Yo no

Joachim Fest · Capítulo 3 de 13

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Yo no

Capítulo 2 - El mundo se resquebraja

CAPÍTULO 2

 

EL MUNDO SE RESQUEBRAJA

 

Karlshorst era un barrio situado al este de la capital y habitado en su mayor parte por familias de clase media. Su diseño cuadriculado contribuía a que las calles parecieran discurrir con cierto orden, y quien quisiera exagerar un poco las cosas, como un amigo de mis padres, podía afirmar que, en él, el despacho de arquitectos había sustituido al capricho de los príncipes. Berlín tenía la peculiaridad de haber sido levantada por los soberanos prusianos de manera deliberadamente contraria a los páramos de la marca de Brandeburgo. La ciudad poseía en su periferia no sólo un cierto encanto rural, sino también un fascinante entorno melancólico con sus ríos y humedales. Algunos días laborables podías desplazarte en medios de transporte públicos hasta el Gransee o Nauen sin encontrarte más que a una docena de vendedoras que acudían al mercado. Había paradas en avenidas como la de Linden, y al lado las calles pueblerinas de Potsdam o Köpenick.

Berlín permanece en mis recuerdos como una ciudad luminosa y con mucho verde, nada que ver con Londres o con el imperial y pétreo París. Y cabe añadir que, junto al más bello entorno, no tenía demasiado encanto. Contaba con una atractiva modestia: era despierta, ingeniosa y con chispa. La falta de elegancia la compensaba con ironía urbana. Su proverbial tendencia a aprovechar todas las oportunidades era algo más que un lugar común. Berlín no era una ciudad que atrapara tu corazón, pero enseguida te encontrabas como en casa. Y Karlshorst era una especie de variante provinciana de la poderosa metrópoli.

La casa de la Hentigstrasse que mi padre había comprado tiempo atrás no estaba situada en uno de los barrios residenciales, sino justo en el centro de una manzana de casas de alquiler. Los inquilinos eran obreros cualificados, funcionarios, fabricantes de herramientas y algunas viudas. Cada casa contaba, a los lados y en la parte posterior del solar, con una zona verde que solía tener algunas plantas aromáticas a la sombra de algunos frutales. Casi siempre, al lado de la barra para sacudir las alfombras había un cobertizo para guardar herramientas, y como peculiaridad, en nuestro jardín teníamos, bajo los castaños, una barra fija para hacer gimnasia y una pequeña piscina para bañarnos en verano, y que en invierno utilizábamos para pegar saltos encima de las partes heladas con nuestras botas con clavos.

Lo que más nos gustaba a los niños eran los rincones y los márgenes asilvestrados de la finca. Nos deslizábamos por debajo de los arbustos de bayas, llevando en la boca un tomahawk de cartón o un cuchillo, como si fuéramos indios sioux genuinos en lucha con los comanches, o, si no, nos inventábamos cualquier otra batalla. Normalmente éramos mi hermano Wolfgang, dos años mayor que yo, y algún otro amigo y yo contra todos los demás niños del vecindario. Enviábamos a Hansi Streblow a ver a la gorda panadera con el encargo de comprar «pastel de vómito de cinco pfennigs», que es como llamábamos a las sobras de masa amalgamadas, y con una cuerda la atábamos a la entrada de la casa, donde vivía alquilado y siempre amargado el profesor Müllenberg, que inmediatamente tropezaba con ella. También trepábamos por la valla al terreno colindante de la parroquia y colocábamos en el camino del jardín un sujetador viejo empapado en sudor sacado quién sabe de dónde. Escondidos entre los matorrales observábamos, con risa contenida, cómo el viejo párroco Surma descubría la prenda de vestir durante el rezo del breviario, tras un breve momento de sorpresa lo levantaba meneando la cabeza, para, finalmente, y no sin antes echar una ojeada alrededor para ver si alguien le observaba, guardárselo en la sotana. Por aquel entonces yo tenía cinco años y ya empezaba a tener una ligera aunque vaga idea de lo anómalo de nuestra situación.

Éramos cinco hermanos, nacidos todos con un intervalo de dos años: Wolfgang, nacido en 1924, era la máxima autoridad entre nosotros los niños. A mi hermano pequeño Winfried, que era vivaracho, ingenioso y al mismo tiempo ensimismado, le seguía Hannih, muy acomodaticia y querida por todos, y por último iba Christa, alegre casi hasta la locura.

Wolfgang, como en el caso de la mayoría de los hermanos mayores, era mi ejemplo indiscutible, y por su causa me peleaba con frecuencia con otros chicos por culpa de murmuraciones injustas. Él era animoso, respondón, de una dejadez que a veces parecía hasta altanera, y cuando empezamos a ir al colegio no solamente tenía las mejores calificaciones, sino también los más ocurrentes subterfugios. Además, algunas madres de amigos le alababan cualidades cuyo sentido yo no captaba. «Chiquillo sensato», «se expresa muy bien» y «sabe comportarse con muy buenos modales» eran conceptos que yo entendía muy bien, pero eso de «tiene encanto» o sabe «cortejar a las madres de sus amigos» me resultaba bastante enigmático, y, al contrario que a mí, nunca le achacaron una «lengua atrevida».

Wolfgang se ganó mi más rendida admiración en la primavera de 1932. Por esa fecha, el DoX, un hidroavión tan grande como un barco de vapor y apropiado para el agua, con doce motores de propulsión y una cabida para más de 160 personas repartidas entre sus tres plantas, regresaba desde Nueva York después de una travesía por el Atlántico, y amerizaba en el lago Müggel, que distaba de Karlshorst un par de estaciones de metro. Con bastantes semanas de antelación, Wolfgang había estado dando la lata a mis padres para ir con ellos a Friedrichshagen a ver el amerizaje del avión. Como rechazaban su petición una y otra vez, la tarde del 24 de mayo se puso en camino, sin que nadie lo viera, con veinte pfennigs en el bolsillo.

Como a las seis no había aparecido para la cena, mis padres empezaron a inquietarse. Después de una búsqueda infructuosa por el vecindario, comenzaron a telefonear, y hacia las ocho mi padre dio aviso a la policía, mientras mi madre se dedicaba a rezar. Poco después de las nueve salió de casa para buscar por los alrededores cuando, de repente, en la Dorotheenstrasse, Wolfgang le salió al encuentro alegre y con los brazos abiertos. Rápidamente empezó a contar de manera atropellada todo lo que había vivido en el lago Müggel y cómo, todavía en la estación de Karlshorst, había conocido a un matrimonio con los que había hablado «como un adulto». En el lago Müggel había conseguido muy buen sitio y había visto el amerizaje del DoX en el agua. El matrimonio incluso le había comprado dos helados y le había pagado el viaje de vuelta, por lo que todavía le quedaba dinero. Finalmente, habían llegado juntos hasta la lechería Birkholz.

Mi madre estaba deshecha en lágrimas pero al mismo tiempo fuera de sí, y después de llevar a Wolfgang delante de mi estricto padre, ambos le hicieron las más severas recriminaciones. Wolfgang empezó a contar de nuevo su gran día con ese matrimonio, el avión y los helados. Pero mi madre apenas le dejaba hablar. Al final se alteró tanto que llegó a amenazarle con encerrarle en la carbonera si volvía a tener lugar un acontecimiento similar. «Eso no me impresiona nada — replicó el niño de siete años con una tranquilidad digna de admiración—, detrás del tabique de madera están las llaves del agua y de la luz. Llego a ellas con facilidad y os corto todo». Mi madre confesó más tarde que tanta desfachatez la dejó sin habla. Aunque también se sintió un poco orgullosa. Sin embargo yo, que había seguido toda la escena desde detrás de la puerta entornada, estaba simplemente orgulloso.

Esto sucedió en 1932. Más o menos por la misma época hay otra imagen dramática que siempre aparece al agitar el caleidoscopio de mis recuerdos de infancia. Procede de los meses en que la guerra civil de la agonizante República de Weimar se extendió a las afueras de Berlín. Un día, nada más caer la noche, se oyeron unas fuertes pisadas subiendo la escalera y poco después aporrearon la puerta de la casa con impaciencia. Cuando salté de la cama y abrí, me encontré a mi padre con la chaqueta destrozada. Le rodeaba la cabeza una amplia venda de gasa reforzada con esparadrapo y sobre ella se dibujaba una mancha negra grande como un puño. Venía con dos acompañantes que le depositaron sobre el sofá y le dijeron algo así como: «¡Recobra pronto tus fuerzas, chico!». Y mientras yo todavía me asombraba del tono confidencial que empleaban esas dos personas con mi padre, éste murmuró unas palabras de agradecimiento, se levantó con sorprendente agilidad y desapareció en una de las habitaciones interiores sin percatarse de mi presencia. Sorprendentemente, mi madre no se enteró de estos primeros pasos. Después de irse los compañeros de la federación y de unos segundos de sobresalto, oí su exclamación «¡Dios, apiádate!», y luego salió corriendo hacia el teléfono para llamar a un médico. Más tarde nos enteramos de que una brigada de la liga de combatientes rojos había irrumpido en una asamblea del SPD con el jefe de la policía berlinesa Grzesinki y había apaleado a los miembros del Reichsbanner hasta que consiguieron disolver la asamblea.

Durante los meses siguientes, nuestra casa fue un constante ir y venir. Caras desconocidas aparecían de repente y volvían a desaparecer sin saludar. Diferentes voces que iban desde la combatividad a la inquietud y la resignación salían del despacho de mi padre, todo ahumado por el tabaco. Para Wolfgang y para mí era muy enigmático todo lo que estaba ocurriendo. Se hablaba de luchas callejeras en la Nollendorfplatz y en Wedding, de conflictos sangrientos en lugares que nunca habíamos oído como Altona o Leipzig, y, cuando nos acostábamos, cada uno de estos acontecimientos nos proporcionaba historias horribles de revueltas, atropellos automovilísticos, niños perdidos y finalmente, dado que estas historias siempre van subiendo de tono, cabezas destrozadas o incluso cortadas. Aunque entendíamos muy poco de todo aquello, sí percibíamos la atmósfera enconada que se iba extendiendo no sólo por las calles sino también con cada visitante que llegaba a nuestra casa.

Llegados a este punto, tengo que hacer un inciso que puede ayudar a entender mejor las siguientes páginas. En ellas se habla a veces de la decadencia de la República de Weimar. Se trata solamente de recuerdos fragmentarios de un niño de seis a ocho años, que ha conservado algunas imágenes pobremente perfiladas que ha ido juntando al crecer. La mayor parte me lo han contado, como ocurre en toda familia. Y casi todo tenía un signo político. Sin embargo, hay que apuntar, aunque sólo sea someramente, lo que por entonces constituía el trasfondo de todas las vivencias, ya que con el paso de los años adquirió una importancia determinante.

Algo parecido ocurre con la figura de mi padre. También su imagen está recubierta de relatos familiares que se contaban por las noches en torno a la mesa y bajo la lámpara de pantallas de seda adornadas con borlones. Alto, con gafas y el pelo corto con su raya, proyectaba una sombra muy grande que a los niños nos infundía, a partes iguales, pavor y seguridad. Él concebía la vida como una sucesión de obligaciones que había que cumplir sin aspavientos, con fuertes convicciones y del mejor humor posible. Quizá por ello gozaba de una autoridad que nunca se puso en duda. Dentro de la familia se imponía también cada vez más esta imagen eminente frente a toda resistencia infantil, y más tarde adolescente.

También el carácter de mi madre, con sus dulces ojos que con frecuencia se abrían asombrados, se diferencia de la imagen que tengo en mi recuerdo. Por aquellos años, a pesar de los cinco hijos que había tenido y en mucha mayor medida de lo que yo percibía, era la clásica hija de familia: enamorada de los bellos sentimientos, con una gran familia como objetivo y como su aspiración en la vida, así como la certeza del derecho a la felicidad. «Lo tenía todo —comentaba más tarde—, y a veces pensaba que incluso tenía más de lo que merecía». Pero de repente se quebraron sus sueños y esperanzas, y, al contrario de lo que cualquiera habría esperado, mostró una firmeza que podía llegar incluso a la rudeza. Cuando miro para atrás me da la impresión de que cada uno de nosotros encontrábamos más comprensión y apoyo para los incontables contratiempos de la infancia en ella que en mi padre.

Si profundizo un poco más en las relaciones políticas y sus vinculaciones familiares, hay que decir que las calamidades de los últimos años de la década de 1920, sobre todo el irresistible ascenso de Hitler, habían crispado enormemente los nervios. Al mismo tiempo, y como suele ocurrir en periodos de crisis, aparecían por todas partes los más extraños profetas, doctores con ocultas recetas para salvar el mundo, predicadores de sectas y jardineros del edén, que, con los ojos en blanco, preconizaban que la humanidad estaba abocada al hundimiento. La única esperanza sería la llegada de un Führer que se pusiera al frente con decisión e impartiera nuevas consignas al mundo. Estaban al corriente de las obras más grotescas que se habían escrito en tiempos pasados, profecías de lo más peculiares que con frecuencia coincidían de manera asombrosa con sus chifladuras. Mi padre se puso a reunir bibliografía sobre este tema rápidamente.

La verdad es que le parecía sospechoso este extravagante pronóstico, que comía el terreno a la República. Si se tiene en cuenta su notoria debilidad tanto interior como exterior, el nuevo régimen aparecía, a los ojos de cada vez más gente, como sinónimo de vergüenza, deshonor y desesperación imperialista. Día a día, la gente se iba haciendo a la idea de que la Alemania romántica, profunda y espiritual había cometido con la República un acto de traición metafísica. La cultura alemana nunca apreció el paso que suponía hacia la superficial civilización de Occidente.

A esto hay que añadir que, junto con la gravedad de la crisis, apareció también la necesidad desenfrenada de diversiones económicas. «Por delante, las cocinas de caridad, y por detrás, charlestón y peinados a lo garçon, la Jana y bailes en el teatro», gruñía mi padre. Los valores tradicionales que hasta entonces habían orientado la vida de la gente empezaban a desmoronarse a ojos vistas. Y muchos contribuían a esta obra de destrucción, envalentonados por las consignas de la época, que en conjunto apuntaban al precipicio y a la ruina: crepúsculo de la humanidad, tormenta de acero, apocalipsis o hundimiento de Occidente. «Los procesos de decadencia — decía un amigo de mis padres, el diputado centrista Richard Schönborn— empiezan siempre por el mundo de los conceptos». Un país y una sociedad que utilizan semejantes vocablos como palabras de última moda no pueden sobrevivir mucho tiempo.

Tal como comentaba mi padre con posterioridad, si se vinculaban estos síntomas con los decisivos acontecimientos que tuvieron lugar en esos años, un contemporáneo podía estar «en contra del espíritu de la época» más que en contra de las formaciones políticas radicales. Mucho tiempo después de la guerra se dio cuenta de que simplemente con este pensamiento ya estaba uno perdido. Su única compensación la encontró en el convencimiento de encontrarse en el lado correcto. A los que se hunden les gusta por lo menos tener la certeza de estar aliados con lo mejor.

La República de Weimar se fue a pique con el golpe prusiano de Papen del 20 de julio de 1932, decía mi padre con frecuencia, y en eso estaba de acuerdo el grupo de amigos políticos de los Risebrodt, Mielitz o Fechner. Una vez, cuando un jefe de sección del ministerio del Interior, que también militaba en el Reichsbanner, le pidió comprensión para el hecho de que se apartase de la Constitución, durante un momento perdió el control, y casi fuera de sí replicó: «Ojalá la República tuviese enfrente a opositores tan fanáticos y pusilánimes como nosotros. Entonces sí que sobreviviría. Ahora todos saben que este Estado no está dispuesto a mantenerse frente a sus enemigos declarados». Suponía que muchos le replicarían que el derrotismo tampoco ayuda mucho. Pero él no era derrotista, sólo mantenía los ojos abiertos.

Así transcurrían las semanas en la eterna sinceridad de la niñez. Normalmente, el verano lo pasábamos en el jardín, y el invierno, con el trineo y las botas claveteadas en la cercana pradera o en las dunas colindantes, bajando «a plomo» por pendientes cada vez más empinadas, para preocupación de mi madre. Justo pegada a la estación estaba la pista de patinaje sobre hielo donde dimos nuestros primeros y tambaleantes pasos con los patines, nos caíamos, nos levantábamos para volver a tropezar, y por fin dábamos tres, luego diez, pasos seguidos hasta ser «más rápidos que una flecha». Cuando salíamos fuera, al principio nos dedicábamos a chutar el balón por las praderas de los alrededores de Karlshorst; después, un grupo de seis u ocho amigos formaba un equipo que en un primer momento jugaba contra los de otra calle, y poco después se enfrentaba a los de otro barrio. Las porterías se hacían con ramas. En la Hentigstrasse disputamos, empedrado arriba y abajo, campeonatos de balón prisionero bajo la implacable mirada arbitral de «polilla» Böhm. Y si alguien se quejaba alguna vez de que había recibido un balonazo demasiado fuerte, o de que había visto las estrellas, como en el caso de Helmut Sternekieker, del que hay que

decir que realmente se apellidaba Sternekieker,[3] entonces se le impedía jugar de uno a tres partidos.

Nuestro jardín estaba situado en la fachada posterior de la casa. Después de atravesar un pequeño patio vallado y un camino adornado con arriates de flores, se llegaba a un pasillo de unos treinta metros de largo a la sombra de los árboles. En el centro estaba la gran mesa del jardín, y hacia la derecha, a cierta distancia, una mesa de ping-pong con sus robustas patas. A la izquierda, como a unos cinco metros, se encontraba la barra fija de gimnasia, y detrás, a más distancia, el endeble cobertizo para herramientas que mi padre echó abajo en 1935, y que sustituyó con nuestra ayuda por un sencillo cenador hecho de tablones de madera. Delante estaba la pequeña piscina, que contaba con una pequeña fuente. Una vez di un arriesgado salto con los patines de hielo desde el caño del surtidor, me hice un agujero del tamaño de un pfennig junto a la comisura izquierda de los labios y perdí un diente. El resto del terreno estaba repartido entre macizos de flores y plantas aromáticas cuidadosamente separados por piedrecitas.

Cuando echo la vista atrás, se me aparece el jardín fabuloso con todas sus plantas; las rosas florecían durante todo el verano, los arbustos de bayas se cargaban de redondos frutos, al igual que los tres o cuatro frutales que se encontraban en el centro de ese sencillo esplendor. Un día otoñal, durante mi séptimo año de vida, mi padre nos dijo que cada uno teníamos nuestras obligaciones y que no nos podíamos sustraer a ellas. Wolfgang tenía que cuidar los rosales y mantener la tierra suelta y húmeda, yo iba a ser el responsable de las matas de fresas recién cosechadas. «Me lo podías haber dicho antes —creo que respondí—; por este año ya no queda fresa alguna. Todas están comidas». No obstante, él me replicó que el éxito siempre empezaba por el principio.

El 30 de enero de 1933 lo recuerdo solamente por lo que me contaron más tarde en el entorno familiar, pero el espanto que se percibió en mi casa durante días o incluso semanas se me ha quedado incrustado en la conciencia. Como más tarde supe, mi padre había abandonado de inmediato el despacho escolar cuando le llegó la noticia del nombramiento de Hitler como canciller del Reich, y se había marchado a una reunión en el centro de la ciudad. No regresó hasta medianoche, y estuvo hablando con mi madre hasta primeras horas de la mañana. Él no se hacía ninguna de esas ilusiones de las que eran víctimas tantas cabezas con amplia experiencia política: que Hitler iba a recobrar el juicio, que tendría cierto éxito o que fracasaría como el charlatán que realmente era.

En cambio, sí se me quedó grabado para siempre el 28 de febrero. Ese día, mi padre bajó a mediodía al jardín, donde Wolfgang y yo jugábamos al ping-pong. «Nos vamos a la ciudad», nos dijo. El requerimiento sonó tan serio como conspirador, y ya de camino a la estación intentamos averiguar a qué se debía este viaje tan intempestivo. Pero mi padre permanecía lacónico, y sólo cuando ya nos habíamos sentado en el «vagón para el ganado», el compartimento de tercera clase, que estaba vacío, empezó a hablar de unas ruinas reducidas a ceniza que íbamos a ver. Le preguntamos si el fuego se había extinguido ya, si los bomberos habían venido, si se verían muertos, y cosas por el estilo. Mi padre no dijo nada. Sin embargo, en la estación de Ostkreuz nos indicó que llamáramos poco la atención cuando subieron los primeros pasajeros. Y más tarde coincidimos en que durante ese viaje había hablado de cosas de las que no llegamos a entender ni una palabra.

Sin embargo, para nuestro desencanto, no fuimos al edificio quemado del Reichstag, cuya importancia había intentado explicarnos mi padre en la escalera de la estación de Bellevue. Más tarde dijo que yo había escuchado sus explicaciones con mucha atención, pero que claramente no había entendido ni una palabra. Pero esto no era importante para él. Lo que había pretendido sobre todo era hacernos captar «la gravedad del momento».

En lugar de bajarnos del tren y dirigirnos al Reichstag, cuyos escombros todavía desprendían unas pálidas columnas de humo, recorrimos varias veces la curva que describe el tren entre la Friedrichstrasse y Bellevue, y yo observaba con mucha más atención el rostro serio de mi padre que las hileras de casas que desfilaban por la ventanilla del tren. En repetidas ocasiones le oí pronunciar la ominosa palabra «guerra», sin que yo comprendiera absolutamente nada. Cuando, años después, le pregunté si con esa advertencia quería prevenir sobre la Segunda Guerra Mundial que estallaría en 1939, mi padre lo negó sonriendo: no, él no había tenido una visión tan a largo plazo. Se había referido más bien a la guerra civil que pensaba que se iba a desatar. Por aquel entonces creía que la quema del Reichstag era la señal evidente de la hora del ajuste de cuentas con los opositores de ayer, que mientras tanto habían quedado indefensos. Y también había confiado en que la quema hubiera desencadenado en el último momento el levantamiento al que se habría visto impulsado de manera firme pero inútil junto con otros miembros de la dirección del Reichsbanner.

De hecho, los tiranos, ahora en posesión de todos los medios de represión del Estado, desencadenaron un nuevo tipo de guerra civil el mismo 28 de febrero. También mi padre se vio en dificultades. Un mes después de la quema del Reichstag se acumulaban los indicios de que el régimen le consideraba sospechoso de realizar -actividades hostiles al Estado». En el curso de los días siguientes le llamaron, primero al colegio y más tarde al ministerio, para preguntarle por sus opiniones sobre el gobierno. No había suavizado ninguna de sus palabras, nos aseguró a su regreso, no veía motivo alguno para modificar su crítica sobre todo el «lote». Mi madre, que durante todo el tiempo que escuchaba a mi padre había permanecido tapándose la cara con las manos, al terminar se puso de pie y dijo con un desacostumbrado tono de reproche: «Ya sabes que yo siempre te he apoyado en todo lo que tú considerabas correcto. Eso sigue igual. Pero ¿has pensado en serio en los niños y en lo que tu terquedad puede significar para ellos?». Ante el silencio de mi padre, ella abandonó la habitación sin decir nada.

El desenlace llegó pocos días después. El 20 de abril de 1933 llamaron a mi padre al ayuntamiento de Lichtenberg, y el «comisario del Estado para la salvaguarda de los asuntos del burgomaestre de distrito» Volz le informó de que quedaba despedido con electo inmediato de su puesto en la administración pública. A la pregunta de qué es lo que tenían contra él, el jefe administrativo le respondió con un tono cuartelero: «A su debido tiempo se le notificará». Pero él era un funcionario, objetó mi padre, y Volz le replicó: «Eso se lo cuenta usted a nuestro Führer. Le impresionará mucho». Y después añadió en tono sarcástico: «Considere la suspensión como un regalo. Con ello le da al Führer una pequeña alegría. Pues, como usted sabrá, hoy celebra su cumpleaños». Mi padre le dijo que él no asistiría personalmente, y Volz replicó provocador: «Puede usted ir. Incluso le ruego que lo haga. ¡Heil Hitlerl».

Cuando se dirigía hacia la salida, de repente mi padre se sintió como un extraño en el edificio con el que tan familiarizado estaba. Lo mismo le ocurría con los funcionarios, a muchos de los cuales conocía desde hacía años y que de repente miraban hacia un punto lejano que, evidentemente, no encontraban. Desde ahí se dirigió al colegio, donde le sucedió lo mismo, e incluso parecía que en su despacho ya habían cambiado los armarios e incluso los sellos oficiales. El primero que le salió al encuentro fue su colega Markwitz, que era obvio que estaba al corriente:

«Hombre, Fest —dijo después de unas palabras de información—, ¿era necesario que ocurriera esto?»; y cuando mi padre le respondió: «Sí, tenía que ser así», Markwitz replicó: «Vamos, no me diga usted esas cosas. ¡Ya hace tiempo aprendí que no hay que ser tonto!».

El 22 de abril, justo dos semanas después de la aprobación del decreto para la restauración del funcionariado de carrera, convocaron de nuevo a mi padre. El jefe del negociado, sentado en el lugar del alcalde y sin ofrecer asiento al visitante, le comunicó otra vez de manera oficial, leyendo un texto preparado previamente, que quedaba relevado de la dirección de la escuela n" 20 y apartado del servicio hasta nueva orden. Como motivo de esa suspensión le alegaron su destacada pertenencia al partido del centro y al Reichsbanner, así como su «lenguaje claramente despectivo hacia el Führer» y otros nacionalsocialistas de alto rango, en particular contra el «mártir del movimiento» Horst Wessel. Con todos estos antecedentes, no ofrecía garantía alguna de, como dicta el decreto, defender «en todo momento e incondicionalmente el Estado nacional». «¿Es consciente de que esto es una violación de la ley?», preguntó mi padre, pero Volz le contestó que él no podía discutir cuestiones jurídicas con el primero que se encontrara por la calle. «¡Porque desde ahora ya no es usted más que eso, señor Fest: ya no es el colega Fest!». Mientras pronunciaba estas rudas palabras seguía hojeando papeles personales, y en un momento dado se le cayó una hoja de papel al suelo, seguro que no de forma involuntaria según mi padre, y los gestos malhumorados y autoritarios del hombre daban a entender que esperaba que el visitante le recogiera el papel del suelo. Mi padre, sin embargo, permaneció tranquilo «de pie en su sitio», como contómás tarde; en ningún momento se le pasó por la cabeza arrodillarse delante del alcalde comisionado, tal como éste deseaba.

El comisario político prosiguió en un tono considerablemente más duro, diciéndole a mi padre que con esa suspensión inmediata estaba obligado a traspasar «con todas las de la ley» la dirección del colegio en el plazo máximo de dos días a su sucesor en el cargo, Markwitz. Los detalles se le comunicarían por escrito. Con un movimiento a medio camino entre quien despide y quien ahuyenta, el alcalde comisionado había añadido que al afectado le estaba prohibido desempeñar cualquier actividad profesional. Todo transcurría como un plan trazado, decía mi padre cuando empezó a contarnos todo el proceso.

Al principio, los niños no nos dimos demasiada cuenta de lo que eso suponía, a pesar de que, como le señalé a Wolfgang sin entenderlo, hacía realidad la pesadilla de todo niño: un padre maestro que está todo el día en casa. En cualquier caso, la alteración de la irregularidad de la vida infantil motivada por la simple presencia de mi padre supuso un punto de inflexión y, según lo veía yo, un entorno fastidiosamente serio. Cuando poco tiempo después yo me encaminé al colegio con la cartera, la pizarra y la esponja bamboleándose, él se quedó junto a mi madre, en contra de lo que solía ser habitual, y después de la despedida me pasó la cartera de color chillón. Además, según transcurría el tiempo, solicitaba información sobre cuestiones hasta entonces ignoradas: deberes escolares, amigos, diversiones. También sobre respuestas impertinentes dadas a cualquier vecino y que yo ya había olvidado, y una vez sobre una ventana rota.

A finales de abril nos dejó nuestra niñera Franziska, la persona a la que más queríamos después de nuestra madre. Mi hermano pequeño, Winfried, llegó a pedirle su mano para evitar que se marchara, después de que la mayor de nuestras dos hermanas, Hannih, se hubiera mostrado dispuesta a ser dama de honor, y la ayudante del párroco, la señorita Schieb, hubiera puesto a su disposición la pequeña capilla lateral de la iglesia. También la asistenta dejó de venir a los pocos días. En un principio, mi padre, contando con los futuros hijos que esperaba tener, había comprado las dos viviendas contiguas, de manera que el segundo piso lo ocupábamos sólo nosotros. Ahora tenía que renunciar a los dos pisos contiguos. Vinieron los albañiles y los separaron con tabiques. De ahora en adelante ya no íbamos a tener un cuarto de juegos ni el corredor infantil con los cuatro dormitorios individuales. En lugar de eso, los tres chicos dormíamos en una de las habitaciones más grandes, en la que, junto a las tres camas, había dos estanterías y un escritorio cerca del balcón. A mis hermanas les adjudicaron la habitación que había ocupado nuestra niñera Franziska.

El nuevo cuarto tenía una ventaja. Estaba pegado al salón, y allí recibían a las visitas o se quedaban mis padres por las noches conversando. Si pegábamos bien la oreja a la pared, podíamos oír cualquier palabra que se dijera en la habitación de al lado. Por supuesto, mucha política. Sin embargo, nos tuvo mucho más preocupados el hecho de que la pequeña Lena, la del indecible apellido polaco, que vivía en la colonia detrás del hipódromo, no volviera a casa durante tres noches. Por entonces tenía solamente catorce años, como decía mi madre, y estaba considerada en todas partes como la «muñeca» más bonita. «¡Precisamente!», objetó mi padre con sequedad. Pero mi madre ya se había encontrado con el siempre indiscreto Rudi Hardegen, que hacía poco se había dado importancia con la «inadmisible» afirmación de que había que apalear a «las esposas» una vez al día, y así todos los matrimonios serían felices. Poco después nos enteramos de que el señor Patzek, que vivía unas casas más abajo y tenía ya seis hijos, se había, como quien dice, disculpado con mi padre porque su mujer estaba embarazada por séptima vez; él no podía ocultar que ya tenía cincuenta años a sus espaldas, decía. No resultaba conveniente que los demás percibieran su lascivia, por consideración a su querida Magda. Nosotros estábamos en los comienzos de la pubertad, y con esta historia nos dimos codazos, tanto que me caí contra la pared y oímos decir a mi madre: «¿Qué ha sido eso?». Como empujados por un resorte nos tapamos con las almohadas, y cuando mi madre miró en la habitación vio a unos roncadores sumidos en un supuestamente profundo sueño.

Semejante comadreo nos atraía y divertía mucho más que todas las preocupaciones domésticas, toda la política y todas las disputas en el vecindario. En algún momento del verano se recibió la notificación que convertía la suspensión de mi padre en destitución, ya que no daba muestras de mejorar sus opiniones. Como fecha para su separación del servicio público se citaba el 1 de octubre de 1933, tal como preveía el decreto. La administración le concedía, por decisión graciosa de la autoridad, una pensión que ni siquiera llegaba a los doscientos marcos, así como el subsidio por hijos. Suponía la caída en la Povertät, como se decía en Berlín, y aunque mi madre siempre estuvo muy preocupada por ello, hizo todo lo posible para que nosotros apenas lo notáramos. De problemas de dinero estaba prohibido hablar. En cuanto alguno infringía la norma, gritaba su nombre regañándole. A veces incluso intentaba ver el lado positivo de las circunstancias. «Esta situación tiene una ventaja —nos apuntaba—, nunca os convertiréis en niños mimados».

Pero, naturalmente, las comidas se volvieron más humildes. Ya no había juguetes, y Wolfgang no llegó a tener su flecha de plata teledirigida de Märklin ni yo el balón de fútbol que hubiera costado 3,75 marcos, lo que jamás he olvidado. En cuanto al tren eléctrico, carecíamos de barreras, puentes, agujas, y para poder seguir avanzando hacíamos colinas con papel maché y las dotábamos de casas, iglesias y torres hechas por nosotros. Por Navidades, Wolfgang recibió, en lugar del coche de carreras Märklin, una chaqueta; yo, unos pantalones que parecían de cuero, y ambos las humildes medias marrones largas, que a nosotros nos resultaban «femeninas» y que cada vez que salíamos de casa nos enrollábamos hasta dejarlas cortas, como calcetines. Cuando mi padre me vio defraudado, dijo en tono consolador: «¡Ya nos irá mejor! ¡En cualquier momento!». Mi madre permanecía en silencio antes las aflicciones infantiles que le exponíamos, y en todo caso apretaba los labios. Una noche, cuando ya estábamos en la cama, Wolfgang comentó que mi madre tenía ojos de haber llorado; él entendía de eso.

Sin embargo, poco a poco la rutina borró la sensación de desgarro. Por las tardes, en cuanto el tiempo lo permitía, la familia se reunía en torno a la mesa del jardín, y con frecuencia solían venir amigos, daba igual si vivían cerca que lejos, como los Lensche, los Schónborn o Hans Hausdorf, con su paté y sus chistes, los Körner y otros. Algunas veces el gordo hijo de la señora Dölle se asomaba a la ventana de la planta baja simulando hacer ejercicio, mientras que del primer piso oíamos a la señora Bikking, que contaba más de setenta años, cantar con voz vibrante de anciana su canción preferida: Steht ein Soldat am Wolgastrand... (Estaba un soldado a la orilla del Volga...), o Gib dem Marmor ein fühlendes Herz… (Ofrécele al mármol un corazón sensible...), y siempre, después de tres o cuatro números, el modulado y lastimoso Lang, lang ist's her (Hace mucho, mucho tiempo). Desde hacía años vivía sola con un viejo gato, y nos reprochaba que apreciáramos a los animales sólo como «comida de domingo», «preferiblemente con lombarda y abundante salsa». Cuando nos regañaba a los niños porque hacíamos mucho ruido, se retorcía sus huesudas manos y soltaba un sonido gutural rabioso que parecía que se le rompía el cuello. Como siempre, también venían las tropas de la SA por la calle Marksburg entonando sus cantos de combate: Als die goldene Abendsonne (Como el dorado sol crepuscular) o Es zittern die morschen Knochen (Tiemblan los huesos podridos), y cada pieza era interrumpida con un «Deutschland erwache» (Alemania, despierta) chillado hacia las ventanas.

Durante algún tiempo te encontrabas por todas partes patrullas uniformadas, aunque no hubiera ni disturbios callejeros ni peleas en locales. En su lugar, se secuestraba a los enemigos más o menos declarados del régimen, y no pocas veces se los apaleaba hasta morir. Muchos de los detenidos sin motivo alguno eran llevados a los llamados centros de detención salvajes, que generalmente habían montado la SA en sótanos apartados. Una imagen que recuerdo de aquellos meses es la de un borracho que en las cercanías de la estación de Karlshorst se había plantado delante de mis padres y de mí, y con voz ronca y el brazo levantado y muy estirado había gritado: «¡Heil Hitler!». Curiosamente, en mi recuerdo oigo lejanos gritos de ayuda, pero no sabría decir qué los provocó ni de dónde venían. Quizá fueran un eco del miedo que nos embargaba, a pesar de no saber lo que estaba ocurriendo, y que enturbiaba el ambiente.

Había motivos más que suficientes para tener miedo: simplemente los hombres que aparecían de vez en cuando con sus chaquetones de cuero con cinturón y entraban en la casa sin ser invitados, y que con el saludo hitleriano ya esparcían por la casa una atmósfera amenazante. Sin decir una palabra se encerraban con mi padre en su despacho, mientras mi madre, con cara aterrada, junto unto al rincón del ropero. Cuando nos sentábamos a la mesa, se mencionaban nombres de amigos que de repente habían desaparecido, en tanto que otros desaparecían de las conversaciones porque ya no eran amigos. Se siguió manteniendo una estrecha relación con diez o doce miembros del Reichsbanner, así como con Hubertus zu Löwenstein, que más tarde causó algún escándalo en la posguerra, y que una noche, mientras estábamos cenando, llamó sumamente alterado para pedir consejo a mi padre: la SA estaba armando jaleo delante de la puerta de su casa. «¿Oye usted el escándalo?», preguntó, y también que qué debía hacer. ¿Quizá abrir la puerta? «¡No!», gritó mi padre tan fuerte que enmudecimos horrorizados. «¡Bajo ninguna circunstancia! ¡No les deje entrar!

¡Salga por la escalera de incendios! ¡Solamente la escalera de incendios, si es que hay una en su casa!». Löwenstein no abrió la puerta y escapó de los esbirros; poco después huyó de Berlín, y más tarde siguió la senda aventurera de Estados Unidos.

En un principio, las innumerables violaciones de los derechos por parte de los nuevos gobernantes causaban una cierta intranquilidad. Sin embargo, dentro de las cosas incomprensibles de esos meses está el convencimiento de mi padre de que todo eso, es decir, que semejantes crímenes políticos sucedieran como si fueran lo más natural del mundo, iba a acabar. Aun cuando yo captara poco de todo lo que ocurría a nuestro alrededor, mi padre no contestaba a mis preguntas: sobre eso no entendía nada, me decía, en dos o tres años te lo explicaré. Wolfgang, a quien siempre terminaba volviéndome, me explicaba con mucho secretismo que se trataba de temas políticos. Según cuenta la familia, yo, que por entonces tenía siete años, le contesté: «¡Pero yo también soy político!».

Tal como llegué a ver más tarde, muchas de las preocupaciones giraban en torno a abusos por parte del Estado y lo poco que la gente se molestaba por ello. Para satisfacción de mis padres, en nuestra casa solamente vivía un partidario de Hitler, el señor Schimmelpfennig, pero su mujer le dijo un día a mi padre «en confianza», que no debía tomarse a su marido en serio. Esto de los nazis era simplemente «algo absurdo», opinaba ella, y entre risas añadía que años atrás, cuando le dio el sí a su marido, muy a su pesar se lo tomó tontamente en serio.

Sin embargo, incluso algunos inquilinos que rechazaban el régimen se expresaban de manera tranquilizadora. «¿Y qué quiere usted?», preguntaba el señor Deecke, de la planta baja, el padre de la bonita Trautchen: «¡Usted exagera!»; todo el mundo se daba cuenta de que las cosas iban cada día mejor. Así hablaba la señora Dölle, a la que le gustaba presumir de portera y no perdía ocasión de alardear del barrigudo de su hijo, siempre dispuesto a hacer cochinadas. Por su parte, el señor Patzeck, cuya mujer había fallecido, hablaba con su voz profunda y franca y decía que se trataba simplemente de un «jolgorio» de los nazis que no amenazaba a Occidente; con este tipo de indulgencia se era cómplice de la «cuadrilla hitleriana». Y el señor Leopold, de un ministerio cualquiera y conocido por su duro cinismo, opinaba que la finalidad de la dictadura nazi, haciendo abstracción de las habituales enfermedades infantiles, era la restricción de la libertad de opinión. Esto no le «dolía ni en la nalga izquierda», afirmaba. Sencillamente, había que escuchar las tonterías que decía la famosa «gente de la calle»; de eso sí que había que dar las gracias a los nuevos gobernantes, de que pusieran fin a las deplorables «habladurías políticas». Mi padre solía responder a tales objeciones, tal como nos contó más tarde, que en modo alguno se trataba de los parados. Ni siquiera de la libertad de opinión. En realidad, cada cual buscaba una justificación para hacer la vista gorda ante los delitos que había por todas partes.

Muy pronto, una creciente indiferencia empezó a extenderse incluso entre los que se oponían claramente a Hitler. En buena parte podía atribuirse al vocabulario minimizador que empleaba el régimen. Mi padre había sido «dado de baja», como decían; otros habían sido jubilados «provisionalmente»; a las detenciones las llamaban «arrestos de seguridad», ¿qué es lo que había de horrible en todo esto? A finales de 1933 mi padre se fue un día a pasear con su amigo del SPD Max Fechner por los pinares de Erkner, a los que iba por motivos de seguridad cuando quería mantener conversaciones sobre temas políticos. «Nos dejaremos gobernar por patanes durante una temporada —dijo Fechner—, no durarán mucho». Mi padre se mostró contrario a esta opinión, y llamó la atención sobre la «ignominia» de la toma del poder. Las organizaciones republicanas se contaban por millones, pero no habían sabido organizar una huelga general. Por el contrario, en pocos días se habían disuelto sin oponer resistencia al nuevo gobierno, y en los desfiles se habían colocado tranquilamente bajo las banderas de los nazis. Ahora, todos encontraban nuevos motivos para simpatizar.

Cuando regresó del paseo por el bosque, mi padre nos contó que luego se había producido una larga discusión. Fechner había señalado que la zorrería de los nazis les había estropeado todo el esquema: él y sus amigos habían contado siempre con un golpe de Estado, del que habrían derivado otras actuaciones. Pero el golpe de Estado no se había producido, y el hecho de que Hitler hubiera llegado al poder por un camino más o menos legal les «había herido en lo más profundo». La dirección de su partido no podía olvidar que la ley estaba en contra de ellos. En consecuencia, él había prohibido toda forma de resistencia. Según me contó Max Fechner después de la guerra durante una visita a mis padres, mi padre le contestó que ya lo entendía: como buenos alemanes, la ley les parecía más importante que el derecho.

Karlshorst había ido evolucionando y se había convertido en algo así como un nido provinciano en el que cada uno conocía las aficiones, los vicios, los tics y las vanidades de todo el mundo. También sus aventuras amorosas, las pequeñas crisis matrimoniales o las notas escolares de los niños. Y desde la primavera de 1933 también se sabía en quién se podía confiar y con quién había que estar precavido. Un funcionario del número 12 de repente se afeitó la cabeza y andaba con el uniforme del Cuerpo Motorizado Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Kraftfahrerkorps, NSKK) no solamente cuando tenía servicio de ruta; el tío de los recién casados de Eckhaus era un personaje importante dentro del partido, y cada dos domingos aparecía con su uniforme pardo; Harry Kehl, con quien jugábamos al fútbol en la calle, había ascendido a dirigente juvenil y, para convencer a todos de lo importante que era, llevaba siempre el cordón rojo y blanco, incluso sobre su traje de marinero. Una vez le oí en la calle gritar hacia las paredes de las casas la «letanía» de las HJ (Juventudes Hitlerianas): «Du Volk aus der Tiefe / Du Volk in der Nacht / vergiss

nicht das Feuer / bleib' auf der Wacht»;[4] y algún tiempo después, Lissy, un poco mayor que nosotros y que vivía en la calle paralela a la nuestra, despedía a mi hermano en la puerta de su casa diciéndole que allí solamente entraría quien hubiera leído Mi lucha.

Sin embargo, la mayoría era «gente decente», como se suele decir. Por aquella época apenas se producían denuncias. En cualquier caso, nunca nos sentimos excluidos, y, por otro lado, nuestra ropa remendada una docena de veces nos permitía callejear por los barrios más humildes, mientras que en los barrios acomodados estábamos en casa. Los amigos que tenía del colegio también procedían de hogares «de confianza», Gerd Schülke, Clemens Comer o Ursel Hanschmann, del piso de abajo y cuyo padre era funcionario de la universidad. Nos habíamos puesto en contacto cuando el señor Hanschmann se negó a que le descontaran del sueldo la cuota para entrar en el partido. La relación llegó tan lejos que los Hanschmann se quedaban con las llaves de nuestra casa cuando nuestros padres salían por las noches a visitar a sus amigos, y se granjearon nuestras simpatías, porque no les decían nada de los alborotos que montábamos en esas noches.

Todo esto, tan típico de la infancia, reforzaba la impresión de que seguíamos inmersos en la rutina. Continuábamos jugando a balón prisionero en la arboleda de la Hentigstrasse, coleccionábamos cromos de arte, bellezas del cine y jugadores de fútbol, hacíamos competiciones a ver quién conseguía el mayor número de flexiones en la barra fija del jardín y tomábamos el pelo al gordito Dölle. Cuando el camión del reparto de leche de Bimmelbolle venía traqueteando por la calle, le pedíamos al conductor un trozo de hielo o, a veces, lo cogíamos en un momento en que nadie nos veía. «¡Vosotros ratead!», nos gritaba el «gordito Dölle». «¡Vosotros vivís de los desconocidos!», y, por lo visto, una vez le respondí que cómo era que tenía tanta grasa en la tripa, si es que se la había pegado su madre con cola.

Por las noches, cuando ya nos habíamos metido en la cama, mi padre nos contaba historias de su época escolar y de sus años jóvenes en Neumark, cómo iba con Frettchen a cazar conejos o cómo una vez, en invierno, se cayó en el hielo del lago Packlitz cuando iba a pescar carpas. También nos leía leyendas heroicas de Suabia, y también recuerdo cuentos de Grimm y de Hauff: Los seis cisnes, El enano narizotas, La mano cortada o El corazón frío, y cómo estimulaban nuestra fantasía hasta llegar a soñar con caballeros y princesas, con brujas y duendes. Las siguientes en la lista fueron las historias de Héctor y Aquiles, así como las aventuras de Ulises, cuyas huellas, como opinaba mi padre, todavía se pueden encontrar hoy en Sicilia: por ejemplo, él había visto en el agua, en Siracusa, los fragmentos de roca que el tuerto Polifemo tiró a Ulises y a sus compañeros.

Las lecturas y las «historias contadas», como decíamos nosotros, pasaron muy pronto a ser lo mejor de cada noche, y la progresión se efectuó paso a paso. Cuando tuvimos uno o dos años más, mi padre nos leyó partes de Johann Peter Hebel, después una edición infantil de Los viajes de Gulliven de Swift; más tarde, algo de Wildenbruch o de Christian Morgenstern. Y así año tras año, hasta llegar a las novelas de Heinrich von Kleist o hasta Ricarda Huch, cuyas historias, al menos en lo que yo entonces conocí, transcurrían por lo general en la Italia del Renacimiento. Quizá por eso nos las leyó tanto mi padre, pues Italia era su país preferido, e inconscientemente se convirtió también en el nuestro. Sin embargo, la historia más impresionante de la gran escritora se titulaba El último verano y transcurría en la Rusia prerrevolucionaria de 1906. Todavía hoy me quedo sin aliento cuando pienso en el final de la obra: cómo la máquina de escribir vuela literalmente por los aires en mitad de una palabra, y tanto la escena como la historia terminan bruscamente.

Naturalmente, teníamos muchas preguntas que hacer respecto a todo lo que nos leía, pero antes de que mi padre empezara a contestar, apagaba la luz de la pequeña lamparita, y estas horas hablando a media luz o en la oscuridad han permanecido ligadas en mí, durante años, al concepto de hogar. Por último, decíamos nuestras oraciones nocturnas y ya no se podía hablar más. De la calle nos llegaba solamente el silencio del barrio, el eco de unos pasos que se acercaban, se confundían con algunas voces al pasar delante de casa y después desaparecían en la oscuridad entre frases de despedida de algunos clientes de la taberna de la esquina. Muy pronto descubrí que Wolfgang continuaba leyendo bajo la colcha con una linterna, siempre iba un paso por delante. Cuando yo leía Mozart, camino de Praga él estaba con El caso Maurizius. Años después, cuando yo le hablé de Stefan Zweig, sonrió y comentó que lo que había que hacer era leer a Nietzsche.

A pesar de que los días transcurrían más o menos tranquilos, en ocasiones se percibía algo similar a un crujido en el armazón de la sociedad, que indicaba la sobrecarga de los pilares. Desde finales de 1934, unos meses después del llamado Putsch de Röhm, a consecuencia del cual Hitler se alzó como autócrata, los gobernantes empezaron a interferir claramente en la vida cotidiana. Seis meses antes ya le habían rechazado a mi padre dos solicitudes de reempleo. Poco después le contaron en su grupo de amigos que en los colegios se había implantado la asignatura «Ciencia de las razas» y que se iba a realizar el primer simulacro bélico de defensa antiaérea. En sus reuniones mensuales también le informaron sobre la inminente prohibición de la Neudeutschland, el ala católica del movimiento juvenil, y muy pronto se acabaron los «fuegos de campamento» que, donde nosotros vivíamos, montábamos a la caída de la noche en cualquier claro del bosque; mientras que las juventudes hitlerianas se incautaron sin mucho ruido de las canciones de grupo, como si ahora fuesen de su propiedad.

Ese verano llamaron de nuevo a mi padre para que fuera al ayuntamiento de Lichtenberg. Un funcionario de ventanilla le explicó por encima de la barrera, y con voz tan alta como para que lo escuchara la media docena de personas que estaba esperando, que tenía orden de recordarle que la prohibición de trabajar que pesaba sobre él era muy amplia. La oficina había tenido conocimiento de que recibía alumnos para darles clases particulares. Con esto, le comunicaba «por última vez — y, al contarnos el episodio, mi padre imitaba las mismas pausas ya premeditadas que había hecho el funcionario con voz cortante— que... también... tenía prohibido... impartir... clases particulares».

A lo largo del otoño mi abuelo, ya septuagenario, se reincorporó al mundo laboral. La mayor parte de su vida había sido una persona acomodada, hasta que los empréstitos de guerra le quitaron la mitad de sus bienes y las devaluaciones de los años siguientes se llevaron por delante el resto. Cobraba una jubilación, pero la propia necesidad y, sobre todo, el deseo de ayudar a mis padres en la difícil situación en que se encontraban, le decidieron a volver a la vida activa. Aunque él no tenía experiencia profesional como gerente de una sociedad privada, el Köpenicker Bank, en consideración únicamente a su prestigio, le propuso trabajar para ellos después de que realizara un breve cursillo de aprendizaje. Y así, a los pocos meses empezó a desempeñar un trabajo diario como gerente de la sucursal del banco en Karlshorst, actividad que hasta entonces le había resultado desconocida.

De ese año que acababa todavía queda por relatar un suceso de gran trascendencia que nunca he conseguido olvidar, y que ya no sé hasta qué punto debía haberme esperado. El caso es que no me esperaba que tía Dolly, después de muchas insinuaciones enigmáticas que yo trataba en vano de relacionar, me llevase por primera vez a la ópera. Hacía ya semanas que quería hablar conmigo, y para «nuestra gran noche» exigió un cuello limpio y zapatos relucientes. Además, insistió en que leyese el libreto, y quince días antes de la representación ya me preguntaba por escenas y arias. Todavía hoy le estoy agradecido por haber escogido, para la entrada en el mundo de los cuentos musicales de un niño que todavía no tenía nueve años, La flauta mágica de Mozart. A pesar de mis esfuerzos con la lectura y de las explicaciones de tía Dolly, yo apenas entendía una palabra del sentido de todo, de la orden de sacerdocio de Sarastro, de la reina de la noche o de las pruebas del agua o del fuego, y solamente entendía a Papageno, aun cuando nadie pudiera decirme por qué Papagena aparece tanto rato como si fuera una vieja bruja y sólo aparece como joven encantadora hacia el final de la obra, a raíz de la música mágica de Papageno. En toda mi vida no he logrado desprenderme de esa música. «¡Y te lo ruego otra vez: no berlinees!», me sermoneó tía Dolly al acceder al teatro; las salas de teatro eran «recintos sagrados», y yo debería saber qué significaba eso de los «recintos sagrados». Estaba solamente en el vestíbulo del Rose-Theater, si no recuerdo mal el lugar.

En su conjunto, la representación resultó una experiencia fascinante, e incluso llegué a preguntar si no podríamos ir a verla otra vez al día siguiente. Tía Dolly se rió. Pero cuando se percató del éxito que había tenido con su invitación, cinco semanas más tarde fuimos a ver Zar und Zimmermann (Zar y carpintero), de Lortzing, después El rapto en una casa consistorial, y más tarde Der Wildschütz (El cazador furtivo). Después de algunas otras representaciones, la última que aplaudimos, poco antes de mi salida de Berlín, fue Las bodas de Fígaro, así como su antecedente textual y continuación musical, como ella decía, El barbero de Sevilla. Esa temprana asistencia a la ópera con esa tía mía «aficionada a lo elevado» despertó mi afición a todo tipo de música, y la ha hecho perdurable.

A comienzos de 1936, Wolfgang y yo oímos, a través de nuestro puesto de escucha de la pared, una de las escasas desavenencias entre mis padres. La discusión ya se venía anunciando por el ambiente un tanto extraño que había impregnado el día. Mi madre fue quien la inició claramente al recordar con un par de frases todo lo que les había ocurrido desde hacía tres años, tanto en el aspecto político como en el personal. Pero ella no había soñado con un futuro semejante. Se pasaba de la mañana a la noche delante de cazuelas, pucheros o tablas de lavar la ropa, y cuando el día llegaba a su fin tenía que ponerse con la ropa rota de los niños, que ya había sido remendada unas cinco veces. Y luego, tras una pausa insegura, le preguntó si no quería volver a plantearse su incorporación al partido. En el transcurso del año habían venido dos veces los señores de la administración de escuelas para sugerirle que se diera por vencido, y durante la última visita incluso habían dejado entrever un inminente ascenso. Ella ya no podía más..., y para enmarcar el final de su alegato, añadió un sencillo «¡Por favor!» después de un largo silencio.

Mi padre respondió casi con demasiada elocuencia, pero al mismo tiempo reveló lo inquieto que le tenía esta situación desde hacía tiempo. Dijo algo sobre los cambios a los que se habían visto obligados, como mucha otra gente. Sobre la rutina que, después de unos difíciles comienzos, proporcionaba cierta serenidad. Sobre la conciencia y la confianza en Dios. Y también que él mismo, mis hermanos y yo podríamos ayuda: la un poco con los trabajos de la casa, y cosas por el estilo. Pero mi madre se empeñaba en recibir una respuesta, y llamaba la atención sobre el hecho de que la incorporación a un partido no cambiaba nada: «Al final, seguimos siendo los que somos». Sin pensarlo mucho, mi padre contestó: «¡Pues sucede que no! ¡Todo cambiaría!».

Mi madre quedó desconcertada durante un momento. Y después replicó que ya sabía ella que lo del partido era un engaño de cara a «los de arriba», ¡y eso seguirá siendo, un engaño! Mil mentiras incluso, en caso necesario. No tenía ninguna duda. Naturalmente, la decisión implicaría hipocresía. Pero ella estaba preparada para eso. La mentira había sido siempre el medio que tenía la gente humilde para enfrentarse a los poderosos; no tenía ningún otro sentido. ¡La vida que ella llevaba era tan decepcionante! Ahora era mi padre el sorprendido. En todo caso, él únicamente añadió: «Nosotros no somos gente humilde. ¡No en esas cuestiones!».

Nosotros pegamos bien las orejas a la pared de la habitación para no perdernos ni una palabra. Sin embargo, nunca pudimos averiguar qué sucedía en las largas pausas, bajo los carraspeos, cuando echaban leña a la estufa y entre los sollozos aislados, si es que eso era lo que nosotros percibíamos. Mi madre todavía dijo algo más sobre los reproches de muchos amigos, según los cuales él era demasiado intransigente, al pensar sólo en unos principios. Pero mi padre replicó que él no podía colaborar con los nazis, que no les podía dar ni un solo dedo. Así era exactamente. Aunque eso frustrara las expectativas que ella tuviera para su vida. Esto les sucede a casi todos, que sus sueños se quedan atascados. De nuevo se produjo una pausa, hasta que mi madre respondió:

«Los sueños no están en peligro. ¡Yo no me refiero a eso! ¡Hace tiempo que se hicieron pedazos!

¡No te engañes con eso!». Los dos sabían que nada cambiaría a lo largo de su vida. Ya no se librarían de Hitler. Y ya al final, después de una nueva pausa indefinible: «Simplemente, resulta muy difícil tener esto en cuenta cada día».

Años después de acabar la guerra, le pregunté un día a mi madre por esta discusión y se acordó de inmediato. En aquel entonces había meditado largamente cada palabra, para poder reunir más valor, como si supiera cuál iba a ser la respuesta y que mi padre tenía razón; durante algún tiempo tuvo que tragar con ello. Los diez años que llevaban casados habían transcurrido hasta entonces sin alteraciones. Luego, de un día para otro, todo se volvió oscuro. Por entonces estaba entrando en la treintena. La polémica que he comentado fue sólo el comienzo de una nueva fase en su existencia sobre este mundo. Después de dejar atrás sus queridos años jóvenes con el internado, el piano y los poemas de Eichendorff, así como sus primeros años de casada, había tenido que aprender que la vida carece de consideración, por así decirlo, y que de repente todo se trastoca. Esto había supuesto una catástrofe para su cabeza de jovencita. Incluso pensó que su vida se iba a arruinar. «Pero nos mantuvimos —dijo, tras una pausa que yo no interrumpí—, aunque todavía hoy no sé cómo pudimos».

Ese día de febrero, Wolfgang y yo nos dimos cuenta por primera vez de que entre mis padres existía una discrepancia de opiniones muy seria. Era una fría noche de invierno, el balcón de nuestra habitación tenía nieve y en los marcos de la ventana había capas de hielo. Hasta que no cesó la conversación y nos bajamos de la mesa no notamos lo helados que estábamos. Wolfgang me metió con él en su cama para que entrara en calor, y finalmente dijo: «¡Ojalá vaya todo bien!». Yo repuse que hasta entonces todo había ido bien, ¿por qué iba a cambiar ahora?

Cuando ya me encontraba en mi cama, mis padres entraron en la habitación para vernos. Musitaron algunas cosas que no entendimos. Después de que salieran de la habitación, le dije a Wolfgang que yo tenía razón. Y él, en tono exageradamente dubitativo, o al menos eso me pareció, me respondió: «Quizá».