Vientos sin rumbo
Capítulo XVIII
Desde su sitio en la mesa del desayuno, Claire no podía ver el patio trasero, pero sabía que la pequeña forsitia había extendido sus débiles filamentos amarillos por todas las vallas de madera, entre las Avenidas Park y Lexington. En su propio patio, algunos jacintos esparcidos, restos de lo que debía de haber sido un lujuriante jardín, habían aparecido entre la dura tierra. Los gorriones piaban y luchaban. Se hacían cada vez más estridentes a medida que la primavera se aproximaba.
Jessie bromeó al otro lado de las tostadas y los cereales.
—Algún día me gustará ser dueña de todo el patio, construir una terraza y plantar árboles. ¡O, qué joyas son esas hermosas y antiguas piedras de arenisca! ¡Mira esas baldosas! Ya nunca verás trabajar de ese modo…
Unas baldosas azules cubrían la pared de la chimenea. Un instrumento musical aparecía pintado en cada una de ellas: violín, flauta, tambor o cuerno, diez en total, antes de que el modelo se repitiese. Claire las había contado.
—Portuguesas —comentó Jessie—. El hombre que era dueño de esta casa antes de que el Banco redimiese la hipoteca, era crítico musical o profesor, según creo. ¡Pobre hombre! —Suspiró—. Esta habitación debía de ser su estudio.
Cada día, Jessie daba una vuelta por allí y admiraba las cosas: los techos de tres metros, los postes de la escalera de piña americana, los suelos de madera.
—Esta casa fue construida con mucho cariño —afirmó.
A Claire la aburrían tantas preocupaciones por la casa. La única cosa que realmente admiraba era el estante giratorio del montaplatos, por el que las comidas se sacaban de la cocina. Comían en el tercer piso, puesto que el comedor estaba ocupado por el negocio.
Jessie reflexionó ahora:
—Es divertido. Tuve que pagar tanto por esta casita como lo que obtuvimos por la casa grande y por todo el terreno que tenía detrás. Debes saber que he estado pensando en alquilar una tienda apropiada cerca de la Avenida Madison. He visto una bastante barata. Y el negocio, realmente, necesita más espacio. Entonces tendríamos toda la casa para vivir en ella.
Suspiró de nuevo, pero aquella vez se trataba de un suspiro de satisfacción.
—¿Conoces a Mrs. Brickner, esa que viene con el pequinés? Desea que le decore un apartamento en Palm Beach. Las cosas no han ido muy mal para nosotras, ¿no te parece?
Y, sin esperar una respuesta, Jessie cogió el New York Times.
—No es muy educado leer en la mesa, pero el desayuno es algo diferente… —explicó.
Claire esperaba que dijera esto, dado que hacía lo mismo cada mañana. Aguardó a que su madre le tendiese la sección segunda.
—Aquí, puedes también leer. Debes saber cómo van las cosas por el mundo, ahora que estás en el quinto grado. Sí, mira, aquí está otra vez el anuncio de aquel almacén. Tal vez le pregunte al tío Drew qué opina. O a lo mejor lo decidiré por mí misma y me lo quedaré. Estos malos tiempos no pueden durar indefinidamente, ¿no crees? Y podría seguir adelante con un préstamo a largo plazo y con bajos intereses. De todos modos, la gente que acude a mí no parece estar sufriendo por los malos tiempos. Por lo menos ésa es mi impresión.
El periódico crujió mientras iba volviendo las diferentes páginas.
—Sabes, muchas veces me despierto y, durante un momento, pienso que han sido un sueño estos tres últimos años…
Claire no oyó el resto. Entre aquellos miles de negras letras de la página abierta, sus ojos se fijaron sólo en unas cuantas, las que deletreaban un nombre: Doctor Martin Farrell. Al principio, había unas cuantas cosas aburridas acerca de unos discursos en la Academia de Medicina.
Luego aparecía una breve lista de nombres. El doctor Martin Farrell sobresalía de todos los demás, ya que había sido impreso en rojo.
Aquel nombre nunca se pronunciaba en casa. No había pensado en él durante un largo tiempo, no por lo menos desde que ya no había sido tan joven. La imagen «padre» le había venido a la mente sin rasgos específicos, en una especie de visión brumosa, de gran tamaño, con olor a tabaco y sensación a lana áspera. Su concepto de «hombre», le vino, naturalmente, de los hombres que conocía: amigos del padre, el director del colegio, el médico y el dentista, con algo de tío Drew, una figura pálida que se sentaba mientras tía Milly llevaba la conversación y que, en el restaurante, pedía la cuenta y la pagaba. Como es lógico, también estaba el abuelito, pero éste había muerto, y ella sólo tenía seis años cuando muriera en su habitación del piso de arriba, con tan acre olor. Así pues, éstos habían sido los modelos con los que había construido a su «padre», y existía, en algún vago recuerdo, desde hacía mucho tiempo, una vaga sensación de pérdida.
De manera subrepticia, pasó su mano por encima de la letra impresa: doctor Martin Farrell. Debía de ser ése… No podía haber dos, ¿verdad?
—Son las ocho y cuarto —dijo Jessie, de repente, bajando el Times—, y aún no te has terminado el desayuno.
Claire cogió la cuchara y comenzó a engullir los cereales. Algo se había quedado fijo en su cabeza, algo tan duro y sólido que resultaba sorprendente que no hubiera pensado en ello antes. Se bebió la leche y se puso el abrigo. Jessie le enlazó su bufanda de tartán y la besó en la frente.
—Ten cuidado al cruzar —la previno, como hacía cada mañana—. ¿Volverás directamente a casa después de la escuela o irás a casa de Carol?
—Carol está constipada. Volveré directamente a casa —replicó Claire.
Se dirigió al piso de abajo. Desde la puerta principal, se veía la tienda, que ocupaba todo el primer piso. A lo largo de una de las paredes se encontraban unos estantes oscuros que contenían objetos brillantes: una cabeza de mármol de Shakespeare, un reloj con esfera dorada, candelabros y una sopera de porcelana con rosas azules pintadas. Trozos de hermosas telas estaban extendidos como abanicos en el respaldo de los sillones. Se veían viejos arcones tallados y muchas mesitas. También lámparas, cuadros y un sofá de terciopelo carmesí. Todas aquellas cosas estaban en venta, excepto el escritorio de su madre con sus rimeros de documentos y su teléfono. Tía Milly y tío Drew decían que mamá era muy inteligente, y que resultaba sorprendente lo que había logrado hacer en sólo aquellos tres años. Sí, su madre era muy lista. Pero no estaba pensando en su madre.
Se apresuró por los escalones de la entrada, entre las dos urnas de piedra, cada una con sus siempre-verdes, como si se tratasen de soldados de juguete saludando muy tiesos. Bajo la ventana salediza había un nítido y pequeño rótulo: JESSIE MEIG, Decoración interior. A Claire le continuaba preocupando que el nombre de su madre fuese diferente al suyo. En ocasiones, la gente preguntaba acerca de esto. Su madre decía que no tenía la menor importancia, que aquí, en la ciudad, el divorcio no era nada que sorprendiera demasiado. Claire sabía que esto era cierto. En el colegio, había otras muchachas cuyos padres estaban divorciados, por lo que las cosas no resultaban como habría sucedido en Cyprus. No obstante, por alguna razón desconocida, todo esto la preocupaba aquella mañana.
Siguió por la Calle 67, haciendo oscilar la cartera con los libros, llegó a la escuela, se sentó en su pupitre y fue a comer como cualquier día ordinario. Pero, durante todo aquel tiempo, no pudo contener una curiosa excitación.
El Metro se balanceaba y hacía estruendo. Nunca había viajado sola en él. Había copiado la dirección del listín telefónico, se la había mostrado al hombre de la taquilla y le dijeron que tomase la línea de la Avenida Lexington, se bajase en la Calle 125 y luego anduviese dos manzanas hacia el Este y otra hacia el Norte.
¡Menuda aventura! El hecho de estar sola e ir a alguna parte constituía ya de por sí una auténtica aventura. Pensó en Boadicea, tan rubia y con corona, que mandaba a sus tropas contra los romanos. Se acordó de una princesa india, con sus gruesas trenzas negras tan brillantes como la cola de un caballo, galopando entre el viento de la pradera hacia donde se alzaban las montañas Rocosas.
De repente, destelló su propio reflejo en la ventanilla del otro lado del pasillo. Con su verde falda de colegiala, que sobresalía por debajo del dobladillo del abrigo y la bufanda de lana escocesa alrededor de su cuello, la molestó comprobar que no tenía el menor parecido ni con Boadicea ni tampoco con la heroína india.
¿Y si él no quería verla? ¿Y si tenía ahora una caterva de hijos y no le habían dicho nada acerca de Claire? ¡Y también debería estar terriblemente enfadado! Pero algo la impulsaba. Tenía la dirección tan firmemente fijada que no necesitó leerla de nuevo. La intrigó, cuando subió de nuevo a las calles en aquella sublime tarde, que todas las personas que se veían fuesen negros. Tanto los niños que se dirigían a sus casas desde el colegio, como las madres que llevaban la cesta de la compra, todos eran negros. No parecía encontrarse en Nueva York.
Pero siguió andando con brío, encontró la dirección correcta y se aseguró ya por completo, cuando vio un letrero en la ventana del primer piso: Doctor: M. T. FARRELL.
Llamó al timbre y un hombre negro alto, con rizado pelo negro y bata blanca, le abrió la puerta. Pareció sorprendido.
—Busco al doctor Farrell —le dijo Claire.
—Yo soy el doctor Farrell. Entra.
Claire no estuvo segura de lo que debía hacer a continuación, pero declaró con la mayor educación posible:
—Estoy buscando a mi padre, al doctor Farrell.
El hombre sonrió.
—Vaya, me parece que no has ido a parar al lugar más apropiado.
¡Tanto trabajo y energía como había desplegado y se encontraba ahora con esto! Y todo su valor y toda su energía se le disiparon como un globo cuando se le quita el aire.
—Siéntate —le invitó el hombre—, y veamos si podemos arreglar este asunto…
En la reducida y vacía sala de espera se encontraban cuatro hileras de sillas de madera, cada una de ellas apoyada en las respectivas paredes. Claire eligió una silla situada en medio de la hilera. El doctor se sentó enfrente de ella.
—Háblame de lo que te sucede —comenzó.
—Verá… No he visto a mi padre desde que yo tenía tres años y no estoy segura de cómo debe de ser su aspecto. Pero se llama doctor Martin T. Farrell, según creo. Me parece que la «T» es por «Thomas». De eso estoy completamente segura.
—Pues constituye una coincidencia, ¿no crees? Yo también me llamo M. T. Farrell. Pero mi nombre completo es Maynard Ting Farrell.
—Sólo miré en el listín telefónico, y allí ponía «M. T. Farrell».
—Sí, suelo emplear las iniciales, aunque no sé por qué… Pero siempre lo he hecho. ¿Por qué no consultamos otra vez el listín telefónico? Tal vez encontremos al doctor Martin…
Tenía una voz muy agradable. «La gente de color siempre tenía voces muy bonitas», pensó Claire.
—Sí, sí. Éste debe de ser el doctor Martin T. Farrell. Está sólo cinco líneas encima de mi nombre. Te lo saltaste al mirarlo…
Claire se rió nerviosamente, pero aliviada.
—He sido una estúpida, ¿no cree?
—Estúpida no… Tendrías mucha prisa o muchas cosas en la cabeza. ¿Dónde vives?
—En la Calle 67 Este.
—Mira, pues podías haber ido andando adonde realmente quieres ir. Se encuentra sólo a siete manzanas de distancia de tu casa.
—¡Oh! —exclamó Claire.
—¿Sabe tu madre lo que estás haciendo?
—¡Claro que no! Pero quiero ver a mi padre. ¿Se lo contará a mi mamá?
El doctor negro se la quedó mirando un momento.
—No —respondió cariñosamente—. No se lo diré a nadie. ¿Tienes una moneda de cinco centavos para el viaje de regreso en Metro?
—Oh, sí, tengo mucho dinero… Me dan cincuenta centavos a la semana. Mire, los llevo en el bolsillo.
—Está bien. Pues guárdalo muy bien cuando estés en la calle y extrae sólo cinco centavos para el billete del Metro. ¿Por qué te quedas mirándome?
—Estaba pensando en lo agradable que es usted —le dijo Claire—, y que parece chocolate con crema batida encima…
—Qué pensamiento más agradable, ¿verdad? Y tú me recuerdas todo lo contrario: a vainilla con chocolate encima…
Abrió la puerta:
—Tienes que irte antes de que anochezca…
Desde la escalinata de entrada la siguió mirando:
—¡Buena suerte, buena suerte! —le deseó.
«¡Con qué personas daba una! —pensó Claire—. ¡Qué mundo más extraño…! Un minuto antes te sentías perdida y con ganas de llorar y, al momento siguiente, te encuentras ya tan bien…»
Los faroles de la calle se encendieron en el momento en que llegó Claire. El crepúsculo era muy oscuro. Sintió miedo. ¿Qué ocurriría si se equivocaba de dirección otra vez? El edificio de apartamentos tenía el mismo aspecto que los muchos otros en que vivían sus amigas: Piedra blanca con un toldo verde que llegaba desde la entrada al bordillo. Un portero con botones metálicos le abrió la puerta y le indicó el camino.
La sala de espera, muy parecida a la de antes, se encontraba vacía. Pero, a diferencia de la otra, tenía alfombra, cuadros, lámparas y revistas. Una dama, con ondulación permanente, estaba sentada detrás de un pequeño escritorio. Tenía aspecto de incomodada, con aquellas buenas maneras de las personas que tienen prisa y las estás entreteniendo. Probablemente, estaba a punto de marcharse a su casa. Claire avanzó en línea recta hacia la mesa de despacho.
—Deseo ver al doctor Farrell —le dijo, al mismo tiempo que contenía su miedo.
—¿Tienes alguna cita?
—No. Se me acaba de ocurrir ahora mismo el venir aquí.
—Pues… —comenzó la mujer, con una profunda e indignada respiración —, ¿de qué se trata?
—Es un asunto personal —respondió Claire.
Mamá, a veces, decía aquello por teléfono.
—Lo siento, pero no puedo hacer perder el tiempo al doctor, a menos que me digas que…
Claire reunió de repente sus fuerzas.
No me gusta esta mujer y yo tampoco le gusto a ella.
—Dígale, simplemente, que Claire está aquí… Seguro que él sabe quién soy yo…
Él no había gritado, o dado un salto, ni tampoco la estrujó entre sus brazos, lo cual representó un alivio. De todos modos, se le ocurrió que debía de haber hecho una cosa así, aunque ella no lo deseara, sin que supiera el porqué. Su padre hizo el ademán de levantarse y rodear la mesa del despacho, pero luego había vuelto otra vez a sentarse, como si no fuese capaz de ponerse en pie. La cara se le puso muy pálida. Claire vio lo blanca que se le había puesto en comparación con su traje de color azul oscuro. Ahora había enrojecido.
Desde el otro lado del escritorio, Claire le miró furtivamente. No deseaba que pareciese que le estaba mirando. No quería encontrarse con sus ojos. Había sido una sensación demasiado repentina, el encontrarse con sus ojos cuando ella había entrado en la estancia. Sí, algo demasiado repentino. Así que dejó de contemplarle, y miró con rapidez la pared llena de libros que se encontraba a la izquierda. Tenía las manos juntas y retorcidas en el regazo y sus palmas aparecían húmedas. Sacó un pañuelo del bolsillo y se las enjugó.
Él tenía mediana edad. Ni muy joven, como el padre de su amiga Carol, ni calvo y agotado, como algunos de los otros padres de las casas donde iba a jugar. Tenía un cabello muy bonito, castaño y fuerte. No llevaba gafas y pensó que parecía de verdad un doctor. Tal vez se trataba de su corbata oscura. Los médicos, al parecer, siempre llevaban ropa oscura; por lo menos, así ocurrió con el doctor Morrissey, cuando ella tuvo la gripe y fue a visitarla. Sí, tenía el aspecto de un médico, y el que estaba allí sentado era su padre, su auténtico padre.
Al fin soltó casi un sollozo:
—¡Me he sentido tan asustada!
Él respondió en voz baja:
—Sí, sí, lo sé.
—No importa cómo te dejes ver por fuera, puesto que, por dentro, no puedes hacer nada, ¿no es así?
Él replicó con una pregunta:
—¿Sabe tu madre que estás aquí?
¿Por qué la gente siempre preguntaba eso, como si tu madre tuviera que saberlo, o que le dijeran cada paso que dabas, cada palabra que hablabas o cada bocado que te comías?
—No, he venido yo sola desde la escuela.
—¿Desde la escuela? ¿Vas a la escuela aquí, en Nueva York?
—Sí, claro que sí, desde el segundo grado. Ahora ya estoy en quinto. Voy a «Brearley».
—¿Vives en Nueva York?
—Sí. Ya no teníamos dinero en Cyprus y vinimos aquí para que mamá pudiese ganar algo. Fue al «Instituto Americano de Decoración» para capacitarse.
Su padre sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente. Luego bebió un sorbo de agua del jarrito que tenía encima del escritorio. La niña observó que estaba muy conmovido. Pero no comprendía por qué debía estarlo.
—Háblame de eso —le dijo.
—Verás, el abuelito perdió todo su dinero y, cuando murió, tuvieron que cerrar la fábrica y ya no pudimos seguir más en nuestra casa. Por eso, mamá aprendió a ser decoradora y tío Drew y tía Milly le trajeron un montón de clientes, y luego vinieron cada vez más. Tío Drew dice que es una mujer muy inteligente.
Todas aquellas palabras que habían vivido durante tanto tiempo en el interior de la mente de Claire, fueron pronunciadas ahora en voz alta con cierta tristeza. No había sentido todo cuanto significaban hasta aquel momento. Su voz tembló, mientras contaba toda la historia. Al mismo tiempo, constituía algo placentero y dramático ser parte de una historia así.
—Tu madre debió haber recurrido a mí. ¿Cómo podía saberlo? Os habría enviado dinero.
—Ella no lo hubiera aceptado.
—¿Cómo sabes eso? ¿Lo ha dicho ella?
—Nunca habla de estas cosas, pero yo lo sé de todos modos. A ella no le gustas tú, ¿no es verdad?
Encima del escritorio había uno de esos pisapapeles, a los que les das la vuelta y la nieve cae sobre una aldea, en la que se ve una iglesia blanca con campanario. Su padre empezó a jugar con él, dándole la vuelta una y otra vez.
Luego prosiguió:
—No, supongo que no. Y lo siento también, porque a mí sí me gusta ella. Y yo te quiero mucho, Claire. Nunca he cesado de amarte y de pensar en ti, cada día de mi vida. Todos los días —repitió, dejando el pisapapeles con ruido seco, al tiempo que se la quedaba mirando directamente a los ojos.
Ella le devolvió la mirada.
—¿Entonces, por qué no vivimos juntos? ¿Por qué te fuiste? Lo he preguntado una y otra vez y nunca me dieron respuesta, por lo cual dejé de preguntarlo. Pero, realmente, alguien debió decírmelo.
Ahora su padre alzó la vista y miró a la pared, detrás de ella y por encima de su cabeza.
—Lo más sencillo que puedo decirte es que la gente, a veces, cambia. En un principio, confían en ser felices juntos. Luego descubren que cometieron un error y que no son felices, por lo cual lo mejor es que cada uno siga su propio camino.
—Ésa no es toda la historia —respondió Claire con impaciencia, sintiendo que salía de ella aquella antigua indignación—. No me has contado nada en realidad…
Su padre suspiró.
—Tienes razón, no lo he hecho.
—¿Y por qué no?
—No me gusta decirlo porque pareces tener mucho más de diez años, pero…
—Diez y medio…
—Diez y medio. Tal vez aún no estés preparada para entenderlo. A veces ni yo mismo me acabo de comprender…
—Me parece que sé por qué. Porque mamá es… Porque es jorobada. Porque tiene ese aspecto tan lastimoso no has querido vivir más con ella…
Su padre se levantó del sillón.
—¡Oh, no! ¡Oh, no! No puedo impedir que pienses lo que quieras, pero no debes pensar eso de mí. Nunca, Claire. Nunca. Tu madre es una mujer maravillosa, y sabía cuando me casé con ella que…
—Pues será a causa de que deseabas ser un doctor famoso. Ése fue el motivo de que te marcharas…
—¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?
—Nadie. Sólo he tratado de imaginar cómo ocurrieron las cosas…
—Bueno, pues eso tampoco es verdad. Además, no soy famoso.
—Tía Milly dice que casi lo eres. Afirma que lo serás algún día.
—¿Tu tía Milly habla de mí?
—Sólo cuando mamá no está. Una vez fuimos juntas a ver una película, y luego a «Hick’s» a tomar un refresco, y tía Milly comentó que resultaba un error ocultar las cosas a una niña, y no hablar nunca acerca de ti, como si no tuviera padre y nunca hubiera tenido uno. Dice que es erróneo conservar tanto odio.
—No es cuestión de odio. No es una cosa tan sencilla.
Su padre se dio la vuelta y permaneció frente a la ventana, lo cual resultaba raro, puesto que no había nada que ver en el exterior, excepto un patio y paredes. Y, además, ya todo estaba ahora oscuro. Luego se percató de que estaba llorando.
—¿Estás llorando? —le preguntó.
Y cuando se volvió para mostrar que sus ojos estaban húmedos, sonrió y dijo:
—Es normal que un hombre llore algunas veces, compréndelo. No es nada de lo que tenga que asustarse.
Y luego se acercó a ella y puso su mejilla en su cabeza. Claire estaba sentada muy rígida. Su padre musitó algo y ella sintió el cálido aliento en su cabeza.
—Confío en que no estés muy triste por todo esto.
—Oh, no. Me refiero a que no es la peor cosa del mundo eso de que te fueras… Ha sucedido a algunas de mis amigas, y están la mar de bien. Sólo que, a veces, ya sabes, me da mucho que pensar la vida. Me suele ocurrir, por lo general, cuando, a partir de las cinco, me preparo para la cena. ¿No resulta raro? Luego las cosas me empiezan a dar vueltas en la cabeza y me siento mal durante un rato. Mamá dice que pienso demasiado. Tal vez sea así…
—Dime…, ¿recuerdas algo de cuando vivíamos juntos en Inglaterra?
—No mucho. Sólo algunas cosas raras, aquí y allá. Recuerdo que, por Navidad, me regalaste a Reginald. Estábamos en una casa, no en la nuestra, porque tenía escaleras. Me llevabas encima de los hombros y me regalaste una muñeca con vestido de lacitos. Me dijiste que era de parte de Santa Claus. Entonces creía en él… Sin embargo, no sé cómo, pero sentí que aquel regalo no procedía de él. Eras tú el que me lo dabas.
—Le pusiste de nombre Reginald…
—Sí. Y había un hombre…, supongo que lo habían invitado a la cena de Navidad, y se reía cuando le conté el nombre de mi muñeca. Me respondió que Reginald era nombre de chico, y que no la podía llamar así. Pero tú me dijiste que lo podía hacer, si era ése mi gusto…
—Lo recuerdo…
—Me pregunto qué casa era aquélla. Había niños allí, mayores que yo en aquella época. Me parece que uno era un chico. Y debía de tratarse de una casa en el campo, puesto que afuera había mucha nieve…
—Sí, nevaba…
—El comedor estaba abajo, y el árbol de Navidad se encontraba en el vestíbulo —prosiguió, con orgullo, Claire.
—Sí. Sí, así era. Me asombra que puedas recordar todo eso.
—¿De quién era aquella casa?
Su padre respondió despacio:
—Pertenecía a tu tía, Mary Fern.
—¡Pensé que debía de ser así! Es la hermana de mi madre, ¿no es verdad? ¿Y por qué eso es también un secreto? ¿Por qué mamá no responde a ninguna pregunta que le hagan acerca de su hermana?
—No puedo ayudarte, Claire. Lo siento.
—Yo deseaba tener una hermana. Aborrezco ser hija única. Muy pocas de las personas que conozco tienen un solo hijo.
Su padre respondió en voz baja:
—Tienes un hermano.
Asombrada, gritó:
—¿De veras?
Y, al seguir la mirada de su padre hacia una foto que estaba en un estante de la biblioteca, cerca de la ventana, vio una mujer que tenía a un niño en su regazo. El niño vestía traje corto y sujetaba en la mano un pato o un pollito de juguete.
—¿Es mi hermano? ¿Ese niñito?
—Sí, se llama Enoch, por mi padre… Tu abuelo…
Aquello era demasiado. Resultaba abrumador… Luego, Claire pensó en algo.
—Sé cosas de tu padre. En nuestra casa, en Cyprus, la gente a veces me contaba que fue un médico que vivió mucho tiempo allí Tanto el cartero como nuestra criada Bridget me contaron también muchas cosas… ¿Ésa del retrato es tu esposa?
—Sí. Se llama Hazel.
Claire consideró todo aquello.
—¿Cómo debo llamarla cuando vaya de visita a vuestra casa?
—Le preguntarás qué nombre le gusta más, ¿no te parece? Pero tal vez tu madre no te permita que nos visites.
—Iré de todas formas. Realmente, me he mostrado muy obediente todo este tiempo, pero esto es algo diferente. Además, si tú quieres que yo vaya, te obedeceré a ti. Tienes derecho a decirme lo que debo hacer, ¿no es así?
—Realmente, no, Claire.
—¿Y por qué no?
—Verás, porque… En realidad, no he hecho nada por tu educación hasta ahora, ¿no te parece?
—Pues puedes empezar ahora…
—Oh, lo deseo mucho… ¿Hay algo que necesites? No tienes nada más que decírmelo.
—No deseo ningún tipo de cosas… Mi madre me da un montón de dinero. Bueno, un montón no, pero bastante… Cada vez que decora la casa de alguien, se lo cuentan a sus amigos y luego los amigos la llaman a ella también.
—Es realmente notable. Una mujer muy notable…
Se produjo un momento de silencio antes de que su padre hablase de nuevo.
—¿Estás también interesada en cosas de decoración?
Pero era como si no le importase saberlo, y sólo lo manifestara para decir algo cortés y rellenar un silencio.
—No. No me preocupo por chucherías así…
Él se echó a reír.
—¡Chucherías! ¿Por qué empleas esa palabra tan anticuada? Tu abuelo la empleaba de la misma forma como lo haces tú ahora.
Orgullosamente, Claire afectó desenfado.
—Oh, no lo sé. Lo leería en algún sitio. Leo mucho. Acabo de empezar El conde de Montecristo.
—Ah, vaya…
—Pero lo que más me gusta leer son cosas de ciencias. Hojas, bichos y todo eso. Es mi tema favorito. Seré doctora…
—¿De veras? ¿Y cuándo has decidido eso?
—Oh —prosiguió Claire con el mismo orgullo desenvuelto—, hace ya un año…
—Pero te casarás y tendrás hijos cuando seas mayor…
—No, si eso se interfiere con mi idea de convertirme en doctora. ¿Sabías que todos descendemos de los monos?
—Sí, en cierto modo… No es realmente así, pero…
Los pensamientos de Claire siguieron dándole vueltas y tuvo que interrumpirlos:
—Dime, ¿crees en Dios? Mi abuelo sí creía. Incluso se enfadó cuando se lo pregunté una vez. Pero no estoy muy segura de que mi madre crea también, y me pregunto qué piensas tú al respecto…
—Mi opinión es que, cuanto más aprendemos del Universo, más tenemos que creer en la existencia de cierto designio. No puede tratarse, simplemente, de un accidente, ¿no te parece? En este sentido, yo lo llamo el plan de Dios, y creo en ello. Pero no resulta lo mismo que el barbudo viejo rey con corona y sentado en un trono.
—Un Dios antropomórfico —respondió Claire al instante.
Su padre parpadeó sorprendido.
—Lo leí en el Times y lo busqué en un diccionario. No creías que supiera cosas así, ¿verdad?
—No, realmente no. Veo que tengo mucho que aprender acerca de ti…
—¿Sabes qué pienso ahora?
—No puedo imaginarlo. No permites un momento de reposo a mi cabeza.
—Estoy pensando en el reloj con ángeles dorados. Supongo que el hablar de Dios me ha hecho acordarme de los ángeles. Llegó de Suiza. ¿Lo recuerdas?
—Nunca lo he visto, Claire.
La niña enrojeció. ¡Qué estúpida! Cómo no haber pensado en ello. Naturalmente, aquello había ocurrido mucho después.
—¡Lo siento! Fue el abuelito quien me lo compró para mi cumpleaños, poco antes de su primer ataque al corazón. Estaba muy triste aquel año.
—¿De veras?
—Sí. Creo que estaba triste porque ya nadie le gustaba a nadie…
Su padre se quedó de nuevo silencioso durante un rato, y luego dijo de una manera extraña:
—Sólo tienes diez años…
—Diez y medio. Lo has olvidado.
—Sí, sí. Diez años y medio… ¡Qué cautivadora eres, Claire! Siempre lo has sido. Cautivadora…
Y se la quedó mirando.
Cuando el reloj del escritorio dio las seis campanadas, Martin pegó un salto.
—Tu madre estará mortalmente preocupada por ti… Hemos permanecido aquí sentados todo el rato sin pensar en que pasaba el tiempo. Vamos. Te acompañaré a casa.
Claire se puso el abrigo.
—No obstante, será mejor que no te acerques demasiado a la puerta…
—Me quedaré en la esquina y veré cómo entras…
Cuando se puso también el abrigo, se aproximó a ella y acercó la cabeza de la niña a sus hombros. Luego dejó reposar de nuevo su mejilla en la cabeza de ella. Por lo general, a Claire no le gustaban los contactos de aquel tipo, aunque tampoco había tenido demasiados. Su madre, raramente, le daba más que un beso de buenas noches, y Claire se había percatado hacía tiempo de que la reluctancia de Jessie tenía algo que ver con que pensaba que la gente no se mostraba muy complacida por sus abrazos. Así, aquélla fue la primera vez en que conoció el sentimiento de darse cuenta de la emoción de otra persona; resultaba algo más intenso que cualesquiera palabras que pudiesen hablarse. Y se mantuvo muy quieta con la cabeza en los hombros de su padre, hasta que escucharon el ruido que hacía el tráfico en la avenida. Luego, él la soltó.
—Que Dios te guarde, Claire —le dijo.
Jessie se quedó mirando la oscuridad que había detrás de la ventana. Claire aguardó. Tras la furiosa regañina preliminar, por haber llegado a casa pasadas las seis de la tarde, con lo que su madre se había asustado hasta un auténtico frenesí («¡Iba a llamar a la Policía!»), se sentaron las dos en la habitacioncita de las baldosas azules, y Claire le contó toda la historia. Ahora, con la boca seca y muy asustada, aguardaba la ira que provocaría y el consiguiente castigo. Su madre apenas la había castigado hasta entonces, pero tampoco Claire había hecho hasta ahora algo tan monstruosamente atrevido y desafiante como aquello.
Jessie se echó a reír.
Primero, su boca se abrió con aquella especie de incredulidad que se produce después de alguna broma particularmente tonta. Y luego empezó a reír muy fuerte.
—¡Dios mío! —dijo—. ¡Dios mío!
Y a continuación:
—Supongo que no tengo auténtico derecho a mostrarme furiosa. Es lo mismo que yo hubiera hecho…
¡Aquello no podía concluir de una forma tan sencilla! Sin embargo, los latidos del corazón de Claire se hicieron más reposados.
—¿Así pues, cómo es tu padre?
¿Que cómo era? Aquélla era otra pregunta que no se podía contestar, como muchas otras que hacían los mayores: «¿Cómo te va por la escuela?» «¿Qué haces últimamente contigo misma?» Pero se esperaba algún tipo de respuesta:
—Me dijo que yo era «cautivadora»…
—¿De veras?
Por un instante, Jessie pareció complacida. Luego borró su sonrisa y pareció de nuevo enfadada.
—¿Y qué opinas tú de él?
¡Otra pregunta que tampoco se podía contestar! Pero Claire pensó en algo:
—Creía que sería mucho mayor…
—¿Así pues…, tiene buen aspecto?
—Me parece que sí.
—¿Y de qué hablasteis?
—De muchas cosas. Tiene un hijo. He visto su foto.
—Comprendo…
—Se llama Enoch. Era el nombre de mi otro abuelo. ¿Lo sabías?
—Sí, claro que lo sabía. Y supongo que querrás volver a visitarle…
En la voz de su madre se reflejó algo parecido al desamparo, algo lúgubre y triste, como si se tratase de un eco. Claire alzó rápidamente la mirada, pero Jessie seguía sentada allí como de costumbre, con las perlas reluciendo en sus orejas y su echarpe de punto por encima de los hombros, y que se ponía todas las noches, puesto que afirmaba que la casa estaba muy fría. La melancolía rezumó como una sombra por aquella habitación.
—¿No me dejarás ir? —preguntó.
—Ya puedes imaginar que eso no me hace muy feliz. Pero, de todos modos, harás lo que quieras.
—Deseo que no te preocupes demasiado…
Jessie no respondió. En lugar de ello, preguntó:
—Hace mucho tiempo que no hacías más que pensar en tu padre, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—No lo he sabido hasta ahora. Pero, obviamente, debía de haberlo sabido.
—Siento haberte asustado —dijo Claire—. Estuvimos hablando y nos olvidamos de mirar el reloj.
—Bueno, la próxima vez hazme saber dónde estás, eso es todo…
Su madre se levantó.
—Ya es la hora de bañarte, y tampoco has hecho tus deberes del colegio —prosiguió Jessie.
Ya en la puerta, Claire se volvió en redondo.
—¿Mamá?
—¿Sí, Claire?
—No te preocupes. Te sigo queriendo…
—No me preocupo.
—Las cosas seguirán siendo igual. Esto no significará ninguna diferencia.
—Claro, querida. Ya sé que no…
Pero, naturalmente, ella no lo sabía. Y Claire, mientras subía la larga escalera hasta su cuarto, tampoco lo sabía.
En realidad, las cosas ya nunca serían igual. Ya nunca más serían sólo ellas dos.