modesto…
Martin reflexionó: «Jessie acostumbraba siempre decirme eso.»
—De todos modos, te pertenece a ti. Por fuerza tendrás insomnio con tanta excitación —prosiguió Claire de buen humor—, y de veras que el mérito sólo te corresponde a ti.
Ciega, ciega. Ella era tan feliz consigo misma que no veía nada más. Feliz a causa de aquel tipo… «Llegaría muy pronto», pensó Martin con un estremecimiento en el pecho, y tendré que verle. Es chocante cómo las cosas cambian de proporciones. Con mis problemas personales, no he tenido aún tiempo de pensar en ese otro asunto. Sin embargo, deberé hacerlo.
—Hoy he asistido a un parto —prosiguió Claire—. Constituye la parte más alegre del hospital, ¿no te parece? El doctor Castle estaba presente, como es natural, pero lo hice casi todo yo sola. El niño tenía un color azulado, y me asusté, pero inserté el succionador y el feto tomó un hermoso color sonrosado y lanzó un buen chillido. Sentí algo grande.
—¿No lamentas el haber abandonado el internado de Chicago?
—Realmente deseaba mucho quedarme allí, pero eso fue antes de conocer a Ned. Ya sabes que llegará el mes próximo.
¡Como si Martin no lo supiera!
—Se va a enfrentar con un terrible trabajo: «White, Davis y Fisher.» Se trata de una de las tres empresas mayores en ese negocio.
Claire se levantó y se dirigió a la caja de los bollos.
—Hazel resulta una panadera ideal… Es asombroso que no estés gordo.
—Me parece que, después de todo, yo también tomaré una taza — manifestó Martin.
Se sirvió el café y bebió unos sorbos.
Luego, forzando al máximo su jovialidad, preguntó:
—Así que cada vez te muestras más segura de ti misma, ¿no es verdad?
—Sí. No tengo ya cosquilieos en el estómago. Es mi pequeña experiencia clínica lo que proporciona esa confianza.
—Para una mujer que ha conseguido ser el número cinco de su clase el pasado mes de junio, yo diría que, realmente, sí que tiene mucha confianza.
—El asunto de medir a la gente unos con otros resulta una cosa muy mezquina cuando piensas en ello —confesó Claire.
Luego sonrió:
—De todos modos, debo admitir que te da una gran alegría cuando estás en la parte alta de la lista.
Ahora Claire llevaba lentes de contacto y Martin aún no se había acostumbrado a verla sin gafas. Le parecía menos seria. «¿Sería “genuina” la palabra más apropiada para ella, con aquellos rizos parecidos a un muchacho y su encantadora nariz arremangada y su largo cuello? Tenía el mundo ante sí», pensó, incluyendo, maldita sea, a Ned Lamb. Desearía…
De repente, Claire se puso seria.
—Papá, me gustaría que la gente no lo pusiera todo tan difícil para Ned y para mí. Mamá, simplemente, no se muestra muy amplia de miras…
«Vaya pregunta», pensó Martin lúgubremente.
—Me parece que uno debería ser capaz de enfrentarse con el pasado. ¿Por qué una nueva generación debe mostrarse ligada a un pasado con el que no tiene nada que ver?
¿Nada que ver con él? ¿De dónde creían aquellos jóvenes que procedían? ¿Que habían salido del mar o, simplemente, de la cabeza de Zeus?
Intentó murmurar:
—No es tan sencillo. Has hecho revivir antiguos dolores. No sólo son los jóvenes los que pueden sentirlos.
Y pensó: «Deseo poder hablarle acerca de Hazel…» Pero algo de su dignidad y de su orgullo estaban en contradicción con aquella posibilidad.
—Oh —respondió ella con rapidez—, ¡oh, papá, ya lo sé!
Martin vio una franca compasión en los ojos de su hija.
—Te sorprendería si fueses capaz de saber lo bien que comprendo muchas, muchas cosas.
Martin sonrió dubitativamente.
—¿Lo crees así?
—Tú y mamá, los dos creéis que os deben pedir que hagáis las paces. Mary también piensa eso. Ned me lo ha escrito.
—¿Te parece que podemos?
—Sí, pero… Oh, concedo que sería más fácil empezar de una forma completamente limpia con una nueva familia, y sin tener esqueletos en el armario. No resulta ideal que nadie hable acerca de nadie.
—¿No ves lo que eso significa? ¿Tengo que exponerte algunos de esos viejos moldes, acerca de que el matrimonio ya es de por sí lo suficientemente difícil, como para empezarlo también con problemas? ¿Y que se presentarán con demasiada frecuencia en los asuntos ordinarios de la vida? Pues bien, te diría todas esas frases hechas, pero tú ya las conoces. Pero también sabes que todas ellas son verdad.
—Supongo que lo son, pero nunca han disuadido a nadie, ¿no te parece?
Un grillo comenzó su frenético y repetitivo chirriar en la cocina. «Parece un gorjeo humano», pensó Martin. Nos repetimos y repetimos, pero no conseguimos cambiar nuestra forma de pensar.
—¿Qué me dices si nos fuéramos a dormir? —preguntó con cariño—. No resolveremos nada esta noche.
Claire bostezó.
—He anhelado mucho estos dos días. Tengo pensado pasarme cada minuto de ellos en la playa. Serán los últimos del año.
Martin la observó mientras subía las escaleras. Constituía un soberbio producto para haber salido de aquel matrimonio tan extraño… Y con el dolor de la comprensión, fantaseó que ahora sabía lo que Jessie sentía acerca de aquella hija de su propia carne. Luego, apagó las luces de todo el primer piso y permaneció un rato en el vestíbulo en sombras antes de irse a la cama. Entre los crujidos de aquellas viejas paredes y los susurros de los coches que pasaban por la silenciosa carretera, le pareció oír unas voces que parecían llenar una vasta habitación. Todas aquellas voces, en una baja cacofonía de un idioma extranjero, estaban diciéndose cosas apremiantes y serias unas a otras, pero, al escucharlas a todas juntas, sólo producían un zumbido contradictorio y un griterío, y no se podía comprender nada. Lo único que sabía era que muchas cosas habían salido mal.
«Estoy cansado de pensar», se dijo para sí mismo, mientras subía la escalera.
Se despertó con la incómoda sensación de ser mirado por alguien. Hazel estaba sentada en la otra cama en camisón, y no dejaba de contemplarle.
—¿Cuánto tiempo dura ya esto? —preguntó.
—¿Por qué? ¿No puedo mirarte?
Se levantó sin contestar. Sacó un traje del armario y del cajón de la cómoda, una camisa. Luego, volviendo al armario, seleccionó una corbata, sacó los zapatos y se dirigió al cuarto de baño para vestirse. Estaba temblando. Otro día. Cuando salió del baño, Hazel aún seguía allí.
En el comedor, Esther, la nueva criada, había puesto en la mesa su zumo de naranja, el café y las tostadas. Procedía del Sur, era una chica joven de pelo castaño, con muy buen aspecto con su uniforme de algodón rosado.
—¿Esta mañana quiere huevos o cereales, doctor?
—Huevos, por favor —contestó Martin.
Luego, el solo pensamiento de los huevos se le atragantó, por lo que cambió de idea.
—No quiero nada. No tengo apetito.
En cuanto se hubo bebido el café, recordó que no se había afeitado. Se pasó la mano por el mentón y, al sentir la barba incipiente, se dirigió al piso de arriba. Hazel seguía sentada en el borde de la cama.
Ya en el baño, se afeitó chapuceramente y se cortó más de una vez, pero era ya muy tarde y no podía hacer más. Dejó abierta la puerta del cuarto de baño, por lo que el dormitorio quedaba reflejado en el espejo: Las camas sin hacer, el desorden del tocador y luego Marjorie que entraba para que le hiciera las trenzas. Tenía un grueso pelo de color ratón, la clase de cabello que probablemente querría decolorarse cuando tuviera dieciséis años.
—Hola —le dijo Martin a través del espejo—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—La madre de Jane nos llevará a casa de su abuela. Tienen una piscina.
—Eso debe ser magnífico —respondió animado.
La cordialidad era una forma de condescendencia con la chiquilla, no su forma habitual de comportarse, pero era consciente de que debía tratar de aclarar la atmósfera. Se preguntó si la niña vería algo raro en la forma en que su madre seguía sentada en el filo de la cama, todavía en camisón. La niñita aguardó pacientemente con la cabeza inclinada para que le pasasen el cepillo y el peine. Había tal pathos en aquel cogote cuya parte central terminaba en aquellos mechones infantiles… Observó cómo Hazel le hacía las trenzas. ¿Cuántos centenares de mañanas habría hecho las trenzas antes de que Marjorie creciera y se las cortara? Ahora Hazel apretó los extremos con unas bandas de goma y un pequeño lazo negro atado en cada una. Por un instante, colocó la cara entre los frágiles hombros de la niña que, a pesar de su gordura, marcaban los omóplatos por debajo del delgado algodón de su vestido veraniego. Le pareció a Martin como si estuviera dándole allí un beso. Luego, le dio la vuelta a la niña y la besó de nuevo en la mejilla.
—Que lo pases bien, querida —dijo.
—Que lo pases bien —repitió también Martin.
Luego oyó cómo Marjorie bajaba estrepitosamente las escaleras.
Cuando salió del cuarto de baño, Hazel se levantó. Parecía haber perdido más peso durante la noche y se le veían unos ojos muy grandes.
—¿Cuánto va a durar esto, Hazel? —preguntó.
—No lo sé.
—Han pasado ya varias semanas. ¿Qué deseas de mí? Te he repetido un centenar de veces cuánto lo lamento. ¿Qué más puedo hacer? ¿Qué puedo hacer por ti? Te lo he pedido una y otra vez. Dime qué deseas de mí — terminó con desesperación—, y lo haré.
—Lo que quiero no me lo puedes dar.
—¿Qué es?
—Quisiera que no hubiera sucedido —susurró.
Martin levantó las manos.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Hazel—. ¿Qué tiene que hacer una mujer para ser igual a…, a Flo Horvath o a la mujer de la puerta de al lado, o, prácticamente, que cualquiera otra de esta calle, que no tienen que pensar en nada, excepto en lo que pondrán para comer o en el vestido que llevarán el próximo sábado? ¿He de ponerme el azul con lunares blancos o el amarillo con rayas marrones?
—Escucha —dijo Martin—. Debes dejar de sentirte apesadumbrada de ti misma. Estás agotando mi paciencia, Hazel. Puedes hacerlo.
—No puedo…
—¿Cómo crees saber lo que cualquier otra mujer piensa al respecto? ¿Te parece que eres la única que tiene problemas? La gente no… —no sabía cómo terminar la frase—, no cenan con champaña y fresas cada día. La vida no es así.
Ella se cogió las manos.
—¡Champaña! Me gustaría probarlo. Oh, sé que uno necesita pan y carne y tú siempre me lo has dado, y en toda ocasión te he estado agradecida…
—¿Pan y carne? ¿De qué estás hablando?
—Quiero decir que me has dado un hogar y te has portado como un buen padre: Has sido muy cariñoso, muy cariñoso. ¡Dios sabe a costa de cuántos esfuerzos! ¡Oh, mi corazón siempre se acuerda de la madre de Claire!
«Aquélla debía ser la enésima vez que lo decía en los últimos dos meses», pensó Martin.
—Siempre he sentido una terrible lástima por Jessie. Constituye una historia muy triste. Muchos errores terminan así, entre tristezas. Pero, ¿por qué he de sentirme también triste por…, por Fern, por Mary, o como la quieras llamar? ¿No es una locura? ¿Sentirlo por ella?
Martin tenía ya una mano en el picaporte de la puerta y de nuevo le asaltaba aquella debilidad. No le abandonaría ya durante todo el día. Una vez estuviese sentado en el tren, sería incapaz de leer el periódico. En el despacho y en el hospital, temería la hora del regreso, y, al mismo tiempo, la desearía con la esperanza de que aquel día, quizás al fin, algo hubiera cambiado mientras él estaba fuera.
—Recuerdo la primera vez que me hablaste, la noche en que operaste a la hija de Moser. Recuerdo cada palabra. «Tenía una hijita —dijiste—. No la he visto desde que cumplió los tres años.» Y luego seguiste hablando acerca de cómo había ocurrido. Eras tan honesto, que mi corazón se dolió por ti. «Estaba abrumado», dijiste. Ésas fueron tus palabras. «Estaba abrumado. Pero eso ya ha pasado», terminaste. Y yo lo comprendí. Esas cosas suceden. Un capricho que pasa y se va, al igual que una tormenta. ¿Cómo iba a saber que cada palabra era una mentira?
Su voz subió una octava, con dureza, resonando como si gritara a través de un túnel. Estuvo seguro de que se oiría a través de las puertas cerradas y de las paredes.
—Los niños —le previno—. Esto es un asunto nuestro y no de ellos.
—No, ciertamente, no queremos que los niños lo sepan, ¿no es verdad? Que su heroico padre se pasó los años de la guerra con la mujer que ama, mientras su esposa estaba a cinco mil kilómetros de distancia, incapaz de defenderse a sí misma. No me preocuparía, lo repito otra vez, si se tratase de un asunto casual. Lo hubiera comprendido. Ya te lo dije.
—Sí, me lo has dicho docenas de veces…
Y Martin pensó: «Qué extraño, eso es exactamente lo que Meig me dijo.»
Luego preguntó en voz alta:
—¿Qué deseas que haga?
—¿Qué deseas tú hacer? Claire dice que no está casada. Tal vez desees regresar con ella. Sí, quizás eso es lo que quieras, volver con ella.
Afectó una postura sarcástica, con las manos en las caderas, con expresión de astucia. Esto hizo que, de repente, Martin estallase en ira.
—¡Estás obsesionada! ¡Estás diciendo desatinos, maldita sea…!
—¡No tuve que casarme nunca contigo! Mi hermana siempre afirmaba, nunca te lo dije, que a ti te parecía que eras demasiado bueno para nuestra familia…
¡Qué chismorreos de aquella lengua tan afilada…! Después de lo decente y generoso que había sido con todos ellos… No obstante, la mujer había intuido, a pesar de todo el cuidadoso tacto de Martin, lo que él pensaba de ella.
Con gran frialdad, prosiguió:
—Estás aviada si debes formarte tus opiniones con lo que diga tu hermana.
—Sé lo que piensas de ella… Tal vez no debía haberme casado con nadie, o, simplemente, haber elegido un hombre en el listín telefónico para tener hijos con él y compartir los gatos. No hubiéramos tenido la pretensión de amarnos. Todo este asunto constituye un condenable truco de la Naturaleza.
—No crees ni una palabra de lo que estás diciendo, Hazel.
—Lo creo ahora. Cuando estaba enamorada de ti, no pensaba con claridad… Tal vez ni siquiera me encontraba en mi sano juicio.
Martin pensó por un instante: «Entonces por qué no entiendes cómo yo…»
Y al instante siguiente pensó: «Pero sí que lo comprendes; ésa es la dificultad mayor.»
—Creía en ti, Martin. ¿Cómo puedo creer ya en nadie, cómo puedo, a partir de ahora, creer en cualquier persona?
Aquello era verdad. ¿Cómo podría hacerlo?
Pero Martin le replicó:
—Puedes creer en mí. Lo que ocurre es que pides demasiado. No digo que no tengas derecho a exigirlo. Tienes todos los derechos. Pero, simplemente, yo no soy capaz de dártelo, eso es todo… Y, además, lo sentiré hasta el día en que me muera.
Hazel se tapó un momento la cara con las manos, y luego echó la cabeza hacia atrás. Martin pensó que parecía una mujer que saliese de la conmoción subsiguiente a un accidente.
—¿Así que dónde estamos? —preguntó su mujer.
Él se humedeció los labios.
—Estamos…, estamos aquí, formamos una familia. Tenemos ante nosotros todo un futuro —prosiguió hablando de una forma vivaz—, años y años, por lo menos eso espero. Aunque el pasado no haya sido exactamente como tú deseabas, ¿no puedes dejarlo a un lado, ya que no es posible alterarlo? Te amo, Hazel.
—Muy bonitas palabras. Eso es lo que son. Las noches en que te quedas en la ciudad, ¿llevas a las mujeres a la cama en mi apartamento, o vas al de ellas?
¡Qué ultrajante acusación! Siempre había sentido desprecio por los donjuanes. Sólo había habido otra a la que desease, sólo otra.
—Tú sabes que es una locura lo que estás diciendo —prosiguió.
Hazel suspiró.
—Sí, supongo que lo es. Lo siento.
—Muy bien, entonces estamos otra vez en el punto de partida. ¿Qué puedo hacer para terminarlo?
Le cogió la mano, pero ella la retiró.
—Dímelo. Te lo digo muy en serio, Hazel.
—Todo está arruinado. Yo soy una segunda elección. ¿Qué puedes esperar que sienta por ti?
—No eres una segunda elección. Regresé por ti.
—Ya le hemos dado muchas vueltas a esto. Regresaste por tus hijos.
Era cierto. Si no hubieran tenido hijos, ¿hubiera vuelto, de todos modos, con ella? Como hijo de sus padres y de su tiempo que era, ¿hubiera seguido el dictado de su conciencia? Después de todo, Hazel no le había pedido que se casase con ella. Aquello no tenía respuesta.
—No puedo trabajar y volver a casa para esto, pasarme el resto de mi vida con alguien que es tan miserable, Hazel.
—Entonces, ¡vete! ¡Vete, vete!
—¡Maldita sea, no me marcharé y lo sabes condenadamente bien! ¡Así que cállate…!
—No me importa —replicó ella en voz muy baja— vivir o morir.
—¡Te estás volviendo loca!
—¡Maldita sea! ¿Lo has oído? ¡No me importa vivir o morir!
Martin se detuvo en el arranque de las escaleras.
—¡Estás loca! —gritó otra vez—. ¡Y estoy harto de todo!
Hazel cerró con fuerza la puerta del dormitorio. La vibración traspasó las paredes. Abajo, en el vestíbulo, tintinearon las lágrimas de la araña del techo.
—¡Hazel, abre la puerta! Quiero decirte algo. Tengo que irme a trabajar. No puedo marcharme así, he de tomar el tren…
No obtuvo respuesta.
Martin miró el reloj. Le quedaban sólo siete minutos para llegar a la estación. ¡Al diablo con todo! Bajó de prisa las escaleras y salió por la puerta.
Claire se despertó temprano. Las cortinas se movían a causa del húmedo aire procedente del Sound. Una vez se hubiesen despejado las primeras nieblas, el día sería muy claro. Aquél fue su primer pensamiento. El segundo, se refería a Ned. Siempre había creído que el sexo estaba omnipresente, desde los libros de texto hasta las películas. Ahora estaba segura de ello. Cómo coger, diseccionar y analizar aquel encanto, para el que no había realmente palabras, como las que se empleaban para describir la música… De todas maneras, cabía decir una cosa: El sexo se alimenta de su propio apetito. Había estado soñando con ello cada noche desde que dejara a Ned. ¡Se había producido tal vacío, tal dolor! Una dulzura que no hubiera podido imaginar antes de aquel primer día, en las calientes rocas de la colina de Devon. Y le pareció que octubre estaba increíblemente lejos…
Si, por lo menos, Jessie mostrase más generosidad hacia él.
—No quiero que me recuerden mi casa —se quejaba.
Qué extraño resultaba que aún pensara en Cyprus como su hogar, incluso después de tanto tiempo. Y Claire recordaba aquellos canales cubiertos de malas hierbas, en los que se veía la verde lobreguez de las algas, y en la desolada nieve amontonada a lo largo de las calles.
—Me he convertido en una nueva persona con una nueva identidad. Este matrimonio me retrotraerá al pasado.
Jessie había hablado al igual que un chiquillo petulante o una mujer zalamera, y ninguna de esas dos actitudes le correspondían o le resultaban familiares a su hija.
—Cuando te cases con él, todo eso volverá —no hacía más que decirle.
El increíble egoísmo de aquellas palabras, como si pudieses pedirle a alguien que no se casara porque le traería recuerdos poco gratos a alguien más…
—Él no es su hijo —había protestado Claire.
—Ha crecido en su casa, y es como si fuese su propio hijo. Tiene en absoluto su personalidad, su forma de obrar.
Forma de obrar. ¿Qué forma de obrar? Aquello era algo efímero, como tratar de atrapar una nube.
—Todo eso te pasará —decía Jessie, tranquilizándose a sí misma—. Apenas le conoces…
«Pero no había pasado», pensaba Claire realmente angustiada.
—¿Cómo podía saber que cada palabra era una mentira?
La voz de Hazel traspasó la pared. Estaba llorando. Claire se levantó. La voz de Martin también llegó hasta ella, con tono encolerizado. Las voces se alzaron más y más y se hicieron muy claras.
—¿Qué quieres que haga?
—Nunca debí haberme casado contigo…
Desconcertada y alarmada, Claire se tiró de la cama y empezó a moverse ruidosamente por la habitación. Dio al grifo de la ducha. Aquello no era asunto suyo y no tenía derecho a escucharlo. Se oyó un portazo. Fue un ruido muy violento. Creyó que alguien se había pillado un dedo y, por simpatía también comenzó a dolerle a ella el dedo. Luego oyó cómo su padre bajaba con estrépito las escaleras, abría la puerta principal, la cerraba con brusquedad y, unos momentos después, el coche se ponía en marcha con un impaciente surtidor de gravilla.
Se dirigió al comedor. Esther abrió la puerta de vaivén de la cocina.
—¿Quiere usted cereales o huevos, Miss Claire?
—Cereales, por favor. ¿Ha desayunado ya Mrs. Farrell?
—No, señorita.
Oh, qué artificial y estúpida forma de relacionarse el sirviente y el dueño… Claire habló con franqueza.
—Qué espantosa resulta esta mañana. ¿Sucede esto a menudo?
Al ver que la chica vacilaba, prosiguió:
—Está bien, Esther. Después de todo es mi familia y les quiero. Lo que ocurre es que, hasta ahora, no había oído una cosa parecida. Pensé que tal vez supieses algo que me pudiera servir de ayuda.
—No, señorita. Sólo llevo aquí tres semanas y parecían una gente muy simpática y tranquila. Nunca había oído nada.
—Está bien —observó Claire con trivialidad, ya que se requería alguna respuesta—, esas cosas suceden, como suele decirse, en las mejores familias.
—Oh, sí, los que se casan siempre han de enfrentarse con problemas. Estuve casada una vez y las cosas no fueron fáciles. Estos panecillos son muy ricos y están calientes.
Hazel llegó procedente del porche.
—Me pareció oírte. Siento no haber podido saludarte anoche. No me sentía muy bien.
—¿Estás bien ahora?
—Oh, sí. No ha sido nada.
Tenía los párpados enrojecidos y se le había corrido el lápiz de labios. Llevaba puesto un albornoz de rizo.
—Tengo debajo el traje de baño. Pensé darme un baño a primera hora — explicó.
Se sentó muy decorosamente, aclarándose la garganta cual si fuese una nerviosa señora anciana que hiciese una visita por la mañana.
Claire pensó: «Por todos los cielos, Hazel, no necesitas representar para mí… ¿Por qué no te pones a llorar, o dices palabrotas, o te levantas, y te vas de la habitación si es eso lo que te apetece?»
Hazel preguntó:
—¿Has encontrado todo lo que deseabas?
—Mucho más que eso, gracias. ¡Qué bollos! ¡Engordaría en esta casa si viviese contigo!
Hazel la contradijo:
—Tú nunca estarás gorda. Eres como tu tía Mary.
Y al ver que Claire parecía asombrada, añadió:
—Naturalmente, nunca la he visto. Aunque tampoco he visto nunca a tu madre.
—No —respondió Claire.
—¿Crees que te pareces a tu madre? —insistió Hazel.
—Realmente no sé a quién me parezco…
¡Qué raras eran aquellas observaciones…! ¿Y qué propósitos tendrían?
—Imagino que la vida habrás sido muy dura con tu madre.
En todos los años que se conocían, Hazel había observado el tacto más estricto en lo referente a Jessie. Lo más próximo que había ocurrido, respecto de que supiera que Claire tuviese una madre, había sido preguntar:
—¿Va todo bien en casa?
—Se las arregla muy bien —respondió Claire, adoptando el tono más frío posible.
—He visto uno de sus modelos de habitaciones en la exposición de antigüedades del invierno pasado. Acudí una tarde con una amiga. No sé mucho acerca de esas cosas, pero creí que era una habitación muy buena. Tenía una biblioteca en colores rojo y blanco. Posee mucho talento.
—Sí. ¿Se han ido ya Marjorie y los niños a pasar el día fuera? La casa está muy silenciosa.
—Todos se han ido ya. Son sus últimos momentos de libertad, puesto que las clases empiezan la semana próxima.
—Tus hijos son maravillosos, Hazel. Confío en tener tanta suerte como tú.
—¿Tendrás tiempo para los hijos? Supongo que desearás aguardar hasta que termines tu período de residencia con tu padre.
Aquel «tu padre» tenía un trasfondo de dureza. Pero, ¿qué tenía de raro después de los acontecimientos de aquella mañana?
—Ned y yo tendremos que trabajar mucho —replicó Claire de buen humor.
Las palabras de «Ned y yo» le produjeron un calorcillo en el pecho.
—Sabes, a veces me siento tan joven que creo tener todo el tiempo del mundo. Luego, otros días parece como si tuviese que apresurarme y hacer en seguida todas las cosas, como les sucede a los niños.
—Tienes veintiséis años y yo tengo ya cuarenta y seis —replicó Hazel.
—No los aparentas.
Esto era una gran verdad, aunque no aquella mañana.
—Me siento como si tuviera sesenta y siete años —replicó Hazel.
Se dirigió al aparador, cogió un plato, lo examinó, y volvió a dejarlo. Entonces se acercó a la puerta del porche y se quedó allí mirando fuera.
De repente, Claire pensó que no era fácil vivir con Martin. No, eso no es justo… Nunca he vivido con él, ¿cómo lo iba a saber? Es compasivo, amable y perceptivo; pero también es muy difícil. Trabaja mucho. Eso es, trabaja demasiado. Está obsesionado con el asunto del instituto. Desea la perfección y es incansable en sus pretensiones. Cierra los ojos durante horas, en completa soledad, escuchando música. Le había visto sentado allí con una semisonrisa en la cara, simplemente dejando que la música le empapara, y se había preguntado qué pensaría.
Muy complejo.
El talante de Hazel y sus palabras habían dejado muy mal regusto en la habitación. Claire trató de animarlo, pero no encontró más que frases hechas.
—Todo el mundo se siente viejo a veces. Depende del día que tengamos.
Hazel se volvió hacia ella como si hubiera dicho algo profundo.
—¡Oh!, ¿lo crees así? ¿Crees que la gente es, fundamentalmente, diferente? Te lo pregunto porque eres doctora y tendrás mucha experiencia.
—Bueno, en realidad las diferencias son, a veces, sorprendentes. Esta última semana me he dedicado a pediatría. He visto a madres frenéticas por el más pequeño corte de su hijo. Pero la semana pasada vi a una mujer que vino a verme no con uno, sino con dos hijos mongólicos. Era muy valerosa y lo aceptaba… Pensé: «No sé cómo puedes soportarlo.»
—Si hubiera tenido más educación —prosiguió Hazel— creo que me hubiera gustado ser doctora. De todos modos, llegué a enfermera y me gustaba mucho. Excepto —reflexionó—, excepto algunas veces en que tuve miedo de mostrarme personal. Algunos pacientes te llegaban al corazón. Especialmente, los pacientes de cáncer. Nunca supe qué era lo más correcto: Decirles que se iban a morir, o dejarles creer que se pondrían mejor. ¿Qué opinas?
—La mayoría de los psiquiatras y de los sacerdotes dicen que hay que contarles la verdad. De todos modos ya se la suponen. Y siempre cabe decirles que muchas personas llegan a curarse, lo cual no deja de suceder de vez en cuando.
—A veces, apagaba las luces después de la última medicación de la noche y pensaba, cuando abandonaba la habitación, lo asustados que deberían quedarse, tendidos allí en la oscuridad, y preguntándose cuánto tiempo aún vivirían. Pero, otras veces, imaginaba que no era tan duro eso de morirse. Después de todo, es algo que está en la Naturaleza, ¿no te parece? Tal vez, cuando la gente debe partir, están dispuestos para marcharse. ¿Qué piensas al respecto?
—En lo que a mi experiencia se refiere, sólo he visto, hasta el momento, morirse a una persona. Tuvo un ataque al corazón y no diría que estuviera preparado. Se hallaba mortalmente asustado.
—No lo sé… —respondió Hazel de una manera vaga, volviendo a la puerta.
Por encima del hombro de Hazel, y a través de los árboles, Claire vio el brillo del agua. Una leve brisa movía las hojas. Resultaba muy duro pensar que llegaría una mañana en que ya no se estaría aquí, sintiendo todo esto, o escuchando a Beethoven, o tumbada en la cama en los brazos de un hombre.
—¿Por qué pensamos en estas cosas? —gritó con impaciencia, casi con cólera—. Tienes mucho tiempo por delante… ¿Te asaltan a menudo pensamientos así?
—No, no, claro que no. Lo siento. Es una conversación estúpida, sobre todo para una mujer joven y enamorada.
Claire se levantó.
—Creo que también me pondré el traje de baño. Tengo un buen libro y me iré a la playa con él. ¿Vienes tú también?
—Nos encontraremos allí —respondió Hazel.
Más tarde, nadaron a todo lo largo de la playa, ida y vuelta, mientras Hazel disminuía la velocidad para que Claire la alcanzase.
—Podías ser una profesional —le dijo Claire mientras extendía una toalla y se apoyaba contra el rompeolas.
Se había provisto de unos prismáticos. La divertía observar los botes que cruzaban el Sound.
—Allí se ve un yate magnífico. Pertenecerá a algún magnate armador griego. Mira, allí está, Hazel.
Hazel cogió los prismáticos.
—¿Se puede cruzar con él el océano?
—Estoy segura de que sí. Lo cual me recuerda que he estado pensando que papá y tú realmente necesitáis unas vacaciones sin niños. ¿Por qué no os vais a Europa este otoño? ¡Ver esos lugares tan antiguos! Tienen algo que te llega al corazón.
—Estoy de acuerdo.
—Naturalmente, sé que es muy difícil conseguir el tiempo necesario.
—Oh, no me preocupa ese problema. No es para mí. No puedo hacer nada.
Algo en su tono, algo indirecto, hirió a Claire.
—¿Qué quieres decir con eso de que no puedes hacer nada?
—¿Qué puedo hacer? Sólo soy la esposa del doctor Farrell. Acudo a reuniones de damas. Soy miembro de comités para conseguir fondos para esto o para aquello. Y me tratan con respeto porque soy su esposa. De otra forma, no soy nada.
Había algo de cierto en lo que decía. Constituía el status de las mujeres y así había sido durante siglos. Pero ahora ya no era así. Hazel debía verse a sí misma de aquella manera: muchas mujeres de su posición ya no se veían así. Hazel, simplemente, había perdido su personalidad.
—Eso ya no es de ese modo —contestó Claire con énfasis—. Eres una persona por ti misma. Tu tarea consiste en criar a los hijos, y a unos hijos magníficos. ¿Qué hay más importante que eso? Estás hundida en la rutina, Hazel, eso es lo que te ocurre. Debes abandonar esa forma de comportamiento.
Hazel se levantó. Su cabello se meció con el viento.
—Vuelvo al agua. ¿Ya has notado lo fuerte que es el viento? Me voy de nuevo. —Se colocó el gorro y se arregló el cabello—. ¿Vienes?
—Ahora no. Me gustaría leer un poco.
Hazel anduvo por el agua y luego se tiró.
«Ninguna vida excepto a través de su marido —pensó Claire—. ¡Pobre cosa! Es algo bueno si estás satisfecho. Pero, aparentemente, ella no lo está. Ese bendito de Ned nunca esperará tal cosa de mí. Somos unas generación diferente», pensó.
La playa estaba vacía. Los veraneantes habían regresado a la ciudad y los residentes habituales no sentían gran necesidad de estar en la playa, sobre todo en setiembre. Claire leyó algunas páginas antes de amodorrarse un poco. El sol quemaba a través de las nubes y se dio la vuelta para que le diese en la espalda. El último sol del año hasta el próximo verano.
El perro de Hazel estaba ladrando.
—¡Oh, cállate, loco…! —le gritó Claire con mal humor, puesto que la había despertado con un sobresalto.
Friti, un dachshund negro, con ladridos histéricos, se encontraba al borde del agua. Esther le debía de haber dejado salir de la casa para que siguiera a su ama.
Claire se levantó. Hazel había estado nadando paralelamente a la playa, de arriba abajo, en toda su longitud. Ahora, sin embargo, nadaba alejándose de ella. ¿Qué hacía? Claire cogió los prismáticos. El gorro rojo se alzaba en lo alto de una ola, se hundía hasta perderse de vista y se levantaba de nuevo. Veía alzarse los brazos en el fuerte y decidido crawl de Hazel. No cabía la menor duda de que se alejaba a nado de allí. Claire miró arriba y abajo de la playa No había nadie a la vista. Se levantó y corrió hasta la orilla.
—¡Hazel! —gritó, colocándose las manos en la boca en forma de bocina —. ¡Hazel! ¡Vuelve!
Sin embargo, sabía que sus gritos no podrían ser oídos. Dios Santo, ¿qué está haciendo aquella mujer? Claire se quedó clavada. Miró al perro, como si éste pudiese saberlo. Ya no ladraba. Ahora, la miraba a ella con ojos patéticos e interrogadores. Claire frunció el ceño y empleó de nuevo los prismáticos. El gorro y el brazo eran cada vez más diminutos. Se movía con asombrosa velocidad y cada vez se hallaba más lejos. ¿Qué pensaría aquella mujer? Y, de repente, Claire supo lo que estaba haciendo.
A Claire, se le ocurrió primero lanzarse al agua y seguirla. Pero no era suficientemente buena nadadora y no sería capaz, de todas formas, de alcanzarla. Echó a correr hacia la casa, con su conmocionado corazón latiéndole desaforadamente. Allí no había nadie excepto Esther. ¿Y qué podía hacer ella? Miró una y otra vez en toda la extensión de la playa. El Club se encontraba a más de medio kilómetro. ¡No había tiempo, no había tiempo! Entonces se acordó de los Mayfield, que vivían dos casas más allá. Tenían una motora amarrada a un pequeño embarcadero.
Hundiéndose en la arena con cada paso que daba, se echó a correr. Un muchacho de unos quince años estaba en el camino de coches hinchando el neumático de una bicicleta.
—¡Por favor! —gritó—. ¡Tienes que conseguir un bote! ¡La señora! ¡Mrs. Farrell! ¡Creo que se está ahogando! ¡Por favor, consigue una lancha!
El muchacho dejó caer la bomba y se la quedó mirando.
—¡Date prisa! ¡Por favor, por el amor de Dios, de prisa!
—Señorita, no estoy seguro de saber manejar el bote. He aprendido hace muy poco y mi papá siempre me dice que no lo coja sin él.
—¿Está tu papá en casa? ¿Quién hay en casa?
—Nadie excepto mi abuela. Puede usar el teléfono si lo desea.
—No hay tiempo. ¡Por favor! ¡Inténtalo, por favor!
El chico trepó al bote y conectó el motor. Éste dio unas cuantas explosiones y luego enmudeció. Claire llegó junto a él. El muchacho se inclinó y lo intentó de nuevo. Explosionó, tosió y se apagó.
—He aprendido aún muy poco —se disculpó.
Dos minutos. Tres. Claire escrutó la superficie del mar abierto. El sol había salido de nuevo y no se veía más que una gris extensión acerada.
—¡Ya lo he conseguido!
Triunfó. El motor empezó un ronroneo regular. Claire apuntó en una dirección. El perro de Hazel señalaba el lugar, y había vuelto de nuevo a ladrar desde el borde del agua.
—¡Allí! En línea recta desde allí; era donde me encontraba sentada… Exactamente en línea recta… Apresúrate…
Las nubes comenzaron a tapar el sol. El aire se hizo cada vez más frío. La dulzura del verano había desaparecido y el agua empezaba a mostrarse movida. La proa apuntó hacia el cielo. Luego cayó; el barquito comenzó a levantarse y hundirse en las concavidades de las olas. Claire se hizo sombra en los ojos, esforzándose por observar algo.
—¿Seguro que vamos bien? —preguntó el muchacho.
—Sí, sí, estoy segura. —Claire se aferró al asiento—. Mira hacia la derecha y yo miraré hacia la izquierda. Llevaba un gorro de baño rojo.
—Pero qué es… —comenzó el muchacho, pero luego se calló.
El agua empezó a parecer algo vivo, como si una criatura gigantesca estuviera revolviéndola una y otra vez. ¿Cómo una cosa tan frágil como un ser humano podía contrarrestar aquel poder? Claire no sabía que el Sound cambiase de forma tan diabólica en tan poco tiempo. Tampoco había conocido nunca semejante terror, semejante terror absoluto.
El muchacho, agarrado con fuerza a la caña del timón, miró en torno de ella, preguntando dubitativo:
—¿Cree que ha podido llegar tan lejos?
Claire apretaba con fuerza los dientes. El pánico, al mismo tiempo que el balanceo del bote, se había apoderado de su estómago.
Pero ordenó:
—Vayamos un poco más lejos.
El bote cabeceaba como una montaña rusa.
—Hemos recorrido más de tres kilómetros —explicó el muchacho.
—Sí.
—Deberemos dar la vuelta.
—Sí.
Se miraron el uno al otro; el rostro del muchacho aparecía asustado e inquisitivo. Claire comenzó a llorar.
—¿Era… su madre?
—Mi madrastra. ¡Dios mío!
El muchacho empezó a comportarse de un modo práctico y varonil.
—Tenemos que llamar a la Policía; por lo menos eso creo. Y a la Guardia Costera. Es lo que se supone que se debe hacer.
La lancha regresó directamente hacia la orilla, saltando sobre el agua, mientras Claire seguía escudriñando la superficie a un lado y a otro. Nada. Nada. Muy lejos, hacia el Norte, un crucero seguía su lujoso camino. Gente de vacaciones permanecía sentada en cubierta, al parecer, comiendo y bebiendo, tal vez incluso cantando su alegría, mientras, a tres o cuatro kilómetros de allí, otra alma se había preocupado tan poco de su vida que la había roto. ¿Cómo era eso posible?
«No comprendí nada —pensó Claire—. Todo este tiempo me ha estado hablando, con esa loca y desesperada resolución dentro de sí y yo no lo comprendí. Oh, Hazel, pobre loca, pobre y sufriente Hazel. ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué te hizo obrar así? Alejándose de la orilla, por debajo de la superficie, en el fondo, afirman que la turbulencia desaparece por completo. Cualquiera que cae hasta el fondo, permanece tendido inmóvil. ¿O se lo llevan las corrientes? Claire cerró los ojos. Aumentaron sus náuseas. En algún lugar, quizá donde habían estado, el exhausto cuerpo a la deriva hubiera hecho un último esfuerzo. Los brazos en su postrer golpe curvado, las piernas en su último pataleo. El corazón y los pulmones se agotaron. Mientras forcejeaba y gritaba, ¿tal vez habría cambiado de opinión y solicitado ayuda?»
El agua se había teñido de un verde oscuro, opaco, igual que un cristal traslúcido. El agua se habría abierto y luego cerrado, continuando su ritmo, el ritmo de las mareas, el ritmo del viento, igual que antes. Toda la mañana he estado irritada con ella. Sí, me molestaba con sus adustas observaciones y su comportamiento entristecido y doloroso. He querido apartarme de ella. La he hecho a un lado, educadamente, con la excusa del libro. Seguramente, hubiera ocurrido lo mismo si hubiese tenido otra conducta. ¿O tal vez no? ¿Hubiera podido hacer algo?
Los objetos de la playa fueron aumentando de tamaño. Algunos niños habían acudido a jugar con una enorme pelota. El perro seguía aún en el mismo sitio, corriendo arriba y abajo, dando saltos desequilibrados. Claire y el muchacho se dirigieron a la casa. Escuchó cómo el chico se hacía cargo de todo, le oyó telefonear y luego en la cocina hablar con Esther. Se sentó en los escalones. Se sentía vacía. El perrito se acercó a ella y se tumbó en el suelo desnudo, donde estaba más fresco. La carne se asaba en el horno. La casa parecía normal, como cada día, como lo estaba hacía treinta, o tal vez cuarenta y cinco minutos antes, antes de que todo hubiera cambiado.
Esther comenzó a gritar, lanzando un alto y terrible alarido, apoyándose en una sola nota. Desde no se sabía qué lugar de la quieta mañana, la vacía calle comenzó a llenarse. La gente se agrupó en el césped y principió a parlotear. Los coches comenzaron a llegar. Unos hombres acudieron para hacer preguntas a Claire. Alguien la llevó hasta el sofá y le sirvió una bebida fría. Ella miró el reloj. Era mediodía. Papá estaría saliendo del hospital y dirigiéndose a su consultorio, exactamente ahora. En su despacho, tenía una foto oval de él con toga y birrete, en la apertura de curso de «Smith». Cerca de él se hallaba una gran fotografía en color de Hazel y de los niños, con ropas domingueras y franca sonrisa. El teléfono estaba situado a la izquierda de las fotos, delante de una cómica figurita de madera que representaba a un cirujano, que alguien le había regalado a papá hacía ya muchos años. Cogería el teléfono.
—¿Claire? —preguntaría.
—Sí, soy Claire —respondería. ¿Y después qué?
¡Oh!, ¿cómo pudo Hazel hacer una cosa así y por qué ninguno de nosotros lo supo? Sí, yo soy doctora, debí comprenderlo, ¿no es así? Tal vez nadie sepa lo que yace en el interior de otras personas, y el afirmarlo no es más que una pretenciosa mentira. En las personas más corrientes, y cualquiera podía alegar que Hazel lo era, porque no tenía ninguna distinción particular, cada uno posee sus secretos. ¡Y qué secretos! Antiguas heridas juveniles que nos hacen ser como somos, poderes que nunca ejercitamos, visiones de lo que la vida debe darnos.
La respuesta, naturalmente, era que no existe gente corriente.