Yo no

Joachim Fest · Capítulo 12 de 13

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Capítulo 11 - Recapitulación y algunas premoniciones

CAPÍTULO 11

 

RECAPITULACIÓN Y ALGUNAS PREMONICIONES

 

El tiempo pasaba, pero me costaba adaptarme a la normalidad tras mi regreso de la guerra y la prisión. La propia idea de normalidad ya me planteaba algún problema. Todo el mundo hablaba de que había que restablecer unas relaciones normales. Pero en cuanto preguntaba qué entendían bajo esa expresión, se ponía de manifiesto su carácter puramente formulario. Había existido una dictadura y un derrumbamiento nunca visto que había dejado tierra y hombres detrás de sí. Tampoco nadie sabía decir en qué medida eran válidas las antiguas reglas y los antiguos modales, ni qué sentido tenía restablecerlos. Todo aquel que pudiera ver se daba cuenta de que los años pasados habían arrasado con casi todo. ¿Con qué se podía enlazar?

También hay que añadir que estos cambios en los fundamentos de la existencia coincidieron, en mi caso, con el proceso de separación de la casa paterna, que se venía retrasando desde hacía tiempo. Es cierto que los hermanos mostrábamos un profundo respeto por la trayectoria vital de mi padre y mi madre, y que en nuestras esporádicas desavenencias procurábamos no perder de vista su actitud íntegra durante los años del nazismo. Esto ponía ciertos límites a todos los conflictos, aunque fueran inevitables. Sin embargo, como también reconoció Winfried, eso tenía una vertiente más problemática. A diferencia de la gran mayoría, nosotros no teníamos que ofrecer una conversión con la que numerosos contemporáneos, en cuanto salían en la conversación los años treinta o cuarenta, se atribuían algo de dramaturgia del alma y, a ser posible, alguna pátina de arrepentimiento. Nosotros gozáramos del dudoso privilegio de seguir siendo los mismos que éramos, y, por segunda vez, eso nos situaba fuera de la fila.

En consonancia con la confusión de la época, se puede decir que yo tuve ante mí a dos padres. Uno era el que surgió en los años de Hitler, el hombre de los años treinta propenso a la cólera y al humor ácido, y el otro, el de la personalidad físicamente lastrada por el cautiverio ruso y menguada en su ingenio. Su sarcasmo, que había supuesto una satisfacción durante nuestra juventud y que en parte había sido también una especie de enseñanza, volvió a aflorar en muy contadas ocasiones y muy poco a poco. Desde siempre le habían gustado a mi padre las frases breves, aforísticas. Recuerdo lo que decía ante cualquier decisión arbitraria tomada por gente que no era nada y que de repente se había crecido: «Soporta a los clowns». Muy pronto se convirtió en una máxima familiar que para nosotros adquirió un significado muy expresivo. En cualquier caso, y de acuerdo con su afición a utilizar máximas como guías para la vida, nos recomendó la expresión como axioma para los años siguientes y, a ser posible, para toda nuestra vida. Una vez le oí terminar un relato sobre la época nazi con las siguientes palabras: «En circunstancias como ésas, a veces hay que encoger el cuello. ¡Pero sin agachar la cabeza!».

Había llevado una vida con muchas privaciones, que él mismo había elegido después de un comienzo muy prometedor y siendo totalmente consciente de las consecuencias, incluida la renuncia a cualquier futuro. A menudo me he preguntado cuántos de los actuales maestros de la retórica heroica que pululan por las tribunas de las manifestaciones conmemorativas se habrían comportado de una manera tan firme como él. Como compensación, mi padre contaba solamente con sus rigurosos principios y con la convicción de haber salido airoso de su prueba con el destino. Y cuando esta reflexión no bastaba, sobre todo para mi madre, y la llevaba a veces a caer en la desesperación, para él aún había allí una fuente de satisfacción.

Mi madre, en cambio, que en cuestiones políticas no pensaba distinto de mi padre, lo tenía mucho más difícil para vivir el día a día. Para ella, la familia estaba por encima de los principios; una muestra de ello es la disparidad de criterios que durante años resultó imperceptible para nosotros y que solamente estalló una vez. Ella no tenía nada más que cargas, ollas que fregar, tablas para lavar la ropa y cocinas de carbón. Y también la esperanza de sacarnos adelante a cada uno de nosotros con salud y, al mismo tiempo, «con decencia». Mucho tiempo después de acabada la guerra, la escuchamos decir una vez, no sin amargura: «Él tenía sus grupos de amigos, Hans Hausdorf, el doctor Gans, el doctor Meyer y muchos otros. Yo sólo tenía la carga de cinco niños. No es que me lamente. Pero era una distribución desigual. Creo que yo no estaba hecha para este tipo de vida. Pero ¿quién lo está? Hemos pagado un alto precio por ello».

Hacia finales de los años cuarenta progresamos algo más en el camino hacia la normalidad. Éramos jóvenes, emprendedores y, a pesar de las restricciones de la época nazi, inclinados a distintas aficiones intelectuales. Pero al mismo tiempo se nos exigía comprensión, discernimiento y sensatez. Esto tenía que chocar de manera inevitable. Por entonces, nadie podía dar una respuesta convincente a las cuestiones más estrictamente históricas sobre cómo se pudo producir el fenómeno Hitler y todo lo que conllevó. Era cierto que sólo una minoría había querido la guerra, o llegar en la Rusia Blanca hasta los Urales, y que nadie había pretendido defender las cumbres del Cáucaso contra la población montañesa musulmana. Incluso la fe ciega en la raza del norte había perdido adeptos rápidamente.

En general, fueron pocas las motivaciones intelectuales que habían llevado a Hitler al poder; fueron más determinantes las experiencias vitales de la gente. Entre ellas estaban la inflación y la crisis económica mundial, junto con el derrumbamiento de la clase media que tradicionalmente había llevado el peso del Estado. A partir de ahí, cualquiera que se hubiera visto afectado por esos problemas temía hundirse aún más en el vacío. A esto hay que añadir el desgarramiento ideológico de la idea del Estado y el hecho de que la tendencia de la época se orientaba hacia sistemas totalitarios o al menos dictatoriales, especialmente cuando su portavoz era un especialista en el manejo de la opinión pública y un demagogo como Hitler. Por ello, amplias e indecisas capas de la población que habían simpatizado totalmente con la República no sólo se creían amenazadas por los radicales de derechas y de izquierdas, sino que se rendían cada vez más ante la opinión de que nada menos que el llamado espíritu de los tiempos imponía un cambio de rumbo. Con Hegel en la mochila, la idea resultaba familiar.

No obstante, hoy uno se pregunta todavía cómo todos estos motivos pudieron hacer enloquecer a un viejo pueblo civilizado como el alemán. ¿Cómo los dirigentes del movimiento nacionalsocialista pudieron pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo fue posible tanta arbitrariedad jurídica en una nación amante del orden? Una vez le escuché a mi padre decir que los alemanes ya no eran alemanes: «Han perdido su pasión por la reflexión y han descubierto su afición por lo primitivo. El tipo de erudito reflexivo del siglo XIX ya no es el modelo en que se fijan. Lo fue durante mucho tiempo. Ahora se fijan más en el guerrero tribal que baila en torno a un poste y que orienta hacia el cabecilla su rostro pintarrajeado. ¡El pueblo de Goethe!».

La explicación más sencilla para el auge del nacionalsocialismo era que, al igual que todos los grupos lucrativos y dispuestos a utilizar la fuerza, atrajo a los oportunistas. Esto queda demostrado tanto por el tumultuoso desbordamiento de los llamados «caídos de marzo», que se contaban por cientos de miles y que se afiliaron al partido a última hora durante la primavera de 1933, como también por la desaparición del partido en 1945 sin dejar rastro. Nadie deseaba haber pertenecido a algo que había resultado tan estéril. Durante años no se habían querido ver los atroces delitos del régimen y se había dado coba a los poderosos: altos funcionarios ministeriales, empresarios, generales y cualquier otro. Cada cual se hacía su composición tranquilizadora. La excepción la tenemos en una salida de la actriz Adele Sandrock. Cuando Hitler, durante un «té para señoras» celebrado en la cancillería del Reich, se mostró muy enérgico en contra de los judíos, ella le cortó diciendo: «¡Mi Führer! ¡Ni una palabra en mi presencia en contra de los judíos, por favor! ¡A lo largo de mi vida han sido mis mejores amantes!». Pero esto era solamente una anécdota que se contaba con la boca pequeña. Después uno se colocaba la insignia del partido en el ojal, luego se iba a celebrarlo, y por fin, en 1945, vino el gran desmentido.

La adaptación durante los primeros años de la posguerra se ha calificado posteriormente como «silencio elocuente», lo cual no suponía simplemente una forma de represión. Más bien en él se mezclaban el desencanto, la vergüenza y el despecho, en un conjunto impregnado de rechazo de la culpa. Hay que añadir la tendencia a interpretar papeles protagonistas. Unos se inventaron actos de resistencia que nunca realizaron, otros, en el juego del arrepentimiento, se esforzaban por buscar un sitio bien visible en el banco de la autoacusación. Sin embargo, en medio de sus lamentos parecían dispuestos a calumniar a quienes no hicieran como ellos y se dieran continuamente golpes en su pecho pecador. Cuando Günter Grass o alguno de los innumerables autoacusadores manifestaban su sentimiento de vergüenza, en modo alguno querían llamar la atención sobre su propia culpabilidad, más bien sobre los muchos motivos de todos los demás para avergonzarse. No obstante, según ellos, para su escándalo y el de todos los demás, la gran masa no estaba preparada para esto. Ellos se sentían ya libres de cualquier reproche gracias al reconocimiento de su vergüenza.

En conjunto, lo que yo viví fue el desmoronamiento del mundo burgués. Ya se veía venir antes de que Hitler apareciera en escena. Lo que sostuvo su vigencia fueron sólo caracteres individuales, nada de clases, grupos o ideologías. Demasiadas fuerzas sociales colaboraron en la destrucción de ese mundo, la derecha política, así como la izquierda, el arte, la literatura, los movimientos juveniles y otros más. En esencia, Hitler únicamente recogió los restos que quedaban. Era un revolucionario. Pero mientras procuraba dotarse de una apariencia burguesa, arruinó las fachadas vacías del orden burgués con la ayuda de los propios burgueses: el deseo de acabar con él era demasiado poderoso. Ese deseo inspiró también los cambios que se produjeron a lo largo del camino, lleno de confianza en el futuro de la historia, de los años de la posguerra, ya que la necesidad de chivos expiatorios siempre ha sido enorme, al igual que antes había sido el inspirador y en parte el ejecutor de los innumerables crímenes del régimen.

Como ya se ha mencionado, de los doce inquilinos que habitaban en Hentigstrasse 13, sólo uno pertenecía al NSDAP, y, por lo que yo sé, en los edificios del vecindario la situación no era muy distinta. Si se le hubiera preguntado a cualquiera de los que vivían en esa casa, se habría mostrado totalmente convencido de la civilidad y sus valores. Pero, internamente, esta fachada hacía tiempo que estaba podrida; en consecuencia, me educaron según los principios de un orden caduco. Ese orden me ha legado sus reglas y sus tradiciones y hasta su canon de poesía. Y todo eso me ha hecho apartarme un poco de mi tiempo, pero, a la vez, este orden me ha proporcionado una parcela de tierra firme que, en los años siguientes, me aportó cierta fuerza moral.

Como resulta evidente cuando echas la vista atrás, cada miembro de nuestra familia tenía su manera personal de enfrentarse a las exigencias de los tiempos, y todos juntos representábamos un reflejo de las distintas posibilidades que existían de esquivar el Régimen. Mi padre poseía la testarudez, emparejada con un desdén jamás menguado que no toleraba la más mínima indulgencia. La resistencia de mi madre provenía de toda su escala de valores, impregnada de religiosidad y que solía utilizar con asombrosa destreza. Wolfgang solía dar jaque mate a todas las dificultades con su perspicaz encanto; yo lo hacía mediante alguna osadía, incluso política, contemplada por mis padres con bastante preocupación por lo que pudiera pasarme; Winfried, mediante su serena introversión. Mis hermanas vivían según un estilo en parte tranquilo y en parte provocador, y no tuvieron ningún problema ni con el mundo ni con su percepción irónica del mismo. Este catálogo familiar de tipos incluye el comportamiento de amigos o vecinos: cualquiera que perteneciera al círculo de amigos más cercanos tenía su propio estilo para subsistir con el menor sufrimiento posible.

Entre los factores que hicieron que el Reich nazi sobreviviera, aunque con consecuencias terribles, se contó durante años la relación entre alemanes y judíos. Durante la primera época de la posguerra coincidí con testigos de ese tiempo pasado, que eran inteligentes, cultos y generalmente simpáticos, y puedo relatar como uno de los momentos más felices de mi vida cuando, en los años cincuenta, en casa del prestigioso médico Walter Hirsch, presencié un breve resurgir de ese mundo. Él, que había nacido hacia el cambio de siglo, intentaba recrear el esplendor de los años veinte en su villa del Grunewald y dejar resurgir el recuerdo de los desvanecidos días de juventud. Esas reuniones se celebraban cada pocas semanas, y allí podías conocer a Fritz Kortner y Joachim Prinz, Wolfgang Lukschy, Hans Scholz y Sebastian Haffner, también al pintor Heinrich Heuser, JeanPierre Ponnelle, Melvin Lasky y otros muchos. Busqué a ver si por alguna casualidad veía al doctor Meyer y a los Rosenthal, pero nunca aparecieron; tampoco Walter Hirsch había oído hablar de ellos.

Bien pasada la medianoche, cuando ya se había despedido la mayor parte de los casi sesenta invitados, aún quedábamos como una docena de personas, y a tres de ellos se los animaba a una especie de prueba para ver quién contaba la mejor historia. Los presentes recordarán los relatos hilvanados con maestría y narrados con brillantez, que solían tener como ganador al anfitrión o al escritor Hans Scholz, que todavía no había alcanzado su gran éxito. Aún hoy lamento que estos textos no se recopilaran por escrito. Se han perdido para siempre, al igual que la comunidad judeoalemana que los generó y los trajo al mundo.

Numerosas voces encabezadas por Gershom Scholem han asegurado que la tan discutida simbiosis judeoalemana nunca llegó a existir. Resulta comprensible, como respuesta a la injusticia cometida durante generaciones y, sobre todo, a los horrores de los años nazis. Pero el supuesto no es correcto. La conexión entre judíos y alemanes ha sido siempre más profunda y basada en sentimientos de parentesco, mucho más que, por ejemplo, en el caso de la relación entre judíos y franceses, judíos e ingleses o judíos y escandinavos.

La sensación de unión contaba con tres pilares fundamentales. En primer lugar, la disposición a un espíritu imaginativo y especulativo, una reflexión en la cima que lleva a nuevos espacios de meditación, ya que todo radicalismo confiere al pensamiento la clarividencia necesaria y a veces, incluso, una bendición especial. En segundo lugar estaría la tendencia a construir edificios ideológicos demasiado complicados que, a ser posible, posean un acabado teológico y que finalmente terminen en una meta utópica, ya que mundo y hombre buscan constantemente la salvación. Y, por último, cabría mencionar el obsesivo amor por la música en la medida en que ésta tenga un trasfondo metafísico, sobre todo como es el caso de la música alemana desde Beethoven hasta Richard Wagner. Al final, esas comunidades aparecen en las relaciones entre Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal, o entre Bertolt Brecht y Kurt Weill, así como en la infinidad de destacados directores de orquesta, desde Otto Klemperer hasta Leonard Bernstein. Por ello, no resulta tan descabellado considerar el odio alemán hacia los judíos y a su labor de exterminio como una especie de fratricidio, aun siendo consciente de todos los argumentos en contra.

La mayor parte de éstas y otras muchas relaciones se perdieron también con ese odio, y el intento de Walter Hirsch de hacerlas revivir en su casa solamente duró lo que duraron las vidas de los que participaban en ellas. Hoy en día, la relación entre alemanes y judíos está atrofiada y ampliamente trivializada. Ya no hay grandes comunidades, no hay resultados que se puedan exhibir. Entre todos mis papeles encontré unas notas tomadas en los años cuarenta durante mis conversaciones con el doctor Meyer, justo antes de que yo me fuera a Friburgo, y suenan como un canto de cisne anticipado: «No tenemos ningún futuro —replicó a una observación que había hecho yo sobre cómo seguiría todo—. Con nosotros se hunde el mundo. Todos nosotros participamos en una tragedia. Pero no existe un quinto acto. No hay continuación. El final del libro de nuestra vida se quiebra de repente. Alguien ha arrancado la última página». Si uno se quiere quedar con la imagen, Walter Hirsch intentó encajar la página en su sitio. Pero por poco tiempo.

El país asolado al que yo regresé en 1947 no era un mundo de tantas estrecheces y miserias como se suele presentar hoy en día. Más bien ofrecía espacios libres y superficies vacías sin destino determinado. Los esfuerzos restauradores de los que todavía hablan los interlocutores sociales y los gobiernos fueron débiles intentos de encontrar reglas concretas que posibilitaran la convivencia social.

Desde el punto de vista intelectual, también fueron años irregulares. Las oportunidades que se ofrecían se aceptaban como cosa natural. Esta seducción fue una de las razones, y no la menor, que me indujeron a no regresar inmediatamente a Berlín para comenzar los estudios en la Universidad Humboldt, pues yo no podía creer que en Unter der Linden, en el sector oriental de la ciudad, hubiera la libertad que reinaba en Friburgo. Además de dedicarme a mi carrera, proseguí con las lecturas sobre el Renacimiento italiano y amplié mis conocimientos sobre el hundimiento del Imperio Romano; leí todo lo que descubrí de Thomas Mann, toda la literatura americana que me resultaba accesible entre John Steinbeck y William Faulkner, los franceses desde Raymond Aron hasta Emmanuel Mounier, y asistía al teatro siempre que era posible. Entre las representaciones que recuerdo están Las moscas, de Sartre, The Lady's Not for Burning, de Christopher Fry, así como The Skin of our Teeth, de Thornton Wilder. Profundamente impresionado, después tropecé con Los últimos días de Hitler, de Hugh Trevor-Roper, y Kaputt, de Malaparte.

Hacia el final de mi carrera conocí a Eckart Peterich, a quien alegró bastante saber que había influido en mi elección de profesión. Con él estaba su hija, a la que llamaban con el simpático nombre de «Coccolo», y ambos me invitaron a su encantadora casa en los alrededores de Florencia, «al otro lacio» del Amo. Las dos semanas que pasé leyendo y escribiendo en la habitación superior de la torre de su casa de campo hicieron que volviera a pensar en convertirme en «intelectual independiente», sobre todo cuando, al final, viajamos a la finca, bordeada por un pinar, que los Peterich tenían en Forte dei Marmi, por entonces todavía un pueblito. Allí me di cuenta por primera vez de cómo podía transcurrir la vida diaria de un hombre de letras cuando gozaba de posibles y de las condiciones adecuadas desde el punto de vista intelectual: en una campiña mediterránea, estudiando durante el día y luego, hasta bien entrada la noche, reuniones con amigos ante mesas bien surtidas.

La villa estaba abierta a invitados de todo el mundo. Allí coincidí con Ernst Jünger y Aldous Huxley, Hilde Spiel y Peter de Mendelssohn, Luigi Barzini, Indro Montanelli y Elio Vittorini. Un día pasó por allí Arthur Koestler con una hermosa mujer, y entre los invitados mensuales había un general inglés jubilado que contaba aventuras de la India y de otros lugares, aunque lo que más le gustaba era pasar las largas noches delante de la chimenea en silencio. Llamaba la atención el hecho de que, en este entorno tan internacional, nadie te tratara como miembro de un país caído en el descrédito. Todos los asistentes se sentían europeos, o al menos miembros del ámbito cultural europeo-americano.

André Germain, escritor francés de éxito, también solía aparecer con frecuencia, ya que vivía en un palazzo en Florencia. Precisamente se le acababa de marchar su joven secretario homosexual. Y el hecho de que éste hubiera convencido precisamente a la mujer del cónsul general británico en Florencia para escaparse juntos indignó muchísimo monsieur Germain. Por aquel entonces él estaba ocupado al mismo tiempo en una biografía de Lucrecia Borgia y en otra sobre Benito Mussolini, que años más tarde encontré en la biblioteca de Gaston Gallimard, cuando yo también era uno de los autores de la editorial. Yo mismo colaboré durante algún tiempo con André Germain cumpliendo funciones de secretario, y mientras tanto escribí unas dos docenas de cuentos que una agencia vendió en mi nombre a una serie de periódicos pequeños, y por los que obtuve unos diez marcos. Simultáneamente, esbocé una extensa obra sobre el periodo de los Borgia.

Italia, al menos la zona que yo conocía, poseía casi todo lo que me faltaba en Alemania: calor, ligereza, ingenua animalidad y esplendor teatral. Y, al igual que mi padre, encontraba que, como país, constituía una especie de contramundo fascinante. Le faltaba esa fina pátina de inercia histórica que con frecuencia me había llamado la atención en todos los viajes que había realizado a Francia, incluso ya desde Friburgo. Después de dos meses en Forte dei Marmi me sentía ya como en mi casa y, a la vez, lejos del mundo. ¿Durante cuánto tiempo, me preguntaba yo, podría conciliar ambas cosas? Pero llegó un momento en que ya no progresaba más y sentí la necesidad de regresar a Alemania.

A comienzos de 1950, al poco de mi regreso, empecé a dedicarme a temas más rigurosos. El primer ensayo corto, que en recuerdo del «romántico» Reinhold Buck ofrecí a la Nordwestdeutscher Rundfunk, llevaba el título, demasiado ostentoso para la importancia de la obra, de «El Romanticismo alemán en el crepúsculo de las experiencias contemporáneas». He olvidado los títulos y los temas de las composiciones posteriores, pero sí sé que la experiencia vivida en los años de Hitler se colaba, aunque yo no quisiera, en casi todo lo que escribía. Poco a poco, la emisora americana RIAS se convirtió en el punto fuerte de mis primeros pasos periodísticos. Yo ya veía mi futuro como editor o autor de reflexiones sobre la interacción entre los sucesos de actualidad y el «espíritu de la época».

Al mismo tiempo, estaba escribiendo mi tesis doctoral en la recién creada Universidad Libre. La tesis, de tema jurídico, estudiaba la influencia de los anunciantes en la prensa diaria. La tenía casi terminada y con una fecha fijada para su lectura, cuando me llegó una propuesta de la RIAS. Mantuve una larga conversación con mi padre, que me aconsejó que terminara la tesis, por lo que rechacé la oferta. Sin embargo, más tarde recibí una propuesta mejorada. Esta vez acepté. Poco después de incorporarme a mi trabajo, el subdirector, el señor Bloomfield, con quien había coincidido ya en privado en alguna ocasión, me llamó a su despacho y me propuso, entre otras cosas, la redacción o, mejor aún, la realización de una serie de emisiones sobre la historia alemana. La idea era abarcar desde el despido de Bismarck hasta el año 1945 a través de una serie de monográficos que estudiaran las causas del desastre. Hay que tener en cuenta que los oyentes de la zona de ocupación soviética recibirían una imagen totalmente intervenida del pasado alemán.

Se produjo una larga polémica durante la cual yo me opuse a la propuesta con todas mis fuerzas. Le dije al señor Bloomfield que era mejor que algo de ese estilo lo llevara un redactor profesional. Aunque hubiera asistido a más cursos de Gerhard Ritter, Hans Herzfeld, Gerd Tellenbach y otros conocidos historiadores, había evitado la historia contemporánea en la medida de lo posible. Nunca me había interesado especialmente. Por tanto, no me sentía capacitado, ni profesional ni personalmente, para realizar una serie sobre el periodo propuesto.

El señor Bloomfield se mantuvo inflexible, y durante un rato me dio la impresión de que mi desacuerdo le reforzaba en su insistencia. Sin embargo, a mí me rondaba por la cabeza la conversación que había mantenido hacía poco con mi padre sobre un comentario acerca de la elección a presidente del Reich de 1932. Había alabado el escrito desde un punto de vista formal, pero argumentó que, con el «elevado estilo» por el que me inclinaba, situaba a la «cuadrilla nazi» en un plano equivocado. Entonces surgió la cuestión que me ha acompañado durante toda mi vida. Hitler y su dominio no eran tema para un historiador que quisiera que le tomaran en serio, decía él, sino que era decididamente un «tema basura». De ahí venían sus partidarios, a ella pertenecían. En mi exposición adquirían inevitablemente una dignidad histórica que no les correspondía.

Le hice ver a mi padre que detrás de esa apreciación se percibía un concepto de la historia pasado de moda y un tanto patético. Los libros de historia solamente se atienen a acontecimientos pasados, en sus páginas aparecen por igual violentos, comicastros, asesinos y santos, y nadie resulta ennoblecido por el hecho de que su nombre figure en ellos. Al mismo tiempo, entendía esa postura en un hombre que había vivido y padecido la época de Hitler. Sin embargo, los jóvenes querían saber cómo se había podido llegar a eso.

Mi padre siguió en sus trece, y pocas veces percibí de una manera tan clara como en esta conversación de comienzos de los años cincuenta lo profundamente que le seguía afectando la humillación sufrida y que le había robado los mejores años de su vida. Debería haberme dedicado mejor, decía, a Colleoni, a los Gonzaga o a Lorenzo el Magnífico, en lugar de cambiarlos por gentuza como Streicher o Sauckel. Ellos no se merecían ningún «apuntalamiento literario», añadió hacia el final de nuestra conversación. Él se dio cuenta de la tensión que siguió a la expresión de su parecer. Sin embargo, la oposición resultaba inevitable. En consecuencia, yo debía retomar mi antiguo tema predilecto, el Renacimiento italiano. Yo le habría hablado al señor Bloomfield de esta predilección, repliqué, pero él me había comunicado que, tras la catástrofe hitleriana, la emisión de ese tipo de temas remotos no se podría programar hasta pasados por lo menos diez años.

Cuando volví a visitar al señor Bloomfield, éste seguía tan inflexible como mi padre, a quien quiso conocer cuando le conté nuestra conversación. Al final me pidió que «sencillamente empezara a trabajar» en la serie. Si no quería comprometerme para la totalidad del proyecto, no sería difícil encontrarme luego algo distinto que hacer entre las nuevas tareas que se me encomendarían. Para poner fin a este callejón sin salida en que nos encontrábamos, al despedirme le dije, ya desde la puerta: «Por lo que a mí respecta, ¡tendremos esa docena de manuscritos sobre la historia alemana!». El señor Bloomfield se mostró sorprendido. «Me temo —empezó a decir al tiempo que me llevaba de nuevo junto a su mesa— que hay un malentendido. Yo no estaba pensando en doce, sino en unas ochenta emisiones; en cualquier caso, pienso en un programa de larga duración». Otra vez volvíamos a estar enfrentados, y en un momento dado le dije: «¡Usted quiere que la atroz historia contemporánea se convierta en el objetivo de mi vida!». No obstante, al final me mostré dispuesto a intentarlo. El señor Bloomfield estaba más convencido que yo: «Esto no se quedará en un proyecto», me dijo desde la puerta de su despacho. Así llegué a la historia contemporánea.

He seguido con ese tema a lo largo de muchos años, pero siempre con una pizca de mala conciencia, pues nunca se me fue de la cabeza la calificación de «tema basura». Al tiempo conservaba mi inclinación hacia el Renacimiento italiano. Con el fin de no perder los conocimientos ya adquiridos, en los lapsos que tenía libres leía todo lo que caía en mis manos sobre el tema, hasta llegar a las «cartas confidenciales» del presidente De Brosses, el diario florentino de Landucci, y también los recuerdos de Margarita de Valois. Algunas de estas obras han caído en el olvido. No obstante, el Renacimiento italiano ha seguido siendo mi objetivo predilecto a la hora de elegir un tema.

Mi padre falleció a comienzos de los años sesenta. El día anterior a su muerte pasé muchas horas en la clínica junto a su cama, y dejamos transcurrir el tiempo y su vida en trazos fugaces. Algunos han aparecido en estas memorias, como por ejemplo el razonamiento que le llevó a su decisión de acudir en 1933 ante el Reichstag incendiado con Wolfgang y conmigo. Después habló sonriente sobre sus esporádicas pérdidas de autocontrol, sobre cuando echó a los dirigentes de las Juventudes Hitlerianas o sobre la carta en la que protestaba contra su obligación de incorporarse a la construcción de barreras antitanque. Repasando su vida, y a veces totalmente lúcido, acertó a decir uno de esos juegos de palabras tan suyos que Wolfgang había calificado como «paradojas pedantescas»: «He cometido muchos errores en mi vida. Pero nada impropio».

Una parte del tiempo la empleamos en hablar del paradero de los amigos de antaño y en cómo los desórdenes de la guerra habían hecho que todo se perdiera. «Que sont devenus mes amis?», dijo, citando una canción popular francesa que había aprendido con los Straeter. De ahí pasamos a Karlshorst y le dije que entre mi madre y él habían hecho de nuestra juventud unos años muy felices, a pesar de todas las desgracias. Después se fue sumiendo lentamente en un estado de aletargamiento, pero me dijo: «Por favor, ¡cuéntame algo! ¡Cualquier cosa!». Y me vino a la cabeza una parábola de la vida, tomada en parte de cosas que había leído y, en parte, inventada. Quizá era absurdo emparentarla con La Odisea, pero pensé que a él, un instruido ciudadano prusiano, le complacería.

La historia, muy resumida, dice así: el hombre, cuando pisa este mundo, debe conocer primero el jardín, los animales y los arbustos, como nosotros en la Hentigstrasse. Cuando ya más o menos lo ha conseguido, entonces tiene que recorrer la ciudad, tanto la parte cercana como la más lejana, tal como hacíamos nosotros cuando íbamos a Linden, a Potsdam y al Stechlinsee. En algún momento encontrará una mujer, fundará una familia y saldrá al mundo, donde le esperarán numerosos desafíos, incluso alguien que, como Hitler, desencadene una guerra. En todas estas vicisitudes, y otras diversas, tendrá que aceptar muchas cosas que no sirven para nada, o incluso se perderá. Y moviéndome cada vez más hacia La Odisea, continué, en algún momento alguien tendrá que acabar con un Polifemo en versión moderna; el mundo sigue estando lleno de monstruos, aunque ahora con aspecto de técnicos o jerarcas. Más adelante se trataría de no sucumbir ante la hechicera Circe, vencer a Escila y Caribdis y, como le ocurre a uno con frecuencia, de no olvidar a la encantadora y casi irresistible Nausicaa con sus lágrimas. También durante la vuelta a casa se topa uno con algunos intrusos que se comportan con insolencia, y cuando por fin está en casa, entonces, ¿qué? ¿Qué hay que decir entonces? Entonces viene el aburrimiento. Las fatigas no acaban, según lo había entendido yo. Me pareció que mi padre inclinaba un poco la cabeza en su almohada; me pareció, incluso, que sonreía una vez más.

La vida profesional continuó su curso. De momento estaba en la RIAS, principalmente como redactor de historia contemporánea; durante un corto pero agradable periodo, también como una especie de empresario de la orquesta juvenil de la RIAS, bajo la dirección de Willy Hannuschke, en la exposición internacional de Bruselas de 1958; a partir de 1961 entré en televisión, y poco después me convertí en redactor jefe de la Norddeutsche Rundfunk. Por entonces se publicó mi primer libro, que recopilaba unos veinte retratos tomados de las emisiones radiofónicas contemporáneas con las que me había comprometido con el señor Bloomfield tiempo atrás. Esta publicación no era sólo una transcripción literal, sino que también planteaba algunas otras cuestiones, como el hecho de si yo sería capaz de decidirme a escribir una biografía de Hitler. Naturalmente, me vino de nuevo a la cabeza la definición de «tema basura» que había dicho mi padre; pero al mismo tiempo también me acordaba de otra norma que había regido su vida: nunca hay que dejarse llevar por la opinión de los demás. Cuando aumentó la presión de los partidos sobre las emisoras de radio hasta resultarme casi insoportable, me despedí del trabajo en la emisora para dedicarme a escribir la biografía de Hitler. También influyó el hecho de que quería cumplir mi sueño de los catorce años y, tal como escribí en una carta dirigida a mi casa en noviembre de 1941, vivir y trabajar como intelectual independiente.

Mi madre se preocupó bastante cuando dejé el trabajo en la Norddeutsche Rundfunk. «No me gustan las repeticiones», dijo, al tiempo que veía su propio destino dibujado en la pared, o mejor dicho, añadió, sólo le gustaban las repeticiones en la música, en la poesía lírica y a veces en las caras de los niños. En los demás casos solía ser señal de que algo no iba bien: «Y con el tema Hitler es casi inevitable. Tendrás serios disgustos». Amigos a los que consulté también me advirtieron del nefasto riesgo que iba a afrontar, y me dijeron que era un insensato. Sin embargo, no me dejé convencer, y, para compensar, me marché a Italia, como he hecho desde entonces casi todos los años, a terminar mi libro sobre el Renacimiento, que estaba esperando un final.

Cada vez que llegaba a ese país, y más viniendo de una Alemania que casi ahogaba con su estrechez, era como si se abrieran muchas puertas. A veces también me parecía como si me encontrara en el presente a los hombres y al mundo del Renacimiento, aunque a pequeña escala. Y también a cada paso tenía la impresión de encontrarme al otro lado del lago de Garda con el «paraíso» perdido de mi niñez, la fascinante combinación de belleza natural y arquitectónica. Al mismo tiempo, era un país lleno de perfiles muy bien definidos y de historias interesantes, y no puedo por menos que contar uno de estos encuentros. Una de las primeras personas que conocí en Italia fue el conde F., perteneciente a una familia de Florencia olvidada por el tiempo. Las piezas narrativas con que entretenía a su entorno brindaban un vivo destello de su mundo todavía colorido en medio del olvido mundial.

El conde era un hombre bajo y corpulento, que encanecía visiblemente a medida que se hacía mayor, y lleno de la vigorosa energía de muchos nobles italianos de provincia. Pero, asimismo, poseía una gentileza absoluta: como una vez le califiqué, en cierto modo un condottiere que se ha ido civilizando a lo largo de generaciones. Como respuesta, se limitó a reírse y a decir que con su reuma, sus gruesas gafas y su abdomen prominente ya no podía saltar sobre los caballos para la batalla: «¡Hable con mis hijos!».

Se llamaban Fabrizio y Camillo. Fabrizio era correcto en exceso, pedante y con tendencia a ser demasiado estricto consigo mismo, mientras que Camillo disfrutaba sin hacer nada y, en todo caso, se portaba como un inglés excéntrico. Cuando coincidí con el conde por primera vez, en su entorno se hablaba únicamentedel último escándalo de Camillo, que había citado a dos notables locales en el reservado de un club, y al que su sorprendido invitado halló, después de llamar varias veces, tumbado en el sofá con una mujer completamente desnuda al lado. Como no podía ser de otra manera, pocos años después tuvo un penoso final, justo cuando Fabrizio entraba a formar parte de la junta directiva de un acreditado banco. Cada vez que los dos nombres surgían en la conversación, no podía por menos que acordarme del poema de Eichendorff de los dos «compañeros audaces», y de Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, con los amigos Charles y Sebastian. También me acordaba de los dos hijos Buddenbrook, uno de los cuales, Thomas, regresó de sus estudios en el extranjero con una formación mercantil y llevando consigo a su futura mujer, mientras que el «vividor» Christian no sabía más que contar historias de Johnny Thunderstorm y cantar «That 's Maria!».

Profundamente inmerso en mis impresiones sobre Italia, pensé por entonces que el episodio florentino de la familia del conde F. atestiguaba la pervivencia del Renacimiento, mientras que la novela inglesa y las dos historias alemanas no eran nada más que literatura, y en cada renglón se percibía su carácter imaginario. Partiendo de esta observación, creí que podría llevarse a cabo una investigación sobre la historia de las ideas, y una vez más lamenté tener que ocuparme precisamente entonces de la bohemia muniquesa y de su marcha hacia el palacio. Pues por entonces, cuando el conde me hablaba de sus hijos, mis «dudas» intelectuales habían acabado ya. Hacía ya bastante tiempo que había tomado la decisión.

Más o menos por la misma época, mi madre me pidió que escribiera lo que recordara de los años nazis, diciéndome que ella estaba dispuesta a ayudarme con sus recuerdos. Al comentarle que mi padre no había querido conservar nada de eso en la memoria, me dijo que sólo él se había negado a anotar sus experiencias. La conversación duró toda la noche, y en algunos momentos tuve la impresión de que consideraba su vida como un fracaso. Le pregunté si no había sido ella la que llevó la mayor parte de la carga, pero lo negó con determinación. «Fue su decisión — respondió—, su responsabilidad», ella solamente había tenido que llevar las cargas externas, mientras que a él le habían destrozado la vida. ¿Se sufría más delante del fogón, me preguntó, o a causa de la desesperanza para el resto de tu vida? Eso depende del punto de vista, le repliqué, a ella también le habían arruinado la vida. Pero mi madre nunca lo había visto de esta manera, y tampoco lo quería ver así. Además, «arruinada» era la palabra equivocada. Lo único que se había roto eran sus sueños de jovencita. ¿Pero qué pasaba con los que se habían cumplido? A medida que ella hablaba de lo poco que había sacado, pensé yo, de cada una de sus frases se podía deducir que aún no había terminado con los años hitlerianos, con lo lejos que quedaban ya.

Cuando Winfried también se negó a escribir un libro de memorias, no volvió a mencionar nada sobre esos años. Fue como si, en un último sacrificio, hubiera borrado de su cabeza la época de Hitler. En una ocasión, una de mis hermanas volvió sobre el tema, pero ella permaneció callada sin apuntar la más mínima respuesta. Incluso cuando Christa señaló como incomparablemente mayor el saldo de las cosas positivas que el de las negativas en los años de su juventud, mi madre se mantuvo callada. Únicamente se permitió un comentario cuando leyó un capítulo del libro que estaba escribiendo sobre Hitler, y fue en el sentido de que, desde la distancia, las causas de los acontecimientos se ven con más claridad; si se consideran los destinos individuales, se descubre mucha pobreza, impotencia y miseria. Pero de sus propios sentimientos no dijo ni una palabra.

Poco tiempo después enfermó. Cuando la visité por última vez en la clínica, uno o dos días antes de su muerte, ya se encontraba sumida en un coma del que sólo salía en algunos momentos. Hablaba sin cesar y cada vez más deprisa. La desdicha de su vida le brotaba en cada palabra que se le conseguía entender. Por primera vez la escuché quejarse de su destino: los miedos permanentes, las necesidades padecidas, los peligros por todas partes, y especialmente el dolor por el hijo perdido por causa de la guerra de Hitler. De vez en cuando regresaba a este mundo desde su confusión, se daba cuenta de que estaba allí con ella, y me hacía una seña de reconocimiento sacando su mano de debajo de la colcha. A continuación, volvía a caer en ese estado de penumbra y condenaba, con expresiones que nunca le había oído, el mundo y su vida echada a perder. Esta situación se prolongó durante horas. Al anochecer fue capaz de expresar algunas ideas coherentes pero con bastantes interrupciones: «Los días no han pasado en vano. ¡Dios no lo sabe! ¡Hay que volver a contarlos! ¡Por cada uno que pasa te quedan veinticuatro horas menos! ¡Me lo repito con frecuencia! ¡Ése es mi consuelo!».

Dos días después fallecía, y en sus últimos momentos ya no se percibía nada de la irritación que la había atormentado hasta pocas horas antes en su estado de semiinconsciencia. Tras los felices días de su juventud, que se prolongaron hasta los dichosos primeros años de casada, había descubierto que existía el mal. Se podía percibir sin la menor dificultad en las sencillas imágenes que para ella componían el mundo. Se materializaban en borrachos, estafadores, asesinos y nazis. Años después de que acabara el nazismo, seguía diciendo que siempre había que mantenerse alerta ante el mal. Es totalmente impredecible. Eso se lo había enseñado la vida. Se suele presentar con apariencia afable, como flirteador, bienhechor, halagador y hasta como una especie de dios. Los hombres caen como moscas ante él.

Durante una conversación que mantuvimos pocos meses antes de su fallecimiento, comentó que en su época los disfraces preferidos del mal habían sido las consignas, los desfiles o las fiestas populares de los nazis y los comunistas. Como yo bien sabía, ella siempre había rebatido el pesimismo de mi padre, y su exclamación «¡No pienses de una manera tan apocalíptica!» se había convertido casi en una expresión familiar. Pero en su fuero interno tenía que darle la razón. Todavía entonces seguía sin entender por qué tan poca gente a su alrededor había observado la desnudez; ningún «ropaje» marrón o de cualquier color había podido encubrirlo. La obscenidad de los uniformes políticos. Un asco. Al contrario de lo que siempre había dicho el doctor Gans, ella no creía que al final de los tiempos reinaría la razón. Más bien estaba segura de que triunfaría el mal. El mal resiste a todo tipo de razonamientos. Y puede hacerlo porque los hombres están locos por él. Al menos actualmente. Ella había formado parte de la generación equivocada, y esperaba que nosotros lo tuviéramos mejor. Esto venía a ser lo que la vida le había inculcado a ella. Winfried también participó en esta conversación, y cuando regresaba de su casa de Zehlendorf, comentó que las palabras de mi madre habían constituido una opinión sencilla y concluyente sobre el mundo del ensueño político.

Si recuerdo bien, a raíz de esta visita volvimos a hablar sobre cómo nos había marcado la casa paterna. Recordé los múltiples ataques de los que yo había sido objeto como resistente a la tendencia izquierdista de la época, y entre risas nos acordamos de todas las tonterías que circulaban sobre mí. En realidad, añadió Winfried, nos ha inculcado en nuestros años jóvenes una especie de orgullo por la discrepancia, algo que ninguno de estos «don nadies engrandecidos» vislumbraba, y que tampoco ninguno de ellos había llegado a conocer. Cada vez que alguien me preguntaba por los principios que me guiaban, yo decía que tenía que referirme a mi criterio escéptico y a mi aversión contra el espíritu de la época y sus simpatizantes. Nunca me había parecido cuestionable el «Ego non!» de aquel día inolvidable en que mi padre instituyó los dos turnos para cenar. La lección que me enseñaron los años del nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme llevar por ellas. Así, nunca me planteé en serio la tentación del comunismo, al contrario que otros contemporáneos, algunos incluso casi amigos, que sucumbieron a él, al menos temporalmente. En el curso de los años siguientes, el ejemplo de algún amigo de juventud que permaneció en la zona oriental me ha enseñado que la vida cotidiana bajo el régimen comunista de la RDA solía estar más llena de obstáculos y dejar menos resquicios que la dominación parda, y que no habría permitido una supervivencia familiar más o menos dichosa como la que pudimos tener nosotros. En cualquier caso, nunca tuvimos la sensación de carecer de futuro, cosa que sí les ocurría a los amigos del colegio que habían quedado en la parte oriental. A todo esto, no hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se lo compare con el nacionalsocialismo. Éste era, y es, su mayor éxito de propaganda.

Si echo la vista atrás, hacia las experiencias decisivas de mis primeros años, puedo decir que tanto mis orígenes como mi educación me enseñaron a ser desconfiado en política. Especialmente frente a las ideologías en alza de cada momento. En el 68 y en otras coyunturas similares, nunca me ha convencido la impaciencia con la cual una juventud políticamente confusa y moralmente jactanciosa trató de explicar el mundo desde un punto de vista unilateral. La ceguera y los horrores de este modo de ver las cosas se habían hecho demasiado evidentes en mi propio país. Y por lo que respecta a los adultos que de repente se pusieron pantalones vaqueros, se dejaron crecer el pelo hasta los hombros y se presentaban en público con una imagen de estudiado desaliño, no he tenido palabras o no he querido encontrarlas.

Los extravíos de los gestos dictados por el espíritu de los tiempos eran claramente visibles para cualquiera que supiera entender las señales del propio tiempo. Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos. Las atrocidades resultantes de las fórmulas de interpretar el mundo del uno y del otro eran demasiado evidentes. Pero muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad. Incluso hoy sigue habiendo no pocos habladores retóricos que conservan un apego sentimental a un Ismo ideologizado y deplorable de uno u otro signo. En cambio, ya en mi época en la RIAS tenía muy grabada una cita de Henry David Thoreau, mucho más inteligente, el cual, ante un visitante que decía que le quería hacer el bien, le contestó que él prefería escapar y vivir su vida.

Tiempo después, utilicé estas observaciones como temas de algunos de mis trabajos, observaciones que forman parte de las premoniciones a las que aludía en el título de este capítulo. Las menciono en este punto porque me parece que eran, y siguen siendo, importantes. Otra premonición se refiere a uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida. A veces recuerdo el estado de ánimo siempre pesimista de mi padre y de la mayoría de sus amigos. Una vez, uno de los asistentes a las veladas junto a la mesa del jardín cifró la relación entre sentido y contrasentido en el proceso histórico en la fórmula de diez a diez mil. Los tiempos que corrían proyectaban la imagen más sombría posible del hombre y de la historia, a la cual la generación de mi padre no podía sustraerse. Yo también participé de esa apreciación con mi observación de que la señal de la trompeta liberadora en Fidelio apenas se había escuchado a lo largo de la historia, y de que sólo era «una ocurrencia de ópera». Igual sucedía con mi afirmación de que el espíritu del siglo, en caso de que exista, está siempre de parte de los Pizarros.

Me siento feliz cada vez que bajo por la larga Chaussee hacia el puente Glienicke, donde una vez me abrazó la temperamental Sophie y donde terminaban todos los caminos después de 1961. Pues me cuento entre los que presenciaron un acontecimiento histórico en el que, excepcionalmente, el sentido se ha impuesto a todo el fanatismo y la atrocidad. Por una vez al menos, y contra todo pronóstico, se había podido escuchar la trompeta. Había derribado muros y había hecho que los que ostentaban el poder renunciaran a él.

Ese 9 de noviembre de 1989 yo me encontraba en Palermo, en Sicilia, había llegado tarde a casa y a la mañana siguiente tenía una entrevista con el corresponsal del periódico comunista l'Unitá. Habíamos quedado eñ que hablaríamos sobre los acontecimientos políticos más recientes y sobre el periodismo alemán, y yo le quería contar algo sobre esa «République de lettres» que por entonces era nuestro orgullo y nuestra inspiración en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, del que yo era, en parte, responsable. Sin embargo, antes de que yo pudiera decir una palabra, pegó un salto detrás de su escritorio, extendió los brazos y gritó: «Signare! II muro della vergogna é caduto!» (¡Señor! ¡Ha caído el muro de la vergüenza!). En un primer momento yo pensé que se refería a las condiciones exigidas para viajar, que se habían suavizado ya desde hacía semanas, y le dije: «¡Sí, sí! ¡Es mejor!». Pero mi entrevistador, un hombre joven de rebelde pelo rizado, volvió a gritar: «¡No, no es mejor! ¡Ha sido derribado! ¡Fuera! ¡No existe!». Entonces es cuando me enteré de los detalles y mantuvimos una larga entrevista. Yo expresé mi pesar por vivir la caída del Muro desde la lejana Palermo, pero él comentó que mi presencia ese día era para él la gloria de un reportero. Por desgracia, no pude salir inmediatamente para Berlín siguiendo mi primer impulso, ya que dos días más tarde tenía una cita inaplazable en Roma. Me pasé los días 10 y 11 de noviembre de 1989 delante de la televisión y recordé las palabras de Enrique IV: «Pends-toi, brave Crillon; nous avons combattu à Arques et

tu n'y étais pas!»[11]

El 12 de noviembre, muy de mañana, volé hacia Berlín.