Vientos sin rumbo
Capítulo X
Algunas veces, Fern pensaba en la cama como en una especie de trono, alzado cual si se tratase de una llana plataforma en mitad de la larga pared. Todo se lo traían aquí, donde se arremolinaba sobre frescas y blancas almohadas de lino, bajo un dosel que pendía de columnas talladas de caoba. Neddie y Emmy subían allí para que les leyese algo; Isabel, la recién nacida, también aquí se la ponían en sus brazos para que la alimentara.
Alex había dicho:
—Leí una vez que el hogar está donde los muebles permanecieron en un lugar durante un siglo. ¿Estás segura de que no te preocupa trasladarte a una casa que fue construida hace mucho tiempo por otras personas?
Esto no le preocupaba, siempre y cuando le trajeran los libros de su casa: libros de arte, de historia, de poesía y libros que su madre le había leído cuando era niña. Todos ellos se encontraban ahora en estanterías del salón amarillo, al otro lado del vestíbulo. Todo lo demás de «Lamb House» ya estaba allí antes que ella, excepto el lecho. No había deseado yacer con su marido en una cama donde los padres de él le habían concebido. Por tanto, la cama original había sido sacada de allí y guardada en el desván. En una tienda de antigüedades de Londres había encontrado una cama, muy parecida a la primitiva, pero sin ninguna historia conocida y personal y, por tanto, nueva.
En otras ocasiones veía la cama como un barco, un enorme y seguro navío que flotaba durante toda la noche en un tranquilo mar, hasta que llegaba la mañana. Al despertar temprano, abriría los ojos al cielo familiar de su hermosa habitación, en la que las primeras luces se estremecían al llegar a través de unas temblorosas cortinas, y moteaban el jarrón de cobre con rosas anaranjadas que había encima de la mesilla de noche. Y, durante unos minutos, yacería allí completamente inmóvil, sintiendo aquella buena disposición de espíritu, aquella tranquilidad de la carne, que llamamos, a falta de una definición, más apta, «bienestar».
Pero todo esto pertenecía al pasado.
Desde hacía unos meses, pasaba sola, tendida en el lecho, la mayor parte del tiempo, sobre unas sábanas frías y unas almohadas arrugadas por su incansable e insomne cabeza. Alex dormía en una estrecha cama en la cercana puerta del vestidor. Comenzó a dormir allí durante el invierno cuando contrajo la gripe. Su secuela de toses le había durado semanas. Luego, a fin de no despertar a Fern después de alguna reunión que se prolongara hasta muy tarde en la ciudad, había seguido utilizando el camastro…
Fern encontraba imposible hablar de aquello. Resultaba desconcertante, puesto que Alex y ella habían sido capaces de hablar acerca de todas las cosas. Las mujeres, sobre todo, habían observado, con incierta seguridad y abierta envidia, su libre y vivo intercambio de ideas. ¡Resultaba algo tan maravilloso ser capaz de conversar con un marido! Sus esposos llegaban a casa, después del trabajo, y se ponían a leer el periódico…
Por tanto, al surgir esta clase de relación, no había motivo para que no hubiese preguntado: «¿Qué va mal? Deseo saberlo…» Pero no se había mostrado capaz de hacerlo.
En vez de ello, la humillación comenzó a anidar en su pecho; sentía remordimientos y una inhibida sensación de vergüenza. Parecía plenamente consciente de que aquello no era más que falso orgullo, y una esposa no debía tener falso orgullo. Pero lo tenía…
Un día compró un libro acerca del amor matrimonial, y lo dejó en la mesita situada al pie de la cama, cerca del doblado Times de Londres. Alex lo hojeó un poco y luego lo hizo a un lado.
—¡Dios santo —exclamó—, pareces creer que la gente no puede casarse y vivir juntos sin que alguien deba de escribir un libro de instrucciones para ellos!
Aquella observación era tan rara en él, en quien constituían unas virtudes esenciales su mente abierta y su curiosidad intelectual, que Fern quedó tan atónita que lo manifestó así.
Como respuesta, él se echó a reír y volvió a enfrascarse en el Times. Y ella, reprendida de esta forma y juzgando que la consideraban una tonta, se calló.
—A propósito. —Alex bajó el periódico unos minutos después—. En la cena de los Barker, Malcolm comentó que eras la mujer más llamativa que asistió a la fiesta.
—Muy amable por su parte…
—¡Pues sí, lo eras! Deberías llevar siempre algo blanco o azul. —Bostezó —. Estoy molido. Me caigo de sueño. He tenido una reunión hoy con esos condenados alemanes de la compañía de seguros. Terrence hizo el informe y ya sabes lo prolijo que llega a ser. Si deseas leer algo más, me iré a dormir al vestidor.
—No quiero leer más —respondió ella en tono tajante.
La oscuridad hacía pensar en un agujero, como si se encontrase sola en una caverna. ¿Cómo podía haber cambiado todo de una forma tan rápida? Muy pronto, Alex le apretó los hombros y le rozó el lóbulo de la oreja con los labios.
—Buenas noches. Que duermas bien —le dijo con ternura.
Al cabo de un minuto ya estaba dormido. Ella deseaba que se volviese hacia ella, pero su deseo no tuvo el menor efecto. Pero, si se hubiera vuelto y abierto los brazos, ella no se hubiera precipitado en ellos. ¿Por qué iba a existir sólo para satisfacer su raro capricho? ¿Qué pensaría al respecto? ¿Y no preguntaría lo que ella debía pensar?
La lluvia golpeó las hojas de los árboles próximos a las ventanas. ¡Otra vez llovía! ¡No resultaba raro que los ingleses bebiesen mucho coñac y tomasen mucho té caliente! La humedad la hizo estremecer hasta la médula. Se levantó para echarse otra manta, y siguió luego tumbada, completamente despierta, mientras la lluvia arreciaba y la oscuridad se hacía más densa en aquella profunda caverna.
Había otra mujer; tenía que haberla. ¿Pero quién? ¿Aquella prima de Nora, la que poseía voz de falsete gorjeante y chirriante? La mujer tenía un piso muy adecuado para citas en Londres. ¿Sería la misma Nora? Resultaba vergonzoso pensar aquello de la amiga de una… Aquella valiente y amable Nora. Pero nunca se sabe… Se oyen cosas tan increíbles… ¿Aquella chica irlandesa, Delia Nosequé, que ganó la copa de saltos en la competición hípica? Era morena, como las mujeres que él siempre admiraba. La muchacha no tendría más de dieciocho años. Tenía una forma absurda de mover los ojos, elevándolos hacia un hombre, aunque éste no fuese más alto que ella. Alex había bailado con aquella muchacha, por lo menos cinco veces, en casa de los Elliot.
Tal vez no fuera ninguna de ellas. Quizás alguien que hubiera conocido su marido antes de que se casaran, alguna mujer con quien no pudiese contraer matrimonio porque no hubiera sido una madre apropiada para su hijo.
Debía de averiguarlo. Lo averiguaría.
Alex suspiró en sueños y se dio la vuelta; un relajado brazo rozó el rígido hombro de Fern. Olía a limpio, a loción de afeitar y a jabón «Pear». Y ella se alejó, para que no pudiese volver a tocarla.
La mente de la mujer seguía dando vueltas. Había salido a montar con Delia el último jueves por la tarde. Estuvieron fuera dos horas, por lo menos. Ella hubiera ido también, de habérselo pedido, pero cuando Fern regresó de unos recados en el pueblo, él ya se había marchado. Y cuando se dirigió a las cuadras para ensillar a Duchess, ya estaban de vuelta.
—Hemos hecho el camino de Blackdale. ¡Ha sido maravilloso! —gritó Delia alborozada—. Debieras haber venido con nosotros, Fern.
—Sí, debiera haberlo hecho…
Su cabellera caía como seda negra… No es posible. Las cosas así suceden a otras personas. Como los accidentes de coche o el cáncer, tenían que suceder a otras personas…
Un domingo por la tarde, con un tenebroso y amenazador tiempo otoñal, Alex se levantó de repente y se desperezó.
—Necesito un poco de ejercicio. Me parece que iré a buscar a Lion para galopar un poco hacia Blackdale. No demasiado lejos.
—¡No demasiado lejos! Se tarda hora y media entre ir y volver. Y, además, se pondrá a llover de un momento a otro.
Fern sabía que su voz sonaba a crítica y a mal humor. Pero él respondió complacido:
—Estaré de regreso antes de que comience a llover. Eso creo. Y si no es así, tampoco me importa demasiado.
—Pues ve tú… Yo no deseo ponerme como una sopa…
—Nadie desea que te pongas así —respondió él, todavía con tono alegre.
Hacía ya hora y media que él estaba fuera, antes de que los pensamientos de Fern tomasen una forma clara y adoptase una decisión. ¿Por qué clase de idiota la tomaba? ¿Un galope a campo traviesa con aquel tiempo? Y había llamado hoy tres veces por teléfono antes del almuerzo.
Sacó del ropero un impermeable y un sombrero de lluvia, puesto que había comenzado a llover. Luego se dirigió al vestíbulo y llamó en dirección de las escaleras.
—¿Nanny? Sirve esta tarde el té a los niños sin nosotros. Tengo que hacer un recado urgente.
Les esperaría en el establo, mientras llegasen por el parque. Les sonreiría, les sonreiría peligrosamente, y entonces a ver qué decía Alex…
Pero a continuación… ¿Qué sucedería entonces? No podía adelantar los acontecimientos. Vagas imágenes de atrevido valor la acudieron a la mente, referentes a aquellos hombres que, el verano anterior, habían ascendido por la empinada ladera de una montaña del Himalaya. ¡El vértigo! ¡El horror a caerse! ¿Sentirían ellos un pánico así en la boca del estómago? No. No podrían realizar todo aquello si lo tuvieran…
Un paso hacia delante. Precipitarse de cabeza. El resto ya se vería.
Anduvo con rapidez. No se veía a nadie en la carretera, los habitantes del pueblo estarían escuchando la radio o durmiendo después de la comida del domingo. Incluso los graznantes cuervos otoñales se habían guarecido para protegerse de la humedad.
¡Qué locos! ¡Estarían empapados! A menos que supiesen de algún lugar donde esconderse, aunque ella no imaginaban cuál. No había ninguno, ni siquiera en el patio del establo. Los caballos estaban bajo techado. De la oficinita cercana al cuarto de los aparejos, donde Kevin, el jefe de los mozos de cuadra, tenía un escritorio y guardaba sus libros, llegaba un débil resplandor de una lámpara de petróleo. No le causaría ningún daño aguardar allí dentro con Kevin. Aún sería capaz de oírles al trote por el sendero. Que Kevin oyese o pensara lo que estimase oportuno.
La ventana estaba tan cerca de la puerta que, mientras se ponía una mano en el pomo, la cara casi quedaba oprimida contra la hoja de vidrio y los ojos se sentían atraídos hacia la habitación. Algo captó la atención de Fern antes de que su mano hiciese girar el picaporte.
Un camastro, cubierto con una manta escocesa de los caballos, se hallaba enfrente del escritorio, a lo largo de la pared más alejada. Alguien estaba tumbado en él. Se inclinó hacia delante. Parpadeó. Se echó atrás. Se inclinó de nuevo hacia delante. Frunciendo el ceño, aplastó la nariz contra el húmedo cristal. Era algo parecido a mirar en un acuario. La forma en el camastro — no, eran dos—, las sombras se deslizaban, pálidas y resbaladizas, como grandes y escurridizos peces, criaturas subacuáticas, retorcidas en un insondable abrazo. Y durante un minuto o dos permaneció allí, incapaz de comprender. Lo veía, pero no acababa de captar el significado de lo que veía.
Luego se hizo visible un rostro. Se movía en el campo de acción de la lámpara. Era un rostro y una cabeza rubia que ella conocía… Alex habló. Vio un destello de una cosa blanca y desnuda, mientras Kevin se levantaba. Y entonces lo comprendió todo.
Lanzó un fuerte chillido, se llevó la palma de la mano a la boca, y escapó del resplandor de la luz en dirección a los arbustos. Oyó a Alex gritar, con voz sumamente alarmada:
—¿Quién está ahí? ¿Quién está ahí?
Y Fern echó a correr.
Agachándose y tambaleándose en el atardecer, bajo un cielo que se hacía mágico como bajo la luz de la luna, siguió corriendo, ocultándose de la carretera detrás de setos y muros. Una zarza se le enredó en las piernas. Se cayó. Los guijarros se le hundieron en las palmas de las manos. Tenía la loca impresión de que alguien la perseguía.
—¡Oh, Dios mío! —jadeó.
¡Cómo le latía le corazón! ¡Latía precipitadamente! Se llevó las manos al pecho. ¿Se detendría? Incluso a su edad el corazón podía dejar de latir, ¿no era así?
Llegó a la casa y dejó la puerta abierta. Un niño, al oír sus pasos, la llamó, la llamó desde el piso de arriba, pero ella siguió corriendo hacia su habitación. Se quitó el empapado impermeable y el sombrero y se dejó caer en la cama. ¡Su trono! ¡Su navío! Estaba mareada, enferma, delirante. ¡Era todo tan irreal! ¡No era cierto! No lo había visto, no podía haber visto aquello…
Sí, sabía de cosas así, pero muy vagamente, puesto que no había leído nada sobre el tema, todo lo más algunas dispersas y vagas definiciones en los diccionarios. En la escuela, una muchacha había escuchado a medias lo que decía su hermano. Habían estallado unas estrepitosas carcajadas, por lo que sólo había comprendido las cosas a medias, pero se había formado el concepto de algo horrible y antinatural. Quizá tuviera quince años cuando aquellas cosas sucedieron. Y ahora sabía muy poco más de lo que sabía entonces.
¡Si, por lo menos, su corazón dejase de latir de aquella forma! Sentía como si un volcán se retorciese e hirviera dentro de ella, como si estuviese demasiado repleta para contener aquella situación y sensación abrasadora que la atormentaba.
En el piso de abajo, la puerta delantera se abrió y luego se cerró con un apagado rumor. Sonaron unas pisadas: los familiares pasos de Alex. Entró y se detuvo al lado de la cama.
—Así que eras tú… —dijo en voz baja.
Los secos y doloridos ojos de Fern se lo quedaron mirando.
—Muy bien, ahora ya lo sabes…
La mujer mantuvo la mirada fija sobre él. Tenía el mismo aspecto de siempre. Fuertes hombros, con su elegante chaqueta de montar y también era la misma aquella raya simpática que se le formaba entre los ojos.
—¿Por qué? —susurró Fern.
Él meneó la cabeza. Suspiró.
—Lo siento. ¡Oh, Dios mío, lo siento…!
Ahora pasó por encima de ella el terror, un terror parecido al frío viento de la desesperación. Estaba sola. Alex ya nunca sería Alex. ¿Entonces quién estaba allí?
—Creí que se trataba de Delia —musitó.
¡Y por qué iba a ser mejor, después de todo, que fuese Delia!
—¿Creías que era Delia? ¿Esa tonta, de cabeza hueca?
Se echó a reír.
No había ninguna alegría en su risa; sonaba amarga, nerviosa, agitada. Pero su sonido, y la visión de su desenfadado aspecto, con la fusta de montar en la mano izquierda y la mano derecha metida en el bolsillo de la chaqueta, fue demasiado. Algo estalló en Fern. Todo lo que había contenido durante tantos meses, añadido ahora a esto, explotó abiertamente en un largo, salvaje y frenético grito. Se alzó y llenó la estancia, y luego se dispersó en el anochecer.
—¡Cállate! ¡Cállate, Fern! —exclamó Alex.
Pero ella no era capaz de hacerlo. Su mente funcionaba con claridad; comprendía que aquello era histeria, su primera experiencia al respecto. Todo cuanto había leído era verdad. Te deslizas más y más, y escuchas, desde una distancia lejana, tus propios y estrepitosos chillidos. Y te alejas más allá de ti misma.
Forcejeó en busca de aire. Y, tambaleándose, corrió hacia la ventana para abrirla de par en par.
Alex, que interpretó mal su movimiento, la echó hacia atrás y la arrojó sobre la cama.
—¡Loca! ¡No valgo lo suficiente para que te mates por mí!
Le desabrochó el cuello.
—¡Cállate! ¡Cállate! Sea lo que fuere lo que ha sucedido, no debe hacerse público… La gente puede oírte.
Fern se había puesto ahora a llorar y golpeó la cama con las palmas de las manos.
—¡No me importa quién pueda oírme! ¡Que lo sepan!
—Aterrorizarás a los niños. Debes velar por ellos, ¿no te parece?
¡Los niños! A, sí, los niños… Y aquél era su padre…
—Toma algo —dijo Alex.
En la mesilla de noche había una jarra y un pequeño vaso de cristal, por si despertaba a medianoche.
Alex llenó el vaso.
—Toma un poco de agua —le ordenó de nuevo.
Ella se retorció.
—¡No me pongas las manos encima!
—Muy bien. Muy bien… Pero háblame… ¡Háblame, por favor!
En silencio ahora, gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas como si fuesen de glicerina.
—Sé que no puedes comprenderlo. No podía esperar de ti más que una cosa así te aterrase. Y lo siento, Fern… ¡Oh, Dios mío, cómo lo siento…!
Pensó que no podía quedarse allí. Y durante un loco instante se vio a sí misma saliendo de allí, marchitándose, abandonándolo todo detrás de sí: aquella casa, los hijos, sus cuadros… Y, por encima de todo, abandonando a aquel hombre repugnante. Veía los baúles cerrados y las maletas aguardando en el vestíbulo. Y encima de todo aquel montón, divisaba la bolsa de viaje con la que había llegado desde su patria. El coche aguardaba en el sendero. Neddie, Isabel y Emmy se encontraban al pie de las escaleras, con sus asombrados ojos preguntando la razón de que ella les abandonase.
Alex hablaba con suavidad, en tono conciliador:
—Por lo menos, comprenderás que ese Kevin no amenaza nuestro matrimonio, como hubiera ocurrido con Delia.
—¿Que no amenaza el matrimonio? ¿Qué matrimonio? Si pudiera salir esta noche, si pudiera llegar a la carretera entre el barro; si partiera un tren, un tren que fuese a cualquier parte, no me importa dónde, lo tomaría. Me iría en este mismo instante.
—Olvidas algo.
—¿Que me olvido de algo?
—A tus hijos…
—Irían conmigo dondequiera que yo fuese…
Alex sacudió la cabeza.
—No —dijo—. No.
Estaba sentado muy erguido en la silla del recto respaldo que se encontraba al lado de la cama, como si estuviese encima de la silla de montar, sólo que tenía una rodilla cruzada muy alta por encima de su otro muslo. Aquella postura desenvuelta alarmó a la mujer, coma si reconociese algo que ya había visto antes, aunque él nunca se había dirigido a ella de aquella forma. Tenía una voluntad de hierro, aunque con un descuidado disfraz. Allí había determinación, sin ninguna clase de desvíos.
—¿Qué quieres decir? ¡No eres el más apropiado! ¿Crees que eres un padre adecuado para estar al frente de una familia? Porque… Cualquier tribunal…
—Ningún tribunal podría hacerlo… No es más que tu palabra contra la mía. ¿Y a quién te parece que creerían?
Se levantó, anduvo a todo lo largo de la estancia y luego dio la vuelta.
—¿Y qué palabra? Dirían que eres una mujer demente y viciosa…
—¡Encontraré los medios! Debe de haber un medio para que la verdad se abra camino por sí misma… Estamos en un país civilizado…
Alex alzó una mano.
—Aguarda. Si fueses capaz de probarlo —no podrías, pero, para seguir el razonamiento imaginemos que pudieses—, entonces, naturalmente, como éste es un país civilizado, quedaría relevado de mi cargo. ¿Y cómo crees que podríamos vivir todos entonces? Si tienes la idea de que una riqueza heredada es la que nos está manteniendo, estás terriblemente equivocada. Ya sabes lo que ha pasado con todas las inversiones aquí desde que ha ocurrido esa terrible quiebra en Estados Unidos. Necesito trabajar, Fern. Métete esto en la cabeza, si te preocupa lo más mínimo el bienestar de tus hijos…
—Simplemente los cogeré y me iré con ellos, eso es todo. No creo que puedas poner un guardián en la casa cuando no te encuentres en ella.
Alex alzó las cejas.
—¿Y adónde quieres ir? Tu padre casi ha sido borrado del mercado, y la fábrica de aquí sólo funciona con un cilindro. Difícilmente dará la bienvenida a una hija que regrese al hogar con un montón de niños, ¿no te parece?
Fern se enjugó las lágrimas con rudeza.
—Alex, dime una cosa, si es que puedes: ¿Por qué? ¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te casaste conmigo? ¿O por qué casarse con cualquiera?
—Pensé que la cosa marcharía. ¡Lo deseaba, cómo lo deseaba…! Desde aquella primera vez en la cena de tu tía… Fern, eras la cosa más adorable que nunca había visto. Todo lo tuyo, todo… Tu voz, tu tranquilidad, toda la vida que había en ti… Estábamos tan bien juntos… Deseaba que fuera algo bueno para los dos…
Su rostro se contrajo como si fuera a echarse a llorar.
—Me duele el corazón por ti. Me gustaría amarte como mereces ser amada. ¡Oh, Dios mío, cómo desearía poder hacerlo!
—Entonces, en nombre de la decencia… ¿Por qué no me concedes el divorcio? En los términos que desees… En cualquiera de ellos…
Él meneó la cabeza.
—Alex, por el amor de Dios… ¿Por qué no?
Alex se echó a llorar. Sus lágrimas la repelieron.
—¿Por qué no? —repitió ella.
—No volvería a ver a mis hijos…
—Te dejaré verlos. Te lo juro…
—Deseo vivir con ellos, como tú también quieres vivir con ellos…
—¡No tienes derecho! Has perdido ese derecho…
—Es un punto de vista —prosiguió Alex, procurando dominarse—. El punto de vista de la sociedad. En la sociedad de la antigua Grecia, si viviésemos allí, verías las cosas de modo diferente.
—No estoy viviendo en la antigua Grecia.
—Bueno, pero escúchame. Soy un buen padre. Tú sabes que lo soy. Esta otra cosa… no tiene nada que ver con ello.
—Me repeles —escupió ella.
—¿Es eso todo lo que tienes que decir?
—Quiero el divorcio. Eso es lo que tengo que decir.
—No, Fern, no. Libertad, sí. Vivir como tú quieras. No te haré ninguna clase de preguntas. Pero nuestro hogar debe permanecer lo mismo que ahora.
La lluvia brilla en la ventana. Los pálidos cuerpos se retuercen como peces debajo del agua…
Un estremecimiento echó hacia atrás a Fern y deformó su rostro. Sus dientes comenzaron a castañetear.
—Mañana, cuando estés más tranquila, te lo explicaré…
—No quiero ninguna clase de explicaciones —gritó ella—. ¡Sal de aquí! Vete donde no tenga que mirarte. ¡Sal!
Cuando él salió de la habitación, Fern se metió debajo de las mantas. Estaba mortalmente fría. Se acordó de una cálida playa de Florida, algunos años atrás, cuando andaba por la arena con su madre y Jessie, recogiendo conchas. Qué felicidad ser tan joven y no saber nada…
Un pajarillo gorjeaba en la oscuridad, y sopló un poco de brisa. Se produjo el sutil desperezamiento de la tierra que se levanta para el alba. Se acordó de que no habían cenado la noche anterior. Sus secos ojos le dolían. No quería verse en el espejo, pues ante la visión de su demudado rostro la acometerían de nuevo las lágrimas.
«¿Qué voy a hacer?», pensó.
La puerta se abrió. Detrás de la ventana la oscuridad había adquirido tonos grisáceos. Vio cómo él se aproximaba a la cama y se puso rígida. Alex estaba aún vestido, excepción hecha de las botas y la chaqueta del traje de montar. Al igual que ella, había permanecido despierto durante toda aquella larga noche.
—¿Fern, no podríamos intentar mostrarnos razonables sobre todo lo sucedido?
—¡Razonables! —gritó ella con desprecio en su voz—. Realmente, te gusta esta palabra, ¿no es así?
—Es una buena palabra. Una de las mejores.
Fern no respondió. Se sentía impotente, consumida.
—Preparé una habitación al otro lado del vestíbulo. Pasaré más tiempo en la ciudad. De todos modos, debía hacerlo. El negocio lo exige.
Fern se levantó de la cama y anduvo hasta el cuarto de baño, mientras le seguía la voz de él.
—Hay muchísimas parejas que viven de esta forma. Cuidan a sus hijos, son buenos el uno con el otro. Comparten cosas, lo comparten todo… menos el sexo. No es que sea lo ideal, pero sucede así. Te daría unos cuantos nombres que te sorprenderían. Alguno de los artistas que tú más admiras… Miembros del Parlamento… Incluso has estado en sus casas. Por qué no…
—No quiero oírlo…
Y se arrodilló en las frías baldosas, algo que no había hecho desde hacía muchos años, desde que pasó por la religiosidad propia de la primera adolescencia. Sí, desde entonces, desde la noche en que muriera su madre, no se había arrodillado y rezado. ¡Dios mío, ayúdame, por favor! Siguió de rodillas y murmuró de nuevo:
—¡Dios mío, ayúdame…!
Pero se había educado en un hogar de escépticos, y no se despertó nada dentro de ella.
Cuando se percató de que Alex seguía observándola, forcejeó para ponerse en pie.
—Supongo que encontrarás esto teatral…
—No. Yo también lo hice en una ocasión.
—¿Y te sirvió de ayuda?
—No.
Agarró un vaso del baño y se lo tiró. Éste falló por muy poco y se estrelló en el suelo, esparciendo sus puntiagudos trozos con un tintineo.
—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Sal de aquí! ¡Sal de mi vista!
Cuando él se fue, se arrodilló de nuevo entre los vidrios rotos y gritó y deseó estar muerta.
La madre de Alex, aceptando una segunda ración de budín, observó:
—Siento no haber encontrado a Alex. Si hubiera sabido que iba a estar tan atareado en la ciudad, hubiera retrasado mi visita…
Las mujeres estaban sentadas juntas en un extremo de la larga mesa. Aquella visita de tres días había resultado interminable para Fern. Corrientemente, no hubiera sido tan duro soportarlo, porque ahora ya estaba acostumbrada a Rosamund. (¡Qué extraño nombre para aquella mujer! «Rosamund» sonaba a algo joven y desaliñado, algo que la madre de Alex no había sido nunca, ni siquiera en su juventud.) Pero estaba demasiado desesperada para hacer frente a una conversación insustancial, aunque se esforzase.
—Se quedará a cenar, ¿verdad? Lo hacemos temprano. Aún le quedará mucho tiempo para tomar el tren de la noche.
—No. Me iré en el de las cinco. Gracias, de todos modos. No obstante, volveré el mes que viene para el cumpleaños de Neddie.
«El mes que viene —pensó Fern—, pueden haber sucedido muchas cosas. Tal vez haya conseguido irme para entonces. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?»
—¿Estás esperando otra vez, Fern? ¿Te importa que te lo pregunte? Pareces un poco pálida… —susurró Rosamund.
—¡Oh, no, no lo estoy…!
Rosamund posó una mano en el brazo de Fern. El calor de su mano penetró a través de las mangas de lana. Su cálido aliento olía a menta.
—Solía envidiar a mis amigas que tienen hijas. Tenía la costumbre de decir: «Una mujer necesita, por lo menos, una hija.» Pero, sabes, ya no lo he dicho más desde que tengo una hija política. En este perro mundo puedo confiar en ti… ¡Eres tan buena conmigo! Se lo digo a todos…
Aquel inmerecido y patético elogio dejó a Fern intranquila. ¿Qué le había dado, a fin de cuentas, a aquella pobre mujer, tan hambrienta de afecto? Visitas y regalos, cosas superficiales, chucherías caras que se elegían sin esfuerzo o sin pensar en absoluto.
—¿Fern, subirás mientras acabo de cerrar la maleta? Hay unas cosas que deseo enseñarte.
En los pocos días en que la había ocupado, Rosamund había hecho algo personal de su habitación. Había un montón de revistas en la mesilla de noche, cerca de una fotografía del padre de Alex. En la mesa redonda que había junto al vano de la ventana se veía un elaborado e interrumpido solitario doble, y éste le habló a Fern. Mientras Rosamund recogía las cartas, le recordó a Jessie aquellas largas noches y sus prolongados silencios.
—En mi tiempo libre —le decía ahora Rosamund—, he estado preparando una sorpresa para ti. Pensé que te gustaría esto.
Y colocó sobre el regazo de Fern un pesado álbum de fotos, forrado con terciopelo azul oscuro y, bordado con hilo de plata, la inscripción: Alexander Lamb V.
—Trataba de guardarlo como regalo de Navidad, pero estoy demasiada impaciente para esperar tanto.
Fern volvió las páginas. Se veía a Alex de tres meses, desnudo sobre una áspera piel. Aquí, sentado en una silla alta y, en otro sitio, en un bote de remos. Con chaqueta de Eton, entre sus padres. «¡Sonríe!», había ordenado el fotógrafo, y Alex había sonreído. La inscripción decía: «Primer día en la escuela.» Aquí, unos años después, aparecía con el equipo de fútbol.
—¿Quieres que te diga quién era Alex? —y mientras Fern señalaba al que no era, prosiguió—: Sospeché que no serías capaz de reconocerlo… ¿Verdad que estaba gordinflón? Pero tenía ya una buena osamenta… Me pregunto cómo podrá estar ahora tan delgado con las comidas que sirves…
—No comemos siempre así. Y, naturalmente, con tanto ejercicio, especialmente con la equitación, ya sabe…
Se calló.
—Bueno, quería que lo tuvieses.
—Es muy hermoso… —dijo Fern—. Muchas gracias, muchas gracias…
—Aguarda. Tengo algo más.
De su abultado bolso, Rosamund extrajo un bolsito de seda con cierre.
—Estaba pensando regalártelo uno de estos días, y ahora es un momento tan bueno como cualquier otro. Es el brazalete de granates de mi madre. Es de dieciocho quilates. No es que me esté vanagloriando, pero gran parte de las joyas victorianas no son auténticamente de oro, por lo que creí que debías saberlo. Y mi anillo de rubíes. Pruébatelo. Creo que te entrará bien en el dedo meñique.
Fern se asustó.
—¡No debe hacer esto! —gritó.
¿No resultaba raro que aquellas cosas le asustasen?
—No creo que deba quitarle todo eso…
—No me lo estás quitando. Soy yo quien te lo doy. ¿A quién iba a dejar todas esas cosas cuando me muriese, sino a ti?
—Sí, pero dejarlas así es diferente. Tiene aún mucho tiempo para llevarlas y disfrutar de ellas.
Por segunda vez aquel día, Rosamund puso la mano en el brazo de Fern. Fern miró con atención aquellos embotados y artríticos dedos.
—Chiquilla, el anillo ya no me quedará bien nunca más… Deseo que lo lleves. El rubí es pequeño, como ocurre con los que son impecables. Siempre he estado muy orgullosa de él.
—No sé qué decir —contestó Fern.
Son personas que confían en ti, que son buenas contigo, que te dominan. Eres impotente delante de ellas. Esta mujer espera ser amada. Da por supuesto que su hijo está profundamente enamorado. Te abruma. El aire de la habitación pareció el de su propia casa, pesado con el hábito y las obligaciones. En el salón de Rosamund, la repisa de la chimenea estaba llena de instantáneas de antiguas fiestas, de tarjetas de Navidad y programas de teatro. Era como vivir en un museo o en un osario.
—No sé qué decir —repitió Fern.
—¡No digas nada! Te daré más cosas la próxima vez que nos veamos. ¡Mi marido era tan generoso conmigo! Los Lamb son muy buenos hombres. Somos afortunadas, tanto tú como yo. Alex es un hombre de una sola mujer, lo mismo que su padre. Nunca tendrás que preocuparte, como le ocurre a muchas en el tiempo que vivimos. Y también ocurría en mi época; oh, sí, ocurría… ¿Cuántas amigas mías se encontraban en un caso así…? Pero, claro, por su orgullo, y por el bien de los niños… ¿Qué puede hacer una mujer? A veces pienso en Lucy Hemming. Ahora ya está muerta, por lo que es posible hablar de ella… Walter Hemming mantenía a una cantante, bastante bonita, considerada según los cánones corrientes, y la llevaba a los mejores lugares, donde pudieran verla las amigas de Lucy. ¡Qué cosa más desgraciada! ¡Pero si estás llorando, Fern! ¿Qué he dicho? ¿De qué se trata?
Fern se levantó. Tenía que salir de aquella estancia.
—Nada. Tonterías… Me he conmovido con los regalos que me ha hecho…
—¿Por qué, querida? Eres muy sensible, ¿verdad? —Rosamund quedó complacida—. Disfrútalos. Siento no haber encontrado a Alex. Bésale de mi parte.
Pensó, mientras atravesaba de prisa el vestíbulo, que no podría resistirlo mucho más. Tenía que haber alguien con quien hablar de todo aquello. Alguien.
Echaba de menos a su madre. Resultaba humillante que, a su edad, y siendo ella misma madre, sintiese semejante necesidad. ¡Si, por lo menos, su padre fuese una persona a la que se pudiese acudir! Pero nunca podías hablar con él de cosas interiores. Siempre le preocupaban las cosas externas: las debidas apariencias y los bienes materiales. Nunca comprendería aquello. Incluso imaginaba su furia, su aire ultrajado y casi infantil. No haría ningún análisis racional, ningún consuelo le llegaría de él. Su madre la consolaría, aunque no llegara a saber lo que, actualmente, pasaba.
Y, en cuanto a hablarle a Jessie, las raíces de la alienación eran demasiado profundas. Quizás alienación no fuese la palabra apropiada; indiferencia sería una definición mejor. ¿O incomodidad? Fuera cual fuese el término, las cosas eran como eran.
Desde el nacimiento de su hija, Jessie vivía muy apartada. Dentro del mundo real, se había hecho otro mundo en que eran pocos los admitidos, y, de ellos, la mayoría gente mayor, o mujeres que, a causa de que eran poco atractivas o estudiosas, o ambas cosas, no representaban ninguna amenaza para Jessie. Fern veía esto con claridad, casi con lástima. Y se preguntaba qué lugar ocuparía Martin en aquel pequeño mundo. Su mente, tras abrir la puerta del dormitorio de Martin y de Jessie, se retiró avergonzada, y la cerró al instante.
No podía, pues, recurrir a su hermana. No se habían visto desde que un día de Acción de Gracias norteamericano los había reunido, y ahora casi estaban en febrero. No, Jessie no.
¿Quién, entonces?
Y lo supo desde que se hizo aquella pregunta, aunque negase la respuesta, porque el encuentro sería, en el mejor de los casos, desagradable, y, probablemente, también fútil. No obstante, sólo sabía que la respuesta era Martin.
¿Por qué? Existía una sutil frialdad entre ellos. Ella hasta se encontraba incómoda en su presencia, aunque no se había sentido así la primera vez que llegó a Inglaterra. Pero ya no le parecía estar irritada. Se había obligado a comportarse como una madura y comprensiva mujer. Quizá, razonó, Alex estaba en lo cierto. La gente busca cosas diferentes en el matrimonio y, después de todo, el suyo no era el primero de estos matrimonios. Martin era, sobre todo, cariñoso con Jessie. ¡Y estaba casi completamente loco con su hija! Era una nena encantadora. Una especie de oropéndola. Un azogue. Curiosamente, se parecía a Neddie. Emmy e Isabel serían unas mujeres grandotas y plácidas, con las que sería fácil vivir. Martin había sido maravilloso con la pobre Emmy, aquella vez que le visitaron y ella se rompió el brazo. Un doctor muy amable. Alex le llamaba médico nato. Raro. Era extraño, pero el doctor y el hombre parecían algo muy distinto.
El hombre no se revelaba a sí mismo excepto cuando hablaba acerca de Claire. Cuando se le escuchaba desde el extremo alejado de una mesa, o de una estancia, por lo general estaba hablando de ella. Pero la mayor parte del tiempo no hablaba en absoluto. No le recordaba como una persona tan silenciosa y reservada. En su casa, en Cyprus, había pensado de él que era una persona voluntariosa y animosa. ¡Cómo cambiaba todo! Pero ella también había cambiado desde entonces… Se podía llamar a aquello aprender o hacerse mayor. No importaba. Pero Martin era amable, en eso no había cambiado. Seguramente la escucharía. Se podía confiar en él. Tal vez incluso supiera de algún medio de ayudarla. ¿No existiría ningún tipo de ayuda?
En la chimenea ardía un buen fuego de carbón. Las paredes estaban cubiertas de libros negros y marrones encuadernados en raída y polvorienta piel. Todo en la habitación era antiguo; se parecía al despacho de Sherlock Holmes trasplantado a la calle Baker. Actualmente pertenecía a Mr. Braidburn. Martin había explicado que, a veces, veía pacientes aquí en lugar de Mr. Braidburn, cuando éste no estaba.
Fern dejó de mirar en torno suyo, consciente de que Martin también, de forma considerada, miraba hacia otra parte, dándole tiempo para tranquilizarse. Una alfombra turca cubría el piso. También se veían pesadas cortinas, estampadas en tono rojo oscuro y tostado. La habitación resultaba cálida. Uno se olvidaba que se encontraba en la planta baja de un hospital, y que en los pisos superiores otras personas, con cosas monstruosas que les crecían en sus cabezas, yacían moribundas. Sobre el escritorio destacaba una carpeta abierta con una pluma al lado. Pero Martin no había escrito nada, ni dicho nada, sólo escuchaba.
Ahora decía:
—Has empezado a reír hace un momento. ¿Por qué?
—Por una razón u otra, recordaba el día en que me dijiste que mis ojos no correspondían a mi cara.
Él no respondió.
—Creo que era demasiado niña para una muchacha de veinte años.
—Muy niña, no. Sin experiencia, lo cual es una cosa completamente diferente.
Encendió un cigarrillo y se inclinó hacia atrás en su sillón. La mujer fue consciente de cada ruido, del pequeño frote de la cerilla y del crujido del sillón. Un dolorcillo destelló en sus sienes.
Luego Fern dijo de repente:
—La gente no sabe nada uno de otro cuando se casa. Resulta absurdo. Es todo artificial. Vamos al peluquero. Él trae flores…
—Pero debías amarle.
—No sabía nada de él, como puedes comprender.
—Pero amabas a la parte que conocías. ¿No te parece?
—¿Por qué dices eso?
—Creo… que, en otro caso, no te hubieras casado con él. ¿No es así?
A Fern le pareció encontrarse sometida a un interrogatorio. La estaba presionando. ¿Por qué? Y se pasó una débil mano por la frente.
—No lo sé. Era el momento, el lugar. Los sentimientos se precipitaron sobre nosotros. Eran… trucos. Sí, trucos.
—No debes mostrarte amargada. Ni negar los sentimientos que tuviste. Es decir… Si eran sinceros…
Dejó el cigarrillo en el cenicero y el humo comenzó a elevarse en una recta columna hacia el techo. Alzando sus ojos del humo, Fern vio que él la estaba contemplando por primera vez desde que había entrado en la habitación.
—¿Lo eran? —preguntó Martin.
—Lo siento. ¿A quiénes te refieres?
—A sus sentimientos. ¿Eran auténticos?
—Sí, sí. No lo sé.
Aquellas últimas semanas había adelgazado y los anillos se le caían de los dedos. Los retorció. Titubeó:
—Si me lo hubieras preguntado antes de todo esto, te hubiera respondido: «Sí, le amaba.» Pero ahora creo que, posiblemente, pensaba así porque no sabía lo que iba a perder…
Martin se levantó y se dirigió a la garrafa que se encontraba encima de una mesa.
—¿Te apetece un poco de agua?
Cuando ella declinó la invitación, él se sirvió un vaso y le dio la espalda mientras bebía con lentitud. Su espalda, sus hombros, incluso en aquella postura, resultaban sutilmente diferentes de como habían sido tres años atrás. Reflejaban autoridad. Fern pensaba en todo esto cuando él regresó a su butacón y habló de nuevo.
—¿Estás diciendo que te encontrabas cómoda con Alex porque él no hizo ninguna aproximación a tu sexualidad? ¿Es eso a lo que te refieres? ¿Es una de las razones por las que te casaste con él?
—¡No tienes derecho a decir eso! —gritó ella, inmediatamente encolerizada.
—¿Y por qué no? Soy médico. Has pedido mi opinión.
—Eso no te da derecho a humillar a la gente.
—Si te sientes humillada, lo siento. No ha sido mi intención… —Hablaba en voz baja—. Pero no debes quedarte si no quieres oírme.
—Muy bien. Sigamos.
—Con frecuencia, has dicho de ti misma que eras muy joven para tu edad. Eso significa que no tenías conocimientos acerca del sexo y que, aparentemente, no los necesitabas. Y, asimismo, lo poco que sabías te atemorizaba. Y creo que aún te sigue ocurriendo lo mismo.
—¿Te importaría decirme dónde quieres ir a parar?
—Adonde quiero ir a parar es a que no has sido lastimada a causa de verte privada de sexo y amor. Te ha lastimado el que tu vida haya quedado vuelta al revés.
Ella hubiera querido abofetearle. En su aflicción, había acudido a él en busca de ayuda y consuelo; pero él la estaba reprendiendo y despreciando. Comenzaron a asomarle las lágrimas. Mordiéndose los labios, se dominó.
Él se levantó de nuevo y se dirigió a ordenar algunos libros de encima de una mesa. Estaba sumamente agitado. Luego regresó y se sentó.
—Lo siento. No soy justo contigo. Tengo aspecto de enfadado, lo sé…
—Sí, así es… ¿Por qué?
—No sé por qué… Uno no siempre se comprende a sí mismo.
—«Médico, cúrate a ti mismo» —replicó ella con amargura.
Y casi de repente vio ante ella, no al hombre autoritario que se había levantado cuando entró en la estancia hacía un rato, sino al hombre joven, con el traje barato en la mesa del comedor en Cyprus, un joven al que le ardía algo y le brillaba la cara, con un cierto pathos.
Ahora habló con más amabilidad.
—Nos estamos peleando…
Él se concentró.
—Mary, no quiero hacerlo. Deseo ayudarte.
—Aún me llamas Mary —respondió ella de forma intrascendente.
Martin encendió otro cigarrillo y se inclinó para guardar el paquete en un cajón del escritorio. Luego alzó la cabeza y asumió otra vez sus modales profesionales: amabilidad, raciocinio y firmeza.
—Deseo ayudarte —repitió—. Estás mortalmente asustada.
Ella se retorció otra vez los anillos.
—No sé qué hago y tampoco comprendo nada. No tengo paciencia con los niños, ni puedo trabajar, ni pintar, ni siquiera soporto a Alex… Me repugna…
—Dime, Mary. ¿Qué conoces acerca de la homosexualidad?
—No mucho.
—Hubo determinadas épocas y lugares en que fue considerada una forma honrosa de amar. ¿No lo sabías?
—¡No nos lo enseñaron en la clase de Historia! Pero supongo que es así.
—Algunas de las mejores mentes del mundo, Leonardo, Miguel Ángel. Incluso Shakespeare, según dicen… «¡Cuán parecido a un invierno ha sido mi ausencia de ti!» Este soneto, probablemente, estaba dedicado a un muchacho. ¿No te conmueve?
—Tal vez un poco.
—Bueno, la Iglesia afirma que es algo que está mal, pero…
Ella le interrumpió.
—No crecí demasiado en el seno de la religión.
—Pero es así. Tienes que descartar muchas cosas y llegar al meollo del asunto… —Se calló—. Lo que quiero decir es que la Biblia también nos enseña a que no debemos erigirnos en jueces. Y creo que es cierto… Nunca hay que hacer de juez.
Fern estaba silenciosa.
—La gente odia a los que son diferentes a ellos. Hay personas que aborrecen a los judíos, aunque nunca hayan conocido a ninguno, o no hayan conocido a ninguno que fuese malo…
—Eso es diferente.
—Realmente no. Toda la bondad que hay en Alex… ¿No sigue estando en él?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
La mujer suspiró.
—No es un perverso, Mary. Y permite que te diga que sufre. Es obvio que ni puede cambiarse a sí mismo, ni tampoco se acepta como es. Si pudiese aceptarse a sí mismo, sería muy fácil para él. Pero este camino es muy duro. ¿Comprendes lo áspero que puede llegar a ser?
—No había pensado en eso.
—Bien, pues piensa en ello. Tal vez llegues a comprenderlo.
—¡Mi padre nunca lo haría!
Martin sonrió levemente.
—Estoy seguro de que no…
—Lo que me pasó con Alex —prosiguió Fern despacio— es como si se hubiese abierto un escotillón y me hubiesen arrojado, exactamente así, arrojado, a la intemperie. Violentamente. He estado viviendo durante toda mi vida en un capullo. Y ahora dime… ¿Qué he de hacer?
—No, dímelo tú…
—¿Yo…?
—Sí. Eres tú la que debe decirme la cosa más importante que vayas a emprender a partir de ahora.
Durante un instante, ella no estuvo segura de lo que Martin quería decir. Luego se le apareció claro en un instante.
—Cuidar de mis hijos. ¿Te refieres a eso?
—Naturalmente.
Fern sonrió con acritud.
—Pero eso no es algo por lo que una se case…
—La gente se casa por diversas razones. Porque están solos, o porque necesitan una clase particular de comprensión o la compañía de una mente. Por muchas razones.
Ahora él la estaba mirando de nuevo con fijeza, dejando a un lado los modales profesionales, al igual que cuando alguien se quita un jersey y lo deja caer en una silla.
—Por favor, no le digas nada a Jessie. ¿Lo harás?
—Nunca cuento las confesiones de otras personas.
—Perdóname. Debí conocerte mejor.
—Perdóname también tú. He sido vanidoso y rudo una vez más.
Durante un momento, ninguno de los dos habló.
Luego prosiguió Martin.
—El trabajo. El trabajo es siempre la salvación, Mary. Tienes un don. Úsalo. Llena tus días con él.
—No —respondió ella—. No tengo un auténtico don. Mi padre tenía razón en esto. Lo que tengo es sólo un pequeño talento.
—Aún no puedes estar segura. Deja pasar más tiempo.
—¡Tiempo! Tendré incluso demasiado…
—Necesitas una gran dosis de valor. Pero creo que lo tienes.
—Gracias.
Él añadió pensativamente:
—Una gran cosa, aunque ahora mismo no puedas ver su importancia, la constituye tu hogar. Debes seguir allí, no tienes elección. Representa una gran comodidad tener un lugar así. No sería una cosa igual para mí pero para muchas personas, según dicen, eso forma la esencia de todo. Y para ti es cierto, ¿no te parece? ¿Ese lugar se llama «Lamb House»?
—Sí —respondió ella—. A veces doy vueltas, sólo para tocar las cosas. Hay algunos árboles, como un viejo sicómoro, donde voy a sentarme y a notar cómo respira el mundo. Se siente mucha paz entre los árboles…
De repente, Fern notó que estaba muy cansada. Se habían dicho todo lo que tenían que decirse y llegado tan lejos como debían llegar. Se levantó para irse.
—Aguarda. Te daré una receta de unas píldoras somníferas. Sólo media docena. Toma una si lo necesitas de verdad.
—¡Ya sabes que no me mataré…!
—Si imaginara que tenías una idea así, no te las daría en absoluto.
Martin se levantó, pero no salió de detrás del despacho o se ofreció a estrecharle la mano. Le cruzó por la mente que tampoco la había tocado al entrar, pues, a pesar de la normal educación profesional, a fin de cuentas le disgustaba aquella mujer. Ella introdujo la receta en su bolso y le dio las gracias.
—Tal vez no te haya ayudado, pero lo he intentado —le dijo.
—Me ha ayudado lo suficiente el hablar contigo. Sí, así ha sido.
—Eso me alegra.
Tal vez se hubiera esperado de él que dijera: «Vuelve otra vez si lo necesitas», pero no lo hizo, por lo que Fern le dio de nuevo las gracias con una corrección que corría parejas con la suya, y salió.
En el traqueteante tren suburbano, Fern se quedó dormida. Siempre había sido una de aquellas raras y contradictorias almas para quienes dormir, en momentos de trastorno, constituía un escape psicológico, y por ello no necesitaba de pastillas.
Se despertó cuando el tren se bamboleó en la última curva antes de llegar a la estación de su casa. Martin tenía razón: había comodidad en aquel «lugar». La calle Mayor le proporcionaba una alegre seguridad. El carnicero, pelirrojo y parlanchín, siempre salía hasta los escalones para hacer observaciones acerca del tiempo. La tienda de simientes había colgado sus paquetitos de berros, con deliciosas hebras anaranjadas y amarillas, y se sentía un fuerte y tentador perfume después de la lluvia. Fern pensó amargamente: «Por lo general, están cubiertos en la superficie con pinchitos negros. Lo que sorprende siempre es la parte oculta…»
Neddie surgió de una esquina de la casa.
—¿Te imaginas? —gritó.
Fern abrió mucho los ojos, respondiendo a su alegría, a su atrevimiento.
—No puedo suponerlo. ¿De qué se trata?
—Hemos comido helado en casa de Rob. Es el cumpleaños de su hermano.
—¿De veras?
—Sí, y era de chocolate.
Empezó a hacer cabriolas, tambaleando la borla verde de su gorro de lana. ¡Oh, corazón mío, cariño mío! ¿Cómo podría nunca dejarte?
—¡Chocolate! —repitió ella con alegría antes de que, recordando algún otro recado el niño desapareciese corriendo por la esquina.
La casa la envolvió. Se dirigió despacio al piso de arriba, deslizando su mano por la suave y vieja barandilla. En el descansillo se detuvo delante de la foto de Susannah.
—Nunca hubo amor entre nosotros —le había dicho Alex—, después del primer o segundo mes.
Se regocijó tristemente, haciendo un chiste de aquello.
—Fue cuando descubrí que los libros de la biblioteca de su familia tenían fondos falsos. Pero me enteré de ello demasiado tarde…
¿También habría averiguado Susannah algo demasiado tarde? Pero aquel frío rostro no le dijo nada.
Alex, que subió las escaleras un momento después, llamó con los nudillos en el marco de la abierta puerta.
—¿Puedo entrar?
—Sí, pasa.
Se enfrentaron el uno con el otro. Fern, desde el armario, donde se encontraba colgando su abrigo, y él en el umbral.
Luego, sorprendentemente, él manifestó:
—Has visto a Martin.
—¿Qué? ¿Qué te hace decir eso?
—Ya sabes que presiento las cosas. Se lo has contado todo, ¿no es así?
—Sí. ¿Estás enfadado?
—No. ¿Qué te ha dicho?
—No lo sé con exactitud. Es decir, resulta difícil de recordar. — Tartamudeaba—. Supongo… Que trató de explicarme, ayudarme a que comprendiera…
—Le estoy muy agradecido. De todos modos, siempre me ha caído bien.
Ella elevó una ceja.
—¡No seas repugnante! Me refiero a inteligencia, compasión, humanidad…
Comprobó que Alex se imaginaba que había una burla en su expresión.
—Sólo quiero decir que no le conoces lo suficiente. ¿Cómo puedes sentir algo por él?
—Ya te dije que siento las cosas. Juzgo muy de prisa a la gente. Por ejemplo, sé que está enamorado de ti. Hace tiempo que lo he sabido. Es el hombre con el que debiste casarte…
—¡No seas absurdo!
—¿Te has dado cuenta de cómo se las arregla para abandonar una estancia en cuanto tú entras en ella?
—¿Qué diablos estás afirmando?
—¿Quieres decir que no te habías dado cuenta?
—No, claro que no —respondió Fern con tirantez.
—Pues es verdad.
Ella se volvió.
—Me voy a quitar este caluroso vestido. ¡Resulta atroz!
En el vestidor se puso una bata. Otra vez el dolor, aquellas pequeñas pulsaciones en las sienes… Se las tocó levemente. ¡No tenía que haber dicho aquello de Martin! Ya había suficientes cosas terribles en las que pensar sin tener que añadir aún más. ¡Auténticas montañas por las que trepar! ¡Montañas! ¡Y de todos modos, no era cierto! Martin era muy responsable y serio, no podría… De repente, involuntariamente, lanzó un grito.
—¿Estás bien? —le preguntó Alex.
Fern regresó al dormitorio y se sentó.
—He tenido un día muy duro y estoy destrozada.
Él se arrodilló en el suelo y le tomó la mano.
—Fern, seré el mejor amigo que hayas poseído…
Acercó sus mejillas hasta apoyarlas en la fláccida mano de ella, y Fern notó sus lágrimas. Deseó retirarla, pero no lo hizo; permanecieron sentados inmóviles entre un expectante silencio.
Al fin Alex alzó la cabeza.
—He pasado por un infierno —dijo.
—¿De veras?
—¿No me crees?
—Te creo.
—Y también por ti. Lo sé, Fern. Y confío… No hubiera querido nunca que tú pensaras que yo… Que lo que soy tiene algo que ver contigo. Es una cosa únicamente mía…
De nuevo se produjo el silencio.
—Esto tampoco funcionó con Susannah. Y, además, ella tenía una lengua muy afilada y pensé que, en parte, la culpa sería suya. Confié en que contigo fuese diferente. Y lo intenté, Fern, tú sabes que lo intenté.
Ella empezaba a verse a sí misma de una forma objetiva. Miraba a través de un telescopio, desde el final de un largo, largo túnel del tiempo, a través del cual había ido madurando en edad y comprensión. Era como si estuviese contemplando a otra mujer, y no a ella misma, que tendría que sufrir un purgatorio de infructíferos e interminables análisis, mientras la ira y el dolor se irían evaporando con lentitud como la sal al sol, y dejando… ¿Dejando qué? ¿Un desierto?
Alex habló de nuevo.
—He tratado de recordar cómo empezó. ¿Tal vez mi profesor de música? Tenía unos dedos muy fuertes. Unas ágiles manos morenas. No podía dejar de mirarlas. Y también hubo un chico en la escuela. Se llamaba Lewis. Se sentaba en el pupitre contiguo. También poseía unas manos morenas y un espeso y hermoso pelo. Me acometían a veces unos extraños y turbadores pinchazos, muy débiles, según puedo recordar, muy enigmáticos. Como unos diablillos que se sentasen con sus cálidos tridentes en alguna parte de los surcos de mi cerebro. Aún no lo comprendía. Se supone que has de tener fotos de chicas en tu habitación, una instantánea de tu propia novia, o actrices, todo pechos y muslos y bocas sensuales. No pensé que tal vez no me estaba desarrollando tan tempranamente como lo hacían los otros muchachos, y que muy pronto sería igual que los demás. Pero no estaba seguro, y no había nadie en el mundo a quien poder preguntar, y mucho menos aún a mi padre… Y luego, de repente, me encontré en el último curso y, durante unas prolongadas vacaciones, un grupo de compañeros acudieron a la ciudad y llevaron unas chicas al piso de alguien. Y la muchacha con la que yo estaba —ahora Alex apenas susurraba—, la muchacha se echó a reír porque… no quería hacerlo… Se reía. Y la noticia de aquello se propagó cuando volvimos a la escuela. ¡Constituyó una excelente broma! Excepto para Lewis. Éste se me acercó y hablamos. Era tan educado, tan decente, tan diferente a los demás… Se convirtió en mi único amigo, y yo en el único de él. En cierto modo, cabe decir que sufrimos juntos.
Se miró las manos, dándoles vuelta una y otra vez, como si fuesen a ofrecerle alguna explicación.
—Existen recuerdos, tan fugaces y penetrantes, que debieran haber sido olvidados hace ya mucho tiempo, pero nunca es así. Un fornido rufián con pelos en las orejas y una voz demoledora que decía: «Alex mea sentado.» ¿Por qué resulta imposible olvidar cosas así? ¿Por qué las burlas de un patán tienen poder para seguir atormentándote cuando ha pasado ya más de la cuarta parte de tu vida?
«Así que había sido de este modo», pensó Fern. No había querido conmoverse. Hubiera deseado conservar su enfado, retener el insulto que le había infligido, agarrarse a él con fuerza y no ser débil ni condescender. ¿Pero condescender en qué?
En aquellos pocos minutos se había hecho de noche, y desde el triángulo del firmamento que cubría la esquina superior de la ventana, entraba un resplandor iridiscente. Caía encima de la cabeza inclinada del hombre. Al sentir la mirada de Fern, él levantó la mirada.
—Fern, todo cuanto tengo te pertenece a ti y a los niños. No me refiero a cosas, como puedan ser esta casa o dinero. Estoy hablando de solicitud. De mi devoción. No me es posible hacer nada con lo que soy. Puedes estar segura de que seré discreto con las cosas que haga a causa de ser como soy. Pero nunca te pediré cuentas con las parcelas privadas de tu vida. Nunca te pediré cuentas de nada. ¿No podríamos vivir aquí, si quieres, con nuestros hijos y ser felices de otra manera?
—¡Felices! —exclamó ella en voz baja.
Y Alex repitió:
—¿No podríamos serlo?
En la simplicidad de sus palabras y en su cara, Fern no vio una súplica de piedad y comprensión, sino una especie de suposición de que podían permanecer aquí así, tras haber aprendido aquellas cosas que ahora ambos sabían. Vio todo esto, pero también desaliento, como cuando un hombre ha sido herido, según ella había leído, y mira sus destrozos, incapaz de creer que es él mismo, y que las heridas le pertenecen a él.
Luego, después de todo aquello, llegó la piedad, y se inclinó para que descansara la cabeza de él sobre sus hombros, meciéndolo cual si se tratase de un chiquillo y ella fuese su madre. O como si ella fuese la chiquilla, aterrada y perdida, y él quien le diese consuelo. O como si él y ella, como extraños que acaban de encontrarse, supervivientes de algún terrible cataclismo, de algún avatar de la Naturaleza, alud, terremoto o tormenta, se hubiesen abrazado a causa de esta mutua necesidad, y después, debido al común humanitarismo y a la confianza mutua, debieran permanecer ya siempre de aquel modo.