Vientos sin rumbo

Belva Plain · Capítulo 10 de 36

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Vientos sin rumbo

Capítulo IX

 

Martin salió a la fragante mañana: el aire era húmedo sobre la piel. Aquí, en Inglaterra, el mes de junio daba ya sensación de verano. Era un largo paseo hasta St. Bartholomew, pero le gustaba empezar su trabajo diario en el hospital con el vigor y el bienestar a que da lugar el ejercicio. Y con esta sensación de bienestar cruzó el parque y se dirigió hacia el Mall.

Contra todas las expectativas, había sido un buen año Sonrió, aún acalorado por la hora que había pasado desde que se levantara, en el cómodo piso situado encima de la plaza de los castaños y los sicómoros. Jessie y él habían desayunado en el balconcillo que dominaba aquella vegetación llena de pájaros. Su última mirada antes de irse fue para Jessie dando los últimos retoques a la habitacioncita que habían preparado ya para el niño, que estaba a punto de llegar, que incluso podía presentarse hoy mismo…

Él no había planeado tener un hijo tan pronto. ¡Pero al parecer, Jessie sí! Sería una madre excelente, reflexionó. Hasta ahora no había pensado mucho al respecto, pero, durante aquellos solitarios paseos, le acuden a uno a la cabeza toda clase de pensamientos… Sí, sería una madre excelente, con toda aquella energía, tan notable en un cuerpo tan pequeño… Y era también muy organizada: todo estaba planeado de antemano y, por ello, cuando llegaba a realizarse todo parecía siempre tan sencillo. Le maravillaba la habilidad de Jessie para hacer frente a las cosas, y se la imaginaba dirigiendo de aquella forma, tan capacitada y alegre, una casa llena de niños. Alegre… Así era Jessie. Si había que imaginar un adjetivo simple, que por encima de todo la describiera, alegre sería sin duda tan bueno como cualquier otro.

De repente, recordó el día en que se mudaron al piso; había alquilado un piso amueblado, monótonamente decorado. Y aquello, combinado con la lluvia que caía a cántaros, le había deprimido tanto, que casi hubiera deseado dar la vuelta y escapar de allí… ¡Él, que realmente nunca se había preocupado mucho acerca de la posesión o la apariencia de las cosas…! Pero qué maravillas había realizado Jessie con aquellas habitaciones… Las llenó con flores, margaritas corrientes en floreros de vidrio azul brillante. Había colocado carteles de viajes por las paredes, deliciosas escenas de lugares encantadores: las Fuentes de Vaucluse, Venecia, Segovia… Se había convertido en una visitante muy asidua de los mercados de viejo: un día llegaba, por ejemplo, a casa arrastrando una deslustrada y descabalada marmita, que luego se convertía en una espléndida tetera plateada. ¡La complacía tanto todo aquello! Sabía cómo aprovechar las horas, y lo hacía, y sabía cómo dilatar la mente. Y lo hacía también, llevándole a todas las galerías de arte y museos de la ciudad. Fueron a ver las obras de teatro isabelinas y el ballet y, naturalmente, también acudían a la Ópera, que a él tanto le gustaba, como asimismo frecuentaban las librerías de lance.

En otoño fueron a París; allí tuvo lugar una conferencia sobre neurología en la Salpêtrière. Y luego recorrieron a pie todas las avenidas y rincones de la ciudad. La semana de Navidad la pasaron en Roma. Vieron los sauces que crecían en Cornualles. También viajaron al Ulster y visitaron el pueblo de piedra donde naciera el padre de Martin, y donde muriera antes que él una gran cantidad de personas de su linaje. Martin quedó sumamente conmovido por su soledad y dignidad. Sí, había sido un año muy notable y debía agradecérselo a Jessie.

¡Y no es que no hubiese sentido cierta turbación al principio! Una vez hubo pasado el primer choque y esplendor de la oportunidad con Braidburn, había sido consciente de que, en Inglaterra, volvería a ver a Mary; aquel pensamiento le había acosado durante toda la travesía del Atlántico. Había sentido… No, no sabía muy bien lo que había sentido, aparte de incomodidad y un deseo de que, de algún modo, se pudiera evitar aquel encuentro, lo cual, naturalmente, resultaba imposible.

Fueron directamente a la «Lamb House». Había sido uno de aquellos días, en Inglaterra, con tardes grisverdosas, a medio camino entre la lluvia y una densa niebla. El firmamento estaba lleno de pájaros ruidosos, desde estorninos hasta grajos; en aquel momento pensó lo dulce que parecía el país.

—Me gustan estos días. Me he ido acostumbrando a ellos —había manifestado Mary, respondiendo a algún comentario que se había hecho acerca del tiempo.

¡Qué raro resultaba que recordase aquella insignificante observación!

Mary estaba en el umbral cuando llegaron en coche. Neddie, el muchachito, se hallaba a uno de sus lados, y una niñita, que apenas se tenía en pie, estaba al otro lado. Él se preguntó si Mary sería consciente del cuadro que formaban, tan lozana con los dos niños y su embarazo.

Sí, recordaba aquel día. Habían paseado por los jardines. Naturalmente, Jessie le había descrito ya de antemano «Lamb House», pero, en opinión de Martin, ninguna descripción podía hacerle justicia. No había tenido ni marco ni referencia para un lugar así.

Sin pretender nada, sin buscar un segundo significado a unas palabras triviales, había manifestado:

—Un largo viaje desde Cyprus, ¿no es verdad?

Y con inconfundible enojo, Mary había repetido:

—Sí, ¿no crees?

¿Estaría, de algún modo, celosa de Jessie? A fin de cuentas, no lo había deseado a él para sí misma… A Martin se le ocurrió que estaría resentida por el matrimonio, debido a que pensaba que él era un cazadotes… Aquella idea le había aguijoneado y aún lo seguía haciendo, si lo permitía. En lo que a él se refería, vivía del dinero de otro hombre, ¿no era así? Y vivía muy bien. ¿Tal vez sería, de verdad, un cazadotes?

¡Pero no por mucho tiempo! El padre de Jessie recibiría una compensación por todo aquello. Vivirían mucho mejor con lo que Martin ganase en el futuro. Su mujer y sus hijos ya sólo dependerían de él.

¡Cazador de fortunas! ¿Y qué cabía decir de las motivaciones de Mary? ¡Ah, aquello no era justo! Alex era un hombre que podía ser deseado por las mujeres, un hombre amable, generoso e inteligente y que daba la casualidad de que era rico. El mismo Martin debería sentirse amargado ante él, no sólo 132 porque le quedase aún un resto de deseos hacia Mary —ella lo había rechazado y aquello fue el fin de todo—, sino a causa del normal resentimiento contra el ganador. En lugar de ello, había sido conquistado por Alex. A nadie podía dejar de agradarle aquel hombre…

Ocasionalmente, todavía, recordaba sus primeras angustias respecto de Mary, cuán penosa y lentamente aquello se había convertido en ira y cómo la cólera, al fin, se había desvanecido en la nada. Oh, aún quedaban pequeños problemas, pero se encontraba sólo cohibido; eso era todo. Aún se sentía, y probablemente siempre se sentiría, sumamente susceptible. Él era un auténtico higo chumbo…

Pero tuvo que forzarse a sí mismo a eliminar de sí aquella turbación. Mary también, evidentemente, lo había conseguido, o, por lo menos, se había mostrado muy fría cuando él y Jessie llegaron por primera vez. Tal vez ella ahora viese lo duro que trabajaba, para convertirse en alguien en el mundo y, mientras tanto, le estaba dando a Jessie una buena vida.

Por ello, en la actualidad las relaciones entre los dos matrimonios eran bastante cordiales, aunque no demasiado íntimas. De vez en cuando, se encontraban en la ciudad para cenar o ir al teatro. Dos o tres veces, Martin y Jessie habían visitado «Lamb House» entre una barahúnda de invitados y niños. Jessie había declinado las pocas invitaciones siguientes, pero él sí las había aceptado. En realidad, no tenía mucho tiempo que perder; él no era su propio dueño, como le ocurría a Alex. Además, el mundo de los Lamb era muy diferente. Alex, al ser inglés, naturalmente tenía amigos en numerosos círculos. Jessie y Martin, los dos extranjeros, ampliaban muy despacio su pequeño grupo, de uno en uno, más bien, de dos en dos. Alex y Mary llevaban una agitada vida de sociedad; ella estaba muy atareada en el campo del arte; él tenía innumerables obligaciones. Las vidas de ellos eran muy complicadas. La de los Farrell era muy simple. Y estaban muy satisfechos con aquella sencillez.

—Eres feliz, Martin. Lo veo… —solía decir Jessie, sin dudar ni poner nada en tela de juicio, simplemente extrayendo placer de su placer, y expresando la euforia que había florecido con su embarazo. Él, a su vez, se complacía al ver su euforia, y por aquella calmada y total confianza que reinaba entre ellos…

Miró el reloj y aligeró el paso. Tenía que encontrarse a las ocho en el quirófano. Era el día de Mr. Braidburn. «Mr»…, qué forma más graciosa tenían los ingleses de dirigirse a un doctor… Y ahora la mente de Martin saltó hacia delante, más allá de sus propias preocupaciones, hacia el hospital donde había pasado la mayor parte del año anterior. ¡Incluso cuando se hallaba lejos de aquel edificio, su corazón continuaba allí!

«¿Qué le habrá pasado a la joven Eldridge este fin de semana que he permanecido ausente?», se preguntó a sí mismo.

«¿Y qué le habrá ocurrido al metalúrgico, con quemaduras de tercer grado, y que tenía una esquirla de hierro alojada en el cerebro?»

Y su memoria volvió atrás, a la época de la historia que su padre le había contado, hacía mucho tiempo, acerca de la niña escaldada en la cocina de una granja. ¡Pobre papá! Tenía el deseo de ayudar, pero le faltaban los medios adecuados… Ahora, Martin dispondría de aquellos medios e instrumentos…

Tres jóvenes norteamericanos, y media docena de ingleses trabajaban en los pabellones y clínicas, encargados de examinar y seleccionar los pacientes cuyos casos clínicos deberían ser discutidos al día siguiente. A menudo, Martin se preguntaba cuántos de aquellos pacientes comprenderían su situación, mientras los llevaban en silla de ruedas ante los instructores y un grupo de estudiantes. «La mayoría de ellos estaban demasiado asustados para comprender gran cosa —pensó—, lo cual resultaba también justo. ¡Que Dios tuviese piedad de ellos! Los paralíticos, los que padecían convulsiones y calambres musculares, los que pronto iban a morir…»

La mayoría de ellos eran afásicos y aléxicos con diversos trastornos en la facultad del lenguaje y en la formulación de las palabras.

—Doctor, ¿volveré a andar, y a hablar, y a ser una persona? ¿Me moriré?

Sus raídos bolsos de imitación de cuero, que sujetaban con fuerza en sus regazos, le entristecían. Le hacían recordar a su madre. Ella también había llevado a veces aquella clase de bolsos. Parecía verla cuando lo dejaba en la mesa de la cocina de su casa. Su madre estaba llorando: «He perdido el bolso.» Y él le contestaba: «Mira, está aquí, mamá. ¿No lo ves?» Pero ella continuaba llorando y retorciéndose las manos. Los pobres siempre le conmovían.

También le inspiraban piedad los animales. ¡Qué blando era! ¡Debía aprender a ocultarlo! En el laboratorio trabajaba con monos y perros. Le ponía enfermo tocarles el pelaje, ganarse su confianza para acabar aterrorizándoles más tarde. Pero había que hacerlo. ¿Cómo aprender de otra marera lo que las células hacían después de una hemorragia cerebral o cómo se curaban las lesiones en el cerebro? ¿Cómo aprender cualquier cosa? Afortunadamente, Evan Llewellyn, el delgado y moreno galés, gran neurofisiólogo y paciente maestro, era muy considerado con aquellos seres. Les hacía sufrir lo menos posible. De otro modo, Martin no lo habría resistido.

Constituyó un privilegio que le dejasen compartir con Llewellyn un pequeño laboratorio en el sótano. Jessie, que había escuchado cómo Martin hablaba de microscopios, le compró un magnífico «Zeiss», y allí, con Llewellyn y el «Zeiss», durante las largas tardes, y a menudo al principio de las noches, ponía los cimientos de todo cuanto tenía que saber sobre la patología de las células. Cada vez estaba más convencido de por qué el doctor Albéniz había hablado de la unidad de todos los estudios sobre el cerebro: cirugía, neurocitología e incluso psiquiatría eran partes que formaban una sola disciplina, y que no podían separarse. Los que se dedicasen a la práctica de cada una de esas especialidades debían saber lo que los otros estaban haciendo por su cuenta.

—Demasiados neurocirujanos no saben qué hacen con el cerebro — declaraba Llewellyn.

Tenía cerca de ochenta años, ojos alegres y una cara notablemente carente de arrugas.

—Nunca se deja de aprender —afirmaba.

Cuando alguien se quejaba por tener que acudir en día de fiesta o en domingo al hospital, siempre decía:

—En cuanto dejas de trabajar estás muerto, o deberías estarlo…

Martin pensó: «Eso es lo que acostumbraba a decir mi padre. Y era la cosa más verdadera que jamás se hubiese dicho», se añadió a sí mismo, mientras doblaba la esquina y comenzaba a abrirse camino hacia la puerta de Saint Bartholomew.

 

Braidburn hablaba mientras operaba, con su sonora voz instruyendo y explicando. Habían pasado ya tres horas y se encontraba cansado. Una gota de sudor se iba formando en su frente; una enfermera se inclinó hacia delante para enjugarla antes de que se deslizase.

—Miren aquí. Del tamaño de una naranja.

Martin empapaba la sangre con gasas. Un año antes había quedado intrigado al observar por primera vez aquellos cuadraditos absorbentes, cada uno con su hilito negro colgando. Ahora ya sabía mucho, pero también era consciente de lo mucho que aún ignoraba. Y recordó su temor la primera vez que un cerebro quedó expuesto bajo sus propias manos, cuando se le permitió ya, bajo supervisión, hacerse cargo del bisturí.

—Esponja —ordenó Braidburn.

El paciente era joven. Martin le había visto en la clínica, aguardando en un banco, con su mujer y un par de llorosos niños. Tenía una pálida cara de ciudad, un rostro de empleado, respetuoso y asustado. Mientras contaba sus síntomas, se le había torcido la boca.

—No puedo estar de pie sin sentir ganas de vomitar. Me duele mucho la cabeza y la visión se me hace borrosa.

Con el oftalmoscopio, Martin observó la retina hemorrágica y la terminal ensanchada del nervio óptico.

—¿Ve algo, doctor?

—En realidad —respondió con amabilidad y de forma evasiva—, necesitaremos hacerle algunas radiografías, compréndalo… Y luego intentaremos ponerle bien…

Lo supo con seguridad cuando vio las placas: un tumor situado debajo del lóbulo temporal; poco voluminoso, conjeturó. También había pensado, o sentido, que no sería maligno, pero no había comunicado estos pensamientos a nadie. Había algo extraño en la apariencia de una persona cuando padecía un tumor maligno. Una vez más, aquello constituía tan sólo una sensación. Papá solía sentir también presentimientos parecidos respecto de sus pacientes. Pero papá se había equivocado a menudo.

Esta vez, Martin había estado en lo cierto: el tumor era benigno y encapsulado. Notó una punzada en el pecho al recordar a la pálida esposa y a los niños. También en esto se vio complacido consigo mismo.

—El resto depende de los dioses —dijo ahora Braidburn—. Hemos hecho cuanto hemos podido. —Alzó la vista—. Cierre la abertura, Farrell, por favor. Que Jasper le ayude. Yo he terminado.

«Aquello merecía un aplauso», pensó Martin. Algunos de sus condiscípulos se quejaban de que hombres como Braidburn fueran tan arrogantes y difíciles. En particular, Braidburn había sido calificado de «maniacodepresivo». Pero, simplemente, se trataba de un hombre de fuerte carácter. Martin lo quería, como quería a todos aquellos hombres y amaba aquel lugar.

 

Unas pocas horas después, estaba sentado en un banco en el piso de abajo con el viejo Llewellyn cuando sonó el teléfono. Martin habló durante un momento y luego colgó.

—Mi mujer está en el hospital de parto…

—Corre… ¿A qué estás esperando? —le gritó Llewellyn.

Martin bajó las escaleras a toda prisa y echó a andar hacia la hilera de taxis. Mr. Meredith le interceptó el paso.

—Llewellyn me lo ha dicho. Vamos. Te llevaré en mi coche.

Y así fue como Martin acudió en limusina a reunirse con su primer hijo.

Meredith era considerado una persona silenciosa. Martin se preguntó en qué estaría pensando. Tal vez le perseguiría el mismo pensamiento que a él le había estado acosando y que ahora, de repente, surgió de nuevo desde algún enterrado lugar de su conciencia. ¡Había sido una locura permitir que Jessie quedase embarazada! ¿Qué ocurriría si el hijo heredaba la deformación de la madre? Aquel hijo les despreciaría, y con razón, por haberle traído al mundo. Y Jessie —pobre Jessie— quedaría destrozada por el sentimiento de culpabilidad. Martin se estremeció de terror. Toda la alegría de aquel día se había eclipsado.

Meredith estaba diciendo:

—Conocí hace tiempo a Fleming. Se parece a cualquier otra persona… La penicilina revolucionará de forma absoluta la medicina…, aunque algunos pacientes serán también alérgicos a ella. Pero no quiero molestarte hoy con asuntos médicos. —Dio unos golpecitos a Martin en el hombro—. Limítate a observar ese talón de Aquiles.

—¿Qué? —le preguntó Martin confuso.

—Todos tenemos uno, ya sabes… Desde el momento en que nace el niño. Cuanto ocurra después le sucederá a uno, hasta el menor corte o magulladura. Ah, ya estamos… Buena suerte.

En recepción le dijeron que Jessie se encontraba ya ingresada en la sala de partos.

—Póngase cómodo en la sala de espera. Le llamaremos tan pronto como sepamos algo.

La sala de espera estaba vacía, excepción hecha de una mujer que leía un libro. Cuando Martin entró, ella apartó el libro y vio entonces que la mujer era Mary Fern. Fern sonrió.

—Estabas operando, por lo que Jessie me llamó a mí cuando los dolores se presentaron de repente. He estado con ella hasta ahora mismo…

—Te doy las gracias. ¿Cómo está?

—Muy excitada. Y muy feliz, entre los dolores.

Martin se sentó y tomó una revista, aunque no pudo leer nada.

—Estás leyendo diez veces las mismas palabras, pero no comprendes su significado —le hizo observar Mary.

—Lo sé.

—Elige una revista que tenga muchas fotos. Es más fácil… —Luego añadió cariñosamente—: Sé que eres médico, pero cuando se trata del hijo de uno, sospecho que te olvidas de que eres doctor, ¿no es así? Permíteme decirte que eso de tener un hijo no es nada malo. Ella estará bien. Realmente quiere tenerlo.

—Muchas gracias otra vez…

—Me alegro de que esto haya sucedido estando yo en la ciudad. Nos quedaremos aquí toda la noche.

A Martin se le ocurrió pensar que no había permanecido a solas en una habitación con Mary desde…, desde Cyprus, y entonces tampoco ocurrió con mucha frecuencia. Este pensamiento originaba una intimidad en aquel lugar público e impersonal. ¡Absurdo! Olió una leve fragancia, la de su perfume. Cuando ella daba vuelta a una página, oía el débil tintineo de un adorno de su pulsera de oro. Por alguna razón, aquel ruido le resultaba irritante. Deseó que se marchara a su casa. Luego se avergonzó de sí mismo, y habló en voz alta, muy atento:

—El campo debe de estar muy bonito este mes.

—Sí, está estupendo. Pero fuerzas la conversación. No creo que ahora tengas muchas ganas de hablar. No te preocupes por mí, por favor… Sólo permaneceré aquí sentada y leyendo.

La quietud resultaba opresiva. Había transcurrido ya una hora. Cada vez que se oían pisadas en el pasillo, alzaba la vista, pensando que sería algo para él. Mary también levantaba la vista e intercambiaban miradas de ansiedad. Fern volvió a su libro, manoseando las páginas. El brazalete tintineó. Deseó de nuevo que se marchara.

Su presencia, mientras él se encontraba allí sentado sin nada que hacer, le hacía divagar la mente, llevándole a una serie de recuerdos. En la mesa de un almuerzo, la primera vez que llegó al St. Bartholomew, Henry Barker le había humillado sin saberlo. Barker era socio de Braidburn y un hombre charlatán y botarate, un auténtico antiinglés.

Martin recordaba cada una de sus palabras.

—Si he de decirte la verdad, cuando tu suegro escribió solicitando un favor de Braidburn, pensé que probablemente se trataba de una especie de préstamo a cambio de una antigua amistad, ya sabes. No sabría decir si Braidburn pensó lo mismo. No teníamos la menor idea de que nos íbamos a encontrar con un hombre bien dotado, que es lo que eres, Martin… —Y había proseguido—: Tengo ganas de ver a tu esposa. Hace sólo unos días estábamos hablando acerca de nuestra visita a Estados Unidos con los Braidburn, en la que conocimos a tu esposa y a su familia. Era una muchacha encantadora, de unos catorce años según creo recordar. Muy alta para su edad, con unos extraordinarios ojos azules. No la he olvidado nunca.

Martin respondió sin alterarse.

—Era Mary Fern. Está casada con un inglés y vive en Oxfordshire cuando no se encuentran en su piso de la ciudad.

Mr. Barker pareció confuso.

—Oh… ¿Entonces, cuántas hermanas tiene? Yo sólo recuerdo dos.

—Son exactamente dos. Yo me casé con la otra.

¿Por qué recordaba ahora tales cosas? ¿Por qué no las borraba como la tiza escrita en una pizarra? ¿Hacerlas desaparecer simplemente?

Mary se levantó.

—Se supone que he de ir a buscar a la madre de Alex y llevarla a casa para cenar. —Miró el reloj—. ¿Pensarás muy mal de mí si te dejo ahora?

—No, no, haz lo que debas hacer… Y transmite mis mejores saludos a Alex…

—¿Me llamarás en seguida que sepas algo? Estaremos en el piso durante toda la noche.

—Claro que sí.

La vio alejarse hacia la calle. Aún conservaba aquel leve contoneo al andar. Su falda revoloteaba con gracia. ¡Qué divertido, hace sólo unos cuantos años las mujeres se cubrían hasta las rodillas! Y ahora las faldas les llegaban a tres cuartos del tobillo. ¡Con cuánta rapidez se acostumbra uno a los cambios!

—¿No te parece que Alex ha hecho mucho por Fern? —le había preguntado recientemente Jessie.

Él respondió que no sabía a qué se refería. Pero sí lo sabía. «Lamb House», su nuevo estado y la libertad habían hecho una mujer de una muchacha.

La siguió observando hasta que llegó a un recodo. Un hombre se volvió a mirarla al pasar; ¿se asombraría de aquellos ojos azules en su moreno rostro? Un mero accidente de colorido y encanto y los hombres, pobres locos, quedaban seducidos…

¿Pero qué le importaba todo aquello? Se sintió de repente encolerizado ¡Aquello no importaba! Su vida estaba colmada. Tenía su trabajo, su hogar y ahora un hijo. ¡Y ese hijo sería normal! ¡Claro que lo sería! Lo sería por la ley de los promedios; no se debía permitir el sucumbir al pensamiento malsano de que pudiese ser de otra forma, o a cualquier insano pensamiento del tipo que fuese. Aquellos pensamientos eran inútiles y además estúpidos, y él lo sabía muy bien.

Tenía que pensar en cosas alegres, en cosas buenas, en proyectos; no debía pensar en el pasado, sino en los años por venir… Regresaré otra vez a Europa, se prometió a sí mismo. Debo ver Epidauro y el Templo de Esculapio. ¡Y llevaré a mi hijo conmigo! ¡Sí, a mi hijo! Le enseñaré y le mostraré las cosas que nunca he visto, que nunca he tenido. Y también le daré las cosas que no he tenido. El brazo de mi padre descansaba sobre mis hombros y me transmitía su calor a medida que aumentaba el frío. Estábamos sentados en los escalones y observábamos la luz procedente del cielo, desde cualquier estrella solitaria hasta la corriente de la Vía Láctea. Mi padre y yo. Ahora, mi hijo y yo. Será alto y desenvuelto, no alto y rígido como yo. Tendrá anchos hombros. Puedo oír su voz, su primera voz ahuecada cuando comience a hacerse hombre. Así será la vida…

Un hombre con bata blanca de cirujano se le acercó.

—¿Mr. Farrell?

Martin se levantó con una pregunta en los labios y con miedo a formularla.

—Un hijo saludable, y su mujer también está muy bien. Acaba de salir de la anestesia. La podrá ver ahora.

Entraron en el ascensor.

—Hemos tenido que practicar la cesárea —dijo el tocólogo—. Intentamos evitarla, pero la pelvis era estrecha. La columna vertebral, como es natural.

Martin le siguió por el pasillo. Encontraba extraño verse a sí mismo en el papel de espectador. ¿Era aquello lo que la gente sentía hacia él, esperar a que pronunciase sus palabras?

—Le recomendaría que no tuvieran más, Mr. Farrell. —Sus serios ojos amonestaron a Martin—. Debo decirle esto en serio, muy en serio.

—Lo comprendo. Claro que no…

El cirujano adoptó una actitud más simpática.

—Ha debido de pasar un par de horas muy malas.

—Sí —respondió Martin.

Y para su propia vergüenza fue consciente, de repente, de que sus terrores no habían sido en primer lugar hacia Jessie, sino hacia el niño, hacia su hijo. Se preguntó qué pensaría de ello alguien que lo supiese.

Se dirigió hacia Jessie. Su rostro aparecía tan blanco como las sábanas, pero sus ojos mostraban una mirada triunfal. Lleno de tierna contrición, se inclinó y la besó en la frente y le acarició los húmedos y rizados cabellos. Murmurando algo ininteligible, su mujer cerró los ojos.

—Ella debe ahora dormir —dijo la enfermera—. ¿Desea ver al niño?

En la puerta de la sala de recién nacidos, le mostraron un bulto envuelto en una manta rosada. Recordó que aún no había preguntado el sexo del recién nacido y sintió una espantosa decepción.

—Una niña preciosa —le informó la enfermera.

Se quedó mirando a la pequeña. No mostraba marca alguna dejada al atravesar el canal del parto, y tenía un largo pelo oscuro.

La enfermera se mostró jovial.

—Casi se la podría hacer trenzas, ¿no le parece?

Sabía que se suponía que debería responder con el habitualmente cómico y serio orgullo de nuevo padre. Pero en su pecho tan sólo sentía una sensación de hundimiento. ¡Su hijita! Y aquélla era la última oportunidad.

La niña abrió los ojos. Era imposible, como es natural, pero parecía devolverle la mirada a Martin. Durante unos momentos se miraron el uno a la otra. Luego, la niñita bostezó, su rosada boquita formó una O perfecta, alzó la mano y la dejó luego caer en una exquisita relajación.

—Parece que se aburre de su compañía —comentó, riendo, la enfermera.

Contra todas las reglas, Martin puso un dedo en aquella palma en miniatura. Al instante, los dedos en miniatura se cerraron en torno de su dedo gordo. ¡Qué fuerte era! ¡Apenas llegada a la vida, ya se aferraba a ella! ¡Qué cosita! Sintió que se le hacía un nudo en la garganta. ¡Qué cosa más pequeña!

Y era perfecta, sin la menor tacha. Le recorrió un alud de gratitud; sintió el antiguo aviso de la comezón de las lágrimas. Al mismo tiempo deseó reír. ¡Perfecta, sin una tacha! Y también hermosa, con una recta naricita; con un fuertemente curvado mentón y gruesas pestañas, que descansaban en unas mejillas cuya piel era tan fina como la seda. Su hija.

—¿Qué nombre le pondrá? —preguntó la enfermera.

Tuvo que pensar un momento en el nombre que habían elegido para el caso de que fuese niña.

—Claire —respondió, entre las risas y las lágrimas—. Se llamará Claire.

Aquella noche se sentó y escribió una carta:

Querida Claire: En este día, casi en la hora de tu nacimiento, quiero contarte cómo me siento antes de que alguno de mis pensamientos se me escape. Aún no nos conocemos el uno al otro, pero ya eres parte de mí, como mi mano o mis ojos. Nunca lo creí posible. Pero te quiero tanto…